Blog Canal Literatura
VII Certamen "Poemas sin Rostro"
 

Archivos en el mes de junio del 2012

El mal de Portnoy. Por Maite Diloy (Brisne)

“Pero el caso es que eres judío, dice mi hermana. Eres un chico judío, más de lo que tu te crees, y lo que estás consiguiendo es hacerte un desgraciado, lo único que consigues es desgañitarte gritando contra el viento…”
 
 
Alexander Portnoy es un judío, mal que le pese. Es un judío que sufre, que recuerda, que le habla a un psicoanalista de sus pesares, de sus obsesiones, sexuales la mayoría, del agobio materno, del agobio paterno, de sus ganas de crecer y el impedimento que le suponen la presión de sus padres en su crecimiento personal.
Y la historia de sus obsesiones sexuales, de su parcela íntima que nada tiene que ver con como se comporta en público. La dualidad. Todos tenemos algo íntimo que contamos al psicoanalista, bueno al menos lo contarán los que van.
Y es en esa dualidad dónde nos encontramos con una crítica salvaje a la sociedad que habita, judía y norteamericana, pero sobre todo judía. Aunque salvando las distancias, uno ve la crítica a cualquier sociedad. A los trajes de los domingos, al pésame señor en nuestro caso, a la buena cara en el concierto mientras dentro estás pensando en otra cosa. Si fueses Alexander Portnoy en dónde hacerte una paja o echar un polvo. Pero quizá todos pensamos en eso, en el sexo como salvación mientras hacemos nuestro trabajo o asistimos a una conferencia. Lo que disfrutaríamos si pudiésemos meternos en la cabeza del chico que asiste al lado a la conferencia. Porque si nos viésemos desnudos ante el mundo no nos diferenciaríamos mucho de Alexander Portnoy, porque además se disfruta un montón leyéndole, porque acabas con la sonrisa en la boca con muchas de sus disquisiciones, y porque al fin y al cabo, todos tenemos un trauma paterno y todos nos sentimos en cierto modo culpables frente a nuestros instintos.
Nos identificamos con Alexander Portnoy, nos sentimos él. Nos psicoanalizaríamos a su lado. Cogeríamos su mano y le diríamos que no pasa nada. Odiaríamos y amaríamos a su madre judía y agobiante. Incluso seríamos una de ellas, de las madres agobiantes. Y lo leeríamos. Es un buen momento. Le acaban de conceder El Príncipe de Asturias de las letras. Bueno a Portnoy no, a Roth, pero igual se siente como un hijo premiado, como el perfecto caballero que ha conseguido que el padre que odia haya sido premiado. Un hijo pródigo que volverá a los brazos del padre lloroso y confeso. Qué le dirá que ya nunca jamás entrará en un cine porno ni se hará una paja. Un hijo dichoso con un premio bajo el brazo.
 
¿Y usted, querido lector, va a quedarse sin sentirse por un segundo Portnoy? ¿Va a seguir viviendo sin descubrir entre sus letras un reflejo de una sociedad que apenas conoce pero es también la suya? Vaya y lea. Descúbralo. Disfrútelo.

Maite Diloy (Brisne)
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
Blog de la autora

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Sobre el engaño al lector (Segunda parte). Por Mar Solana

“Escribir un libro ha de ser como cerner el trigo”.

Doménico Cieri Estrada (1954) Escritor mexicano.

Mercedes Alfaya, escritora, trabajadora incansable de la cultura y autora de “El mundo de Aroa” nos explica:

«Le llamo ‘mal-jugar’ con el lector a llevarlo por un camino con los ojos cerrados para luego sacar el conejo de la chistera y esperar el aplauso (algo tan fácil como poco elegante). La magia hay que ponerla sobre la mesa y currarnos el truco; que el espectador piense que no es real, pero que le guste y le sorprenda lo que ve (o lo que no ve). Con respecto a ‘engañar’ al lector, hay una frase que me gusta mucho y que podría resumirlo muy bien: “Si eres burro teñido cuando llueva estás perdido”. Por fortuna, antes o después, siempre llueve en las historias del mentiroso, del engreído, del que mira al lector por encima del hombro pensando que el único listo es él..

