|
y fuese una luz fija la ceguera,
y entre el mirar y el ver quedara el
viento...
LUIS ROSALES
A veces
(tantas veces,
tú lo sabes),
nos
quedamos mirando
el otro
mundo desde la ventana
oscurecida y triste de la tarde,
mirando,
—que no viendo—,
cómo el
frío
besa la
herida abierta de los árboles,
mirando
cómo sopla sobre el tiempo
tan
viento
a
viento
el tedio del instante...
Silencio
en la mirada. En el recuerdo,
aquel
amor que nos dejó apagados,
tristemente herrumbrosos
y
cobardes.
¡Qué
dolor el amor
ya malherido,
y cuántas
rosas muertas en los parques!
La
mirada, en silencio,
le dicta
al corazón sus certidumbres,
dudas del
soy, del fui, medias verdades,
y se
pierde, se pierde inmensamente
en los
brazos alígeros del aire.
Y
mientras, en los ojos des-
hojados,
la luz
evanescente se hace carne
para
habitar el hueco del olvido,
para
sabernos vivos, todavía,
y
alumbrar los umbrales
de este
desasosiego de ser hombres,
de esta
rara aventura
sin
anclaje.
Bandadas
de estorninos
vuelan segando el cielo
y nadie
sabe
en qué
chopera dormirán sus alas,
hacia qué
latitudes
de qué valles
expandirán su espíritu de pájaro.
¡Qué
belleza, sin más,
sobre la tarde!
Y así,
con el silencio ensimismado
en sus
propios sentires
(o pesares),
nos
quedamos mirando
esa alta
soledad que nos da el cielo,
ese dejar
de ser...
tras los cristales.
|