de agrupar en un libro diferentes poemas
que hablaban de mujeres diferentes,
de amantes y de amigas y de novias incluso,
de Lauras y de Antonias y de Merches y Anas.
Y luego sucedió
que llegaron los celos, las disputas.
Patricia, muy ufana, mostraba sus
metáforas,
Luisa le respondía
con dos sonoros versos pareados,
mientras Marta, al acecho,
se agrupaba el cabello en perfectas
estrofas.
“Yo fui el primer amor”, declaraba
Paquita
instalada en un trono de juveniles
versos.
“Yo le hice madurar”, replicaba Almudena
encaramada al borde de un par de
alejandrinos.
“A mí me idolatraba”,
sentenció en verso libre la pícara
Isabel.
“Y a mí me quiso más”, dijo Marisa
envuelta en un soneto.
Y en el medio de aquella algarabía
se alzó una voz, un canto de sirena
de una mujer sin nombre:
“Pues yo le desprecié, yo fui su ruina”.
Y el silencio se hizo de repente
y el frío se extendió como una losa
por las dolientes páginas de aquel libro
olvidado.

