Soledad intelectual. Por mujerabasedebien

Atardecía. Los últimos rayos de sol terminaban de licuar una ciudad derretida de calor, aunque el aire acondicionado del hotel nos mantenía a salvo. Yo nunca había entendido bien por qué mi camino se había cruzado con el del científico, no sabía cuál era mi misión ni si tal cosa existía. Pero su gran talento me hacía pensar que nuestras vidas se habían encontrado para algo más que aquellos paréntesis, en los que repasábamos las deliciosas diferencias entre un hombre y una mujer.

Procura volver. Por Anita Noire

“Algún día volverás y caminarás por estas mismas calles. El empedrado continuará haciéndote tropezar pero alzarás la vista y los restos de lo que día fue un modesto castillo seguirán ahí, lo mismo que el mar, para que te sientas de nuevo en casa. Sólo tienes que procurar volver”.

El sueño del caballero. Por María

El caballero soñó que se ponía de parto en mitad de la noche. Los primeros dolores se presentaron potentes y sorpresivos, ante el estupor del sufriente, que no salía de cuentas hasta dentro de un mes. Tiró del cordón negro y oro que pendía junto a su cama, pero no acudía nadie. En medio de una contracción asesina gritó llamando a Dios y a su criado, por ver cuál de los dos quedaba más a mano y acudía antes y con mejores recursos. Llegó el criado, medio dormido, pero atinó a cambiar a su señor de habitación para el acontecimiento.

Las muñecas también son para los niños. Por José Carlos Morenilla Rocher

Sucedió en Valencia. Pablo y Ana son padres de tres niños. Sandra la mayor ya tiene 5 años. Es una niña alegre y algo revoltosa. Este año ha empezado a acudir a clase. Todavía no estudia nada importante, pero ya sabe comportarse cuando sus padres no están presentes. Pablito con sus tres años y medio, que a esa edad los medios años cuentan, es un niño despierto que siempre está pendiente de lo que hace su hermana. Un poco celoso de los mimos, lo está pasando mal porque ahora, además, tiene la competencia del pequeñín, en el cariño de sus padres. Papá hoy ha terminado su trabajo un poco antes. En realidad, después de una tediosa comida de trabajo ha decidido no volver al despacho. De algo ha de valer ser el arquitecto estrella de su empresa. Hoy tiene necesidad de estar junto a su creciente y feliz familia. Mientras … Seguir leyendo

Neurotransmisores. Por María

Casi siempre había sospechado yo que había algo raro en mi estructura personal, pero fue una noche, volviendo de una juerga, cuando me di cuenta de que soy un cajero automático. Lo supe con tal certidumbre que, sin molestarme siquiera en llegar a casa, me quedé instalado en la esquina de la plaza Baja con mi calle, con idea de facilitar que mi madre me encontrara cuando saliera a buscarme. Ahí me instalé y ahí seguiría, como sería lo lógico, si no me hubieran traído a este lugar con el pretexto de que es imposible que yo sea un cajero automático. Va ya para seis meses, me dicen, y aquí sigo. Cuando me instalé en mi esquina fue la gran novedad del barrio: una máquina que nunca descansa ni cierra sus puertas dispensadoras de billetes. Me sentí único. Mis clientes, mientras hacían cola frente a mí, comentaban lo bien que … Seguir leyendo

De revelaciones. Por Marisol Oviaño

Me apetecía enclaustrarme y he estado todo el fin de semana perreando en casa. Conspirando en la red, jugando al tetris con el móvil, durmiendo la siesta frente al televisor, escribiendo por la noche en la terraza. Sólo me he movido de aquí al atardecer, para bajar a darme un chapuzón. Como normalmente mis findes empiezan el sábado por la tarde y éste ha empezado el viernes, también me ha dado tiempo a planchar un par de lavadoras, limpiar mi baño, dar un repaso a la cocina, hacer un quintal de ensaladilla rusa y coser el reborde del toldo, que se estaba cayendo. Hace años, todas estas tareas me encabronaban sobremanera. Cada vez que tenía que tender la ropa me ponía de un humor de perros, barría con una cólera que levantaba polvareda y planchaba maldiciendo por lo bajinis. Pero desde el día que tuve la revelación de las tareas … Seguir leyendo

En la luz de la tarde. Por José María Araus

    El último quilómetro para llegar al pueblo, hubo de hacerlo a pie. El acceso a la población, que fue abandonada veinte años atrás, estaba cortado por desprendimientos del terreno. Había decidido emprender este viaje con la sensación de que ahora, a los cincuenta años, iba a ser la última vez que viera su antigua casa. Caminaba por la senda de tierra tratando de recordar los huertos, ya baldíos, llenos de zarzas y de maleza. A medida que avanzaba, por la curva, iban apareciendo las casas, aún a distancia, y el recuerdo de la vida pasada en cada lugar del pueblo que iba volviendo a él. Hasta los ocho años allí había sido feliz. Luego la ciudad, la vida.    De pronto a unos cien metros le pareció ver a un niño parado junto a la tapia de un viejo corral junto al camino. Pensó, que quizá hubiera venido … Seguir leyendo