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	<title>VIII Certamen de Narrativa Breve 2011</title>
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		<title>Rafael Borrás, nuevo colaborador de Canal Literatura</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Nov 2011 10:16:19 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Rafael Borrás ganador de este año del Premio Especial del público junto a Ángel Guardiola del VIII certamen de Narrativa Breve y habitual en los concursos desde hace años, pasa desde hoy a formar parte de los colaboradores habituales de Canal Literatura con la sección &#8220;Desde mi sillín&#8221;. Pinchando en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.canal-literatura.com/htmltonuke.php?filnavn=Colaboradores.html" target="_blank"><img title="" src="http://www.canal-literatura.com/desdemisillin/RafaelBorras-P.jpg" alt="" width="100" align="right" border="0" hspace="10" /></a> <strong>Rafael Borrás</strong> ganador de este año del Premio Especial del público junto a <strong>Ángel Guardiola</strong> del VIII certamen de Narrativa Breve y habitual en los concursos desde hace años, pasa desde hoy a formar parte de los colaboradores habituales de Canal Literatura con la sección <strong>&#8220;Desde mi sillín&#8221;</strong>.<br />
Pinchando en la imagen puedes acceder directamente a la sección Colaboradores dónde explica su dedicación al arte de escribir y donde además figuran todos los escritores que en algún momento han participado activamente en este apartado.<br />
<strong>Canal Literatura</strong> siempre esta abierta a las sugerencias y participación de todos aquellos escritores que han demostrado compromiso con esta iniciativa y nuestras páginas estan abiertas para todo aquel que quiera publicar en este medio. Damos la bienvenida a Rafael en esta nueva etapa de colaboración.</p>
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		<title>De internet al formato libro. Relat@s en el Canal VII- Libro 2011</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Nov 2011 10:00:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Laura Borràs]]></category>
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		<description><![CDATA[Presentamos el septimo libro de la Asociación Canal Literatura realizado por Ediciones Tres Fronteras que se entregó a los asistentes de la entrega de premios del día 8 de octubre pero que hasta ahora no hemos podido sacar a la venta al público general. Con un video de todos los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.canal-literatura.com/Libros/Relat@s_en_el_canal_VII_2011.html" target="_blank"><img title="" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/KDD/Relatos-en-el-canal-VII.jpg" alt="" width="200" align="left" border="0" hspace="10" /></a> <a href="http://www.canal-literatura.com/BLOG/?p=5072" target="_blank"><img title="" src="http://www.canal-literatura.com/fotos/LauraBorras-Canal-literatura.jpg" alt="" width="250" align="right" border="0" hspace="10" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Presentamos el septimo libro de la <strong>Asociación Canal Literatura</strong> realizado por <strong><a href="http://www.tresfronteras.es/TresFronteras/titulo.jsf?codtitulo=MAT_31" target="_blank">Ediciones Tres Fronteras</a></strong> que se entregó a los asistentes de la entrega de premios del día 8 de octubre pero que hasta ahora no hemos podido sacar a la venta al público general.<br />
Con un video de todos los libros publicados y unas palabras de <strong><a href="http://www.canal-literatura.com/Entrevistas/LauraBorras.html" target="_blank">Laura Borràs</a></strong>, profesora de teoría de la Literatura en la Universidad de Barcelona, presidenta del <a href="http://www.canal-literatura.com/7certamen/" target="_blank">VII Certamen de Narrativa breve 2010</a> y, por tanto, autora del prólogo titulado &#8220;Fuerza y magia&#8221;.<br />
En estas 158 páginas por primera vez, se reunen en esta edición relatos y poemas. Como siempre de autores noveles ganadores y finalistas de los distintos certámenes desarrollados virtualmente en este portal literario durante tres años.<br />
Relatos del VII Certamen de Narrativa Breve 2010, poemas <a href="http://www.canal-literatura.com/7certamen/premiodamasco/" target="_blank">Premio Especial &#8220;Tras las Huellas de Ibn Arabí&#8221;.</a> Así como los poemas del <a href="http://canal-literatura.com/Apoesia4/" target="_blank">Cuarto,</a> <a href="http://www.canal-literatura.com/Apoesia5/" target="_blank">Quinto</a> <a href="http://canal-literatura.com/Apoesia4/" target="_blank">y Sexto Certamen &#8220;Poemas sin Rostro&#8221;</a> 2008 * 2009 * 2010.</p>
<p style="text-align: justify;">No sabemos si habrá nuevas ediciones, porque cada año afrontamos un nuevo reto y una aventura que poco a poco se va plasmando con la ayuda de todo aquel que quiere colaborar en este labor. No obstante, si hubiera dificultades para acceder al papel, lo que si haremos siempre es apoyarnos en el soporte digital, que es nuestro medio, y trataremos de publicar en formato e-libro (e-book) la recopilación de nuestros finalistas y ganadores.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>&#8220;Lo que es cierto es que la literatura constituye un espacio de encuentro y de intercambio y un certamen como este lo demuestra de una manera rotunda y admirable. “Encuentro” porque la literatura es una forma de comunicación e “intercambio” porque un libro sin un lector, un texto sin receptor no es nada porque simplemente no es.&#8221; Laura Borràs </strong></p>
<p><center><strong>Presentación del libro &#8220;Relat@s en el Canal VII&#8221; 2011 </strong><br />
<iframe src="http://www.youtube.com/embed/B4kc_fRx5Lc?feature=player_embedded" frameborder="0" width="450" height="259"></iframe></center><center>Toda la información sobre el libro la encontrarás pinchando en la imagen del mismo .</center>&nbsp;</p>
<p><center><a href="http://www.laverdad.es/murcia/ocio/presentacion-libro-canal-literatura-201111162040.html" target="new"><img src="http://www.canal-literatura.com/themes/3D-Fantasy/images/header/logo_laverdad.gif" alt="" width="171" border="0" hspace="10" /><br />
Noticia en LaVerdad.es (Murcia, Albacete y Alicante)</a></center></p>
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		<title>Luisa Nuñez (Haddass), Dama Literatura 2011.</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Oct 2011 11:01:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[2011]]></category>
		<category><![CDATA[DamaLiteratura]]></category>
		<category><![CDATA[Luisa Núñez]]></category>
		<category><![CDATA[sextavoce]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Ella sabe que todos tenemos una vida que contar y muchas vidas más, imaginarias o no, en las que profundizar, reflexionar o adentrarse. Cree firmemente que la comunicación con los otros, es una necesidad básica del ser humano, incluso mucho antes de que apareciesen los juglares, poetas o trovadores. Intuyó [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><img class="alignleft" style="margin-left: 10px; margin-right: 10px;" title="Luisa Nuñez" src="http://www.canal-literatura.com/fotos/Luisa-Nunez-DamaLiteratura2011.jpg" alt="Luisa Núñez (Haddass)" width="140" height="363" /><br />
&#8220;Ella sabe que todos tenemos una vida que contar y muchas vidas más, imaginarias o no, en las que profundizar, reflexionar o adentrarse. Cree firmemente que la comunicación con los otros, es una necesidad básica del ser humano, incluso mucho antes de que apareciesen los juglares, poetas o trovadores.</p>
<p style="text-align: justify;">Intuyó hace tiempo que, a través de las nuevas tecnologías, puede hacerse realidad el sueño de tantos y tantos creadores anónimos (El genio plebeyo que diría Rafael) que tienen mucho que contar, enseñar, aprender y compartir.</p>
<p style="text-align: justify;">Y los convoca cada año como si de un ritual vivificante y necesario se tratara.&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;y, por su larga dedicación a la palabra, a la difusión de la literatura que surge en cualquier continente y por fomentar el encuentro fructífero y enriquecedor entre escritores de habla hispana de todo el mundo, es un honor para todos nosotros nombrarla “Dama Literatura 2011”.</p>
<p style="text-align: justify;">Ver entrada completa en el <a href="http://canal-literatura.com/blog/blog-literatura/articulos/dama-literatura-2011-por-sextavoce/" target="_blank">Blog de Canal Literatura</a></p>
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		<title>Ya estan las fotos de la entrega de premios.</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2011 19:25:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Ganadores y finalistas de este certamen con el escritor Fernando Marías a la izquiera, Elena Marqués,Blanca García Malanda,Raúl Galache, José Luis González Martínez, José Juan Martínez Romero, Belén Solesio y Sandra Guillamón Salso.   Ganadores del premio del Público, Rafael Borràs y Ángel Guardiola con Luisa Núñez, directora de Canal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=1529" target="_blank"><img class="aligncenter" style="border: 0px;" title="Finalistas y ganadiores con Fernando Marías" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/wp-content/uploads/2011/10/canal-literatura-124.jpg" alt="Finalistas y ganadiores con Fernando Marías" width="448" height="298" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Ganadores y finalistas de este certamen con el escritor Fernando Marías a la izquiera, Elena Marqués,Blanca García Malanda,Raúl Galache, José Luis González Martínez, José Juan Martínez Romero, Belén Solesio y Sandra Guillamón Salso.</p>
<p style="text-align: center;"> </p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=1529" target="_blank"><img class="aligncenter" style="border: 0px;" title="Ganadores del premio del Público con la directore de canal Literatura" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/wp-content/uploads/2011/10/canal-literatura-114.jpg" alt="" width="448" height="298" /></a></p>
<p style="text-align: center;">Ganadores del premio del Público, Rafael Borràs y Ángel Guardiola con Luisa Núñez, directora de Canal Literatura.</p>
<p style="text-align: center;">Pincha en las imágenes o en el menú principal  en   <a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=1529">Fotos Premios 2011</a> para ver todas las fotos. Esperamos que sea un grato recuerdo para todos vosotros.</p>
<p>Os dejamos también <strong><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=1749" target="_blank">La crónica de la entrega de premios </a></strong>escrita por <strong>Ángel Guardiola y Rafael Borrás </strong>y los  <strong><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=1737" target="_blank">&#8220;Momentos ganadores&#8221;</a> </strong>de los premiados. Ellos son los verdaderos protagonistas y sus vivencias de interés para todos.</p>
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		<title>Retrasmisión de la entrega de premios Canal Literatura 2011</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Oct 2011 16:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[A partir de las 19:30 horas iremos retarasmitiendo un breve recital protagonizado por tres poetas singulares: Raquel Lanseos, Luis Oroz y Yolanda Sáenz de Tejada A partir de las 22:30 intentaremos ofreceros la entrega de premios. Las dificultades que pueden surgir con la megafonia del hotel en el ordenador que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><a href="http://www.ustream.tv/recorded/17756414" target="_blank"><img alt="Aperitivo de versos" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/banner/aperitivodeversos.jpg" title="Aperitivo de versos" class="aligncenter" width="468" height="61" /></center><br />
A partir de las 19:30  horas iremos retarasmitiendo un breve recital protagonizado por tres poetas singulares: <strong>Raquel Lanseos, Luis Oroz y Yolanda Sáenz de Tejada </strong></p>
<p>A partir de las 22:30 intentaremos ofreceros la entrega de premios. Las dificultades que pueden surgir con la megafonia del hotel en el ordenador que trasmite puede crear dificultades en la imagen, pero esperamos que salga al menos como el año pasado o al menos lo habremos intentado.</p>
<p><center> <iframe src="http://www.ustream.tv/embed/3882440" width="480" height="270" scrolling="no" frameborder="0" style="border: 0px none transparent;"></iframe> </center><br />
Podéis verlo directamente también en esta dirección:<br />
 <a href="http://www.ustream.tv/channel/canal-literatura"target="_blank">http://www.ustream.tv/channel/canal-literatura</a></p>
<p>Esperamos que todo salga bien y de antemano os pedimos disculpas por los fallos posibles.</p>
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		<title>Entrevista a Luisa Núñez en el periódico La Verdad</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Oct 2011 09:45:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;Nuestra intención es ofrecer una plataforma a los jóvenes escritores y a sus lectores para poder ponerlos en contacto. Tanto Internet como las nuevas tecnologías ofrecen muchas posibilidades que creemos que se deben aprovechar.&#8221; Entrevista completa en La Verdad.es]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><center><img src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/KDD/Luisa-Nunez-Laverdad.jpg" border="0" alt="Luisa Núñez en La Verdad" width="450" /></center><br />
&#8220;Nuestra intención es ofrecer una plataforma a los jóvenes escritores y a sus lectores para poder ponerlos en contacto. Tanto Internet como las nuevas tecnologías ofrecen muchas posibilidades que creemos que se deben aprovechar.&#8221;</p>
<p><center> <a href="http://www.laverdad.es/murcia/v/20111008/cultura/queremos-poner-contacto-autor-20111008.html"target="new"><img  src="http://www.canal-literatura.com/themes/3D-Fantasy/images/header/logo_laverdad.gif" width="171" border="0"hspace="10">Entrevista completa en La Verdad.es</a></center></p>
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		<title>Todo preparado para la entrega de Premios 2011</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Oct 2011 10:49:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Como cada año ya están preparados los diplomas para todos aquellos finalistas que vengan a reogerlos, así como los trofeos que se enviarán a los ganadores de cada premio de narrativa, del premio especial o de poemas. La entrega de premios de la Asociación Canal Literatura pretende ser un encuentro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como cada año ya están preparados los diplomas para todos aquellos finalistas que vengan a reogerlos, así como los trofeos que se enviarán a los ganadores de cada premio de narrativa, del premio especial o de poemas.<br />
La entrega de premios de la <strong>Asociación Canal Literatura</strong> pretende ser un encuentro festivo en el que se celebra el trabajo literario que durante todo el año desarrollamos desde esta web.<br />
También se entregará a los asistentes, camisetas y marcapáginas y en el tradicional sorteo de regalos, además de libros, también se sorteará una Tablet PC pantalla de 7&#8243; , sistema Android de 4 GB, camara y WIFI.</p>
<p><center><img src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/KDD/DiplomaVIPoemas.jpg" border="0" alt="Diploma Poemas" width="150" />&#8212;<a href="http://www.canal-literatura.com/Apoesia6/?page_id=1279" target="new"><img src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/KDD/DiplomaIBNArabi.jpg" border="0" alt="Diplomas IBN Arabí" width="150" /></a> &#8212;- <a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=1366" target="new"><img src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/KDD/DiplomaIVIIInarrativa.jpg" border="0" alt="Diploma Narrativa 2011" width="150" /></p>
<p></a><img src="http://www.canal-literatura.com/marcapaginasVII-2010.jpg" border="0" alt="" width="80" />&#8212;<img src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/KDD/marcapaginas-11-P.jpg" alt="marcapáginas" width="80" />&#8212;<img src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/banner/tablet2011-250pix.jpg" alt="Tablet" width="120" />&#8212;<img src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/KDD/Relatos-en-el-canal-VII.jpg" border="0" alt="Relat@s en el Canal VII" width="116" height="141" />&#8212;<img src="http://www.canal-literatura.com/Noticias/camistasazules2010.jpg" border="0" alt="" width="165" height="109" /></center><br />
Desde esta misma página se podrá seguir la retransmisión en directo a partir de las 19:30 horas, en una entrada especial con acceso directo.<br />
Esperamos saludaros el sábado en y desde Murcia. Feliz viaje y ¡Suerte a todos!!</p>
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		<title>Entrevista  a Blanca García Malanda en Onda Cero Madrid Sierra</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Oct 2011 10:59:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy a la 12:45 horas en Onda Cero Madrid Sierra (106.6FM) se emitirá la entrevista a Blanca García Malanda autora del relato 152- El naúfrago de la memoria. Por Hiedra Este relato fue leído anteriormente por la dicha emisora en su programa literario.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy a la 12:45 horas en Onda Cero Madrid Sierra (106.6FM) se emitirá la entrevista a <strong>Blanca García Malanda </strong>autora del relato <a title="Enlace a 152- El naúfrago de la memoria. Por Hiedra" rel="bookmark" href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?p=1041">152- El naúfrago de la memoria. Por Hiedra </a> Este relato fue leído anteriormente por la dicha emisora en su programa literario.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Entrega de premios 2011 &#8211; Murcia, 8 de octubre.</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Sep 2011 10:04:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Todos los detalles de la cena entrega de premios de este año. Se entregarán los premios del VI Certamen &#8220;Poemas sin Rostro&#8221;, del Premio Especial &#8220;Tras las huellas de Ibn Arabí&#8221; que se realizó en colaboración con el Instituto Cervantes de Damasco y los premios de esta octava edición del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> <a href="http://www.canal-literatura.com/kddpeque2011.html" target="_blank"><img class="aligncenter" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/banner/CartelC-KDD-2011-P.jpg" alt="Entrega de premios " width="468" height="134" /></a></p>
<p>Todos los detalles de la cena entrega de premios de este año.</p>
<p>Se entregarán los premios del <a href="http://www.canal-literatura.com/Apoesia6/" target="_blank">VI Certamen &#8220;Poemas sin Rostro&#8221;, </a>del <a href="http://www.canal-literatura.com/7certamen/premiodamasco/" target="_blank">Premio Especial &#8220;Tras las huellas de Ibn Arabí&#8221;</a> que se realizó en colaboración con el <strong><a href="http://www.canal-literatura.com/7certamen/premiodamasco/?page_id=7" target="_blank">Instituto Cervantes de Damasco </a></strong>y los premios de esta octava edición del Certamen de Narrativa Breve.</p>
<p>Antes de cenar se celebrará  un breve &#8220;Aperitivo de Versos&#8221; protagonizado por tres poetas singulares:<br />
<center><strong>Raquel Lanseos, Luis Oroz y Yolanda Sáenz de Tejada </strong><br />
<img alt="Aperitivo de versos" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/banner/aperitivodeversos.jpg" title="Aperitivo de versos" class="aligncenter" width="468" height="61" /></center></p>
<p>Es una convocatoria abierta para todos los que tenga el gusto de asistir y acompañarnos esa noche, concursantes,amigos y colaboradores.</p>
<p> Pincha en la imagen para acceder a la página de información.</p>
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		<title>Entrevista a LUPE (Concursante con 365 comentarios)</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Sep 2011 13:34:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>

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		<description><![CDATA[LUPE consursa con el relato  185- La única conferencia. Por Lupe y ha sido la concursante con mayor número de comentarios, que ha ido descubriendo la dinámica del certamen poco a poco, incorporandose y dejando francamente las impresiones de sus pequeños descubrimientos. Por eso, hemos querido hacerle algunas preguntas y, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>LUPE consursa con el relato  <a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?p=1213">185- La única conferencia. Por Lupe </a>y ha sido la concursante con mayor número de comentarios, que ha ido descubriendo la dinámica del certamen poco a poco, incorporandose y dejando francamente las impresiones de sus pequeños descubrimientos. Por eso, hemos querido hacerle algunas preguntas y, aunque no nos ha desvelado su identidad, aquí os dejamos sus respuestas.</p>
<p><img class="alignright" src="http://www.canal-literatura.com/fotos/mono1.jpg" alt="" width="72" height="80" /></p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Quién es LUPE?</span></strong></p>
<p>Una persona con una cincuentena de años.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Cómo conoció este certamen?</span></strong></p>
<p>Buscando la convocatoria de otro concurso de relatos breves que había visto en un diario.<span id="more-1483"></span></p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Por qué decidió concursar?</span></strong></p>
<p>Nunca había dado nada a leer, ni siquiera había escrito pensando un tema, argumento, etc. he escrito sobre todo, notas, recuerdos, cartas, muchas cartas no enviadas para expresar sentimientos juveniles, registro de los libros que leo&#8230;, pero nunca una historia concreta, y al ver esta convocatoria, me puse a hacerlo con las pautas marcadas de extensión, tiempo y demás, y me gustó lo que resultó (aunque como he ido diciendo en los comentarios, lo haya corregido después varias veces).</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Qué relación tiene con Internet?</span></strong></p>
<p>Ocio y algo profesional.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Tiene algún porqué ese seudónimo?</span></strong></p>
<p>Es la unión de la primera sílaba de apellido paterno y materno, por supuesto no tiene nada que ver con el diminutivo de Guadalupe.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Por qué decidió leer todos o casi todos los relatos?</span></strong></p>
<p>Porque me han interesado muchísimo. La motivación fue ver en seguida un comentario en el mío, cuando no tenía ni idea de qué iba esto.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• Su tono ha sido esforzado y sincero aportando opiniones muy personales ¿Es consciente de la repercusión de sus comentarios?</span></strong></p>
<p>No.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Qué ha sentido ante los comentarios a su relato?</span></strong></p>
<p>En todos, una ilusión enorme. Los esperaba con ganas y en seguida intentaba responder como creía que debía. En algunos casos, algún aspecto me parecía un poco gratuito, sin más.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Para que cree que sirven este tipo de certámenes?</span></strong></p>
<p>Para motivar y para dejar un poso cultural bastante bueno.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Qué le impulsa a escribir y a leer?</span></strong></p>
<p>El gusto por ambas actividades.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Volvería a repetir la experiencia?</span></strong></p>
<p>Con esta organización, si.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">• ¿Qué opina de los relatos finalistas?</span></strong></p>
<p>Unos me gustan más y otros menos. Pero soy capaz de admitir que alguno que me interese menos, es por mis propios gustos y preferencias, lo cual sé que quizás no le quita al relato ningún mérito.</p>
<p><strong><span style="color: #39c6c6;">Lo que quiera añadir:</span></strong></p>
<p>Mi felicitación a participantes y “admin”, ya que los primeros por su valor literario, y los segundos por lo que intuyo como una entrega absoluta en el certamen, tienen todo mi reconocimiento.<br />
Lo de la fotillo y demás datos los dejo para mantener el interés en próximos concursos, a mí me ha gustado mucho imaginar si tal o cual escritor era hombre o mujer, joven o viejo, de qué parte del mundo, etc.<br />
Y por último, gracias.</p>
<p>LUPE</p>
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		<title>Entrevista a Ángel Guardiola en Punto Radio Murcia</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Sep 2011 13:26:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Compartimos con todos la noticia que nos envía Ángel Guardiola por si os interesa escucharle: &#8220;Desconozco de qué forma se ha enterado (aunque es obvio) pero acaban de entrevistarme como Ganador ex aequo del Premio del Público para el programa Protagonistas de Punto Radio Murcia que se emite mañana (día [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Compartimos con todos la noticia que nos envía <strong>Ángel Guardiola </strong>por si os interesa escucharle:</p>
<p>&#8220;Desconozco de qué forma se ha enterado (aunque es obvio) pero acaban de entrevistarme como Ganador ex aequo del Premio del Público para el programa Protagonistas de Punto Radio Murcia que se emite mañana (día 27 de septiembre), martes de 12:00 a 14:00. Creo que es de justicia informar a la organización por si resulta de vuestro interés.&#8221;</p>
<p>Muchas gracias por todo</p>
<h2 style="text-align: center;">Noticia sobre los finalistas en LaVerdad.es</h2>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.laverdad.es/albacete/20110926/mas-actualidad/cultura/viii-certamen-narrativa-breve-201109261548.html"><img class="aligncenter" style="border: 0px;" title="La verdad.es" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/finalistas/prensa-laverdad.jpg" alt="La verdad.es" width="500" height="385" /></a></p>
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		<title>Los rostros de los finalistas del VIII Certamen de Narrativa Breve</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Sep 2011 11:29:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Como cada año, tras conocer los nombres de los finalistas del jurado de este certamen, hemos querido que cada uno se presente para saber que rostros y que escritores están entre los diez elegidos para el premio que otorgará el jurado presidido por el escritor Fernando Marías Entre los194 concursantes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;">Como cada año, tras conocer los nombres de los finalistas del jurado de este certamen, hemos querido que cada uno se presente para saber que rostros y que escritores están entre los diez elegidos para el premio que otorgará el jurado presidido por el escritor<strong> Fernando Marías</strong><br />
Entre los194 concursantes de 20 paises, los seleccionados son de Canadá, Madrid, Sevilla, San Sebastián, Barcelona, Barcelona, y Murcia.<br />
Estos son los nombres de los finalistas:<br />
<a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=1366" target="_blank"><img class="aligncenter" title="Finalistas 2011" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/finalistas/finalistas2011.jpg" alt="Ganadores del Premio Especial del Público" width="500" height="212" /></a></p>
<p><strong>Belén Solesio López-Bosch &#8212; (Madrid-España)<br />
Raúl Galache García &#8212;  (Madrid-España)<br />
Elena Marqués Núñez &#8212;   (Sevilla-España)<br />
Adolfo Agúndez Rodríguez &#8212; (Sherbrooke &#8211; Canadá)<br />
Sandra Guillamón Salso &#8212;  (Alpedrete-Madrid-España)<br />
José Juan Martínez Romero &#8212; (Murcia-España)<br />
Blanca N. García Malanda &#8212; (Riva-Madrid-España)<br />
Ana Guerberof Arenas  &#8212; (Barcelona-España)<br />
José Luis González Martínez &#8212;  (San Sebastián-España)<br />
Marionna Betriu Roure  &#8212; (Barcelona-España)</strong></p>
<p>Como sabéis la Entrega de premios será en Murcia <strong>el día 8 de octubre de 2011 </strong>,donde se entregarán los premios del VI Certamen “Poemas sin Rostro” y de este VIII certamen de Narrativa Breve y el Premio Especial &#8220;Tras las Huellas de Ibn Arabí&#8221;.<br />
Señalar que <strong>Elena Marqués Núñez</strong>, ha conseguido estar entre los  finalistas de dos certámenes, tanto en el certamen de poemas como en el de narrativa.<br />
Pincha en la imagen para leer lo que han querido contarnos.</p>
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		<title>El otro lado del certamen: La organización.</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Sep 2011 11:55:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Queremos agradecer a todos,  ante las numerosas felicitaciones a la organización de este certamen, ese ánimo que nos llega desde los comentarios o mensajes de los participantes y lectores.  Para ello creemos  que lo mejor es explicar quienes están en el “Otro lado del certamen”. Una cara discreta  formada por personas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Queremos agradecer a todos,  ante las numerosas felicitaciones a la organización de este certamen, ese ánimo que nos llega desde los comentarios o mensajes de los participantes y lectores.</p>
<p> Para ello creemos  que lo mejor es explicar quienes están en el “Otro lado del certamen”. Una cara discreta  formada por personas de todo el mundo que dedican parte de su tiempo libre, sin más recompensa que su propia satisfacción y el amor por  las letras y que, <strong>de forma voluntaria y anónima </strong>, se confabulan año a año en  torno a este proyecto y su directora <strong>Luisa Núñez</strong>,  para que este certamen sea posible. </p>
<p>El grupo de lectura, del que  es imprescindible mantener  el anonimato, está formado por profesores, miembros de las escuelas de escritores asociadas a este proyecto,  así como por <strong>ganadores de anteriores certámenes </strong>que pasan de recoger su trofeo, a leer y valorar  los relatos  o poemas de las ediciones siguientes.<strong> </strong></p>
<p>En el  caso de <strong>Antonia Álvarez y Luis Oroz</strong>, (ganadores del  I y II Certamen “Poemas sin Rostro”) tras pasar por el grupo de lectura  y dando un paso más en sus respectivas carreras,  han llegado a ser jurados del mismo certamen  que ganaron pero cuatro ediciones después. </p>
<p>El asesoramiento profesional de <strong>José Belmonte Serrano, Ana Mª Tomás Olivares, Pau Pérez López y Julia Muñoz Ripoll</strong>, miembros del jurado, que en esta ocasión preside <strong><em>Fernando Marías</em></strong>,  es una ayuda inestimable que nos brindan desinteresadamente desde su dilatada  experiencia literaria y buen criterio . </p>
<p>También otras personas, en la parte técnica, como  nuestro diseñador <strong>José Miguel de San  Pedro</strong>, los coordinadores del grupo de lectura  <strong>Janna y Ángel Moreno</strong>, Los  técnicos operadores de  red como <strong>Kania, LadyArdid, Sentencia o Sextavoce</strong>  y muchos  otros que operan desde cualquier punto de nuestra geografía y en el extranjero. </p>
<p>Instituciones como  la Red <strong>IRC-Hispano</strong>, El periódico <strong>La Verdad</strong>,  la empresa <strong>Asemur S.L </strong>que que nos da soporte técnico y jurídico y  <strong> Ediciones Tres Fronteras </strong>que , como parte de  la Consejería de Cultura de la Región de Murcia, hace posible la edición del libro conmemorativo. </p>
<p><strong>Desde hoy mismo,  dejamos aquí  la propuesta a los ganadores de esta edición del  certamen para que se sumen en las próximas ediciones  al “Otro lado del certamen.”</strong> </p>
<p>Y porque esta Web la hacemos entre todos, están a vuestra disposición para publicar, comentar y manteneros en contacto, todas las  secciones de la misma  y que conforman el <strong> <a href="http://www.canal-literatura.com/" target="_blank">Portal Canal Literatura</a>.</strong> (Foro, Blog, Noticias, Certámenes, Zona Literaria: Cosas Nuestras, Relatos, Reflexiones, Artículos, etc.)</p>
<p>La organización, tambien quiere agradecer el buen tono y la cordialidad mantenida por concursantes y lectores en esta edición.</p>
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		<title>Ganadores del Premio del Público y otros datos del VIII Certamen</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Sep 2011 18:23:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Ya podemos conocer a los ganadores de Premio Especial del Público 2011 que, por primera vez en la historia de este certamen, se concede ex ecuo. Los dos, además,  figuran entre los relatos más visitados y los comentaristas destacados de esta edición. Ambos concursantes han confirmado su asistencia a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya podemos conocer a los ganadores de Premio Especial del Público 2011 que, por primera vez en la historia de este certamen, se concede ex ecuo. Los dos, además,  figuran entre los relatos más visitados y los comentaristas destacados de esta edición.</p>
<p><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=22" target="_blank"><img class="aligncenter" title="Ganadores del Premio Especial del Público" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/finalistas/Premiosdelpublico2011.jpg" alt="Ganadores del Premio Especial del Público" width="350" height="224" /></a></p>
<p>Ambos concursantes han confirmado su asistencia a la entrega de premios el 8 de octubre en Murcia.</p>
<p><em>*Pincha en la imagen para acceder a la página de este premio especial  que otorgan los lectores.</em></p>
<h2>Otros datos del VIII Certamen</h2>
<p>Nº de visitas a relatos hasta el día de hoy:</p>
<p>15- Bengasi, mayo de 2011. Por Rafael : 3572 visitas<br />
27- Matt. Por Aval &#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;: 3228 visitas<br />
6- Cuántas noches en vela. Por Triana : 3220  visitas<br />
175- El Secreto de Mademoiselle. Por Ambrose Bierce : 2801 visitas<br />
13-Mi Alma Mía. Por Mimajo&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.: 2662 visitas</p>
<p><strong>Comentarios aprobados: 4070</strong></p>
<p>Seudónimos con más comentarios al día de hoy:</p>
<p><strong>LUPE: 365 </strong> comentarios<br />
<strong>Moreda: 240   </strong>comentarios<br />
<strong> </strong>   <a href="http://www.canal-literatura.com/htmltonuke.php?filnavn=Cosas_nuestras/Compartiendodesdemexico.html" target="_blank">(Comentarista destacado en el año 2009  con el seudónimo<strong> encadenados </strong>y en el  2010 con el seudónimo <strong>Laciudad</strong>)</a><br />
<strong>Ambrose Bierce: 238  </strong>comentarios<br />
<strong>Rafael: 148 </strong>comentarios<br />
<a href="http://www.canal-literatura.com/Cosas_nuestras/LUC-RafaelBorras.html" target="_blank">  (Comentarista destacado en el año 2010  con el seudónimo LUC)<br />
</a><strong>AVAL: 129  </strong>comentarios</p>
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		<title>Finalistas del VIII Certamen de Narrativa Breve 2011</title>
		<link>http://www.canal-literatura.com/8certamen/?p=1340</link>
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		<pubDate>Thu, 15 Sep 2011 09:03:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[﻿Entre los 194 relatos enviados a concurso en esta octava edición, los diez seleccionados para pasar a la final de la que saldrán los tres ganadores que decidirá el jurado compuesto por José Belmonte Serrano, Pau Pérez López, Ana Mª Tomás Olivares y Julia Muñoz Ripoll, junto al presidente Fernando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>﻿Entre los 194 relatos enviados a concurso en esta octava edición, los diez seleccionados para pasar a la final de la que saldrán los tres ganadores que decidirá el jurado compuesto por <strong>José Belmonte Serrano, Pau Pérez López, Ana Mª Tomás Olivares y Julia Muñoz Ripoll,</strong> junto al presidente <strong>Fernando Marías</strong>, son los relacionados a continuación:<a href="http://www.canal-literatura.com/htmltonuke.php?filnavn=kddpeque2010.html"><img class="alignright" style="margin-left: 10px; margin-right: 10px; border: 0px;" src="http://www.canal-literatura.com/7certamen/banner/trodeoscanal-literatura.jpg" border="0" alt="" hspace="10" width="200" align="right" /></a></p>
<p>25&#8212; Cuando la niebla te envuelve&#8212;- Capitán Wentworth<br />
95&#8212; Tres colores&#8212;- Gretel<br />
97&#8212; La soledad del héroe&#8212;- Céfiro<br />
142&#8212; Marcos y la señorita Cora&#8212;- Whistler<br />
149&#8212; Ciento cinco&#8212;- Vyridia<br />
150&#8212; La plantación&#8212;- Archibaldo<br />
152&#8212; El náufrago de la memoria&#8212;- Hiedra<br />
176&#8212; El zepelín &#8212;- Flanelle<br />
179&#8212; Danza contemporánea&#8212;- Noski<br />
182&#8212; Encontrar un destino&#8212;- Zelda Moon</p>
<p>A todos ellos se les mandará un e-mail comunicándoles su selección y los textos originales, escritos tal y como los mandaron sus autores, serán enviados al jurado que el día 8 de octubre elegirá a los tres ganadores.</p>
<p>____________________</p>
<p>Cerrada la votación del Público y hecho el recuento de votos de la segunda ronda (salvo error involuntario) el resultado ha sido el siguiente:<br />
15- Bengasi, mayo de 2011. &#8211; Rafael &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;- &#8212;&#8212;24 votos <br />
175- El Secreto de Mademoiselle.- Ambrose Bierce &#8212; 24 votos<br />
27- Matt. &#8211; Aval &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-15 votos<br />
149- Ciento cinco. &#8211; Vyridia &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;12 votos<br />
6- Cuántas noches en vela. &#8211; Triana &#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;- 10 votos</p>
<p>Es la primera vez que se produce un empate para el premio del público  y, aunque sí existe una norma de desempate para la primera ronda, no se ha especificado nunca un sistema de desempate para esta segunda, donde  solo votan los concursantes.  Por tanto, la Asociación Canal Literatura ha considerado como la opción más equitativa otorgarlo ex ecuo  a ambos concursantes. En próximas ediciones se establecerá un sistema de desempate en las normas previas.</p>
<p>  Los ganadores pues  de este Premio especial que otorgan los lectores y concursantes del certamen son :</p>
<p> <strong>15- Bengasi, mayo de 2011. &#8211; Rafael    y  175- El Secreto de Mademoiselle.- Ambrose Bierce .</strong></p>
<p>Enhorabuena a los 10 finalistas y a  los  Ganadores del Premio Especial del Público. Desde aquí agradecer a todos su ilusión por participar, comentar y sugerir. Es de destacar que esta edición ha sido una de las más emocionantes , constructivas y en donde la corrección ha sido la nota dominante.</p>
<p>Los trofeos ya están preparados para ser entregados a los triunfadores, tanto del certamen de Narrativa como del certamen de Poemas y del premio Especial &#8220;Tras las Huellas de Ibn Arabí&#8221;.<br />
Lo más importante: <strong>Gracias a todos los concursantes por dejarnos leer vuestras historias.</strong></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Entrevista completa con el escritor Fernando Marías en el canal #Literatura del Chat IRC Hispano</title>
		<link>http://www.canal-literatura.com/8certamen/?p=1331</link>
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		<pubDate>Tue, 13 Sep 2011 13:17:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[El lunes 12 de Septiembre a las 20h se realizó la entrevista al escritor  y  Presidente del Jurado del VIII Certamen de Narrativa Breve  Fernando Marías  en el canal #Literatura del Chat IRC Hispano por sus propios lectores, concursantes y seguidores. Aproximadamente 150 personas acudieron a la la charla online organizada por la Asociación Canal Literatura de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El lunes 12 de Septiembre a las 20h se realizó la entrevista al escritor  <strong>y  Presidente del Jurado del VIII Certamen de Narrativa Breve  Fernando Marías  </strong>en el canal #Literatura del Chat <strong>IRC Hispano </strong>por sus propios lectores, concursantes y seguidores. Aproximadamente <strong>150 personas acudieron a la la charla online organizada por la Asociación Canal Literatura</strong> de una hora de duración.</p>
<p>Sabemos que muchos os quedásteis con las ganas de poder hacerle vuestra pregunta pero seguro que hay una próxima oportunidad para ello. A continuación, os mostramos las preguntas realizadas así como las respuestas dadas por <strong>FernandoMarias</strong> durante la jornada de chat. ¡Disfrutadla!</p>
<p style="text-align: center;"><strong>“Me gusta que la escritura no sea pretenciosa, que la belleza provenga de la fusión perfecta de lo que el escritor quiere contar y cómo lo cuenta.”</strong></p>
<h4><img class="aligncenter" style="border: 0px;" src="http://www.irc-hispano.es/images/stories/articulos/entrevistas/FernandoMarias/escritor_fernando_marias.jpg" alt="Fernando Marías" width="272" height="386" /></h4>
<h4><em><span style="color: #008000;">* FernandoMarias ha entrado en el canal #Literatura del Chat IRC Hispano</span></em></h4>
<p><em><span style="color: #008000;">* CHaN sets mode: +o FernandoMarias</span></em></p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Tenemos con nosotros al presidente del certamen de narrativa de este año, escritor de prestigio, en novela juvenil y XIII Premio Primavera de Novela 2010 con la obra Todo el amor y casi toda la muerte. Él, junto al jurado decidirá los ganadores de esta edición FernandoMarias, aquí muchos participantes y escritores noveles aprovecharán para pedirte tu opinión.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Y aquí estoy, encantado de darla.</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Cuando quieras empezamos, bienvenido al Canal Literatura</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Muchas gracias</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Adelante!<span id="more-1331"></span></p>
<p><strong>Vertigo ¦</strong> Buenas Tarde Sr. Marías ¿su verdadera pasión es el cine? ¿o la escritura?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Buena pregunta! Creo que la verdadera pasión, al final, es la narración. No sé muy bien si amo más el cine o los libros. No sé qué me marcó más hondamente antes. Pero el día que vi mi primera película, El Álamo, mi vida cambió. Me pareció mucho más bonita la vida en la pantalla que en la realidad. Yo tenía 3 años.</p>
<p><strong>eximia ¦</strong> ¿Para cuándo la próxima novela que repita premio en el Ateneo de Sevilla?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Ojalá! Pero ningún premio, o casi ninguno, se puede repetir. No creo que sea malo, todo lo contrario. Queda así como algo especialísimo en tu vida. Y hay hueco para más escritores. El Ateneo de Sevilla cambió muchas cosas en mi vida. En realidad, gracias a él puede decirse que hallé la historia de mi siguiente novela. Pero no, no creo que me dejen repetir, je, je</p>
<p><strong>JORGE ¦</strong> He leído en alguna entrevista que usted no es partidario de la imposición de leer que la lectura tiene que ser seducción. Pero ¿cómo animar a la lectura a quienes empiezan? ¿La seducción comienza en las portadas?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ La obligación en mala para todo. Cuando yo tenía 15 años el libro obligatorio en los colegios era &#8220;Luces de bohemia&#8221;, de Valle Inclán. Un gran libro, pero imposible de digerir para un joven. Creo que es mejor atraerlos de otra manera, haciéndoles entender que un libro puede descubrirles grandes cosas. Si a un niño le gusta el fútbol, ¿por qué no atraerlo hacia la lectura con la biografía de su jugador favorito? Y sí, las portadas son esenciales. Uno mira los escaparates y se encuentra con muchos libros que tiran para atrás. Portadas oscuras, feas, sin gracia. Creo que el posible comprador mira la portada, punto uno.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Punto dos: si la portada le gusta (la portada y el título, también esencial) mira la contraportada. El texto de contra debe ser también atractivo. Yo una vez pude un texto ininteligible, me pareció una genialidad pero la gente no lo entendía, no entendía la relación entre la portada y el texto de contra.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Punto tres: tras ser seducido por la portada y la contra, el lector mira la primera línea del libro. Y esto ya es trabajo del escritor. Todo es seducción en la escritura. Un escritor debe seducir con cada palabra, creo que el lector debe pasar a la página siguiente seducido, ansiando leer más. NO es fácil, claro</p>
<p><strong>AVAL ¦</strong> Fernando: Creo que cada uno de los que escribimos tenemos nuestro propio concepto de lo que ser escritor significa. Para usted ¿Qué es ser escritor?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Desde que empecé a escribir he cambiado varias veces de opinión al respecto. En efecto, cada uno tiene su propio criterio, y eso es en sí mismo fascinante. Pero ahora pienso que un escritor es alguien que pone en palabras las inquietudes que siente fluir dentro de él. Hay escritores que escriben para seguir modas, o por cumplir encargos de todo tipo. Es muy legítimo, pero difiere de mi concepto. Un escritor, en sus libros, se cuenta a sí mismo. Escribe su biografía, puede decirse. Esos son los buenos.</p>
<p><strong>Imperterrito ¦</strong> preguntadle ¿Cuál es el camino a seguir, en la actualidad, para que un escritor ignoto deje de serlo?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Hoy hablaba de eso con otro escritor. Y ayer con un  editor. Es un tema que me preocupa mucho. Hoy es más difícil que en el pasado (lo que no quiere decir que entonces, ni nunca, fuera fácil). Pero si hay una opción es que ese escritor desconocido apuesta resueltamente por aquello que de verdad siente que debe escribir. Creo que las imposturas literarias pueden servir para sobrevivir en ese mercado cuando uno está más o menos situado aunque acaban por aflorar y desprestigiar. Pero un escritor desconocido debe escribir SU verdad.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Luego, por desgracia, es difícil que llegue a publicarla, pero creo que antes o después un escritor de calidad tiene su oportunidad. Es un tema que me interesa mucho, trato de hacer hueco a los escritores nuevos en mis proyectos como editor. Suele ser un hueco pequeño, pero algo es algo. Me da mucha lástima y rabia cuando descubro a un autor interesante y veo que corre el riesgo de permanecer en el anonimato.</p>
<p><strong>Rafael Borràs ¦</strong> Con &#8220;El mundo se acaba todos los días&#8221; ganó usted el Premio Ateneo de Sevilla. Sobre esta novela hay críticos que la califican como un &#8220;thriller&#8221;, por la abundancia de suspense y sorpresas. Otros, sin embargo, la definen como una novela &#8220;descriptiva&#8221; sobre un camino de perdición; un texto que se apoya sobre todo en el dibujo borroso y deformado de la realidad, un descenso a los paisajes opresivos de la alucinación. Me gustaría saber su punto de vista. Voy a leerla y no quiero dejar pasar la ocasión de saber qué opina el padre de la criatura. Muchas gracias y enhorabuena.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Nunca estuve de acuerdo con lo de thriller, son cosas del lanzamiento editorial. Es una novela en parte autobiográfica, cuento con la mayor sinceridad de que fui capaz mi época de adicción al alcohol. Es por tanto una novela que solo puede entenderse desde la sinceridad total del escritor. Escribirla fue una necesidad emocional, visceral, vital. No es una novela fácil, porque efectivamente juega con la realidad y con la mirada que alguien muy perturbado tiene sobre esa realidad.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Pero mi gran orgullo de ese libro es que varias personas a las que no conozco de nada, personas con graves problemas de alcoholismo ellas mismas o seres queridos, me dijeron que es la mejor novela sobre ese tema que han leído. Ese tipo de cosas satisfacen mucho a un escritor. Es una de mis novelas amadas.</p>
<p><strong>ELEfante ¦</strong> ¿Qué es una novela trasmedia? Lo digo por la novela juvenil “el silencio se mueve” editada por SM</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ El término está importado de la lengua inglesa. Quiere decir algo así como novela que además de la palabra impresa recurre a otras formas narrativas. En El silencio se mueve hay un cómic dentro del libro (que forma parte de la narración, no es una mera ilustración), hay dos páginas web asociadas y hay un blog.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ A mí me gusta decir que es una novela con afluentes, es más bonito que transmedia. Lo más interesante d ela experiencia fue conseguir que todo tuviese coherencia, que las páginas web, por ejemplo, no fuesen un simple adorno. Y además, también fue difícil que la tecnología no devorase a la novela. Por eso elegí temas fuertes e importantes, para que estos flotasen por encima de toda la parafernalia tecnológica. Eso sí, el libro puede leerse sin salirse del propio libro.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Toda la información que el lector debe tener para leer la historia está en la página impresa. Fue una gran experiencia. Un gran aprendizaje</p>
<p><strong>AVAL ¦</strong> Me ha gustado tanto su respuesta que le pregunto si su novela se vende en México. No estoy ahí pero para el invierno podría tratar de encontrarla</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ La ha editado SM, pero ya me han preguntado esto varias veces desde México, precisamente. Y la respuesta es no. Pero siempre que alguien me la pide desde allá se lo digo a los editores. Es un libro caro de editar, por eso no se edita, supongo. Porque SM México publicó la novela mía que ganó el premio Gran Angular, &#8220;Zara y el librero de Bagdad&#8221;.</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> FernandoMarias, ¿en internet tampoco?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ No, en internet tampoco. Ahí se puede leer una pequeña parte en la página <a href="http://www.elsilenciosemueve.com/">www.elsilenciosemueve.com</a> Esa página es parte de la novela. Y buscando en internet &#8220;Joaquín Pertierra&#8221; aparece El blog de Pertierra, gracias al cual el protagonista d ela novela casi ha adquirido vida propia. Se supone que es un dibujante español de los años setenta del siglo pasado. Nunca existió en realidad, pero hay gente que por causa de esas páginas s ecrre que sí. A veces me han escrito preguntándome cómo pueden comprar un dibujo original suyo! El personaje de ficción que se convirtió en personaje real: fascinante</p>
<p><strong>OLiVa ¦</strong> Buenas, es la primera vez que participo en un certamen así, tan abierto. Y entrevistar al presidente también ¿Me gustaría que siente usted cuando expone sus textos por primera vez?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Ahora, tras 20 años publicando es distinto, no es tan fuerte como antes. El oficio y el Tiempo dan seguridad. Pero recuerdo que cuando vi mi primera novela en una librería, a través del cristal del escaparate de una librería, me sentí repentinamente desnudo, como si además de mí cuerpo todos mis sentimientos, dudas, angustias, deseos y culpas estuvieran expuesto a todo el que quisiera mirar. Es el pudor del escritor. Debe perderse, hay que librarse de él. En ese sentido, un escritor debe ser totalmente impúdico, debe sentir que nada tiene más ley que la palabra que él ha escrito</p>
<p><strong>webchat-3971783 ¦</strong> si naufragara en medio del Atlántico que salvaría antes un libro o un e_book?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Intentaría salvarme a mí mismo, en primer lugar, je, je. Pero digamos que si hubiera posibilidades de elegir, y pudiera llegar a una isla, lo natural sería llevarse un lector de e-book con una buena lista de títulos. En esa situación extrema, parece clara la elección. Amo los libros de papel, pero no debemos olvidar que lo importante es el contenido. Crimen y castigo es Crimen y castigo en papel y en e-book</p>
<p><strong>Nekanne ¦</strong> ¿Tres cualidades que le atrapen a Vd. en una lectura?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Me interesan los libros que hablan hondamente del ser humano, eso para empezar. Luego, debe tener una trama que me sorprenda y atrape, detesto los libros cuyas peripecias argumentales se hacen evidentes. Y por último, me gusta que la escritura no sea pretenciosa, que la belleza provenga de la fusión perfecta de lo que el escritor quiere contar y cómo lo cuenta. Creo que esas tres cosas conforman una novela que puede gustarme.</p>
<p><strong>Infinitum ¦</strong> Hola, un fugaz saludo infinito. Y una vez presentada, me pregunto qué significado tiene para ti el arte en la escritura.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ ¿El arte? NO entiendo muy bien, pero supongo que reivindicas la literatura que podemos considerar arte ante la literatura puramente comercial? NO sé si es esto a lo que te refieres. Creo que a cada persona le emocionan unos libros y otros no, creo que los libros que una persona considere artísticos otro puede considerar que no lo son. En todo caso, me encanta el &#8220;fugaz saludo infinito&#8221;</p>
<p><strong>Atrea20 ¦</strong> yo quería preguntarle como hizo él para salir del anonimato a un gran escritor, que me encantara seguir sus pasos porque creo que merezco que alguien lea lo que escribo i recibir críticas para madurar mis escritos ¿qué me recomienda?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Yo fui afortunado, mi primera novela recibió un premio de novela, el premio de novela corta Ciudad de Barbastro, y ciertamente esa fue una enorme suerte, porque, sobre todo, me hizo sentir que tenía sentido que yo siguiese escribiendo.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ En cuanto a las críticas, no creo que sea muy útil dar lo que escribes a otra persona, a menos que esa persona sea un editor. Porque cada uno tiene un criterio distinto respecto a los libros, y pueden alterar tu mirada, tu punto de vista sobre lo que has escrito. Creo que es mejor darle vueltas a un texto hasta estar bien seguro de él, y luego enviarlo a las editoriales, o a gente que esté relacionada con ellas. Pero siempre que el texto está ya terminado, corregido, muy nítido en la mirada de quien lo ha escrito. Es la única forma</p>
<p><strong>Lunagua ¦</strong> con el paso del tiempo, cómo encauza esas vivencias q dan sangre a su libro ? Las tiene como su mejor maestro o peor verdugo ??</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Como pasa en la propia vida, las vivencias que generan un libro unos años después pueden haberse desvanecido, y quedan olvidadas. Igual que en la vida. A veces, cuando miro un libro antiguo mío, me pregunto cómo es posible que lo escribiera.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Pero lo curioso es que recuerdo las vivencias. Aunque ya no sean intensas, aunque estén en el cajón del olvido, recuerdo los estados de ánimo en que escribí, incluso a veces recuerdo las circunstancias concretas de cómo escribí. Los libros de un escritor son su autobiografía, como dije antes. Ahí está todo lo que sintió y también lo que dejó de sentir, ahí está todo. A veces miro libros antiguos míos y digo: &#8220;ahí está contenido el que fue Fernando Marías&#8221;</p>
<p><strong>Difunta ¦</strong> Algunos de nosotros, realmente sin tener aún afición por la lectura, comenzamos a leer por curiosidad encontrándonos con algunas dificultades. La mía tiene que ver con el vocabulario, existen numerosas palabras que no conozco. ¿Qué cree usted que puede funcionar en este caso? Siempre me han dicho que la única forma de adquirir vocabulario es a través de la lectura pero entristece la falta de motivación</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Pues hay un juego fascinante, que consiste en leer con un buen diccionario al lado. Yo lo hago. Cuando encuentro una palabra cuyo significado desconozco, me apresuro a buscarla en ese diccionario. Esa es la motivación: aprender una palabra nueva que puede acechar en cada página</p>
<p><strong>Young ¦</strong> ¿No contempla el libro como algo lúdico sin mayor trascendencia?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Hay libros así, puramente para pasar el rato, y pueden estar bien escritos y cumplir esa función de entretener. Pero normalmente nunca quedan en la memoria de los libros importantes. Creo que solo merecen la pena los libros que se interesan por ahondar en las zonas desconocidas, oscuras, del alma humana. O en sus zonas luminosas menos exploradas. Perduran los libros que hablan del ser humano. Los demás no.</p>
<p><strong>BailameElAgua ¦</strong> ¿Qué consejos darías a los iniciados a la escritura y que al no estar demasiado ligados a este mundo andan completamente perdidos?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Escribir lo que de verdad quieras escribir, aquello en lo que creas. Y planificar bien los pasos a seguir después. Es como si fueran dos etapas, una la escritura, que sale del alma del escritor, y otra la comercial, que sale de su afán de ser reconocido. La primera es un trabajo que hay que hacer solo en casa, la segunda requiere claridad sobre los pasos a dar. Uno debe pensar si quiere escribir una novela larga, o hacer un libro de cuentos, o un ensayo&#8230;</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Y una vez lo ha hecho, debe dirigirse a los canales adecuados para intentar &#8220;comercializar&#8221; su obra, hacer que los editores se interesen por ella. Y eso es lo difícil. Pero ahí están los certámenes de relatos, los concursos de novela&#8230; Yo creo que tienen sentido, que sirven. Donde menos se espera puede hallarse el lector que se emocione con lo que has escrito, y pueda intentar mover tu trabajo para editarlo. Eso puede ocurrir en esos escenarios de certámenes y concursos, pero no ocurren si uno se queda en su casa. Hay que sacar a la luz lo que has escrito, una vez estás bien convencido de ello</p>
<p><strong>Chicadecente ¦</strong> Le hago llegar un saludo cordial desde Lima-Perú, mi pregunta es: cuál es su opinión sobre la participación de los escritores contemporáneos , un ejem, Mario Vargas Llosa.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ ¿la participación dónde o en qué? No entiendo la pregunta, creo que está incompleta, no?</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> creo que se refiere a contribución a la literatura FernandoMarias, sobre todo la hispanoamericana</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ ¿La contribución a mi literatura? Concretamente la de Vargas LLosa no me ha influido especialmente, aunque cuando yo era joven y él empezaba a despuntar, y alcanzó un enorme éxito editorial en España con &#8220;Pantaleón y las visitadoras&#8221; yo lo tomé como ejemplo a seguir, me pareció la prueba de que un hombre joven y hasta la fecha desconocido en mi país (o poco conocido) podía triunfar con novelas &#8220;distintas&#8221; a las que se publicaban. Pero aunque tiene novelas que me gustan mucho, creo que me influyó más Borges, por ejemplo</p>
<p><strong>Alfonso_ ¦</strong> Algunos escritores fueron primero guionistas de televisión y de telenovelas, como Boris Izaguirre por ejemplo, y la mayoría piensa que es un buen aprendizaje porque es un género difícil. ¿Usted qué piensa de su etapa como guionista de TV?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Detesto la televisión! Cuando gané el premio Nadal lo primero que me juré a mí mismo es que nunca volvería a hacer televisión. Y lo he logrado, je, je.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Creo que los guiones de tele o cine son formas distintas de narrar. Yo &#8220;nací&#8221; con el cine, me ha marcado mucho, pero cuando uno se plantea escribir un guión las claves son distintas, y sobre todo hay una diferencia esencial con una novela. En la novela el escritor es el &#8220;amo&#8221; de todo. En el guión no. Hay otras personas que opinan y deciden, y además el guión es una herramienta para que el director haga la película. La novela es una obra en sí misma</p>
<p><strong>itimad ¦</strong> yo estoy escribiendo una novela pero me he quedado empantanada, no sé qué hacer. qué haría usted?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ A mí me pasó con Todo el amor y casi toda la muerte. Estuvo parada dos años! Creo que hay que tener calma, en primer lugar, no dejarse llevar por el pánico. Lo mejor es dejarla reposar, intentar olvidarse de ella, y dejar pasar un tiempo, un mes, por ejemplo, y luego volver a leerla. A veces la &#8220;luz&#8221; viene sola, a veces tarda un poco&#8230; Ojalá te desbloquees pronto, te lo deseo sinceramente. Puede ser muy agónico lo contrario. Suerte</p>
<p><strong>Salomé ¦</strong> Usted mismo dice que fue un premio el que lanzó su carrera y le afianzó como escritor. ¿Cree que este premio que preside puede ser un comienzo?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Sí, creo que sí. Creo que quien lo gane tendrá la certeza de que lo que ha escrito ha tenido un reconocimiento, alguien, al otro lado de su palabra escrita, ha dicho: &#8220;Esto merece la pena&#8221;. Solo esa sensación, la del reconocimiento de otro lector, reconocimiento que en este caso lo es de varios lectores y se certifica con un premio es un impulso poderoso. Yo, muchas veces, he pensado que si he seguido escribiendo es por aquel premio de novela corta</p>
<p><strong>heraclinides ¦</strong> Cómo un escritor vence ese pudor del que hablaba Ud. inicialmente, de exponerse en un escaparate, de dejar canalizar sus inquietudes de forma libre?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Viene de forma natural, por suerte! No hay más que dejarse llevar. La mejor manera es la siguiente:</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ cuando una escena que estés escribiendo te despierta la sensación de que te va dar pudor una vez esté publicada, lo mejor es lanzarse a la piscina y escribirla igual. El pudor se cura por sí mismo la primera vez que se siente, él mismo nace y muere. Por eso, cuanto antes sientas ese pudor mejor. Morirá él solo ese mismo día.</p>
