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150- La Plantación. Por Archibaldo

        Mi madre corre delante de mí. Me anima a que la alcance, en silencio, con el dedo levemente apoyado en sus labios. Corre, corre, me insinúa con las manos. Miro mis pies, tengo zapatillas nuevas, zapatillas vertiginosas que me hacen más rápido, más ligero; soy capaz de saltar uno, dos, tres metros; zapatillas prodigiosas que me hacen volar, flotar, correr más rápido. Estamos en medio de la plantación, en medio de un mar verde, un mar de pequeñas hojas de coca a punto de ser cosechadas. Juego al escondite con ella y soy feliz.

       Mi madre corre descalza, va vestida con su camiseta favorita, la de Hello Kitty, a juego con sus braguitas. Me hace gracia verla así, con su camiseta, sin pantalones, con sus braguitas. No puedo contenerme y empiezo a reír histérico. Me coge por detrás y me tapa la boca con fuerza. Me hace daño. Intento decirle que me suelte, que me está ahogando. Forcejeo con ella. Por fin me suelta. Empiezo a golpearla con los puños, con las piernas. Me abraza, me empieza a dar besos. Cállate, cállate,  me suplica. Por fin me calmo, me acaricia el rostro, sonríe. Vuelve a decir que me calle, en silencio, con su dedo levemente apoyado en sus labios. De repente se oye un fuerte estallido, una explosión; me tapo los oídos, asustado; mi madre me mira, está quieta, inmóvil; un hilo de sangre empieza a descender por su frente, despacio, cayendo suavemente por su mejilla, por su cuello, manchando su camiseta de Hello Kitty. Sus ojos, siempre alegres, me miran ahora huecos, vacíos, sin vida. Me acerco a ella gritando:

       —¡Madre, madre!

       La sujeto entre mis brazos, la abrazo, la acuno. Noto mis manos húmedas, calientes, manchadas de sangre, de su sangre. Oigo otro disparo, y otro, y otro. Gente gritando, acercándose. Intento arrastrar su cuerpo, le suplico que por favor se levante. Cada vez los oigo más cerca. Comienzo a darle golpes en el pecho. Uno, dos, tres. Cada vez más fuerte. Uno, dos, tres.

       —¡Levanta madre, levanta!

       Me abrazo a su cuerpo todavía caliente, llorando. Delante de mí  aparece  un hombre. Me sonríe. Una sonrisa blanca, perfecta, brillante. Lleva una escopeta.

       —Ven aquí pequeño.

       Me muevo deprisa, atrás, atrás, atrás. El hombre empieza a reírse a carcajadas.

       —Ven aquí cabrón, que no te voy a hacer nada.

       Echo a correr con todas mis fuerzas, notando como mis nuevas zapatillas, mis zapatillas vertiginosas me llevan lejos del hombre, de ella. 

       La plantación me oculta, me protege; estoy acurrucado, abrazando mis piernas, balanceándome, sin hacer ruido. Noto mi corazón bombeando sangre, bum, bum, bum; queriendo salir, a punto de romperse de terror, de angustia, de tristeza. Sopla una suave brisa que mueve las hojas, las pequeñas hojas de coca. Miro mis manos, están manchadas de sangre, húmedas, pegajosas. Muerta, está muerta, me digo. No puedo controlarlo y vomito. Me mancho mis zapatillas nuevas, mis zapatillas prodigiosas. Tengo que contarlo, tengo que decírselo a alguien. Me levanto despacio, sin hacer ruido. Intento orientarme. Delante de mí puedo ver la colina, a sus pies está mi casa. Empiezo a correr. Mi corazón late cada vez más deprisa, bum, bum, bum. Tengo que llegar, tengo que llegar, me digo. 

       Puedo verla a lo lejos, con sus paredes rojas y el pequeño porche de madera con su mecedora. Una persona está de pie, con los brazos levantados, agitándolos. Me hace señas, empieza a saltar,  empieza a gritar:

       —¡Aquí, aquí, ven aquí pequeño cabroncete, ven aquí!

       Reconozco la voz, es él, el hombre de la sonrisa, el hombre de la escopeta. Retrocedo poco a poco, paso a paso, volviendo a la plantación, a esconderme. 

       Corre, corre, no pares, me digo, no pares. Me tropiezo, caigo, me levanto, vuelvo a caer. Empiezo a arrastrarme. No pares me digo, no pares. Mis rodillas rozadas, llenas de sangre, me duelen, me escuecen. Empiezo a llorar, de rabia, de miedo, de dolor.  Me siento incapaz de seguir. Me tumbo exhausto, rendido, agotado.

