Acoso. Por Dorotea Fulde Benke

Se pasea impune entre el bullicio del mercado mirando con descaro escotes y entrepiernas. Sus manos están entrelazadas a la espalda, inmóviles a primera vista; sin embargo sus dedos se flexionan con mínimos movimientos que insinúan las fantasías de su mente. Pura teoría de cobarde sesentón hasta que me coloco justo detrás de él y me rozo contra sus nudillos. Cuando le susurro al oído que si se da la vuelta armaré escándalo diciendo que me ha estado molestando, su cuerpo se endurece y tensa. Por si acaso le agarro de los codos y así avanzamos entre el gentío del rastro arrimándome yo cada vez más. Finalmente pretende subir el borde de mi falda. Es entonces cuando le hago tropezar y mientras se levanta aturdido, ya me he quitado el pañuelo y las gafas de sol. A veces incluso le ayudo a incorporarse…