<p><strong>Txu ¦</strong> Buenas noches Fernando: Leer con el diccionario al lado a veces es muy decepcionante, buscas la definición y descubres que el autor ha mal utilizado una palabra que desconoce. Yo tiré el diccionario hace años &#8230;</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Tal vez debería haber tirado a ese autor que leías y usaba mal las palabras&#8230; Pero en todo caso, fue un aprendizaje, aprendiste que ese autor lo hacía mal. Un diccionario es un instrumento imprescindible para un escritor, así lo veo</p>
<p><strong>chico20tenerife ¦</strong> Creo que esgrimiendo la pluma se puede experimentar con la propia vida, sentimientos, sueños, expectativas&#8230;¿Qué opina usted al respecto?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Escribir es en sí mismo un aprendizaje, una experiencia. Uno se pone a escribir una novela y descubre, por ejemplo, que debe conocer un ambiente determinado, y decide adentrarse en él. En esa exploración acabará sin duda por descubrir cosas de sí mismo que no sospechaba. Un escritor busca dentro de sí aunque no lo sepa. Creo que es el mejor oficio del mundo!</p>
<p><strong>&lt;kania&gt;</strong> esta es mía <img src='http://www.canal-literatura.com/8certamen/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' />  Que es lo que más te gusta de participar en el Certamen? y lo que menos?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Lo que más me gusta es el conocimiento de personas nuevas y de escritores (por sus textos) nuevos. Eso es una exploración similar a la que expresaba antes, una</p>
<p>pequeña aventura hermosa.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Y lo que menos&#8230; A veces te toca leer textos que no te gustan nada, pero eso en grave solo en el caso de certámenes de novela. No creo que haya nada que no me guste. Supongo que puede parecer la respuesta que tengo que dar, pero es cierto. me apetece mucho todo el proceso. Este mismo chat ya es bonito</p>
<p><strong>webchat-3971783 ¦</strong> cree que un guionista de cine o tv es un escritor breve por imágenes y no por letras?</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ El guionista debe contar una historia sabiendo que esa historia se hará real a través de imágenes. Hay mucha veces en que el guionista da indicaciones de las imágenes que se deben ver, a veces no es el director quien la inventa todas. Pero el guionista, al final, tiene que escribir los textos y los diálogos, que son importantísimos. Y eso es el trabajo del guionista, construido con palabras</p>
<p><strong>Txu ¦ </strong><em>Una última cuestión que nos tiene harto preocupados: ¿para cuándo la publicación de &#8220;La reencarnación del pájaro FOX en Florinda Chico&#8221;?</em></p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Pronto, pronto&#8230; La novela está terminada, es larga y llena de sorpresa, pero el editor, entregadísimo, quiere sin embargo añadir algún detalle erótico al título, y una sugerencia que indique que hay trama criminal&#8230; En cuanto esté el título definitivo, os lo haré saber. Ya trabajo, secretamente, en la página Facebook del &#8220;la reencarnación&#8230;&#8221;</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Gracias FernandoMarias, nos das buenas claves, gracias por tu buen humor <img src='http://www.canal-literatura.com/8certamen/wp-includes/images/smilies/icon_smile.gif' alt=':)' class='wp-smiley' /> </p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Gracias a vosotros, pronto hablamos en persona</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Abrazos</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Bueno cerramos esta entrevista con FernandoMarias</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Gracias Fernando Marías, entre estas preguntas no solo hemos aprendido de un escritor con enjundia, sino que hemos descubierto también la personalidad de un ser amante de las historias que cuentan la vida tal cual es, que afronta la escritura desde el interior de sí mismo.</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Ha sido un auténtico placer y espero que te hayas sentido a gusto con nosotros.:)</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Esperamos seguir conversando contigo en Murcia y desde aquí animamos a todos a asistir a la entrega de premios que será el 8 de octubre en Murcia.</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Muy a gusto, estas cosas me encantan, lo único es que</p>
<p>hasta que le coges el truquillo de apretar unas teclas y otras, soy muy negado para la tecnología</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Allí nos vemos</p>
<p><strong>&lt;haddass&gt;</strong> Enhorabuena, creo que ha estado genial FernandoMarias. Gracias de nuevo y hasta pronto</p>
<p><strong>@FernandoMarias</strong> ¦ Gracias a vosotros</p>
<p><em><span style="color: #008000;"><strong>* FernandoMarias Quit (Canal #Literatura del Chat IRC Hispano)</strong></span></em></p>
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		<title>El día 10 de septiembre se cierra la segunda ronda de votaciones.</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Sep 2011 10:00:25 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Hoy, día 10 de septiembre a las 23:59 (hora española), se cierra le plazo de la 2ª ronde de votaciones para el Premio Especial del Público en la que participan  con derecho a voto los 194 concursantes y que pueden votar a los cinco finalistas de la primera ronda (exceptuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy, día <strong>10 de septiembre a las 23:59 (hora española)</strong>, se cierra le plazo de la 2ª ronde de votaciones para el <strong>Premio Especial del Público </strong>en la que participan  con derecho a voto los 194 concursantes y que pueden votar a los cinco finalistas de la primera ronda (exceptuando el propio si se encuentra entre ellos).</p>
<p style="text-align: center;">¡¡Anímate a votar por tus relatos  favoritos!!</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Fernando Marías, será entrevistado en directo en Canal #Literatura de IRC-Hispano</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Sep 2011 20:32:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[ “Lo principal es que haya un puente entre el escritor y el lector. Ese puente puede ser el papel, y también la Red.” El escritor Fernando Marías, presidente del jurado del VIII de Narrativa Breve de este año, Ganador del XIII Premio Primavera de Novela 2010 con la obra Todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"> <strong>“Lo principal es que haya un puente entre el escritor y el lector. Ese puente puede ser el papel, y también la Red.”</strong></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.canal-literatura.com/Entrevistas/Fernando-Marias.html"><img class="aligncenter" style="border: 0px;" src="http://www.canal-literatura.com/Entrevistas/FernandoMarias.jpg" border="0" alt="" hspace="10" width="300" /></a></p>
<p>El escritor <strong>Fernando Marías</strong>, presidente del jurado del <strong><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/?page_id=15" target="new">VIII de Narrativa Breve</a> </strong>de este año, Ganador del XIII Premio Primavera de Novela 2010 con la obra <em>Todo el amor y casi toda la muerte</em>, será entrevistado en directo en el<strong> <strong><a href="http://www.canal-literatura.com/htmltonuke.php?filnavn=chat3.htm" target="new">Canal #literatura de IRC-Hispano </a></strong></strong>el lunes <strong>12 de septiembre a las 20 horas.</strong></p>
<p>Como cada año, los concursantes y lectores tendrán la oportunidad de intercambiar impresiones, en tiempo real, con un escritor de prestigio que, además y junto a los demás miembros del jurado, decidirá los ganadores de esta octava edición.<br />
El VIII Certamen de Narrativa Breve se desarrolla íntegramente en Internet, está en curso desde Junio de este año con 194 relatos participando de autores de 20 países.<br />
Es un certamen participativo, abierto a comentarios entre autores y lectores, lo que genera conocimiento colectivo, controversias literarias y aprendizaje mutuo, llegando a alcanzar hasta 5.000 comentarios, con un promedio, sólo para este certamen, de un millón de visitas mensuales.<br />
<strong><strong>La Cita:<br />
Lunes día el 12 de septiembre a las 20:00 horas </strong></strong>Para asistir a las entrevistas, podrás conectar con el espacio virtual  en este enlace <strong> <strong><a href="http://www.canal-literatura.com/chat3.htm" target="new">&#8220;Chatear en el canal #Literatura del IRC-Hispano.Entrar&#8221;</a>.</strong> </strong>y seguir las indicaciones de como<strong> <strong>&#8220;Protegerse en el Chat&#8221;</strong><br />
</strong></p>
<p><strong>Puedes mandar tus preguntas con antelación por correo electrónico a: <a href="mailto:admin@canal-literatura.com">admin@canal-literatura.com</a> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><a title="La Verdad.es" href="http://www.laverdad.es/murcia/ocio/fernando-marias-canal-literatura-201109061250.html" target="_blank"><img class="aligncenter" title="Noticia en La Verdad.es" src="http://www.canal-literatura.com/themes/3D-Fantasy/images/header/logo_laverdad.gif" alt="Noticia en La Verdad.es" width="171" height="33" /></a><br />
<a href="http://www.irc-hispano.es/noticias/charlas/465-chatea-con-el-escritor-fernando-marias-en-el-canal-literatura-del-chat-irc-hispano"><img class="aligncenter" style="margin-left: 10px; margin-right: 10px; border: 0px;" src="http://www.canal-literatura.com/banner/Hispano.jpg" border="0" alt="Noticia en IRC-Hispano" hspace="10" width="140" /></a></p>
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		<title>Relatos finalistas para el premio Especial del Público.</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Aug 2011 23:25:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Lista de los  5 relatos  que pasan a la segunda y última ronda de votación . 1          15- Bengasi, mayo de 2011. Por Rafael ………&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;100 2         27- Matt. Por Aval  &#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230; 91 3        175- El Secreto de Mademoiselle. Por Ambrose Bierce……&#8230;&#8230;..……&#8230;&#8230;.87 4            6- Cuántas noches en vela. Por Triana &#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;……. ..…&#8230;.85 5        149- [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lista de los  5 relatos  que pasan a la segunda y última ronda de votación .</p>
<p><strong>1          15- Bengasi, mayo de 2011. Por Rafael ………&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;100</strong><br />
<strong>2         27- Matt. Por Aval  &#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230; 91</strong><br />
<strong>3        175- El Secreto de Mademoiselle. Por Ambrose Bierce……&#8230;&#8230;..……&#8230;&#8230;.87</strong><br />
<strong>4            6- Cuántas noches en vela. Por Triana &#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;……. ..…&#8230;.85</strong><br />
<strong>5        149- Ciento cinco. Por Vyridia&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;.……..……&#8230;..77</strong></p>
<p><em>*PD. Si detectáis algún error comunicarlo a la administración del certamen. Gracias.</em></p>
<p><strong>Os recordamos la forma de votación:</strong></p>
<p><strong>3</strong>- Esta votación se realizará mediante un comentario realizado con el <strong>seudónimo oficial</strong> del concursante y el <strong>correo electrónico</strong><strong> </strong>que utilizó para enviar su documentación al certamen.</p>
<p><strong>4</strong>- En el relato  o relatos elegidos se dejará un comentario con el siguiente texto: <strong>Voto por este relato.</strong><br />
Cada concursante podrá votar uno o vario realtos finalistas,  excepto el suyo si se encuentra entre ellos.</p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ff0000;"><strong>¡Atención ! </strong></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ff0000;"><strong>Rogamos a los concursantes, sigan las normas de votación de esta 2ªfase.</strong></span></p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ff0000;"><strong> Los votos realizados con una cuenta de correo diferente a la que consta en la documentación que se envió al certamen, no se contabilizarán.</strong></span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Hoy, día 20, último día de la 1ª fase de votación del público.</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Aug 2011 08:25:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy, día 20 de agostoa las 23:59 hora española se cierra el plazo de la 1ª fase de votación del público general para elegir el ganador del Premio Especial del Público. Una vez proclamados los 5 relatos elegidos por los lectores de la web y a partir de mañana día [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;">Hoy, <strong>día 20 de agostoa las 23:59 hora española</strong> se cierra el plazo de la 1ª fase de votación del público general para elegir el ganador del Premio Especial del Público.<br />
Una vez proclamados los 5 relatos elegidos por los lectores de la web y a partir de mañana <strong>día 21 de agosto hasta el 10 de septiembre de 2011, </strong>se procederá a la segunda fase de la votación en la que intervienen exclusivamente los 194 concursantes que, de esos cinco relatos, elegirán al ganador definitivo de este premio del público en esta octava edición del certamen. La votación se realizará según las normas de votación  indicadas en el apartado cuatro ya expuestas:</p>
<p style="text-align: center;"><strong>4</strong>- En los relatos elegidos se dejará un comentario con el siguiente texto: <strong>Voto por este relato.</strong><br />
<strong><span style="color: #ff0000;">¡¡Atención!!  </span>Cada concursante podrá votar a uno o varios relatos  finalistas,  excepto el suyo si se encuentra entre ellos.</strong></p>
<p style="text-align: left;">Apróximadamente el <strong>15 de septiembre </strong>se proclamaran oficialemte los diez finalistas del jurado del certamen junto al ganador definitivo del premio especial del público.</p>
<p style="text-align: center;"> <br />
<strong>¡¡Aún puedes votar por tu relato favorito!!</strong></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Consejos para la navegación entre relatos.</title>
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		<pubDate>Sun, 24 Jul 2011 13:58:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[1- En el menú de la derecha, hay un enlace que pone “Relatos por orden de llegada”. Pinchando en él obtendrá los relatos empezando por el nº 1. 2- Por otro lado, justo encima del primer enlace INICIO hay una LUPA donde pone BUSCAR,  con  un número, un título o un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/documentos/navegacionG.jpg" target="_blank"><img class="aligncenter" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/documentos/navegacion.jpg" alt="" width="500" height="308" /></a></p>
<p><strong>1</strong>- En el menú de la derecha, hay un enlace que pone <strong>“Relatos por orden de llegada”.</strong> Pinchando en él obtendrá los relatos empezando por el nº 1.<br />
<strong></strong></p>
<p><strong>2-</strong> Por otro lado, justo encima del primer enlace <strong>INICIO</strong> hay una LUPA donde pone <strong>BUSCAR,  </strong>con  un número, un título o un seudónimo y dando a la tecla  INTRO  aparecerá directamente el relato que busca.</p>
<p> <strong>3-</strong>Y al final de cada relato, hay dos enlaces más al relato anterior y al siguiente.<br />
Esperamos que estas indicaciones faciliten la navegación a aquellos que tengan menos experiencia en la Red.<br />
Pincha en la imagen para verla a mayor tamaño.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>194 relatos admitidos a concurso. Comienza la votación del Premio Especial del Público.</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Jul 2011 20:13:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Revisada toda la documentación de los originales enviados en plazo, los trabajos  admitidos definitivamente a concurso  son  los 194  relatos subidos y disponibles en esta web. Normas de votación para el Premio Especial del Público: Es importante leer detenidamente estas normas y todas las  páginas de esta web. Primera fase 1-La votación del público se realizará [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Revisada toda la documentación de los originales enviados en plazo, los trabajos  admitidos definitivamente a concurso  son  los 194  relatos subidos y disponibles en esta web.</p>
<h2><span style="color: #39c6c6;">Normas de votación para el Premio Especial del Público:</span></h2>
<p>Es importante leer detenidamente estas normas y todas las  páginas de esta web.</p>
<h2>Primera fase<br />
<strong></strong></h2>
<p><strong>1</strong>-La votación del público se realizará a través de las <strong>10 estrellas</strong> que aparecerán al final de cada relato.<br />
Pinchar en la décima estrella es la máxima cualificación pero sólo sirve para valorar la media ya que lo que se computa es el número de votos.</p>
<p><strong>2</strong>-Esta votación será <strong>completamente libre</strong> sin intervención ni control alguno. Cualquier circunstancia imprevista será resuelta en cada caso, según el criterio de seguridad de nuestros técnicos.</p>
<p><strong>3</strong>-Esta fase  abierta del público general durará desde que las estrellas estén disponibles hasta el 20 de agosto de 2011, siendo seleccionados para la segunda fase los cinco relatos con mayor <strong>número de votos</strong> .</p>
<p>**************************************************************************</p>
<h2>Segunda fase:</h2>
<p><strong>1</strong>-A esta segunda fase pasarán los cinco relatos más votados por el público  general en la primera fase.</p>
<p><strong>2</strong>-Siguiendo el criterio y las indicaciones de los concursantes de anteriores certámenes, y tal como se hizo en el VII Certamen 2010, se ha creado una  segunda fase  para que sean los <strong>concursantes que participan</strong> los que finalmente otorguen el Premio Especial del público entre los <strong>cinco  finalistas elegidos por el público general.</strong></p>
<p><strong>Forma de votación</strong></p>
<p><strong>3</strong>- Esta votación se realizará mediante un comentario realizado con el <strong>seudónimo oficial</strong> del concursante y el <strong>correo electrónico</strong><strong> </strong>que utilizó para enviar su documentación al certamen.</p>
<p><strong>4</strong>- En los relatos elegidos se dejará un comentario con el siguiente texto: <strong>Voto por este relato.</strong><br />
Cada concursante podrá votar a uno o varios relatos  finalistas,  excepto el suyo si se encuentra entre ellos.</p>
<p><strong>5</strong>-El relato más votado por los concursantes, será el <strong>ganador del Premio Especial del Público 2011</strong></p>
<p><strong>Rogamos a todos los concursantes que procuren participar en la segunda fase.</strong></p>
<p><strong>************************************************************************</strong></p>
<h2><span style="color: #39c6c6;">Aclaraciones importantes:</span></h2>
<p>El certamen tiene dos apartados bien diferenciados:</p>
<p><strong>A-</strong> Finalistas seleccionados por un grupo de lectura experto que decide los 10 relatos  que pasan al jurado oficial del certamen presidido por <strong>Fernando Marías</strong>.  De esos diez finalistas, saldrán el primer, segundo y tercer premio que tienen dotación económica y trofeo. <strong>El público lector de la web no participa en este apartado .</strong><strong> </strong></p>
<p><strong>B-</strong> Premio Especial del Público. Este premio solo tiene un ganador y un trofeo, no tiene dotación económica (solo las aportaciones que quiera hacer el público lector).<br />
En la primera ronda, el público en general vota su relato  favorito a través de las estrellas que aparecen debajo de cada poema. <strong>La votación empieza en el momento que esas estrellas son visibles en la web  y se cerrará el 20 de agosto  de 2011 a las 23:59 hora española.</strong></p>
<p>Entre los cinco finalistas elegidos por el <strong>público general</strong> serán exclusivamente los <strong>194 concursantes </strong>quienes decidan el ganador tal y como se explica en el apartado nº3 de la segunda fase.</p>
<p>La votación de los concursantes en la segunda ronda <strong>se hará  desde el día  21 de agosto hasta el  10 de septiembre </strong><strong></strong>y el ganador se publicará el mismo día que los  finalistas del certamen apróximadamente <strong>en torno al  15 de septiembre 2011.</strong></p>
]]></content:encoded>
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		<title>194- Lo que el viento no se llevó. Por Luna Celentano</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:30:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Eva, mi hija mayor yacía en la cama de un hospital incapaz de recordar, de comunicarse. No podía interpretar la realidad y su capacidad de pensar y de emocionarse había desaparecido.  Los médicos no se ponían de acuerdo en el origen de su enfermedad, pero si estaban de acuerdo en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Eva, mi hija mayor yacía en la cama de un hospital incapaz de recordar, de comunicarse. No podía interpretar la realidad y su capacidad de pensar y de emocionarse había desaparecido.  Los médicos no se ponían de acuerdo en el origen de su enfermedad, pero si estaban de acuerdo en algo, Eva era victima de un trastorno psicótico.<span id="more-1262"></span></p>
<p>Yo era incapaz de dilucidar que había ocurrido en su vida para que se encontrase en ese estado. Era una niña sana, incapaz de tomar sustancias alucinógenas y hasta donde yo supiera, no había padecido ningún trastorno emocional últimamente. </p>
<p>Aunque claro, tal vez yo había echado en los hombros de mi hija demasiada responsabilidad. Había olvidado que era una niña.</p>
<p>Hacia tres años que Rosa, mi mujer, había fallecido victima de un conductor borracho, que la había atropellado y se había dado a la fuga sin prestarle auxilio. Sin pretenderlo, convertí a Eva en la madre de Celia, su hermana de cinco años.</p>
<p>Los médicos no descartaban que mi hija fuera victima de un shock tardío y la culpa no me abandonaba. Celia siempre había estado más unida que su hermana a su madre y considerándola la hermana más débil, siempre le preste más atención. Que equivocado había estado. Era Eva quien se me había roto y de qué manera.</p>
<p>Había sido su cumpleaños y mis padres y yo le hicimos una pequeña fiesta en la habitación del hospital. Le llevamos una tarta de chocolate, su preferida, con dieciséis velas que no sopló y un enorme oso de peluche, al que no prestó atención.  Hicimos lo posible para arrancarle una sonrisa, pero fue en vano.</p>
<p>Cuando nos despedimos de ella y una vez en la calle, mi madre no pudo evitar unas lágrimas y mi padre, unos de los grandes pilares de mi vida, me abrazó como cuando era un niño y corría a sus brazos para que me protegiera de cualquier peligro, real o imaginario.</p>
<p>Me invitaron a dormir en su casa, a lo que yo me negué. Necesitaba soledad, estar en mi casa en silencio y abstraerme en mis recuerdos de cuando éramos una familia feliz.</p>
<p>Celia estaba en casa de mis padres, cuidada por una vecina y pasaría la noche con ellos.</p>
<p>Cuando llegué a mi casa, sentí necesidad de entrar en la habitación de mi hija mayor. No había vuelto a hacerlo desde que estaba en el hospital. Sentí necesidad de tocar sus cosas, de sentirme cerca de ella.</p>
<p>Su ordenador portátil descansaba en su escritorio y sentí el apremio de abrirlo, de ponerlo en marcha y acercarme al mundo de mi hija, del mundo al que había pertenecido hasta hacia una semana.</p>
<p>Esbocé una sonrisa, en el escritorio;  presidiéndolo todo, se encontraba un icono de la película preferida por las féminas de mi familia: lo que el viento se llevó. Llevado por la nostalgia, agregué la película al reproductor y presioné el play para empezar a visualizar la cinta. Me acomodé en el sofá y me dispuse a acompañar a la protagonista en su periplo particular, solo que en lugar de Tara, los inmensos ojos de un pequeño traspasaron  la pantalla.</p>
<p>Mi mente no estaba preparada  para las imágenes que desfilaron ante mis ojos. No existía ninguna señorita Escarlata, pero si una sucesión de niños desnudos mirando a cámara. Sus ojos sin brillo, desmentían sus poses forzadas, que pretendían resultar eróticas.  Atónito vi pasar la cinta ante mis ojos.</p>
<p>Quise levantarme del sofá y llamar a la policía, pero de repente, llenando toda la pantalla estaba Celia, mi dulce Celia, mi hija pequeña y comprendí, el porqué del estado de Eva.</p>
<p>A mi niña la habían cubierto con un collar de perlas, era su único vestido. Una mano velluda la acariciaba y ella pasaba su lenguecita por sus labios, en una tosca imitación de una mujer de mundo.</p>
<p>Confuso y lleno de rabia comencé a gritar y pude escuchar mis gritos como si fueran los de un desconocido. Unos golpes en la pared, procedentes de la casa del vecino, hicieron que volviera en mi.</p>
<p>Presa del pánico y del horror me serví una generosa ración de whisky. No controlé lo que bebía y en algún momento de la noche debí desmayarme.</p>
<p>Desperté tirado en el suelo, aturdido y con un gran desasosiego. Inmediatamente, recordé lo ocurrido y me dirigí al teléfono para llamar a la policía. Me sentía incapaz de ir a comisaría por mi propio pie y quise que vinieran ellos a mi casa. Pero antes, llamé a casa de mis padres.</p>
<p>_Mamá ¿como esta Celia? Necesito hablar con vosotros, ha ocurrido algo muy grave.</p>
<p>_No me asustes hijo, Celia está bien- respondió mi madre- ha salido con tu padre. Iban a buscar escenarios para sus grabaciones.</p>
<p>_ ¿Que dices? ¿Grabaciones? ¿Qué grabaciones?</p>
<p>_ Hijo, ¿no lo sabes? _ entonces el corazón se me hizo un nudo- tu padre compró una cámara de video, eso le ha rejuvenecido. Desde entonces, no deja de filmar a Celia y  a sus amiguitos. ¿No te lo ha contado Celia?</p>
<p>Grité. Un viento gélido invadió mi corazón.</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
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		<title>193- Ella, yo y unas ratas. Por Ufaina</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:28:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Si usted está leyéndome, tiene que atribuirlo a puras cuestiones del azar, pues son casi inexistentes las probabilidades de que estas palabras sobrevivan a los terribles acontecimientos que viví junto a ellas, y que voy a contar detallada pero rápidamente, pues siento que me encuentro en mis últimas y desesperadas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Si usted está leyéndome, tiene que atribuirlo a puras cuestiones del azar, pues son casi inexistentes las probabilidades de que estas palabras sobrevivan a los terribles acontecimientos que viví junto a ellas, y que voy a contar detallada pero rápidamente, pues siento que me encuentro en mis últimas y desesperadas inhalaciones, y una extraña fuerza que nunca antes percibí, ejerce cada vez más presión sobre mi pecho, quitándome el aliento.<span id="more-1257"></span> </p>
<p>Aunque mis ancianos ojos ven poco, mi mente también cansada y carcomida por los años, aún conserva nítidos los momentos en los que empezó todo esto y cómo termine viviendo algo propio de un libro de ficción del más mal gusto, e irónicamente he imaginado incluso que estos sucesos que voy a contar podrían fácilmente ser convertidos por quien los encuentre, en un feo relato literario y quitar así el impacto que produciría en los lectores saber que esto paso en realidad. </p>
<p>Todo empezó cuando mi esposa (una mujer con una belleza y encantos casi irreales), a los dos meses de habernos casado, recibió el diagnóstico insospechado de que jamás podría tener hijos, debido a una complicada situación genética que nunca comprendí, momento desde el que empezó a hundirse cada vez más en una depresión de la que yo no me percataba en toda su magnitud, pues estaba muy ocupado en mi trabajo de periodista, el que siempre ejercí con deliberada mediocridad pero que me consumía todo el tiempo del mundo. </p>
<p>Ante las señales visibles de que mi mujer estaba viviendo una enfermedad de tipo emocional, decidí buscar al mejor y más reconocido siquiatra que se encontrará en la ciudad, y a la semana y media logré contactarme con un joven siquiatra, muy reconocido en el medio y al que se le atribuían muchas hazañas, que despertaban admiración en unos y envidia en otros. </p>
<p>El día que lleve al siquiatra a la casa para que realizará el diagnóstico, ella nos recibió en la sala y al presentarlos estrecharon sus manos durante un tiempo que “duró mucho”, pensé, sin embargo, decidí ignorar lo que pensaba; no obstante observé los ojos de ella y note un leve movimiento muscular de uno de sus párpados superiores e instintivamente gire y me pareció ver lo mismo en los ojos de él, entonces decidí no pensar nada. </p>
<p>Se acordó un “tratamiento intensivo” según las propias palabras del siquiatra, que consistía en una cita de dos horas todos los días luego de medio día, combinando largas sesiones de charlas con administración de algunos medicamentos “para disminuir gradualmente la depresión”. </p>
<p>Tengo que reconocer que la relación estaba muy fría y distante, por lo que un día saque tiempo de donde no había y decidí darle una sorpresa e invitarla a almorzar, la recogería en la casa y de ahí saldríamos a un restaurante que de seguro le gustaría, por su elegancia y variedad de platos, que eran las exigencias mínimas de ella para poder invitarla a comer por fuera. Llegué a la casa y abrí muy despacio, evitando hacer cualquier ruido brusco, pues me imagine que seguramente  se encontraba tomando una de sus siestas que se habían vuelto diarias, “debido a los medicamentos”, me decía. Subí hasta el cuarto, abrí la puerta lentamente, evitando el chillido típico de bisagras oxidadas, y lo que encontré cambiaría mi vida por completo. </p>
<p>Las bisagras lograron delatarme, sudorosos, rojos y estupefactos ante mi presencia, el abrió sus ojos y en el instante en que me disponía a golpearlo con todas las fuerzas que jamás sospeche poseer, ella se me arrojo encima buscando bloquear mi feroz ataque, entonces pude observar como él mientras yo trataba de quitarme de encima a mi mujer, sacaba una jeringa de su maletín situado al lado de la cama, luego se impulso utilizando el colchón como un resorte y sentí un fuerte chuzón en el antebrazo derecho, e inmediatamente empecé a tambalearme, mi visión se empobreció, veía borroso y muy distorsionado, luego sentí un fuerte golpe en la cara, y no recuerdo nada más, hasta cuando me desperté en el que sería mi infierno de ahora en adelante y en el que habría de pasar el resto de mi vida hasta este momento en el que amargamente, ante la inminencia del fin, escribo algo porque me nace y no porque me pagan. </p>
<p>El sitio es relativamente grande pero completamente oscuro, no tiene una sola ventana, la única fuente de luz es una vieja bombilla ubicada muy alta, que ilumina pobremente el sótano, como lo llame aquella vez inmediatamente hube despertado del letargo debido a la droga que me inyectó, pero con el tiempo resultó ser el único espacio al que tenía derecho sobre la Tierra. Hay un fuerte olor a humedad y aquella vez, cuando desperté sin idea de donde me encontraba, ya se podía distinguir el ruido que producían las ratas moviéndose entre una cantidad de cosas desechadas, como muebles rotos, libros viejos, varillas muy oxidadas, trozos de madera, ollas rotas y pedazos de pasta que no se alcanza a distinguir a que objeto pertenecieron y otras tantas cosas que han perdido su lugar en el mundo, por viejas, por dañadas, porque no sirven para nada; indudablemente parecidas a mí. </p>
<p>Hay un pequeño sifón en un rincón del sótano, pero el detalle que más me aterró aquella primera vez y que aún hoy me aterra, es que no hay puertas, solamente hay una ranura en la pared, ubicada aproximadamente a unos dos metros y medio de altura con respecto al piso, cubierta por una lamina de acero denso. El resto son paredes de concreto, y el techo igualmente, pero aún hoy tengo una pregunta que me taladra la mente y el alma, si no hay puertas cómo pudieron meterme aquí, y he planteado varias hipótesis, entre ellas la que más me convence es que una vez metido aquí, sellaron la puerta con cemento y concreto, pero tendría que haber pasado mucho tiempo dormido, ya mí me parecieron sólo unos minutos, aunque no estoy seguro, siempre he creído que uno puede permanecer dormido toda una vida y no darse cuenta del tiempo que ha pasado. </p>
<p>Pasaron muchas horas antes de que volviera a dormir, me pase todo el tiempo gritando con la esperanza de que alguien me pudiera escuchar y me ayudará, revolví todos las cosas buscando algo para intentar salir, y en esa búsqueda encontré varios  libros viejos, unos roídos, otros llenos de moho, y otros hechos sencillamente trizas, pero alcance a ver que se trataban de libros acerca de enfermedades mentales, con lo cual no me quedaba la más mínima duda de qué se trataba todo esto. Con la ira que me embargo, cogí las varillas oxidadas y largas y golpee violentamente las paredes y la lámina de acero que cubre la ranura, pero no cedieron, lo hicieron primero las varillas mismas y mis manos llenas de sangre que les removía el oxido. </p>
<p>Me senté agotado y desilusionado de todo, y entonces tuve el primer signo de vida externo, la lámina de acero de la pared se desplazo rápidamente hacia un lado y una botella plástica con agua y un plato con comida cayeron al suelo, quedando esparcido todo el contenido del plato, y la lámina se volvió a cerrar, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, ante mis más indignados reclamos y exigencias de que me dejarán libre. Pero el hambre pudo más y termine recogiendo con mis manos ensangrentadas hasta el último grano de arroz, ni siquiera me detuve ante el pensamiento reiterado de que probablemente muriera envenenado, y fue la primera vez en toda mi vida que supe que la sangre era dulce. </p>
<p>Así fue transcurriendo un día tras otro, tres veces se abría la lámina y tres botellas y tres platos caían al suelo, y tres veces yo recogía todo su contenido regado por el suelo, hasta que tuve la suficiente colección de platos que me permitieron cubrir toda el área en la que por lo general rebotaba la comida al ser tirada desde semejante altura a la que se encontraba la ranura.  </p>
<p>Pero el principal problema lo detecte luego del primer día, el sótano no tenía baño. Opte entonces por quitar la rejilla del sifón y empecé a realizar mis necesidades fisiológicas en aquel sitio, y pronto encontraría utilidad para tantos libros desechados. Pero con los días, la producción líquida del cuerpo no era suficiente para que la producción sólida viajara eficientemente por la tubería conectada al sifón, y transcurridos unos cuantos días, los primeros indicios asomaron y un olor nauseabundo empezó a apoderarse de cada fragmento de aire que se respiraba. </p>
<p>Pero pronto descubrí la sabiduría del olfato y ya no percibía el olor. No obstante trate de resolver el flujo a través de la tubería chuzando con los trozos de madera y las varillas más largas pero nada dio resultado, así que muy pronto supe que sería una compañera permanente y cada vez más visible, me sentí el hombre más desgraciado del mundo, no por el olor, sino por lo que veía, pero tendría que aceptarlo si quería sobrevivir. </p>
<p>Poco a poco se fue formando una pequeña montaña cuyo núcleo venía siendo el sifón, y empecé a observar en los momentos en los que no sabía si era de noche o de día, recostado sobre una pared mientras leía los viejos libros antes de que fueran utilizados en función de las circunstancias, que las ratas se alimentaban quitando pequeños trozos de la misma, y con el pasar del tiempo las ratas ya no se escondían de mi presencia, como en un principio, sino que de vez en cuando las ratas más viejas y gordas, caminaban a mi lado como si a ellas ya tampoco les importara nada, simplemente deambulando y esperando la muerte, mientras daban lentos pasos debido a una obesidad mórbida adquirida por la mala dieta, y luego, durante unos segundos, posaban sus ojos sobre mí, ya sin ningún tipo de ilusión. </p>
<p>Durante las miles de horas que tuve que ver a las ratas cómo comían de la montaña, ésta dejo de ser mi vergüenza como la miré durante años, y en su lugar se fue convirtiendo en un orgullo, en una constancia de lo vivido, en el legado que siempre había querido dejar al mundo.  </p>
<p>Las ratas se hicieron mis maestras de la vida y de la muerte, y yo como agradecimiento, a medida que han ido muriendo mientras otra pequeña ratica nace y pareciera que va a ser inmortal, les organizo un entierro, que consiste en colocar la rata que ha partido en uno de los miles de platos acumulados a lo largo de los años, tapando su cuerpo con pequeñas fracciones de la montaña, humedecidas con agua de la botella que diariamente es botada desde la ranura, y en cada entierro me percato que la montaña les ha dado vida ofreciéndoles alimento y ahora les ofrece un cobijo ante la muerte, y entonces mi orgullo por mi legado aumenta aún más. </p>
<p>Las otras ratas muestran congoja, y aunque parezca increíble, hacen un silencio profundo, mientras llevo a la rata a un área del sótano que he llamado campo rata, en pleno luto por cada una de las compañeras que se van yendo quien sabe a dónde. </p>
<p>Estoy viendo la muerte al lado de mi legado, me está esperando, no quiero irme, no aún, qué será de las ratas, ya no me importa mi mujer ni el siquiatra, no sé si serán ellos los que todos los días me botan la comida o si serán otros, pero eso no importa, por mi que se hayan muerto los dos, me da lo mismo. Sin embargo, a pesar de todo, de no haber sido por ella, no hubiera descubierto que la muerte y la caca, como le decía ella en lugar de decir su nombre más auténtico, son inseparables de los hombres y de las ratas.</p>
<p>-¡No aún no!, ¿quién se va a encargar de mis ratas?</p>
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		<title>192- El principio del fin. Por Max Stirner</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:27:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[  &#8211; Bueno, muchas gracias por haber venido -dijo el de recursos humanos mientras se incorporaba extendiéndome la mano-, le avisaremos a lo largo de esta semana con una respuesta. - Gracias a usted -forzar una sonrisa cuando sabes que todo ha ido mal es complicado-, espero que cuenten conmigo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>  &#8211; Bueno, muchas gracias por haber venido -dijo el de recursos humanos mientras se incorporaba extendiéndome la mano-, le avisaremos a lo largo de esta semana con una respuesta.<span id="more-1252"></span></p>
<p>- Gracias a usted -forzar una sonrisa cuando sabes que todo ha ido mal es complicado-, espero que cuenten conmigo. Hasta luego –y abandoné el despacho.</p>
<p>Al llegar al ascensor, este se cerró en mis narices. Decidí bajar por las escaleras con la esperanza de que la actividad física insuflara algo de ánimo a mi espíritu. Dicen que concentrarse en la tarea que realizas hace que te sientas menos desdichado; yo no podía parar de rememorar la conversación matutina (tantas veces vivida) con mis padres. Con cada escalón que descendía retumbaba la voz de mi padre en mi cabeza: “Con el coco que tienes, que podrías haber sido hasta notario, vas hecho tonto y estudias historia.” Y a mi madre de fondo: “¡Déjalo al pobre, si hace apenas un año que terminó la carrera, ya encontrará algo!” Eso eran ánimos para ir a una entrevista. Pero desde la prejubilación, los problemas para pagar la hipoteca arreciaron y el ambiente andaba caldeado por casa. Además ellos no tenían la culpa de mis penas, solo deseaban mi bien, cada uno a su manera. El problema radica en que la mayoría de las empresas exige experiencia, ¿y cómo iba a conseguirla si nadie me daba una oportunidad?</p>
<p>Intentando consolarme en mis pensamientos salí a la calle. Caminaba introvertido en dirección a mi coche, cuando a cierta distancia vi a Helena. Estaba más guapa incluso que en el instituto, recordé que había tenido un par de acercamientos con ella por aquel entonces, pero nunca cuajaron. De repente alzó la vista y sonrió, parecía reconocerme, pero no era posible, hacía tanto tiempo, y no fue nada tan serio como para que lo recordara. Al llegar a mi altura la saludé:</p>
<p>- Hola Helena, cuánto tiempo.</p>
<p>- Perdona –se detuvo para no pasar de largo-, ¿me dices a mí?</p>
<p>- Si…claro –las piernas me temblaban más que durante la entrevista-. Soy Javi…del instituto…¿no me recuerdas?</p>
<p>- ¡Ah! Si claro, cuánto tiempo…Bueno y ¿qué tal? -Parecía impaciente.</p>
<p>- Pues nada, que acabo de salir de una entrevista y…-no sé de donde surgió tan inusual valor- ¿Por qué no te invito a un café y nos ponemos al día?</p>
<p>- Mira –dijo con una leve mueca de incredulidad y con una mano mesándose el cabello-, no quiero parecer maleducada, pero no eres mi tipo y además –¿aún había algo más?-, me están esperando. Lo siento – y se marchó directamente hasta un Mercedes Benz descapotable que se encontraba aparcado tras de mí, en el que le esperaba un chico joven y bien vestido. Se montó y se marcharon.</p>
<p>Mi rostro no era un poema, era una marcha fúnebre. ¡En qué diablos estaba pensando! Aquello no fue un acto de valentía, ni tan siquiera una temeridad, simplemente fue un suicidio avisado. Ella no había sido precisamente simpática, pero todas las señales indicaban que no se sentía cómoda con la situación; si lo que traté fue de aumentar mi autoestima, estaba claro que había logrado el efecto contrario.</p>
<p>Sin conseguir reponerme, continué andando hacía el coche. Cuando casi había llegado, divise en la lejanía a un Mosso escribiendo una “receta”. Corrí cuanto pude, y conforme me acercaba vi como la grúa ya lo tenía enganchado. Casi tropezando llegué hasta él, y sin apenas resuello intenté disuadirlo:</p>
<p>- ¡No por favor! ¡Buf! No se lo lleve -no podía prácticamente hablar por el sprint-, pagaré la multa pero no se lo lleve.</p>
<p>- Lo siento caballero –dijo sin variar el semblante-, pero el vehículo se encuentra mal estacionado, debemos retirarlo y sancionarle.</p>
<p>- Si, de acuerdo –recuperaba poco a poco la compostura-, denúncieme, pero no me deje sin coche por favor.</p>
<p>- No me está permitido, una vez avisada la grúa –hablaba como un androide-, el vehículo es transportado al depósito. Podrá recogerlo allí.</p>
<p>Traté durante más de diez minutos de convencerlo, fue imposible. Una vez se hubieron ido me dirigí hacia la parada de autobús, sentía que pesaba una tonelada y que tenía bastantes años más. Para colmo, comenzó a anochecer y…a llover. Empapado me senté bajo la solitaria marquesina, con las manos en la cabeza y los codos en las rodillas. No podía sentirme más desgraciado, nada me iba bien, hacía mucho que no era feliz. Intentaba ser buena persona, pero estaba desubicado, nadie me entendía, es como si no fuese de esta época. En el suelo, bajo mi zapato derecho había una hoja de periódico, en un titular se podía leer: “Los banqueros se aumentan el sueldo un 36%”. Los pensamientos se agolpaban en mi mente, el corazón me latía fuertemente en el pecho y la sangre se acumulaba en mis sienes como si fuesen a estallar. Poniéndome en pie de un salto y quedando bajo la lluvia, exclamé a viva voz:</p>
<p>- ¡Hasta dónde puede llegar la desfachatez en este mundo! ¡Si me dieran un bolígrafo para firmar la extrema unción de la humanidad, lo haría encantado!</p>
<p>Todo quedó en un extraño silencio, solo se oían las gotas al chocar contra los charcos. Súbitamente surgió entre las sombras un viejo vagabundo tirando de un carrito, pasó frente a mí, me miró a los ojos y sonrió. Mientras se alejaba, su voz ronca atronó en la noche:</p>
<p>- Si deseas algo, no esperes a que ocurra por sí solo, ¡hazlo tú mismo! –y desapareciendo tan fugazmente como había llegado, dejo en la oscuridad el eco ronco de una sonora carcajada.</p>
<p>Mi gesto había mutado radicalmente, mis ojos estaban desorbitados, pero no era por la impresión de tan extraño suceso, sino porque, después de muchos años, vi la luz. Las palabras de aquel lunático me despertaron de mi letargo, la esperanza había resurgido en mi interior, por fin tenía un objetivo.</p>
<p>A la mañana siguiente me levanté temprano, preparé una maleta con mis cosas, me despedí de mis padres entre lágrimas, incredulidad y preguntas, me enfundé unos guantes y fui a un locutorio. Redacte una carta, imprimí varias copias, las deposite en un buzón con distintos remites y me dirigí a la estación de trenes.</p>
<p>En una de las oficinas del Ministerio de Interior un becario comienza a hacer aspavientos invitando a acercarse a su mesa al resto de compañeros:</p>
<p>- ¡Venid tenéis que ver esto! Es una carta que hemos recibido esta mañana, atención que la leo, ¡jaja! ¡Es buenísima!:</p>
<p>“A todo el que le pueda interesar,</p>
<p>soy una persona a la que la sociedad y el sistema han dado la espalda, lo que expongo a continuación no es una broma, es un acto meditado y que a partir de hoy se convertirá en mi única razón de ser.</p>
<p>Podría enumerar las múltiples causas que me han llevado a tomar semejante determinación, pero son demasiado numerosas y no son relevantes. Lo único que han de saber es que, he llegado a la conclusión de que la humanidad no tiene remedio. Todos los estamentos del sistema están corrompidos, la sociedad ha creado unos valores que encaminan al ser humano hacia la extinción, no hay futuro. Por lo tanto, he decidido que no es necesario prolongar la agonía, desde este instante declaro unilateralmente la guerra a la humanidad. A partir de este momento, por acción u omisión, todos mis actos irán dirigidos a la realización de mi fin último, el final del mundo.”</p>
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		<title>191- Cuando no me siento sola. Por Esfera</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:26:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[            El sonido de sus pisadas rebotaba contra las blancas paredes de aquella callejuela estrecha y sinuosa, para luego, como una canción de cuna, penetrar en sus oídos y relajar su mente. El taconeo incesante de sus agujas y su mirada impenetrable disimulaban su alma de mantequilla. Su corazón galopaba en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>            El sonido de sus pisadas rebotaba contra las blancas paredes de aquella callejuela estrecha y sinuosa, para luego, como una canción de cuna, penetrar en sus oídos y relajar su mente.<span id="more-1247"></span> El taconeo incesante de sus agujas y su mirada impenetrable disimulaban su alma de mantequilla. Su corazón galopaba en el pecho, inquieto, anticipando el momento del encuentro, estudiando los movimientos futuros, las palabras que no iban a existir en el aire pero si en su memoria. Su alma flotaba ajena a su cuerpo, por encima de los tejados, y a vista de pájaro divisó el lugar deseado.</p>
<p>            Al girar la esquina, el sol del atardecer deslumbró por completo sus ojos color almendra,  y con los finos párpados cerrados, que permitían pasar una suave claridad rosada y la cara hacia la cascada de luz, se reconcilió con el mundo, dándole la mano al Sol suave que la hacía cosquillas en los dedos y le besaba las mejillas, despertando la piel aletargada, mientras que una sonrisa se le escapó como un suspiro de los labios. </p>
<p>           Ya llegó a la puesta de barrotes negros con un cartel que rezaba en español e inglés el horario de visita del jardín. No quedaba mucho para el cierre, pero suficiente como  para recomponer los nudos acumulados en el alma. </p>
<p>           Bajó por unos peldaños de piedra, irregulares y con alguna que otra hoja amarilla. Escogió esta vez el camino de la derecha, que la llevaría por debajo de árboles centenarios, constituyendo una bóveda sobre su cabeza. Los árboles y ella eran viejos amigos, de manera que velaban por ella con cariño desde las alturas, proporcionándola quietud en el alma. </p>
<p>           Escogió el segundo banco que encontró, para sentarse y recomponerse. Al tiempo su mente comenzó a deshacerse de sus brumas, tules y mantos, dejando al descubierto sus ganas de vivir. Ahora si podía sentir cómo el aire puro, ligero y tibio acariciaba su nariz al respirar y como su corazón la llamaba y tocaba una canción para ella… </p>
<p>           Una ligera brisa la acarició su mejilla y el lóbulo de la oreja. Fue como una mano tibia, cariñosa. No estaba sola. Ya había llegado y le sonrió. Su presencia le llenaba el corazón de alegría, esperanza y de compañía. Era la primera vez que la tocaba, que hacía física su presencia. En estos encuentros no hablaban, sólo se sentían el uno al otro y él le despojaba calladamente de todas sus inquietudes y desasosiegos de su alma, mientras ella se dejaba querer. Era un diálogo profundo y sin palabras que todavía no creía poder explicar a nadie, y que nadie lo pudiera entender. Sólo en esos momentos no estaba sola, no sentía la soledad de ser uno solo en el propio cuerpo. Esa soledad que pesaba sobre ella como una losa. Lo único que si sabía era que había amor, que ella le amaba, pero sobretodo, él la amaba a ella y que eran uno solo. </p>
<p>           -¡Dentro de cinco minutos se cierran las puertas, vayan saliendo! </p>
<p>           Y todo desapareció: el aire volvía a ser el de una ciudad contaminada, y hacía frío y aire, mucho frío y mucho aire que ahora le revolvía el pelo y la enfriaba la nariz. Había despertado de un sueño que sabía volvería a soñar algún otro día.<strong> </strong></p>
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		<title>190- El olvido de los dioses. Por Javier Trescuadras</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:25:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[           No terminaba de entender porqué su editor le había enviado aquel extraño manuscrito. Su mente naufragaba a la deriva desde hacía dos años y la enfermedad más temible de todo escritor, la que te convierte en una inmóvil figura de cera viviente frente al procesador de textos, le encaminaba con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>           No terminaba de entender porqué su editor le había enviado aquel extraño manuscrito. Su mente naufragaba a la deriva desde hacía dos años y la enfermedad más temible de todo escritor, la que te convierte en una inmóvil figura de cera viviente frente al procesador de textos, le encaminaba con paso firme desde la región de perder el control al mundo de la depresión.<span id="more-1238"></span></p>
<p>           Había intentado por todos los medios empezar algo serio, pero un vértigo repentino cada vez que encendía el ordenador y un excesivo recurrir a la tecla Retroceso le hicieron perder toda seguridad en sí mismo. La voz interna  que solía susurrarle “Solo es un bloqueo momentáneo” se volvió áspera, abandonando el tono piadoso para farfullarle un seco “Creo que deberíamos cerrar el chiringuito.”</p>
<p>           Los fogones de su creatividad, donde había cocido a fuego lento tantas historias brillantes con personajes envueltos en tramas apasionantes, atrapando a miles de lectores en cada entrega, se estaban apagando.</p>
<p>           Y aunque las ideas seguían agolpándose en su cabeza en espera de ser convertidas en papel impreso, no conseguía sacarlas a flote por más temprano que se levantara.</p>
<p>           Estaba acabado. </p>
<p>           Pero entonces, cuando la idea del retiro prematuro comenzaba a merodear en su mente como un ladrón nocturno, recibió el sobre acolchado. La estupefacción con que abrió la puerta de su majestuosa casa al borde del lago al oír el tañido del timbre, le acompañó indefectiblemente al comprobar la etiqueta de “THULE EDITORES”, la firma de su amigo y responsable de la corrección de sus obras desde que comenzara a ganarse la vida con ello. </p>
<p>           El sobre, lacrado a conciencia, le obligó a buscar algo punzante con lo que superarlo. Revolvió impaciente el cajón de la cómoda de la entrada hasta que notó el frío e inoxidable tacto del abrecartas.</p>
<p>           Se asomó dentro y sacó el paquete. Reconoció la letra dispersa de una nota que decía:</p>
<p style="padding-left: 90px;">“Lo escribiste hace veinte años, ¿recuerdas?<br />
Aquella época en la que el camello de la esquina<br />
sabía más de ti que tu propia madre&#8230; Está lleno<br />
de incongruencias pero tiene madera. No es tu estilo,<br />
pero tampoco estamos para elegir. Aunque no la<br />
terminaste, deberías tomarte en serio un cambio de rumbo. ” </p>
<p>                              Franc.<br />
                             PD. Descansa y tómatelo con calma. No por mucho madrugar….  </p>
<p>                     <br />
           Comprobó que no eran más que un par de cientos de hojas amarillentas (en sus mejores tiempos sus novelas rondaban las quinientas páginas a espacio sencillo).  Dejó el manual en la mesa y se dispensó un vaso de té helado, cubitos en dado titilando y media rodaja de limón. Un posavasos verde de Heineken soportaría la condensación del frío sobre la madera. Miró de reojo el sándwich de pavo braseado con camembert caliente que le aguardaba, pero el hambre se esfumó dejándolo con un repentino manojo de nervios deambulando por su estómago. </p>
<p>           Se acomodó en el sillón, de un rojo intenso como el rubí. Su tacto era suave, escurridizo, fácil de despellejar cualquier miembro desnudo si permanecía demasiado tiempo inmóvil adherido a su piel sintética. </p>
<p>           La obra, a falta de una buena corrección era trepidante y atractiva. Narraba la tortuosa vida de un enfermo mental. Un pobre desgraciado que llevaba más de veinte años internado en el sanatorio proclamando, a voz en grito, que tenía un hermano gemelo, y que la casualidad ayudó a la confusión a la hora de arrestar a quien no era. Estando él en lugar de su hermano y viceversa.             </p>
<p>           Se dejó embaucar por la limpieza de su prosa, que le hacía engullir las páginas de forma insaciable. Se sorprendió emocionado. “Quizá no esté todo perdido.” Pensó y siguió leyendo. </p>
<p>           Años de encierro, en los que su personaje pasaba del fríecerebros, como llamaban cariñosamente los internos a las sesiones logotomizantes que sufría el sujeto a base de descargas eléctricas, o las terapias grupales, donde una vez bien fritas todas las neuronas los pacientes sentados en corro formaban charcos de baba y musitaban como vacas en celo, le habían transformado. </p>
<p>           Su abogado trabajaba sin descanso en su defensa. Aunque hacía mucho tiempo que no sabía nada de él. El deseo de que todo saliese a la luz dio paso con los años a una sed de venganza ardiente y clamorosa en su interior.</p>
<p>           Su tren de vida descarriló arrasando todo aquello que podía importarle. </p>
<p>           La idea de acabar con la vida del responsable de aquella pesadilla cobró forma hasta convertirse en su único amigo dentro de aquel infierno. Un lugar donde perderse, encontrar cobijo y sentirse “¿Cuerdo?”, quizá el único pensamiento racional que le dejaban criar, en el más recóndito de los silencios. Pura y salvaje venganza.</p>
<p>            Así que cuando tuvo la más mínima oportunidad, la aprovechó. </p>
<p>           Ocurrió una noche de domingo. En fin de semana el fríecerebros estaba apagado, no había sesiones grupales ni nada por el estilo. Los médicos libraban y el sanatorio se convertía en una marea de paseantes risueños. Sólo tenían que doblar la medicación y cerrar con llave. Con cuatro enfermeras de guardia y los celadores era más que suficiente.</p>
<p>           Tendría durante veinticuatro horas el cerebro despejado (al menos lo mejor posible dadas las circunstancias) para planearlo todo. Y llevaba así los últimos veinte años. Esperando un resarcimiento, una disculpa, el alcalde dándole la mano pidiéndole perdón, algo así. Pero no. Nunca llegó ese momento (ni llegaría). Lo más difícil de tragar fue precisamente eso.</p>
<p>           La indefectible remisión de que pasaría allí el resto de su vida. </p>
<p>           Así que cuando podía alimentaba la ponzoña que le carcomía por dentro. Pensaba en el momento en el que se encontraría cara a cara con el que lo había metido (por error) en aquel endiablado lugar.</p>
<p>           Tumbado en el camastro, con los brazos entrelazados en la nuca, se preguntaba a menudo si sería capaz de matarlo a sangre fría llegado el momento, y, la respuesta le estremecía con un pudín de efervescencia y nerviosismo al tiempo. “Sin dudarlo”, se decía. </p>
<p>           Y el momento de escapar le llegó de repente. </p>
<p>           En un momento en que las enfermeras marujeaban en corro, miró a ambos lados del corredor y saltó sin pensarlo dentro de un carro de ropa sucia aparcado en el pasillo. El corazón le atronó con viveza. Debía enterrarse lo más abajo posible para no ser visto.</p>
<p>           Se encontró buceando en un pozo apestoso. Los esfínteres se relajan demasiado al contacto con la corriente alterna. Reprimió una arcada ante la duda inminente de si los intestinos ganarían el concurso de Órgano Relajado del Año.</p>
<p>            Fue todo muy fácil, demasiado a decir verdad. El chirriar de las ruedecillas y la inercia le indicaron que se movía. Luego se elevaba. El carro volvió a deslizarse. Un portazo metálico seguido de un apretujado silencio. Un motor arrancó. ¡Estaba en el camión de lavandería! </p>
<p>           La alegría le invadió momentáneamente. El trayecto pareció durarle un parpadeo “El tiempo vuela cuando todo marcha”, se dijo. Luego se detuvo. Más balanceos. Por fin se detuvo completamente. Pasos alejándose. Más silencio. Aguardó inmóvil. </p>
<p>           Cuando calculó que nadie volvería salió lentamente, apartando el apestoso vestuario que le cubría hasta los dientes. Se desembarazó del absurdo pijama dejando atrás su pasado como Miembro de Honor del psiquiátrico local. Se vistió enseguida, no había minuto que perder. Le fue fácil encontrar ropa de su talla, estaba en un almacén de ropa a fin de cuentas.</p>
<p>           Encontró la indumentaria perfecta. ¡Una cuarenta! Exclamó sorprendido al contemplar la etiqueta del pantalón vaquero. Había bajado cinco tallas desde que le encerraran, la pasta grumosa e insípida que le suministraban a diario tenía todo el mérito. Terminó de vestirse y se dispuso a emprender la marcha. </p>
<p>           Cuando llevaba un par de horas andando notó como el estómago se retorcía doloroso, un hambre acuciante se abrió paso hasta robarle la energía. Debía comer algo. Un sabor metálico y áspero se enseñoreó de su garganta.</p>
<p>           No quedaba mucho en realidad. Había dejado la carretera asfaltada hacía un buen rato, internándose por el camino de tierra flanqueado de árboles.</p>
<p>           La idea de acabar con él permanecía enquistada en su mente como una cantinela absurda. Lo estrangularía con sus propias manos si fuera necesario, pero debía llegar, y aún le quedaba un buen trecho.</p>
<p>           El sol cedió el pulso a las copas de los árboles y terminó su jornada, dándole el testigo a la tarde oscura, en el contrapunto en que las sombras se alargan y las figuras se transforman en caprichosas formas monstruosas. Retrepó una elevación del terreno, y entonces esbozó una amplia sonrisa.</p>
<p>           A lo lejos reconoció lo que buscaba. La meta estaba a su alcance.</p>
<p>           Según su informante, un celador al que sobornó con tres cajetines de Camel y el Prozac que le suministraban antes de entrar al fríecerebros, la casa, además de encontrarse en el lugar indicado, tal y como le aseguró aquel tipo carecía de vigilante alguno ni perro guardián.</p>
<p>- No tiene enemigos. Es un tipo bastante normal.</p>
<p>- Claro, ¿por qué iba a tenerlos?  &#8211; Repuso él en un arranque de denotada indiferencia.</p>
<p>- Entonces, ¿A qué tanto interés?</p>
<p>- Le debo pasta. Y me gusta saldar mis deudas.</p>
<p>           El acceso de tos perruna que le acometió a aquel energúmeno tras la sonora carcajada inicial zanjó el tema.</p>
<p> - Estás como un cencerro amigo, como una puñetera regadera como diría mi padre. -  Y enfiló el pasillo silbando hasta perderse por una esquina.</p>
<p>            Pero había merecido la pena. Tal y como le había indicado, al borde de la colina, junto al gran almendro, se encontraba la casa del creador de sus emociones más ponzoñosas. Durante años había alimentado toda esa rabia, como a una mascota, viéndola crecer hasta envejecer y volverse ulcerosa, cancerígena, imposible de retener en su interior.</p>
<p>           Alcanzó el llano exhausto. Se encontraba a tan solo unos pasos de su venganza. El tipo debía estar dentro, aguardando su aciago destino.</p>
<p>           Avanzó. </p>
<p>           Superó la puerta de entrada. Un abrecartas solitario le iluminó el rostro. Se internó hacia el interior de aquella majestuosa casa al borde del lago. Llegó al salón donde miles de libros barruntaban las paredes.</p>
<p>           Deslizándose con sigilo contempló que alguien le daba la espalda, alguien que permanecía sentado en un enorme sillón de piel sintética color rojo intenso, como el rubí, de tacto suave, escurridizo, fácil de despellejar cualquier miembro desnudo que permaneciese demasiado tiempo adherido a él.</p>
<p>           Atisbó un vaso de té helado, cubitos en dado titilando y media rodaja de limón, que reposaba sobre un posavasos verde de Heineken.</p>
<p>           Junto a él un sándwich de pavo braseado con camembert le arrancó un inoportuno rugido a su estómago. </p>
<p>           La última página cayó al suelo describiendo un zigzag en el aire mientras alertado por la hambruna del protagonista, el escritor levantó la mirada para contemplar como éste, blandiendo el falso puñal, lo hundía en su cuello hasta el mango. </p>
<p>           Mientras el gorgojeo de su víctima inundaba el salón, rescató la hoja del suelo salpicada de sangre. </p>
<p style="text-align: center;">Capítulo 13 </p>
<p style="text-align: center;"> </p>
<p>           El teléfono sonó despiadado en el despacho del abogado penalista más famoso de la ciudad. </p>
<p>-         Diga.</p>