       No sé cuánto tiempo llevo tumbado. Siento frío. Noto mi piel erizada. Es de noche. Las nubes cubren el cielo por completo. Poco a poco mis ojos se habitúan a la oscuridad. Veo unas luces acercándose. Una, dos, tres luces. Oigo voces. Las luces hacen zig, zag, zig, zag, entre las hojas.

       —No te escondas cabroncete o será peor.

       Me levanto despacio, procurando no hacer ruido; empiezo a andar, sin dejar de mirar las luces, alejándome de ellas, cobijándome en la oscuridad. 

       Me siento seguro en la plantación, me tranquiliza su silencio, su quietud. Me doy cuenta que tengo los pantalones mojados, calientes. Me he meado encima. No sé cuando ha sido. Me da vergüenza. Me froto los brazos, las piernas, comienzo a dar pequeños saltos para entrar en calor. Me siento en cuclillas, abrazando mis rodillas, tiritando. Mis zapatillas nuevas, mis zapatillas prodigiosas están sucias, cubiertas  de tierra seca y negra, de vómito. Tengo los cordones desatados. Me acuerdo de mi madre, de la canción que cantaba mientras me ayudaba a atármelos. “Había una vez un árbol en el bosque”. Cojo los cordones y hago una lazada grande. “Un día un conejito dio la vuelta alrededor de él”. Ahora una pequeña, las manos me tiemblan. “Encontró una madriguera y se metió sin dudar”. Meto el lazo grande por debajo del pequeño. “Como era pequeñito necesitó ayuda y por eso tiro, tiro y tiro”. Anudo con todas mis fuerzas y empiezo a correr. 

       La plantación deja paso a un pequeño claro. En medio está la vieja camioneta, varada, silenciosa, inmóvil. La puerta se abre con facilidad. Abro la guantera. Busco en su interior, tanteando en la oscuridad. Sé que mi madre la esconde aquí. Encuentro la pistola. Pesa mucho, demasiado. La amartillo y espero. 

       Oigo pisadas. Aprieto con fuerza la pistola, las manos me sudan. Tengo miedo.

       —Cabroncete, se que estas ahí. Sal fuera. Vamos cabroncete, no tengas miedo.

       La puerta se abre de golpe. Aprieto el gatillo. El fogonazo me deslumbra. Noto un intenso dolor en mi hombro, en mi muñeca. La pistola se cae de entre mis manos. Siento un tirón en mi pierna.

       —¡Te voy a matar, cabronazo!

       Empiezo a patalear. Noto cómo golpeo su cara. Me suelta. Mi mano palpa la pistola, la cojo y vuelvo a disparar. Oigo su grito. Abro la puerta a mi espalda y me dejo caer. El dolor en mi hombro aumenta.

       —¡Hijo de puta, te voy a sacar los ojos, so cabrón!

       Vuelvo a perderme en la plantación. Los gritos continúan.

       —¡Te voy a dar por culo, cabroncete! ¡Te juro que te voy a dar por culo! 

       Noto las hojas de coca golpeando mi rostro. No veo nada. Tropiezo con algo, caigo al suelo. Veo su cuerpo, su rostro, sus ojos sin vida. Me abrazo a ella, siento frío, un frío extraño, un frío que viene de mí. 

       La luz del sol me despierta. Le doy un beso. Le digo que volveré, que no puedo quedarme, que me perdone. Vuelvo a casa. 

       La puerta de entrada está abierta. Corro al salón. El teléfono está tirado en el suelo, emitiendo un bip, bip continuo. Lo vuelvo a poner en su sitio. Marco el número. El número que mi madre me enseñó. Si me pasa algo llamas aquí, me decía siempre y yo le contestaba que nunca le iba a pasar nada. 

       Una voz de mujer contesta que mi conversación está siendo grabada, que si tengo algún problema con ello y le contesto que no, que no tengo ningún problema. La han matado, le digo. La mujer dice que me tranquilice, yo le contesto que estoy tranquilo, y es verdad. Me pregunta quién soy, cuántos años tengo. Su voz es dulce, como la de mi madre. Me dice que le cuente todo, despacio, desde el principio y yo lo hago. Le hablo del hombre, de la pistola, de la plantación. Le digo que vengan, que por favor vengan. La mujer me llama cariño, me llama cielo, me dice que no me preocupe, que enseguida llegan. Repite una y otra vez lo mismo: enseguida cariño, enseguida estaremos contigo. Le doy las gracias y cuelgo. 