Lo que sí debería quedarnos claro es la intención que nos mueve a escribir una historia, porque de ello va a depender en gran medida que el lector se sienta engañado o no. Por ejemplo, no es lo mismo que nos mueva la vanidad, a que nos interese compartir una historia, un hecho sorprendente, mágico, inusual o de otra índole, para lo que, desde luego, resulta lícito y hasta profesional el uso de cualquiera de los trucos o recursos que aprendimos en la ‘escuela de magia’.

Creo que lo que falta en este mundillo es reconocer que escribir, escribe cualquiera, pero a ser escritor se aprende: con oficio, tiempo, dedicación, adiestramiento, ganas y echándole muchas horas. Y cuando, a fuerza de todo esto, conseguimos que el burro de la frase luzca impecable ¿quién necesitaría teñirlo?…». Continua leyendo »

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Sobre el engaño al lector (Primera parte). Por Mar Solana

“La literatura es magia, es aparecer entre la gente sin estar físicamente, es entrar en las almas sin tener que tocar la puerta”.

Doménico Cieri Estrada.

Salvo aquellos que deben ser fieles a los hechos, cronistas históricos, sociales o periodistas; los escritores de cuentos, relatos y novelas “engañamos” al lector, sí… Pero, ¿qué significa esto?, ¿somos (nos creemos) una especie de magos de las palabras? El escritor, en general, crea mundos ficticios, personas imaginarias y se inventa lo que escribe, pero si esas mentiras están bien argüidas, el lector transigirá, le gustará entrar en ese universo de fantasía que desplegamos para él.

Ramón Alcaraz, escritor, editor y experimentado profesor de diversos talleres de escritura, afirma:

«El concepto ‘engaño’ es aquí relativo, ya que en realidad el lector admite la ‘trampa’, que el relato lo lleve por donde no había imaginado, para ser sorprendido al final; pero hay que hacerlo bien. (argumentar tu ficción con elegancia…) Digamos que es un problema de coherencia, de no contradecirse dentro de una historia… Es decir, ‘engañar’ es un concepto relativo; podemos ‘engañar’ al lector narrativamente hablando, pero siempre con coherencia dentro de lo que inventamos. Si el lector no aprecia o descubre ese ‘engaño’ con error, sino como recurso, significa que se ha hecho bien, y entonces lo admite y le gusta. Tendríamos también que analizar cada caso, pero es algo muy evidente para los lectores». Continua leyendo »

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Besos de una lejana mujer hermosa. Por Por Marcelo Galliano


Cómo si todo fuera tan fácil. Como si fuese tan simple acercarse a una de esas oficinas de Western Unión que tienen el cartelito amarillo y negro y saludar a la empleada con “ buenos días, tengo algo por cobrar” y “espere un minuto y llene este formulario”. Y yo con “señorita usted no entiende, lo mío es otro tema” y una vieja que hace cola atrás que me empieza a mirar con cara de este tipo no sabeque hay otra gente en el mundo, y, mientras, la empleada, ya medio harta del trabajo, que cambia el tono para su “no me dijo que tenía que algo por cobrar”
Y ahí es cuando yo me avergüenzo, sí, yo que nunca me sonrojo por nada, me avergüenzo, porque tengo que decirle que la cuestión no son euros ni dólares y, casi a coro, con esa habilidad de humillarte que tiene alguna gente, la empleada y la vieja me dicen “¿y entonces?” Y es cuando me decido y en voz alta como para me escuchen todos (la empleada, la viejita y un tipo de overol que seguramente entró a preguntar si atienden los sábados) le digo “besos, espero besos”. Y como a esta altura el papelón está asegurado, me arriesgo y le digo “besos de una lejana mujer hermosa, y me pone cara como diciendo “no sé de qué habla y yo le digo ” mal hecho, así anda el país con gente que desconoce el valor de un beso de una mujer hermosa”
“¡Por favor apúrese!” me dice un tipo que se agregó a la cola, justito atrás del de overol; tiene un maletín y usa corbata y me da de sospechar porque lleva abrochado el cuello de la camisa y la gente que a esta hora tiene abrochado el cuello de la camisa es porque no se enoja nunca y ya se sabe que la gente que no se enoja nunca… Ahora llega el gerente y se ponen a hablar con empleada: “qué pasa”, “que este hombre viene a cobrar algo”, “y bueno, páguele”, “pero no es tan fácil” “ y qué problema hay”, “que quiere cobrar besos”, “¿besos?”, “sí, besos de una lejana mujer hermosa”. El tipo se me queda mirando y se decide a buscar en la computadora para confirmar que los besos existen y están a mi nombre, que me esperan perfumaditos, salados por tanto mar recorrido. La llama a la empleada aparte, ella parece negarse una y otra vez pero después accede, con cara de “si no fuera porque tengo que cuidar el trabajo” accede. Yo cierro los ojos y acepto lo que ella, con los labios juntos y de mala gana, me da. Finjo que estoy conforme y me retiro mientras escucho el “por fin se fue este tipo” que la vieja larga sin ninguna diplomacia.
La tarde cae y camino por Avenida de Mayo. Entro a un bar y pido un trago de cualquier cosa, va a anochecer, miro la luna recién parida ablandarse en los vidrios y me toco la boca y pienso en los besos, en los besos de una lejana mujer hermosa, esos que en Western Unión jamás me pagan como es debido.

Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Argentina

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LADRONES. Por Dorotea Fulde Benke

El Defensor del Ciudadano De A Pie Aunque Tenga Coche ha presentado una denuncia a nivel nacional, intuyéndose ya su inevitable tramitación a través de organismos internacionales hasta llegar a abarcar el mundo entero.

De momento, se busca dentro de España a una banda de empedernidos y reincidentes ladrones compuesta por varios millones de miembros. Entre ellos hay sobre todo vecinos, jubilados, amas de casa, comerciales, compañeros de viaje o trabajo, desconocidos, conocidos, familiares y hasta amigos si bien estos últimos son una minoría.

Suelen atacar a cualquier hora del día y pueden llegar a interferir con la vida del afectado incluso a las 4 de la mañana. Actúan en los sitios más diversos, prefiriendo claramente la media distancia, o sea, no actúan ni a flor de piel compartiendo cama con la víctima ni a través de llamadas de larga distancia, aunque también se hayan dado casos de robo en la intimidad o con continentes y océanos por medio.

Si alguno de ellos nos coge por banda en una fiesta aburrida, en ese trecho desértico entre misa y comilona de cualquier celebración, en la sala de espera del dentista o haciendo cola delante de una taquilla, su delito –en otras circunstancias deleznable– se convierte en ‘pecata minuta’ y puede resultarnos hasta ameno comparándolo con el hastío que suelen producir los tiempos ‘muertos’ de este tipo.

¡No nos equivoquemos! Esos ladrones no se alimentan de carroña, es decir, el tiempo muerto por otros motivos que no sea su propia intervención, apenas les sabe a nada. El aderezo de su disfrute, la guinda sobre su pastel es el nerviosismo ‘in crescendo’ del agredido; las miradas, furtivas primero y descaradas después, que este dirige al reloj del móvil, de pulsera, de pared o de la estación de trenes; las medias frases de despedida que la víctima masculla, corta y acaba por comerse, y que el agresor ahoga hábilmente en una nueva cascada verbal; el manoseo de un bolígrafo, de las llaves o del teclado del portátil, cada vez más errático e iracundo; finalmente ese sudor frío que brota en la frente de quien esté aprisionado entre barandilla y pared, ascensor y portal, alargando inútilmente el cuello para encontrar el camino de liberarse del ladrón de tiempo que está desvencijando su día, llevándose sus pausas, descansos, ratos libres y momentos de paz y tranquilidad.

Y no, no hay cura ni remedio ni prevención que no esté recogido en el Código Penal. ¿Cómo apartar de un empujón a Doña Rosa que te está mostrando las fotografías –todas– de sus siete nietos? ¿Qué justificación puede haber para apuntar con una maceta al cogote del amable vecino de abajo cuya charla matutina te coge en albornoz y en la terraza y te obliga a adoptar posturas de contorsionista?

¡Confórmense pues y sufran lo menos posible! No levanten la voz ni –mucho menos– la mano… Simplemente aprendan a vivir con las sanguijuelas cronológicas, con esa tribu de vampiros horarios, y no malgasten ni un nanosegundo del valioso tiempo que dejan a nuestra libre disposición cuando se marchan corriendo porque tienen algo urgente que hacer.

 

Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

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