<p>-         Soy Serra. Tengo buenas noticias. – La voz del investigador sonaba efervescente.</p>
<p>-         Alégrame el día. ¿Has encontrado el informe médico? – Preguntó el letrado con un incipiente nerviosismo. Nada habitual en él.</p>
<p>-         Mejor que eso. – Repuso Serra como un jugador de póker antes de hacer su mejor apuesta. – Le he encontrado.</p>
<p>-         ¡Repite eso!</p>
<p>-         Tengo al gemelo. Y créeme, no hace falta ser una lumbrera para saber quien de los dos está como una chota.</p>
<p>-         ¡Fantástico! Hablaré con el juez mañana y luego llamaré a mi cliente. Va a…</p>
<p>-         Hay algo más. – La voz se engriseció de repente. – Algo no encaja. Espera un momento…</p>
<p>-         ¿Qué ocurre? – Preguntó frenético el defensor.</p>
<p>El detective pareció reconocer a alguien al otro lado de la línea.</p>
<p>-         Pero, ¿Qué coño…? – Su voz se vio interrumpida por un ensordecedor disparo.</p>
<p>Pegado al auricular, el abogado enmudeció estupefacto.</p>
<p>Alguien colgó al otro lado.</p>
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		<title>189- Delfos Circense. Por Eunice</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:24:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No deliberadamente decía Delibes que la sombra del ciprés era alargada. Líbera atusa sus cabellos mientras mira a su yo en el espejo. Resopla desvaída porque el rizo no se quedó donde le había pedido al peluquero. Y es que era de orden mayor para el día que le tocaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No deliberadamente decía Delibes que la sombra del ciprés era alargada.</p>
<p>Líbera atusa sus cabellos mientras mira a su yo en el espejo. Resopla desvaída porque el rizo no se quedó donde le había pedido al peluquero. <span id="more-1233"></span>Y es que era de orden mayor para el día que le tocaba afrontar  que todo estuviera en su sitio. La cintura entallada, los labios, frescos, perfecta y disimuladamente perfilados;  el ombligo oculto pero en la zona áurea que le correspondía. Y en la base, unos pies jónicos. Los llevaba calzados con unos maravillosos Manolos, que la constreñían hasta llegar casi al estallido de los pezones (especialmente más del seno izquierdo –sabemos que la anatomía humana no es simétrica aunque gracias a Cultura sí operable-). Todas y cada una de esas constricciones apuntaban hacia una tiranía que merecía la pena no sojuzgar. Un deber insuperable. El mismo que aleteaba libremente a su gusto y ejercicio.</p>
<p>Lanzado de soslayo susurraría que una no tan expresa fisura le abría los rizos. También le hacía soportar una alta dosis de sacrificio, esa perfección venida a menos por sus propios inalcanzables ideales.</p>
<p>Líbera llevaba muchos años dedicándose a la política. Tantos, que se había convertido en una verdadera política. Sus medios eran sociales, sus recursos se desplegaban para y por el poder. Y hoy tenía uno de esos mítines jubilosos y seductores en los que hacía una despampanante tarea no ya de mostrar, sino de demostrar la importancia del papel de la mujer en la sociedad. Ella era muy consciente de la función persuasiva de su discurso. Había de convencer a la ciudadanía, o al menos a una mayoría, que no mostraba a su vez ningún interés por ser convencida. Pero Líbera creía en la esperanza. Si no fuera por la constancia y la incesante lucha de mujeres, perdón, mejor de personas</p>
<p>como ella, el mundo no podría recrearse en relatos que dicen llevar a casa por un camino de baldosas amarillas.</p>
<p>Hacía gárgaras y no paraba de gesticular –frenética actividad- frente por frente a su especular imagen. Se aclaraba la voz, decidía cómo sería más correcta y cuánto más eficaz la retórica.</p>
<p>¡Fíjate! –pensaba- ¡qué cosas tienen los espejos! Me ofrece una imagen, me enfrenta a una rival, y deviene una vuelta pacificadora que vuelve a reunificarme. Y aquí sigo, observando mis gestos, ensayando mi soliloquio, anticipándome a lo que dentro de unas horas ocurrirá.</p>
<p>Alguna sensación tiñó tanta observación. Se le atravesó ese malestar que llevaba teniendo hacía algunos meses. La cruzaba, la escindía. Era como si sintiera que allá por donde hallaba hogar aquel número áureo del que hablábamos, asistiera perpleja una pequeña desconocida. Abismático. Y como estas sensaciones le incomodaban, decidió buscar ayuda. Había asistido ya a una docena de sesiones terapéuticas y su analista un día le lanzó una pregunta que le dejaron acongojada. Ahora resonaban esas palabras frente al eco aglutinado de su imagen…..”Sabe usted colocarlo todo en su vida –le decía el experto- cada cosa está en su sitio, y ¿dónde está colocada usted? ¿qué lugar ocupa en su propia vida?”</p>
<p>    Líbera no supo contestar y se sintió confrontada por este profesional al que no estaba pagando precisamente para que le hiciera preguntas. Sobre todo el impulso era firme, sintió que tenía que darle una respuesta. En casa se pasó días pensándola. Para empezar quería una respuesta brillante, excelsa, que jamás hubiera podido imaginar su analista. Acabó extenuada bajo su propia losa de  grandiosa expectación, y en tanto  apareció entre la lucidez de la apatía una nueva pregunta que se hacía a sí misma</p>
<p>¿Y por qué tiene que ser la respuesta brillante?</p>
<p>Yo –se decía a sí misma- estoy acostumbrada a hacer discursos fastuosos, llenos de ingenio, pero no son para mí. Son para otros. Ésos a los que tengo que embelesar, atraer, cautivar, fascinar, conmover, convencer. No me importa ni necesito que ellos me procesen ningún afecto, sólo es necesario que se sientan atraídos por mis palabras. Ni siquiera es necesario que se sientan atraídos por mí. Porque ……..yo no soy mis palabras –decía casi atiplando la voz- </p>
<p>Le molestó rabiosamente esa idea que había salido de sus labios. Pero también soy mis palabras (o eso pensaba). Ya no estaba segura. Años y años tejidos en el esfuerzo de dominarlas. Para que se clavaran en su semblanza, para que fueran su semblanza misma.</p>
<p>Se había dado cuenta del error. Sus palabras no eran suyas. Si lo fueran, ¿por qué habría de convencer a los demás? Si creo en algo o en alguien no tengo necesidad de que me convenzan. Sintió que en algún lugar, en algún momento ella misma fue convencida, ya no recordaba.</p>
<p>Pero no pudo ser sin más ni más –se dijo estremecida-  </p>
<p>El lugar de la sombra alargada arañaba ahora las fibras de esta verdadera política que sabía siempre qué decir a los demás.</p>
<p>Cada cosa tiene que estar en su lugar –se le vino a la mente-   </p>
<p>¡¡¡El  mitin!!! –se oyó diciendo algo alarmada- </p>
<p>Y  la placidez de la seducción y de la exhibición volvían a recomponerla. Pura emoción que sabía controlar con familiaridad.</p>
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		<title>188- Soy perfectamente inexperto, pero te amo. Por Alessandro Ilimurí</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:23:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[La historia del que no supo amar empezaría de una manera muy peculiar ante un universo de frialdad. Intentar amar no tuvo límites ni mucho menos edades; solo llegó y se estacionó en la puerta blindada número 33, con un perfume emocional para recorrer el puerto del Sou.  En aquella [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>L</strong>a historia del que no supo amar empezaría de una manera muy peculiar ante un universo de frialdad. Intentar amar no tuvo límites ni mucho menos edades; solo llegó y se estacionó en la puerta blindada número 33, con un perfume emocional para recorrer el puerto del Sou.<span id="more-1228"></span> </p>
<p>En aquella época nos llenamos de ilusiones al mirar por los balcones, y demandábamos al señor cielo ser más grandes y menos inexpertos. </p>
<p>Caminando por una avenida cerca del puerto, leí la leyenda de la apostasía dictada con la mano del gran dictador que surgió de los más recónditos lugares del apocalipsis humano. Fue atraída por esa fuerza que no puede eludir ni el mismo rey con cuernos de oro. Un extraño ser que aspira a ser querido; que se enfada, que no ríe y que de repente sueña con el cielo. </p>
<p>Muchas veces, en aquella habitación oscura, me pregunté el por qué del amor, ¿dónde nació? y ¿dónde morirá? Me gustaría presenciar tal ceremonia. </p>
<p>En una de esas tardes, reflexioné e imaginé muchos avatares que me dio el destino, entre ellos, la muchacha de pelo castaño y firme presencia. Aquella mujer fue la leyenda en vida de los cuentos del abuelo. El amor fue la injusta e inexperta idolatría que tuve con Eva. La tribuna de la justicia no tuvo criterio de salvación, ellos ya se perdieron hace miles de años en el juzgado primero de la calle tentación, pero si acaso quisieran opinar sobre la vida en un paraíso de afluencia de estrellas, pienso que darían el paso más profundo en su historia de justicia y realidad.  A muchos pobres amantes del amor, les vendieron una falsa idea y, por ello, fueron juzgados como soeces paganos de la oscuridad. </p>
<p>En ese sentido, la muchacha Eva, cambió el curso de la vida intentando ataviar el terrible dolor de una persona que suele vivir con una simple y llana ideología, pretendiendo cambiar el verbo y la verdad de la palabra. Intentando hallar otro  significado al amor, y otro, a la aventura. </p>
<p>Así surgió de lo más profundo de la mentira, el odio al amor, el odio a no saber amar, o mejor aún, saber amar pero nunca ser amado. Son terribles afirmaciones desde la radio nacional de los sentimientos rendidos, y una gran verdad de la televisión de los críticos emocionales. </p>
<p>Y, ¿en qué dirección podría recorrer la perfecta inexperiencia para encontrar al amor? Ciertamente la encontré en un puerto desconocido;  llevaba el pelo suelto y una camisa muy pegada al cuerpo, a ese cuerpo bonito. </p>
<p>Ni los nombres del viejo velero de la abuela tenían tanto contenido; solíamos escuchar bellas melodías que salían de ese pedazo de madera flotante. Un mar de recuerdos. De ella salían tristes melodías que encarnaron la feliz etapa de la vieja amiga de la vida. </p>
<p>Las tardes venían solas y el lugar quería ser visitado y pisoteado. La antigua embarcación tenía vida propia, tuvo emociones abordo y amores con morbo. </p>
<p>I love you “Yemei Sou”, así se escuchaba la canción del pianista fantasma. Encarnaba una bella historia de amor de los años 30, un amor que además de ser pasajero, fue el sentimiento más puro que guardo el puerto del Sou. </p>
<p>Solo cuando recuerdo cada instrumento que salía de aquella época sin nombre, recuerdo tu cuerpo junto al mío, tus ojos clavados al destino, y por sobre todo, me hiciste la persona que debió ser desde siempre. </p>
<p>Quién como tú, y quién como yo, quien como esos dos seres amantes que disfrutaban del instrumento efímero de la vida. </p>
<p>Yemei Sou, no son solo palabras que brotaron de una pasión desmesurada, o miradas de los años 30. Algún momento pude preguntarme si en verdad viví lo que vivimos, y ahora me pregunto ¿por qué lo perdimos? Sin embargo, el viejo velero se llevó nuestro romance, y tú, te llevaste el gran significado de nuestra palabra… amor.  Mis opiniones me trasladaron por el camino equivocado, y por sobre todo, me alejaron de aquella tarde llena de coqueteo, donde tú y yo jugábamos a querernos, a prometernos el tiempo y el espacio, las noches y las mañanas. </p>
<p>Después de todo, logré entender que tu amor, no me pertenecía. Que encontré la respuesta a mis preguntas, en aquella confesión a escondidas. En esa última nota que había dejado en tus manos, y que tristemente recogí del fango y las cenizas.</p>
<p>Siento decir que fuiste la única en mi vida, siento escribir tu nombre y no el mío, siento mil veces siento mis dudas en mis romances, siento que es hoy, y no es ayer. Por todo ello, digo lo que siento. </p>
<p>Entro en el viejo velero del amor, me siento y respiro, respiro nuestro aire flotando en mis pensamientos. Eres dueña de mi ayer y fiel reflejo de Yemei. Giro la cabeza y observo cada rincón del recuerdo… de los coqueteos…de tu sonrisa…de mis lágrimas. Esas lágrimas fingidas que muchas veces te creía <em>-tonta infidelidad-</em>  no demostraban el verdadero calor de la melodía. Lo evidente y sincero es que fui el único de amor de por vida, en eso nunca me mentías. Y si ahora derramo unas muy cansadas lágrimas, es por el vino y la alegría. </p>
<p>En pos de nuestra felicidad me mentías, pero claro, el dolor que tú sentirías me destrozaría. Nunca creas ni te mientas, nunca frenes si aceleras y nunca digas nunca si de amor has vivido o si de amor quieres vivir.</p>
<p>En este ocaso de mi vida, pongo las manos sobre mi cabeza, dejo mis ojos sin rumbo, y mi corazón casi lento y ya marchito. Quién diría que de amor no se vive, que una copa de vino no emborracha y que una mujer nunca se enfada. Eso no se escribe ni se delata, no se siente pero se vive, no se habla se lo demuestra, y mucho menos te delatas, es más… te lo guardas. </p>
<p>Aquellos  puertos agruparon veleros y romances, los violines fueron pasiones en notas musicales, la botella de vino fue la sangre que circula por el cuerpo de dos tiernos enamorados, y el motorcito del velero dirigió aquel peculiar romance. </p>
<p>Que tierna es la vida decía la abuela, y que sencilla la muchacha que visita el puerto. Esa fue la imagen que dejaste a la experiencia. Nos encariñamos de los verbos, de lo justo y de lo injusto, de tus besos y de mis caricias. De los abrazos prometidos y el disco jazz de los rendidos. Mil armónicas en mi cabeza y mil te quieros en mis deseos.  Soy lo que soy y te he fallado. Te llené de ilusiones, de promesas, y lo más injusto fue decirte que no te amo. Es el barco de los caídos, de los que algún un día se amaron, de los dos que bebieron el vino prohibido. </p>
<p>Los párrafos de la historia congratulan un año más de nuestro aniversario, un año más de una falsa historia que nació en los puertos de la ilusión, la esperanza y la atenta mirada de firmar un buen convenio. Una ocasión que sin duda alguna se metió en el oasis de mi vida, de la vecina y por supuesto no olvidar al extraño en mi vida, y conocido en el tuyo, aquel que te miró, te sonrojó y luego “te liberó de mi”. Esas fueron tus palabras en medio de una explicación inexplicable. Parecía todo mágico y solemne, pero al parecer cuando tú te sonrojas, te enamoras de la cálida mirada de un espectador. </p>
<p>Pretender ser lo que no eres fue el primer gran error de tu juego, intentamos llevar una relación que no tenía la dirección correcta, solo a nuestra habitación. Unos cuantos ruidos de pasión o discusiones inexpertas, fueron los temas de repercusión. Después, quedó el agraciado beso que me diste en esa noche romántica y esplendida, donde te vi muy enamorada, bellamente comprometida con nuestra historia, y claro, un ser que te querría para toda la vida. </p>
<p>No es temible lo terrible, ni mágico lo nostálgico, es vida lo que vemos, latidos los que sentimos y besos los que añoramos. Ni la cartera, ni la riqueza y mucho menos la decencia lo que se olvida; es la verdad y la carencia de entrega. </p>
<p> Las preguntas viajaban en mi mente, se enlazaban con los recuerdos y revivían bellas emociones. Momentos perdidos que instigan el ego del que ya ha caído. Es profundo aprender a perder, cuando ya lo has perdido todo, y superficial el dolor cuando pensé que vivir junto a ti sería mi salvación. Allí, en aquel bello puerto, perdí la brújula del amor. </p>
<p>Mi pretérito, mi verbo y mi sustantivo han llegado a quedarse sin más que acotar a esta sincera  historia que jamás renacerá. </p>
<p>Son las veinte horas, con treinta minutos y escribo el reglón de mi trágica perdición con un ápice de mala intención. Y por ello, me siento satisfecho, pasó el tsunami con tu amor. Arrasó mi huerta, mi espacio, mi mundo, mi nombre, mi orgullo, y por último, los minutos de amor que dediqué para quererte y hacerte la mujer más feliz del mundo. Ahora, veinte horas, con treinta y cinco minutos presiento que derramaré unas cuantas lágrimas que recuerdan tu partida, mi agotamiento, y aquellos versos sentidos de templanza emocional. </p>
<p>La inexperiencia viaja por mis venas, recorre cada espacio de mi mente y regula las tristezas momentáneas que desencadena una experiencia. No fui perfecto, no lo soy, ni lo quiero ser. </p>
<p>Aún te amo, no lo niego, ni lo desmiento, pero siempre lo retengo, es mi espada en la batalla y mi defensa en el ataque. Siento y lo deseo, añoro pero jamás lo imploro. Es una suculenta y aciaga obra de teatro que montamos, y gracias a ello pedimos votos de aplausos, y votos de santidad para asegurar una vida eterna. Ambos dijimos si a la vida, al amor, a la religión y al todo e infinito universo. </p>
<p>Encontrarme en mis últimos minutos, no es el mejor final que había soñado, pero prefiero morir acompañado por aquella botella de vino del 34. El mejor regalo que dejó la abuela. </p>
<p>Es posible que alguien encuentre mis notas, mis apuntes, la vieja máquina y el habitáculo con pocos secretos. No escondo nada mío, solo un amor rendido. Estaré sentado hasta notar la ausencia de luz por la noche, y en ese entretanto, saldrá mi amiga la luna. Me llevaré sus últimos reflejos y seremos cómplices del fin de algo, y el nacimiento de esta bella historia.  El puerto de Sou, y tú, conquistaron la pluma que escribió los relatos mas anhelados de un ser apasionado. Muchas veces y sin mirarme al espejo, me di cuenta que los cabellos blancos tienen su historia, sus respuestas y sus propios sentimientos. Sé que pronto sellaré el oasis vivido, pero aún así te digo bien despacio y por escrito…soy perfectamente inexperto, pero te amo. </p>
<p>Marcaré el propio final de la historia, dejaré clara evidencia de los hechos para alejarte de cualquier falsa culpa, ya tendrás suficiente cuando lo sepas. Una botella rota, y una camisa con lágrimas de vino, te alejaran de la culpa. </p>
<p>Y así sucesivamente fueron cayendo los seres más molestos de la historia, con sus aptitudes, sus hegemonías, el misterio y la curiosidad de saber el fin de su leyenda. La oscuridad del cielo y el resplandor de la luna en mi botella inician el camino que dejaré con tantos latidos. Unas líneas que fueron escritas con sentimiento, y unas cuantas gotas de dulzura que no mojan el sucio engaño. </p>
<p>Así concluye el capítulo ajeno de la triste pluma con sangre que derramó el susceptible agresor de leyendas y sin más, salgo de la historia por la puerta más pequeña e ingreso por mi ventana para continuar con mis secretos.</p>
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		<title>187-La función de los sueños. Por Once upon time</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:22:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de unos recíprocos buenos días, le seguí con la mirada.  Se preparaba para el primer trabajo de la mañana, con la misma ceremonia de quien tiene entre sus manos la capacidad de crear nuevos amaneceres. Se acercó de nuevo a mí y con gesto sonriente se interesó por mi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Después de unos recíprocos buenos días, le seguí con la mirada.  Se preparaba para el primer trabajo de la mañana, con la misma ceremonia de quien tiene entre sus manos la capacidad de crear nuevos amaneceres.<span id="more-1223"></span></p>
<p>Se acercó de nuevo a mí y con gesto sonriente se interesó por mi estado. Me sentí bien.</p>
<p>- Extraña… -acerté a decir -esa es la sensación que podría definirme. Tantos años conectada a una máquina que ahora sólo deseo que esta operación me vaya bien, y olvide la diálisis.</p>
<p>-Todo saldrá bien Sofía,  ahora lo único que tienes que hacer es mirar esta luz fijamente, y ocupar tu mente con los momentos  de tu vida que te llevaron a pensar que la dependencia de una máquina terminaría con la llegada de este momento. Te vas a dormir un rato y cuando despiertes, nos contarás lo que has soñado.</p>
<p>El Dr. Romero, anestesista de la clínica, me ofreció su sonrisa, me pareció buena idea y deseé volver a mi infancia aunque fuera en sueños.</p>
<p>Empezaba a notar un ligero adormecimiento, mis ojos se escondían bajo los parpados, la luz cegadora que invadía la estancia, se tornó tenue y fue perdiendo brillo hasta desaparecer entre los murmullos de voces lejanas… como una mariposa batiendo las alas… me dirigí  hacia la luz.</p>
<p>Se abrió el telón de terciopelo rojo, mis ojos se agrandaron ante la sorpresa, noté la sonrisa de triunfo de mis padres y me vi inmersa en un mundo mágico&#8230; ¡el mundo del circo!</p>
<p>El primero en aparecer fue el funambulista sobre el alambre.  Y entonces recordé una frase que había escrito hacía tiempo en una de esas interminables sesiones de diálisis.</p>
<p>Mi vida es una tragicomedia, lo trágico se me dio al nacer, lo cómico me lo invento. Nací con una insuficiencia renal, pero me acomodé en la  paciencia para esperar que alguien me dijera “llegó la hora de soñar”.</p>
<p>El funambulista mira a lo lejos, yo no parpadeo, hay tensión en el ambiente y  deseo que ese trayecto lo realice en breves segundos, sin embargo cuando creo que llega  al final, da la vuelta se coloca en el centro del alambre y desde allí realiza sus acrobacias. Siento el vértigo de cuando se cae al vacío, pero me siento segura. Sé que si caigo no llegaré nunca al suelo porque me acompaña el funambulista del circo.</p>
<p>Pero entonces aparece el segundo número en la pista central, se trata del  mago y sus manos mágicas de guantes blancos, siempre rodeado de sus ayudantes. Todo un tropel de profesionales, magos, ilusionistas, malabaristas&#8230;</p>
<p>Me vuelve la ilusión, noto que de nuevo la mariposa que soy, alza el vuelo, me alejo de esa luz cegadora. Desaparece la chistera con sus conejos y palomas.  El mago ya no saca monedas detrás de la oreja de un niño que está en la primera fila.</p>
<p>Y llega el malabarista, con su habilidad psicomotriz, con su precisión matemática. No deja nada al azar. Las piezas bailan en sus manos.  Se percibe el respirar acompasado de los presentes y el aire gélido del ambiente se torna cálido, noto las mejillas menos heladas  en el momento de que alguien  susurra detrás de una mascarilla:</p>
<p>-Aunque haya tenido un feliz sueño, se alegrará de despertarse.</p>
<p>* * *</p>
<p>Escucho voces, los párpados, cerrados  como un escaparate en tarde de domingo,  se abren lentamente. Veo la sonrisa de mis padres, abrazos, besos, lágrimas y hasta creo escuchar aplausos.</p>
<p>-Bueno Sofía, me prometiste contarme tu sueño. –Dice alguien cuando se tranquiliza el público.</p>
<p>Busco al que se interesa por mi sueño. Están los cirujanos, los anestesistas, las enfermeras…</p>
<p>“-Cuando me dormí, me vi de niña junto a mis padres, el primer día que fui al circo. La primera función de aquella tarde soleada, pero aún fría de primavera, en el solar de la  vieja carbonería.</p>
<p>Apareció un gran escenario, los niños iban llegando acompañados de sus padres. Nubes de algodón de azúcar, globos de colores cautivos de las manos de los niños. Mi corazón empieza a latir con fuerza cuando escucho el redoble de tambores… ha llegado el momento.</p>
<p>Se abrió el telón y apareció primero el funambulista,  me dio seguridad el verle caminar por ese alambre, yo que tantos años había andado sobre la cuerda floja… ahora se tensaba y me ayudaba a caminar hacia un futuro.</p>
<p>Sin embargo, en un momento dado, noté como mi cuerpo levitaba, pero no sentí miedo porque no veía el suelo, sólo la cuerda, bien tensada para que me agarrara a ella.”</p>
<p>Todos se pusieron de acuerdo en una carcajada. Los médicos me miraban complacidos y  sorprendidos por aquellas comparaciones.</p>
<p>-¿Y porqué pensaste en el circo? Pregunto el Dr.  Rivas, el cirujano, que con sus manos me había devuelto la ilusión de poder vivir de nuevo.</p>
<p> -Durante los años que he pasado en el hospital de forma intermitente, por alguna razón, he comparado la vida del hospital con el circo, una vida llena de emociones y al mismo tiempo una vida precedida de la lucha constante.  Porque el azar se cuela en los escenarios más inesperados, porque estoy en el lugar el que todo es posible y… porque los más bellos regalos se compran en las mejores tiendas…</p>
<p>El cirujano asintió con agrado. Se fue hacia la puerta seguido de su equipo. Antes de salir, se giraron y me sonrieron. Fue entonces cuando los reconocí sin sus trajes brillantes.</p>
<p>- ¡El funambulista!&#8230; ¡el malabarista!&#8230; y ¡sus ayudantes!&#8230;</p>
<p>- Magnífica función, Sofía- Dijo sonriendo el mago,  cerrando la puerta tras de sí.</p>
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		<title>186- Epifanía. Por Klauss P</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:21:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El sexo o la vida o la muerte eran siempre los temas de las conversaciones que Maite nunca entendía. Con un ojo pegado a la tele, dividía su atención entre su pasión cinéfila y el interés, un poco distraído, por saber de qué hablaban los adultos. De entre todas aquellas frases [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El sexo o la vida o la muerte eran siempre los temas de las conversaciones que Maite nunca entendía. Con un ojo pegado a la tele, dividía su atención entre su pasión cinéfila y el interés, un poco distraído, por saber de qué hablaban los adultos.<span id="more-1218"></span> De entre todas aquellas frases que parecían dichas en otro idioma que le sonaba vagamente pero aún no dominaba, había una que le causaba especial curiosidad, sin embargo. La realidad no es como en las películas. Esto decía su madre, interrumpiéndole siempre el visionado de las escenas de besos más románticas. Así que Maite, aún  pequeña, se preguntaba a ratos cómo sería entonces realmente aquello de darse un beso. El primero que recibió no estuvo mal, aunque comprendió que no iban a aparecer sedas vaporosas ni sonaría música de fondo. A los siguientes, ya no le importó que no fuera a haber similitud con la ficción; la pasión era mejor en persona porque era real. No volvió a pensar en ello y continuó yendo al cine durante la adolescencia a hacer manitas, dividida, siempre, entre la pantalla y su realidad. Años después comprendió, un día cualquiera, que las películas no son como la realidad porque la realidad no cabe en una película. Supo entonces que, por fin, hablaba el mismo idioma que su madre.</p>
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		<title>185- La única conferencia. Por Lupe</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:20:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Elvira no paraba de revolver todos los papeles, las tarjetas identificativas, las credenciales&#8230;y no aparecía nada. En el Apple que manejaba con soltura tampoco encontraba referencias.  Cuando él se le dirigió, lo hizo con tal apostura y gallardía, que no se atrevió a mostrarle ninguna de las dudas que sentía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Elvira no paraba de revolver todos los papeles, las tarjetas identificativas, las credenciales&#8230;y no aparecía nada. En el Apple que manejaba con soltura tampoco encontraba referencias. <span id="more-1213"></span></p>
<p>Cuando él se le dirigió, lo hizo con tal apostura y gallardía, que no se atrevió a mostrarle ninguna de las dudas que sentía o más bien, presentía sobre él. </p>
<p>Se le presentó como Víctor Ignacio Daza Alarcón. Filósofo y pensador. Catedrático emérito de la Universidad de Viena. </p>
<p>En el &#8220;VI Congreso de Filosofía, vida y muerte&#8221;, Elvira era la Directora del evento de renombre en el mundo entero. </p>
<p>Además él añadió que según estaba previamente concertado, era la suya la primera ponencia de ese día, del día en que comenzaban las sesiones. Elvira tenía que apostar todo a una única carta, o le pedía que se retirara hasta que se resolvieran todas las comprobaciones pertinentes o se dirigía al público, que ya esperaba sentado en sus cómodos sillones, inauguraba el Congreso, y pedía disculpas por cambiar el orden que estaba previsto en el tríptico informativo que tenían entre sus manos. </p>
<p>Se decidió por la segunda opción. Presentía que ella misma necesitaba escuchar al orador que de alguna forma la había abducido. </p>
<p>Elvira proyectó en la pantalla el nombre y la calificación profesional del que sería el primer ponente de aquella mañana. </p>
<p>El conferenciante subió al estrado y puso en el atril los papeles que contenían el texto de su exposición. </p>
<p>Comenzó hablando de imágenes, de las imágenes representativas de esas tres palabras que daban título al Congreso. </p>
<p>De la Filosofía o el filósofo, identificados con el sesudo loco. La muerte identificada con la vieja decrépita. ¿Y la vida?, ¿con qué la identificamos?  Lanzó la pregunta a los oyentes, pero sólo de forma retórica, no tenía la menor intención de dejar que nadie lo interrumpiera. </p>
<p>Dijo querer hablarles sobre la categorización de las personas con respecto a la bondad y maldad, conceptos en todos los ámbitos, pasados de moda, pacatos y trasnochados. No tengo intención de suavizarlos con mezclas entre ellos ni demás obviedades. Tengo totalmente realizada esta clasificación, casi estanca y aún a riesgo de sonar timorato, desfasado y absolutista, necesito difundirla: </p>
<p><em>Existen personas buenas, malas y comunes.</em><em> </em></p>
<p>Me centraré en los conceptos respectivos a tales categorías: </p>
<p>La maldad entendida como la capacidad de hacer daño gratuito al otro; no daño, sino daño gratuito. Y ratifico este calificativo, porque es lo que al daño le imprime maldad. Es la capacidad para anular la dignidad del otro. Normalmente no suele ser una conducta generalizada con todos los demás ni a lo largo de toda una vida. </p>
<p>La bondad por propia definición será la antítesis, pero sumándole otra capacidad, la capacidad de dejarse sustraer a veces la dignidad, sin resistencia, o al menos, sin férrea resistencia. </p>
<p>Y añadiría la categoría del común. Aquel humano que es malo sólo lo justo y bueno sólo lo preciso. Con alarde pantagruélico de parecer bueno, descubre la bondad por si necesita valerse de ella, sin ensañamiento, sólo rozándola y advirtiéndola. Con la maldad  no podrá ni querrá cebarse, no es su fin.</p>
<p>Algunos de sus iguales, con frecuencia le aplican la frase: &#8220;Es buena persona, pero&#8230;&#8221; No utilizará la maldad gratuita, pero es bien cierto que gracias a abundantes y prósperos episodios de bondad hacia destinatarios elegidos por él, obviará en su conciencia actuaciones menos buenas para con otros pacientes. </p>
<p>Dejamos en suspenso esta clasificación, para centrarme en otro tema cuya trama espero que al final forme con este, una urdimbre bastante clara y compacta. </p>
<p>Se trata ahora, de diferenciar la vida en la realidad y en la ficción. </p>
<p>Quiero desmontar la afirmación: &#8220;La realidad supera la ficción&#8221;. </p>
<p>Un relato, una novela, un guion, narran unos hechos de vida. Hechos donde hay actuaciones de vida, de  maldad, bondad y de personas comunes. En ellos entendemos al personaje, puede que no logremos una empatía con él, pero lo comprendemos porque conocemos los antecedentes y hasta las consecuencias de sus hechos. Y sobre todo sabemos lo que piensa y lo que siente. Entramos en él.</p>
<p>¿Cómo se puede saber eso en la vidad real? No hay ninguna fórmula, ni aún siendo el máximo confidente del protagonista del hecho.</p>
<p> Establezcamos ahora la urdimbre de ambas exposiciones. </p>
<p>Para ello, veamos ejemplos de la ficción: </p>
<p>En la película &#8220;Un tranvía llamado deseo&#8221;, entre los tres protagonistas; un matrimonio y la hermana de ella, se refleja maldad por parte del marido hacia su cuñada. Lo entendemos, aunque nos golpee,   no se trata de darle nuestro beneplácito. Hay en cambio bondad por parte de la mujer para con su hermana.. Y además entre la pareja hay bastante, de comportamiento de comunes. ¿Podríamos entender todas esas relaciones en la vida real? </p>
<p>En la cinta de &#8220;Los puentes de Madison&#8221;, de nuevo tres protagonistas, un matrimonio y el amante de ella. Vemos la relación entre estos dos últimos, dos personas comunes a las cuales entendemos y justificamos. Además sin ser personajes tan relevantes, palpamos incluso, los sentimientos de casi todos los demás, con respecto a dicha unión. ¿Se entendería esta relación en la vida sin posibilidad de saber lo que piensa y siente cada uno? Una vez más es la ficción la que muestra todos los ángulos, la vida solo los parcelaría. </p>
<p>En el libro &#8220;La soledad de los números primos&#8221;, a dos personas que después mantendrán relaciones cambiantes  y convulsas, los conocemos como personajes que son y serán así, solo por lo que fueron. ¿Cómo podemos conocer en la vida real esos antecedentes? Posibles actuaciones calificadas de bondad o maldad en la realidad, vemos que en este caso, solo son actuaciones de comunes. </p>
<p>En la novela &#8220;El último encuentro&#8221;, el protagonista pasa toda la obra preparando una conversación con otro amigo al que quiere pedirle explicaciones sobre unas actuaciones de traición e infidelidad en su juventud. Sin embargo cuando ya tiene ese último encuentro con él, no es capaz de hacerle determinadas preguntas. Conocemos todo lo que piensa, lo que le ha llevado a necesitar esa entrevista. Podemos entender cómo después de tanto énfasis en la preparación, su comportamiento último, es tan poco previsible, tanto que en la realidad rozaría lo absurdo. </p>
<p>Y ahora a la inversa veamos ejemplos de la vida real: </p>
<p>Una mujer va a estacionar su coche en batería, señalizando debidamente a la derecha. Cede antes el paso a un conductor que viene por la izquierda, cesión que este aprovecha para ocupar el hueco. Cuando la mujer que iba a realizar la maniobra se baja y le recrimina su acción, el hombre retándola, le dice que la ha visto perfectamente y que se ha aprovechado porque ha querido y podido. No hay atenuante ni explicación posible, se trata de un acto de maldad, de la vida real. ¿Qué pasaría  en la ficción?, pues que podríamos saber motivos, antecedentes, pensamientos, relaciones, y llegar quizás a entenderlo o incluso, aunque parezca imposible, ser capaces de justificarlo.  </p>
<p>Otro ejemplo de la realidad: </p>
<p>En una familia hay un miembro considerado bueno por todos, excelente. Se le dice continuamente que tiene que dejar de ser tan extremado, en especial otro de ellos, que lo aprecia bastante y que siempre le dice que tiene que aprender a decir, no. Un día este último le plantea una situación que a todas luces lo perjudica, quizás sin intención de hacerlo, pero él y su entorno más cercano, lo entienden así. El primero se atreve a manifestar su voluntad y le dice que no puede asumir el plan.A partir de ese momento, el solicitante  nunca más le hablará, y el demandado siempre se arrepentirá de haber sido capaz de decir no.¿Cómo podremos saber cómo fue el planteamiento, las preguntas las respuestas, las relaciones&#8230;? ¡Cuánto hubiéramos podido saber en la irrealidad y qué bien hubiéramos podido conocer toda la trama! </p>
<p><em>Por todo ello la ficción es la realidad, y esta es solamente una visión parcelada de ella misma.</em><em> </em></p>
<p>Los comentarios del público se iban escuchando en un murmullo inquietante. </p>
<p>Cuando decidió despedirse, el conferenciante dijo que sabía que habría controversia en moralistas, éticos, religiosos, innatistas, medioambientalistas, conductistas, etc.</p>
<p>Pero que nada de lo expuesto salía de su pensamiento, que solo se trataba de una experiencia constatada arduamente, no en vano tendrían la solución respecto a esta argumentación, uniendo las iniciales de su nombre, constituyendo así su auténtica identidad. </p>
<p>Concluyó diciendo :</p>
<p> <em>&#8220;El animal, el perro por ejemplo, ataca cuando huele la maldad. El humano es el único animal que ataca con saña o sutileza, cuando lo que huele, es la bondad. No obstante, resultará harto difícil distinguir esas categorías en la visión difusa e incompleta que nos muestra la vida&#8221; </em><em> </em></p>
<p>Bajó del estrado con paso decidido, pero lento, dirigiéndose hacia la puerta. No hubo un solo aplauso. Todos los ojos lo seguían. En el ambiente flotaba una impresión de sorpresa sobrecogedora. </p>
<p>Elvira lo siguió a unos pocos pasos. Cuando abrió la puerta que él acababa de cerrar, no pudo encontrar a nadie en el amplio horizonte a otear, que rodeaba al Palacio de Congresos. </p>
<p>Cuando retiraron los folios del atril, estaban totalmente en blanco.</p>
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		<title>184-El Comienzo. Por Buñuelo Repipi</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:19:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Era un día de finales de Febrero, y la primavera parecía entrar en mi habitación de Badajoz por momentos. Decidí salir a pasear para aprovechar que la tarde era hermosa y la temperatura más que ideal. Salí de mi piso con la llave en un bolsillo y un par de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era un día de finales de Febrero, y la primavera parecía entrar en mi habitación de Badajoz por momentos. Decidí salir a pasear para aprovechar que la tarde era hermosa y la temperatura más que ideal. Salí de mi piso con la llave en un bolsillo y un par de euros en el otro y decidí caminar sin rumbo hacia zonas poco civilizadas en las que contemplar más universo y menos humanidad.<span id="more-1208"></span></p>
<p>Miré las nubes y me quedé absorta en su belleza de tonos azulados y naranjas que parecían dibujar en el cielo una historia que hablaba de que el bien y el mal siempre han ido de la mano en la naturaleza humana… </p>
<p>Y así pasé horas, no sé cuántas, deambulando rumbo a sitios con pocos edificios donde se viera la puesta de sol con claridad, y acabé al otro lado del río.</p>
<p>Seguí mi camino de vuelta a casa y cerré los ojos para sentir el sutil aroma del bienestar cuando parece que la naturaleza y tú estéis sincronizados. </p>
<p>Aquel día, antes de volver a mi cuarto, algo había cambiado en mí. El escepticismo que tanta seguridad me confiere en ocasiones ya no era válido al sentir de una manera tan clara que el mundo había sido creado para mi disfrute con todos los sentidos.</p>
<p>Viendo la plenitud del mundo en la luz, en los niños jugando en los parques con los perros, las bicicletas y la tierra. En los colores de los que algún ser maravilloso había creado mi pequeño mundo. En las nubes caprichosas que se dibujaban y redibujaban ante mis ojos. En el suelo lleno de pequeñas criaturas haciendo sus vidas, subsistiendo en un mundo de cemento. En los árboles y todo tipo de plantas, con tantas tonalidades de verde como se pueda imaginar que, con el oxígeno que desprenden, nos regalan la vida cada día a muchos otros seres vivos.</p>
<p>Oliendo la hierba de los jardines, la colonia de las gentes que corren por la ciudad, las flores que crecen caprichosas en los arreates, la tierra mojada al pasar cerca del río.</p>
<p>Escuchando los gritos de los niños y las voces quebradas y hermosísimas de los más adultos paseando juntos su experiencia, el tráfico, el silencio roto por las aves que se cantan las unas a las otras, las gentes que hablan por el móvil: algunas riendo, otras preocupadas, otras con miedo, otras amando.</p>
<p>Sintiendo el tacto áspero de la barandilla del puente que cruza el río, las monedas que puse en mi bolsillo pasando de frías a cálidas en mi mano, el viento acariciando mi cara y mi pelo suave al recogerlo para que el sol pueda llegar también a mi cuello.</p>
<p>Saboreando un chicle de fresa gastado…saboreando esa libertad que da el poder estar en silencio y no sentirte sola; el sentir el sol entrando por los poros de tu piel, cálido, haciéndote sentir bien. </p>
<p>Con una sonrisa débil (que no me di cuenta de que estaba ahí hasta que me vi en el espejo) saqué mis apuntes con la intención de usar esa extraña y nueva alegría para algo productivo; pero al leer la segunda página me di cuenta de que necesitaba relajarme y meditar. </p>
<p>Durante mucho tiempo el hábito de encender una vela y dejar la mente en blanco era para mí algo diario e incluso de obligación para darle paz y sentido a mi vida; y aunque en los últimos tiempos perdí la costumbre ese día daba lo mismo. </p>
<p>Al meditar logré dejar por una vez todo aquello que es mundano y me preocupa, todo aquello que me produce desasosiego, esa vocecilla que continuamente me comenta lo que tengo que hacer y que mi madre decía que era mi conciencia cuando yo sabía menos y era más soñadora.</p>
<p>Conseguí dejar aparcadas mis debilidades, mis miedos, mis dudas y de repente, en ese vacío hallé algo que no esperaba encontrarme: ilusión, esperanza, una paz que superaba todo cuanto había vivido hasta ese momento…y, pese al agnosticismo que me gobierna en todos los aspectos de mi vida, supe que esa era mi manera de comunicarme con el Universo, con Dios o con mi conciencia más alta. </p>
<p>Nunca antes me había sentido tan llena; de repente ya no tenía que buscar mi sitio en el mundo, ni alguien para comer en la facultad, ni un plan para no aburrirme hoy porque todos los días encontraba algo que hacer, alguien que me enseñara algo, alguien a quien ayudar y una razón nueva para vivir plenamente. Al mirar a una persona a los ojos instintivamente ya sabía cómo se sentía y qué necesitaba, y siempre que podía intentaba dárselo.</p>
<p>La paz y la sencillez abrieron mis ojos para poder observar así que todos nos influimos los unos a los otros por el mero hecho de ser humanos; que hay personas en el mundo que llevan pesadas cargas en sus hombros y necesitan hablar de ello, otras sufren en un silencio que les lleva a la soledad, otras dependen de otros de tal manera que no viven para ellos mismos y hay personas que son increíble y fascinantemente fuertes, y pueden ayudar a cualquiera que se les arrime lo más mínimo.</p>
<p>Todos los casos que he mencionado son solamente una pequeña representación de las vidas de las personas de este planeta. La Tierra está en continua evolución y nosotros, como hijos de ella que somos, toda la vida pasamos por distintos momentos y evolucionamos a nuestro propio compás. </p>
<p>Todo aquello que sentí estando embebida del amor y de la vida me ayudó a seguir forjándome como persona: me abrió la mente. Los juicios de valor que solía hacer ya no tenían sentido para mí, y mi manera de ser se suavizó, así todo aquel que tratara conmigo se volvía más dulce también, y siempre me sentía tranquila y protegida de valoraciones negativas (que tanto me habían importado en días pasados). Daba igual con quien hablara, charlar sosegadamente era como un bálsamo para esa persona, contagiándose de un aura de paz. </p>
<p>Otra cosa que cambió en mí fue la vergüenza… ya no la tenía. Me daba igual devolver el saludo a los niños del jardín de infancia de un colegio, o canturrear por la calle pese a saber que otros me oían, o decirle a una señora que llevaba la etiqueta de la camiseta por fuera. No me importaba lo que otros pensaran o dijeran. Mi mente hacía oídos sordos sin consultarme. </p>
<p>Suena tan bello… fue tan hermoso… tal vez si alguien me hubiese explicado que la esquizofrenia la mayoría de las veces no tiene que ver con ser agresivo, solo tal vez hubiera sabido qué estaba empezando a sucederme. Quizás hubiera frenado mi delirio en el momento justo y apenas hubiera necesitado medicación.</p>
<p>Pese a que puedo hacer una vida normal, cuando digo que soy esquizofrénica no quieren contratarme; y mis amigos no han vuelto a tratarme de la misma manera, parece que no quieran contrariarme. </p>
<p>Aunque ya no me siento embebida por él, sigo creyendo que hay algo más grande que yo, y a ese “algo” le rezo cada noche porque mi familia no se preocupe tanto por mí, porque no vuelva a tener un brote, y porque la información sobre las enfermedades mentales mejore en este país. Somos personas normales, algunos necesitamos tratamiento y otros no, pero merecemos que vean más allá del título terrible de “loco”. </p>
<p>Sigo ayudando a todos los que puedo; muchos ni siquiera saben que tengo una enfermedad, y sueño con un mundo sin marcas ni títulos: una sociedad hecha de personas.</p>
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		<title>183- Irito. Por Nota.Ría</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:14:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mi nombre es Irito y esta es una historia cualquiera. Todo comenzó el día en que soñé con un terremoto y recibí un llamado nocturno preguntando por un tal Juan quien, según el desconocido interlocutor, debía una gran suma de dinero. Las palabras exactas fueron: si me dices que Juan no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi nombre es Irito y esta es una historia cualquiera. Todo comenzó el día en que soñé con un terremoto y recibí un llamado nocturno preguntando por un tal Juan quien, según el desconocido interlocutor, debía una gran suma de dinero.<span id="more-1203"></span> Las palabras exactas fueron: si me dices que Juan no vive allí me matas. Dije la verdad: Juan no vive aquí, y escuché el golpe seco de un cuerpo sobre el suelo, luego un murmullo de personas preocupadas, y los llamados desde móviles a emergencias fueron el último eco antes del tono ocupado al cortarse la llamada. Y seguí durmiendo con placidez.</p>
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		<title>182- Encontrar un destino. Por Zelda Moon</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:06:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Finalistas del Jurado]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[En el escaparate hay absolutamente de todo. Arena de playa, palmeras de pórex, barcos hechos con piezas de lego, sombrillitas de papel, hamacas de cáñamo. En el imaginario común el paraíso siempre está representado con los mismos elementos, siempre. Y en él, la camisa de flores y el bikini forman parte [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el escaparate hay absolutamente de todo. Arena de playa, palmeras de pórex, barcos hechos con piezas de lego, sombrillitas de papel, hamacas de cáñamo. En el imaginario común el paraíso siempre está representado con los mismos elementos, siempre.<span id="more-1198"></span> Y en él, la camisa de flores y el bikini forman parte de una realidad infinita. Me he parado delante del escaparate por varios motivos. El principal de ellos es que no sé que hacer para no pensar en ti. Y el secundario supongo que está relacionado con mis ganas desesperadas de ser feliz. Y este escaparate es como un bote de cristal que contiene todo aquello asociado al campo semántico felicidad. Aunque yo sea más de montaña que de playa y las palmeras me importen una mierda. El que la felicidad nunca esté representada por unas chirucas o una tienda de campaña supongo que ya es otro tema. Otro motivo es el que hay un hombre, el dependiente, haciendo dibujos con un rastrillo en la arena. Y eso me parece de un escaparatismo tan avanzado que me impulsa a entrar.</p>
<p>Me siento en una silla de plástico blanco de esas baratas y me distraigo con pósters que anuncian packs de auténtico ensueño. El hombre deja de juguetear con la arena para atenderme con la seriedad propia de un doctor. Tiene los ojos grandes como un cocodrilo, y una arrugas muy finas en la comisura de los labios que hacen que parezca que lleve toda la vida riéndose de lo lindo. Se sienta encima de la mesa en lugar de hacerlo en la silla como en una demostración de cercanía y me clava la mirada. Entonces me pregunta mi nombre y me dice el suyo, la cual cosa me parece extraña porque en las tiendas nunca nadie te hace preguntas personales.</p>
<p>-         <em>Marcos</em>.</p>
<p>-         <em>Dora</em>.</p>
<p>-         <em>Bonito nombre</em>.</p>
<p>-         <em>Gracias</em>.</p>
<p>También me pregunta los motivos de mi visita y antes de que me atreva a contestar me da los suyos. Parece que Marcos es de los que se anticipa.</p>
<p>-         <em>Éste no es mi puesto habitual. Estoy cubriendo una baja. Mi especialidad son los viajes a África. Pero cuéntame tu</em>.</p>
<p>-         <em> En realidad…</em></p>
<p>En realidad yo no puedo hacer ningún viaje, sólo necesito pasar una tarde de proyección, de distracción. En realidad, no soy de esa clase de personas que contratan los servicios de una agencia de viajes. En realidad, soy una oficinista con todas las vacaciones de este año agotadas. En realidad, he entrado por el rastrillo en la arena pero a un nivel más profundo no sé que coño hago aquí. Pero cómo le explico esto a Marcos que me observa en silencio, con la atención de un lince. Marcos me recuerda a todos los animales del mundo y a su manera, empieza a resultarme atractivo. Por eso decido que no pienso decepcionarlo.</p>
<p>-         <em>… aún no sé cuando podré hacer vacaciones.</em></p>
<p>-         <em> Bueno, no importa. Primero lo que tenemos que hacer es centrarnos en el destino. A algún sitio habrás pensado ir…</em></p>
<p>-         <em>Hombre, hay tantos…</em></p>
<p>Marcos es de esas personas que no vacilan. Si por él fuera, la conversación se desarrollaría a un ritmo vertiginoso, casi de concurso televisivo. En cambio, yo tiendo al titubeo, al pensar lento. Pero él se apresura a rellenar los huecos, a no dejar paso al decaimiento. En su mundo, la curva siempre es ascendente.</p>
<p>-         <em>Primero tenemos que pensar en el tipo de vacaciones que te gustan.</em></p>
<p>-         <em>Ya.</em></p>
<p>-         <em>Lo haremos más fácil. ¿Aventurera o doméstica?</em></p>
<p>-         <em>Mmm… ¿Depende de la época del año?</em></p>
<p>-         <em>En verano.</em></p>
<p>-         <em>¿Aventurera…?</em></p>
<p>Nunca se me hubiera ocurrido la idea de definirme como aventurera. Básicamente porque no lo soy. Pero ya es demasiado tarde para rectificar y eso hace que nuestra relación, des de un principio, ya se base en una mentira. Y eso definitivamente es un peligro.</p>
<p>-         <em>Bien, Dora, bien. Puede que sea el hombre que necesitas.</em></p>
<p>En eso tiene razón y siento que empezamos a entendernos. Le sonrío en señal de aprobación y él asiente.</p>
<p>-         <em>¿Conoces África?</em></p>
<p>-         <em>No.</em></p>
<p>-         <em>África es la madre tierra. África lo es todo. África significa.</em></p>
<p>-         <em>¿Significa?</em></p>
<p>-         <em>El ser humano significa, toma sentido.</em></p>
<p>Marcos suelta palabras y luego se detiene para medir los efectos que provocan. Y a mi me parece que me van a medida, aunque luego me pregunto si siempre serán las mismas, si todos los que entramos en este templo del viaje deseamos oír lo mismo. Pero me da igual, ya hace rato que estoy vendida a su equipo.</p>
<p>-         <em>¿Sabes? Puede que no esté preparada. </em></p>
<p>-         <em>Querer es poder. </em></p>
<p>Me alegra saber que Marcos es de esa clase de personas que utiliza frases populares al hablar. No sé porqué pero me da confianza.</p>
<p>-         <em>Es cuestión de metas, de propósitos, de retos. Estás preparada para ir a África y mucho más. Eso te lo digo yo.</em></p>
<p>En estos tiempos de despersonalización que un desconocido te mire con ojos de cocodrilo para decirte que cree en ti es motivo suficiente para querer abrazarle y no soltarle nunca más. Pero me contengo.</p>
<p>-         <em>Solo tienes que decidir qué tipo de viaje quieres hacer. Y también es verdad que los viajes de placer de toda la vida son una opción no descartable. </em></p>
<p>En esto último percibo un deje de desprecio, muy sutil, como los rayos ultravioleta, no se perciben pero dañan. </p>
<p>-         <em>A mí lo que me parece es que las experiencias fuertes te pueden interesar.</em></p>
<p>Aquí me sonrojo como una estúpida y me doy cuenta de que he empezado a creerme que me embarco en un viaje. Y sospecho que ahora es Marcos el que ya ha descubierto que no tengo ninguna intención de viajar. Es un mago en tejer telas de arañas, en identificar a sus presas y darles todo lo que ellas quieren. Estoy segura que la mayoría de mujeres que entran aquí acaban queriéndose casar con él.</p>
<p>-         <em>Claro que me interesan. Sólo que no sé si es el momento. </em></p>
<p>-         <em>Si pensamos mucho, nunca es el momento para nada, nunca los factores convergen en una situación perfecta. Porque ésta no existe, es totalmente imaginaria. </em></p>
<p>Marcos muestra una capacidad asombrosa para emitir verdades universales en una agencia de viajes. Con la mirada perdida le da vueltas a la bola del mundo de madera que reposa en su mesa.</p>
<p>-         <em>¿Sabes cuál es mi juego preferido?</em></p>
<p>No le contesto porque me parece una pregunta retórica. Sólo hago un movimiento leve de cabeza, hacia un lado.</p>
<p>-         <em>Darle vueltas a esta bola y poner mi dedo en un punto, al azar, con los ojos cerrados. Cuando la bola se detiene, mi dedo apunta un país. Y así encuentro el destino. La de países que he conocido a los que nunca habría pensado ir. </em></p>
<p>-         <em>Yo una vez hice eso de ir al aeropuerto y embarcarme en el vuelo más barato. Resultó ser a Valencia.</em></p>
<p>A Marcos se le escapa la risa pero disimula muy bien.                 </p>
<p>-                       <em>También te podemos someter a lo que aquí llamamos el test. Sirve para encontrar tu paraíso particular. </em></p>
<p>-                       <em>No me gustan los tests. La opción que escogería nunca aparece. Soy un tanto compleja. </em></p>
<p>-                       <em>Piensa que al final, todos respondemos a un arquetipo.</em></p>
<p>Percibo como Marcos se crece ante el reto de una cliente difícil, no acierta conmigo y bucea entre lo personal y lo profesional. No sé porqué decido sincerarme si ni siquiera voy a realizar este viaje. Pero ya es demasiado tarde, en situaciones tensas hablo más de la cuenta y mi imaginación ya hace rato que se ha disparado.</p>
<p>-         <em>No quiero viajar sola. </em></p>
<p>-         <em>Hay viajes organizados. En grupos afines a tus gustos.</em></p>
<p>-         <em>Nunca podría hacer eso.</em></p>
<p>-         <em>Sabía que eras de las mías.</em></p>
<p>Estoy a punto de decirle que le agradecería que dejara de ponerme en su saco, que me pone nerviosa, que me seduce sin que no se dé ni cuenta. En lugar de eso, opto por todo lo contrario.</p>
<p>-                                                                                                                               <em>De acuerdo, quiero ir a África. </em></p>
<p>Y lo digo por decir, lo digo por él, lo digo por verle sonreír, lo digo por hacerle feliz. Y a pesar de que haya reunido todas mis fuerzas para ser lo más convincente posible, Marcos me mira incrédulo.</p>
<p>-                                                                                                                               <em>¿Estás segura? No quiero que hagas nada que no sientas. </em></p>
<p>Ahora lo que quiero es preguntarle que porque habla así, si es de verdad que se preocupa por mí. Y expresarle mi profundo deseo de ser distinta al resto de sus clientes.</p>
<p>-                                                                                                                               <em>Y quiero ir contigo. </em></p>
<p>Esto no estoy segura de si lo llego a decir porque creo que mis labios apenas se mueven y porque el rostro de Marcos permanece impertérrito. Solo oigo que traga saliva.</p>
<p>-                                                                                                                               <em>¿Quieres pensarlo mejor y regresar en unos días? No es una decisión trivial. Puedo recomendarte unas lecturas. </em></p>
<p>Marcos controla los tiempos, las pausas, la distribución de la información. Me alarga su tarjeta en la que dibuja un círculo rojo sobre su número telefónico.</p>
<p>-                                                                                                                               <em>Llámame, a cualquier hora, encontraremos tu destino.</em><strong></strong></p>
<p>Segundos después, encajamos las manos y el calor que transmite es superior a lo que se espera de un vendedor. Detrás de mí una señora de mediana edad con perfume concentrado de flores espera su turno para sentarse en la silla de plástico blanco. Me pregunto de que destinos hablarán y descartar África por razones obvias me produce una pequeña victoria. Una vez en la calle pienso que es probable que no vuelva a ver a Marcos y que tampoco viaje al África o si lo hago sea en un safari para la tercera edad. Lo que decido es guardar para Marcos un profundo agradecimiento. No es fácil encontrar a personas que sepan tomarse la vida tan en serio.</p>
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		<title>181- Tres cartas al fracaso. Por Antorail</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 21:00:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Él Han sido tantos años juntos que no se ni siquiera como comenzar este escrito. Primeramente decirte que lo siento, siento todo lo que he hecho mal en estos veinticinco años, todo lo que no salió bien, todo lo que no mejoré y en todo lo que te he fallado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Él</strong></p>
<p>Han sido tantos años juntos que no se ni siquiera como comenzar este escrito. <span id="more-1193"></span>Primeramente decirte que lo siento, siento todo lo que he hecho mal en estos veinticinco años, todo lo que no salió bien, todo lo que no mejoré y en todo lo que te he fallado o, por lo menos, esperabas algo más de mi. Ahora todo se acabó, todo lo que habíamos forjado con tiempo, con dinero, con salud y con un amor incondicional se ha ido al traste… para siempre. ¿Y ahora qué? Es la pregunta que recorre mi mente cada segundo. ¿Dónde quedarán los besos que nos hemos dado, las caricias vespertinas que preparaba para ti, que surcaban tu cuerpo desnudo?… ahora ¿qué será de mí sin mi compañera, mi mejor amiga, mi alma gemela? Es curioso como el ser humano puede llegar a ser tan egoísta, como espera a que lleguen estos momentos para preocuparse por si mismo, por el qué será de su vida, qué pasará a partir de ahora con él. No creas que no pienso en ti, lo que pasa es que se que tú encajas mejor los golpes que yo, que tú mi amor, puedes salir a la calle y cualquiera con dos dedos de frente se quedaría irremediablemente prendado de ti, en mi caso, lo dudo más.</p>
<p>Pero últimamente no es el qué pasará conmigo lo que más me preocupa, no es el futuro de lo que estoy más pendiente, sino del pasado. Ahora vienen a mi cabeza todos esos momentos que hemos vivido, todos los innumerables recuerdos que se me habían quedado ahí, escondidos en algún rincón del cerebro y que ahora que no estás, han salido de su escondite para invadir mi cabeza sin dejar lugar para nada más. Son muchas cosas que no volverán, que se quedarán en nuestras mentes y de las que no habrá más constancia que nosotros. La cara que tenías cuando la enfermera puso a nuestro hijo en tus brazos, como caían las lágrimas por tu mejilla. El olor de tu pelo cuando salías de la ducha, las miradas que en la oscuridad nos dábamos tras hacer el amor, y que, a pesar de no haber ni un ápice de luz, ambos sabíamos que los ojos del otro se clavaban en los nuestros. Recuerdo los momentos felices y los no tan felices, los de la carcajada fácil y los de las lágrima viva. Momentos que jamás volverán a aparecer porque tú te has ido, porque no hemos sabido conservar lo que un día hubo, porque prestamos más atención al resto del mundo que a lo que nosotros sentíamos. Ahora, bajo el prisma de la soledad, del haberlo hecho todo mal, me acuerdo de ti. Se que no volverás, que todo lo que escriba en esta página será en vano porque, lo más probable, es que ni consiga reunir el valor necesario para mandártela. Ahora me doy cuenta de que tuvimos que haber cedido, que debimos habernos guardado el orgullo y pensar en que una relación no sólo se sustenta en un amor irracional, sino en la confianza y en el compañerismo eterno y eso únicamente se consigue con paciencia, constancia y trabajo. Por eso ahora fracasan uno de cada dos matrimonios, por falta de esfuerzo. Nos dedicamos a enamorarnos irresponsablemente, sin darnos cuenta de que necesitamos un coraje y un esfuerzo sobrehumano para que esto funcione, que todo no se basa en el amor. Una lección que aprendimos tarde.</p>
<p>Así que te deseo la mayor felicidad posible. Realmente lo hago. Deseo de corazón que tus disfrutes de tus días lo máximo posible durante los próximos años. Yo quedo aquí, rodeado por estas paredes que se me hacen eternas sin ti y sin los niños. Ahora tengo la paz que desee tantas veces y es también ahora cuando no puedo evitar desear con todas mis fuerzas que la guerra vuelva a estallar. Os echo tanto de menos que tengo que recurrir a esto, a plasmar sobre un papel el garabato de mi vida, con la esperanza que de así mi congoja disminuya, que todo se haga un poco más tenue, a veces lo consigo, a veces no. Vuelvo a mi soledad, a mis noches de pesadillas y recuerdos y lo hago con el temor de que poco a poco se vayan borrando. Cualquier otro lo desearía con la mayor de las fuerzas, yo no paro de pensar que será de mi cuando ya deje de visualizar los que sin duda han sido lo mejores años de mi vida.</p>
<p>Te quiero, has sido la mujer de mi vida, de una vida que ya no volverá a estar completa sin ti, pero supongo que para que llegue a comprenderlo todavía han de pasar muchos años.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Ella</strong></p>
