|
Cuando el
invierno muerde la palabra,
al poeta
le queda soportar
un
testamento de papeles rotos
en la
costura que el poema exhibe
a modo de
misiva infranqueable.
Un barro
dolorido en el costado,
el color
de un espejo, soledad
para
asumir la ausencia de si mismo,
algunas
madrugadas homicidas
para matar
los versos insolentes.
Al poeta
le queda un gesto grave
con el que
asir el canto moribundo
allí donde
la voz y la certeza
masturban
la derrota del silencio.
Una
zozobra de cartón que exige
el
naufragio de sílabas y acentos,
para morir
después en las alcobas
del aire
tibio que el papel exhala.
Al poeta
le queda degustar
el temblor
en las manos y gargantas,
cuando su
verso habite ya desnudo
mostrando
la tragedia cotidiana.
El poeta
es un muerto de papel
torpe e
irreverente, mera anécdota.
Tan sólo
la poesía permanece
inmutable
en las altas azoteas
donde el
hombre murmulla su existencia.
|