       Oigo un ruido en la cocina. Me acerco y allí está él, sentado en mi silla favorita, su camisa manchada de sangre. Sonríe, mostrando sus dientes blancos, perfectos, brillantes. Le digo que se levante de mi silla. Empieza a reírse.

       —Acércate cabroncete, acércate.

       Le digo que acabo de llamar por teléfono, que vienen hacia aquí. No deja de reírse. Me apunta con una pistola.

       —Acércate o te reviento los sesos.

       Cojo un cuchillo de cocina, el más grande.

       —Ven tú, hijo de puta —le digo.

       Empieza a reírse, sin parar. Empieza a escupir sangre, manchándose sus dientes blancos, perfectos, brillantes. 

       —Tienes huevos, cabronazo, sí señor.

       Me lanzo hacia él. Noto como el cuchillo se clava en su pecho. Aprieto con todas mis fuerzas.  

Me coge del cuello y me lanza al suelo. 

       Ahora estoy sentado en mi silla favorita. Él está en el suelo, quieto, con los ojos abiertos, muerto. Oigo coches acercándose.  Empiezo a llorar.

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20 Comentarios a “150- La Plantación. Por Archibaldo”

  1. Rafael dice:

    Redacción de ritmo acelerado: frases cortísimas sobre párrafos minúsculos. Perfecta para un relato de terror a plena luz del día.
    Llegas a pensar que sólo es una pesadilla.
    Suerte.

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  2. MOREDA dice:

    BUEN RELATO, NO DEJA TIEMPO PARA RESPIRAR. SUERTE ARCHIBALDO

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  3. CÉSAR dice:

    RAPIDO Y AGIL!!!

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  4. LUPE dice:

    Me gusta el ritmo.

    Suerte

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  5. NOSKI dice:

    Entiendo que es un relato solo para crear tensión. Y la verdad es que lo consigues. Las frases cortas, los diálogos duros, con maldiciones, sin ningún tipo de concesión ni descanso. Tiene una cosa buena: se lee muy fácil, y eso es interesante para el lector. Seguro que, aunque no hayan hecho comentarios, somos muchos los que te hemos leído. Por eso creo que podías haber aprovechado para darle algún contenido, explicar quienes son o que hacen además de defenderse para que no los maten. En fin cada uno escribe lo que le parece e insisto, para crear tensión está bien. De todo tiene que haber. Suerte en el concurso.

    Por cierto, yo también tengo un relato en el concurso y me gustaría saber tu opinión. Es el número 179-Danza Contemporánea. Lo mandé a última hora, el mismo día del cierre. No necesito ningún voto, lo que necesito es saber si tiene algún valor para EL LECTOR. ¡Qué puede estar bien o mal! ¡Qué añadirías o quitarías! Si está bien o mal adjetivado, si el ritmo literario es interesante. Si es demasiado técnico o no. En fin, el PUNTO DE VISTA DEL LECTOR. Sin ningún reparo. A mí éste me parece un buen concurso justamente por lo que digo, por que se publican todos y da oportunidad de saber la opinión de otros LECTORES, que es lo que a mi me interesa. Pero hace falta leerlos y a veces…. Ya sé que hace falta tiempo. Sinceramente te lo agradecería. Como te decía, suerte con el tuyo.

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  6. Barba Negra dice:

    Narración muy rápida, pero me ha gustado.
    Un saludo.

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  7. Ambrose Bierce dice:

    Ya te lo han dicho otros: rápido, ritmo trepidante, certero. Y un argumento por desgracia demasiado actual (no se ya cuantas mujeres asesinadas van ya este año). Me cautivo y mantuvo mi interés desde el principio hasta el final, pero coincido con NOSKI en que se echa en falta otro desarrollo que nos oriente sobre el porque del comportamiento de los protagonistas (sobre todo del asesino).

    Suertes (en plural)

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  8. Jara Maga dice:

    Una prosa trepidante que engancha de principio a fin, y un tema tan duro como candente.
    Bien narrado, más que bien , diría yo.

    Suerte!