<p>Todo ha pasado tan despacio y a la vez tan deprisa. Son tantos años que una se siente extrañada de comenzar una vida sin ti, sin volver a levantarme cada día a tu lado… pero debe ser así. Ahora me despierto pensando qué hicimos mal, cómo conseguimos llegar a este punto de nuestras vidas en que hemos conseguido tirar todo por la borda, todo el trabajo realizado, todo el esfuerzo que nos había costado. Me pregunto si la pasión se fue poco a poco o la descuidamos nosotros, si la confianza que habíamos fortalecido con el paso de los días se fue a al traste con la primera mentira o con la primera media verdad. Fue cuando comenzamos a esconder pequeñas cosas, cuando comenzamos a ver que nuestra vida se atrancaba en la monotonía diaria de un matrimonio que, irremediablemente, se ha de estancar. O acaso ¿no es eso el matrimonio? Debimos pensar que siempre sería como al principio, que los besos y las caricias jamás concluirían y si lo hicieron, no se quien tuvo la culpa, pero se esfumaron. Supongo que como en la historia nadie tuvo la culpa y a la vez, ambos la tuvimos. Que ambos nos dejamos, que pensamos que ya habíamos conseguido asentarnos y que no merecía la pena seguir remando y ese fue el gran error. Siempre hay que seguir remando. Porque el descuidar cualquier cosa lleva irremediablemente a su deterioro, a que ya no sea todo lo bueno que debería. Y eso nos ha pasado.</p>
<p>He pasado contigo los mejores años de mi vida, hemos traído al mundo a un niño increíble al que hemos visto crecer, madurar y que ahora dejamos que comience a autorrealizarse también, con la esperanza de que no cometa los mismo errores que cometimos nosotros, de que comprenda las enseñanzas que le hemos intentado inculcar como buenamente hemos podido, con mayor o menor éxito. Y nada más. Comienza otra etapa de nuestras vidas, algo distinto que no sabrá igual sin ti pero que era irremediable que sucediese. Siempre nos quedará la duda de si hicimos lo correcto o si tendríamos que haber luchado más. Es algo que constantemente nos corroerá por dentro y que jamás sabremos. Sólo ruego para que tú estés bien y que yo encuentre la felicidad que en tantos momentos viví junto a ti. Muchas gracias por todo, siempre estarás presente en mi corazón. Cuídate y, por favor, se feliz</p>
<p><strong>él</strong></p>
<p>Creo que soy el mayor perjudicado, suena egoísta pero creo firmemente que es así. Vosotros habéis vivido vuestra vida, habéis jugado vuestras cartas y habéis perdido la partida. Pero como en toda partida cuando se juega algo, hay más gente perjudicada, yo soy uno de ellos. He crecido con los dos a mi lado, enseñándome todo lo que se, os he visto felices y tristes, apasionados y distantes, pero siempre enamorados. Fue ese sentimiento el que me cautivó, el que me llevó a querer algo similar para mi, el saber que existe un sentimiento que te obnubila, que te teletransporta a un mundo donde los problemas se evaden, no existen quizás. Creí en el amor porque vosotros me lo habíais enseñado como creo en Dios porque vosotros me habéis instruido en su bondad infinita. He buscado entre muchas mujeres ese sentimiento de compañerismo eterno en el que olvidas tus diferencias para fortalecer vuestros puntos de unión, en el que intentas amoldarte a los gustos de otra persona única y exclusivamente por amor, por ese sentimiento mágico que parece estar desapareciendo y que ahora se ha esfumado. Y digo yo ¿y ahora que será de mi? No me refiero al concepto más material de la expresión, ni siquiera a si me seguiréis queriendo o no, eso lo tengo por seguro que será así. Me refiero a qué pensaré ahora cuando una mujer se acerque, me enamore y quiera formalizar algo en lo que ya no creo. Que será de mi condenado a una vida de soledad al ver que el amor más importante de mi vida, el vuestro, se ha ido al traste por completo. No os culpo, entiendo perfectamente que tenéis que ser felices, que debéis vivir vuestra vida lo mejor posible, al fin y al cabo es vuestra, no mía. Pero quiero que me entendáis cuando lloro por las noches en mi cama, cuando me despierto desanimado cada mañana al ver que mis padres, las dos personas más importantes de mi vida, se han separado, se han dejado de querer, han perdido ese sentimiento que creía inquebrantable. Ahora ya nada es igual, para mí desde luego que no. He perdido lo único que creía que jamás me podían arrebatar: la fe ciega ante el sentimiento más imponente del universo, el amor. Ya nada será igual, jamás podría serlo.</p>
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		<title>180- La florista. Por María Amenedo</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 20:57:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[  Aquella tarde de domingo, el cielo estaba plomizo y el aire enrarecido por el sofocante calor, como casi siempre. Mis amigos y yo jugábamos al fútbol en la plaza del pueblo, si es que a aquella superficie arenosa y tosca podía llamarse plaza y si es que a aquellas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>  Aquella tarde de domingo, el cielo estaba plomizo y el aire enrarecido por el sofocante calor, como casi siempre. Mis amigos y yo jugábamos al fútbol en la plaza del pueblo, si es que a aquella superficie arenosa y tosca podía llamarse plaza y si es que a aquellas casas de adobe construidas sin orden ni concierto, podía llamarse pueblo.<span id="more-1188"></span></p>
<p>Años atrás, cuando se descubrió el yacimiento y se construyó la mina, cientos de familias en busca de trabajo nos asentamos en medio de la nada y levantamos aquel poblado. Allí seguíamos desde entonces y allí seguiríamos mientras la mina continuara dándonos de comer.</p>
<p>Nuestra existencia era tranquila, tal vez demasiado. Jamás pasaba nada, ninguna novedad, ni buena ni mala, turbaba aquella paz no buscada que a aveces pesaba sobre nosotros como una losa imposible de sacarnos de encima. Pero nadie osaba protestar, nadie comentaba nada al respecto ni se le ocurría sacar al pueblo de la rutina de la manera que fuera. Los hombres tenían trabajo y aquello debía ser suficiente, era suficiente y por ello teníamos que limitarnos a vivir, así, sin más. Ni que decir tiene pues que su aparición resultó todo un acontecimiento que revolucionó la tranquilidad casi artificial en medio de la cual nos habíamos asentado.</p>
<p>Se dejó ver por vez primera aquella tarde de fútbol y calor, a lomos de un jumento famélico cuyas patas parecían a punto de doblarse definitivamente a cada paso que daban. A las leguas se veía que apenas podía soportar el peso de la mujer y de las dos enormes alforjas que coronaban ambos lados de su viejo lomo.</p>
<p>Condujo el burro a la esquina donde estaba lo que un día pretendió ser una fuente sin conseguirlo, pues jamás brotó de ella ni la más diminuta gota de agua. Allí se bajó del animal y vació las alforjas como si nada, con gesto natural, bajo nuestras miradas infantiles que la observaban entre asombradas e inquisidoras y más cuando nos percatamos de la mercancía que portaba, que no era otra que flores, ramos, macetas, montones de flores increíblemente frescas que dispuso cuidadosamente sobre el suelo pedregoso. Sólo cuando terminó de colocarlas se sentó en una desvencijada silla y allí se quedó, mirando sus flores, tocándolas, mimándolas, incluso hablándoles como si entendieran sus murmullos.</p>
<p>Pronto se corrió la voz de que en la plaza del pueblo se había asentado una florista, y las mujeres, ávidas de emociones que trajeran un poco de alegría a su hastiada vida, se asomaban a las ventanas de sus casas con curiosidad; y los hombres, de regreso de la mina, la observaban desde lejos murmurando sabe dios qué cosas.</p>
<p>Tuvieron que pasar unos días para que todos venciéramos nuestras reticencias y nos acercáramos a ella, que a pesar de que no vendía absolutamente nada de su mercancía, no cejaba en su empeño de regresar todas las mañanas a su esquina con su jumento y sus flores. Yo mismo me acerqué y le pregunté su nombre. Me miró y me sonrió.</p>
<p>-Puedes llamarme Rosa, o Azucena, incluso hay algunos que me llaman Jazmín, elige el que más te guste.</p>
<p>-Pero todo el mundo tiene un nombre – insistí – seguro que tú también tienes uno.</p>
<p>-¿Importa acaso el nombre que tengamos? Tú te llamas Daniel, es un nombre muy bonito, pero aunque tu nombre fuera el más feo del mundo seguirías siendo un buen chico y eso es lo que importa, el interior, no la envoltura.</p>
<p>Me sorprendió que supiese mi nombre sin que nadie se lo hubiera dicho y sobre todo aquella afirmación ante la que no pude dejar de pensar que tenía razón. Fue así que llegué a la conclusión de que aquella extraña mujer era una sabia y así hice correr la voz por el pueblo. No sé si fue por eso o por otra cosa, el caso es que al día siguiente, todas las mujeres se acercaron a ella, interesándose por su colorida mercancía y ella, generosa, les regalaba a cada una un ramito de sus flores preferidas y un consejo que no dejaba de asombrarlas.</p>
<p>-Claudia, debes cuidar tu salud, últimamente no andas muy bien de esas molestias en el estómago y eso es porque comes demasiado. Lidia, tú a quien debes cuidar es a tu esposo, él te quiere, no seas tan cruel con él. María no pienses más en marcharte, aquí estáis bien, tu marido tiene trabajo y tus hijos comida que llevarse a la boca a diario, piensa en todo que lo tuviste que sufrir para llegar hasta aquí&#8230;</p>
<p>A cada una le dirigía la palabra precisa, el consejo adecuado y les regalaba un ramito de petunias, o de violetas, o de rosas. No quería nada a cambio, ni siquiera unas míseras monedas, decía que no estaba allí para conseguir dinero, sino para traernos lo que nos faltaba, sin precisar más.</p>
<p>Un día no se presentó y el desconcierto reinó entre la pequeña población. Todos nos preguntamos qué podía haberle ocurrido, acostumbrados como ya estábamos a verla aparecer todas las mañanas procedente del terreno desértico que nos rodeaba y que no conducía a ninguna parte. Pero eso ya nos daba lo mismo, daba igual de dónde viniera, el caso es que viniera. Y lo hizo al día siguiente, para nuestro alivio. Nos pidió disculpas por sus ausencia, y se justificó diciendo que había tenido que ir a buscar nuevas mercancías allende los mares. ¿Allende los mares? Pero si el mar estaba muy lejos, tanto que ninguno de los que vivíamos allí lo habíamos visto jamás ni pensábamos en ello. Sólo cuando la vimos vaciar las alforjas de su asno se nos olvidaron esas cuestiones que ella consideraba vanas. Traía telas, telas de diferentes texturas y de llamativos colores que minutos más tarde repartía entre las mujeres para que se hicieran vestidos nuevos. A cada una le ofrecía un retal con la consabida flor y a todas les prometió enseñar el difícil arte de la costura para que pudieran hacerse las más bellas ropas.</p>
<p>Otro día llegó con libros, montones de libros que prestaba a mujeres, hombres y niños aduciendo que en ellos se guardaba el mayor tesoro que todos podíamos tener y un domingo trajo a su lado a un hombrecillo extraño, con apariencia más bien de gnomo que de ser humano, el cual portaba un rarísimo instrumento del cual brotaban las notas más armoniosas. La florista animó a todos a bailar al son de aquella música y desde esa tarde, todos los domingos nuestros padres se reunían en la plaza y se divertían danzando, o simplemente escuchando las notas maravillosas que parecían surcar el aire con suavidad.</p>
<p>La florista, poco a poco, se fue convirtiendo en alguien imprescindible en nuestro tranquilo poblado que, aunque seguía siendo tranquilo, por fin emanaba de sus calles y de sus gentes la vital alegría que siempre desearon.</p>
<p>Un día nos dimos cuenta de todo lo que había cambiado desde su llegada, vivíamos de otra manera, teníamos más cosas que hacer, más en lo que pensar, éramos&#8230;..más felices y, en agradecimiento, los hombres decidieron levantarle una pequeña casita de adobe para que se quedara para siempre entre nosotros. Mas cuando escuchó la propuesta la rehusó amablemente y nos dijo que su misión allí había terminado.</p>
<p>-Debo irme a otro lugar, a ofrecerles todo lo que os he ofrecido a vosotros y que habéis aceptado y aprendido a valorar. Esa ha sido mi mayor satisfacción, haberos traído la felicidad, esa felicidad que sólo se encuentra en las pequeñas cosas de cada día. Me voy, pero no os preocupéis, os llevaré siempre en mi corazón y os dejaré un recuerdo para que tampoco vosotros os olvidéis nunca de mi.</p>
<p>A la mañana siguiente ya no apareció. Asombrados pudimos ver que de la fuente seca de la plaza brotaba un abundante chorro de agua y que un precioso rosal de rosas amarillas la abrazaba.</p>
<p>Cuando por cualquier causa las preocupaciones nos atosigan no tenemos más que volver la vista hacía ese recuerdo que la florista nos dejó y entonces volvemos a escuchar sus palabras: la felicidad está en las cosas pequeñas de casa día., en ese generoso chorro de agua, o en esas vistosas rosas amarillas.</p>
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		<title>179- Danza Contemporánea. Por Noski</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 20:53:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Finalistas del Jurado]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre digo que a veces conviene imaginar calamidades. Cavilar desgracias para que no te ocurran. Es una teoría novedosa de la neuropsiquiatría. Algo que funciona a nivel del córtex cerebral. Algún puñado de neuronas interactiva con el recuerdo, incluso con el más lejano. Quizá la ilusión para los enfermos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre digo que a veces conviene imaginar calamidades. Cavilar desgracias para que no te ocurran. Es una teoría novedosa de la neuropsiquiatría. Algo que funciona a nivel del córtex cerebral. Algún puñado de neuronas interactiva con el recuerdo, incluso con el más lejano. Quizá la ilusión para los enfermos de Alzheimer.<span id="more-1183"></span> Yo, que soy de ciencias puras, lo había olvidado y a punto estuve de acabar como la señora Ingalls de La casa de la pradera. Sucedió un día amable de inicios de verano. Seis años sin vernos, y tuvo que aparecer de sopetón cuando menos lo esperaba. Creo que me quedé sin tensión ni eritrocitos, no había más que observar la palidez gótica de mi cara. Para evitar que el sol me zurrara, había decidido caminar bajo el tejadillo medio devorado del edificio de correos cuando lo vi: alto y delgado, con un pañuelo anudado a la frente como los vietnamitas de Apocalypse now, niqui rosa muy desbocado y pantalones piratas ajustados, perfilando nalgas y muslos. Se dirigía recto hacia mí como un tren expreso fuera de control. Quizá fuera el aire que me acariciaba la nuez, o tal vez que mi saliva requería ya la ayuda del sintrom para no coagularse. Pero lo cierto es que tuve que estirar el cuello para poder tragar. Hola Alicia, me dijo con el mismo timbre de voz que aún recordaba de la última vez. Luego puso una pierna delante de la otra, llenó el pecho de oxígeno hasta lograr que los pezones bajo el niqui pareciesen tatuados en relieve y colocó la bolsa delante de mis narices como diciéndome que algo había cambiado. Ropajes y figura de pasarela para un tipo inquietante. </p>
<p>— ¿Te has enrollado con el deporte?—le pregunté.</p>
<p>—Danza contemporánea—contestó veloz, con el detalle de esconder el estómago como si fuera un ventrílocuo </p>
<p>No había elección, el guardaespaldas (Rony, el niño de mi hermana Adela) tenía fiesta aquel sábado. Tocaba a los abuelos hacer de canguros. Podía haber corrido o podía haber dicho que me esperaba mi jefe, pero no se por qué, volví a las andadas. ¿Curiosidad? ¿Y si se ponía demasiado fanfarrón? Seguía teniendo la misma parsimonia y chulería que entonces aunque con diez kilos menos. Repetía los silencios que me hacían sentir como la mosca epiléptica de Kafka. El sex-appeal de su mirada que no dejaba resquicio ni posibilidad de enfrentarla, ni siquiera de reojo. Estaba más guapo ahora con esos kilitos menos, y lo peor era que él lo certificaba con sus gestos incesantes. El hábito no hace al monje, pensé. Las mujeres somos así de cándidas, nos vuelven locas la piel y los ojos, y enseguida recurrimos a estúpidas comparaciones: Bisbal, Beckham, el viejo Dean…. </p>
<p>—Terapia o distracción ¿Dejaste los ordenadores?</p>
<p>—Es enteramente mi vida. Al fin conseguí dar con mi verdadera pasión. Música simbolista y liberación corporal. La revolución. Vanguardias aproximándose al puro arte conceptual. Tanztheater. </p>
<p>Mierda y más mierda, dije para mí. Ya estamos como antaño. Sin apenas darme cuenta me había metido en un lodazal de alquitrán. No sé las veces que me había prometido no hablarle si llegábamos a vernos. Solo mirarle. Y si hablaba no contestar. Era otro de mis tendones de Aquiles (con los hombres tenía varios): su dicción, su pulcritud en el hablar, la modulación de sus palabras lanzadas como una red de cazar palomas a voleo. Pero lo de ahora…. Lo del tanztheater ese había sido una pasada. De pronto sentí humedad en la entrepierna. El calor y la tensión han activado las glándulas sudoríparas, pensé mientras notaba un estremecimiento hacia la vulva, será que por ahí abajo estoy llena de esas cosas que enseguida empiezan a sudar. Pedirle que me tradujera la palabreja hubiera supuesto meterme en una madriguera atiborrada de víboras, así que decidí que no haría tonterías. A lo más le hablaría de mí y de mi vida actual. Nada de revisar sus ojos claros ni sus labios carnosos. </p>
<p>—Tengo un hijo encantador—se me ocurrió el invento pensando en una posible repulsión—, ¿y tú, vives con alguien?</p>
<p>—No, no, me dedico enteramente al trabajo. Ojear la coreografía, trabajar técnicas de releasement o body-contact. Y la mirada. La mirada es el acontecimiento de la danza actual. Lo es todo. Aprovechar el impacto del fulgor de los ojos. </p>
<p>Lo sabía, lo sabía. Lo supe todo el rato que estuvimos parados junto a la oficina de Correos. Pero que coño me importaba a mí qué hacía o dejaba de hacer. Pasar de la ofimática al escenario, mudarse del google y el yahoo y archivo-guardar como, a las acrobacias en el trapecio de un circo. Lo mismo que ya había ocurrido entre nosotros. Tan sencillo como hacer malabarismos con mi persona. Del amor al engaño en mi propio morro. Del sexo dócil y apasionado a ponerme el trasero colorado (decía que eran unos azotes cariñosos), con unas rayas de coca y muchas cervezas entre pecho y espalda. Habíamos estado a punto de casarnos después de vivir juntos casi un año. Nos habíamos conocido en profundidad, contándonos todo y estableciendo unos ideales como si de una sociedad moderna se tratara. Separación de bienes como se hace ahora. Pero todo de los dos y para siempre. Hasta que de sopetón, le salió la idea de posesión que tienen todos. Esto para mí y esto para ti, pero tú eres mía y haces lo que yo te diga. Ahora las pescadillitas vuelves a freírlas mordiéndose la cola. Las quiero más hechas, y que no queden escrupulosamente alineadas como si fueran palos de billar. Y todo mirándome con los ojos de gato que me embelesaban y una sonrisa de tontorrón atolondrado a más no poder. Como si te aseguran que están de chuparse los dedos pero que las hagas de otra manera. Están bien pero las cambias. Igualito que Forrest Gump soltando aquella jilipollez de que la vida es como una caja de bombones. Pues no, quizá yo no me hubiera dado cuenta, pero seguro que eso estaba ahí desde siempre. Esas ideas no surgen de la noche a la mañana. Puede que se me tache de terrorista, pero esto no ha cambiado nada. Niños aquí y niñas allí. Niños soldados y niñas enfermeras. Niños directores y niñas secretarias de faldita corta y labios pintarrajeados como payasos de nariz embolada. </p>
<p>—Y eso de la danza… ¿es productivo?, porque os subiréis a los escenarios, supongo.</p>
<p>—Claro, claro. Mañana mismo actuamos en el Coliseo, el aforo esta lleno. Será todo un éxito. ¿Te apetece tomar un agua mineral? </p>
<p>Qué agua mineral ni que chufas revenidas. Otra vez mi intención fue marcharme antes de darle opción a que me hiciese un feo o me dijese, con la risita cavernícola de Bugs Bunny, que pagase yo si quería que luego hiciésemos la libélula. El muy cabrón. Iba de guay pero luego era retorcido hasta para hacer el amor. Después de haberle mandado a freír espárragos cuando le pillé con la meretriz de la tanga de luxe, a ver si ahora iba a resultar que otra vez me había vuelto blanda. </p>
<p>—Igual hablaríamos mas tranquilos en el parque ese de ahí mismo, al lado del río, en los bancos junto a las hortensias, ¿no te parece?</p>
<p>— ¿Tú crees?</p>
<p>—Seguro. Pero solo un ratito, tengo que volver para la hora de comer, he quedado con un amigo.</p>
<p>— ¡Que bien te sienta esa falda de tubo Alicia, parece diseñada a propósito para tus caderas! </p>
<p>Cogió la bolsa elevándola como si fuera un pañuelo. Dos minutos de andar y cinco de mirarle de reojo los pantalones pegaditos. Llegamos y noté que se colocaba detrás, pero no dije nada. Se había quedado observando no se qué en mi espalda, y yo comenzaba a ponerme nerviosa. Luego se acercó al banco, abrió la bolsa y sacó unas tremendas tijeras puntiagudas que brillaban como si estuvieran recién afiladas. Comenzaba a quitarme los zapatos de tacón para empezar a correr, cuando oí a mis espaldas su timbre de voz como una música coral, como si una bandada de gorriones autóctonos estuviera llamando a mi puerta. </p>
<p>— ¿Es nueva la falda?—me preguntó—, aún te cuelga la etiqueta por detrás enganchada a la cremallera. Si me dejas, te la quitaré en un segundo. Enseguida charlaremos de la influencia del tanztheater en la danza contemporánea. </p>
<p>Los cipreses crecen siempre rectos y altivos, igual que las farolas de las autopistas o los soldaditos desfilando tiesos en cualquiera de esas malditas guerras. Nunca se tuercen. Ni siquiera miran a los lados. Pero algunas mujeres somos más vulnerables y a veces hasta admitimos el cohecho aunque sea apretando los dientes. Es como si te dicen que se ha acabado el pan, pero que si te atreves con el jamón. O que no hay película con Brad Pitt, pero que las escenas de alcoba hay que rodarlas. Le miré entre justiciera y resignada. </p>
<p>— ¿Has oído alguna vez hablar de la sinapsis?—le pregunté sin dejar de vigilarle. </p>
<p>—No, no. Es raro, pero no había oído nunca esa palabreja. Es realmente extraño. ¿No querrás confundirme intercalando algún anglicismo? No sé si te lo he dicho, pero has mejorado profundamente tu dicción, suena más celestial. Quizá podamos buscarle alguna sinergia con las técnicas de body-contact. </p>
<p>Esta vez no me pilló. Me había centrado en aquella furcia resobando mi cama mientras él le contaba un chiste escatológico (y yo volviendo aún sudorosa del trabajo), y me sobrevinieron unas nauseas repentinas. Pensé en mi teoría sobre la eficacia de recordar desgracias, propias o ajenas, daba igual. Creo que en aquel momento todas eran bien recibidas. Debieron inflarme la autoestima. </p>
<p>—La palabreja proviene del griego—le aclaré— y es como el lenguaje corporal de tu danza, pero aún más revolucionaria. Cuando se dispara, algo muy sutil resbala entre las neuronas del cerebro, zarandeando con malicia los músculos risorios. Vale sobremanera para recordarnos circunstancias y curiosidades ya lejanas. O mejor aún: para no olvidar canalladas. </p>
<p>Entre un murmullo de hojas, fui recuperando otras certidumbres y viejos escarnios que el tozudo viento sureño se obstinaba en repetirme. Me acerqué a su lado dándole la espalda. </p>
<p>—Evita manosear la prenda y hazlo sin tirones—añadí mientras elevaba altivamente el trasero—. ¡Ah, y no tires el cartón del logotipo!, lo guardaré de recuerdo. Solo para evitar descuidos innecesarios.</p>
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		<title>178- Una señora de compañía. Por Mar Blanca</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 19:19:27 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La despertó la calidez de la mano de su marido que suavemente la acariciaba la espalda y en un tono bajo, como quien teme molestar, le decía que era la hora de levantarse, de empezar la jornada. Necesitó un poco de tiempo para encontrarse más despejada y cuando lo estuvo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La despertó la calidez de la mano de su marido que suavemente la acariciaba la espalda y en un tono bajo, como quien teme molestar, le decía que era la hora de levantarse, de empezar la jornada. Necesitó un poco de tiempo para encontrarse más despejada y cuando lo estuvo saltó de la cama. <span id="more-1178"></span>Tapó su desnudez con una bata y se fue al cuarto de los niños a despertarlos. Cuando lo consiguió, los dejó vistiéndose mientras ella bajó a la cocina y empezó con la tarea de preparar el desayuno. Primero apareció el más pequeño ya que era el más rápido en vestirse. El otro, más perezoso llegó después que el padre, que vestía un impecable traje azul oscuro. Terminaron casi todos al mismo tiempo y salieron de la casa hacia el coche. Como todos los días, el padre les llevaba a la escuela y después continuaba hasta su oficina.</p>
<p>Disfrutaba aún la sensación que le dejaron los besos que le obsequiaron al despedirse cuando se puso a recoger la cocina antes de meterse en el baño. Una vez allí, se tomó su tiempo. Podría considerarse un baño meditativo que le ayudaba a prepararse para el trabajo que le esperaba. Apuró hasta el último minuto antes de finalizar. Empezó  con el arreglo personal,  maquillaje, ropa, zapatos,  bisutería y accesorios, todo a juego, que eligió con gusto y cuidado. Partió de la casa sin preocuparse por el arreglo de la misma ya que de eso se encargaba una empleada domestica que vendría en breve. Ella se concentró en la cita que tenia para el día de hoy. Llevaba apuntada la dirección en su agenda. Era un hotel en pleno centro que si mal no recordaba tenía parking, lo que le facilitaría el tema de estacionar el coche. No se equivocó. Lo aparcó y subió a la recepción donde preguntó por el nombre del cliente. Le dieron un número de habitación y se dirigió al ascensor para llegar hasta ella.</p>
<p>La recibió un hombre bastante mas joven que ella. La habitación estaba impregnada de ese olor agridulce que traen los hombres de negocios. En esta ocasión y quizás debido a su juventud era bastante fuerte. Le miró complacida. Era agradable en el trato y tenia formas agraciadas. Pensó que si su demanda no se complicaba con excentricidades, manías o rarezas, este trabajo  la permitiría disfrutar. Su profesionalidad le impidió que este tipo de emoción aflorara. Su experiencia le indicaba que a veces las cosas se suelen torcer. Recordaba como algunos clientes de cara angelical o no de no haber roto un plato en su vida le presentaban la parte más oscura de si mismos. Aprendió a ser cauta, a no  confiar.</p>
<p>Fue un trabajo fácil. No se trataba de dar rienda suelta a sus fantasías ni de sacar la parte pervertida de si mismo, solo quería descargar tensiones  mediante un encuentro sexual al igual que hacen algunos cantantes, toreros, deportistas, según reza la leyenda urbana, ya que tenia una reunión muy pero que muy importante que le podía catapultar al éxito profesional. Si hubiera habido un tribunal examinándola la hubiera dado un sobresaliente. No solo por  la prueba física sino también la verbal. El uso adecuado de las palabras así como la entonación que ponía conseguía llevarles a un estado de semihipnosis inducida por ella que les hacia sentirse como en el paraíso, técnica que había aprendido en un taller y que le estaba dando excelentes resultados.</p>
<p>Estaba tan encantado con su compañía que le pidió que  almorzaran juntos. Aceptó ya que aún disponía de tiempo y de ese modo el cliente quedaría aún mas satisfecho por el servicio y además porque seguía resultándole agradable su compañía en lo que se incluía el placer de sus sentidos cuando contemplaba sus agraciadas facciones. Estiró al máximo el tiempo con él y a las cuatro se despidió ya que así tendría tiempo de llegar a su casa y estar allí cuando llegara su marido con los niños.</p>
<p>Recogió el coche y pagó el parking con la tarjeta de su empresa. Sacó el móvil de la guantera ya que una buena profesional no podía permitirse ser interrumpida en medio de un servicio por una llamada. Encontró un mensaje de la Madame que le pedía que se pusiese en contacto con ella. Por la entonación de la voz que dejo en el contestador pudo percibir que podía tratarse de una emergencia así es que la llamó antes de arrancar el coche. Efectivamente no se equivocó. Al parecer se había presentado de repente un antiguo cliente que estaba de paso en la ciudad y quería verla. Sabia que era mucho pedirla, pero este hombre insistió tanto que ella la instaba a que lo aceptase aunque  sabía que al hacerlo  rompía la norma que impuso al trabajar para ella, de estar libre por la tarde para poder atender a su familia. Le llevó un rato decidirse. Por un lado era grato el recuerdo que tenia del cliente que la demandaba pero de otra parte estaba su familia y la regla que ella misma se autoimpuso. Antes de aceptar, llamo a su marido y le comentó lo que pasaba y éste le mostró su parte mas comprensiva y le sugirió que aceptara el trabaja y que no se preocupara ya que el atendería a los niños. Le recordó lo que le quería y como lo hizo desde el corazón, no le costó esfuerzo alguno que le llegara.</p>
<p>De nuevo se puso en contacto con la Madame quien se alegró de su decisión y le pasó la nueva dirección a donde tenia que dirigirse. También la conocía. El  hotel estaba mas alejado del centro  y era menos lujoso, pero quedaba compensado siendo  mas pequeño, discreto, intimo y mas acogedor. Dejó el coche fuera, en la calle y se tomo un tiempo para mirarse en el espejo y ver si había algo que recomponer en el maquillaje. Solo necesitó volver a pasar el carmín para que resaltara más sus labios.</p>
<p>De nuevo se acercó a la recepción. Dio el nombre del cliente y el recepcionista le indicó la habitación mientras le decía con una sonrisa que podría interpretarse como de complicidad, que la estaba esperando. Cuando le abrió la puerta sintió deseos de abrazarlo como quien se encuentra con un viejo amigo. De nuevo su profesionalidad le recordó que no debía mostrar sus emociones. Le extendió la mano a modo de saludo encontrándose con la de él que esperaba su iniciativa para responder. De forma excepcional y de modo poco habitual, el comenzó contándole algunos pasajes de su vida que le parecieron resaltables  y que le habían sucedido desde la ultima vez que se vieron. Se lamentó que la vida no se hubiera portado bien con el. Los excesos que hiciera en otro tiempo le habían pasado factura.  No solo en lo económico donde ya no podía permitirse los lujos de antaño sino en lo corporal recibiendo una visita que no por menos anunciada había sido menos esperada. Un infarto le había hecho tambalearse  y así como los terremotos hacen con las casas poco sólidas, así quedo su cuerpo y le costó recuperar ese físico que ahora se presentaba ante ella. No pudo evitar mirarle con cierta tristeza y se alegró de que no hubiera podido reconstruir la vanidad que en otros tiempos formaba parte de su edificio psicológico y que ella intentaba sortear ignorándolo cuando se empeñaba en mostrarlo.</p>
<p>No quiso saber más y comenzó a quitarse la ropa. Apenas se había quitado la blusa cuando se acercó hacia ella y le invitó a ponérsela de nuevo. Solo quería hablar con ella, gozar de su compañía y por eso había contratado el encuentro. No quería arriesgarse y que su vanidad quedara aun más destruida si su órgano viril, ese que tantos momentos de placer le había producido, no respondiera. Prefirió que su presencia le transportara a otros tiempos en los que ella le había hecho sentir durantes unos minutos como si estuvieran viviendo una  inmensa pasión. El evocarlo hizo que algo se moviera entre sus piernas aunque no con la fuerza necesaria para llevar a cabo acción alguna.</p>
<p>Por un momento se olvidó de su profesionalidad y dejo que la ternura que estaba sintiendo ante ese ser que estaba ante ella, se expresara. Le tomó de la mano y le llevó a la cama. Se tumbó junto a él y le abrazó. Era un abrazo calido, sentido y sincero y por eso produjo los efectos en él que ella  transmitió. Ambos callaron porque hablaron sus cuerpos y el lenguaje era sencillo, amable, afectuoso, compasivo, bondadoso, afable…</p>
<p>Una llamada en la puerta los sacó de ese estado y posición. Era el camarero de las habitaciones que le traía la botella de champán que previamente había encargado. La invitó a compartirlo para celebrar con ella, el estar vivo y recordar y agradecerla los buenos momentos que le había hecho vivir. Quiso brindar por la delicadeza y suavidad con que acogió tanto su piel como su persona. Los efluvios del champán se hicieron pronto presentes y terminó algo embriagado. Entonces ella le ayudó a acostarse poniendo tanto cuidado y atención como lo haría una madre bondadosa Era casi media noche cuando abandonó la habitación.</p>
<p>Estuvo tan absorta en su trabajo que hasta se olvidó que era una madre de familia. El abandono al que les expuso se dilató demasiado en el tiempo. Una oleada de malestar se cruzó por su estomago y la hizo sentirse mal. No sabía si era por remordimientos, porque el champán a ella también le afectaba o porque no había comido nada desde el mediodía. Se apresuro todo lo que pudo para llegar a su casa.</p>
<p>Todo estaba en orden. Era como si su espíritu hubiera recogido esa ropa que el pequeño solía dejar tirado, recogido la cocina después de la cena y preparado las cosas para el día siguiente. Entró en la habitación de los niños y los dio un beso con ternura y complacencia. Luego se dirigió a su habitación donde también todo estaba en orden. Se acercó a su marido para ver si dormía y como le pareció que si, también le deposito un beso que le despertó. Se quitó la ropa, se dio una ducha rápida y se metió en la cama donde el la recibió con los brazos abiertos. La acogió en su pecho intentado resarcirla de la larga jornada que había tenido. Solo atisbó a susurrarle antes de quedarse dormido: Mañana no puedes trabajar tanto. Tenemos una cita para celebrar el aniversario de nuestra boda. Y se quedo placidamente dormido.</p>
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		<title>177- La bailarina que se quería ir de la caja de música. Por Pepita Pulgarcita</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 19:16:16 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[          Érase una vez, una bailarina que vivía en una caja de música. Era un lugar realmente hermoso para vivir. Las paredes, que eran de color rosa, estaban acolchadas y desprendían un delicioso aroma de fresa. También había un gran espejo donde la bailaría podía mirarse todo el día, sobre todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>          Érase una vez, una bailarina que vivía en una caja de música. Era un lugar realmente hermoso para vivir. Las paredes, que eran de color rosa, estaban acolchadas y desprendían un delicioso aroma de fresa.<span id="more-1173"></span> También había un gran espejo donde la bailaría podía mirarse todo el día, sobre todo mientras bailaba al son de una preciosa melodía. Además, su dueña era una niña cuidadosa que trataba a la caja de música con mucho mimo, y guardaba en ella los tesoros más fascinantes que se pudieran imaginar. Flores secas, pulseras, anillos, pendientes, cristales de colores…</p>
<p>         La bailarina no estaba sola en su palacio musical. La niña también había guardado allí un broche con forma de arlequín, un colgante que era un hada, una goma de borrar que era un simpático osito, y las llaves del candado de su bicicleta, que tenían un llavero en forma de oveja.</p>
<p>         Todos ellos eran muy felices en la caja de música. Allí estaban calentitos, cómodos, y se sentían protegidos. Todos eran felices menos la bailarina, cuyo gesto siempre era triste.</p>
<p>         -¿Por qué estás triste?-le preguntaban sus amigos-. Eres la muñeca más bonita que hemos visto nunca; tu ropa es de tul, y tus zapatillas parecen de oro. ¿Por qué no eres feliz?</p>
<p>         En ese momento, la caja se llenó de luz, empezó a sonar la melodía, y la bailarina comenzó a dar vueltas frente al espejo. La niña se asomó, cogió las llaves, acarició el tutú de la bailarina, y volvió a cerrar.</p>
<p>         -Por eso-dijo la bailarina-. Todos entráis y salís, pero yo me quedo aquí siempre, condenada a dar vueltas sobre mí misma el resto de mi vida.</p>
<p>         -¡No! ¡No digas eso!- dijo el arlequín-. Me gusta estar con la niña, pero cada vez que me pone en su chaqueta para ir a la calle corro el peligro de romperme y perderme. Prefiero estar aquí, a gustito en la cajo.</p>
<p>         -Sí, tiene razón- dijo el hada-. Si te pierdes, ya nunca podrías volver aquí, a tu casa, con nosotros. </p>
<p>         Una noche, cuando todos dormían, y aprovechando que la niña había dejado la caja abierta para escuchar la música mientras se dormía, la bailarina rompió el muelle que la sujetaba y saltó fuera de la caja.</p>
<p>         No podía dejar de recordar las palabras de sus amigos, pero tampoco podía soportar la idea de quedarse para siempre en la caja.</p>
<p>         Esperó junto a la puerta de la casa hasta la mañana, cuando el padre de la niña salió a pasear con su perro. A penas había alcanzado el umbral, cuando el perro se la comió.</p>
<p>         Pepe, que así se llamaba el animal, se puso enfermo y tuvieron que llevarlo al veterinario. Allí les dijeron que no se preocuparan, que el problema era que tenía algo en la garganta, pero que saldría si conseguía toser.</p>
<p>         Cuando volvían a la casa de la niña, el perro por fin tosió, y la bailarina salió disparada hacia la acera, con la mala suerte de que nadie la vio, y se quedó tirada junto al portal de la casa, esperando poder volver cuanto antes; ya había tenido suficientes aventuras.</p>
<p>         Empezó a oscurecer y a hacer frío, y la bailarina estaba cada vez más asustada; si nadie abría la puerta, no podría regresar a su caja de música. Se arrepentía profundamente de no haber hecho caso a sus amigos, que eran mayores que ella y más sabios, y empezó a llorar. Tanto lloraba, que no se dio cuenta de que alguien salía del edificio. Era una vecina de la niña, una anciana que siempre llevaba un bastón. Como la bailarina estaba llorando, no pudo ver el bastón que iba directamente hacia ella… y que la pisó, rompiéndole una pierna.</p>
<p>         Y allí se quedó la bailarina, llorando y llorando, y pensando en lo tonta que había sido. Para colmo, además del frío, empezó a llover con fuerza. Y cuanto más llovía, más lloraba la bailarina. ¿Cómo le podía salir todo tan mal? ¡Ella sólo quería ver el mundo! ¡Ojalá nunca hubiera salido de su caja!</p>
<p>         Mientras pensaba todo esto, paró de llover, y las nubes dejaron tras de sí un hermoso cielo cuajado de estrellas. Y entonces la bailarina, que no había visto algo tan grandioso en toda su vida, comprendió que no se había equivocado; si no se hubiera escapado, se la hubiera comido un perro, le hubieran roto una pierna, y hubiera habido una gran tormenta, nunca habría visto ese cielo estrellado. La bailarina se sintió feliz. A la mañana siguiente, la niña, que iba al colegio, la encontró, la arregló y la volvió a colocar en la caja de música. Y la bailarina fue feliz para siempre, sabiendo que a pesar de haber sufrido, había descubierto algo precioso por ella misma: por muy negras que sean las nubes, siempre hay un cielo de estrellas debajo.</p>
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		<title>176- El zepelín. Por Flanelle</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 19:06:17 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Cuando tenía nueve años me enamoré de Patricio Gutiérrez y dejé de comer. Fue, más o menos, en ese orden. Al igual que la ley de vasos comunicantes, a medida que el amor de Patricio me llenaba de peces de colores que nadaban en el mar, me vaciaba de comida. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando tenía nueve años me enamoré de Patricio Gutiérrez y dejé de comer. Fue, más o menos, en ese orden. Al igual que la ley de vasos comunicantes, a medida que el amor de Patricio me llenaba de peces de colores que nadaban en el mar, me vaciaba de comida. <span id="more-1166"></span>Empecé con pequeños gestos que pasaban desapercibidos en mi familia. Quitaba la mantequilla del pan en el desayuno y, luego, retiraba también toda la miga hasta dejarlo ahuecado como el casco de un barco abandonado en la playa, ligeramente inclinado en la orilla. Me entretenía con la comida del plato como si jugara a construir pequeños castillos que arrastraría el mar. Más tarde, escondía en la servilleta parte de la comida y, cuando recogíamos los platos con mi hermana, la tiraba a la basura en la cocina. Es fácil engañar si no te observan.</p>
<p>Enamorarse a los nueve años puede parecer demasiado prematuro pero no fue elección propia, me ocurrió así como quien te da una bofetada en mitad de la calle a plena luz del día y nadie, absolutamente nadie, intenta impedirlo. No puede evitarse lo que no quiere verse porque se teme o se ignora lo qué hay detrás de esa pared tan difícil de trepar que es la vida de los otros. Enamorarme de Patricio fue como si me dieran veinte mil bofetadas seguidas. Me ocurrió y me dejó aturdida. Fue difícil compartirlo con otros porque si decía, si pronunciaba siquiera, la frase: “Me enamoré de Patricio Gutiérrez”, a mi hermana, por ejemplo, causaría una irremediable burla o, peor, risas burlonas. Que con nueve años me enamorara era difícil de entender, incluso se podría decir que inexplicable. Pero claro no se trataba de explicarlo. Eran las veinte mil bofetadas seguidas que no podían dejarme indiferente. Cuando estaba con Patricio, no solos sino en compañía de todos, me sentía como un globo enorme con unos ojos y una boca muy pequeños, y pensaba que él sólo veía en mí a un gran globo dirigible sobrevolando el cielo nuboso de la playa como aquel avión que lo recorría con un cartel publicitario que decía “Marquesa, los mejores helados del verano”. Él no le dedicaba al avión ni cinco minutos de su tiempo porque no le interesaban ni los aviones ni los globos dirigibles como yo.</p>
<p>Durante el invierno, como no nos veíamos, comencé a escribir un diario, que jamás me atrevería a mostrarle, donde le explicaba a Patricio mis experiencias en el colegio o los detalles intrascendentes de mi vida familiar. Le contaba cómo la madre superiora me había llamado la atención porque no llevaba la camisa reglamentaria del uniforme. En realidad, yo siempre intentaba colocar algún adorno que marcara la diferencia porque odiaba ese uniforme tan poco agraciado, esa camisa con el cuello de picos rectos sin ninguna ondulación que rompiera la monotonía, ese azul marino que de marino no tenía nada, era un azul triste casi negro; se tendría que haber llamado azul tristeza o, mejor, azul confesión. Cuando le escribía a Patricio, modificaba ligeramente los acontecimientos porque no quería contarle que mis notas eran cada vez peores y que las monjas habían convocado en un par de ocasiones a mis padres (sólo fue mamá) por mis problemas de conducta. En realidad, yo no tenía problemas de conducta sino que me resultaba difícil concentrarme en lo que decían los profesores y, por consiguiente, no acertaba a contestar a ninguna pregunta y, si lo hacía, mis respuestas se referían a mis propias interpretaciones, al parecer erróneas, sobre ese tema en concreto. Nunca hablé de la comida, no quise contarle que no quería comer para no convertirme en una mujer gorda como mamá. Me horrorizaba la idea de parecerme a ella pero al mismo tiempo sentía vergüenza de explicarle que no deseaba ser una mujer gorda como mamá porque era como insultarla (y esto me provocaba cierta culpa) y porque no quería admitir que al ser su hija yo estaba abocada al fracaso estético más estrepitoso: ser una gordita simpática como ella. Mamá no parecía estar preocupada en absoluto por ser gorda ni parecía querer ser otra persona de la que era a pesar de que papá ya casi no venía por casa, se había trasladado a la provincia y sólo nos visitaba ocasionalmente cuando tenía que cerrar los negocios del campo. Ella se había quedado en el apartamento de la capital con nosotros donde llevaba una vida social intensa. La casa estaba siempre llena. En general, otras mujeres, gordas y flacas, recalaban en casa en busca de engañar el paso de las horas a bordo de sus enormes transatlánticos.</p>
<p>Papá siempre nos escribía cartas que yo respondía de inmediato en forma de pequeños poemas con rimas acaracoladas o, a veces, tan solo le enviaba un dibujo sin palabras; en cambio, mi hermana le escribía largas cartas explicándole cómo se desarrollaba la vida de la casa durante su ausencia. Tenía una capacidad increíble para fijarse en los detalles y reproducirlos en el papel, como si entendiera lo que ocurría a su alrededor, como si pudiera nombrar las cosas que yo, a veces, no lograba siquiera distinguir con claridad. Creo que fue ella quien le explicó que yo estaba demasiado flaca aunque ella me dijo que había sido mamá y había añadido que si yo creía que mamá era tonta. Yo no pensaba que mamá fuera tonta pero sólo que estaba demasiado ocupada en la organización de aquellos fantásticos cruceros que llegaban a casa. Además, no pensé que se fijaría en mí, el pequeño globo dirigible que gravitaba por los cuartos de aquella gran casa llena de turistas. En ese momento me hubiera gustado explicarle a mi hermana que no tenía hambre, que no sentía nada porque Patricio y sus peces ya lo ocupaban todo, el mar del verano se me había metido en las venas y me alimentaba todos los órganos sin necesidad de comer, salándolos poco a poco. Tampoco podía explicar que no quería ser como mamá porque sentía algo parecido al odio por haber dejado que todo se colapsara a su alrededor mientras ella sonreía y se tomaba unos langostinos con salsa rosa a bordo de su yate, engordando sin remedio. Mi hermana no lo hubiera entendido.</p>
<p>Un día llegó papá de la provincia y estuvieron horas encerrados en la sala. A veces se oían voces más altas pero ningún grito. Por un momento, dado el murmullo conciliador que se escuchaba detrás de la puerta, pensé que papá volvía a casa para quedarse. Pero, al día siguiente, me llevaron a un médico que me examinó, me auscultó y me pesó. Tenía las manos rosadas con manchas marrones y olía a polvos de talco. A él tampoco le expliqué lo de Patricio, le dije que no tenía hambre cuando me preguntó por qué no comía. Me pareció lo más convincente para un médico, hablar de peces y mar hubiera complicado las cosas, y no tenía ganas de quedarme allí mucho tiempo con un hombre que olía como lo hace un bebé pero que parecía tener mil años. Luego habló con mis padres y comenzaron a darme un jarabe para despertarme el apetito. Si algo despertó fue su profunda frustración y decepción porque veían que no se operaban cambios ni en mi comportamiento en el colegio ni en mi aspecto físico.</p>
<p>Aunque había comenzado el buen tiempo otra vez y eso me animaba porque significada que pronto iríamos a la casa de la playa, no conseguía sentir el calor. Observaba como todos iban quitándose la ropa, las capas de la cebolla, mientras yo seguía con los botines negros y ese abrigo azul marino del colegio. Era como si el calor sofocante de la ciudad se hubiese convertido en nieve del invierno sólo para mí. Digamos que el sol proyectaba los rayos de forma selectiva y calentaba a los otros mientras me dejaba a mí en el invierno. No sabía si era el famoso castigo que me habían prometido mis padres si no mejoraba en el colegio. No creía que mis padres tuvieran esa influencia en algo tan poderoso y grande como los astros, y en especial en el sol, que los profesores llamaban “astro rey” en este país sin reino, pero era verdad que mis padres tenían ciertas influencias, como decían mis tíos, y una cierta sed de venganza por mis continuas “excentricidades”, como decía mamá. Así, a medida que la primavera tomaba la ciudad y ofrecía un adelanto de lo que nos depararía el verano, no cesaba de nevar en mi pequeño círculo vital, como si nevara por dentro empañando los cristales al enfrentarse al calor de fuera, al revés de lo que sucedía en el invierno cuando los cristales se empañaban porque dentro hacía calor y fuera estaba helado. Era una nieve interna que me hacía ver todo como en una película en blanco y negro, como si se hubieran apagado las luces de la ciudad. Me era difícil imaginar un verano tan próximo en un invierno para mí tan lleno de frío, de lluvia y de nieve pero la esperanza de los juegos en la playa representaba para mí el único bote salvavidas durante mi propio hundimiento del Titanic. Una vez llegada a la casa de la playa, todo sería distinto.</p>
<p>La casa estaba patas arriba porque se acercaba la fecha en que nos trasladaríamos todos a la playa. Mamá dirigía el traslado como un capitán de barco de ultramar, le pedía a algún criado que levantara una vela o que cargara las bodegas con provisiones, o que subiera los baúles con ropa a los depósitos de la proa. Solamente la vi una vez entrar en la cocina, mientras yo mojaba unas galletas en un vaso de chocolate y las contemplaba mientras se hundían en el mar marrón como si fueran tesoros perdidos de un bucanero, pero pareció tan turbada, como si acabara de entrar a la morgue de un hospital, que se marchó rápidamente mientras la cocinera y yo nos mirábamos intrigadas y luego estallábamos en una gran carcajada. Una noche me despertó un llanto ahogado en el mar, unos sollozos vergonzosos y, cuando me desperté, vi a mamá a los pies de la cama llorando, lloraba de una manera tan extraña como si nunca lo hubiera hecho antes, como si las lágrimas le salieran de los ojos sin quererlo y cada una le produjera espasmos incontrolables en todo el cuerpo. Cuando me vio que la miraba sorprendida me pidió, me rogó que volviera a comer, me dijo que ya no sabía qué hacer, que no sabía qué me estaba pasando, que había seguido todas las instrucciones del médico, que ya no le quedaban más fuerzas, que, por favor, comiera, que comiera o me acabaría muriendo. Nunca había visto llorar a mamá y supongo que la helada de mi invierno me impidió sentir esa tristeza tan enorme que parecía querer explicarme. Mi hermana hubiera podido escribir seguramente todos esos sentimientos en una prolongada carta a papá pero mi testigo dormía hacía tiempo en la habitación contigua. Si no hubiese sido invierno en mi cama, le hubiese explicado mi amor por Patricio y también que yo era un inmenso zepelín volando por encima de las calles de la ciudad y que, al igual que aquel famoso Hindenburg que nos mostró papá en una foto, me precipitaría en llamas sobre la playa causando más estragos de los que pudiera evitar pero apagándome finalmente en el mar sin lograr que Patricio me prestara atención en ese último intento desesperado de agradarle.</p>
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		<title>175- El Secreto de Mademoiselle. Por Ambrose Bierce</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 19:00:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Finalistas Premio Público]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8216;rucke di guck, rucke di guck,       kein Blut im Schuck:       der Schuck ist nicht zu klein,      die rechte Braut die führt er heim.&#8217;.[1] Aschenputtel,  J. &#38; W. Grimm   ACTO SEGUNDO.    Lo único que asomaba en la superficie del parterre era la boca deformada en una horrible [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>&#8216;rucke di guck, rucke di guck,<br />
      kein Blut im Schuck:<br />
      der Schuck ist nicht zu klein,<br />
     die rechte Braut die führt er heim.&#8217;.<a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/wp-admin/post-new.php#_ftn1"><strong>[1]</strong></a></em></p>
<p style="text-align: right;">Aschenputtel,  J. &amp; W. Grimm</p>
<p style="text-align: right;"> </p>
<p>ACTO SEGUNDO.   </p>
<p>Lo único que asomaba en la superficie del parterre era la boca deformada en una horrible mueca. Un rosal empezaba a brotar entre la hilera de dientes ennegrecidos por la putrefacción. <span id="more-1162"></span>La princesa amontonó la tierra revuelta para ocultar aquel macabro alcorque. A continuación recogió la pala y recorrió el dédalo de senderos que configuraban el laberíntico jardín.</p>
<p>—¡<em>Tesoro</em>, <em>Tesoro</em>! —voceaba a la vuelta de cada recodo.</p>
<p><em>Tesoro</em> acudió por fin a la llamada, sacudiendo agradecido la cola y arrastrándose hacia sus pies en señal de sumisión.</p>
<p>—Ven aquí, perro bonito, ven con <em>mami</em>.</p>
<p>El can la miraba con expresión alegre y satisfecha. <em>Cenicienta</em> descargó un solo golpe con la pala sobre su cabeza y le abrió el cráneo.</p>
<p>—No escarbarás más donde no debes —sentenció—. Después, arrastró el cadáver del animal hacia el lugar donde le daría secreta sepultura. No pudo evitar una sonrisa malvada cuando cayó en la cuenta de que aquel jardín se parecía cada vez menos a un vergel y cada vez más a un cementerio.</p>
<p>ACTO PRIMERO.</p>
<p>A <em>Cenicienta</em> le angustiaba el acoso al que la sometía el viejo verde. Intentando esquivarlo, pasaba las horas fuera de palacio, perdida entre la espesura de los jardines, con la excusa de pasear al perro faldero que tanto apreciaba su marido el príncipe. Esa mañana, y a pesar de su cautela, se topó de bruces con el anciano en un rincón apartado de una escondida arboleda.</p>
<p>— ¿Acaso me rehuís, Alteza?</p>
<p>— ¿Debería tener algún motivo para rehuiros, <em>Monsieur</em>?</p>
<p>— No más que ese perro que no se despega de vuestras faldas.</p>
<p>— Cumplí mi parte del trato. Cuando os conocí erais tan miserable que, si hubierais muerto en ese momento, ni siquiera habríais dispuesto de dos monedas para sellar vuestros párpados. Os saqué de la ruina en la que malvivíais para convertiros en médico de la corte. La salud y la vida de Su Majestad y la del príncipe están ahora en vuestras manos. ¿Aún no estáis satisfecho?</p>
<p>— Tened en cuenta que hasta el perro más fiel mordería a su amo si no está bien alimentado —amenazó con sutileza mientras acariciaba a la mascota de la princesa.</p>
<p>— Sí, pero hasta el perro más voraz terminaría por saciarse tarde o temprano.</p>
<p>— Bueno —sonrió aceptando la alusión—, vos sabéis mejor que nadie que la ambición de un espíritu malévolo no se puede contener en un recipiente pequeño.</p>
<p>— ¿Qué queréis de mí? ¡Decidme, pronto!</p>
<p>            El doctor no ocultó una mirada hacia el escote de la princesa, donde entretuvo un buen rato la vista sin disimular su lascivia.</p>
<p>— Si Su Alteza fuese un poco más complaciente —añadió con sorna—, resultaría menos costoso para éste, su humilde servidor, mantener a salvo nuestro pequeño secreto —el anciano sonreía y se palpaba con suavidad un objeto oculto en el costado de su levita.</p>
<p>            <em>Cenicienta</em> no se percató de éste último gesto porque se encontraba admirando una crátera de cerámica que hacía las veces de macetero. La vasija, decorada con motivos mitológicos, representaba una escena en la que <em>Lilith</em>, la primera mujer de <em>Adán</em>, chantajeaba a <em>Yahvé</em> con revelar su mágico nombre a su desdeñado consorte. A la princesa le pareció muy irónica aquella coincidencia.</p>
<p>— ¿Cuál es vuestra decisión? —inquirió el médico, que empezaba a impacientarse.</p>
<p>— ¿Mi respuesta? No tardaréis en conocerla…</p>
<p>            La princesa levantó la vasija con ambas manos y la estampó sobre la cabeza del chantajista, que cayó herido de muerte a sus pies sin proferir ni un solo gemido. <em>Cenicienta</em> interrogó al cadáver con desprecio:</p>
<p>— ¿Es lo bastante grande este recipiente para vos?</p>
<p>            A esas horas, el jardín solía estar desierto, así que le alivió comprobar que no hubo testigos de su fechoría. Ahora necesitaba encontrar un rincón conveniente donde enterrar al desdichado matasanos. Los jardineros acababan de terminar la plantación de una nueva variedad de rosales en una parcela próxima a un elegante gazebo de haya levantado en la intersección de dos avenidas de álamos temblones. La tierra no volvería a ser labrada en varios años, así que el lugar parecía idóneo para ocultar el cadáver. “Después de todo, me  resultará muy difícil olvidarme de vos”, pensó con cinismo al percatarse de que serviría de abono para las rosas que perfumarían su estancia.</p>
<p>ACTO TERCERO.</p>
<p>Al príncipe le disgustaba esperar cuando requería la atención de alguien, así que <em>Cenicienta</em> se apresuró a cruzar el patio de armas y a punto estuvo de ser arrollada por un pelotón de zapadores que abandonaba el castillo a la carrera, cabalgando en dirección a la aldea.</p>
<p><em>Cenicienta</em> ascendió rauda la escalinata de la torre del homenaje y no descansó hasta llegar a la estancia más alta, el salón de caza donde el príncipe solía pasar las tardes estudiando documentos que requerían su firma o simplemente meditando.</p>
<p>El príncipe la aguardaba sentado frente a la chimenea en un gran sillón estilo <em>Reina Ana</em> que lo ocultaba a su vista. Cuando sintió la presencia de su amada preguntó, con semblante triste y sin retirar la mirada del fuego:</p>
<p>— ¿Recuerdas, querida, el día que el Rey, mi padre, nos regaló a <em>Tesoro</em>?</p>
<p><em>Cenicienta</em> se dedicó a inspeccionar los tapices que cubrían las paredes, fingiendo desinterés por la pregunta. Su marido, que no esperaba ninguna respuesta, continuó:</p>
<p>— Debes recordarlo puesto que fuiste tú misma quién lo bautizó. Nada más dejarlo en el suelo, el pobre corrió hasta la mesa para recoger con las fauces mi espada, que yo mismo había arrojado en ese lugar. Aunque desconocía a su dueño, se dirigió hacia mí y la depositó a mis pies. Mi padre comentó admirado: “Trata siempre bien a este animal, pues quien reconoce de modo tan natural lo que más conviene al cuidado de su dueño, algún día le prevendrá contra las asechanzas de sus enemigos e incluso le salvará la vida”.</p>
<p>—Estúpidas ocurrencias de un viejo chocho —apuntilló Cenicienta, que sentía un particular desprecio hacia su suegro.</p>
<p>El príncipe seguía sentado junto al hogar, sin dirigir la mirada a su interlocutora. Entonces introdujo su mano en un bolsillo de su batín y extrajo un papel plegado que desdobló con mucha ceremonia.</p>
<p>— Esta mañana, cuando apenas había tocado mi desayuno, <em>Tesoro</em> me trajo entre los dientes esta nota manuscrita. Su contenido es tan inquietante que te hice llamar para solicitar tu opinión al respecto. Permite que te la lea. Es muy breve pero bastante reveladora.</p>
<p>El príncipe se incorporó y comenzó a recorrer el salón mientras leía en voz alta la misiva.</p>
<p><em>“Yo, Maurice Jambenoir, hijo de René y Eduardine, natural de la Aldea de A…, donde vi la luz por primera vez el tercer año del reinado de La Más Graciosa de Sus Majestades, a quien Dios guarde por muchos años, disfrutando en la fecha de la rúbrica del nombramiento de Médico de la Cesárea Majestad del Sr. Emperador, pongo por escrito de mi puño y letra, para mayor defensa de mis intereses y de mi propia seguridad y la de mi familia, lo siguiente:</em></p>
<p><em>Que siendo todavía un modesto médico rural en la aldea de mi nacimiento, se presentó en mi morada la noche del 23 de julio de 17… una misteriosa dama que se hacía llamar a sí misma Mademoiselle Javotte, la cual dama conducía sin ayuda de lacayo alguno una carreta cubierta en cuyo interior ocultaba un cadáver recién estrangulado. Según me fue dado a entender por la mencionada dama, el cuerpo inerte pertenecía a una sirvienta a la que apodó Cenicienta, y a la cual entendí, tras veladas insinuaciones, que ella misma había dado muerte con sus propias manos. Por motivos que no se avino a razonarme, la tal Mademoiselle solicitó mis servicios de cirujano con el insólito propósito de que, aquella misma noche, le implantara los pies de la doncella muerta después de amputar los suyos propios, todo ello bajo la amenaza de hacerme cómplice de su crimen si no cedía a este requerimiento. Por el bien de mi persona y de mi familia y, ¿porque negarlo?, por los muchos beneficios que la asesina prometió ofrecerme si cumplía pronto con tal petición, resolví proceder con tan extraña operación, de cuyo éxito puedo dar cumplida cuenta dónde, cuándo y a quien me lo requiera. Como testimonio de estas mis terribles afirmaciones permanecen los restos del cadáver sin extremidades de la mencionada Cenicienta y los pies desmembrados de Mademoiselle Javotte, que la justicia y todo aquel que esta nota lea descubrirá enterrados en el jardín de mi antigua vivienda, cuya situación se explica en  el croquis al pie dibujado. Todo lo cual firmo a 17 de septiembre de 17…”</em></p>
<p>El príncipe volvió a plegar el trozo de papel y, tras un suspiro ahogado, informó a la princesa:</p>
<p>— Acabo de ordenar al comandante de la guardia que envíe un pelotón de zapadores a la aldea con la misión de remover hasta el último terrón de ese jardín. Por nuestro bien mutuo, espero demostrar así la falsedad de lo que se explica en esta carta. ¿Tú no deseas lo mismo, <em>Cenicienta</em> querida? ¿O debería decir <em>Mademoiselle</em> <em>Javotte</em>?</p>
<p>Cuando el príncipe giró la cabeza buscando a su amada, ésta había desaparecido. En su lugar tan sólo encontró los batientes oscilantes de una de las ventanas del torreón, abierta de par en par, y sobre el antepecho de ésta, un par de delicados zapatos de cristal.</p>
<p>Dicen que todos los suicidas se arrepienten de su fatal arrebato en el último segundo de su existencia, justo cuando ya no hay marcha atrás posible. Y debe ser cierto, porque mientras <em>Mademoiselle Javotte</em> se defenestraba habría dado todo su reino, como un <em>Ricardo III </em>cualquiera, por solicitar aquella noche al maldito cirujano que le implantara un buen par de alas en lugar de los pies de <em>Cenicienta</em>. No sirvió de nada. Cuando este pensamiento terminó de cruzar por su cabeza, ésta acababa de estamparse contra el rocoso fondo del foso.</p>
<div>
<hr size="1" />
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<p><a href="http://www.canal-literatura.com/8certamen/wp-admin/post-new.php#_ftnref1">[1]</a> &#8220;vuelta y pío, pío y vuelta</p>
<p>No hay sangre en el zapato:</p>
<p>El calzado no es demasiado pequeño,</p>
<p>es la verdadera esposa a quien se lleva a casa. &#8221;</p>
</div>
</div>
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		<title>174-¿Cómo estás? –“Flores para pájaros tontos”. Por Alejandra Pellegrini</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 18:54:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[  &#8211; ¿Cómo estás?   &#8211; ¡Bien!   ¡Bien! Contestó.  ¡Dios mío! Tenía más de cuarenta años y aún no había  aprendido a mentir. En eso no había cambiado nada. Ni en otras cosas.   Su mirada conservaba la misma paz, la misma serenidad, solo que parecía veinte años más [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>  &#8211; ¿Cómo estás? </em></p>
