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Mi calle
tiene la piel
teñida de
colores nuevos.
Esta calle
que me
nombra en un buzón de segundo
sonríe
treinta y dos manzanas
melladas
de tanto en tanto, amarillas
por la luz
de las farolas tenues.
Hay risas
nuevas en mi calle
y
algarabía de niños
ajenos al
color verde del miedo,
a la
madera del mar embravecido.
Parece
tener la ciudad
nombre
dulce de mujer
cuando
despierta arrullada
con
acentos esponjosos
de niñas
que traen la noche
enroscada
entre su pelo.
Entran en
mi calle
otras
especias por las ventanas
y hay
sabores remotos
pintando
la transparencia de los escaparates.
Tiene mi
calle el don de la palabra
apresado
en la garganta entumecida
que lo
niega, y charlatanes en busca
del giro
celebrado, apetecido.
Hay
voceadores que graznan
sus penas
de infusión y de salita,
la
reticencia del pubis deseado,
los lloros
por sábanas pendientes.
Hay
garabatos de azul
bajo los
puentes que desconocen.
Hay
féretros no llorados
en los
chopos de sus paisajes.
Hay
mujeres tan bellas como la amada
muertas de
miedo, hambre o hastío.
Ay de la
mirada embustera
temerosa
de mirar. Ay del poeta
maldito
por el pavor de sus ojos
Y este
silencio que todo lo envuelve
deja que
clave su garra
el halcón
en pie de guerra.
Y la
anestesia a medida
que cada
cual se inocula
niega la
mínima decencia
ni dolor,
ni clemencia,
ni
agradecimiento de ser vivos.
Mi calle
tiene la piel teñida de colores nuevos
que apenas
ocultan dolores sabidos
pero
remotos como la sonrisa ultramarina de Malena.
Hoy mi
calle es para otros
la Francia
y la Alemania
de tíos y
parientes.
Hoy los
campos de mi tierra
son
máquinas sudorosas
con ritmos
extranjeros
de mitad
de siglo veinte.
Hoy mi
calle no es mi calle
y mi campo
es nuestro.
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