Contigo aprendí. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Saénz de Tejada

A veces construyes un poema que sirve para cerrar la puerta.
Pero fuerte,
muy fuerte.
Quizás luego (si es a un amor o a una amiga) la vuelvas a abrir pero seguro que en el umbral (y en ti) hay otra persona…

 

Nunca me gustó el vino rosado.
Lo mío no son las medias tintas.

 

Contigo aprendí

que el agua

para el té

no tiene

que hervir y

que invadir

el cerebro ajeno

–el espacio,

el amario y

el baño­–

es objeto

de dolor.

También,

que una hora

frente a una

botella de vino y

de tu voz,

construyen

un minuto eterno

de amor.

 

A tu lado cultivé

que dar

es mejor

que recibir

(aunque nunca

lo entiendas),

que las personas

siempre piensan

de ti igual

que tú de

ellas y

que la poesía

es nuestra

penitencia más

dulce.

 

Contigo,

me abrí

como una verdad.

Aunque luego,

de tanta sinceridad,

me cerré.

Eso sí,

aprendiendo a

entender y

mancillada

de

dolor

-y sabiendo

que la botella

de vino

se agotó-.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

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