<p><em>  &#8211; ¡Bien!</em></p>
<p>  ¡Bien! Contestó.<span id="more-1158"></span></p>
<p> ¡Dios mío! Tenía más de cuarenta años y aún no había  aprendido a mentir. En eso no había cambiado nada. Ni en otras cosas.</p>
<p>  Su mirada conservaba la misma paz, la misma serenidad, solo que parecía veinte años más vieja y mil veces más triste.</p>
<p>   Sus ojos buscaban un incierto refugio en el café, que se le enfriaba sin remedio, mientras daba vueltas y vueltas a la cucharilla sin apenas mirarme. Cuando lo hacía los pájaros grises de sus ojos venían a mí temblorosos y perdidos. Asustados. Y se posaban en los míos fugazmente para, enseguida, volver a sumergirse en un oculto mar lejano.</p>
<p>  Si estuviera bien sus ojos no parecerían pájaros ahogados. Si de verdad estuviera bien sus ojos hubieran revoloteado como intrépidas aves aventureras. Como  pájaros alocados. Así lo hicieron la primera vez que se cruzaron nuestras miradas, y nuestras vidas.</p>
<p>  Al pensar en ello me di cuenta de que no había olvidado ni uno solo de sus gestos. Los recordaba perfectamente. Pequeños gestos delicados, llenos de ternura. Imperceptibles casi siempre, pero protectores y seguros. Igual que sus palabras. Siempre fueron un lugar seguro, un acogedor refugio donde la tristeza nunca podría encontrarnos.</p>
<p>  Nunca.</p>
<p>  Habían pasado más de dos años desde la última vez que nos vimos.</p>
<p>  Ahora estaba allí, frente a mí, hundido y derrotado.</p>
<p>  No podía verle así.</p>
<p>  Tenía que terminar con todo aquello. Con él, con su amor y con lo que había sido para mí en el pasado.</p>
<p>  Por eso accedí a vernos. Para terminar de una vez.</p>
<p>  Y allí lo tenía, suplicante y torpe.</p>
<p>  ¿Cómo podía haber querido tanto a aquel hombre?</p>
<p>  ¿Cómo podía verlo ahora como a alguien lejano y casi desconocido?</p>
<p>  Cuando nos conocimos me encontré con un hombre fascinante, que miraba a los ojos mientras escuchaba. Un hombre sonriente y amable. Confiado. Amante de los libros baratos de autores desconocidos y poeta furtivo que escribía en las servilletas del bar, como lo hacía yo. Y sobre todo, y esto en él era una extraordinaria cualidad, un mentiroso; era capaz de inventar cualquier mentira para hacerme reír. Lo hacía tan mal que lo conseguía siempre. Siempre.</p>
<p>  Incomprensiblemente- éramos muy distintos- compartíamos muchos sueños, el principal…escribir.</p>
<p>  Escribir un libro.</p>
<p>  Él ya había empezado.</p>
<p><strong><em>  “Flores para pájaros tontos”</em></strong></p>
<p>  Aquel era el título y de vez en cuando, en cualquier café, me leía algunos versos aislados que reescribía continuamente, incansablemente, y que nunca daba por terminados.</p>
<p>  Solo tenía un defecto, el mismo que yo…estaba casado.</p>
<p>  Nos hicimos amigos, muy amigos. Tanto, que corrimos peligro.</p>
<p>  Tanto peligro que se enamoró de mí.</p>
<p>  Un buen día me lo confesó.</p>
<p>  Entonces pude ver cómo sería el final.</p>
<p>  Allí estaba, escondido en aquella torpe declaración de amor. Y cuando entre miradas y sonrisas me robó los primeros besos supe que aquello era el comienzo del fin.</p>
<p>  Y así fue.</p>
<p>  El final, como una fiera al acecho, saltó sobre nosotros y lo hizo de una forma implacable. Llegó con una fuerza arrolladora. Como lo hacen las grandes tragedias. Sin dejar nada en pie.</p>
<p>  De un golpe de viento desapareció la fascinación, y el atrevimiento se transformó en un mar de dudas. En miedo.</p>
<p>  El final fue una distancia gris que se extendió en el tiempo. </p>
<p>  Ahora, más de dos años después, le tenía allí, abrazado a su silencio, frente a frente, para decirle que me olvidase, que no volviera a llamarme ni a escribirme. Ni correos, ni cartas, ni nada.</p>
<p>  ¡Nunca!</p>
<p>  Sabía que él estaba mal, pero no lo suficiente; quería que estuviera tan mal que dijese <em>se acabó</em>, que me odiase con todas sus fuerzas y, sobre todo, que pudiera olvidarse de mí para siempre.</p>
<p>  Por eso le hice daño. Le dije que nunca había sido nada importante, que entre nosotros todo había sido un error, que nunca me hubiera enamorado de él y que no quería cargar con su tristeza el resto de mi vida.</p>
<p>  Mi vida…</p>
<p>  Mi vida era mi profesión y por fin, después de años de esfuerzo, comenzaba a destacar en la empresa, a ser alguien importante. No podía cometer errores, no los había cometido nunca y no iba a hacerlo ahora. También le dije esto.</p>
<p>  Y más cosas, todas crueles y dolorosas. Sabía que estaba cavando un pozo profundo y negro en su alma, donde la tristeza podría morar miles  de años porque ya nunca sería un lugar seguro.</p>
<p>  <strong><em>Esto es lo que hay</em></strong></p>
<p>  Esa fue mi última y demoledora frase. </p>
<p>  Sus ojos volvieron a mí. Lentos. Cautelosos, como pájaros tontos. Cargados de añoranzas.</p>
<p>  Y como si no hubiera escuchado nada de lo que le dije, preguntó…</p>
<p>  &#8211; <em>¿Y tú? ¿Cómo estás?</em></p>
<p><em>  &#8211; Bien. Muy bien.</em></p>
<p>  Y también mentí.</p>
<p>  Pero había una diferencia.</p>
<p>  Yo sí sabía mentir.</p>
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		<title>173- Personas que saludan. Por John Jairo</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 18:45:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[            Personas que saludan. Ese tipo de personas. Pueden encontrarse en cualquier espacio, cualquier entorno. Ese tipo de personas que saludan, sin rubor, con familiaridad, con naturalidad. Las que te saludan cuando te las cruzas en una acera, en una cafetería, en el rellano de tu centro de trabajo, o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>            Personas que saludan. Ese tipo de personas. Pueden encontrarse en cualquier espacio, cualquier entorno. Ese tipo de personas que saludan, sin rubor, con familiaridad, con naturalidad. Las que te saludan cuando te las cruzas en una acera, en una cafetería, en el rellano de tu centro de trabajo, o de ocio, o en el autobús que soléis coger ambos.<span id="more-1153"></span> Da igual, esa peculiaridad, &#8216;que soléis coger ambos&#8217;, es lo que crea el vínculo y crea la familiaridad, puesto que nada más os une y nada más, jurarías, os habéis dicho nunca. Esas personas que saludan sin conocerse. Tal vez, o no, dado que puede ser una, la &#8216;persona a&#8217;, digamos, la que exclusivamente pertenece al grupo de personas que saludan; no la otra, que puede ser cualquier otra cosa, puede pertenecer a cualquier otro grupo, puede ser una persona que silba por la calle o una persona que balbucea por la calle o una persona que va siempre por la acera de la sombra y que siempre, indefectiblemente, cruza una acera cuando un hueco entre dos edificios proyecta sobre la acera por la que iba los rayos directos del sol. No. Este tipo de personas no tiene necesariamente por qué saludar a no ser que se vea arrastrada por el saludo de otra persona, la &#8216;persona a&#8217;, digamos, que no cabe duda pertenece al grupo de personas que sí saludan. La otra persona, digamos la &#8216;persona b&#8217;, la que no pertenece al grupo de personas que saludan, puede ser todo lo opuesto, puede pertenecer al tipo de personas que no saludan y que incluso puede subdividirse o bien en personas despistadas que no tienen habilidad para el reconocimiento facial o bien en personas soberbias que hacen como que no te ven para no tener que saludar. Pero el efecto de un saludo directo como el que puede hacer la &#8216;persona a&#8217;, la que pertenece a ese grupo de personas que sí saludan, es inevitable, ese saludo hace que estés obligado a responder aunque no quieras. Ese es el poder de este tipo de personas, tiránicas, egoístas, engreídas, que creen que merecen tu saludo, que te extraen ese saludo casi a la fuerza; anticipándose a tu reacción ya están ellos con su saludo afable y amigable que no es más que un contrato forzado para que tú respondas a ese saludo sin siquiera solicitarlo ni desearlo.</p>
<p>           Una vez que se establece ese saludo se establece un protocolo inviolable al que se está obligado a recurrir cada vez que estas dos personas se encuentran en esa misma situación. Y puede ser que nunca hayan cruzado una palabra, puede ser que lleven años coincidiendo habitualmente en la misma línea de metro, de bus, la misma esquina donde se cruzan sus itinerarios y de trabajo. Es muy fácil para la &#8216;persona a&#8217;, la que saluda, la que está habituada a saludar, pensar que es su obligación saludar a esa persona con la que el azar ha querido hacerle coincidir repetidas veces, la &#8216;persona b&#8217;. Un saludo es un saludo, no es un arma, no es un insulto, no es una losa. O sí, pero no para las personas que saludan aunque no se conozcan. Al fin y al cabo pueden ser personas a las que ves más que a tus propios amigos e incluso familiares, sobre todo si se es del tipo de personas que evitan a algunos familiares para sobrevivir. Es un decir, no es necesariamente el caso de la &#8216;persona b&#8217;, que al fin y al cabo ha entrado, aunque sea por invitación, de manera fortuita, al grupo de personas que saludan, puesto que una vez quiso corresponder al amable saludo de una persona que no le conocía para nada y a partir de entonces ha correspondido siempre a ese saludo cada vez que &#8216;persona a&#8217; la ha identificado en medio de los usuarios del autobús.</p>
<p>           Hay una conexión, no se puede negar, un nexo, o un acto de comunicación mínimo. La cantidad de información contenida en ese saludo puede ser ínfima. No necesariamente tiene que  haber una atracción personal, una subida inconsciente del índice de hormonas o feromonas en el cerebro de &#8216;persona a&#8217; al ver de nuevo a &#8216;persona b&#8217;, una leve tensión sexual; puede ser un simple interés empático, puede ser el mismo acto comunicativo de dos hormigas que cruzan sus antenas al encontrarse a la salida del hormiguero, o dos perros que se olisquean en un parque, ya está. Pero ese nexo permanece indeleble el mismo tiempo en el que ha mantenido las tres últimas relaciones sentimentales que pueden incluirse en el grupo de relaciones estables pero no tan estables como para no romperse cuando aparece la palabra &#8216;hijos&#8217;. Porque la &#8216;persona a&#8217; puede pertenecer perfectamente a ese grupo de igual manera que pertenece al grupo de personas que saludan. Y dentro de su círculo de personas que responden a su saludo sin conocerle nada hay que indique que &#8216;persona b&#8217; no pertenece al mismo grupo de personas que huyen cuando aparece la palabra &#8216;hijos&#8217;, ya que en todos estos años no la ha visto nunca con un niño de la mano ni mucho menos embarazada. Se acordaría, ya que también pertenece con orgullo a ese grupo de personas que sí cede su asiento en el autobús a embarazadas, ancianos y minusválidos. Pero nunca se ha visto en la necesidad de ceder su asiento a &#8216;persona b&#8217;. Considera el grupo de personas que ceden su asiento a las damas demasiado rancio y tampoco ha habido nada entre &#8216;persona a&#8217; y &#8216;persona b&#8217; como para permitirse la licencia de cederle el asiento a alguien sin conocerla realmente. Es suficiente, juzga, con saludar sin conocerse. No se han dado las circunstancias para progresar en su conexión y nada parece indicar que ese simple nexo de simpatía se convierta en un flujo de comunicación sin más. O tal vez sí, quién sabe, al fin y al cabo es una cuestión estadística, algorítmica, de cuándo sus horarios de trabajo les hacen coincidir en la misma línea de autobús, ya que depende de la semana en que &#8216;persona a&#8217; trabaja de mañana o de tarde y el día de la semana en que libra &#8216;persona b&#8217; o incluso el día en que ambos tienen que quedarse a hacer inventario en sus respectivos trabajos. Todo eso es lo que hace que sean realmente pocas las veces que &#8216;persona a&#8217; y &#8216;persona b&#8217; coinciden en el autobús. Y por ello son pocas las veces que &#8216;persona a&#8217; tiene posibilidad de saludar a &#8216;persona b&#8217; aunque nunca hayan hablado entre sí. Tal vez un día, por simple azar, por una combinación distinta a la habitual, en vez de encontrarse ambos a la salida de sus respectivos trabajos en la misma línea de autobús de siempre, puede que se encuentren en otro lugar, pongamos un ascensor. Podría haber sido cualquier otro, podría haber sido el rellano de una escalera, la sala de espera de un dentista recomendado, una sala de cine semivacía con una película suficientemente especial como para despertar una afinidad insospechada; no, pongamos que &#8216;persona a&#8217; sube a un ascensor que baja y ya dentro nota la mirada de alguien a su lado. Son treinta y dos plantas, tal vez han bajado diez pero queda mucho tiempo. Gira la cabeza hacia la persona que la mira con una leve sonrisa y un presto saludo al que responde, puesto que al fin y al cabo él mismo es de las personas que saludan sin conocerse, y cree identificar a la otra persona como miembro del mismo grupo de personas, sin duda. Pero la mirada sostenida empieza a ser impertinente, a su parecer. Hasta que la otra persona se da cuenta de que no la ha reconocido, como la &#8216;persona b&#8217;, la de la línea de autobús en la que coinciden. &#8216;Persona a&#8217; la mira entonces, avergonzado, ya que debería haber sido él el primero en saludar y en reconocer a &#8216;persona b&#8217;. Pero no ha sido así, al contrario. El lugar no era el correcto, el protocolo de saludo está establecido en un autobús, fuera de él ha sido incapaz de ubicarla.</p>
<p>           Y entonces, entre la planta viente y la diez, quizás movido por la vergüenza, se ha visto en la necesidad de hablar, y ha dicho: &#8216;parece que va a hacer buen tiempo&#8230;, por las tormentas&#8230;, parece que van a acabar&#8230;, lo prefiero&#8230;, me aturullan&#8217;. Y entonces se ha dado cuenta de la mirada perpleja de &#8216;persona b&#8217;, que le ha observado con el pensamiento de que jamás hubiera dicho que &#8216;persona a&#8217; pertenecía al grupo de personas aborrecibles que en los ascensores solo saben hablar del tiempo. Un juicio que &#8216;persona a&#8217; ha adivinado sin necesidad de poderes mentalistas, ya que él mismo aborrece a las personas aborrecibles que en los ascensores solo saben hablar del tiempo. Ha estado tentado de desdecirse para dejar claro a &#8216;persona b&#8217; que no es desde luego de ese tipo de personas que solo saben hablar del tiempo en los ascensores. Pero lo ha considerado inútil.</p>
<p>           &#8217;Persona a&#8217; sabe, sin tener poderes adivinatorios, que la próxima vez que se encuentre a &#8216;persona b&#8217; no va a ser capaz de saludarla. No por nada, simplemente por el temor de que por primera vez &#8216;persona b&#8217; no responda a su saludo, como podría pasar, perfectamente. O tal vez no, no lo sabe, no la conoce tanto como para adivinar su reacción. Pero el simple temor a no recibir respuesta su saludo le aterra, hasta el punto de estar dispuesto a convertirse en una de esas personas que hacen como que no te ven para no saludarte, o de las personas que leen en el autobús.</p>
<p>           Sabe que es demasiado tarde como para recuperar ese punto de conexión. Esa mirada, tal vez, dejaba de ser la de dos hormigas que se cruzan a la salida del hormiguero –o dos perros que se olisquean en un parque– para convertirse en un flujo de empatía por un encuentro casual, en un ascensor, digamos, realmente azaroso y por ello inédito, sin las ataduras del protocolo de dos personas que se saludan sin conocerse en el autobús.</p>
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		<title>172- ¡¡No somos máquinas!! Por Er Killo de Kadifornia</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 18:40:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sentado en el salón, delante del portátil con una hoja de word en blanco, música de Cetu Javu, un café con leche fría y el último cigarro de un paquete de Marlboro. Expuesto así podría parecer algo normal y corriente para cualquier ser humano que esté en el siglo XXI, pero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sentado en el salón, delante del portátil con una hoja de word en blanco, música de Cetu Javu, un café con leche fría y el último cigarro de un paquete de Marlboro. Expuesto así podría parecer algo normal y corriente para cualquier ser humano que esté en el siglo XXI, pero para mí no es así. <span id="more-1148"></span>Yo soy un tío arcaico que sigue empeñado en no querer evolucionar con la tecnología. Me parece tan fría, tan impersonal, códigos binarios 1001100111101 para decir a tus seres queridos cuanto les quieres o cuanto te acuerdas de ellos en esos momentos de bajeza personal, aunque he de reconocer que en el tiempo que vivimos no tenemos otra opción, o si…</p>
<p>Son las siete menos cuarto y el despertador me arranca de la cama cuando todavía no ha salido el sol, me visto casi por instinto y me trago un café con total indiferencia. Cojo el tren y veo a todo el mundo con su mp3 o leyendo el periódico que te regala en la puerta una persona que no demuestra mayor energía al dármelo que yo al recibirlo. Sentado en un asiento cualquiera intento evadirme de la realidad, de ese cometido diario que es la condena a trabajos forzados. Es la única justificación para tanto silencio y tantas caras largas. Llego a mi destino después de casi treinta minutos de conversación con mi subconsciente y todavía tengo las legañas pegadas en mis pensamientos. Me dejo llevar por la multitud que corre por el andén de la estación para hacer su transbordo. No puede ser, si solo son las siete y media de la mañana. Vale todo, empujones, carreras y desafíos para ver quien pasa primero el billete por el torniquete con el único afán de coger un asiento libre en el metro.</p>
<p>En ningún momento he cruzado una sola palabra con otro ser humano. Cada uno va envuelto en su mundo, no hay lugar para una sonrisa, para un saludo, para demostrar que debajo de tanto egocentrismo existe un ser capaz de comunicarse. Otros quince minutos, se vuelven a abrir las puertas del vagón y de nuevo comienza la competición. Sigo sin hablar con nadie. Quizá alguna conversación por móvil o el sonido de un mensaje 11001011110101110. Cuando salgo de debajo de la tierra y respiro el aire contaminado de la gran ciudad me doy cuenta de que ya ha salido el sol, pero mis ganas por que se ponga de nuevo y termine el día han crecido de un modo casi condenable. Son las ocho menos diez y no aguanto más. Necesito un poco de tranquilidad, de paz, volver a mí casa y abrazar a mi familia. Solo con pensar en las horas que tengo por delante, me quedo sin respiración, mis pulsaciones se disparan y mi mente pierde el control. Ansiedad, mucha ansiedad.</p>
<p>Al final llego a la puerta de mi trabajo, recorro la milla verde que me separa del despacho de mi oficina y ficho 110100001101. Yo también soy un código, una ristra de números simples y sin nombre. ¿Dónde perdí mi personalidad? ¿En qué momento de mi vida me convertí en una máquina? ¿Cuándo deje de disfrutar de la vida? Ocho y cinco y no puedo continuar. Únicamente un café de”máquina” es capaz de reactivar mi riego sanguíneo y darle los golpes necesarios a mi corazón para arrancar con mi cometido. Me siento delante de otra máquina durante dos horas y media y vuelvo a lavar las legañas de mi frustración con otro café no mucho más reconfortante. Informes, llamadas de teléfono de personas con las que hablas a diario desde hace tanto tiempo que ya ni te acuerdas y con las que no has tenido la suficiente autonomía mental como para tomar una dosis de cafeína, aunque sea de esa máquina expendedora de <em>Soma.</em></p>
<p>Aparco mi trabajo para comer y con él también mi alma. Me dejo caer en el rincón de un fast-food y recargo mis condensadores con cualquier alimento precocinado. No tengo tiempo ni ganas para pararme a conversar cinco minutos con el camarero, de todos modos el también está en estos momentos dentro de su egoísmo cerebral. Cumplo con mis necesidades gastronómicas y vuelvo a cruzar el corredor de la muerte para fichar de nuevo. Otros informes, más llamadas y cuando siento que todo mi cuerpo entra en shock, que no puedo dar más, que me quedé sin batería. En ese mismo momento, como la campana que indicaba la hora del recreo en el colegio, dan las siete y reseteo mi sistema operativo.</p>
<p>Ya sin pilas para seguir y con las farolas encendidas, comienza de nuevo la cruzada por un lugar de privilegio en el metro, por llegar antes a casa, al oasis que echo de menos desde que salí a primera hora de la mañana. Mantengo la misma conversación que a la ida, nulidad, sequía de fonemas recorren todos los vagones. Los mismos mensajes, voy de camino 1001101110, estoy rendido 00011100 y alguna llamada de teléfono que por momentos parece casi constructiva. Me bajo del tren, son la ocho y veinte de la tarde y ya puedo ver la luz encendida del salón de mi casa. Allí están mis seres queridos, mi cargador. Abro la puerta de casa y entro, un saludo rápido, una ducha no menos rápida para quitarme de encima tanto pensamiento miserable y me siento en la mesa para cenar. Esta vez comparto unas pocas palabras mientras veo la televisión 1100110110110, me pasas el pan, estoy molido, etc. Y a eso de las once de la noche, después de llevarme hora y media viendo en la televisión programas sin sentido y sin contenido decido irme a la cama. ¡¡HASTA MAÑANA!! Y me acuesto sin pena ni gloria. Son las siete menos cuarto y el despertador me arranca de nuevo de la cama cuando todavía no ha salido el sol.  Al final, me doy cuenta de que las únicas palabras que he conseguido expresar con un mínimo de sentimiento han sido esas. HASTA MAÑANA, o mejor dicho 11011 1000100.</p>
<p>Yo ya no soy una máquina, ahora me levanto y me miro al espejo, me dedico una gran sonrisa, intento hablar con cualquier persona durante mi excursión diaria hasta el trabajo. Le dedico unas palabras al de los periódicos, al camarero, canto cuando llego a la oficina, me rio, bailo, y ya no me importa que me llamen loco o si tengo que ir de pie en el tren. A la televisión la miro con el mismo desprecio que ella a mí y le dedico más tiempo a mi familia, a mis amigos, a mi vida. Haz la prueba, inténtalo, no seas una máquina, se una persona, un ser humano, sin ninguna duda saldrás ganando, no seas un autómata del siglo XXI, no merece la pena.</p>
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		<title>171- Cuando los sueños duermen en la habitación de al lado. Por Zelk</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:56:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La noche era densa, plomiza, pegajosa… A medida que avanzaba por las estrechas callejuelas del centro de la ciudad, esta parecía desvanecerse bajo mis pies; era como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante en que la vigilia y el sueño se abrazan, el cuerpo se vuelve [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La noche era densa, plomiza, pegajosa… A medida que avanzaba por las estrechas callejuelas del centro de la ciudad, esta parecía desvanecerse bajo mis pies; era como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante en que la vigilia y el sueño se abrazan, el cuerpo se vuelve sutil y la mente se permite unos segundos de reposo.<span id="more-1143"></span></p>
<p>Me había despedido de Virginia apenas una hora antes, después de hacer el amor con la misma pasión que venía siendo habitual durante los seis años que ya duraba nuestra relación. Recuerdo que la acompañé hasta la puerta y, tras besarla por última vez, quedamos para el día siguiente; luego se marchó pegada a esa sonrisa que parecía tener casa en su rostro, recogiéndose el pelo alrededor de aquel coletero blanco con lunares plateados que tanto le gustaba. Ya a solas, me serví una copa antes de tumbarme en el sofá; entrecerré los ojos y repasé mentalmente cada detalle, cada palabra y cada caricia de la recién concluida velada. A lo largo de mi casi medio siglo de existencia, nadie excepto ella me había llegado a querer nunca más allá del reflejo alargado del gran patrimonio atribuido a mi familia.</p>
<p>De pronto, mientras sorteaba los obstáculos de aquella irregular superficie de adoquines que conducía a la Plaza Mayor, advertí que no podía recordar cómo había llegado hasta allí ni por qué motivo, ya que mi intención, en un principio, era terminar la copa y darme una ducha antes de dormir.</p>
<p>Pero me sentía bien, y a pesar de que la noche era calurosa, decidí seguir caminando. Al llegar a la iglesia me senté a descansar un rato antes de emprender el regreso, aunque en realidad no tenía síntoma alguno de cansancio; es más, apenas tenía percepción de mi cuerpo. Ocupé un banco solitario pegado a los viejos muros del centenario edificio. Al otro lado, una enorme jacaranda reinaba sobre un minúsculo jardín con arbustos y rosales rodeados por unos perfectamente recortados y tupidos setos. Nada hubiera tenido de noticiable, ciertamente, la sigilosa aparición por detrás de estos de un enorme gato negro en el mismo instante en que tomé asiento, de no ser porque el muy condenado, nada más verme, se erizó por completo hasta el punto de que su rabo parecía un palo metálico; permaneció largo rato con los ojos abiertos de par en par e inmóvil como una estatua; mirándome en actitud desafiante y hostil, lanzó varios alaridos –eso desde luego no era maullar- tal como si estuviera poseído por el mismísimo Lucifer. Asustado, me alejé en dirección a otro banco apartado donde sentirme a salvo de la inquietante presencia del felino, que desapareció poco después como tragado por la misma oscuridad que lo había parido.</p>
<p>No habrían pasado cinco minutos, cuando se sentó a mi lado una pareja de enamorados en actitud casi obscena. Mira que había bancos libres y aún así eligieron el mío; a pesar de que había poca luz mi presencia era más que evidente, pero poco pareció importarles, y no tardaron en empezar a acariciarse íntimamente con la misma naturalidad que si hubieran estado solos. Aquello se encaminaba sin remedio a lo inevitable. Paralizado por la sorpresa decidí poner pies en polvorosa, así que me levanté con sigilo y me dispuse a alejarme; era inaudito, no perdieron el tiempo ni en mirarme de reojo, ellos a lo suyo. Habría avanzado no más de tres metros cuando escuché a mi espalda, alta y clara, la voz de la chica en dirección a su amante:</p>
<p>-Cariño, soy tan feliz… No dejo de pensar en ti, has cambiado mi mundo por completo, te juro que estoy viviendo los días más felices de mi vida…</p>
<p>No, no era posible. Hubiera reconocido aquella voz entre una muchedumbre. Me volví y en efecto: era ella, Virginia, mi Virginia. Estaba allí, haciendo el amor con un desconocido ante mis propios ojos. Pensé que estaba delirando; si tan sólo una hora antes estábamos juntos en casa, tan enamorados o más que nunca…</p>
<p>-Te quiero, Virginia –era una voz grave, dura, áspera-. Es como soñar despierto, sólo deseo estar contigo, y aunque sé que por ahora eso no es posible, acepta esto –sacó un estuche que contenía dos pulseras idénticas bordeadas por minúsculas estrellas con incrustaciones de oro y diamantes en su interior- como símbolo de nuestro de amor; llevaremos una cada uno, así cada vez que las miremos será como estar juntos en la distancia.</p>
<p>No pude más, ¿cómo era posible? ¿Qué clase de desvergonzada podía estar hablando con su amante a tres metros de mí, y además ignorarme como a un perro? Una especie de furia irracional me lanzó sobre ellos como un energúmeno… ¿que qué hicieron? él le colocó la pulsera en la muñeca y ella le besó sin levantar tan siquiera la mirada. La impotencia que sentí era tal que les habría matado con absoluta seguridad de no ser porque en ese instante, sobresaltado y sudoroso pero inmensamente aliviado, desperté en mi habitación donde ya se colaban los primeros rayos de sol de la mañana…</p>
<p>-Qué sensación tan desagradable –balbuceé para mis adentros-. Gracias Señor, gracias… Menos mal que sólo ha sido sólo una maldita pesadilla.</p>
<p>Jamás había tenido un sueño tan nítido, tan claro, tan real. Me levanté confundido y decidí darme una ducha para ver si el agua y el jabón lograban sacar de mí esa sensación espesa y perturbadora que me invadía. Necesité toda la mañana para conseguirlo, pero al fin concluí que todo se había debido a una simple jugarreta de mi inconsciente y me dispuse a diseñar el nuevo día.</p>
<p>Mamá me había invitado a comer; fiel a sí misma se pasó todo el tiempo explicándome qué productos utilizar para limpiar la casa, qué alimentación debía llevar y, sobre todo, qué diablos nos ocurría a Virginia y a mí para que después de seis años de relación, y con la edad que íbamos teniendo, siguiéramos solteros y –según ella- cohabitando en terrible pecado mortal.</p>
<p>- Estamos bien así mamá, esto lo hemos hablado mil veces –apelé a toda mi paciencia-. Pero lo mismo cualquier día de estos te damos una sorpresa de otro tipo.</p>
<p>- ¿De otro tipo? –Arqueó las cejas hasta adoptar esa expresión tan suya cuando quería demostrar asombro-.  Ya sé, es un hijo ¿verdad? Si me queréis llevar a la tumba, lo único que debéis hacer es tener un hijo sin estar casados.</p>
<p>-No es un hijo mamá, eso ni se nos pasa por la mente –era totalmente sincero-. Ser padres es algo muy serio. Además Virginia no quiere perder su trabajo de azafata, que es absolutamente incompatible con la maternidad y las ataduras.</p>
<p>- ¿Entonces dejarás que me muera sin saber qué es ser abuela? –era una chantajista emocional compulsiva-. Pues que sepas que un nieto es la mejor medicina para una pobre viuda solitaria, deberías pensar un poco más en mí… Eso sí, un nieto como Dios manda, con la bendición de la iglesia.</p>
<p>Y así transcurrieron las dos horas siguientes, entre consejos, instrucciones y órdenes de mamá, como solía ser habitual en nuestras reuniones. La llamada de Virginia, puntual como siempre, me salvó de sus garras casi a la seis de la tarde, justo cuando ya empezaba a desesperar.</p>
<p>- Hola mi amor –su voz dulce y aterciopelada, más aún comparada con la de mamá, me sonó a música celestial-. Qué ganas de verte, te aseguro que lo de anoche, aunque se podría calificar de insuperable, me tiene todo el día pensando cómo superarlo, ya me entiendes…</p>
<p>- Claro Virginia, te recojo en quince minutos –disimulé, pues mi madre tenía un oído finísimo y siempre en guardia -. ¿Qué te parece si vamos a ver la última de Almodóvar?</p>
<p>Virginia entendió la indirecta y se limitó a dar el OK antes de colgar el auricular. Me despedí apresuradamente de mamá, francamente estaba deseando salir al exterior y oxigenarme después de su interminable monólogo. Al volante de mi espectacular Mercedes de última generación, me deslicé feliz por las amplias y casi desiertas avenidas de la ciudad. La magia de la guitarra de Mark Knopfler, con el potente equipo musical del automóvil a toda pastilla, llenaba el habitáculo y mi cerebro de vibraciones positivas.</p>
<p>Cada vez que la veía era como hacerlo por vez primera, siempre había en ella algo diferente que la hacía aún más hermosa. En esta ocasión, por supuesto, no iba a ser menos. Un sencillo vestido azul de tela casi transparente con bordes blancos y falda por encima de las rodillas, no dejaba casi nada a la imaginación, apenas incapaz de esconder su espectacular silueta coronada por una agreste melena de pelo negro como el carbón cayendo en cascada sobre los hombros. Cuando me saludó desde la barra de aquella cafetería, ni ella podía estar más infinitamente hermosa ni yo más dichoso por ser la persona a la que esperaba. Creo –qué digo creo, estoy seguro -que cuando me acerqué para besarla en los labios fui blanco de la envidia de todos los allí congregados, cosa que casi llegó a ruborizarme.</p>
<p>- Rápido cariño –rezongó mientras trataba de desembarazarse sonriente de mi abrazo-. La película ya debe haber empezado. Suéltame, sabes que no soporto perderme el principio…</p>
<p>Tras el correspondiente acopio de palomitas, coca colas y demás complementos del buen cinéfilo, pasamos a la abarrotada sala justo cuando se apagaban las luces; trabajosamente nos deslizamos hasta nuestros asientos en la última fila y nos dispusimos a disfrutar del filme. </p>
<p>Tal vez ella lo hiciera, pero yo no recuerdo siquiera el más mínimo detalle argumental. De pronto la pantalla de aquel cine se oscureció para mí; recuerdo que la sangre empezó a hervir en mis venas hasta casi llegar a incendiarlas. Una décima de segundo, incluso menos, me bastó para advertir dentro de su bolso el brillo de una pulsera de oro y diamantes que ni la oscuridad de un millón de noches me habría podido ocultar.</p>
<p>Ella lo advirtió, pero se limitó a dejar pasar unos minutos para luego, distraídamente, mostrarme la joya sin mucho entusiasmo y agregar en voz baja:</p>
<p>- Casi me olvido… ¿quieres ver qué me ha regalado mamá? O se ha vuelto definitivamente loca o intenta resarcirse por algo que le remuerde la conciencia; mira qué pulsera tan increíble…</p>
<p>Cuando la examiné de cerca no me quedó ninguna duda: era la misma que aquel misterioso hombre colocara en su muñeca la noche anterior. Pero, ¿cómo era posible? Estaba tan confuso por el extraño giro de los acontecimientos, que sólo acerté a dedicarle una estúpida sonrisa para luego sumirme en el silencio más absoluto. Al salir del cine aduje un terrible dolor de cabeza y me desembaracé de ella tratando de que no sospechara. ¿Y qué otra cosa podía hacer? ¿Acusarla de serme infiel en un sueño? Ya analizaría todo aquello más adelante; con los ojos cegados por las lágrimas y el vehículo a más de ciento cincuenta kilómetros hora a través de aquella carretera comarcal, no sé cómo conseguí regresar a casa sano y salvo.</p>
<p>A pesar de que nunca llegué a tener una sola prueba, lo cierto es que nuestra relación acabó naufragando. Ella se cansó de luchar -o eso decía- y al fin dejó de hacerlo; o de fingirlo, ¿qué sé yo? Pasé inevitablemente por una terrible depresión que casi acaba conmigo, pero afortunadamente, dos años más tarde, pude salir adelante.</p>
<p>Casualidad o no, ¿qué más da? lo cierto es que meses más tarde, una mañana entre la vorágine de un aeropuerto cualquiera en hora punta, la vi perderse por una escalera mecánica de la mano de aquel hombre. Dos inconfundibles pulseras con estrellitas incrustadas en oro y diamantes, unían sus muñecas como pegamento.</p>
<p>Nunca más, lo juro, he vuelto a tener un sueño tan nítido. ¿O tal vez sí? No lo sé, de todas formas, ¿qué importa eso ya?</p>
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		<title>170- El poder de un Dios. Por Catch-22</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:53:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“¡Increíble!&#8230;. ¡respiran luz!&#8230;..” (Un disparo, un ruido: ¿un cuerpo que cae?, silencio&#8230;). Alan Drake interrumpió la audición. En realidad no había nada más que escuchar. Observó de nuevo el resto del contenido del sobre. La dirección, el nano-switch, el ikonoductor móvil. Sentado, cansado, apoyó la frente en sus manos, y cerró los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“¡Increíble!&#8230;. ¡respiran luz!&#8230;..” (Un disparo, un ruido: ¿un cuerpo que cae?, silencio&#8230;). Alan Drake interrumpió la audición. En realidad no había nada más que escuchar. Observó de nuevo el resto del contenido del sobre.<span id="more-1137"></span> La dirección, el nano-switch, el ikonoductor móvil. Sentado, cansado, apoyó la frente en sus manos, y cerró los ojos&#8230; tal vez así despertaría de este mal sueño. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la señal del ikonoductor. Lo activó, sin ganas, sabiendo lo que escucharía. Colgó. No podía retrasarlo más, tenía que moverse, y hacerlo rápido. DRATUS venía tras él. </p>
<p>Conocía muy bien la forma de actuar de Maruchenko, la cabeza visible de la siniestra organización DRATUS. Sabia que si no lo tenía ya, no escatimaría ningún medio para conseguir lo que quería y, desde luego, medios no le faltaban. Maldijo para sí mismo la imprudencia de su contacto, le había dejado bien claro que el ikonoductor era una herramienta traicionera y a pesar de ello, lo había vuelto a usar. Subió a su discreto utilitario italiano de medio vuelo, y se dispuso a emprender una carrera frenética contra el tiempo, en la que el mayor descubrimiento de la humanidad corría peligro de caer en las manos equivocadas.</p>
<p>….</p>
<p>-Ya lo tenemos- Maruchenko sonrió ante la pantalla… había utilizado todos sus recursos para encontrarlo, y aún así, todo había sido en vano hasta ahora. Hasta ahora. No quedaba mucho tiempo. –Lo hemos localizado- dijo, y levantó la vista hacia Kaita.– Lo quiero vivo. Intacto.- Kaita asintió en silencio y salió de la sala. Maruchenko contuvo la agitación que sentía… Casi lo había logrado…. Aún no entendía cómo KASSTAR se había hecho con el cuerpo, robado la información y destruido los archivos originales. Si no llega a ser por el Dr. Shustov, hábilmente infiltrado en el equipo de KASSTAR a tiempo, ahora mismo todo estaría perdido. ¡El trabajo de 10 años en manos de la competencia!&#8230; sólo de pensarlo se ponía enfermo. El futuro de la humanidad, <em>su</em> <em>humanidad</em>, estaba en juego. Y no había sitio para nadie más en el futuro.</p>
<p>….</p>
<p>Alan llegó a las afueras de la capital. El conjunto de los edificios de las instalaciones de los laboratorios de KASSTAR constituían una pequeña ciudad delimitada por un muro de más de veinte metros. No pudo evitar un ligero sentimiento de nostalgia. Ya hacia casi diez años que había dejado su trabajo allí. Se identificó como agente del gobierno, y, una vez dentro, no tuvo dificultad para llegar a la dirección que su contacto le había enviado. Entró en el edificio, y subió a la cuarta planta. La sala 42 se encontraba casi al final del pasillo. No se oía nada que no fuera el sonido de sus propios pasos. Una vez frente a la puerta utilizó el nano-switch que había rescatado del sobre. Karl le esperaba dentro.</p>
<p>-          … aquí tienes los resultados del análisis del sujeto robado a DRATUS, junto con todos los detalles científicos de la investigación. Lo dejo todo en tus manos, Alan. He destruido el resto de la información. Ahora ni DRATUS ni KASSTAR la poseen.</p>
<p>-          El gobierno del país y la humanidad están en deuda contigo, y yo también, Karl.</p>
<p>-          Supongo que sólo podré cobrarte a ti esa deuda, así que no te dejes matar ¿OK?</p>
<p>-          Lo intentaré – Alan sonrió levemente, los viejos tiempos acudieron a su memoria. Hacía ya 4 años que no trabajaban juntos, era agradable comprobar que esos años no habían cambiado a Karl Shustov. </p>
<p>…</p>
<p>Ardía en deseos de reproducir el disco holográfico retrodispersor que Karl le había proporcionado, y lo haría en la tranquilidad de su “cueva” (un lujoso apartamento en el piso 1205 de “La Torre”) mientras disfrutaba de su terapia levitatoria transcendente. No concebía la paz mental sin ella, especialmente tras conocer, meses antes, que el futuro de la humanidad estaba claramente escrito en la estrellas. Y no era precisamente alentador.</p>
<p>…</p>
<p>La luz que emitía el calendario astronómico era la única que iluminaba la estancia del pequeño apartamento. Karl se preparó una bebida bastante fuerte. No lo ayudaría, al igual que tampoco lo haría la música suave que acababa de poner, la tenue luz… pero de cualquier forma, era agradable. Al igual que ayer, el sueño no acudiría esa noche, ¿quién podía dormir en estos días?&#8230; Se recostó en su sofá ergonómico y dejó su mente vagar.</p>
<p>Intentó hacer memoria de los terribles acontecimientos del último año. Todo comenzó con las constelaciones del Zodiaco. Era como si el año se fuera acortando cada vez mas; el fondo de estrellas que antes se reproducía cada 365 días ahora ya lo hacia cada 50, e iba acortándose rápidamente. Pronto descubrieron la razón: el sistema solar en su conjunto ya no orbitaba sobre el centro de la galaxia, sino sobre algo mucho más cercano, más poderoso también. El agujero negro que les había atrapado tenía la masa de 1 millón de soles,…¡y no había escapatoria!. Era urgente encontrar una vía de escape para la especie humana antes de que todo fuera engullido en la nada más absoluta. Pero había un problema: aunque las naves ultragalácticas existían desde hacía un siglo, era imposible sintetizar el oxígeno suficiente para el larguísimo viaje…al menos que sólo salvaran a unos pocos. Pero, ¿quién tomaría esa terrible decisión?. Sin embargo, se encontró otra solución…</p>
<p>El fugaz sonido que emitió su ikonoductor lo devolvió a la realidad, Kaita quería encontrarse con él.</p>
<p> ….</p>
<p>Kaita apagó el ikonoductor. El plan seguía el curso previsto, pero se sentía intranquila, culpable quizás. Traicionaba a su gobierno, a su país. Recordó las suaves palabras de Karl, todo es por un bien mayor, juntos lo conseguirían. Que Alan se pusiera en contacto con ella era sólo cuestión de tiempo, poco tiempo, en realidad. Pero su misión no terminaba ahí. Tenía que servir a Maruchenko la cabeza de Alan en bandeja de plata.</p>
<p>….                                                                                                                </p>
<p>Alan terminó de estudiar el material que contenía el disco. Por una parte, el sueño más preciado de la humanidad, ni más ni menos que la inmortalidad, se hacía por fin realidad. Era de una sencillez pasmosa, como todas las ideas geniales <em>a posteriori.</em> Las plantas de alguna manera ya “respiraban” luz, la fotosíntesis les daba el oxígeno y el alimento necesarios, el hombre no hacía nada más que aprovecharse de este fenómeno, directa o indirectamente, a través de la ingestión de herbívoros. Por otra parte, era precisamente el oxígeno que respiraban ellos por su cuenta lo que les mataba a la larga, les acababa “quemando”. Pero lo habían conseguido, mediante una manipulación genética ingeniosa ya era posible que los hombres respirasen luz directamente… se habían liberado de la necesidad de cargar con su valioso combustible allá donde fueran. Pero no todo terminaba ahí.</p>
<p>Las mutaciones para respirar luz implicaron necesariamente otras mutaciones: las de los <em>clock genes</em>, ya que era inútil, (y peligroso, como se demostró después), su papel en la regulación del consumo de oxígeno. No era posible simplemente eliminarlos, ya que regulaban también los ritmos circadianos humanos, algo imprescindible para su adaptación a los distintos entornos que les esperaban. Pero también se había encontrado la manera de, desde el exterior, y ¡a distancia!, controlar de forma increíblemente precisa las miles de distintas expresiones de los <em>clock genes</em> mutados, para así ajustarlos al entorno y conseguir una adaptación inmediata. Y ahí estuvo la trampa. Porque la expresión de los <em>clock genes</em> controlaba a su vez la muerte (apoptosis) celular.  La identidad del individuo mutante (que podría eliminar con una muerte selectiva de células cerebrales) y su vida (la muerte celular masiva acabaría con él en cuestión de segundos) estaría en manos de quien poseyera tan increíble tecnología. La gente no tendría más opción, si no querían morir o perder su “espíritu”, que doblegarse a su voluntad. KASSTAR y DRATUS competían por alcanzar ese poder. El poder de un dios. Quien ganara la batalla tendría en sus manos salvar a la humanidad. A cambio, la humanidad le pertenecería.</p>
<p>Tenía que contactar urgentemente con la doctora Kaita Sun. Y sabia donde encontrarla. En la zona subterránea el sector Oeste, justo debajo del ostentoso Palacio de Congresos de la ciudad. Pero debía tener cuidado. Rastreó con el psicolocalizador cuidadosamente los alrededores por si le estaban siguiendo. Así era, el juego comenzaba.</p>
<p>Decidió que era demasiado arriesgado coger el coche, así que salio a la calle y abordó un aerotaxi. Aterrizó en la planta más alta de la torre situada frente al Palacio de Congresos. Allí cogió el ascensor y se dirigió a una de la salas de limpieza, en la que se adueñó de una de las batas de los empleados. Al final, empujando un carro con los típicos utensilios del oficio (incluido el desionizador de polvo portátil, de 15 mil voltios) se encaminó tranquilamente a la salida. Se deshizo del carro y la bata, pero retuvo el desionizador, de un tamaño muy manejable.</p>
<p>Una vez en la calle echó un vistazo al cielo, algo iba mal con la luz de mediodía. La visión que tuvo le dejó paralizado. Aunque el proceso debería ser gradual, algo no cuadraba. La intensa fosforescencia producida por la nube de gas cósmico deglutido por el agujero negro no debería haber cegado el sol tan pronto. Sin embargo, todo el cielo brillaba con una luz azul-verdosa  sin solución de continuidad. A partir de entonces, ya no habría noche en la tierra, era como estar bajo una potentísima aurora boreal que auguraba el fin inminente el orden conocido. Pero, no había tiempo para sentimentalismos ni especulaciones científicas.</p>
<p>Llegó al Palacio de Congresos, sus credenciales gubernamentales le permitieron moverse por el edificio sin problema. Accedió a los sótanos. Al parecer no había moros en la costa. Demasiado fácil. ¿Una trampa? Qué ilusos&#8230; No necesitó forzar la puerta, estaba abierta. Entró sujetando fuertemente el desionizador en su mano derecha.</p>
<p>Acertó a ver unos pies femeninos, el final de un cuerpo tumbado y sangrante que reconoció por haberlo visto en la hipervisión holográfica de su salón. Dos individuos le contemplaban. A Karl lo identificó enseguida, pero a Maruchenko no lo había visto en su vida…</p>
<p>….</p>
<p><em>“Aún queda explicar el porqué de la actitud de Alan cuando escucha la grabación, cual es su plan, que relación tenía con Karl, que gana este haciendo lo que hace, cual es el papel real de Kaita en esta historia, porque KASSTAR no tiene una cabeza visible, porqué Maruchenko está esperando en persona a Alan, porqué le quiere vivo, como utilizará Alan el desionizador… y muchas cosas más…”</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>A Marta ya le dolía la cabeza, no pensaba en otra cosa. Todo empezó como un juego, y el juego le había llevado a descubrir que escribir es crear. Descubrir que en ese mundo ficticio tienes el poder de un dios. Pero un dios que no juega a los dados(*). Aún siendo supuestamente omnipotente no podía hacer y deshacer a su antojo, las historias de los personajes debían tener un sentido y entrelazarse con la del resto de una forma coherente. </em></p>
<p><em>Si quería que la parte mas “fantástica” de la historia se inspirase en leyes físicas y biológicas reales tampoco tenía una libertad total al imaginarlas. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Eran pocos los personajes, pero, construirles una vida en un mundo determinado no le estaba resultando una tarea fácil, en absoluto. Quizá, al igual que un dios, tendría que recurrir a que les ocurriera alguna “casualidad” para explicar alguna cosa. Eso también le dio que pensar.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>En algún sitio escuchó sin embargo una explicación más poética. Que al final nunca se era un autor escribiendo la historia de unos personajes. Ellos buscaban un autor que escribiera su historia.</em></p>
<p><em>Dejó el ordenador por el momento, tenía que descansar. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>(*)”Usted cree en un Dios que juega a los dados, y yo en la ley y orden absolutos” </em>Albert Einstein, carta a Max Born<strong></strong></p>
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		<title>169- 1490. Por Jefree Jee</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:40:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mi universo favorito siempre estuvo entre todas aquellas botellas de mil colores y extrañas formas, en la oscura trastienda donde el aire parecía oro cuando la luz lo atravesaba, y olía como huele todo lo antiguo, a madera de bosques misteriosos, cera para abrillantar, polvo, y algo que la hacía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi universo favorito siempre estuvo entre todas aquellas botellas de mil colores y extrañas formas, en la oscura trastienda donde el aire parecía oro cuando la luz lo atravesaba, y olía como huele todo lo antiguo, a madera de bosques misteriosos, cera para abrillantar, polvo, y algo que la hacía única, pimpinella anisum (anís).<span id="more-1133"></span> Matías era una curiosa mezcla de muchas cosas, creo que lo que más le gustaba eran las historias de tierras lejanas, las contaba con entusiasmo y las escuchaba con deleite. Como hombre de mundo que era, y no precisamente por las historias, mucha gente solía acudir a la tienda en busca de sus curiosos consejos. Como medio de vida (y de conocer nuevas historias) se dedicaba a comerciar y transportar, tenía tres grandes y lentos barcos de vela con los que compraba y vendía mercancía de lo más variopinto. Sentía una extraña debilidad por las botellas de cristal de formas y colores caprichosos; aunque lo que en verdad lo había hecho famoso en la ciudad eran sus caramelos de anís. Y ese era uno de sus secretos, los mandaba traer en sus barcos de la lejana China, por eso los caramelos de Matías, al igual que las galletas de la suerte, tenían un papelito con mensaje dentro y eso los hacía doblemente deseados.</p>
<p>Esa tarde acababa de arribar el capitán Yuste con el barco grande de Matías. Estaba escapándose ya el día y las sombras campaban a sus anchas por el puerto cuando el capitán se dejó caer por la tienda. Desde la misma puerta hizo un ademán ansioso a Matías y ambos desaparecieron en lo que mi tío gustaba de llamar su despacho. Digo mi tío aunque no lo es, quizá sea más. Mi padre fue marinero, precisamente en el barco de Yuste, y mi madre&#8230; mi madre dice Matías que tenía una sonrisa maravillosa, capaz de evaporar el malhumor más pertinaz. De ella he heredado mi pelo oscuro y lacio que nunca deseo cortar, como un pirata, aunque a fuerza de ser sinceros, también he heredado de ella su pequeña estatura. De mi padre he sacado los ojos marinos y la risa fácil; el gusto por el vino, dice Matías, que por mi bien, mejor no lo compruebo. A ella se la llevó la sífilis, a él un golpe en una taberna, y yo tenía todas las papeletas para irme de cabeza al hospicio. Pero no fue así y por eso y por muchas cosas, daría lo que fuese por mi tío.</p>
<p>El caso es que cuando Yuste y Matías salieron del despacho, a mi tío se lo veía a la vez preocupado y emocionado, caminaba sin ver, con la mirada lejos, muy lejos de la tienda. Dejó mi tío a Yuste cómodamente sentado en una mesa, dando buena cuenta de un abundante plato de viandas, que la tienda era también bar, y posada, y agarró decidido la puerta de la calle, aún sin soltarla se giró lo justo para indicarme que lo acompañase, y así empezó la historia.</p>
<p>Mientras caminábamos en pos del puerto y por consiguiente del barco grande, supe que había llegado procedente de la China, cargado hasta los topes de los preciados caramelos de anís. Pero esta vez, los caramelos eran distintos. Cuando Yuste llegó a la fábrica, situada en una remota región asiática, se encontró con que la había adquirido un anciano todavía más sabio que el anterior propietario.</p>
<p>-¿Por qué es más sabio el dueño actual? -le pregunté a Matías.</p>
<p>-Los nuevos caramelos poseen la antigua sabiduría I-Ching, surgida hace unos 2.500 años. En vez de un mensaje traducido, tienen bellamente dibujada una respuesta en caracteres chinos, unos dicen “sí”, otros dicen “no” y otros&#8230;</p>
<p>-¿y otros&#8230;? –insistí yo.</p>
<p>-Otros dicen “tal vez” -me contestó él.</p>
<p>-¿Y por eso son mejores los caramelos?</p>
<p>-Por eso nos han costado lo triple, y si es verdad lo que dice el capitán Yuste, se me antojan baratos -replicó Matías, y al poco llegamos al puerto.</p>
<p>-¿Funcionan? -le pregunté.</p>
<p>-Yuste ha asegurado que son asombrosamente infalibles, cuando realizas la consulta correctamente, te contestan y además tienes la certeza de que no es un engaño. Únicamente hay que seguir al pie de la letra unas sencillas reglas antes de formular la pregunta y desenvolver el caramelo.</p>
<p>-Será antes de elegirlo –lo interrumpí, dando por seguro que Matías se había equivocado.</p>
<p>-No, y ahí reside parte de su extraña magia, primero lo eliges, y luego preguntas –me replicó mientras ascendíamos por la pasarela del enorme carguero, que además de a brea y a mar, olía a misterio.</p>
<p>La tripulación se había apresurado camino de tabernas, posadas y&#8230; otros locales, de modo que nos encontramos con la tropilla de vigilancia (5 fornidos marineros y un suboficial) y con alguien que llevaba rato esperándonos, el chino que mi tío empleaba de intérprete en los viajes de sus barcos a Asia. Él mismo, vestido con magníficas ropas extranjeras, fue quien nos explicó con detalle las instrucciones para poder preguntar a los caramelos y luego nos animó, si es que estábamos en circunstancias de poder hacerlo, a coger un caramelo y obtener una respuesta. Yo le pregunté a mi caramelo si sería un famoso pirata y al enseñarle el papelito con extraños caracteres al chino, él leyó “tal vez”, pues vaya&#8230; Desconozco la pregunta que hizo Matías, pero el chino al leer el papelito miró a mi tío a los ojos y movió afirmativamente la cabeza, y él sin añadir palabra, me puso una mano sobre el hombro y con un extraño brillo en la mirada me revolvió el pelo. Les conté cuál había sido mi pregunta y con una sonrisa indulgente flotando en sus labios, el chino me dijo que todavía era demasiado joven, que para mí eran tan sólo sabrosos caramelos de anís. Y en verdad que eso no era poco, pero me quedé bastante desilusionado. Por aquel entonces, ser pirata, era mi gran sueño, aquel con el que fantaseaba sin descanso y del que habla a todas horas con todo el mundo.</p>
<p>Todo eso sucedió siendo yo muy niño, casi un hombre. Luego todas las aguas siguieron caminando hacia el mar y mis lágrimas se sumaron a ellas cuando Matías, ya el viejo Matías, se fue al mundo de sus historias. Yo cogí de sus manos el timón de su reino, pero ya no eran tres grandes barcos que surcaban los profundos océanos sino un viejo cascarón el que apenas navegaba por costas cercanas; la tienda se había limitado definitivamente a posada, y la trastienda se había quedado casi, casi, vacía; llena tan sólo de ecos del pasado y de unas cuantas de las más extrañas botellas de la especial colección de mi tío. Da la amarga impresión de que todo se estaba yendo inexorablemente a pique, que Matías había despistado sus posesiones y que yo mismo no había sido más que un perfecto inútil, y no, nada tan lejos de lo realmente acontecido. Lo que sucedió, es lo que siempre, siempre, sucede, que el mundo gira, y éste ya no es tiempo de pequeños e intrépidos comerciantes, sino de grandes empresas societarias. Matías y yo lo sabíamos y fuimos vendiendo cuando era menester vender y guardando el valor de cada cosa en oro, porque el sueño de Matías se terminaba y yo debería, con ayuda de ese oro, construir el mío.</p>
<p>Unos carboneros me hicieron una oferta justa por el último de los barcos y se lo vendí con pena, pero no fue ni la décima parte de la tristeza que me produjo desprenderme del edificio de la tienda. Lo compró una fábrica enorme de salazón que se quedaba sin espacio y por eso pagó casi el doble de lo que costaba. Mañana por la mañana todo esto será suyo y vendrán a derribarlo para poder extender sus ruidosas entrañas metálicas. Pero esta noche todavía es mío, esta última noche estoy solo en la trastienda, como tantas veces, entre el aire de oro, embalando con lágrimas en los ojos, dos pequeñas botellas de colores, las últimas, y despidiéndome de cada rincón de mi querido Universo.</p>
<p>Ya no soy un niño, he crecido y el mundo también ha crecido. Un español ha descubierto el final del océano tenebroso y a su vez un continente nuevo o una nueva ruta hacia Asia, todavía no parece estar claro; pero yo sigo queriendo ser pirata. Mi sueño se dibuja con un flamante y veloz barco de guerra, con conquistas y proezas, con grandes batallas&#8230; Ser pirata es ir en contra de todo aquello por lo que Martín luchaba y ciertamente esa es mi ancla. Podría adquirir una hacienda en el interior empleando parte del oro que poseo y tener una vida próspera y apacible&#8230; Matías siempre me decía que escuchase a mi corazón, pero cuando oía de mis labios la palabra pirata algo se le revolvía dentro y por eso dejé de decirla, por eso&#8230; por eso. Ya una vez siendo niño pregunté a los caramelos de anís y no me dieron respuesta. Ya no quedan caramelos de esos, hace ya muchos años que se ha vuelto demasiado temerario el viajar a la China, pero todavía recuerdo las instrucciones:</p>
<p>1. No preguntar lo mismo más de una vez.</p>
<p>2. No preguntar algo que ya se sabe o que se puede averiguar.</p>
<p>3. No preguntar lo que no desees saber.</p>
<p>Centenares de caramelos de anís me habré comido en esta silenciosa trastienda, dejando vagar mi mente entre tantas tontas fantasías allende los mares, aunque siempre sin leer los papelitos. Porque Matías, aquella noche al salir del barco, me recomendó respetar siempre la sabiduría del I-Ching, y como en todo procuraba yo seguir su consejo, habiendo ya planteado la única pregunta para mí importante, jamás volví a formular ninguna otra a los mágicos caramelos de anís. Guardé, eso sí, aquel papelito con la respuesta “tal vez” en una diminuta botella lapislázuli, mi favorita, la que estaba colocada justo al lado de la rojo dragón, la preferida de mi tío. La guardé porque aunque no era un sí, era mucho, muchísimo más que un no.</p>
<p>Esta última noche, decidí contemplar el mensaje de nuevo; me costó gran esfuerzo sacarlo por el estrecho cuello de la singular botella. Algo especial recorrió mi cuerpo cuando volví a tener ante mis ojos aquel papel procedente de tierras tan exóticas. Lo desplegué y pude observar de nuevo la elegante caligrafía china. Entonces, sin saber por qué, me asaltaron mil dudas y me acerqué casi corriendo a una de las tabernas grandes del puerto. Me llevó un buen rato localizar a un oriental entre la marinería allí presente; cuando al fin encontré a uno capaz de leer chino, le rogué que me tradujese el papel. Lo tomó cuidadosamente de mis manos y tras acercarlo a la luz cimbreante de una lámpara, pronunció dos palabras con voz sorprendida: «serás pirata».</p>
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		<title>168-Repactación del dolor en una familia. Por Julio Rivera</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:37:59 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[           El disparo atravesó sin permiso desde el extremo izquierdo al derecho del cráneo. Margarita, horrorizada tapó su cara con ambas manos, tratando de atrapar el grito de espanto. Julia, cinco pasos más atrás, se abalanzó como desmayada hacia su abuelo, intentando encontrar consuelo en su demacrado cuerpo. Sumergida en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>           El disparo atravesó sin permiso desde el extremo izquierdo al derecho del cráneo. Margarita, horrorizada tapó su cara con ambas manos, tratando de atrapar el grito de espanto. Julia, cinco pasos más atrás, se abalanzó como desmayada hacia su abuelo, intentando encontrar consuelo en su demacrado cuerpo. <span id="more-1129"></span>Sumergida en los brazos del octogenario, lloró desconsoladamente mientras en cada lágrima caía el recuerdo de sus 17, con el resto de su padre que estaba frente a ella. El cuerpo inerte de Ramón cayó desparramado en el suelo y, a su lado, un poco más allá, una carta manchaba sus faldas blancas con la sangre del suicidio desesperado.</p>
<p>          Al pasar los minutos, la familia congregada comenzó a reaccionar. Atrás quedaron las últimas palabras de Ramón, poco antes de apretar el gatillo justiciero de la pistola: <em>lo importante es que estamos todos juntos para superar este momento. </em>Entonces Margarita, Julia y el abuelo cayeron engañados ante la calmante seducción que se desprendía en sus palabras. Entonces dejaron escapar un suspiro de alivio tras escucharlo, pero antes de concluir, el insolente rugido balístico alcanzó indirectamente la vida de cada uno. Ahí quedaron congelados en el impacto.</p>
<p>          Cuando reaccionaron nuevamente, Margarita tragó con dificultad una lágrima atravesada en su garganta. Con mucho valor y no tanta valentía, alcanzó la carta manchada con sangre y la colocó sobre la mesa. Era el único mueble que decidió permanecer fiel hasta la drástica decisión. Entonces como un detective analizó su contenido en silencio. Sobre el comportamiento de Ramón esa mañana nadie manejaba datos certeros. Estuvo solitario en una plaza, porque ocupaba el puesto de cesante hacía dos meses, pero ninguno de la familia conocía esa situación. Sólo entrada la tarde, Julia se extrañó al verlo tan temprano en casa.</p>
<p>          -Y tú,  ¿qué haces acá?- preguntó extrañada. Los ojos de Ramón bailaban desorientados. Un vaso de whisky sobre esa mesita confirmaba su ebriedad. Con la mano derecha trataba de ordenarse el pelo revelado ante el gel; con la izquierda sostenía la carta. En cada balanceo, la camisa trataba zafarse del pantalón, mientras los botones, como adelantando el drástico final, intentaban huir lanzándose al vacío poco a poco.  Después, el abuelo despertó de su siesta vespertina. Como la sordera atacaba de vez en cuando, asentía obedientemente a las respuestas de Julia. El toque del timbre pareció salvarlo, pero la visita era inesperada e inoportuna. El agente fue breve, conciso y drástico.</p>
<p>          El escándalo de Margarita vino después. Pero el origen de su furia no era por el estado alcoholizado, sino por toda la situación. Después Ramón trató de calmarse, apaciguó a la familia y se disparó. La viuda recientemente nombrada preguntó nuevamente qué le había dicho el agente.</p>
