Antes
que el
mío
latiera
estaba
el tuyo
donando
cuanto
pudo
cosechar.
Yo era
nada.
Tan sólo
tenue
polen:
esqueje
del
amor,
conciso
aliento
de
semilla
esperando
verdecer…
¿Esperando…?
¿Qué
puede
desear
algo que
está sin
luz,
botón
que
rompe
levemente
a
existir?
Se te
hospedó
un
designio
de ser
y lo
acogiste
igual
que
madreperla,
tú,
mujer,
nombraste
realidad
algo
incipiente
antes de
que los
ojos lo
plasmaran,
previamente
a que mi
cuerpo
fuera
viví en
tu
corazón:
la
levadura
estaba a
florecer
en miga
suave…
Nenúfar
confinado
en tu
pecera,
yo me
impregne
de ti,
como se
esponja
el
corpúsculo
pecho en
la
semilla
para así
germinar.
Probé el
dolor,
y risas
y
emociones
me
irrigaron.
Bañado
en la
caricia
de tu
carne
recolecté
canciones
y
plegarias.
Tu
cansancio
del día
era un
arrullo
que me
instaba
a dormir
en su
latido.
En una
nebulosa
de
ternura
se fue
confeccionando
aquel
boceto:
sustancia
dúctil
viva
incuestionable,
que iba
tomando
forma
con el
magma
generoso
y
fecundo
de tus
venas.
Crecí en
un
universo
que era
tuyo
y luego
la
materia
se hizo
vida
palpitante
de
lágrimas
y
esfuerzo,
brotó de
tus
entrañas
como
algunos
cometas,
indagados
por la
física,
parece
que
nacieron
de la
luz:
estrella
en la
que
orbitan
y no
pueden
desasirse
entre
ellos:
Van
unidos
aunque
sus
pasos
pulsen
la
distancia.
Igual
que esos
cometas
siempre
ponen
sus ojos
en el
sol,
los de
los
hijos
requieren
el
semblante
de su
origen,
el calor
de su
influjo
para ver
en
rompientes
que
esconden
las
tinieblas
un faro
que dé
apoyo…
Cuando
falta
se abre
una
senda
fría en
la
oquedad
dejada
por su
voz.
Surgen
espacios,
con
rachas
de
nostálgicos
recuerdos
y el mar
del
corazón
en
oleaje,
sin una
luz
brindando
la bahía
donde
poner el
alma a
contraviento
en el
puerto
altruista
de una
madre.
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