Blog Canal Literatura
VII Certamen "Poemas sin Rostro"
 

Archivos del día 8 de junio del 2012

El perfume. Por Maite Diloy (Brisne)

“Durante varios minutos la multitud fue sólo ojos y boca abierta. Nadie podía comprender que aquel hombre pequeño, frágil y encorvado de la ventana, aquel desgraciado, aquella insignificancia hubiera podido cometer más de dos docenas de asesinatos. Sencillamente, no parecía un criminal”
 
Cuando Patrick Süskind escribió El Perfume, historia de un asesino en 1985 consiguió dos cosas fama mundial y vender quince millones de ejemplares. Se convirtió en un best seller en poco tiempo y fue leído por gentes que empezaron a oler la madera, el vidrio, el pomo de una puerta, el sobaco de su amante e incluso el vello púbico propio o ajeno. Porque leer el perfume te lleva a olerlo todo, a saborear los olores.
La vida de Jean-Baptiste Grenouille asesino de muchachas esta marcada por dos hechos: que sea capaz de olerlo todo y que él no desprenda ningún olor, y es precisamente eso lo que le convierte en un ser despreciado, odiado y temido. En un mundo actual en el que los olores han dejado de formar parte de nuestra vida, Patrick Süskind nos habla del pasado, del instinto, de una vuelta al origen, de que debajo del perfume que usamos es nuestro olor a humanidad lo que nos hace reaccionar ante nuestros semejantes. Somos animales que nos creemos personas. Seguimos nuestros olores como bestias, buscamos la atracción del otro con el olor. Debajo del jabón subsiste el animal que fuimos. 
Por encima del retrato social de una época, de un país, la Francia del siglo XVIII, Süskind nos habla de nosotros, de lo poco que hemos cambiado desde que éramos monos y vivíamos colgados de un árbol. 
Supongo que la mayoría de ustedes conocen el libro, supongo que todos se han dejado seducir por el perfume agrio del papel o el inodoro del ebook, que han paseado sus ojos por sus letras oliendo la estancia. Si no es así es un buen libro para volver a un pasado, para leer en verano entre parras floreciendo, aspirando el campo, metiéndolo en su nariz mientras sus ojos pasean por la historia de un asesino que sólo quería ser uno más, oler como el resto. Y consigue el mejor perfume posible, un perfume que le salva de la horca . Lean. Estoy segura que no les defraudará.

Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
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AILANN JOY. Por Anita Noire


Ailann Joy se recuesta sobre la cama jugueteando con el hilo que se escapa del dobladillo de la falda. Lo enrolla con el dedo y tira de él con suavidad. Nunca ha sabido porque le pusieron un nombre tan poco femenino pero, con el tiempo, ha llegado a gustarle. Es lo suficientemente desconcertante como para llamar la atención de cualquiera, rotundo, como ella.

Enciende un cigarrillo aunque sabe que no le gustará y tendrá que vencer la inicial resistencia a besarla en la boca. Agita la mano intentando dispersar el humo como si el aliento cambiara con ese simple gesto.

El rumor de las olas se desliza por la ventana entreabierta, y una brisa ligera mece una cortina escasa. Ahora que ha llegado septiembre, apenas hay nadie en la playa y el graznido de las gaviotas se convierte en el escandaloso acompañamiento de una tarde de final de verano.

Se cubre las rodillas con la rebeca que ha dejado a los pies de la cama al llegar, y comprueba, una vez más, la hora en el reloj. El tiempo es una medida relativa que controla unas manecillas que se mueven a una velocidad caprichosa, contraria a su necesidad.

Algo discreto, fuera de la mirada impertinente de cualquiera con los que se pudieran cruzar. Así describió el lugar escogido. Le había dejado una nota junto a la correspondencia por clasificar y fue así, de ese modo tan corriente y vulgar, como durante semanas fijaron sus citas clandestinas.

Ailann Joy escondida tras unas oscurísimas gafas de sol, semana tras semana, recoge las llaves del mostrador de una recepción discretamente abandonada en cuanto cruza la puerta giratoria.

Se gustaron lo suficiente como para que esa aventura, nacida a principios del verano, se prolongara durante algunas semanas. Pero las cosas han cambiado y debe saberlo. No ha podido esperar y entre sus cosas, antes de salir, le deja una nota fijando el encuentro que ahora espera.

Reconoce el ruido de su Chrysler Town Coupe. De un salto se coloca frente al espejo, se alisa la falda y pellizca las mejillas buscando el rubor que el permanente mareo de los últimos días le ha robado a su piel.

Un golpe de viento cierra la ventana y el mar brama implorando calma.

No queda nadie en el aparcamiento, las gaviotas chillan con vehemencia. Es el otoño.


Anita Noire
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