<p>          -Que el próximo miércoles era el último plazo- respondió Julia, tropezándose entre sollozos. Los tres miraron el cuerpo como esperando estúpidamente que confirmara ese dato. Esa incómoda pausa la rompió el abuelo al dar respiros agitados de desesperación.</p>
<p>          -Es… es la presión- alcanzó a advertir mientras se tocaba el pecho como poniéndole una barrera al corazón que imploraba escapar. Margarita le dio una pastilla que lo calmó. Ella se tomó otra para evadir esos incómodos minutos. Sólo cuando sintió el impulso adecuado llamó a la policía para notificar la muerte. <em>Como si ellos fueran los jueces que corroboran el fallecimiento</em>, pensó irónicamente. Después sintió culpa de albergar esa idea en un momento tan inoportuno como éste. Siempre los tenía, pero no trabajaba en evitarlos.</p>
<p>          Una patrulla no tardó en llegar. Se bajaron dos uniformados. Uno gordo y viejo que insistía en arreglarse el cinturón, y otro más joven y flaco. Éste último se identificó como teniente. En sus hombros portaba dos estrellas que lo posicionaban como un ser superior ante sus pares. Con la frialdad de un profesional, los policías movieron el cuerpo como si se tratara de un saco desprendido en el suelo.</p>
<p>          Leyeron el contenido de la carta y parecieron transcribir parte de ésta a su libreta de apuntes. Alcanzaron a susurrarse algo y sonreír, pero la inquisidora mirada de la familia detuvo los comentarios.</p>
<p>          -¿Y a qué hora vino ese hombre que me comentó?- preguntó con la seriedad propia de un teniente.</p>
<p>          -Habrá sido como las 2:30, después de almorzar- respondió coqueta Julia. Entonces el superior, haciendo uso de su ojo policial, enteró la reverencia adolescente. Crispando sus cejas volvió a inquirir.</p>
<p>          -¿Le dijo algo después que se fue?</p>
<p>          -No, solamente mencionó lo que tenía que decir y se marchó. Él, como estaba medio ebrio, nos miró casi llorando, y dijo que no podía más. En todo momento hablaba que era lo mejor para todos. Traté de distraerlo, al menos hasta que llegara mi mamá…</p>
<p>          -¿Cuándo se disparó?</p>
<p>          -Cuando estábamos todos juntos. Esperó que estuviera reunida la familia para hacerlo- intervino Margarita y, para no perder protagonismo en el improvisado interrogatorio, agregó otras palabras– nos juntó a todos en esta sala, que hasta algunas semanas era un living y luego nos leyó la carta, nos miró y de su bolsillo sacó la pistola y se disparó. Fue todo tan rápido-.</p>
<p>          Cinco horas después llegó un carro para retirar el cuerpo. El oficial antes de irse preguntó a Julia, con segundas intenciones, si necesitaba algo; ella respondió que no. Entonces el teniente dejó su número telefónico recalcando que lo molestara sin culpa, <em>me llamas a cualquier hora y ahí estaré</em>, enfatizó galán al despedirse.</p>
<p>          El abuelo y Margarita no durmieron esa noche; Julia, en cambio, observó indecisa el celular entre una llamada inexistente al teniente y la extinguida pena tras la muerte de su padre.</p>
<p>          A primera hora, el teléfono irrumpió en el silencio. La pena desdibujada en el rostro de Margarita se transformó en molestia al cuarto llamado telefónico. En la última, colgó con la impaciencia atormentada. La dinámica de las horas siguientes empeoró. Era como si estuvieran esperando la muerte de Ramón para acechar. Se colocaron el uniforme oficial de luto y doctrinariamente dejaron escapar el llanto. Detrás de un abrazo, Margarita divisó a la distancia que afuera, un grupo de extraños escrutaba curioso hacia el interior del responso fúnebre.</p>
<p>          -Son ellos- comentó clandestina Margarita. El abuelo y Julia miraron de reojo, camuflándose en el dolor. Y precisamente, para pasar inadvertidos, evitaron la salida por una puerta lateral de la iglesia. Pero la acción fue inútil. Cuando volvieron al hogar, uno de los agentes los estaba esperando. Regaló el frío y distante <em>buenos días</em> y antes que comenzara su discurso, con la mirada angustió en sus amenazas. A Julia la escena le parecía idéntica a las horas previas del suicidio de su padre.</p>
<p>          Conversó sentado en una vieja silla en condición de allegada, gracias a la generosa voluntad de una vecina. La cita fue breve; la amenaza profunda. Al marcharse, Margarita recibió a uno tras otro. Era como un acuerdo común para definir los últimos plazos. Al final del día, Julia y el abuelo trataban de consolar sin éxito la condena perpetua de la viuda.</p>
<p>          -Por favor, déjenme sola- pidió en el primer llanto sincero de la jornada. Dos cubos de hielo comenzaron a expandirse en el whisky tibio, el mismo que Ramón tomó antes de morir. Los rostros de los agentes en cada mirada perdida de Margarita, ni siquiera la dejaban tranquila en su borrachera. A medianoche, un estruendo alcanzó a despertar a Julia y el abuelo.</p>
<p>          El cuerpo de la madre agonizaba ante la violencia de un cuchillo en las venas de la muñeca. Como una trágica metáfora, Margarita trató de cortar las mismas deudas que agobiaron a Ramón. Las dos muertes serían heredadas –paradójicamente– a Julia que deberá pagarlas en cuotas infinitas. La excepción es repactar la deuda y cortar su vida, como el padre y la madre. Pero cuando ello ocurra, las casas comerciales y la funeraria estarán esperando para entregar la cuantiosa boleta al único heredero, el abuelo.</p>
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		<title>167- Bajo el balcón. Por Agosto</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:33:19 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[I               Cada mañana espero las primeras luces en el balcón y me siento aquí a escribir. Al principio lo que ocurría ahí abajo, en la calle, me parecía un amontonamiento inconexo de actos efímeros, emanaciones sin sentido de ese caos que resurge del silencio cuando la ciudad despierta. Luego [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;">I</p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p>            Cada mañana espero las primeras luces en el balcón y me siento aquí a escribir. Al principio lo que ocurría ahí abajo, en la calle, me parecía un amontonamiento inconexo de actos efímeros, emanaciones sin sentido de ese caos que resurge del silencio cuando la ciudad despierta.<span id="more-1124"></span> Luego el espectáculo fue apareciendo. Día a día la calle me iba revelando una especie de ballet aparentemente repetitivo y mecánico, un desfile a simple vista previsible, machacón como una música de relojería. Poco antes de que abra el quiosco de prensa, un hombre calvo de unos cuarenta años, inquieto, muy delgado, está esperando en la acera para comprar el periódico. Va y viene impaciente o tira de un pañuelo para limpiar y revisar una y otra vez al trasluz los cristales de unas gafas enormes de montura negra. He observado que este madrugador cliente del quiosco tarda en adaptar sus trajes a los cambios de estación. Eso me ha hecho suponer que vive solo y no se preocupa demasiado de sí mismo. También –y esto no sabría decirte por qué– me ha parecido que se llama Emilio y lo he introducido como personaje en una historia que estoy empezando ahora. </p>
<p>            Apenas Emilio ha desaparecido –empieza a hojear el periódico por las últimas páginas mientras dobla la esquina a buen paso–, un autobús urbano me oculta la imagen del quiosco durante unos instantes. Cuando vuelve a aparecer el quiosco, el autobús ha borrado de la parada una cola de pasajeros inmóviles. Son unos ocho o diez, casi siempre los mismos. Mientras esperan, solo un par de estudiantes somnolientos, despeinados, hablan alguna palabra o bromean empujándose con desgana. Nadie más parece conocer a nadie en esa fila de miradas desencontradas que el autobús, como una enorme aspiradora, absorbe en su vientre y adentra en la ciudad. </p>
<p>            Algunas veces he esperado que bajo el balcón estallara de pronto la revelación de algo inexplicable, que un viento imprevisto se levantara, que arrancase el quiosco y la parada del autobús, que barriera estas certezas cotidianas. Ahora sé que de todo eso no se encarga el viento, sino el tiempo y la mirada. Mientras te escribo, una bandada de gorriones va y viene dibujando ágiles tirabuzones sin rumbo. Se persiguen para aparearse, sobrevuelan la calle piando con chillidos estridentes o se dispersan al azar por el aire como vertiginosas serpentinas. Y los conozco, ¿entiendes? Vuelven todos los años. Algunos anidan en la cornisa de enfrente.</p>
<p style="text-align: center;"> II</p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p>            Emilio tenía  ya preparado el importe exacto en una mano. Con la otra tiró del periódico, casi se lo arrancó al vendedor. Hoy llevaba unos minutos de retraso. Se había encontrado el quiosco abierto. Incluso había tenido que hacer cola detrás de dos estudiantes desgarbados, con ojos de sueño, que compraban una interminable lista de extrañas chucherías cuyos nombres lo asombraron. Pensó que cuando llegase al tren, si lograba sentarse anotaría esos nombres. Eran manías de escritor. De momento se los recitaba para no olvidarlos.</p>
<p>            Jadeante, dobló la esquina con el periódico bajo el brazo. Repetir la lista de chucherías lo ayudaba a apretar el paso: corazoncitos dorins, pastillas DRF, rellenolas, chicles jirafa, topolinos, caramelos fizz… El cercanías estaba a punto de salir. Aceleró su marcha. Sabía bien que detrás de ese tren, apenas doce minutos más tarde, vendría otro, y otro más detrás de ese. Por otra parte, abrir la tienda un poco después no tendría consecuencias, pero pensar estas cosas lo impulsaba inexplicablemente a correr: topolinos, caramelos fizz, mielcitas, dulcipicas, chicles puaj, paraguitas…</p>
<p>            Frente a la estación, el paso de peatones acababa de cerrarse para él. Cuando intentó cruzarlo por detrás de una furgoneta, un taxi que salía del semáforo lo arrolló. Fue apenas nada, un empujón brusco que le tiró las gafas y lo arrojó medio inconsciente contra el bordillo, pero la escena llamó la atención y concentró a su alrededor a algunos transeúntes curiosos, tal vez porque esa mañana se había levantado un viento desbocado que le estaba dispersando por el aire las hojas del periódico. Con la espalda apoyada contra un seto –caramelos fizz, yoguritos, dulcipicas, chicles puaj, topolinos&#8230;–, recobraba a duras penas su lista de chucherías cuando creyó reconocer tras los cristales de un autobús a los dos muchachos del quiosco. Lo estaban señalando con el dedo, se burlaban de él con una risotada idiota que descubría sus bocas, teñidas por completo de un intenso azul turquesa. Pensó que estaba delirando.</p>
<p>            Cuando llegó la ambulancia ya se encontraba algo mejor y convenció al camillero para que le permitiera desplazarse sentado junto al conductor. Emilio sabía que en estos casos los argumentos psicológicos no fallan:</p>
<p>            ─ Si me tiendo en la camilla me pongo peor. Y sobre todo no toquen la sirena.</p>
<p>            Lo llevaron de vuelta por el camino que siempre seguía para ir al trabajo, un recorrido familiar que lo tranquilizó, en el que todo le resultaba previsible y acogedor y donde, como esperaba, al pasar por su habitual quiosco de prensa pudo reconocer a aquel personaje que, frente a él, cada mañana escribía sentado en un balcón.</p>
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		<title>166- ¿Qué ves en el espejo? Por Angel B.P.</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:30:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[                    Había una vez un señor muy, muy, muy viejo que cada mañana, sonreía con la dulzura del que es tocado por un secreto…  En su mirada, limpia como el agua del manantial, brillaban las estrellas que no alumbran la noche, los soles que se esconden entre las nubes, las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>                    H</strong>abía una vez un señor muy, muy, muy viejo que cada mañana, sonreía con la dulzura del que es tocado por un secreto…  En su mirada, limpia como el agua del manantial, brillaban las estrellas que no alumbran la noche, los soles que se esconden entre las nubes, las nubes que ceden su paso a la majestuosa luna llena… Él, poseía un secreto…<span id="more-1120"></span> y éste se guardaba en un lugar tan mágico que nadie lograba encontrarlo, tan hermoso, que nadie osaba mirarlo… Era el reflejo del lago al que solía ir paseando cada mañana.</p>
<p>                        Asombrados por su salud y su alegría, los vecinos de la aldea solían preguntarle: “<em>¿<strong>qué le hace estar siempre feliz</strong>?</em>”, él siempre respondía igual: <strong><em>“cada mañana camino hasta el lago, es un paseo muy hermoso</em></strong><em>”</em>… los vecinos sonreían educadamente, pero no alcanzaban a entender la verdad que ocultaban aquellas sencillas palabras, y le dejaban marchar sin más.</p>
<p>                        Un día de Otoño, el viento parecía querer frenar su caminar. Sus piernas arqueadas, difícilmente se sostenían  en equilibrio. Sus manos, cargadas con los cien dolores de la edad, apenas sabían sujetar el bastón de nogal que tantos pasos había precedido. Sus ojos no eran rival para la llovizna impertinente que mojaba su rostro y su pelo encanecido. Así, achinados, casi ocultos entre las pestañas, los ojos del viejo intentaban iluminar sin éxito, el camino ya conocido por sus pies…<br />
Cansado de tanta lucha, como un guerrero abatido, el anciano se detuvo junto a un roble tan arcaico como él mismo… “ <strong><em>Tú también te detuviste aquí, ¿eh?&#8230; si hubieras continuado un poco más lejos, podrías haber descansado en la pradera más hermosa que jamás imaginaste. Sus flores se visten según las estaciones, ahora encontrarías unas lilas estrelladas cuyo aroma recuerda el de los dulces que comía de pequeño… y los arbustos se abrirían a tu paso para honrar así tu presencia. Y al final como si cada día cambiase de sitio, aparece ante ti un lago tan espectacular como las estrellas en las noches de verano, cuyo reflejo te cuenta mil historias, cada una más hermosa que la anterior…”</em></strong></p>
<p>            -        Ya es tarde viejo… no puedo caminar como tú. Me conformo con verte pasar cada día y verte sonreir al volver… Pero no debes detenerte ahora, la tormenta se hará poderosa y no tendrás tiempo de guarecerte. Debes regresar a casa…</p>
<p><strong>                    </strong>No tan asombrado como debiera estarlo por escuchar hablar a un árbol, el anciano se volvió hacia el gigante de fuertes brazos y henchido tronco. <strong><em>“ no amigo, debo seguir mi camino… como cada día desde que llegué aquí por primera vez. Seguiré con un pie delante de otro hasta alcanzar la meta que deba alcanzar y cuando la señora me reclame el paseo de los justos, igual de sonriente me iré con ella, seguro de haber obtenido aquello que los demás ansían… la Eterna Juventud”</em></strong></p>
<p><strong>                    </strong>Y así continuó su marcha, camino adelante, entre los grises del cielo y los verdes ocre del bosque, pero esta vez más firme, más entero, pues sabía que no volvería a casa para el almuerzo, que no habría más “buenos días señor Juan” en las calles del pueblo, y que quizá el viejo roble, lloraría sus hojas de pena al no verle retornar. Al llegar al claro, casi pudo oír las voces de las plantas, sentir las caricias de la naturaleza, e incluso agradeció el frescor de la lluvia en sus ropas.</p>
<p><strong>                    </strong>Al arrimarse a la orilla, el viento enturbió las aguas del lago impidiendo que su reflejo se mostrara con claridad. Contrariado por aquel desatino del tiempo, golpeó las aguas y por un instante pudo ver su rostro reflejado en él, y lo que vislumbró no fue en absoluto de su agrado… un viejo de nariz excesivamente grande, pelusa blanca donde antes hubo pelo, labios agrietados, piel surcada por las hendiduras que las emociones pasadas dejaron grabadas como recuerdo perenne del coste de la vida… Pero lo que más disgustó al anciano, fueron sus ojos, cuya fiereza enmarcada por unas cejas pobladas y ceñidas, reflejaban rabia y frustración. Al observarse así, dos lágrimas brotaron silenciosas y aquel rostro iracundo se relajó, dejando paso al rostro que solía acompañarle cada día… <strong><em>“olvidé por un instante que para poder ver… hay que saber mirar </em></strong>.” </p>
<p><strong>                    </strong>Como si de un encantamiento se tratase, la sonrisa regresó a su boca y a un tiempo la lluvia se apartó empujada por el viento, que se la llevó a regar nuevos parajes, lejos de allí. Tímido y avergonzado, como el niño al que han pillado en falta, el viejo se arriesgó a mirar una vez más el espejo que le mostraba su realidad. Transparente, brillante, el agua le devolvió la imagen de hombre bueno y trabajador que siempre fue. Cargado de sueños que no llegó a cumplir pero que le calentaban el corazón en los momentos de incertidumbre, le mostró uno por uno los recuerdos que dormitaban en cada arruga de su rostro: ahora una música, luego la mirada de aquella muchacha a la que nunca llegó a conocer pero que encendía luces en cada parpadeo… el viaje con los amigos, la siembra de aquel ventisco año, las pesadillas de niño, su primer y único balón, la ida de éste, la boda de aquel… y a cada recuerdo la sonrisa se hacía más grande, la mirada más nublada y el tiempo… </p>
<p>BASADO En un amigo , Juan , que tiene el “don” de hacerme recordar, a veces pienso en él como “ el Guardián de las Llaves”, pues con una palabra abre un cofre, cuyas telarañas me advierten de que hace tiempo que no lo visito…</p>
<p>BASADO En uno de mis pensamientos más antiguos, forjado en el Templo de la Soledad donde habité hace ya muchas vidas, durante la Época Oscura, y que se apoyaba en  la búsqueda del ser humano de la “ Vida Eterna”.  Para mí la vida eterna no es posible si no se es eternamente joven, pero la juventud no habita en el cuerpo caduco, ni en el corazón, guarida de los sentimientos, (más caducos aún si cabe), ni en la mente, demasiado organizada ella para detenerse a vivir… Si no en el alma, que representa la niñez, la inocencia, la inquietud, los interminables porqués, las incansables ganas de mirar, y tocar lo que no se debe, (o quizá sí).  Amasar recuerdos, risas y lágrimas, esperanzas y sueños… Coleccionar momentos, y personas a las que escuchar, conocer, sentir… ese es para mí el secreto de la Vida Eterna.</p>
<p><strong>                    </strong>Mientras haya una sola persona que desee conocerme, que desee contarme algo… viviré.</p>
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		<title>165- Estado de Ánima. Por Valeriant</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:23:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se encontraba sola en casa. Siempre sola en casa. Sus padres estaban eternamente de viaje por trabajo. Aquello no era una familia y nunca lo había sido. Oscuridad. Siempre estaba sola. La luz la cegaba, la oscuridad iluminaba su alma. Desesperación. Odiaba todo lo material pero no podía odiar a nadie, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se encontraba sola en casa. Siempre sola en casa. Sus padres estaban eternamente de viaje por trabajo. Aquello no era una familia y nunca lo había sido.<span id="more-1116"></span> Oscuridad. Siempre estaba sola. La luz la cegaba, la oscuridad iluminaba su alma. Desesperación. Odiaba todo lo material pero no podía odiar a nadie, porque para poder odiar a alguien primero tienes que reconocer su existencia. Únicamente los odiaba a ellos. De repente algo inusual. Una llamada. Abre los ojos para encontrar una oscuridad todavía mas profunda. Algo brilla, un destello, el teléfono. Solo desea que termine para poder seguir hundiéndose en las tinieblas. El teléfono no para de sonar. Utiliza su débil fuerza de voluntad para no gritar al teléfono que se detenga. Se acerca y descuelga. Balbuceos de un desconocido que informan. Sus padres han muerto. Balbuceos y luego nada. Cuelga el teléfono. Vuelve a su rincón oscuro. Un charco nauseabundo indica la posición, mezcla de lágrimas y desechos. Infamia. Se agacha y abraza las rodillas. Es feliz. Desgarra el silencio con una risa maníaca. Muy feliz. El sonido se va ahogando lentamente en su garganta. Agacha la cabeza y la pone entre las rodillas. Espera en esa posición la muerte. Finalmente feliz.</p>
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		<title>164- Boda versus “Mortal Combat”. Por Mixalca</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:17:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ya estoy en casa, grité dejando el bolso en la silla de la entrada. Hola, me respondieron mi marido y mi hijo que estaban en la habitación jugando con el ordenador. Se oían tiros y explosiones y me di cuenta que a parte del hola no me iban a decir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya estoy en casa, grité dejando el bolso en la silla de la entrada.</p>
<p>Hola, me respondieron mi marido y mi hijo que estaban en la habitación jugando con el ordenador. Se oían tiros y explosiones y me di cuenta que a parte del hola no me iban a decir mucho más. Estaban en plena batalla.<span id="more-1111"></span></p>
<p>  Que me matan, que me matan, oigo a mi hijo.</p>
<p>Es increíble como el contexto da sentido al lenguaje; el mismo grito en un callejón oscuro me habría congelado la sangre, sin embargo en ese momento solo me hizo sonreír.</p>
<p>Cogí el correo que estaba encima de la cómoda. Tres cartas del banco y ¡sorpresa!, un sobre enorme de color pistacho dirigido a la familia Garay, o sea a los dos combatientes de la tecla y a mí. Era una invitación de boda. Mi prima Aurelia y su novio de toda la vida Javi, se casaban. Leí con más detenimiento y vi que la boda se celebraría en un pueblo de León, que si no recordaba mal era el pueblo de los padres de él, porque ellos y toda la familia son de Madrid. </p>
<p>No puedo más, vamos a dejarlo, me estoy mareando, oí decir a mi marido que efectivamente siempre acababa blanco y con la tripa revuelta después de un rato en la batalla virtual.  </p>
<p>Bueno vale, me meto por aquí y seguro que me matan, dijo mi hijo. </p>
<p>Otra vez el contexto me salvó de acabar sobrecogida. Se apagaron los tiros y vi venir a mis dos chicos por el pasillo, con mucho mejor aspecto de lo que se podría esperar por los ruidos y gritos de hacía un momento.</p>
<p>Hola cariño, me dijo mi marido sonriendo mientras me daba un mínimo beso en la mejilla. Me dio la sensación de que estaba completamente mareado.</p>
<p>¡Hola mami! Me saludó mucho más entero mi rubio y eficaz combatiente. Casi ganamos, pero es que papá es muy malo.</p>
<p>Sí, sí es muy malo… dije yo mientras sonreía al soldado raso.</p>
<p>¿Qué tal el día?, les pregunté.</p>
<p>_ Bueno, bien, he salido pronto y Matías y yo llevamos un rato jugando. Estoy revuelto. No voy a jugar más a ese juego, es horrible.</p>
<p> ¿Y eso? </p>
<p>Mi marido miraba con cara de susto el sobre que yo tenía entre mis manos. No hacía falta ser muy listo para suponer que era una invitación de boda.</p>
<p>Mira, se casa mi prima, le respondí confirmando todos sus temores.</p>
<p>Desde ese momento supe que la cosa se iba a torcer y que íbamos a tener más batalla que la que se oía hacía un momento en el ordenador.</p>
<p>_ Pero si llevan lo menos cinco años viviendo juntos, ¿qué paripé es ese de la boda?</p>
<p>_Pues, no sé, les apetecerá casarse. Solo puedo decirte lo que pone aquí y es que la boda es el 15 de julio en el pueblo de los abuelos de él, en León. </p>
<p>Entre el mareo de la batalla y el disgusto de la noticia, la cara de mi marido era un poema. </p>
<p>_ Y encima fuera de Madrid, pues mira yo no voy, ya sabes que no soporto las bodas. </p>
<p>_ Vaya, así que tú no soportas las bodas. Se casa mi prima y nos juntaremos toda la familia, cosa que últimamente solo hacemos en los entierros, y tú me sales con que no soportas las bodas. </p>
<p>_ Pues no, cada vez me cuesta más. Vas tú, ves a toda tu familia y yo me quedo aquí tranquilamente.  </p>
<p>Estábamos de pie en el salón. Mi hijo se había puesto a jugar con un cochecito. Estaba tumbado en el suelo dibujando curvas y rodándolo adelante y atrás, mientras hacía ruidos con la boca. Estaba encantador y aparentemente ajeno a nuestra discusión. Aun así procuré calmarme y continuar una conversación civilizada. Pero entonces mi marido va y me dice: </p>
<p>_ Mira, prefiero que me obligues a pasear desnudo por la Puerta del Sol con todos los indignados del 15 M a ir a esa boda. </p>
<p>¿Indignados del 15M? Para indignada yo. Podía entender que no le apeteciera mucho ir a la boda, pero esa negativa tan radical… Tampoco era para tanto. </p>
<p>Insistí un poco más. Él seguía en sus trece. Mi hijo había dejado de jugar con el cochecito y nos miraba como quien mira un partido de tenis, moviendo la cabeza de un lado a otro. Mi marido hacía exactamente el mismo movimiento, pero para decirme una y otra vez que no, que él no iría a esa boda. Me cansé de darle argumentos, francamente mi orgullo estaba por los suelos, así que zanjé la discusión diciéndole: </p>
<p>_ ¿Sabes qué te digo? Que iré sola, no me haces falta para nada. </p>
<p>Me dejé caer en el  sillón resoplando y entonces vi la cara de mi hijo que se dirigía a su padre. Tenía una expresión tranquila, casi divertida, y con un aplomo increíblemente maduro para su edad le dijo: </p>
<p>_Papá, yo que tú iría. No creo que sea peor que nuestro <em>Mortal combat.</em></p>
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		<title>163- El comportamiento demográfico. Por Vijaldoso</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 07:13:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ayer me tiré a tu novia. Resulta obvio que no es apropiado decir a Batalla ese tipo de cosas. Tu novia es una guarra, le arrojan a la cara como agua hirviendo. Por fortuna Batalla no debe de prestar mucha atención porque continúo viéndolos en aquella esquina del patio donde han [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ayer me tiré a tu novia. Resulta obvio que no es apropiado decir a Batalla ese tipo de cosas. Tu novia es una guarra, le arrojan a la cara como agua hirviendo.<span id="more-1105"></span> Por fortuna Batalla no debe de prestar mucha atención porque continúo viéndolos en aquella esquina del patio donde han construido recreo tras recreo su universo particular y encantador, agarrados de la mano como siempre han estado agarrados de la mano, trenzando pacientemente un álbum de recuerdos imborrables con cada caricia y con cada beso. Admiro a Batalla. Hoy me cruzaré con él media docena de veces y en algunas tendré que contener el deseo de abrazarlo. Cornudo, le insultan por mero placer, y él parece caminar por los pasillos del instituto ajeno a las brasas del infierno. Espero que su burbuja resista lo suficiente.</p>
<p>Cuando el despertador lo quiebra todo me apresuro a acallarlo para no molestar. Salto de la cama con rapidez y las baldosas hielan mis pies desnudos incluso en junio. Apago y me levanto; lo hago siempre de este modo excepto en vacaciones, días de fiesta y fines de semana. Apago y me levanto, y a continuación me colocó en mi lugar de la ventana, excepto en vacaciones, días de fiesta y fines de semana. En los días más crudos del invierno echo mano del batín.</p>
<p>Antes de acostarme cuido de no bajar la persiana completamente, procurando dejar el espacio adecuado que me permita mirar el mundo. A ella le incomoda que por las noches la luz de las farolas se cuele en el dormitorio; por eso, a veces espero a que se duerma para regular la persiana a mi conveniencia. Tiene razón: las farolas emiten una luz fea y anaranjada. A las 6:35 continua siendo fea pero menos anaranjada, como si el peso de la noche le hubiese restado fuerza; la luz se cansa, eso debe ser. Hasta las 6:40 estoy mirando por la ventana mientras me pregunto con insistencia dónde se localiza el resorte que detiene el tiempo.</p>
<p>Me molesta que la vorágine comience con tanta premura. A las 6:36 siempre me muestro sorprendido porque ya se detecta movimiento en la calle y voy bajando por la escalerilla central del patio de butacas, a oscuras, tanteando reposabrazos de gastado terciopelo rojo, tanteando incluso brazos y hombros desconocidos, perdón, perdón, lo siento, es usted tan amable de dejarme pasar, tengo mi asiento ahí mismo, repeliendo reproches a media voz, maldiciéndome a mí mismo porque otra vez he llegado tarde y sigo sin presenciar la subida del telón. Si viviese en Nueva York no me extrañaría que la vorágine comenzara tan temprano -¿qué ha sucedido con el apacible estilo de vida mediterráneo?, ¿se lo han adjudicado en propiedad a las guías turísticas para guiris?-.</p>
<p>A esa hora el barrendero dobla la esquina derecha de la calle. Rasca con tanto ahínco las aceras que pienso que pretende eliminar el más mínimo resto de las huellas de las personas. Un nuevo día nace, borrón y cuenta nueva, todo el mal y todo el bien que provocamos ayer se olvida y el barrendero se lo lleva en su contenedor para que la memoria se blanquee pronto y eso nos anime a fabricar un nuevo mal y un nuevo bien que nos deje satisfecho. En la lejanía el barrendero y su escoba parecen unos fantasmas danzando.</p>
<p>            Creo que la tempestad está a punto de tocar tierra cuando me percato de que varios coches ya han abandonado sus aparcamientos, y cuando advierto que la panadería se encuentra a medio abrir –en ocasiones abro levemente una hoja de la ventana para percibir el olor a pan recién hecho-, y también cuando observo cómo los dos transeúntes -siempre los mismos- avanzan por la calle encogidos y cabizbajos. Esconden sus rostros tras las solapas y atraviesan presurosos sus vidas. Evitan darse los buenos días, supongo que por cuestión de educación. Igual que todos los demás e igual que todos nosotros.</p>
<p>Desde mi ventana persigo con la mirada a los gatos callejeros y envidio sus zigzagueos despreocupados en busca de nada. Desde mi ojo de cerradura me dejo asombrar por los vuelos aturullados de los pájaros nocturnos y percibo sus graznidos como saludos de la naturaleza dirigidos exclusivamente a mí. A las 6:37 todavía contemplo el inicio del terremoto desde mi localidad del patio de butacas. Algunas luces se encienden a lo largo de la calle. Las abejas despiertan en sus celdillas poco a poco y no tardarán mucho en formar parte de un enjambre enfurecido que arrasará con todo. Suelo preguntarme sobre las existencias de los dueños de las sombras que titilan en las ventanas.</p>
<p>A las 6:38 alzo la vista, olvido el escenario mundano de mi calle y me concentro en la imposible tarea de medir el cielo. Es entonces cuando tomo conciencia de mi insignificancia, de la insignificancia de los que me rodean, de la insignificancia de los que están más lejos de mí. Es entonces cuando me gusta pensar en dioses que me protegen, en ángeles que libran de obstáculos mi camino, en un sinfín de fuerzas superiores que me amparen. Me reconforta filosofar sobre ello. Normalmente alcanzo la conclusión de que todos somos iguales: leves como suspiros, pizcas microscópicas de vida, ricos y pobres, buenos y malos, semejantes en su debilidad. Si el cielo cayera nos aplastaría sin remedio. Pero que se dé esa circunstancia es poco probable y el cielo continuará ahí arriba, poblado de estrellas en las noches limpias de verano, tiñéndose de malva al nacer el día, dándonos agua y dándonos sol. Seguirá sobre nuestras cabezas y abajo se seguirán pariendo buenos, malos, ricos y pobres, y nadie pensará que nuestra insignificancia nos equipara.</p>
<p>A las 6:39 me quedo escuchando atentamente cómo la ciudad despierta de su letargo, como si de un enorme animal prehistórico se tratara. Noto crecer al ruido, noto su crujido, un ronquido sordo, noto cómo nos invita a transitarla. Venid, ciudadanos, nos dice, venid a mí, os prometo sorpresas. El desperece del gigante me estremece y una mueca de desagrado aparece en mi cara.</p>
<p>Mirar desde mi ventana al principio de los días es una de esas costumbres que nunca quisiera perder.</p>
<p>Lo feo, lo malo y lo horrible rompe en la ventana como olas de temporal. Sé con certeza que en algún momento del día me mojaré los pies. Entonces llegaré a casa tiritando y con mis miedos enganchados a la conciencia, con la única esperanza de buscar resguardo y alimento entre mis cuatro paredes. Al frente tengo la calle y sé con certeza que me sentiré desnudo nada más la pise. Es la soledad la que me espera en el portal para que yo le ofrezca la mano y de este modo gastar juntos el mundo.</p>
<p>A mi espalda, sin embargo, mientras miro fuera, cuento los latidos de la paz. Tam, tam, tam. Podría quedarme eternamente allí. La cálida bruma de la estancia me abraza con dulzura. En lo bonito, en lo bueno, en lo dulce y en lo maravilloso está ella regalando el recorte de su silueta a los últimos minutos de la vigilia. Mi lado de la cama aún desprende mi calor y me envía cantos de sirena. Podría deslizarme de nuevo bajo las sábanas, abrazarme a ella y reanudar nuestros juegos prohibidos. Unos cuantos pasos hacia el lecho que he abandonado hace cuatro minutos y me desharía de los temores durante unas horas. En el ambiente denso del dormitorio se está mejor. Detrás tengo mi reino y delante territorio enemigo. Abajo están los que insultan a Batalla; también me cruzaré con ellos media docena de veces y apartaré siempre los ojos de ellos.</p>
<p>En el mundo que observo desde mi ventana únicamente soy un profesor de ciencias sociales que intentará hoy hablar del comportamiento demográfico de la población española.</p>
<p>El nombre de Batalla viene del apodo que utiliza en un videojuego.</p>
<p>Son las 6:40, he de prepararme rápido si pretendo evitar atasco. Aunque no viva en Nueva York.</p>
<p>Tampoco hoy he conseguido paralizar las manecillas del reloj. Quizás mañana.</p>
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		<title>Cierre del plazo de admisión de originales.</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 06:12:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Mañana viernes 15 de julio a las 23:59 horas (hora española) se cierra el plazo de recepción de originales para el VIII Certamen de Narrativa Breve 2011. Los relatos se subirán durante los siete días siguientes a la finalización del plazo y se notificará en la web el número final [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" title="VIII Certamen de Narrativa Breve 2011" src="http://www.canal-literatura.com/8certamen/banner/banner_8certamen_222x222.gif" alt="" width="150" height="150" /></p>
<p style="text-align: left;">Mañana viernes <strong>15 de julio a las 23:59 horas (hora española)</strong> se cierra el plazo de recepción de originales para el VIII Certamen de Narrativa Breve 2011.</p>
<p style="text-align: left;">Los relatos se subirán durante los siete días siguientes a la finalización del plazo y se notificará en la web el número final de ralatos participantes antes de comenzar la votación del Premio Especial del Público.</p>
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		<title>162- Tintineo de hielos. Por Marlowe</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 22:40:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[        Reconozco que el erotismo es pura sugestión. Tiene que estar dentro de uno, pero dependemos de algún estímulo que lo active. No voy a decirte que no me estimules, no me malinterpretes, por favor. Lo que te quiero explicar es que tengo un problema con el sonido de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>        Reconozco que el erotismo es pura sugestión. Tiene que estar dentro de uno, pero dependemos de algún estímulo que lo active. No voy a decirte que no me estimules, no me malinterpretes, por favor. Lo que te quiero explicar es que tengo un problema con el sonido de los hielos dentro de una coctelera. Te sorprenderás, pero no es fácil de explicar.<span id="more-1101"></span> </p>
<p>       En cuanto escucho ese tintineo de los hielos chocando entre sí y contra las paredes de frío metal, algo se pone alerta dentro de mí.  Se me multiplican los sentidos, noto el vello de mis brazos erizarse y mis pupilas se me dilatan. </p>
<p>       Todo empezó aquella noche en el restaurante del hotel en Houston. Yo había ido a dar una conferencia en ese mismo hotel. Llegué por la noche y, para calmar los nervios por la ponencia del día siguiente, bajé a tomarme una copa. </p>
<p>       Me senté en la barra y no pude evitar fijarme que en el otro extremo había una mujer con un ceñido vestido blanco que bebía en solitario. No sé si fue una asociación rápida de la mente, pero delante de mí había una carta de cócteles y espontáneamente pedí al barman lo que la caprichosa sugestión había decidido por mí.</p>
<p>       Una “dama blanca”, pedí. En seguida, caballero, contestó. Ella me miró. Tintineo de hielos. Yo le mantuve la mirada. Los hielos tintinearon más. Ella se levantó. Generoso chorro de ginebra. Ella se ajustó el vestido. Ligero chorro de Cointreau. Ella se empezó a acercar. Una cucharadita de zumo de limón. Ella se sentó frente a mí. Clara de huevo sobre el líquido. Ella me sonrió. Granos de café. Ella me besó. Tintineo de hielos. Tintineo de hielos. Tintineo de hielos. Miles de moléculas agitándose, mezclándose, colisionando, pidiendo auxilio. </p>
<p>       Inmediatamente, me vi arrastrado por un impulso irrefrenable a la habitación del hotel a poseerla. Y lo más curioso es que todo el rato no sonaba otra cosa en mi cabeza que el tintineo de los hielos. No recuerdo de lo que hablamos. Ni siquiera podría asegurar que lo hiciéramos. Sólo recuerdo estar agitándome sobre ella mientras ese irreverente ruido de hielos horadaba los endebles muros de mi cordura. </p>
<p>       Tiene gracia. Nunca llegué a saber su nombre. Nunca llegué a probar ese cóctel. A veces pienso que a lo mejor son dos cosas inseparables. De hecho, a ella la recuerdo como “La Dama Blanca”, y el sabor del cóctel lo proceso en la parte de mis recuerdos donde van a parar los más inconfesables. Donde seguramente algún día estés tú, cuando remita este sonido de hielos y pueda por fin poner mis pensamientos en orden.</p>
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		<title>161- Línea 33. Por Escoredo</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 22:36:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[            Hace algunos años -más de los que quisiera- todos los martes y jueves me subía a la línea 33 del bus para recorrer el trayecto desde el centro deportivo hasta mi casa, aproximadamente 40 minutos de viaje. Me acostumbré a sentarme en la parte de atrás, donde apenas había gente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>            Hace algunos años -más de los que quisiera- todos los martes y jueves me subía a la línea 33 del bus para recorrer el trayecto desde el centro deportivo hasta mi casa, aproximadamente 40 minutos de viaje. Me acostumbré a sentarme en la parte de atrás, donde apenas había gente y podía repanchingarme como en una butaca de cine.<span id="more-1095"></span></p>
<p>           La parte de atrás de ciertos espacios es muchas veces un lugar oscuro y obsceno donde las almas más impuras se reúnen para confabularse contra las fuerzas de la luz. Así ocurría en las clases de los institutos, en los cines, en los trenes o en los mismos autobuses urbanos de cualquier ciudad. Los últimos asientos casi siempre eran copados  por adolescentes ruidosos y molestos que hacían de esa zona su exclusivo asentamiento. Durante mi trayecto, era habitual verles con los pies encima de los asientos  o pintarrajeando los respaldos con mensajes que creían imperecederos o desconchar los pobres asientos sin culpa ninguna; incluso,  alguno que otro llegaba a encender un cigarrillo, a modo de fuego tribal, como el gesto más desafiante  que podía realizar contra la autoridad. Más allá de ahí sólo cabía el asesinato de un inocente viajero.</p>
<p>           Lo cierto es que esa pequeña pandilla, que yo observaba desde mi asiento, empapaba la zona con sus pinturas fosforescentes, con  sus mensajes pornográficos  y con otras variopintas manifestaciones, que para un antropólogo social le podrían haber resultado de cierto interés, pero que para mí no tenían la menor importancia. Pero eso sí, la fuerza de la costumbre de verlos cada martes y cada jueves hizo que fuera  quedándome con sus nombres:</p>
<p>           Jesús: era siempre el último en sentarse. Corpulento y torpe. Repetía el mismo gesto con su pelo, como un tic; algo que Sergio se lo hacía notar cada cierto tiempo, como si pudiera gestionar a su gusto la voluntad de aquél. Siempre que le veía me daba la impresión de que su sonrisa no le pertenecía.</p>
<p>           Sergio: cumplía el papel de chico atractivo, y creo que estaba encantado de hacerlo. Seguro de sí mismo parecía tener todo bajo su control como si cada situación la hubiese vivido antes. Su estética era sensiblemente diferente a la del resto, como el primo de la capital que se deja caer cada cierto tiempo por el pueblo. Era evidente que manejaba dinero. Muy probablemente proveedor de alcohol, tabaco y hembras.</p>
<p>           Toño: sin duda el líder. Aparecía casi siempre serio, sólo sonreía sibilinamente cuando Sergio le decía algo a una chica o a algún sujeto de burla. Él y Sergio tenían una complicidad especial, hablaban con frecuencia al oído o en clave. Siempre subía el primero y siempre bajaba el último. Su mirada hablaba por él.</p>
<p>           De vez en cuando, se les unía un chico bastante más joven, probablemente familiar cercano de Toño; lo sentaba a su lado y lo alimentaba con pipas que le invitaba a tirar al suelo para marcar territorio.</p>
<p>           Recuerdo un martes, en el que por razones que no vienen al caso, cogí el bus  inusualmente tarde. Pocas paradas después de la mía se subió Toño con una chica. Como era previsible se dirigieron al fondo, donde yo estaba, y se sentaron dos asientos delante del mío. Antes de sentarse echó una mirada  detrás y vio que además de mí no había nadie. Estoy por asegurar que a Toño le resultó familiar mi cara, nos cruzamos las miradas un instante como dos animales que se huelen para reconocerse y se sentó plácidamente con su hembra sin esperar amenazas inminentes.</p>
<p>           Jugueteaban sin prestar atención alguna a lo que pasaba a su alrededor, cuchicheando y besándose como dos bocas que se alimentan mutuamente, devorándose sin compasión y sin pudor, a pesar de que algunos viajeros se atrevían a cruzar con su mirada el límite invisible que separa la civilización de la barbarie, que para muchos representaba la parte trasera del bus.  </p>
<p>           Toño, después de satisfacer su hambre con el fruto de los labios de aquella chica, empezó a distraerse con su mechero como el cazador que afila una piedra. Y sin importarle quién pudiera verle empezó a quemar el respaldo del asiento delantero al suyo. Ella se reía pero sabía que podrían echarles sin remilgos y no eran horas para vagar de noche hasta su casa, así que le exhortó a que lo dejara, pero él siguió manteniendo la llama constante en un punto del respaldo. Poco a poco, el plástico fue derritiéndose formando en principio una herida gris,  para a continuación tomar forma de una vulva humeante. Primero surgieron sus labios mayores, después los labios menores, hasta incluso formarse un pequeño abultamiento superior que imitaba un clítoris, todo con una perfección que a la chica le hizo enmudecer y, en buena medida, a mí también. Ella sonreía mientras Toño, subía y bajaba la llama, con destreza artesanal,  hasta configurar una vulva exacta a la que ella tenía. Lo supe porque él le dijo, en tono susurrante: es<em> como la tuya, ¿verdad?</em> Algo que ella le confirmo con un beso profundo y seguramente tan caliente como los labios de su vulva -la auténtica-.</p>
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		<title>160- Lola. Por Victor Jara</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 22:26:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[  Dolores Rodríguez esperó durante toda su vida para ser famosa. Fue en su madurez, el día que murió cuando saltó a la fama.      La primera vez que la vimos llegar sola ya era de noche, y en la calle chicos y chicas estábamos a punto de recogernos para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div>
<table cellspacing="0" cellpadding="0" align="left">
<tbody>
<tr>
<td align="left" valign="top"><strong> </strong></td>
</tr>
</tbody>
</table>
</div>
<p><strong>D</strong>olores Rodríguez esperó durante toda su vida para ser famosa. Fue en su madurez, el día que murió cuando saltó a la fama.<span id="more-1090"></span></p>
<p>     La primera vez que la vimos llegar sola ya era de noche, y en la calle chicos y chicas estábamos a punto de recogernos para cenar. Fue el verano aquél, al final de los sesenta, en el que las altas temperaturas se prolongaron hasta octubre. Ella apareció con un aire insolente de modelo, tendría la edad de Elena, un par de años mayor que yo. Bamboleaba su minifalda  blanca y portaba un corte de pelo copiado de alguna película. Se hizo un silencio tan dilatado que se escuchó el sonido metálico de la farola, como si fuera una chicharra -cosa que desconocíamos que sonase-. Del corrillo de los chicos escuchamos la voz del Cano entonando la canción de temporada: “&#8230;la otra noche bailando estaba con Lola, y me dijo que se encontraba muy sola&#8230;” Ella hizo el paseíllo sin inmutarse, hasta la puerta de la casa que habían alquilado sus padres, frente a la atención de todos los que estábamos en la calle incluido Sultán. El grupo de chicas nos acercamos al corrillo en el que el Cano informaba de su nombre y de que era su vecina de abajo. ¡Y qué vecina! Dijo envalentonándose uno de los mayores, Perico.</p>
<p>     La casa del Cano, y de la nueva vecina, era la última de la acera de los pares. Lindaba con el Campo del carpintero y a unos metros de lo que quedaba de la noria, donde se ahogó el burro del estañador. Con esto de fondo, y el polvo sosteniéndose en desafío a la gravedad, cada vez que un inusitado vehículo pasaba, Dolores hizo su siguiente aparición. La diferencia era violenta, ella con sus botas blancas hasta la rodilla con un poco de tacón y minifalda roja, blusa ajustada y el mismo peinado; como la peluca de un paje. Yo con mi vestido de cuadros, uno de los dos que disponía para la semana, y mis zapatillas de goma, que al contacto con la tierra junto con el sudor, generaba un barrillo negro. Elena con sus calcetines, su falda escocesa hasta la rodilla y su larga trenza. Se nos acercó y nos dijo de manera solemne que iba al instituto, y nos preguntó dónde cursábamos, con un tono de voz de adulta que hacía juego con su porte, ahí nos informó de que ella sería famosa. Los chicos que estaban enfrente, en la sombra, se acercaron como hormigas a la miel, algunos miraban hacia el suelo mientras dibujaban semicírculos con el pie en la tierra y hundían las manos en los bolsillos. Y el resto tenían la cara congestionada como si nunca hubiesen estado cerca de una chica, o de una señorita. Sólo el Cano echó un paso adelante, y Perico lo imitó, éste fue a decir algo y se quedó balbuceando mientras no podía quitar los ojos de sus labios pintados de fucsia. El Cano miraba su cuerpo un poco más abajo. Tenía nuestra misma estatura, y menos pecho que yo, claro qué&#8230; </p>
<p>     La sequía de aquel verano se respiraba, sin embargo un soplo fresco nos recorría el cuerpo tanto a chicos como a chicas, por diferentes motivos cuando ella aparecía,  nosotras salíamos a su encuentro. A los chicos los ignoraba, como si no existiesen; vergüenza me daba verlos hacer el payaso para atraer su atención, que ella sabía muy bien dónde dirigir. Hasta el perro de Luis, Sultán, al notar el revuelo ladraba excitado. Así era. Entonces a su paso, la canción de Los Brincos volvía a sonar, ya no solamente el Cano entonaba, sino el resto del grupo haciendo coros que desafinaban en su empeño por ser escuchados: “&#8230;la besé en los labios, la besé en la boca. Deja ya de llorar, querida Lola&#8230;”</p>
<p>     Era una canción pegadiza y romántica. Pero yo prefería Los Bravos con Mike Kennedy, The Shocking Blue con su “Venus” o Los Canarios con Teddy Bautista y su “Libérate”. La música moderna era mi tema favorito, junto con los libros. En una de las primeras conversaciones Dolores me decepcionó. Una señorita tan refinada y moderna tan poco puesta en música y en literatura. Hablaba de lo bien que bailaba, y que eso probablemente, le llevaría a ser famosa –lo dijo con una seguridad aplastante-. También nos habló de los guateques que hacían sus amigos y nos invitó a conocerlos. Yo miraba sus ojos que tenían mucho maquillaje en las pestañas, y me parecían dos girasoles con el color que tienen justo antes de cortarlos.</p>
<p>     Una larga tarde cuando las nubes del oeste comenzaron a tornarse de carmín, y los chicos mataban los gorriones en los postes de la luz, Elena sugirió que fuéramos al centro del pueblo. Allí todas las tardes Dolores se reunía con su pandilla y así la encontramos. Nos presentó a sus amigos ¡qué chicos…! Tenía motivos para no mirar a los garrulos de nuestra calle. ¡Cómo vestían! Y qué clase… Al darme Kike la mano, cuando me lo presentaron, sentí una especie de electricidad que recorrió mi cuerpo. Yo, con mi vestido de cuadros; ni siquiera llevaba el de los domingos… Él con una melena ondulada castaña, con gafas a lo Lennon en color amarillo, una camisa ajustada con encaje y un cinturón de impresionante hebilla marcaba el comienzo de su pantalón de pata de elefante, que remataba con unas botas camperas de pico. Creo que me puse colorada y recuerdo haber bajado la cabeza con el suficiente impulso como para que el pelo me tapase la cara. Kike se apartó conmigo y sentí que podría desfallecer en el momento que se juntaron nuestras miradas. Por suerte hizo un comentario sobre música y a partir de entonces lideré la conversación con entusiasmo. Se había echado la noche y mis padres eran terriblemente estrictos con la hora de llegar.</p>
<p>     El kilómetro y medio que nos distanciaba de nuestra calle lo hicimos corriendo, alentadas por mis prisas, mientras Dolores me tranquilizaba. Y ya cerca de casa, en la plaza el coche de mi padre, que había salido en mi búsqueda, paró a nuestro lado. Subimos, y en el asiento trasero, Ella me apretó la mano, intuyendo la gravedad, mientras Elena se mordía el labio inferior. Bajo el cielo cuadrado y cuajado de estrellas del patio de casa, fue donde mi padre me dio aquella  paliza animado por mi madre, que me tapaba la boca para contener mis gritos. El castigo fue no salir en un mes y no volver a juntarme con Dolores. Así que las señales que dejó la goma de la botella de butano en mi espalda -las de las piernas me preocupaban más porque se veían-, no fue lo peor. Aquella noche sin dormir, no por el escozor al roce de las sábanas; sino por sentirme injustamente golpeada e irremediablemente enamorada, fue lo que mantuvo mis ojos encendidos.</p>
<p>     Pero el dolor más profundo lo sentía al escuchar el alboroto de mis amigas cuando iban de paseo. ¿Por qué a mí? Me las ingenié para escaparme y correr al encuentro de mis amigas, y a escondidas hablar especialmente con Dolores. Me dijo que Kike se había interesado mucho por mí. Ella llevaba un extravagante vestido y Elena ya salía en su pandilla, iba con el pelo suelto. Recuerdo volverme a casa corriendo con la vista nublada, el corazón en la garganta, impasible a la mirada atónita de quienes me crucé. Yo iba atiborrada de impotencia y con la necesidad de salir de allí cuanto antes.</p>
<p>    Parpadeaba el verano un anochecer que escuché a los chicos canturrear: “…bailando estaba con Lola. Como niños besándonos en la sombra…”, cuando chisté a Dolores a través de la reja de mi habitación. Me dijo que ahora era distribuidora de <em>Avón</em>, con lo que sacaba un dinero extra para sus numerosos gastos.</p>
<p>     Con el comienzo de curso y el menguar de las tardes vimos menos a Dolores. Y cuando el invierno se coló en nuestras vidas y ya apenas hacíamos vida en la calle, Ella y la melodía de la canción desaparecieron. El Cano contó que los padres de Dolores se habían comprado un piso céntrico. A veces me preguntaba qué sería lo que la unió a nosotras. Ahora pienso que lejos de sentirse desubicada, la notable diferencia le hacía destacar más su acuciante superioridad. Un domingo muy gris en el centro del pueblo,  Elena y yo vimos a su pandilla, y decidí preguntarles por ella. Kike llevaba de la cintura a una chica muy <em>yeyé</em>, cosa que me hería. Fue Manu el que nos comentó el viaje a Madrid de Dolores para una prueba en T.V., en el Ballet Zoom de Valerio Lazarov. Nunca la vimos en la <em>tele</em>, ni en otro lugar. A Kike sí, con diferentes chicas, y durante mucho tiempo sentí que el corazón quería salírseme por la boca, hasta que después lo vi con la cabeza rapada, y se me acabó el enamoramiento. Kike, como otros, se fue voluntario a <em>la mili.</em></p>
<p>     Llegó otro tiempo de luchas, por cosas como la Libertad; ya se olían nuevos y costosos tiempos. El de revelarnos, contra la masificación&#8230; ¡Cómo nos hemos metido en la sociedad!&#8230; Y yo conseguí una beca para estudiar en la capital. Hice Derecho, Elena idiomas, y de los chicos ninguno terminó la carrera. Fui una idealista imbuida en mi burbuja&#8230; Siempre con delirios literarios; pero sólo me pagaron por escribir encuestas. Hasta que me admitieron en aquel bufete de asuntos fiscales y Hacienda Pública que simultaneé con preparar oposiciones.</p>
<p>* * *</p>
<p>    El tiempo había corrido sumando decepciones a la alegrías; pero la reconocí al desenvolver aquella malograda gabardina. Su cuerpo asomó joven y desnudo. La casualidad me llevó a levantar su cadáver; yo ejercía de Jueza de Guardia. No cabía duda, el orificio era de bala. Quizá debido a mi corta experiencia la sangre se me heló en las venas, y en uno de los dos hemisferios de mi cabeza, una canción antigua y pegajosa se instaló para quedarse algún tiempo. El mismo que duró la fama de Dolores Rodríguez. La noticia apareció en todos los medios nacionales.</p>
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		<title>159- La rama del Jacarandá en flor. Por TRA-NA-BEL</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:48:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[     Abrió la ventana de su habitación y detuvo la mirada en la rama en flor, iluminada por el sol dorado de la mañana. Hoy se había levantado con una sensación extraña. Sin ganas de tomar el desayuno salió de casa y empezó a bajar los pocos peldaños que le [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>     Abrió la ventana de su habitación y detuvo la mirada en la rama en flor, iluminada por el sol dorado de la mañana. Hoy se había levantado con una sensación extraña. Sin ganas de tomar el desayuno salió de casa y empezó a bajar los pocos peldaños que le conducirían hasta el estudio de fotografía, pasado de moda  y que muy poca gente visitaba ya. <span id="more-1070"></span></p>
<p>    Se detuvo  junto a la pequeña ventana ojival para… ¡no! Hoy no la vería pasar. Esta mañana no tendría el regalo de su fugaz visión. Ese instante que había mantenido viva su ilusión… </p>
<p>    Una vez abajo, atravesó a oscuras el minúsculo estudio y encendió una pequeña lámpara que iluminó el rincón de la mesa donde retocaba las fotografías. Se sentó y, con gesto de cansancio, apoyó los brazos sobre la mesa y la cabeza entre ellos. Se le escapó un sollozo ahogado. ¡Su amada se le iba! Ella… la razón de su vivir. </p>
<p>     De un cajón sacó varias fotos. Estupendas fotografías en blanco y negro. En todas, el rostro dulce, sereno y hermoso de una mujer. Joven y rubia en unas. Dejada atrás la juventud o con el pelo plateado en otras. Las extendió con cuidado sobre la mesa y las miró detenidamente. </p>
<p>     Y su recuerdo evocó aquella otra mañana de primavera  esplendorosa  en que entró en su estudio. ¡Qué hermosa era! Quedó prendado de sus luminosos ojos claros que reflejaban serenidad, alegría, amor por la vida… </p>
<p>      Tardó un instante en responder a su saludo y preguntarle qué deseaba. Sonriente le dijo que quería una foto de estudio, del estilo de las que tenía en el escaparate. </p>
<p>      Se esmeró al máximo. ¡Sería la mejor fotografía realizada en todos sus años de trabajo! Hizo varias tomas, más de las que acostumbraba, sin tener en cuenta el costo. ¡Qué mujer tan maravillosa! No se cansaba de mirarla, de admirarla, aunque sólo fuera a través del visor de la cámara. Pero… tuvo que despertar de su ensueño y dar la sesión por finalizada. </p>
<p>      La mujer abonó el importe de las fotos. Él le entregó el resguardo y le dijo que volviese pasados ocho días. Se despidieron con un apretón de manos, una sonrisa radiante por parte de ella y una mirada de total arrobamiento por parte de él. </p>
<p>      Pasaban los días. Él retocaba con mimo el negativo para conseguir la fotografía perfecta. ¡Lo consiguió! Se quedaría con una copia, pero no la expondría en el escaparate. ¡Sentiría celos de los ojos que la miraran! </p>
<p>      Transcurrieron semanas y la hermosa mujer rubia no vino a recoger las fotos. Él, que esperaba todos los días verla entrar, se sentía desilusionado, triste. No sabría decir si se había enamorado. Incapaz, tan siquiera, de imaginarlo. Lo único que deseaba era verla una vez más. </p>
<p>      Un día decidió colocar la fotografía en el escaparate, por si ella volvía a pasar por allí o por si alguien la conocía. </p>
<p>     Se sucedieron meses, incluso años. Él más taciturno y con profundas arrugas en la cara. La fotografía en el escaparate, un poco deslucida por el paso del tiempo. Aún recordaba perfectamente su rostro, su sonrisa radiante y su mirada luminosa y clara. ¿Por qué no había vuelto? </p>
<p>     Aquella mañana, como todas, se había detenido un momento en la escalera. Escuchó pasos y,  como si fuera una aparición, pasó junto a la ventana ojival un rostro de mujer. Enmarcado por una rama en flor del jacarandá. ¡Era ella! Corrió a buscar su cámara fotográfica. Cuando volvió, ni siquiera se escuchaba el rumor de sus pasos. <!--more--></p>
<p>        Desde entonces, todas las mañanas  se apostaba escondido detrás de la pequeña ventana, la cámara dispuesta, ajustadas distancia y luz. </p>
<p>     Y una mañana escuchó de nuevo sus pasos. Tuvo tiempo para hacerle dos tomas que rápidamente  reveló. ¡Sí, era ella! Con suaves arrugas alrededor de los ojos, todavía tan luminosos como entonces… </p>
<p>     Un día, poco después, supo por casualidad que aquella mujer vivía cinco pisos más arriba de su estudio fotográfico. Que su marido sufría una larga enfermedad y que ella apenas salía de casa. </p>
<p>     Él vivía obsesionado por captar ese momento fugaz de su paso junto a la ventana. Pocas fotos más le hizo. ¿Llegó a darse cuenta de que la fotografiaba? En algunas parecía que le miraba y en los ojos había una expresión de cariñosa burla. Claramente veía el paso del tiempo, aunque en su imaginación siguiera intacto aquel hermoso rostro de mujer. </p>
<p>      Siguió corriendo el tiempo y él nunca se atrevió a hablarle. Temía romper la ilusión. ¿Por qué no había ido a recoger aquella fotografía que se hizo un día lejano? Tal vez hubieran… </p>
<p>      Esta mañana oyó decir al portero que la vecina del quinto, la que tenía el marido enfermo, la llevaron al hospital de urgencia, muy grave. Posiblemente no pasaría de hoy. </p>
<p>      No abrió el estudio y ese día lo pasó llorando, en silencio. Más tarde salió a comprar un pequeño ramo de rosas que colocó junto a las fotografías de ella. Hubo un momento, cuando el día empezaba a declinar, en el que el tiempo pareció detenerse. </p>
<p>       De pronto, las fotografías empezaron a desvanecerse, una tras otra. Cuando su mirada se posó en la primera que le había hecho, el hermoso rostro se iluminó, los ojos le miraron con ternura ¡sí, podría jurarlo! y mantuvo la radiante sonrisa largo rato. Luego, también esta imagen comenzó a alejarse, a desvanecerse. Comprendió que ella había estado despidiéndose. Que acababa de irse para siempre… </p>
<p>     Mientras, la luz plateada de una radiante luna llena iluminaba la rama en flor del jacarandá.</p>
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		<title>158- Dulces Sueños. Por Pazair</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:48:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Con sus ojos cristalinos, sujetos por dos ojeras que parecen perfectamente tatuadas, tumbado encima de la cama y mirando fijamente las ranuras de luz que entran por los pequeños huecos de la persiana, Oniros intenta dejar su mente en blanco aunque sabe que ese ejercicio resultará ya inútil, esta noche, cuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con sus ojos cristalinos, sujetos por dos ojeras que parecen perfectamente tatuadas, tumbado encima de la cama y mirando fijamente las ranuras de luz que entran por los pequeños huecos de la persiana,<span id="more-1067"></span> Oniros intenta dejar su mente en blanco aunque sabe que ese ejercicio resultará ya inútil, esta noche, cuando se duerma, soñará que estará en la India, en la región de Tamil Nadu, colaborando con una ONG en la reconstrucción de la zona después de que el Tsunami lo asolara prácticamente todo, le dejó impactado oír, mientras esperaba en la cola de la Farmacia, como un joven detallaba las condiciones de vida de aquellas personas, que a día de hoy todavía no disponían ni de un retrete cubierto,  por estas razones Oniros ya prácticamente no salía de casa, quería evitar a toda costa ver o escuchar cosas que se taladrasen en su mente, porque sabía las consecuencias que eso tendría cuando se durmiese; pero ese día no le quedo más remedio que acercarse a la Farmacia, el Provigil estaba a punto de terminarse y quedarse sin él era un lujo que no podía permitirse. El Provigil es un fármaco, de moda entre los universitarios, estimulante del sistema nervioso central con unas propiedades diferentes de las de otros agentes estimulantes, además su potencial para crear dependencia es menor, gracias al Provigil lograba estar cincuenta horas seguidas sin dormir, si además lo combinaba con unos gramos de coca, conseguía estar despierto casi setenta horas.</p>