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  9. AVAL dice:

    Archibaldo:
    Qué bueno que visitaste Matt, porque fue la manera de llegar a tu relato. 194 son muchísimos y me hubiera pesado perderme de leer tu buena historia. No le modifiques nada. Hay situaciones, que el describir otras cosas no es relevante. Por tu relato no creo estés en España y quizá te encuentres en algún país de Latinoamérica. Con la única intención de demostrarte lo mucho que me impactó tu historia, te pongo unas líneas de una novela corta que escribí, hace ya un buen tiempo, donde describo el momento crucial de cuando fui víctima de secuestro…

    Todo pasó tan rápido, en minutos, segundos, instantes… Ni siquiera sé si encontraré las palabras adecuadas para relatarlo.
    Fue en la carretera. Una camioneta negra inesperadamente se me echa encima. Pierdo el control. Pedazos de cristal por todos lados. Una nube de polvo rodea mi auto. Gritos desquiciados de mis atacantes. Escucho varios ensordecedores disparos. Macanazos en mi cabeza. Caigo sin remedio. Golpes en todo mi cuerpo. Sin ninguna clemencia me patean y patean. Sorpresivamente puedo pararme y los enfrento. Tiro golpes y patadas. Siento un tajante machetazo en mi brazo izquierdo. La sangre me brota y salpica por todos lados. Pierdo el equilibrio de nuevo. Cubren mi cabeza con un costal. Me amarran y arrojan a su camioneta. Recibo un fuerte golpe en la nuca… me desmayé.

    Archibaldo: No te agradezco que me hayas traído esos recuerdos, pero te felicito por la maestría con que describes un momento tan inesperado como el de tu relato. Hasta donde quiera que te encuentres, te mando un sincero abrazo. Gracias por haberlo compartido. Voto por tu relato, para que la vida te premie por escribir como lo haces.

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  10. Catch-22 dice:

    Creo que he cogido aire para respirar solo lo justo mientras leía tu relato, (¿y me he mordido alguna uña?). A mí me ha gustado mucho esa forma de escribir, con frases cortas.
    Para mí está bien que no haya mas explicaciones. Simplemente relatas un fragmento de vida de ese chico. A nuestra imaginación queda porqué pasan las cosas, teniendo en cuenta el escenario.
    Suerte!

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  11. papa noel dice:

    Narración veloz e inteesante, poco verosímil.

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  12. Rafael dice:

    Releo este relato. Y re-opino.
    La manera de redactar sincopada confiere ya de partida un ambiente de acelerada ferocidad, incluso en los instantes en que no hay sangre ni violencia explícita. Me resulta una historia conmovedora, por la actitud del chaval, y fascinante, por su realismo a base de calambres intermitentes y por la ausencia de blandenguerías.
    El autor narra, desde la privilegiada perspectiva del hijo, con un tono de frialdad que quema como el clorhídrico. Describir con tanta puntería el infierno en mil y pico palabras es un record en verdad despampanante. Cada mini-párrafo entra como un chupito de absenta y a la altura del desenlace estás beodo de emoción y villanías, a partes iguales.
    Tal vez no sea tan primoroso como el que acabo de leer de “La Florista”; pero es prosa acerada de pocas concesiones, aunque sin pasarse de rosca en ningún momento.
    Aval, esa porción de tu novela corta que incluyes es en sí misma un machetazo. No conocemos más texto, pero comparado con eso, los relatos de guerra al uso son cuentos de Caperucitas.

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  13. coco dice:

    Me ha parecido muy realista y me ha cautivado desde el inicio. Aún con pocas palabras y breves descripciones, consigues meterme en el personaje y vivir la historia en primera persona. Enhorabuena y mucha suerte!

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  14. lupe dice:

    Felicidades y más suerte

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  15. MOREDA dice:

    HE AQUÍ, TU EXCELENTE Y CRUDO RELATO ENTRE LOS FINALISTAS, FELICIDADES Y SUERTE.

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  16. Jara Maga dice:

    Me encantó cuando lo leí, y me sigue encantando ahora.

    ENHORABUENA !! y SUERTE!

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  17. Júpiter en Sagitario dice:

    Hola Archivaldo, ¡felicidades por estar en la final!
    Mientras leía tu relato tenía la piel de gallina, me gusta mucho el ritmo que utilizas. Si tuviera que utilizar una palabra que para mí definiera tu relato sería INTENSO.
    Mi comentario a los diez finalistas nunca termina con un SUERTE, porque os desearía suerte en la final a los diez, y mi parte científica me dice que entonces para qué deseo suerte ;-)
    Por eso siempre termino igual que ahora, con unos afectuosos besos. :-)

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  18. Júpiter en Sagitario dice:

    Perdona Archibaldo, no sé por qué pero al pasar tu seudónimo de mi mente al teclado, pasaste a llamarte Archivaldo…

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  19. Lola Dawn dice:

    Felicidades por tu relato y por estar entre los finalistas. Mucha suerte.

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  20. lupe dice:

    ¡ENHORABUENÍSIMA! (Perdón por la última licencia de esta edición)

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