Neurotransmisores. Por María

Casi siempre había sospechado yo que había algo raro en mi estructura personal, pero fue una noche, volviendo de una juerga, cuando me di cuenta de que soy un cajero automático. Lo supe con tal certidumbre que, sin molestarme siquiera en llegar a casa, me quedé instalado en la esquina de la plaza Baja con mi calle, con idea de facilitar que mi madre me encontrara cuando saliera a buscarme. Ahí me instalé y ahí seguiría, como sería lo lógico, si no me hubieran traído a este lugar con el pretexto de que es imposible que yo sea un cajero automático. Va ya para seis meses, me dicen, y aquí sigo. Cuando me instalé en mi esquina fue la gran novedad del barrio: una máquina que nunca descansa ni cierra sus puertas dispensadoras de billetes. Me sentí único. Mis clientes, mientras hacían cola frente a mí, comentaban lo bien que se podía leer en mi pantalla fosforescente y la claridad de mis instrucciones para usarme; se admiraban de mi porte impasible y de mi eficiencia para disponer siempre de billetes recién dibujados en papel crujiente. Yo era feliz. Pero me duró poco, ya les digo. Un día Lola, la peluquera, en vez de dinero me pidió un secador nuevo y yo se lo di, uno precioso de color amarillo; y Martín el de la ferretería quiso flores libres y yo le hice en lila la flor de la alfalfa… Por ahí empezó, creo, la fusión de algo frío en mi interior. Y me trasladaron aquí.

Casi todos los días tengo consulta con mi doctora. Pienso que es mejor hablar algo con esa mujer que seguir manteniendo mi silencio de cajero, así que procuro complacerla. Mi doctora es menuda y pálida y tiene ojos de tormenta. Cuando entro en su despacho me dice que me siente en la silla del otro lado de su mesa y me pregunta cómo estoy: siempre contesto que muy bien y sonrío, a sabiendas de que eso la tranquiliza. Me pregunta si olvidé al fin mi ser de cajero y le digo que sí, que sé que no lo soy. Luego seguimos una rutina de preguntas y respuestas un rato y me despide hasta mañana.
Paso los días en el pasillo, fumando. Si me piden que ande, lo recorro entero entre ventana y ventana de ambos extremos, o me llego hasta la puerta de salida de la sala, para nada, para comprobar que sigue cerrada. Pero en cuanto veo que el personal anda atareado y descuida los controles, me instalo a trabajar pegado a la pared, en la zona de mitad del pasillo, para ser accesible a todos. No es lo mismo que antes, créanme, porque no tengo clientes y me los tengo que imaginar. Y además, como sé que a esta gente le molesta mi condición, he dejado de imprimir y dar dinero para regalar frases tontas que escribo en trocitos de papel. Cuando alguien se para frente a mi pantalla, le doy una:
“Tu pelo huele a ausencia,
recorres el pasillo
y acabas en el miedo…” Por ejemplo.
O bien:
“El verde de esa bata
Araña sin piedad
tus párpados pesados…” Tonterías, ya saben.
A veces obtengo por eso una sonrisa, a veces alguien se queda un rato a mi lado. Me dicen que es mucho más bonito ser poeta que cajero automático. Les digo siempre que sí. Pero en algún lugar del más recóndito de mis chips algo debe estar fallando que me hace sentir unas molestias difusas. Esta mañana me sobrecogió la liquidez salada de una lágrima que cayó resbalando pantalla abajo cuando Pili me dio las pastillas, que invariablemente me meten por la ranura destinada a las tarjetas. Imprimí para ella, para Pili:
“No hay píldoras de tristeza
Con más potencia
que el fondo negro de tu mirada”.

Yo, que fui diseñado para ser inconmovible, noto ahora una cierta comezón en la luz verde de mi pantalla, mis destellos titubean ante una sonrisa y chirrío por todos mis engranajes cuando me toca una mano. Seguro que están fallando algunos circuitos. Ahora que me conocen, háganme el favor de pedir que algún técnico se pase a ajustarme estas piezas que andan medio sueltas por ahí dentro y que ponen en peligro mi integridad de cajero. Gracias.

 Asociación Canal Literatura

María
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    2 comentarios

    1. Hola: qué original, tan bien llevado que no se pierde el recorrido de la lectura, gracias por compartirlo.
      Un abrazo
      Betty

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    2. Gracias a ti, Betty, por leerlo y dejar tu opinión.
      Un abrazo.
      Feliz noche.

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