<p>Antes de dormirse, recuerda como fue la primera vez que un pensamiento se taladró en su mente y se convirtió en sueño esa misma noche, tenía 16 años, hace ya más de 30, y sólo pensaba en la Derbi Europa 75RD de 80 centímetros cúbicos que le acababan de regalar a un compañero de instituto; le encantaba su color rojo surcado por una franja blanca y negra que le daba un acabado deportivo, así como el ruido y el olor de su escape. Esa misma noche soñó con ella, cerró los ojos y sintió como era conducirla, sintió su olor y su color, y sintió ser el centro de las miradas de sus compañeros ¡¡fue tan real!!. En el fondo sabía que nunca le regalarían esa moto pero se despertó con una sonrisa que le duro todo el día, él ya sabía lo que se siente al tenerla. Le pareció fantástico haber soñado con lo que quería, ¡Ojala fuese siempre así! –deseó- y sus pensamientos no iban muy desencaminados. Después de llevar tres semanas  soñando con la 75RD, en su cabeza cada vez había menos hueco para la Derbi y más para Laura, una de las pocas chicas del instituto que no le ignoraba. Laura no era ni la más guapa, ni la más lista, ni la que tenía los pechos más grandes pero tenía esa mirada dulce y esa sonrisa de cristal que hacía que Oniros la viese como la chica perfecta para poder invitarla a tomar algo, luego al cine y con un poco de suerte perder su virginidad, sin darse cuenta y como quien no quiere la cosa, en su cabeza los pensamientos de montar la 75RD habían sido totalmente sustituidos por los de montar a Laura; y así fue, esa noche y muchas otras, soñó con la velada perfecta, la película perfecta y el desvirgue perfecto.</p>
<p>Que iluso era por aquel entonces cuando no imaginaba lo que se le venía encima. Todavía antes del abrazo de Morfeo recuerda lo divertido que le parecía tirarse todo el día pensando en la final del mundial de fútbol, y al dormirse convertirse en el delantero centro que con sus goles daba un mundial a su país. Le parecía un don, algo fabuloso que todas las noches lo transportaba al universo que él deseaba, todo el mundo sueña pero Oniros ¡soñaba con lo que quería!, para ello sólo tenía que centrar sus pensamientos en quien quería ser, o en donde quería estar y voilá, esa noche se convertía en superhéroe o visitaba la Tebas gobernada por Ramsés II, era mágico.</p>
<p>Empezó a ser como una droga, por que cuando sueñas tus sentimientos se activan al igual que si estuvieses despierto, si soñaba que ganaba la final de los cien metros lisos de las Olimpiadas, incluso se despertaba empapado de sudor, si soñaba que participaba en una orgía, se despertaba húmedo como si hubiese estado allí realmente. Lo maravilloso de los sueños es que no descubres que estas soñando hasta que te despiertas, todo es “real” mientras sueñas, hasta el punto de experimentar la alegría y la pena o el dolor. Eso que vivía mientras dormía era cada vez mejor y más intenso, y ya no necesitaba ocupar el cien por cien de sus pensamientos en un hecho concreto para luego transformarlo en sueño, era suficiente con repetirlo unas cuantas veces en su cabeza, para tener la certeza de  que esa noche, cuando le venciese el cansancio, supiese con lo que iba a soñar.</p>
<p>Las horas que Oniros pasaba despierto, las pasaba esperando a que llegase el momento de dormir, vivía verdaderas aventuras como detective, náufrago, millonario, traficante, revolucionario, emperador, mártir, pirata,… cambió sus hábitos de vida solo para poder dormir más horas, quería que sus sueños fuesen cada vez más largos, quería “vivir” todos los sueños del mundo, dejo todo de lado salvo un trabajo a media jornada que le proporcionaba el dinero suficiente para poder pagarse los medicamentos como el Diazepam o el Clorazepam, que compuestos por Benzodiazepinas, lograban hacerle dormir alrededor de 16 horas diarias. Pero eso quedaba ya muy lejos, y ahora, dormido profundamente, después de casi setenta horas despierto, se encontraba  ya como cooperante en la India.</p>
<p>Por aquel entonces, Oniros llevaba una doble vida, las pocas horas que pasaba despierto las pasaba impaciente esperando que llegase la hora de dormir para vivir nuevas, o a veces repetidas, experiencias; había días que le costaba diferenciar si estaba despierto o si por el contrario, estaba en un sueño, ¿y si en realidad su verdadera vida era en la que hacía cosas extraordinarias, en la que era un fabuloso amante, un salvador, una persona admirada y respetada, y el resto, el trabajo, la soledad y la insignificancia no eran más que pesadillas de esa vida maravillosa?. Empezó a convertirse en un problema, era frustrante despertar de un delicioso sueño, en el que surcaba navegando los cristalinos mares de las Islas Marquesas en la Polinesia Francesa; o escalaba, junto a Edmund Hillary y Tenzing Norgay, en la primera expedición que coronó con éxito el Everest; o viajaba a la Luna en el Apolo XI, y abrir los ojos y descubrir que el único sentido que tiene tu vida es dormir.</p>
<p> La profunda desilusión sentida al comprobar que la realidad, no era ni el uno por ciento de buena que la ficción, era cada día mayor. La sensación de vacío era enorme cada vez que, en alguna de las escasas relaciones sexuales que había mantenido, no podía realizar todo aquello que había soñado, no sentía ni la mitad de placer ni de satisfacción, en la realidad todo era más frio y más corto que en sus sueños, no se sentía cómodo cuando acabado el acto sexual, tenía que fingir complacencia, eso era algo que cuando soñaba no ocurría, al igual que tampoco ocurrían las enfermedades, las conversaciones triviales, las sonrisas falsas o la soledad o el aburrimiento; por todo esto Oniros comenzó a querer dormir cada vez menos, -si no duermo se acabará el problema- pensaba, pero ningún ser humano puede estar más de 11 días sin dormir sin ayuda de estimulantes, y aun así, pasado este umbral se corre verdadero peligro de muerte, además llega un punto en el que aunque uno se resista a dormir, simplemente no puede, lo que él creía que era un don, sus dulces sueños, se habían convertido en amargas pesadillas, ya no soportaba tener la sensación, cada vez que se despertaba, de que nunca cumpliría ninguno de sus sueños, si para cualquier persona, le puede llevar una vida entera hacer realidad los dos o tres sueños  que siempre ha tenido –y eso en el caso de cumplirlos-, Oniros necesitaría más de mil vidas para poder realizar parte de ellos, y la frustración sentida al no logran uno de tus sueños, Oniros la sentía elevada al cien por todos aquellos sueños incumplidos.</p>
<p>Es frustrante despertarte de un magnifico sueño y darte cuenta que esa experiencia nunca la vas a vivir realmente, por esta razón Oniros decidió que ya no quería dormir más, cuando miraba el mundo real bajo el cristal de los sueños, le parecía gris y frío, y quería acabar con esa sensación para siempre, aunque sabía que no existían muchas soluciones; así que comenzó a tomar estimulantes para poder estar la mayor cantidad de horas despierto, el problema es que el cuerpo se va acostumbrando poco a poco a ellos y llega un punto donde café y té no sirven para nada y tienes que aumentar la dureza de los excitantes, pero anfetaminas y algunos antidepresivos que aumentan considerablemente los niveles de dopamina, tienen fuertes efectos secundarios y acababan provocándole obsesiones durante su efecto, que luego le repercutían, provocándole pesadillas, en sus pocas horas de sueño, en las que el protagonista siempre era el suicidio; y el suicidio podía ser una de las soluciones, pero la muerte no dejaba de ser un estado de narcolepsia infinito en el que nadie le podía asegurar que no soñaría, y la idea de soñar hasta el infinito le aterraba, ¡¡soñar!!, eso era precisamente lo que quería evitar a toda costa, estaba cansado de ello, envidiaba a la gente que al día siguiente prácticamente no recordaba lo que había soñado esa misma noche. Deseaba ser, como el chico cubano, que había visto en una revista de ciencia, en uno de los miles de artículos y libros que había leído sobre los sueños, el cual, a la edad de 13 años, había sufrido una encefalitis aguda que dañó, aparentemente de forma irreversible, las áreas de su cerebro relacionadas con el sueño y desde entonces ese hombre no dormía, incluso recuerda su nombre y el gracioso apodo con el que sus vecinos le habían bautizado, “<strong><em>Tomas, el que no duerme jamás”</em></strong>.</p>
<p>Y así pasa Oniros los días, quieto, inmóvil, intentando estar despierto el mayor número de horas, sin hacer nada, intentando dejar su mente en blanco, para no pensar, para no imaginar, creyendo que si no piensa en nada, no soñará con nada; pero eso es imposible porque nunca dejamos de pensar, aunque se quedase sordo y ciego, seguiría pensando y eso le haría seguir soñando, de todos los seres de la tierra se ha convertido en el único que no desea soñar, se ha convertido en el único que sueña con no soñar.</p>
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		<title>157- Compañía de animales. Por Bambarias</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:48:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El café manchó el lienzo casi por completo. Cayó en una inmensa cascada que desató la tragedia, la desesperación de no poder detener el tiempo, la incertidumbre del momento posterior al segundo que lo cambió todo, el punto de no retorno. Y acto seguido, los gritos, la impotencia, las manos atravesando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El café manchó el lienzo casi por completo. Cayó en una inmensa cascada que desató la tragedia, la desesperación de no poder detener el tiempo, la incertidumbre del momento posterior al segundo que lo cambió todo, el punto de no retorno.<span id="more-1062"></span> Y acto seguido, los gritos, la impotencia, las manos atravesando los colores todavía frescos, la pintura por las paredes, en los brazos, en la cara, las lágrimas pintadas, los trozos de la taza amenazando las plantas de sus pies, el caballete como un cuerpo sobre el suelo y la tensión alicatada en cada uno de sus movimientos convulsos y descontrolados.</p>
<p> Cuando todo quedó en silencio, solo se escucharon unos pasos rápidos y sigilosos que subían las escaleras. Aquel era el puente de unión entre dos mundos, el único camino en el que encontrarse cada vez, como si fuera la primera, siempre igual, de una manera invariable y absolutamente verdadera. A veces, él veía aparecer un pie, o una sombra diferente a las que ya conocía en su cabeza, un sonido real, una leve sensación o simplemente su olor. En esa ocasión era precisamente ese olor lo que anticipaba su presencia y la imagen se mostraba tremendamente vívida. Un segundo antes de que apareciera, él ya podía verla, podía casi tocarla siguiendo sólo la estela de esa mezcla de mujer, de piel suave y aire. Ella olía a aire, a una brisa tranquila como de mañana fría.</p>
<p>De pronto, le llegó un viento delicado y él respiró profundamente sabiendo que en esa inspiración estaba su paz. Ella lo encontró como otras veces, tumbado en medio de pinceles y trapos, trozos de periódicos rotos, con la mano tapándole la cara. Acurrucado después de luchar contra los elementos más esenciales y cotidianos, esos que provocan tanta vergüenza, esos que escapan de lo racional y lo esperado, esos que simplemente son y existen para demostrar que lo pequeño es otro relativo más al que acostumbrarse.</p>
<p> Desde la puerta ella pudo ver la inmensa luz del estudio. Entraba por un enorme ventanal y por el techo, desde un ventanuco que él sólo abría cuando sabía que iba a pintar algo hermoso y brillante. Si no era así, decidía cerrar todos los puntos de luz y se quedaba completamente a oscuras, encendía una vela, si conseguía encontrarla, y pintaba trazos oscuros y dolorosos, figuras grotescas, dientes y carne.</p>
<p>Ella se acercó muy despacio. Había aprendido cómo atravesar la frontera de ese mundo secreto sin interrumpir, sin molestar, sin quebrar la quietud inmensa de la creación. Cuando estuvo realmente cerca de él, dudó si debía tocarlo o no, vaciló antes de sentir su piel, antes de llegar al momento sagrado en el que el contacto se producía y él volvía a saber que era real, que todo estaba en su sitio, que ella estaba allí. Alargó su mano muy lentamente, con el cuidado de quien sabe y acarició su cara con el dorso. El cuerpo de él dejó de mostrar esa tensión insana y se relajó hasta parecer solo un niño cansado después de jugar. Las caricias siguieron aplacándole hasta que su respiración volvió a alcanzar un ritmo normal, científico, dilatado. En solo unos minutos ya roncaba.</p>
<p>Dicen que hay muertes vividas por otras vidas y vidas que son muertes en vida. Él era de los segundos; ella, de los primeros.</p>
<p>Eran las doce de la mañana y probablemente él no se despertaría hasta las cinco. Después de sus episodios de derribo emocional, podía dormir durante horas seguidas fuera la hora que fuera. Así que ella bajó a la cocina, que parecía un taller en ruinas, y comenzó a preparar la comida con la lentitud de una montaña. Pasó mucho rato pensando cuál sería el plato que podría agradarle, no quería volver a discutir por la comida, otra vez. Daba igual si era la comida, la bebida o el asunto ese de la irresoluble herencia familiar; es más, podría ser que lloviese o que su vestido fuera demasiado transparente o corto, o desgastado, su pelo muy largo o muy corto, sus…El bol de la ensalada se le ha resbalado de las manos y ha caído en un millar de trozos. Casi se corta la mano mientras los recoge. Casi significa que se ha cortado un poco en un dedo y que está sangrando. Bendito dolor, por ahí se irá todo lo demás, como en un sumidero de bañera: pelos, uñas y barro.</p>
<p>A las siete viene una modelo para que la pinte. Dice que la pinta, pero en realidad no hay nada de las modelos en los cuadros, ni siquiera dibuja cuerpos. Él dice que son su inspiración absoluta, que ella no entiende nada. Y lo único que ella entiende es que no ser la musa del hombre al que amas duele más que el dedo, la quemadura y el golpe en el codo juntos. Tendrá que ir a comprar pastas, o bombones, y mirar a ver si queda té. Esas chicas casi siempre toman té. Es diurético y no mancha los dientes. La última chica estuvo casi seis horas en el estudio, las mismas que estuvo ella sin parar de tocar el piano. Sus manos ya no respondían a ninguna coherencia, solo se deslizaban tratando de llegar a abrirse como abanicos .En algunas ocasiones, cuando vienen las modelos, se duerme y aprieta el corazón contra el pecho para que no se le salga. En otras, simplemente vomita.</p>
<p>Ensalada y huevos cocidos. No había mucho más. Hoy ni siquiera se queja. Comen en silencio dilatando los minutos y sorbiendo el aire. Tu madre llamó, quiere saber si vas a firmar ese papel, si estás de acuerdo, si cuentan contigo. No voy a llamar, díselo de una vez, no voy a llamar más, ¿entiendes que no voy a llamar más? ¿entiendes eso? ¿entiendes que hace mucho tiempo que no quiero saber nada de nadie? ¿entiendes que ya no hay posibilidades, que se acabó, que se ha cerrado? ¿sabes que últimamente sueño con jirafas? ¿te lo he dicho? ¿sabes que las jirafas son  tan altas que si te subes a una de ellas y te caes te matas? ¿sabes lo que duele morirse? ¿lo sabes? Me voy al estudio, tengo que preparar el lienzo de por la tarde porque no me entiendes, no lo haces y lo sabes. </p>
<p>A las seis suena el timbre. A ella la sorprende leyendo un libro. La chica de hoy es preciosa, enfermizamente atractiva. Ya siente que empieza a tener náuseas. Disimula el malestar y la agonía y le indica desde abajo dónde están las escaleras que suben al estudio. Se queda ahí escuchando cada paso, el sonido de las voces, las primeras risas. Terminado el ritual, prepara la tetera, coloca con precisión cada bombón en el plato y dispone la bandeja con una mezcla de cariño y asco. Sube las escaleras tambaleándose, le tiemblan las piernas, le gustaría ser en ese momento un pedazo de yeso o un corcho. Deja la bandeja en la puerta, en el suelo. Golpea un par de veces y vuelve a bajar las escaleras. La bajada es casi peor, siente un enorme mareo, los parpadeos son largos y pesados y por un momento cree que hoy sí va a desmayarse, que va a darse un golpe terrible. Pero no, no ocurre nada. Vuelve a sentarse en el sillón y sigue leyendo durante un par de horas más en las que ni siquiera suena el teléfono.</p>
<p>Ojalá termine de leer el libro antes de que cierren el mercado, no hay absolutamente nada en la nevera y no quiere discutir de nuevo. Tal vez podría intentar esa receta de sopa que recortó la semana pasada de una revista. No se acuerda de dónde la puso, pero si busca durante un rato y va realizando el camino inverso de su cabeza, seguro que la encuentra y puede hacerla para cenar. Malditas jirafas. Vuelven constantemente a su mente.</p>
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		<title>156- Despertar y esperar a la noche. Por Avatares</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:43:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estoy sentado frente a la ventana, son las ocho de la mañana, los albores del día comienzan a desplazar una noche fría que amenazaba quedarse más tiempo. Entro en mi correo electrónico y veo dos correos recibidos de mi amiga Mariam: mis anheladas “Alcachofas a la Romana” y otro, al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estoy sentado frente a la ventana, son las ocho de la mañana, los albores del día comienzan a desplazar una noche fría que amenazaba quedarse más tiempo.<span id="more-1058"></span></p>
<p>Entro en mi correo electrónico y veo dos correos recibidos de mi amiga Mariam: mis anheladas “Alcachofas a la Romana” y otro, al que yo llamo <em>“personajes famosos caracterizados de payaso, para llevarle a Antonio frases célebres”. </em>Reflexiono sobre algunas de ellas y son exquisitas. ¿Sabes?, siempre ha habido personas sensibles que han sabido aglutinar en unas pocas palabras sensibilidad y sabiduría; ¿qué hubiera sido del mundo sin estos personajes?</p>
<p>Vuelvo a mirar la ventana y observo unas nubes cruzar rápidas por el cielo “azul”, parecen hilos trenzados, voluptuosas y frágiles; ¡¡espera!! de fondo oigo unos trinos, parece que quisieran acompañar con su melodía el incierto viaje de las nubes. Me transmiten paz, sosiego, recuerdos de mi niñez y sobre todo la esperanza de que mis mejores deseos y sentimientos viajen con su sonido a vosotros.</p>
<p>¡¡Nubes, nubes, nubes!!&#8230; Todos hemos soñado de niños con tocarlas, flotar sobre ellas… en fin ¡cuántos sueños!, pero la vida tiene una mala costumbre, “romper los sueños inocentes de los niños con oscuras y ásperas realidades al hacerlos adultos”. ¿Imaginas una nube en la que pudieras subir y viajar a cualquier lugar?&#8230; ¿qué destino escogerías?&#8230; cualquiera, todos son válidos, siempre que tuvieras ilusión.</p>
<p>Al principio sentirías miedo, pero cuando la seguridad y tranquilidad afloraran en ti te sentirías segura, con esa seguridad que permitiría que disfrutaras de tu viaje. El aire rozaría tu cuerpo, tu melena deshilachada cual nubes bailando al viento, tus sentidos percibirían cada sensación del entorno  y tu mente se purificaría con tanta belleza como contemplarías…. Si cierras ahora mismo los ojos se que puedes imaginarlo, Tú si, por que eres un ser puro, todo bondad y generosidad humana. Cierra los ojos y disfruta.</p>
<p>La mañana empieza a deteriorarse y me comienza a inundar con  nubes más oscuras, que parecen decir que lo bonito, amado, deseado y soñado es efímero. Pero entre tanta oscuridad veo una luz, es pequeña, tenue, como un “detalle” entre tanta maldad…. ¡espera!, la pequeña luz comienza a conquistar las sombras, ¿sabes cómo se llama la luz?, si, es la “Esperanza”, ese sentimiento que hace que nuestras vidas cobren un nuevo significado, ese sentimiento que nos permite soñar y que impulsa el deseo de superación a nuestros corazones.</p>
<p>Veo que esa pequeña y tenue luz va haciéndose mayor y va conquistado el infinito cielo, vuelvo a oír de nuevos los trinos, parece como si animaran a la “Esperanza” en su conquista particular, la apoyan, le insuflan ánimos, la jalean, ¡¡Que espectáculo!! cuanto lamento que no lo puedas disfrutar,…. ¡Espera tengo una idea!,  vuelve a cerrar los ojos e imagínatelo, se que puedes.</p>
<p>La “Esperanza”… No la pierdas nunca, agárrate a ella como si fuera el único soporte que hubiera en tu mundo, ella te llevará en volandas, te permitirá ver un nuevo futuro, te ayudará a soñar, a alcanzar lo que anhelas; pero a veces es una incomprendida, cuando pasa a nuestro lado y no la tenemos en cuenta. Es como cuando el perro se acerca a tu pierna mostrándote su cariño y no reparamos en él, sino todo lo contrario lo espantamos con un grito o un movimiento agresivo de nuestra pierna y huye de nosotros. Pero tú no hagas eso, cuando la “Esperanza” roce tu pierna, devuélvele el cariño, acaríciala, muéstrale tanto amor como tienes, ámala y mírala fijamente a la cara para que tus ojos le transmitan tus inquietudes y anhelos.</p>
<p>Ella te va a entender, no te quepa la menor duda, sosegará tus zozobras, te llenará de ilusión y te hará volver a creer en todo de nuevo, es como la inocencia de un niño, pura y sin maldad, se quedará contigo y hará tu camino más seguro, sin vacilaciones, sabiendo que todo en la vida se reconquista a pesar de creer que hemos perdido, ¡pero no debes olvidar una cosa! “Es de todos”, por ese motivo debes soltarla, permitir que vuele hacia otros que también la necesitan y a los que no solo hará felices como a ti, sino que les llevara parte de lo que tú has depositado en ella.</p>
<p>Son las nueve y media y no he tenido la sensación del paso del tiempo, ha sido tremendo ha pasado sin dejar huella, elástico, discreto, el tiempo a veces es así, cuando estás soñando no tiene valor, por eso deberíamos soñar más.</p>
<p>La mañana transcurre despacio, pero la tarde hace acto de presencia fiel a su cita. Tras dejarnos su impronta, cede su espacio a la noche.</p>
<p>¿Sabes que la noche también tiene su encanto?, es cierto. El día es todo luz, trinos de pájaros, alegría, gente paseando…</p>
<p>Pero yo quiero darte una visión de la noche que es muy sugerente. Cuando llega la noche, comienzan las cosas más bonitas… es el momento del descanso, de dejar ese frenesí vivido durante el día, en ese momento somos más reflexivos, dejamos a nuestro cuerpo y mente en pausa o ralentizado y ese es el momento en que dejamos aflorar pasiones y sentimientos.</p>
<p>¿Sabes que las más bellas historias de amor se gestan en la noche? Es cierto, ya que la pasión, el deseo por el otro y la tranquilidad afloran con más fuerza tras el devenir de un día frenético.</p>
<p>Esa chispa solo necesita de una mirada, siempre que se sepa leer en los ojos del otro. En esa mirada puede haber cariño, carga emocional, deseo incontrolado, pasión, ansiedad… pero lo más importante es predisposición a la entrega, esa entrega sin prisas, saboreando cada segundo de la misma, llenándote de tanto amor que acabes por rebosar e inundándote de él hasta las trancas. Si Amiga, eso es amor, sentir que estás lleno y pleno, pero siempre con lentitud y exquisitez, saboreando cada gesto, cada mirada, cada susurro, cada jadeo, cada roce en la piel, cada beso, hasta llegar a convulsionarte con todo ello a la vez y explotar, si explotar en una sucesión de sensaciones indescriptibles, quedando por último en un estado de éxtasis y relajación total que deja una dulce y cálida sonrisa en la boca.</p>
<p>Pero no solo el amor hace sugerente a la noche, ¿has paseado alguna vez, sola o acompañada, por una calle desierta? Yo si lo he hecho y ese paseo es indescriptible. El aire es puro, limpio de contaminantes del día, fresco sin llegar a frío, te acaricia sin que nada lo impida, es como si bailara a tu alrededor acompañándote en tu paseo.</p>
<p>Tu paso es lento, no tiene prisa, hay que saborear el paseo, cada paso es como si lo dieras sin esfuerzo, dejándote llevar, incluso hay momentos en que sientes liviano, que no estás anclado al suelo, eso es lo mejor de pasear, sentir que flotas y que tu cuerpo es el que dirige ese paseo.</p>
<p>Tú mirada recupera la claridad que en el día pierde, ¿sabes por qué? Porque en la noche le ayuda el corazón, que está tranquilo y es curioso; claro, tienes que satisfacer su curiosidad. Pero todo lo que miras lo ves de forma diferente a lo que el día te muestra, porque de noche es cuando realmente percibes lo que ves.</p>
<p>Sigues caminando y te das cuenta que has salido de la ciudad, y cuando estás a punto de volver sobre tus pasos, algo atrae tu atención. Es la Luna, ¡qué mala! no te deja irte, ya que ha aparecido muy seductora y ha llamado tu atención, la miras y reconoces que es un espectáculo, esta noche se ha puesto un vestido plateado, le sienta de maravilla, ¡que bella está¡ </p>
<p>En ese momento observas que su vestido proyecta una luz plateada que te permite distinguir lo que te rodea, pero donde te impacta el reflejo de su luz, es en el riachuelo que pasa junto a ti, resplandece de una forma increíble, casi parece blanco como la más pura nieve. Te quedas absorta contemplando el espectáculo, tu corazón está llenándose de tanto como está viviendo esta noche. Te sientas en el suelo y sueñas. Soñar, que palabra más bella y a la vez más misteriosa, pero si cierras los ojos con fuerza, puedes hacer que tu cerebro sea un frenético carrusel de imágenes, deseos e ilusiones.</p>
<p>¿Sabes que hay gente que es ciega del corazón? Es cierto y lamentable. Esa gente nunca podrá decir que vivió, solo que estuvo y pasó por este mundo sin pena ni gloria. Es la gente que solo piensa en “tener, poseer, ostentar…” gente que nunca entenderá que lo más bello de esta vida es GRATIS “amar, soñar, ser amigo, querer…”</p>
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		<title>155- El reino de los ciegos. Por Anisakis</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:42:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ya hacía más de seis meses del terrible accidente, pero aún sentía pinchazos ocasionales en la mitad derecha de su cara, la parte de su cuerpo que había sido más dañada por el fuego. De aquello no creía  poder recuperarse nunca en la vida, y así se lo confirmaba de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya hacía más de seis meses del terrible accidente, pero aún sentía pinchazos ocasionales en la mitad derecha de su cara, la parte de su cuerpo que había sido más dañada por el fuego. De aquello no creía  poder recuperarse nunca en la vida, y así se lo confirmaba de una forma brutal su imagen reflejada en el espejo, en el que todos los días, con cierta morbosa conmiseración, se sometía al espectáculo de su deformidad.<span id="more-1054"></span> La piel no era ya tal, sino una especie de pergamino acartonado de una lisura extraña, y los pliegues naturales de las mejillas, la comisura de los labios y el párpado inferior se habían transformado en grotescos costurones. La larga espera para el paso por el quirófano-“no se preocupe, quedará casi perfecto”-y su carácter mas bien introvertido habían hecho de Juan, que así le llamaremos, un personaje solitario y taciturno. Evitaba al máximo el contacto con la gente, que en este caso pertenecía siempre a su círculo más íntimo, aun cuando los pocos testigos de su tragedia no hacían si no darle todo tipo de esperanzas y apoyo moral. </p>
<p>- Te vas a convertir en un autista como sigas ahí encerrado -le decían </p>
<p>Por ello no había podido conciliar el sueño desde que oyese en el contestador automático la voz de su madre, casi anciana. </p>
<p>-Hijo, por estas fiestas me gustaría que vinieras por casa y me hicieras compañía. Ya sabes que desde que falta tu padre se me viene la casa encima, y yo ya estoy muy torpe para ir a verte… </p>
<p>Tan sólo pensar en la idea de exponerse a la curiosidad general, un pánico irracional se apoderaba de Juan. Empezaba a sudar copiosamente y su corazón se aceleraba; una angustia intensa se apoderaba de todo su ser. No, imposible, no podía ir a ningún sitio hasta que su rostro fuera recompuesto por el cirujano plástico, y aún así, ya veríamos…</p>
<p>Pero no podía decirle esto a su madre. Ya tenía bastante la pobre con sus problemas. La reciente muerte de su marido y la escasa atención que le prodigaban los otros hijos – ellos tienen otra familia a la que contentar-decía ella con falsa resignación-habían hecho mella en el carácter mas bien optimista del que había disfrutado gran parte de su vida.</p>
<p>Faltaban solo unos días para Nochebuena, y en la calle imperaba la algarabía general, condimentada con estruendosos petardazos y una sobredosis de villancicos acaramelados. Seguro que ese año se batían todos los records de ventas de regalos y exquisiteces, pensó Juan, al que aún quedaba un hilo de conexión con la realidad exterior.</p>
<p>Sólo tras un lingotazo de coñac y una cabezada en el sofá-en la que más que dormir, soñó- pudo tomar la decisión: Iría  a ver a la vieja, ¡claro que sí! </p>
<p>Únicamente le faltaba diseñar la estrategia del traslado. Rechazó de plano la posibilidad de un taxi. No aguantaría el escrutinio del taxista, discretamente por el retrovisor, mientras sortease con maniobras suicidas el espeso tráfico navideño y le sermonease sobre lo mal que está el oficio o lo mal que va el Madrid en la liga, cháchara vacua con la que intentaría obviar las preguntas morbosas que rondarían por su cabeza mientras de estudiaba de soslayo. Prefería un medio lo mas anónimo posible. Las siete estaciones, de la misma línea, que le separaban de la casa de su madre le parecieron infinitamente más llevaderas. Se pondría una bufanda que  usaba en los días más fríos, aunque la temperatura otoñal de aquel comienzo de invierno no lo requiriese. Con ella y un sombrero conseguiría disimular su cara. Desechó las gafas de sol, corría el riesgo de  asemejarse a un personaje de película mala y atraería la atención. La sola idea de haber tomado una decisión, tan difícil para él, le causó una cierta euforia, algo mermada por la acidez de estómago que el brebaje auxiliador aún le producía. </p>
<p>Así pues, tras confirmar por teléfono a su madre que iría, y tras la emoción mal disimulada con que ésta le había respondido, Juan se puso manos a la obra. Eran ya las ocho de la tarde, y no quedaba ni un ápice de luz natural. En ningún momento había considerado ir antes. La pobre iluminación del barrio- nada que ver con el despilfarro de vatios con que el ayuntamiento contribuía a la sensación de abundancia generalizada, obligatoria por Navidad en el centro de la ciudad- le producía una sensación de seguridad. ¡Qué distinto era ahora todo!-pensó. Hacía casi dos años que, al cobijo de la semipenumbra de una de esas calles había sido atracado por unos jóvenes con demasiada prisa por conseguir una dosis. Nada de aquello era comparable con lo que pasó después, ¡quién se lo iba a decir! El trayecto hasta la boca del Metro  no presentó dificultad. A pesar de su aspecto siniestro y algo trasnochado, nadie reparaba en él. Es más, observó con cierta perplejidad cómo una gran parte de los viandantes o bien hablaban a voz en grito por los móviles por la calle o incluso diríase que hablaban solos, sin que se apreciase interlocutor alguno. Éstos últimos eran quizás los más enfrascados en sus conversaciones, que por lo demás versaban sobre los temas mas peregrinos y triviales que se pudiera imaginar. </p>
<p>-Manoli, ahora cruzo la calle. ¿Me oyes bien? Ya te estoy viendo. </p>
<p>Tuvo que sortear algunas pandillas  de chavales que tiraban petardos entre grandes muestras de júbilo –alegraos pastores que el Mesías ha nacido ya, pensó sin saber porqué-y la colisión frontal con porteadores de bultos inmensos y cara atocinada que de repente habían tomado la ciudad. Afortunadamente, recorría la calle manteniendo su lado derecho pegado a la pared, aunque la proliferación de mobiliario urbano-farolas y bolardos en su mayoría-le obligaba a despegarse de ésta con cierta frecuencia. Tampoco sufrió el acoso visual de los viandantes cuando entró en la estación y, gracias a la milagrosa estabilidad del precio del metrobús por aquellas fechas, pudo traspasar los tornos con su antiguo bono. Tuvo también suerte al coincidir con la llegada de un nuevo tren al andén. Se introdujo en el vagón y se agarró a la barra del techo, con el brazo derecho tapándolo parcialmente la mejilla quemada.</p>
<p>Entonces se percató de que no iba a ser todo tan fácil.</p>
<p>Y empezó a sudar.</p>
<p>Era consciente de que estaba siendo dominado por el pánico, pero no podía evitarlo.</p>
<p>No se atrevía a mirar  alrededor. Imaginaba a todo el mundo mirando al recién llegado, incluso cuchicheando sobre su aspecto. Notaba el sudor empapando lentamente su ropa por dentro. Tenía que quitarse la bufanda. Y el sombrero también.</p>
<p>Entonces notó algo extraño. Aparte de los ridículos sonidos de los juegos electrónicos, que evidenciaban  que no viajaba sólo, no se oía un alma. Se atrevió a mirar, discretamente primero, más abiertamente después, al resto del vagón. Todos los asientos se encontraban ocupados. Sin embargo, parecía que nadie era consciente de los seres que les rodeaban. Mientras que algunos se encontraban absolutamente enfrascados en las pantallas de sus diversos artilugios- teléfonos móviles, juegos electrónicos, aparatos de música minúsculos,…-otros leían todo tipo de material impreso. Todo ello daba al vagón el aspecto de un convoy de sordomudos ciegos con destino a Lourdes, reconcentrados en sus jaculatorias a la Virgen milagrera.</p>
<p>Una única persona, o mejor dos, se encontraba de pié, a su derecha para más INRI. Se trataba de una mujer joven, con una niña en brazos- no tendría ni dos años- y que también se hallaba enfrascada en la pequeña pantalla de su móvil, a la vez que hurgaba frenéticamente con su pulgar en el teclado.</p>
<p>Estaba ostensiblemente embarazada.</p>
<p>Algo aliviado por el estado de hipnosis colectiva, Juan se decidió a quitarse los complementos invernales que usara como disfraz. Justo cuando se encontraba en el proceso de liberarse del abrigo, habiendo dejado momentáneamente al descubierto su lado terrorífico, sintió en su mejilla de cartón el calor de una mano infantil. </p>
<p>-Pupa-dijo la niña de su lado.</p>
<p> Su estupor en ese momento fue indescriptible. Parecía como si el vagón, en vez de seguir por su camino de hierro secular, estuviera volando entre dos constelaciones lejanas por el vacío absoluto. Instintivamente levantó su mano derecha y la puso encima de la de la niña, como intentando que el momento mágico se perpetuase eternamente. Miró a la niña, seria pero no alarmada ante su reacción, y quiso sonreír. Instantáneamente recordó que le era imposible con ese lado de la cara, así que limitó a tomar la manita y apretarla un poco. Nada de esto fue notado por la madre, que al parecer había conseguido descubrir una posibilidad extraordinaria en alguno de los botones de su cacharro.</p>
<p>Justo cuando faltaba tan solo una estación para su destino, entro gente nueva al vagón. Alguien le miró brevemente y Juan, que había dejado al descubierto su perfil derecho, sintió urgencia por tapárselo con el brazo. No lo hizo. El nuevo pasajero reparó una fracción de segundo en su cara, y miró para otra parte. Juan se sentía de repente libre de su carga, y le invadió una sensación de tranquilidad que ya casi había olvidado por completo. Por fin, llegó a su estación.</p>
<p>Se llamaba Esperanza.</p>
<p>Justo cuando se apeaba, un músico ambulante con su acordeón entraba en el vagón. Era tuerto. Y Juan pensó: ahí viene el rey.</p>
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		<title>154- Una Luz. Por Pedro Yunque</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:18:41 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Hay una luz, en la casa. No sé cómo, de dónde. No sé con exactitud cuándo apareció, pero ahí está. Aunque, ahora que hago memoria, sí: la primera vez que la vi fue aquella tarde, desde la sala. Yo me había sentado a leer un rato, sin apuro, suelo acostarme [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay una luz, en la casa. No sé cómo, de dónde. No sé con exactitud cuándo apareció, pero ahí está. Aunque, ahora que hago memoria, sí: la primera vez que la vi fue aquella tarde, desde la sala. Yo me había sentado a leer un rato, sin apuro, suelo acostarme a última hora.<span id="more-1051"></span> El anochecer es perfecto para la lectura. Enciendo<strong> </strong>la lámpara y procuro concentrarme. De repente no, ya no leo, una especie de ensueño me conduce a través de imágenes pasadas, algunas dolorosas, otras felices, el conflicto de siempre. Mis duendes internos giran, van y vienen sin esclarecer nada. Ya sabes, son esos momentos en que necesitas pasar tu vida en limpio, comprender en qué te equivocaste, cómo fuiste a parar a ese callejón oscuro del que luego resulta tan difícil salir. Un mundito perverso. Es cierto que al final una sale, por supuesto. Sale. Cómo no, ya lo ves: aquí estoy. Todo pasa, todo lo resuelve el tiempo. Aquí estoy, renovada, libre, en la medida en que puedo estarlo luego de haberme sentido tan poquita cosa. ¿En qué estábamos? Ah, sí: yo leía. En la sala, claro. Me acomodé en el silloncito, el de siempre. Poco a poco, mis brazos cayeron, bajaron blandos sobre la falda, con el libro todavía abierto entre las manos. No, no me quedé dormida. La lectura dio paso al recuerdo. Pensaba en mí, en mi pasado y mi futuro. Me decía: Berta, todo eso quedó atrás, qué valor tiene seguir y seguir, concluir y volver a comenzar, rumiar<strong> </strong>lo que ya es historia. La puerta del cuarto estaba entreabierta. A través del estrecho resquicio vi —en ese instante creí que imaginaba—, una pequeña luz suspendida en el aire. Parecía flotar sobre la mesa de noche, en una esquina de la habitación oscura. Es verdad, entonces fue cuando comenzó y todavía está aquí. La luz, digo. Está aquí, en la casa.</p>
<p>—¡Berta, Berta! ¡Se lo llevaron al Pablo!</p>
<p>—¿Cómo que se lo llevaron? ¿Estás loca? ¿Qué dices, mujer? ¿Quiénes se lo llevaron? ¿Adónde?</p>
<p>Isabel irrumpe a la carrera, casi ahogada por la excitación y la prisa. Al escuchar sus gritos, Berta debe haber mostrado un rostro lívido, desencajado, porque de inmediato Isabel la rodea en un abrazo. Lloran, intercambian frases de rabia o de consuelo. Más tarde, poco a poco, ambas logran calmarse. Entonces la recién llegada continúa, más serena. Pablo había estado en una manifestación, con los compañeros. La dictadura se viene abajo, en los últimos tiempos las demostraciones populares son continuas. No sabes, Berta. No, Berta no sabía: quería saber. Aparecieron milicos de los cuatro costados, se llevaron a todos. Hasta varias parejas que esperaban<strong> </strong>en el hall del cine cayeron, pobres. Claro, a lo mejor había algunos de los nuestros que se mezclaron para pasar desapercibidos. Pablo estaba con una chica, todos íbamos en pareja, así llegamos a la manifestación, no podíamos despertar sospechas. Isabel cuenta con una ansiedad irrefrenable, cada palabra atropella a la siguiente. Entonces Berta escucha por primera vez ese nombre: Rosalía. Pablo estaba con Rosalía.</p>
<p>No tuve miedo, esa noche. Nunca había apagado las luces desde que sucedió lo de Pablo. Ahora sí, sólo quedaba la lámpara de la sala, para leer. Cuando me quedé sola, los primeros tiempos, el miedo no me dejaba dormir. No sé, sentía ruidos, el viento, el crujir del armario. Quién sabe por qué los muebles de la casa, tan sólidos en apariencia, crujen y crujen, alientan los fantasmas nocturnos. Hasta parece a propósito, sólo lo hacen de noche, en medio del silencio total. Pero esa vez no tuve temor, ni siquiera cuando vi el punto luminoso a través de la puerta del cuarto. Lo tomé como algo natural. Qué raro. Había leído largo rato, luego me puse a meditar. Recuerdo que pensaba: al demonio con él, Berta, tanto sacrificio por un tipo que, al final, no se lo merecía. Tus cuidados, tu interés, todo para qué. Estos pensamientos me daban valor, me permitían tomar fuerzas en la soledad. No sé si se entiende: pensar un poco más en mí. A pesar de eso, fue la última vez que dije —que pensé— algo así sobre Pablo. Hoy la lucecita está ahí, es como parte de todo, va de la cocina al cuarto, de allí a la sala, de repente sale al pequeño jardín que tengo adelante, pero vuelve. Siempre vuelve. Aquella noche me hice amiga de esta luz. Mejor todavía, me hice amiga de la oscuridad y de mis recuerdos.</p>
<p>Estás temblando, Berta. Qué te pasa. Los compañeros te miran. Trata de calmar tus nervios, él va a salir. Tienes que mostrarte fuerte delante de ellos, los amigos de Pablo. Para eso están todos aquí, para garantizar su seguridad cuando salga. Acuérdate de lo que te dijo Isabel: ven con nosotros, a veces a los muchachos los sueltan pero ahí, a la vuelta de la prisión, hay unos tipos de civil. Los suben al coche y adiós, no los ves más. Por eso estás aquí, Berta. ¿Ves?, todos los compañeros están acá para rodear a Pablo y a los otros cuando los milicos los dejen libres. Deja de pensar tonterías. Atención, parece que alguien sale. Miremos esa columna que ahora atraviesa la puerta. No: no me digas que lo pelaron. Pablo ¿te cortaron el pelo? ¿Como a un preso cualquiera? Es broma, no te ofendas. Suerte que desde ahí no puedes escucharme. No lo puedo creer, casi no lo reconozco. Se acerca, tiene cara triste. Dale, Berta, anda. Ya lo tienes al alcance de tus manos, anda, abrázalo y dile cuánto lo amas. Llévatelo a casa y quiérelo, nada más. Lo peor ya pasó. Pablo está libre, es un alivio.</p>
<p>A veces sospecho que cambia, en el trayecto del jardín a la sala. Se hace diferente. Más brillo, creo, tal vez crece. No estoy segura. “Tu imaginación es muy rica”, me decía Pablo cuando vivíamos juntos. “Demasiado rica”, agregaba con expresión irónica. ¿Será otra vez mi imaginación? No me parece, esa lucecita se transforma. Bueno, igual no es tan importante. Así estoy bien. A mi vida le faltaba algo. Nunca había estado sola, sola del todo. Cuando dejé a mis viejos y me vine a vivir acá, enseguida conocí a Pablo.  Ahora que lo pienso, sólo cambié de compañía. No tuve mucho tiempo de estar a solas conmigo. Todo giraba a su alrededor, alrededor de Pablo, digo. Sus actividades políticas, sus ideas. Me faltó tiempo para saber qué necesitaba yo, un espacio que me permitiera desarrollarme. Ahora que el miedo se fue, que ya no odio —ni quiero como antes— a Pablo, veo el pasado como una película. Una donde yo soy protagonista, pero, al mismo tiempo, no lo soy. Soy una tipa que se dejó llevar por la corriente. Así nomás, una sombra.</p>
<p>No me preguntes por qué, Berta. No es como piensas. Empezó como un juego. No, por favor, no llores, me vas a hacer llorar a mí. Aunque no lo creas, me siento mal, muy mal, te quiero mucho, pasamos un par de años muy buenos. No lo arruinemos con escenas. Está bien, está bien, tienes toda la razón, no son escenas. Yo entiendo, es tu reacción natural. Nadie esperaba que lo nuestro terminara. Yo tampoco. Por favor, no. No quiero que hablemos de Rosalía. Ella no tiene nada que ver. Bueno, sí, tiene que ver, tienes razón, pero no con nosotros. Lo nuestro fue otra cosa, pero, como acabo de decir, fue, Berta, fue, es pasado. En los últimos tiempos ya no era lo mismo, tienes que reconocerlo. Tú en la fábrica, yo en la facultad con los compañeros. Sé que a pesar de que no actuabas, siempre estuviste de acuerdo con nosotros. Estoy seguro. Pero no sé que pasó. Me veo como un desgraciado, un villano, siento que te hago<strong> </strong>la peor maldad. Pero no puedo pararlo, Berta. Qué puedo hacer ahora, ya no hay remedio. Qué puedo hacer. Nos enamoramos.</p>
<p>Cuando me dejó, me atacó la furia. Yo me decía: tanto apoyar a este idiota para qué. Cómo lo quise, como lo seguí, cómo trabajé para que, entre los dos, pudiésemos crear un mundo, nuestro pequeño mundo. Una familia. Eso, una familia. Creo que él no pensaba como yo sobre esas cosas. A pesar de que decía que sí. Es igual, ya no importa. Está bien. Yo, yo estoy bien ahora, y eso es lo que debe importarme. Ahí va la luz, mira qué loca. ¿Qué le pasa?<strong> </strong>Da vueltas, vueltas, parece que quiere que baile, no sé, creo que al final terminaremos por comprendernos. Entonces bailo, yo también giro y me divierto, la vida es linda, se acabaron los temores. Soy yo, otra vez. Sola. Lo que me hacía falta. Estoy convencida de que un día va a suceder, así, sin que lo espere. Como cuando pasó por primera vez, digo. Un día, voy a despertarme y descubrir que ese pequeño punto de luz se hace enorme. No sé si depende de mí, no sé si tendré que hacer algo. Pero estoy segura que sucederá. Ese minúsculo habitante que entró sin permiso en mis días y en mis noches, no va a pasar mucho tiempo, ya vas a ver: va a iluminar toda la casa, la vida, mi mundo.</p>
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		<title>153- Recuerdos. Por Burbuja</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:17:55 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Como uno más se acercó repitiendo la misma frase.   -Siento mucho la muerte de tu padre-.  Gracias, respondí sin mirar; El levantó mi cara  y no le reconocí.  Bajo  blusones mugrientos abrochados al cuello por un solo botón, se distinguían los culitos llenos de mierda seca. Y en  las caras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como uno más se acercó repitiendo la misma frase. </p>
<p> -Siento mucho la muerte de tu padre-. </p>
<p>Gracias, respondí sin mirar; El levantó mi cara  y no le reconocí.<span id="more-1044"></span> </p>
<p>Bajo  blusones mugrientos abrochados al cuello por un solo botón, se distinguían los culitos llenos de mierda seca. Y en  las caras sucias cubiertas de mocos, babas  y churretes antiguos, resaltaban los dos únicos puntos brillantes, que como faros destellaban breves notas de belleza en aquellos diminutos cuerpos. ¿Dos años? ¿Tres? Era muy difícil averiguar la edad de unos niños desnutridos que ni el pelo enmarañado tenía su color real. ¿Por qué  sin que nadie me obligara todos los domingos acompañaba a mi padre?  ¿Era sádica? ¿Me gustaba ver sufrir? ¡No! no sentía   esas emociones, pero quería estar allí.</p>
<p>Solo tenía diez años y como un imán enganchada al pantalón de mi padre, subía la cuesta</p>
<p>del Barrio de las Cruces esquivando charcos y excrementos de pollos, perros, burros y residuos amarillentos de orina. Ya estamos cerca, pensaba nerviosa al ver la cortina de flores que cubría el agujero de entrada a la covacha. Con voz suave  mi padre la llamaba, y rodeada de niños aparecía Adriana secándose las manos con el pico del mugriento mandil, entre lamentos y  cogotazos, repetía la misma frase.</p>
<p>- ¡Niños no molestéis a Don José! Pasen por favor- .</p>
<p> La única habitación de la casa cueva era un todo, compuesto por: varios jergones en el suelo, piedras y cajas astilladas para sentarse,  una sola olla desconchada, igual que una sola puerta sin puerta y un solo padre borracho.</p>
<p>– Adriana &#8211; muy cariñoso le decía mi padre- los niños tienen que ir a  la escuela-. Discretamente le dejaba un sobre y varios paquetes de comida  encima de uno de los jergones de farfolla seca y ruidosa. Como “perrillos” hambrientos los críos se lanzaban sobre los envoltorios, con el revuelo, el padre que dormía la continua borrachera,  sin abrir los ojos daba un grito maldiciendo y amenazando, asustados los crios se refugiaban en la falda de la madre. Aterrorizada de igual forma buscaba seguridad en la pierna de mi padre.</p>
<p> –Prométeme  Adriana, que por lo menos a Miguelillo me lo vas a mandar a clase-  volvía a recordarle mi padre.</p>
<p>Sin decir palabra, gesticulando con ojos manos y brazos  nos sacaba a la calle para no despertar al marido, lloraba suplicando y  volvía comprometerse.</p>
<p> – Si yo quiero, pero mi hombre manda al niño a pedir.-</p>
<p>Con cuidado separaba mi mano de su pierna para entrar solo en el cuchitril, nuestros infantiles ojos abiertos como platos se entrecruzaban expectantes y los oídos atentos escuchaban, como  mi padre con energía  le recrimina su irresponsabilidad, aunque él era otro eslabón de la miseria. Largos silencios seguían a los reproches ¿Qué harán? ¿Matará a mi padre ese horrible hombre?  ¿Quién me defenderá? Mi mente se desbordaba en turbación y miedo. Eran unos minutos pero me parecían horas eternas, las preguntas embotaban mi mente pueril. ¿Porqué le había tocado a esos niños mal  vivir? Nuestros cuerpos era idéntico: pies, cabeza, boca, sonrisas… Porque ¿sabían reír?  El miedo  se lo impedía, igual que a mí en ese momento.</p>
<p>Cuando más tranquilos regresábamos, cogida a su gran mano en voz alta le trasmitía mis porqués. Con aparente tranquilidad ante tanta injusticia, me animaba a conocer a no olvidar nunca a los otros niños que también les gusta jugar y reír.</p>
<p>-¿No me recuerdas?  Soy Miguelillo- atónita solo dije &#8211; ¡Dios mío! Tan elegante…</p>
<p>¡Si! Gracias a tu padre estudié.</p>
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		<title>152- El naúfrago de la memoria. Por Hiedra</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:17:44 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Estaba corrigiendo exámenes. No llevaba mucho tiempo, pero de pronto notó un enorme cansancio y recostó la cabeza en el respaldo del sillón. En la radio empezó a sonar la Marcha Húngara nº 5 de Brahms. Cerró los ojos y se sintió de pronto sumergido en un extraño fluido que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estaba corrigiendo exámenes. No llevaba mucho tiempo, pero de pronto notó un enorme cansancio y recostó la cabeza en el respaldo del sillón.<span id="more-1041"></span></p>
<p>En la radio empezó a sonar la Marcha Húngara nº 5 de Brahms.</p>
<p>Cerró los ojos y se sintió de pronto sumergido en un extraño fluido que se mecía al ritmo caprichoso de los violines, como flotan las medusas y las algas arrastradas por las corrientes marinas.</p>
<p>Cuando sonó el último acorde, volvió al examen que había dejado a la mitad, sobre la mesa. Miró con detenimiento las líneas que tenía ante sus ojos pero no fue capaz de entender nada.  No es que el alumno tuviera mala letra, es que sencillamente aquellos trazos no tenían para él ningún sentido. Pasó las hojas y todas aquellas grafías eran igualmente incomprensibles.</p>
<p>En un atisbo de alarma, casi de miedo, pareció entender el abismo que se abría ante él, y sin embargo, aún se sentía sumergido en un líquido espeso que le impedía alterarse.</p>
<p>Alargó la mano y cogió uno de los libros de su mesa. Lo abrió y observó con detenimiento aquellas líneas llenas de signos extraños. Estaba observando con asombro aquellos puntitos que había encima de unos palitos cuando entró su mujer en el despacho y él abrió la boca para explicarle lo que le estaba sucediendo pero solo salió un ronco sonido gutural, casi un aullido de animal enjaulado. Rebuscó en su cabeza con detenimiento y no encontró nada que pudiera expresar aquella pasmada mezcla de incomprensión y terror.</p>
<p>A partir de ahí  fue todo muy confuso. Carreras, idas y venidas, caras de susto y hombres de bata blanca, mientras él navegaba en su lento fluido, en un océano mudo y sin oleaje, en el que  no existían las palabras.</p>
<p>Le siguió a aquello un tiempo indefinido, una cantidad imprecisa de días de primavera en el que él esperaba sentado en el jardín de su casa, con una manta fina encima de las piernas, a que su mujer o sus hijos fueran a buscarle. Entonces se dejaba llevar dócilmente a la mesa o a la cama. Y  les respondía siempre con una sonrisa, que era el único modo que habían encontrado de expresar sus pensamientos, que ahora flotaban como enormes trozos de pan empapados en agua. Les miraba con afecto, a veces les agarraba con fuerza la mano, agradecido, pero incapaz de reconocerlos.</p>
<p>Nunca salía solo fuera de casa, ni siquiera a pasear por su barrio, porque luego era incapaz de volver.</p>
<p>Poco a poco, le enseñaron de nuevo a hablar. Primero las vocales y luego las consonantes. Y por fin pudo encontrar aquellos sonidos que se habían perdido más allá del horizonte de su mar en calma y, con ellos, pudo formar palabras. Nada más que palabras sueltas, al principio, que él rescataba con enorme esfuerzo de su encharcada memoria. Y después de muchos días, pudo hacer frases, con el mismo afán con el que, en las primeras imprentas, se buscaba cada letra en los pequeños cajones de los tipos.</p>
<p>Después aprendió de nuevo a leer y a escribir y disfrutó, como nunca antes lo había hecho, dibujando cada sonido, atrapando con la punta del lapicero aquellas palabras que durante meses vagaron a la deriva por su cabeza.</p>
<p>A continuación aprendió los números, la suma, la resta, y memorizó, por segunda vez en su vida, las tablas de multiplicar.</p>
<p>Ahora ya podía quedarse sólo en casa y, aunque se desorientaba, recorría todos los espacios, el pasillo y las habitaciones, hasta que por fin llegaba al lugar al que quería ir.  Y en sus idas y venidas por aquel territorio cada vez más conocido, se paraba a observar con detenimiento todos los objetos que le rodeaban: llegaba hasta la mesa de la sala y se agachaba para mirar cómo se habían amachambrado las patas para unirlas al tablero. Todo para él era un reino incógnito por descubrir, y para asombro de su familia, sobre todo le fascinaba lo relacionado con la carpintería: las sillas, los cajones y las estanterías.</p>
<p>Poco a poco fue recuperando sus recuerdos, pequeños  trozos inconexos y flotantes de su vida anterior. La mayoría de las veces contaba recuerdos de cuando era pequeño, pero en trozos tan fragmentados, que apenas eran algo más que el paisaje asustado y azul que ilumina un relámpago en medio de una tormenta.</p>
<p>Pero, para asombro de todos, empezó a utilizar con absoluta precisión una gran cantidad de palabras relacionadas con las herramientas que se usaban hace años para trabajar la madera: el escoplo, la gubia, el gramil, la punta de trazar, el formón, la barrena, el ensamble de espiga, el botador, la caja de ingletes, la escofina, la garlopa y la sierra de costilla.</p>
<p>Fue entonces cuando su familia empezó a sospechar que no estaba recuperando su propia memoria, si no la de otra persona, porque él nunca  había tenido otro oficio que el de profesor y jamás se había aficionado al bricolage.</p>
<p>Su hijo pequeño fue entonces al cajón en el que guardaban aquellas fotos en blanco y negro, con los bordes mellados y amarillentos. Las puso delante de él, encima de la mesa y todos se sentaron alrededor, expectantes. Él las cogió y las fue pasando en silencio, despacio al principio y luego cada vez más rápido como si estuviera ansioso por encontrar alguna en concreto. Cuando llegó a la foto de la boda de sus abuelos se paró en seco. La cogió entre sus manos y observó a su abuelo Arsenio, con un impecable traje negro, junto a la abuela María, con un vestido blanco de talle bajo y un velo que no podía ocultar su sonrisa.</p>
<p>-          Nunca hubo en el pueblo una novia más bonita que mi María ¿la veis? Aún por debajo del velo le brillaban los ojos. Y cuando bailábamos, bien juntos, en la plaza, éramos un solo cuerpo al ritmo de la música…</p>
<p>Luego levantó la vista y los miró uno por uno, desconcertado, buscando a alguien con la mirada.</p>
<p>Rebuscó de nuevo en la mesa, en la que estaban esparcidas las fotografías en blanco y negro, hasta que encontró otra. En ella, los abuelos vestidos aún con el traje de novios,  brindaban delante de la puerta de un negocio. Encima de la puerta, en letras muy grandes, podría leerse:</p>
<p>CARPINTERÍA  ARSENIO</p>
<p>Levantó la vista de la foto y una chispa de lucidez pareció brillar en la tristeza de sus ojos.</p>
<p>-          Pero, ¿dónde está ahora María?</p>
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		<title>151- Su obra. Por Fedón van Persie</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 13:17:31 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Cada vez que se sienta a cagar imagina que adquiere extraordinarios superpoderes que vencen todas las leyes de la Naturaleza, los cuales usa para aniquilar en una guerra sin cuartel a cuantos se resisten a cumplir su voluntad y se niegan a postrarse ante él adorándolo como a un dios, cambiando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada vez que se sienta a cagar imagina que adquiere extraordinarios superpoderes que vencen todas las leyes de la Naturaleza,<span id="more-1037"></span> los cuales usa para aniquilar en una guerra sin cuartel a cuantos se resisten a cumplir su voluntad y se niegan a postrarse ante él adorándolo como a un dios, cambiando con su magia el orden de las cosas y proclamándose ante todos Ser Supremo del universo. Luego se limpia el culo y vuelve a su asco de vida.</p>
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		<title>150- La Plantación. Por Archibaldo</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 12:58:14 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Ganadores]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[        Mi madre corre delante de mí. Me anima a que la alcance, en silencio, con el dedo levemente apoyado en sus labios. Corre, corre, me insinúa con las manos. Miro mis pies, tengo zapatillas nuevas, zapatillas vertiginosas que me hacen más rápido, más ligero; soy capaz de saltar uno, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>        Mi madre corre delante de mí. Me anima a que la alcance, en silencio, con el dedo levemente apoyado en sus labios. Corre, corre, me insinúa con las manos. Miro mis pies, tengo zapatillas nuevas, zapatillas vertiginosas que me hacen más rápido, más ligero; soy capaz de saltar uno, dos, tres metros; zapatillas prodigiosas que me hacen volar, flotar, correr más rápido.<span id="more-1031"></span> Estamos en medio de la plantación, en medio de un mar verde, un mar de pequeñas hojas de coca a punto de ser cosechadas. Juego al escondite con ella y soy feliz.</p>
<p>       Mi madre corre descalza, va vestida con su camiseta favorita, la de Hello Kitty, a juego con sus braguitas. Me hace gracia verla así, con su camiseta, sin pantalones, con sus braguitas. No puedo contenerme y empiezo a reír histérico. Me coge por detrás y me tapa la boca con fuerza. Me hace daño. Intento decirle que me suelte, que me está ahogando. Forcejeo con ella. Por fin me suelta. Empiezo a golpearla con los puños, con las piernas. Me abraza, me empieza a dar besos. Cállate, cállate,  me suplica. Por fin me calmo, me acaricia el rostro, sonríe. Vuelve a decir que me calle, en silencio, con su dedo levemente apoyado en sus labios. De repente se oye un fuerte estallido, una explosión; me tapo los oídos, asustado; mi madre me mira, está quieta, inmóvil; un hilo de sangre empieza a descender por su frente, despacio, cayendo suavemente por su mejilla, por su cuello, manchando su camiseta de Hello Kitty. Sus ojos, siempre alegres, me miran ahora huecos, vacíos, sin vida. Me acerco a ella gritando:</p>
<p>       —¡Madre, madre!</p>
<p>       La sujeto entre mis brazos, la abrazo, la acuno. Noto mis manos húmedas, calientes, manchadas de sangre, de su sangre. Oigo otro disparo, y otro, y otro. Gente gritando, acercándose. Intento arrastrar su cuerpo, le suplico que por favor se levante. Cada vez los oigo más cerca. Comienzo a darle golpes en el pecho. Uno, dos, tres. Cada vez más fuerte. Uno, dos, tres.</p>
<p>       —¡Levanta madre, levanta!</p>
<p>       Me abrazo a su cuerpo todavía caliente, llorando. Delante de mí  aparece  un hombre. Me sonríe. Una sonrisa blanca, perfecta, brillante. Lleva una escopeta.</p>
<p>       —Ven aquí pequeño.</p>
<p>       Me muevo deprisa, atrás, atrás, atrás. El hombre empieza a reírse a carcajadas.</p>
<p>       —Ven aquí cabrón, que no te voy a hacer nada.</p>
<p>       Echo a correr con todas mis fuerzas, notando como mis nuevas zapatillas, mis zapatillas vertiginosas me llevan lejos del hombre, de ella. </p>
<p>       La plantación me oculta, me protege; estoy acurrucado, abrazando mis piernas, balanceándome, sin hacer ruido. Noto mi corazón bombeando sangre, bum, bum, bum; queriendo salir, a punto de romperse de terror, de angustia, de tristeza. Sopla una suave brisa que mueve las hojas, las pequeñas hojas de coca. Miro mis manos, están manchadas de sangre, húmedas, pegajosas. Muerta, está muerta, me digo. No puedo controlarlo y vomito. Me mancho mis zapatillas nuevas, mis zapatillas prodigiosas. Tengo que contarlo, tengo que decírselo a alguien. Me levanto despacio, sin hacer ruido. Intento orientarme. Delante de mí puedo ver la colina, a sus pies está mi casa. Empiezo a correr. Mi corazón late cada vez más deprisa, bum, bum, bum. Tengo que llegar, tengo que llegar, me digo. </p>
<p>       Puedo verla a lo lejos, con sus paredes rojas y el pequeño porche de madera con su mecedora. Una persona está de pie, con los brazos levantados, agitándolos. Me hace señas, empieza a saltar,  empieza a gritar:</p>
<p>       —¡Aquí, aquí, ven aquí pequeño cabroncete, ven aquí!</p>
<p>       Reconozco la voz, es él, el hombre de la sonrisa, el hombre de la escopeta. Retrocedo poco a poco, paso a paso, volviendo a la plantación, a esconderme. </p>
<p>       Corre, corre, no pares, me digo, no pares. Me tropiezo, caigo, me levanto, vuelvo a caer. Empiezo a arrastrarme. No pares me digo, no pares. Mis rodillas rozadas, llenas de sangre, me duelen, me escuecen. Empiezo a llorar, de rabia, de miedo, de dolor.  Me siento incapaz de seguir. Me tumbo exhausto, rendido, agotado.</p>
<p>       No sé cuánto tiempo llevo tumbado. Siento frío. Noto mi piel erizada. Es de noche. Las nubes cubren el cielo por completo. Poco a poco mis ojos se habitúan a la oscuridad. Veo unas luces acercándose. Una, dos, tres luces. Oigo voces. Las luces hacen zig, zag, zig, zag, entre las hojas.</p>
<p>       —No te escondas cabroncete o será peor.</p>
<p>       Me levanto despacio, procurando no hacer ruido; empiezo a andar, sin dejar de mirar las luces, alejándome de ellas, cobijándome en la oscuridad. </p>
