recalo en los espejos de mil dioses
que me abisman de dudas y en voz alta
se arrogan poesía.
Me restaño con soles de
conciencia
y con verbos sin piel y
con metáforas
recupero el sentido en
la palabra
que me fía su nombre.
Soy un viento de paz
que hizo la guerra
a las huestes del verso
intrascendente
invadido de prosas y
salitres
ampuloso y etéreo.
Tengo heridas de bala
entre las manos
cicatrices, metralla,
costurones,
y los ojos resecos,
delirantes
de renglones vacíos.
De los álamos ocres
que me ciñen
tomo aliento en las
hojas que el otoño
-impertérrito y negro
como el hambre-
fue escribiendo a mi
paso.
De la vida –mi vida-
que me enmienda
tomo el pulso –mi pulso-
sangre inútil
y en un sístole huérfano
sin diástole
me resumo en latidos.
Atisbo de locura que
desdobla
la faz de mi otro yo más
consecuente,
más lunático e íntimo,
más lúcido,
más mágico, más cuerdo.
Cuando el tiempo me
arrastre hasta las
sombras,
de vejez aterido,
desterrado,
y me tiemble la voz y
las tinieblas
se me nublen de adioses;
buscaré redimirme de mis
lágrimas
viviré de recuerdos, de
saberme
que algún día escribí
que poesía
fuera un cielo
inconcluso.
Pero entonces la paz
será el olvido
y las voces sin dueño en
estampida
huirán ateridas de mis
calles
enlutadas, desiertas.
Y los cirros serán la
blanda tumba
de asonantes cenizas de
un poeta
que soñó con soñar que
en Utopía
la palabra es la llave
de ser libre.

