Amantis. Por Felisa Moreno Ortega

Alquilé el piso por Internet; pleno centro, noventa metros a un precio irrisorio. Entré en la sala de estar y comprendí enseguida por qué ella era la reina de la habitación. Su piel blanca brillaba como los ojos de un felino al acecho. Pura provocación. Me acerqué con recelo y me senté, dejándome acariciar por sus manos de gata invisible. Entonces descubrí el placer, que subía en oleadas negras y calientes como un chocolate dulce y espeso derramado por mi cuerpo, enredado en mi entendimiento.

Al principio sólo pasaba allí los ratos libres. Nada más sentarme, caía inmerso en una felicidad absoluta, un goce indescriptible que me dejaba más agotado que el sexo. En pocos días empecé a faltar al trabajo, perdí peso, los amigos y las ganas de moverme. Poco a poco fui dejando que aquella butaca de piel devorara mi alma, como una amantis deliciosa y cruel. Antes de morir, de desaparecer engullido en la voracidad de sus abrazos; puse el anuncio de alquiler en Internet y le bajé las llaves al portero. Cumplía así con mi deber de proporcionarle otra víctima.

Felisa Moreno Ortega

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    4 comentarios

    1. Original. Redondo. Genial. 🙂

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    2. Gracias Idc, me alegra mucho que te haya gustado.
      Saludos
      Felisa

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    3. Imaginativo y sorprendente. Enhorabuena Felisa, es un placer leer tanto talento en tan poco texto.
      saludos

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    4. Gracias por tus palabras, Elosa.

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