<p>       Me siento seguro en la plantación, me tranquiliza su silencio, su quietud. Me doy cuenta que tengo los pantalones mojados, calientes. Me he meado encima. No sé cuando ha sido. Me da vergüenza. Me froto los brazos, las piernas, comienzo a dar pequeños saltos para entrar en calor. Me siento en cuclillas, abrazando mis rodillas, tiritando. Mis zapatillas nuevas, mis zapatillas prodigiosas están sucias, cubiertas  de tierra seca y negra, de vómito. Tengo los cordones desatados. Me acuerdo de mi madre, de la canción que cantaba mientras me ayudaba a atármelos. “Había una vez un árbol en el bosque”. Cojo los cordones y hago una lazada grande. “Un día un conejito dio la vuelta alrededor de él”. Ahora una pequeña, las manos me tiemblan. “Encontró una madriguera y se metió sin dudar”. Meto el lazo grande por debajo del pequeño. “Como era pequeñito necesitó ayuda y por eso tiro, tiro y tiro”. Anudo con todas mis fuerzas y empiezo a correr. </p>
<p>       La plantación deja paso a un pequeño claro. En medio está la vieja camioneta, varada, silenciosa, inmóvil. La puerta se abre con facilidad. Abro la guantera. Busco en su interior, tanteando en la oscuridad. Sé que mi madre la esconde aquí. Encuentro la pistola. Pesa mucho, demasiado. La amartillo y espero. </p>
<p>       Oigo pisadas. Aprieto con fuerza la pistola, las manos me sudan. Tengo miedo.</p>
<p>       —Cabroncete, se que estas ahí. Sal fuera. Vamos cabroncete, no tengas miedo.</p>
<p>       La puerta se abre de golpe. Aprieto el gatillo. El fogonazo me deslumbra. Noto un intenso dolor en mi hombro, en mi muñeca. La pistola se cae de entre mis manos. Siento un tirón en mi pierna.</p>
<p>       —¡Te voy a matar, cabronazo!</p>
<p>       Empiezo a patalear. Noto cómo golpeo su cara. Me suelta. Mi mano palpa la pistola, la cojo y vuelvo a disparar. Oigo su grito. Abro la puerta a mi espalda y me dejo caer. El dolor en mi hombro aumenta.</p>
<p>       —¡Hijo de puta, te voy a sacar los ojos, so cabrón!</p>
<p>       Vuelvo a perderme en la plantación. Los gritos continúan.</p>
<p>       —¡Te voy a dar por culo, cabroncete! ¡Te juro que te voy a dar por culo!<em> </em></p>
<p>       Noto las hojas de coca golpeando mi rostro. No veo nada. Tropiezo con algo, caigo al suelo. Veo su cuerpo, su rostro, sus ojos sin vida. Me abrazo a ella, siento frío, un frío extraño, un frío que viene de mí. </p>
<p>       La luz del sol me despierta. Le doy un beso. Le digo que volveré, que no puedo quedarme, que me perdone. Vuelvo a casa. </p>
<p>       La puerta de entrada está abierta. Corro al salón. El teléfono está tirado en el suelo, emitiendo un bip, bip continuo. Lo vuelvo a poner en su sitio. Marco el número. El número que mi madre me enseñó. Si me pasa algo llamas aquí, me decía siempre y yo le contestaba que nunca le iba a pasar nada. </p>
<p>       Una voz de mujer contesta que mi conversación está siendo grabada, que si tengo algún problema con ello y le contesto que no, que no tengo ningún problema. La han matado, le digo. La mujer dice que me tranquilice, yo le contesto que estoy tranquilo, y es verdad. Me pregunta quién soy, cuántos años tengo. Su voz es dulce, como la de mi madre. Me dice que le cuente todo, despacio, desde el principio y yo lo hago. Le hablo del hombre, de la pistola, de la plantación. Le digo que vengan, que por favor vengan. La mujer me llama cariño, me llama cielo, me dice que no me preocupe, que enseguida llegan. Repite una y otra vez lo mismo: enseguida cariño, enseguida estaremos contigo. Le doy las gracias y cuelgo. </p>
<p>       Oigo un ruido en la cocina. Me acerco y allí está él, sentado en mi silla favorita, su camisa manchada de sangre. Sonríe, mostrando sus dientes blancos, perfectos, brillantes. Le digo que se levante de mi silla. Empieza a reírse.</p>
<p>       —Acércate cabroncete, acércate.</p>
<p>       Le digo que acabo de llamar por teléfono, que vienen hacia aquí. No deja de reírse. Me apunta con una pistola.</p>
<p>       —Acércate o te reviento los sesos.</p>
<p>       Cojo un cuchillo de cocina, el más grande.</p>
<p>       —Ven tú, hijo de puta —le digo.</p>
<p>       Empieza a reírse, sin parar. Empieza a escupir sangre, manchándose sus dientes blancos, perfectos, brillantes. </p>
<p>       —Tienes huevos, cabronazo, sí señor.</p>
<p>       Me lanzo hacia él. Noto como el cuchillo se clava en su pecho. Aprieto con todas mis fuerzas.  </p>
<p>Me coge del cuello y me lanza al suelo. </p>
<p>       Ahora estoy sentado en mi silla favorita. Él está en el suelo, quieto, con los ojos abiertos, muerto. Oigo coches acercándose.  Empiezo a llorar.</p>
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		<title>149- Ciento cinco. Por Vyridia</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 12:50:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Finalistas del Jurado]]></category>
		<category><![CDATA[Finalistas Premio Público]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Ciento cinco eran exactamente las ovejas que le daba tiempo a contar antes de que la morfina hiciera su efecto. K.O. Era perfecta hasta en esa cama fría y solitaria de hospital. Su pelo negro y liso se deslizaba como lluvia sobre sus pequeños hombros y cada centímetro de su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ciento cinco eran exactamente las ovejas que le daba tiempo a contar antes de que la morfina hiciera su efecto.</p>
<p>K.O.<span id="more-1025"></span></p>
<p>Era perfecta hasta en esa cama fría y solitaria de hospital. Su pelo negro y liso se deslizaba como lluvia sobre sus pequeños hombros y cada centímetro de su cuerpo mantenía el brillo intenso que había robado al Sol este verano.  Pero su cara era sin duda lo más bonito, aún con las marcadas ojeras que brotaban debajo de sus tristes ojos, su boca, ahora prácticamente sin color, recorría su rostro como lo haría un pincel sobre un lienzo a manos de su artista, suave y delicadamente. Nadie podría no estar de acuerdo, sus facciones no eran sino pura poesía, versos cortos escritos con fuerza y valentía, que en conjunto nos ofrecían carácter, orgullo y, a su vez, dulzura.</p>
<p>Yacía dormida sobre la cama, una cama que no le pertenecía más allá del tiempo que continuara con vida, una cama que no le ofrecía más que desesperanza y destrucción, una cama  convertida en su cárcel, acompañada de unas esposas en forma de vía de hospital, que gota a gota contaban los segundos de su condena.</p>
<p><em>Toc, toc.</em></p>
<p>- Muchas felicidades Isabel, aquí tienes el desayuno, ¡con trozo de tarta y todo!- La ilusión de la enfermera ponía en relieve las pocas ganas de celebraciones que tenía Isabel.</p>
<p>¿Por qué narices llamarán siempre a la puerta si no esperan a que contestes? Era una de las miles de cosas que no aguantaba de estar en el hospital.</p>
<p>Abrió la bandeja del desayuno y comenzó a llorar, y a una lágrima le seguía otra sin motivo aparente, pero  no podía parar. Miraba la triste tarta de hospital, pensando en la de trozos que sólo hoy habrán repartido entre la dolorosa cantidad de enfermos de esa cárcel y se le erizaba la piel.</p>
<p>Unas fuertes pisadas en el pasillo distrajeron su atención, y pocos segundos más tarde la puerta se abrió dejando pasar a toda la tropa que venía cargada de todo cuanto a ella le hacía falta para disfrutar del que quizás fuera el último cumpleaños de su vida.</p>
<p>-Mamáaaaaaaaaaa- Guillermo recorrió la distancia que separaba la puerta de la cama en un abrir y cerrar de ojos. Mientras, Isabel apartaba disimuladamente la cabeza para secarse las lágrimas. Saltó encima de ella y todo el desayuno quedó repartido por la habitación de manera irregular, la tarta quedó encajada en uno de los bordes del sofá que se presta para el acompañante, la leche se vertió entera (ni una gota quedó dentro del vaso) encima de las aburridas sábanas de hospital y el zumo fue a parar al vestido de los domingos de Sofía, que no hacía más que reír a carcajadas.</p>
<p>En otras circunstancias la bronca habría sido enorme, el castigo espectacular y los llantos desconsolados. Pero ahora cualquier cosa que motivara las risas de los niños era algo que guardar, algo que observar y retener en la memoria hasta que ésta, como todo, dejara de funcionar.</p>
<p>Los regalos cubrieron la cama en el mismo tiempo en el que el desayuno fue recogido. Todos estaban allí, era como una bonita estampa, un álbum de recuerdos, toda su vida. Estaban sus padres, acompañados de las tardes de paseos por Madrid, de las excusas baratas ante los deseos cambiantes de Isabel: el teatro, el ballet, la escritura, el patinaje; de las enormes bolsas de chucherías cada vez que se torcía algo, de las bobas discusiones por esto y por lo otro, estaban acompañados de su casa, de su habitación y de sus años más lejanos.</p>
<p>También había venido Javier, toda una sorpresa, cargado de tantos buenos y malos recuerdos. Del día que se perdieron en el campo haciendo caso a la buena orientación de su acompañante, de la primera noche sin dormir, de los biberones y también de las fiestas, del mar y de la montaña, de los besos y los tortazos. Venía repleto de primeras veces.</p>
<p>Su amiga María, que se mantenía a una distancia prudencial, como quien piensa que no pinta nada en una reunión familiar. Si ella supiera todo lo que pintaba allí, pintaba confesiones en lo alto de un tejado, botellas de Brugal a pares, apuestas idiotas en mitad de la noche, taxis desenfrenados, viajes al fin del mundo, noches surrealistas y otras demasiado realistas. Pero pintaba desde luego todos los claroscuros del cuadro.</p>
<p>Y Carlos, con el que hacía tiempo que no hablaba, ¿qué hacía allí?, y empezó a comprender también su presencia. Él representaba todo su deseo, sus llamadas en mitad de la noche, sus locuras de mediodía, sus escenas indecentes en la vía pública, lo irracional de las traiciones a sus principios, lo más  hondo de su disonancia cognitiva, sus vísceras como ser humano, su cuerpo. Sí, era todo lo humano de Isabel lo que él representaba.</p>
<p>Los regalos fueron fantásticos, aunque no muy prácticos, pero a esas alturas ya daba lo mismo. Lo mejor de la tarde fue la esperanza que de todos ellos pudo ir absorbiendo Isabel, de su día a día y de todas las anécdotas interesantes que se originaban fuera de esas cuatro paredes.</p>
<p>Uno a uno se fueron marchando al final del día. Los niños, sin embargo, se habían quedado dormidos uno a cada lado de su madre, que los abrazaba como si quisiera fusionarlos con su propio cuerpo.</p>
<p>-Déjamelos un rato- suplicaba Isabel a su ex marido. ¿Quién se lo iba a decir? Ella pidiendo algo en su vida, y además pidiéndolo desde el corazón, sin orgullo, sin vergüenza. Porque daba absolutamente igual el parecer algo, el dejar de ser fuerte. Por una vez en su vida lo único que importaba es lo que quería, y no le quedaba nada que perder.</p>
<p>- Un rato, que nos han dicho que debes descansar-</p>
<p>-Venga hombre Javier… No iba a cambiar nada el que yo descanse ahora, tú lo sabes. Ya descansaré cuando llegue el momento-</p>
<p>-Joder Isa, no. Claro que no lo sé, y tú tampoco.-</p>
<p>Isabel se quedó en silencio observando cómo sus blancas manos se enredaban en el cabello de su hija, mientras pensaba cómo había llegado hasta ahí. Había pasado toda su vida leyendo que fumar acorta la vida, y por eso no fumó, que las drogas mataban neuronas, y por eso nunca consumió, que comer bien era comer sano, y así lo hizo siempre, que el deporte era salud, bueno, es cierto, nunca practicó en exceso ningún deporte en particular.</p>
<p>Pero quizás no es eso lo que le ha llevado allí, sino ellos. Todos ellos… Toda su vida.</p>
<p>Estaba allí por el susto de muerte que le dio su padre cuando apareció en casa con un peluche enorme de unos dibujos feísimos que había ganado en un concurso.</p>
<p>Estaba allí por la de veces que había tenido que comerse las judías con la nariz tapada y aguantando las arcadas a expensas de ganarse un tortazo.</p>
<p>Estaba allí por el partido de baloncesto en 1º de EGB, aquel en el que se rompió esos dos dientes que ahora palpa con la lengua.</p>
<p>Estaba allí por su primer suspenso a manos de la profesora suplente que no había llegado a entender que ella nunca, NUNCA suspendía.</p>
<p>Estaba allí por su primer beso, y los nervios que viajaban con ella durante todo el trayecto hacia él.</p>
<p>Estaba allí por el examen de conducir, el de entrada a la universidad, el de la oposición, el del cabrón de sociología…</p>
<p>Estaba allí por el día en el que se casó y aún más por el día en que se divorció.</p>
<p>Estaba allí por sus dos partos.</p>
<p>Estaba allí por el día en que Sofía hizo de su pared una bonita galería de arte abstracto a la nueva técnica de rotulador.</p>
<p>Estaba allí por todas y cada una de las veces que les había puesto la mano encima.</p>
<p>Estaba allí por la primera vez que consiguió un trabajo.</p>
<p>Estaba allí por todos y cada uno de sus secretos inconfesables, para los que había tenido que gastar una gran cantidad de energía por no revelarlos.</p>
<p>Estaba allí por sus deseos, por su constante lucha con la moral.</p>
<p>Estaba allí por sus alegrías y por sus penas, por sus éxitos y por sus fracasos, por los días soleados y los lluviosos, por el té y la cafeína, por la montaña y por la playa…. Estaba allí por haber vivido.</p>
<p>Ciento uno… Ciento dos… Ciento tres… Ciento cuatro…</p>
<p>Ciento cinco. Y la memoria, como todo, dejó de funcionar.</p>
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		<title>148- El idioma universal. Por Juanbreva</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Jul 2011 12:47:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[          Lo recuerdo bien. Yo contaba trece años y era mi primer curso en ese instituto, en el que me quedaría cinco cursos más. Mis primeros compañeros allí fueron tipos normales, como hubiesen podido ser en cualquier otro centro público. Alguna chavala que valía la pena, algunos que más tarde vería [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>          Lo recuerdo bien. Yo contaba trece años y era mi primer curso en ese instituto, en el que me quedaría cinco cursos más. Mis primeros compañeros allí fueron tipos normales, como hubiesen podido ser en cualquier otro centro público.<span id="more-1020"></span> Alguna chavala que valía la pena, algunos que más tarde vería en los ficheros de sospechosos habituales de la policía local y otros que continuaron el camino conmigo hasta el final del bachillerato. Pero todo eso es otra historia. Aquella mañana estábamos enfrascados en una materia aburrida (pongamos, por ejemplo, tecnología) cuando nos dijeron que teníamos que cortar porque había concertada una charla sorpresa. Nos mandaron al aula de música, que estaba situada en la planta baja. A la derecha de la entrada del centro, en el patio de las columnas. A mí ese sitio no me gustaba porque la profesora nos hacía aprendernos con la flauta canciones para idiotas, pero sí estaba interesado en la posibilidad que nos ofrecían de salir de la rutina. Además, podía sentarme más cerca de esas chavalas que valían la pena. O que parecían valerla, porque luego comprobé que algunas no eran para tanto.</p>
<p>            Y allí, en el aula de música, nos esperaba el tipo al que digo que recuerdo bien. Usaba un chándal antiguo con colores llamativos combinados al azar, como los que llevan los yonquis que todavía pueden vestirse. Creo que fue el director del instituto el que nos hizo la presentación, explicando que aquel buen hombre tenía una historia que contarnos. Yo estaba convencido de que iba a hablar de lo jodida que era la droga y cómo había sido su proceso de desintoxicación y todo eso. Debía rondar el medio siglo y no tenía demasiado mal aspecto. Bueno, salvo que uno lo analizara a fondo. Al tipo se le notaba que llevaba alguna que otra hostia en la vida, pero quién no la llevaba con esa edad. O con cualquiera. En resumen, la vestimenta era de yonqui pero su cara y los kilos de su cuerpo decían lo contrario, así que la balanza estaba equilibrada. No cabía duda de que la charla iba por lo de la rehabilitación.</p>
<p>            Pero nada más lejos de la realidad. Conseguí sentarme detrás de una de las más guapas de la clase, y junto a mí se colocó el mismo que estaba conmigo en resto de asignaturas. Y entonces aquel tipo con el chándal morado empezó a hablar. Dijo que se había recorrido el mundo entero varias veces. Arrastraba algunas letras y tenía el mismo acento que teníamos todos los demás, quizás más marcado en determinadas palabras. Aseguraba que había estado en los cinco continentes y en tantos países que perdió la cuenta mucho tiempo atrás. Que, en definitiva, de eso había ido siempre su vida, de vagar de un lado para el otro desde que era un chaval.</p>
<p>            La charla fue corta. Demasiado corta para alguien que lo ha visto todo. El tipo no entraba en muchos detalles en casi ningún aspecto, y si teníamos dudas nos emplazaba al turno de preguntas del final. Por aquel entonces Estados Unidos acababa de invadir Afganistán y nos contó que, por supuesto, él también había estado allí. Habló de Italia, Rusia, Japón e, incluso, Australia. En realidad, se limitaba a citar los países y, como mucho, alguna capital. Yo nunca preguntaba nada en clase y tampoco solía responder salvo que el profesor me cuestionara de manera directa, pero estaba deseando que alguien le apretara las tuercas.</p>
<p>            Terminó de sopetón. Dijo: “bueno, pues esto es todo” y listo. Esperó un par de segundos y, tras llevarse su correspondiente aplauso, aquel Phileas Fogg moderno relajó su expresión. No era un profesional de la oratoria, eso quedaba claro. Alguien le preguntó que cómo se movía por esos lugares. No estaba mal para empezar. Él respondió que siempre iba cualquier lado, de un sitio para otro, andando. Que lo de América y Oceanía fue cuando era joven y viajaba de otra manera, pero que ya se limitaba a recorrer todo lo que sus pies le permitían. Hice un recorrido mental y supuse que la cosa se limitaba a Europa, Asia y África si entraba por la Península Arábiga. Se me daba bien la geografía. La siguiente pregunta que le hicieron fue que de dónde sacaba el dinero, y él aseguró que sobrevivía con muy poco. Dijo que buscando debajo de las piedras, durmiendo en cualquier sitio, pidiendo favores, limosna y comida. Y, claro, ahí llegó la pregunta clave, la que yo estaba esperando que formularan. Que cómo se hacía entender con gente tan diferente a él y de tantos países distintos. Fueron dos preguntas en una, en realidad. Que cuántos idiomas hablaba y cómo los había aprendido.</p>
<p>            El tipo sonrió, como si, igual que yo, estuviese esperando aquello desde que empezó la charla. Moduló un poco su voz y dijo que únicamente sabía hablar español y que con eso iba al fin del mundo. Pero que había un idioma que no se hablaba y que era el idioma universal. Yo había escuchado que esa era la manera para denominar al sexo, así que me lo imaginé de chapero vendiendo su culo por toda la geografía mundial. Definitivamente, sonaba muy poco creíble. Él aclaró que el idioma universal era el de los gestos. Bueno, pues vale. Y se puso a representar términos como beber, comer, dormir o irse. Yo todavía no había estudiado la comunicación no verbal y desconocía que los signos varían de una cultura a otra, y que lo mismo en un país africano y en Inglaterra puede significar un insulto o dar las buenas tardes. Pero lo que sí sabía, cada vez con más certeza, era que aquel tipo no había estado en ninguno de esos lugares que narraba. Le dije a mi compañero de asiento que me jugaba el cuello a que ese hombre no había salido de la provincia en su vida. Me miró reprobatoriamente, como si estuviese blasfemando, aunque él no era muy religioso. Tampoco era muy listo.</p>
<p>El hombre siguió toreando las preguntas como buenamente pudo. Le preguntaron por Afganistán, por aquello de la guerra, y sólo pudo decir que era un país muy bonito y que las mujeres estaban muy mal tratadas allí. A otra respondió que sí, que había pasado miedo en algunos países y en algunas situaciones, pero que con los años uno se acostumbraba a todo. Y que aprendía a defenderse. A mí se me ocurrió preguntar de qué manera averiguaba el camino a seguir, ya que no podía leer carteles en otro idioma (o en otro alfabeto) y no sabía hablar para preguntar. O los cambios de monedas. O cualquier negociación y esos favores que decía que pedía. Pero no, no lo hice. Tampoco le cuestioné por su equipaje, porque no me imaginaba yo a nadie atravesando los Urales sobreviviendo al invierno ruso con ese chándal. Ya hubiese querido Napoleón en su ejército a alguien así.</p>
<p>El director, o el profesor, o quien sea que estuviera allí, vio que la cosa no se estiraba más y dio por concluido el turno de preguntas y, por ende, la charla. Yo no me creí una palabra de todo lo que ese hombre soltó por la boca, pero le estaba agradecido por habernos librado de una hora de asignatura aburrida. Aprendí más con él que con lo que tenía que contarme el profesor, aunque fuera cómo no hay que contar una mentira. Después de aquello, únicamente faltaba una hora más y podríamos irnos a casa a almorzar. Raramente desayunaba en casa, así que siempre tenía hambre a esa altura del día. Muchos de mis compañeros continuaban entusiasmados con el relato, comentando algunas de las hazañas. A él lo vi irse con una bolsa bajo el brazo por la puerta principal del instituto.</p>
<p>Pasó mucho tiempo sin que me detuviera a pensar en él. Justo hasta el momento en el que un día, leyendo el periódico, vi una noticia que ocupaba media página. Decía que alguien había desenmascarado a un tipo que se dedicaba a ir por los colegios de la provincia dando charlas. Por lo visto, en ellas contaba sus supuestas andanzas por todo el mundo a cambio de un desayuno y algo de dinero y provisiones para continuar el viaje y todo lo que pudieran darle. Imaginé que el modus operandi debía ser no repetir en más de dos colegios por pueblo cada curso, o algo así. No creo que lo que hiciera fuera punible por ley, pero lo único cierto es que se le había acabado el chollo de comida gratis. De alguna manera extraña, me entristeció leer aquello.</p>
<p>Ahora, muchos años más tarde, desconozco si estará vivo. Imagino que, si todavía no se ha rendido, habrá encontrado alguna manera de apañárselas. Supongo que seguirá inventando historias para llevarse algo a la boca de vez en cuando. Exactamente igual que hacemos todos los demás.</p>
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		<title>147- El orden de los factores. Por Quena</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 22:17:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El tesoro más preciado que tenía Juana Manrique era una báscula de cocina digital  que medía con exactitud los ingredientes, todos biológicos, que añadía a guisos, panes y bizcochos. En el armario de la esquina guardaba la anterior, con agujas y suciedad incrustada. En cambio, la balanza de pesas herencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El tesoro más preciado que tenía Juana Manrique era una báscula de cocina digital  que medía con exactitud los ingredientes, todos biológicos, que añadía a guisos, panes y bizcochos.<span id="more-1015"></span></p>
<p>En el armario de la esquina guardaba la anterior, con agujas y suciedad incrustada. En cambio, la balanza de pesas herencia de la abuela Carmen, quedaba a la vista que no al uso.</p>
<p>Cocinar la distraía de los reproches de su madre, las exigencias de su hija y las inseguridades de ella misma. Espolvorear la bancada con harina y mancharse el nuevo delantal negro de blanco, apuntar en el cuaderno las variaciones en las medidas, sujetarse el pelo con un palillo chino, encender el horno, apagar el móvil, batir huevos, rallar limón y adornar con canela postres y galletas le renovaba las energías, equilibraba su ser y serenaba su respiración.</p>
<p>Y después, cuando la mesa estaba llena de magdalenas de almendra, pan con sanouj, hojaldres rellenos, galletas de jengibre y un tazón de chocolate caliente para acompañar, miraba todos los utensilios amontonados, sucios y derrotados como si fuesen restos de una batalla, pensando que había llegado el momento de prepararse una infusión.</p>
<p>Juana tenía una edad sin prisas, las manos ligeras y la cabeza llena de rizos alborotados. Desde pequeña anduvo con el pelo despeinado ¿cómo quería su padre que tuviese las ideas? ¡Revueltas por supuesto! Ahora ya no, las piernas cansadas mandaban más que la mente aunque sentada también podía pensar, organizar y planear.</p>
<p>¡Y tanto que lo hacía! Le pesaban los pies, que no las pestañas pues sus pequeños y negros ojos aún conservaban la viveza de su juventud y la curiosidad de la niñez. Su piel, cuando no estaba cubierta de harina seguía siendo morena, tanto que todavía se reía recordando que su padre, antes de verla nacer, quiso llamarla Blanca. ¡Qué desatino!</p>
<p>A pesar de haber cumplido ya los cuarenta y de tener más de una arruga en la cara, todavía no había aprendido a maquillarse. Pero cada vez que Juana se miraba en el espejo se veía más guapa y se gustaba más, su sonrisa era fresca y sus dientes sanos ¿qué más podía pedir? Que Muriel no se enfadara con ella. </p>
<p>El día anterior Juana había tenido una conversación con Muriel dal Bo, su amiga en la distancia, quien había puesto el grito en el cielo cuando se enteró de lo mal que había interpretado el consejo que le diera una noche de muchos vinos. Porque según en qué situaciones el orden de los factores sí altera el producto. Por lo tanto, no es lo  mismo echarse un amante que ser una la amante. No señor, no es lo mismo.</p>
<p>Nunca antes había visto a su amiga tan contrariada, si total, era un detalle sin importancia, le decía queriendo quitarle hierro al asunto.</p>
<p>—</p>
<p>¡Pero está casado!</p>
<p>—</p>
<p>Ya, por eso es mi amante y no mi novio.</p>
<p>—No te conviene, lo que le hace a su mujer algún día te lo hará a ti.</p>
<p>—A mí y a otras.</p>
<p>—¿Es que hay más?</p>
<p>—No lo sé, tampoco tendría importancia, no lo quiero en exclusiva.</p>
<p>Quizá esta conversación fuera la responsable de que la mesa de la cocina estuviese llena de dulces y el fregador de cacharros sucios. Pero era cierto lo que le había dicho a su amiga, no le importaba que tuviera otras mujeres.  Juana estaba centrada en el presente y en sacar cualquier aprendizaje de las diversas situaciones por la que pasaba su vida y ser la amante de Fernando Montilla no era para ponerse así.</p>
<p>En los dos meses siguientes Muriel se propuso demostrarle a su amiga cuán equivocada estaba y cuánta razón ella tenía. Organizó fiestas a las que Juana tuvo que acudir sola porque el amante estaba con su mujer. Lo destripó sin miramiento alguno, aunque también fuese su amigo, para que conociera la otra cara del mentado. Y por último y más arriesgado, no dudó en provocar la situación idónea para que él le hiciera proposiciones deshonestas, que ella rechazó muy digna alegando que a una amiga, eso, no se le hace.</p>
<p>Ni por esas, Juana Manrique, divorciada, de cuarenta años y vecina de Alicante no estaba para esas menudencias. Qué más le daba que la otra fuese conocida o no. Fernando era Fernando y ella lo sabía. Así las cosas, Muriel aceptó la situación, el amante siguió casado y Juana cocinando. </p>
<p>Cinco años de situación normalizada y estómagos acostumbrados. Cinco años de cama caliente los jueves y horno lleno los viernes y ahora, sin más, Juana ponía fin a sus dos rituales. ¿Por qué?</p>
<p>Pues puede que la tierra girase un día más rápido de lo normal o que la lluvia le calase los huesos de verdad o que el sol calentara sus entrañas o vaya una a saber, el caso es que Juana dijo que se bajaba de ese tren. Ya no quería cocinar más galletas ni ser la amante de nadie. </p>
<p>Tres meses hacía que conocía a Miguel Ángel, cocinero y su novio desde entonces. ¿Para qué hacer para otros lo que otro podía hacer para ella?</p>
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		<title>146- La realidad. Por Dorian Gray</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 22:13:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Martes, 11 de Octubre. 8 de la mañana. Otro día cargado de incógnitas se abre delante de mis narices. ¿Seré capaz de hacerlo? Quizás no, quizás vuelva de nuevo a casa, sombrío, huraño, consciente de mi eterna cobardía.  Dejo correr el agua fría sobre el lavabo. No la toco, no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Martes, 11 de Octubre. 8 de la mañana. Otro día cargado de incógnitas se abre delante de mis narices. ¿Seré capaz de hacerlo? Quizás no, quizás vuelva de nuevo a casa, sombrío, huraño, consciente de mi eterna cobardía. <span id="more-1010"></span></p>
<p>Dejo correr el agua fría sobre el lavabo. No la toco, no quiero mojarme, no quiero despertar a mi fétida realidad, a esa realidad que me devuelve el espejo y que refleja lo que no soy, un simple, sencillo y triste ser humano. </p>
<p>Como cada mañana, vuelvo a sentir esas increíbles ganas de vomitar. Siento la bilis llegar a mi garganta, empujando por salir, y su sabor ocre y gastado me inunda por completo. Mi cuerpo se rebela. ¿Qué pasó ayer? Apenas recuerdo gran cosa, gente caminando hacia ningún sitio, risas vacías, gestos deformes, copas, whisky, alcohol… </p>
<p>Mi ropa huele a desecho, no recuerdo cuándo fue la última vez que me puse una camisa limpia, aunque, a decir verdad, tampoco recuerdo lo que hice ayer… Creo que ya va siendo hora de que tome una decisión. </p>
<p>Miro mis manos y veo que empiezan a temblar. Este temblor…, ¿seré capaz de hacerlo? Mi mente duda, mis manos tiemblan y, sin embargo, sé que tengo que hacerlo, lo sé….</p>
<p>Lo supe desde hace meses, desde el mismo momento en que me despidieron, cuando aquel cerdo y piojoso me llamó a su despacho y, entre sarcasmos, me dio la esperada noticia. “Le echaremos de menos…” Maldito cabrón…, 20 años en la empresa, 20 largos años sufriendo, tragándome mi dignidad y mi orgullo, guardándome las ganas de gritar, de sacudir tu feo rostro… “Le echaremos de menos”…, no te preocupes, pronto acabará todo… </p>
<p>Salgo a la calle y todo me da vueltas. “Hoy es el día”, lo sé. Siento que mis piernas se ponen en movimiento, autómatas, independientes, sabiendo qué rumbo tomar. Todo mi organismo funciona de forma autónoma, no depende de mí, no quiere que participe, la decisión está tomada… </p>
<div>
<p>La gente sigue su camino sin prestarme apenas atención, no soy nadie, sólo un ser invisible dentro de este laberinto. Mis manos siguen temblando, las encierro en los bolsillos, siento algo afilado en su interior, y mis labios resecos fuerzan una extraña mueca. </p>
</div>
<p>11.30 h. El primer whisky sirvió para calmar el temblor de mis manos, y ahora, después de otros 2 más, me siento tranquilo, muy tranquilo. Pensaba que el alcohol me infundiría el valor que me pudiera faltar cuando llegara el momento…, pero me siento bien, extrañamente bien, como si alguien dirigiera mis movimientos desde la distancia. </p>
<p>Quizás sólo sea un títere en todo este espectáculo, quizás alguien esté moviendo las cuerdas de mi vida. Desde luego, si fuese así, me gustaría conocer a ese alguien y decirle unas cuantas cositas… Es posible que incluso me cayese bien; sólo alguien con un fino sentido del humor y con una visión irónica de la vida podría estar dirigiendo mi destino. </p>
<p>¿Dios? Uff, más bien Lucifer, o al menos no ese Dios que me enseñaron en la escuela, ¿verdad, Sor Teresa? Un Dios justo, bondadoso, compasivo…, pues conmigo se ha lucido… O está probando nuevos martirios o es todo un cachondo… Mmmm, creo que el whisky está haciendo efecto… </p>
<p>Todavía tengo tiempo. Hasta dentro de media hora ese cabrón no vendrá a tomarse su café de media mañana, pero esta vez puede que le resulte un poco amargo… No, dejaré que se lo acabe, dejaré que lo saboree, que sea el último placer que tenga en este mundo, que se lleve su café al infierno y lo disfrute durante toda la eternidad. </p>
<p>Mi vida se ha ido a la mierda, ya nada tiene sentido, lo sé, y no me importa. Tengo 47 años, un divorcio a mis espaldas, dos hijos a los que casi ni veo y a los que nada puedo ofrecer. Manos vacías, no hay futuro, no hay salida…, ¿para qué quiero vivir este maldito presente? </p>
<p>Y ese cabrón riéndose a mis espaldas. Jugando con mi vida a la ruleta rusa, echándome a la calle sin importarle una mierda lo que me pase… Pero pronto todo acabará, se hará justicia, al menos MI justicia… </p>
<p>Estoy sentado en una esquina del bar, de espaldas a la puerta. No le he visto entrar, pero siento su presencia. Mis manos han vuelto a temblar, parece que presienten lo que va a ocurrir, están nerviosas, activas…, los dedos repasan el borde afilado de la navaja… </p>
<p>-         <em>Buenos días, D. José. ¿Lo de siempre?</em></p>
<p>-         <em>Sí, Manolo, pero ponme la leche calentita, que hace un frío de muerte.</em> </p>
<p>Su voz…, penetra en mis oídos, revuelve mi estómago…, de nuevo esas ganas de vomitar… Apuro de un trago el enésimo vaso de whisky y siento como su calor invade mis entrañas, mis manos se relajan, de repente el tiempo parece detenerse y vuelvo a ser el espectador privilegiado de una vida ajena. </p>
<p>Mis pies se ponen en movimiento, lentamente, sin prisas. Me aproximo a la barra del bar y me coloco a su lado, espalda contra espalda. No me ve, no le veo, pero cada poro de mi piel siente su viscosidad, su repugnante presencia.</p>
<p>Ha llegado el momento. Me giro y veo su espalda frente a mí. ¡Dios, qué asco…! Siento la bilis llegar hasta mis labios y hago un esfuerzo sobrehumano para no vomitar. Mi mano derecha sujeta con firmeza la navaja en el interior del bolsillo, mi mano izquierda se eleva hasta alcanzar su hombro. Tocarle…, será la primera vez que tenga un contacto físico con esta bazofia, pero no será la última… </p>
<p>¿Podré hacerlo? ¿Tendré el valor suficiente…? ¡Dios! ¡Por qué dudo ahora…! Es fácil, sólo un pequeño movimiento, saca la navaja y clávasela en su podrido corazón… Lo has pensado durante tanto tiempo, has vivido este mismo momento en tu cabeza tantas veces… que ahora no puedes permitirte vacilar. </p>
<p>Pero me siento petrificado, de pie, frente a su espalda, la mano derecha en el bolsillo, la izquierda sobre la barra del bar. Noto los latidos de mi corazón bombeando una sangre que parece haberme abandonado. Un líquido viscoso se extiende por el bolsillo de mi abrigo… Es mi sangre, mi mano ensangrentada sigue apretando el filo de la navaja… </p>
<p>Consigo darme la vuelta, de nuevo espalda contra espalda. No siento el dolor de la mano, no siento nada…, sólo un inmenso vacío, una tristeza infinita que me ahoga y que invade mis entrañas. De nuevo las ganas de vomitar…, siento que todo mi cuerpo se estremece con unas arcadas que provienen de lo más profundo de mi interior… </p>
<p>Y vomito, y expulso todas las miserias que me invaden, y el suelo del bar se llena de mi dolor, de mi cobardía, de mi llanto… Siento cómo el dueño del bar me empuja hacia la salida, oigo voces a lo lejos, risas, miradas…, mientras me llevan en volandas hacia la calle. Y me dejo llevar, y dejo que se rían de mí, y siento cómo las lágrimas se mezclan con mi saliva, y rompo a llorar… </p>
<p>Vuelvo a casa, sucio, desgastado, hundido… Me siento en el viejo sofá, y la navaja cae a mis pies. La recojo, aún conserva los rastros de mi sangre seca sobre su hoja, la acaricio… Mañana será otro día. ¿Tendré el valor suficiente…?</p>
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		<title>145- Los Heridos. Por Excesos a la inglesa</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 22:08:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[            Era la  fiesta de Halloween y la empresa había alquilado un bar para celebrarlo. Juan estaba apoyado en la barra tomando una caña y mirando  a sus compañeros de trabajo con sus disfraces.  Vampiresas sexys, con vestidos ceñidos y largas uñas rojas, a juego con sus pintalabios.  Chicos guapos disfrazados [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>            Era la  fiesta de Halloween y la empresa había alquilado un bar para celebrarlo. Juan estaba apoyado en la barra tomando una caña y mirando  a sus compañeros de trabajo con sus disfraces.  Vampiresas <em>sexy</em>s, con vestidos ceñidos y largas uñas rojas, a juego con sus pintalabios. <span id="more-1005"></span> Chicos guapos disfrazados de Frankenstein pero cuyas cicatrices postizas sólo acentuaban sus perfectos perfiles. Algunos  demostraban su sentido de humor con disfraces de ridículos monstruos. Esqueletos, fantasmas, zombis, demonios, brujas, verdugos. Había de todo.</p>
<p>            <em>Qué esfuerzo ha hecho la gente, </em>pensó Juan. <em>Y  qué ambientazo. </em>En la pista de baile retumbaba la canción Thriller y la gente se movía al estilo de Michael Jackson. Las mesas estaban abarrotadas de gente muy animada.  Algunas bebían,  otras conversaban; todos se reían.</p>
<p>            Juan sólo llevaba un mes en la empresa y no conocía a la mayoría del personal. Esperaba que esa noche fuera una oportunidad para hacer amigos. Pero observando a todo el mundo pasándoselo bien se acordó de cuando, con ocho años, se cambió de colegio. Le vino a la mente un recuerdo  de él  arrimado a la pared del patio mirando a los otros niños. Unos corrían, otros jugaban, todos gritaban y se reían y Juan deseaba más que cualquier  otra cosa tener por lo menos un amigo. “Madura de una vez”, se dijo Juan, pero no podía quitarse el sentimiento de soledad. Para animarse pensaba en lo original que era su disfraz.</p>
<p>                                                * * *</p>
<p> Hace tres días   tomaba un atajo en un barrio de la ciudad que no conocía muy bien cuando se  fijó en un cartel, <em>Disfraces para todas las ocasiones</em>.  Juan todavía no sabía muy bien que impulso le hizo entrar en la angosta tienda, casi sin escaparate y el único local  abierto en el callejón. No había más clientes y le recibió un  señor de corta estatura  que vestía con un traje gris y convencional que contrastaba con la estridente ropa que  colgaban de los pecheros.</p>
<p>            &#8212; Tengo el disfraz perfecto para su fiesta de Halloween –dijo el hombre.</p>
<p>            &#8212; Bueno,  no sé si iré –contestó Juan y se preguntaba si la suposición del vendedor  era porque nadie compraría en su tienda si no fuera para ir a un tipo de verbena—. Es del trabajo y casi no conozco a nadie… &#8211;y Juan también se preguntaba porque hablaba tan francamente con un desconocido.</p>
<p>            &#8211;¡Hombre, más razón aún para ir –dijo el extraño dependiente&#8211;. A veces nos revelamos más cuando estamos disfrazados. Tengo algo perfecto para usted: el médico de la muerte –y sacó una bata de hospital manchada de sangre falsa. Como accesorios había un cinturón de donde colgaban dos riñones de plástico y un estetoscopio manchado con un verde viscoso.  </p>
<p>            &#8212; Pruébeselo, encima del traje –insistió el señor&#8211; ¿Ve que bien le queda?</p>
<p><em>Bueno, lo compraré e iré a la maldita fiesta</em>, decidió Juan. Al salir de la tienda el dependiente le regaló unas gafas cuyas lentes se asemejaban a un par de placas de rayos-x.</p>
<p>            &#8211;Serán la guinda del disfraz. Verá –dijo con una macabra sonrisa.</p>
<p>                                                           * * *</p>
<p> Ahora Juan se acordó de las gafas y las sacó  del bolsillo. Tardó unos segundos en acostumbrarse a sus lentes oscuras. Notó el empujón de alguien que quería llegar a la barra y  se movió a un lado.  Juan la reconoció como una mujer que trabajaba en contabilidad; una mujer que apenas conocía pero que le parecía simpática. </p>
<p>            &#8211;Hola…. –empezó a decir, pero la chica sólo le dedicó una breve sonrisa antes de dirigirse a un chico que estaba a su lado. Juan se sintió rechazado. ¿Algún día  una chica volverá a mostrar interés por él? La chica ya estaba de espaldas a él y -¡qué raro!-  las vendas que la cubrían eran diáfanas. <em>Será unas de esas telas que se transparentan con las luces de neón</em>, pensó Juan mientras admiraba la ropa interior de la chica<em> </em>pero ésta se dio la vuelta y Juan se horrorizó al ver una gruesa, lívida cicatriz que  atravesaba su abdomen. <em>¿De qué la habrán operado? </em> se preguntó.</p>
<p>            Con un poco de vergüenza y pena Juan  apartó la vista. Fue a buscar a algún colega pero se topó con un zombi. Y otra vez podría ver a través del disfraz  distinguiendo que el corazón del chico salía de su pecho y estaba partido en dos. El zombi estaba acompañado por una bruja y Juan observaba que debajo de las mangas largas, salpicaba sangre de dos cortes en las muñecas de ella.</p>
<p>            Como un murciélago enjaulado que buscaba desesperadamente una salida, la mente de Juan intentó encontrar una explicación. ¿Sería que ya se vendían disfraces de tercera generación, de una sofisticación  que él no sospechaba? No puede ser; lo que veía era demasiado real. Entonces alucinaba. ¿Pero por qué? ¿Se habría vuelto loco? ¿Habrían echado algo en su cerveza? ¿Soñaba? Sus piernas temblaban y la ansiedad lo estrechó, como una serpiente. Cerró los ojos e hizo un par de respiraciones hondas. Llamaría un taxi para que lo llevaran a casa, o quizás a urgencias.</p>
<p>            Se dirigió hacia la salida, ignorando las carcajadas y las alegres conversaciones que le rodeaban. Procuró mirar el suelo pero le era imposible no fijarse en la gente que le rodeaba. Y sus heridas. Golpes, quemaduras, puñetazos, signos de tortura…Cicatrices abiertas, otras curadas, pero todo el mundo herido.  Juan sintió dolor en la mano izquierda. La miró y vio que uno de sus dedos  estaba cortado y colgaba de un hilo de tendón. El dedo donde llevaba el anillo de matrimonio antes del divorcio.</p>
<p>            Preso de pánico, Juan se abrió paso a empujones entre la multitud pero no vio un escalón. Se cayó de plano y  las gafas salieron despedidas.</p>
<p>            — ¡Hombre, Juan! Es pronto para caerte borracho. —Juan identificó la voz de su compañero de despacho, Martín. Juan le miró y vio su cara sonriente y jovial, como siempre.</p>
<p>            —Venga —Martín le ayudó  a levantarse. — ¿Qué te ha pasado? Salías como  alma en pena. Estás muy pálido. ¿Es que has visto un fantasma? ¡O una vampiresa te ha estado chupando la sangre!</p>
<p>            —Déjate de bromas —dijo una chica que Juan  reconoció como la mujer momia pero ya  las vendas de su disfraz eran tan impenetrables a la vista como un muro.</p>
<p>          &#8211;¿Estás bien? –le dijo la chica. Juan notó preocupación y cariño en su voz</p>
<p>Martín cogió las gafas del suelo, sus gruesas lentes  rotas en mil pedazos.</p>
<p>&#8211;¿Son tuyas, Juan? —le preguntó. —Por eso te habrás caído; con ellas puestas no se podría  ver nada. —Juan miró a las personas  que le rodeaban. Gente normal, pasándoselo bien. Gente vestida de ropa rara, pero hermética.</p>
<p>            —Veo mejor sin ellas. Creo —respondió.</p>
<p>            —Te has hecho daño —dijo la chica. Asustado, Juan se fijo en su dedo pero ya no se veía la herida.</p>
<p>             —En la frente, un rasguño —continuó la chica.</p>
<p>            —Gracias, pero es nada —respondió Juan, mirando otra vez su dedo. Sonrió  a la chica&#8211;. Sobreviviré. Como  hacemos todos.</p>
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		<title>144- Gabriela, Andrés y el clima. Por Gabriel Millás</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 22:04:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[           El año que Andrés se instaló en el barrio, el clima pareció enloquecer: el invierno era abrasante mientras que en verano no dejaba de nevar. La rutina parecía haberse vuelto del revés, o del derecho, quién sabe. Todo coincidió con su llegada, por lo que no se podía evitar que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>           El año que Andrés se instaló en el barrio, el clima pareció enloquecer: el invierno era abrasante mientras que en verano no dejaba de nevar. La rutina parecía haberse vuelto del revés, o del derecho, quién sabe. Todo coincidió con su llegada, por lo que no se podía evitar que las personas mayores no le cogieran “ojeriza”, como comentaba mi madre cuando venía de misa, con el rosario todavía en la mano.<span id="more-999"></span></p>
<p>          Pero tuvimos suerte: el bar que Andrés abrió no cerraba ningún día de la semana. Allí nos refugiábamos, como si fuéramos murciélagos en cuevas.</p>
<p>          Andrés era un tipo peculiar que nos recibía unos días de manera efusiva, otros días casi escupiéndonos. Pero aún así, siempre volvíamos, entre otras cosas, porque cocinaba unos bocadillos comibles —comparado con lo que se cocinaba en el resto del barrio—, y era el único —en esto sí era experto— que contrataba mujeres explosivas. En especial recuerdo una preciosa camarera latina por la que todos babeábamos, con caderas anchas y morros carnosos.</p>
<p>          Andrés no solía pasar desapercibido, y menos si era la primera vez que se le veía. Siempre que tiro de memoria, me viene a la mente su manía más característica: de noche, siempre llevaba puestas sus gafas de sol. “Total, para la mierda que hay que ver por la noche” nos decía cuando le preguntábamos por aquella vieja costumbre, como si su respuesta cerrara la cuestión así, sin más.</p>
<p>          Además, él no supo —o no quiso— acostumbrarse al clima: en invierno, cuando más apretaba el sol, llevaba su inseparable abrigo de pana; en verano, en los días en los que la nieve nos casi nos impedía salir de casa, se le podía ver con su desgastada camiseta de tirantes sirviendo tras la barra. A menudo nos decía que no iba a ceder, que más le valía “Al tal Clima” (como si éste fuera una persona que pudiera elegir) adaptarse a él. Curiosamente, nunca lo encontramos constipado, ni con frío.</p>
<p>          No podíamos evitar culparle, a medio camino entre la broma y la precaución por el miedo que nos transmitían nuestras madres sobre “sus poderes satánicos”, de la locura de tiempo que sufríamos. Lo hacíamos al calor achicharrante del invierno, cuando salía a atendernos a la terraza; o dentro del bar, en los días más gélidos del verano. También le rogábamos que nos atendiera Gabriela, pero hacía oídos sordo a esta sugerencia, incluso nos amenazaba con rabia de echarnos del local si no dejábamos de hablar de ella, “con esos ojos de cerdos y esas palabras que no las merecía una mujer así”.</p>
<p>          Así pasamos los dieciséis años, sin saber muy bien si el clima seguiría igual o no en el futuro, si los árboles perderían las hojas o florecerían cuando toca, si alguna vez Andrés se adaptaría al clima o si por fin nos dejaba deleitarnos con Gabriela mientras nos servía, y mirarle el escote con desespero, como tratando de encontrar el sentido de la vida allí adentro, allí escondido en algún lugar entre sus dos pechos.</p>
<p>          Una noche, casi a los dos años de encontrarse en el barrio, y con el clima igual de raro que él, nos dijo que debía confesarnos algo. Lo vimos angustiado, como si soportara un secreto milenario sobre sus hombros. Los cuatro amigos nos miramos sin saber por qué a nosotros, ya que tampoco habíamos entablado una amistad con él más allá de ser clientes asiduos, pero la curiosidad pudo más que la duda que nos invadió a todos a la vez—sin necesidad de que nos la contáramos— sobre si nos haría un conjuro o algo por el estilo.</p>
<p>          Le dijo a Gabriela que ya podía irse a casa y cerró las puertas del local, cabizbajo. Puso el aire acondicionado para combatir el calor invernal —que era más asfixiante conforme nos acercábamos a febrero— y nos sirvió nuestras primeras cervezas, unas cañas que no estaban todo lo frías que debían servirse y quizá por eso es que todavía las recuerdo.</p>
<p>          “Estoy demasiado enamorado de Gabriela y, y…” decía, balbuciente, con los labios temblando, cerca de darle un infarto o tener una revelación mística.</p>
<p>          Nos estuvo contando su amor por Gabriela. Estuvo dos horas narrando su tormento desde que la contrató nada más llegar al barrio y, realmente, parecía estar enfermo de amor. Pero ni una palabra de lo del clima, que era lo que de verdad nos importaba.</p>
<p>          Debió notar algo de decepción en nuestras caras, ya que lo que había empezado de manera solemne, con esa enfermiza declaración de amor, se estaba convirtiendo en un monólogo insulso, como si lo pronunciara una máquina. Su voz se volvía dura y ya no daba muestra de desespero. Esperábamos y esperábamos a que en cualquier momento, Gabriela tuviera algo que ver con el clima, como si por estar enamorado de ella, él tuviera la fuerza de modificarlo —cosas más fuertes se han conseguido por amor—. Pero ese momento no llegaba y nuestra juventud no aguantaba más aquellos rollos amorosos. Si acaso, sonreíamos al escuchar el nombre de Gabriela.</p>
<p>          Cuando no aguantamos más y nos pusimos a bostezar, algo aturdidos por el alcohol, dijo que nos fuéramos y que no volviéramos por allí, “Sois unos críos. Babeáis por Gabriela. ¡Ella es una mujer, no una chiquilla!” dijo y, con un exagerado manotazo, tiró los vasos de la mesa al suelo. Se echó a llorar sobre la mesa y nos miramos, aguantando una carcajada.</p>
<p>          Nos levantamos mareados—era la primera vez que bebíamos— y salimos de allí entre risas, cogidos por los hombros, bromeando acerca de Gabriela, Andrés y el clima. Se nos había pasado la modorra y teníamos ganas de pasear.</p>
<p>          El calor nos recibió de lleno en la calle e hizo que nuestra juerga fuera mayor. Entonces oímos un ruido similar al de un trueno. Nos miramos extrañados porque la noche estaba despejada. Encogimos los hombros y continuamos paseando y cantando.</p>
<p>          Si nos hubiéramos girado, quizá, hubiéramos visto un pequeño reguero de sangre deslizarse por debajo de la puerta del bar (el periódico al día siguiente hablaba de un suicidio), pero no lo hicimos: estábamos desesperados por cruzarnos con la sensual Gabriela. Pero no hubo suerte. Perra vida.</p>
<p>****************************************************</p>
<p>          Hoy he vuelto por el barrio el cual abandoné al poco del incidente de Gabriela, Andrés y el clima, porque trasladaron a mi padre a otra ciudad por motivos laborales.</p>
<p>          El clima sigue su curso natural —al que estamos acostumbrados, quiero decir—y el bar que regentaba Andrés ha sido suplantado por un Restaurante Chino que apesta a fritanga desde varios metros antes de llegar.</p>
<p>          Los vecinos que quedan, los más mayores, casi no recuerdan nada de aquellos tres inviernos y tres veranos tan inverosímiles. Los tienen, incluso, como una parte de algún sueño o una película. Pero como algo ajeno a sus vidas.</p>
<p>          He quedado con amigos para comer en un restaurante famoso y nada ha sido lo mismo. Nos ha atendido una camarera, pero ya no era Gabriela, esa mujer que era capaz de hacer que alguien cambiara el clima por los efectos de su amor. Al menos eso pensábamos y lo creíamos tan cierto como que dos y dos siempre son cuatro.</p>
<p>          (Unos años después me informé de que lo sucedido durante aquellos tres años no tenía nada de sobrenatural, sino más bien de Cambio Climático que sufrimos en la actualidad. De todas formas, esto no lo dije durante la comida —aunque de nuevo, creo que todos lo sabíamos— porque no quería estropear un pasado que todos guardábamos como irrepetible).</p>
<p>          Al acabar de comer, pagué la cuenta, me despedí con desgana de mis amigos y los dejé tomando café.</p>
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		<title>143- El domador de pulgas. Por Emma Cabra</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 21:47:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La noche en que Bastián daba su paseo junto al río, algo alejado de las caravanas, oyó una especie de sollozo; según se acercaba el llanto fue haciéndose más y más nítido. No cabía tener miedo porque él, Bastián, era el hombre fuerte del circo, aunque su función dentro de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La noche en que Bastián daba su paseo junto al río, algo alejado de las caravanas, oyó una especie de sollozo; según se acercaba el llanto fue haciéndose más y más nítido.<span id="more-994"></span> No cabía tener miedo porque él, Bastián, era el hombre fuerte del circo, aunque su función dentro de la <em>trouppe</em> fuese la de domador de pulgas. Lo grande contra lo chico, pero en ambos casos, resistentes a los contratiempos. Se acercó con cuidado por lo que pudiera encontrarse. Miró alrededor y no pudo, sin embargo, observar más que la negritud de la silueta de los matorrales. Se detuvo; el silencio de pronto lo cubría todo, pero un poco después volvió a sentir el llanto misterioso de un niño. Allí, sentada con un vestidito blanco, se hallaba una criatura de unos dos años de edad. Era una niña como de cuento, con ricitos oscuros y nariz chata. La tomó entre sus brazos peludos y rechonchos y la alzó para verla bien.</p>
<p>Veamos, eres una monada&#8230; ¿Cómo te llamas, preciosa?</p>
<p>La niña comenzó a llorar de nuevo.</p>
<p>Calma, calma. Tu tío Bastián te pondrá un nombre. Bella, ¿Te parece? No ha sido muy difícil encontrarlo.</p>
<p>La niña empezó a mostrarse más tranquila. Bastián la fue haciendo mimos hasta llegar la caravana donde vivía. Una vez dentro la preparó una camita en el arcón donde guardaba su ropa y enseres, que no eran muchos. Le dio unas galletas que la niña hizo chapotear en un vaso de leche. Bastián se quedó satisfecho y pensó que lo mejor sería guardar el secreto de su botín, por si alguien lo venía a reclamar. La nena la había descubierto él y si no hubiera sido así probablemente hubiese muerto de frío aquella noche.</p>
<p>Al día siguiente Bastián no quería despertarla, pero se dio cuenta de que si no lo hacía Bella se pondría a llorar cuando se sintiera sola y atraería la presencia de los otros miembros del grupo. Así que la puso en su regazo y, para ahuyentar la modorra en los ojos de la niña, comenzó a mecerla colocándola a horcajadas en su pierna. Bella enseguida empezó a reír con voces risueñas y haciendo fiestas.</p>
<p><em>Schhhh&#8230; Bella,</em> <em>voy a explicarte lo que vas a hacer. Tienes que quedarte muy quietecita aquí, en tu cama. ¿Lo vas a hacer, me entiendes, cielo? </em></p>
<p>Debía de resultar  extraño oír  hablar así a alguien que no está acostumbrado a los niños, pero a Bastián le salía de manera espontánea y no le preocupaba que su corpachón no coincidiera con los epítetos usados para su pequeña. Bella, por su parte, parecía entenderle sin dificultad, porque puso carita seria y, cuando la tendió otra vez, sobre la sábana, se quedó muy quieta. Sonriente, Bastián le dijo en voz baja</p>
<p><em>Y ahora a dormir de nuevo, hasta que venga y te traiga una chocolatina. Este será nuestro secreto, pero antes voy a darte un vaso de leche para que te duermas bien.</em></p>
<p>Pasaron diez años y Bella seguía con Bastián, sin que nadie la hubiera visto nunca. Los dos salían muy de noche, cuando ya dormían los demás, e iban a dar vueltas por los lugares donde acampaban. El circo era pequeño y hasta entonces no  había habido secretos entre sus miembros. Sin embargo, Bastián, a pesar de que ya el miedo de que reclamasen a la niña quedaba lejos, se mostraba celoso de su intimidad y temía perder el favor de ser el único que la cuidase.</p>
<p>Un día Bella le preguntó a Bastián el motivo de que no pudiera exhibirse a la luz del día y poder presenciar los números del circo y conocer a sus componentes. Bastián se mostró tranquilo y la sentó sobre sus rodillas, como cuando era niña.</p>
<p><em>Verás, encanto, si los demás vieran lo hermosa y bella que eres, como tu nombre, te harían proposiciones ofensivas, por lo que no me quedaría más remedio que enfrentarme a quien las pronunciara, y eso nos llevaría a la ruina. No creas que les tengo miedo, ni mucho menos, pero si me hacen perder el control de una forma u otra lo pagaríamos con nuestra separación.</em></p>
<p><em>No te entiendo, Bastián. </em>Respondió Bella abriendo más sus grandes ojos grises.</p>
<p><em>Es fácil de comprender, pequeña. Si le causara daño a cualquiera que se dirigiera a ti con malos fines iría a la cárcel,  a pesar de la razón que me asistiera. Si, por el contrario, me lo causan a mí, también quedarías indefensa y ¿quién te cuidaría en cualquiera de los dos casos? ¿acaso quieres quedarte sola, sin tu pobre Bastián?</em></p>
<p><em>¡No! ¡Quiero estar siempre a tu lado! Prométemelo.</em></p>
<p><em>Te lo prometo. No temas. </em>La tranquilizó el hombretón de escarcha.</p>
<p><em>Yo te llevaré, no obstante, a ver las piruetas y acrobacias en secreto, no debes preocuparte. Podrás presenciarlo todo pero con cuidado de no ser vista.</em></p>
<p><em>Gracias, Bastián. </em>Y le dio un beso.</p>
<p>Sin embargo, en ese momento pasaba el enano Cubilete cerca de la caravana de Bastián y le pareció oír murmullos. Curioso como era, acercó el fino oído a la puerta, pero entonces se dejó de escuchar ruido alguno. Para cerciorarse llamó a la puerta.</p>
<p>Bastián preguntó quién era y después le dijo que se largara, que tenía un fuerte dolor de cabeza, a la vez que hacía señas a Bella con el dedo índice para que no hiciese ruido. Cuando comprobó que ya no estaba, Bella rompió a reír y quiso saber quién era aquel tipo.</p>
<p><em>Un enano socarrón y entrometido. No conviene gastar bromas con él.</em></p>
<p><em>Nunca he visto un enano, Bastián&#8230; </em></p>
<p><em>Son seres deformes, que además disfrutan de la desgracia ajena para olvidar la suya.</em></p>
<p><em>Pues a mí me dan pena.</em></p>
<p><em>No, cariño. </em>La consoló Bastián. <em>No</em><em> debes sentirte afligida, son ellos los que se burlan de los que no son sus iguales, y son crueles. No lo olvides.</em></p>
<p>Pasaron tres años más y Bella sentía que empezaba a necesitar un espacio más amplio del que disponía. Bastián, era cierto, la había llevado a sitios, siempre a escondidas de los <em>otros, </em>donde se respiraba casi el mismo aire lóbrego y cegado de la caravana. Incluso cuando fueron a cenar a <em>Scaramouche,</em> el célebre restaurante a orillas del Danubio, lo hicieron a una hora en que aún no había llegado nadie.</p>
<p><em>Bastián&#8230;</em></p>
<p><em>Dime, cariño.</em></p>
<p><em>¿Por qué no puedo ver a nadie? Si salimos, vamos del coche a casa y de casa al coche, pero a mí me gustaría pisar las calles y observar a la gente&#8230; Ya no pueden reconocerme ni apartarme de ti.</em></p>
<p><em>Muy bien, señorita, ¿Y si me preguntan de dónde has salido? ¿Y si me piden los papeles de tu nacimiento?</em></p>
<p><em>No lo sé, Bastián, pero de veras, es todo muy triste. Ni siquiera tengo un espejo donde reflejarme.</em></p>
<p><em>Tontina, espera un momento. Y recuerda&#8230; </em></p>
<p><em>¡No te muevas! </em>Repitieron los dos al unísono.</p>
<p>Al cabo de unos minutos Bastián regresó con un paquete bien envuelto y una cinta colgando del mismo.</p>
<p><em>Toma, Bella, es para ti.</em></p>
<p>Siempre que Bastián le hacía un regalo, a Bella se le pasaba el enfado, como él bien sabía, y con la misma ilusión de cuando era pequeña lo abría entusiasmada.</p>
<p><em>¡Un espejo dorado! Es precioso, Bastián. Te quiero</em>. Y a la vez que se colgaba de su grueso cuello, cada vez más y más orondo, se veía reflejada en el cristal.</p>
<p>Unos segundos más tarde se quedó fija frente a su rostro, que siempre había adulado Bastián, y con actitud y gesto serios se volvió a él.</p>
<p><em>¿Soy tan bella como dices? Cuando me llevaste a ver la función aquella vez y pude vislumbrar a la trapecista tras el telón, ¿recuerdas?,  me pareció la mujer más hermosa del mundo.</em></p>
<p><em>Pues ella no es ni así de bella comparada contigo.</em></p>
<p><em>¿La próxima vez podría tener un espejo de cuerpo entero?</em></p>
<p><em>¿Para qué? Este es un lugar pequeño y hay que ahorrar espacio. Bastante es que quepa yo.</em></p>
<p>Bella esbozó una sonrisa.</p>
<p><em>Es verdad, Bastián, eres un gigante&#8230; grande, grande y te quiero mucho. </em></p>
<p><em>Tan grande como tontorrón. No dejarás a este vejestorio cuando ya no sea tan fuerte ni tan grande, ¿verdad?</em></p>
<p><em>¡No digas tonterías, Bastián! </em>Le amonestó Bella.</p>
<p>Una tarde en que Bastián tuvo que ir a la ciudad, Bella se quedó en la caravana, como siempre, bajo la severa advertencia de no abrir ni contestar a cualquier requerimiento. Estaba la joven hojeando un libro cuando sonó la puerta de la caravana. Bella se mantuvo quieta y aguantó la respiración todo lo que pudo. De pronto, volvieron a sonar dos golpes secos y una vocecilla que ya había escuchado antes. La de Cubilete.</p>
<p><em>¿Quién hay? Sé que estás ahí. Vamos, abre.</em></p>
<p>Había algo en esa voz que asustaba a Bella. Tal vez se debiese a lo que Bastián le había dicho sobre aquel hombrecito que tan malvado se le antojaba. De repente dejó de oírse el golpeteo y, en su lugar, Bella escuchó unos pasos que se alejaban. Sin embargo, Cubilete no había desistido de su curiosidad; rodeó la caravana y subió por la escalera hasta el techo. Levantó el tragaluz y observó atentamente el interior del habitáculo. Al principio no vio nada, pero, inclinando más la cabeza, observó una figura de melena oscura que desde lo alto parecía un borrón de tinta.</p>
<p><em>Ajá, así que eras tú a quien el gordo mantenía en secreto. </em>Y se puso a canturrear.<em> </em></p>
<p><em>Eras su pulga especial,</em></p>
<p><em>La que de forma proverbial guardaba</em></p>
<p><em>En su caja de cristal.</em></p>
<p><em>Hola, preciosa. Me llamo Cubilete, ¿Y tú?</em></p>
<p>Bella hubiera querido gritar, pero la sorpresa hizo que se quedara absorta mirándole. El hombrecillo aprovechó para bajar de un salto sobre el jergón donde dormía Bastián.</p>
<p><em>Ju, Ju </em>empezó a mofarse bailando alrededor de Bella, <em>ya tengo novia, ya tengo novia. Venga, vamos a anunciárselo a todo el mundo.</em></p>
<p>Y, tomándola de la mano, tiraba de ella con una fuerza inusitada.</p>
<p><em>Suelta, verás cuando venga Bastián. Suelta, te digo.</em> Decía Bella casi chillando.</p>
<p><em>Ay, la señorita, qué creído se lo tiene porque su hombretón le ha dicho un par de linduras. Ven conmigo, yo te daré lo que necesitas.</em></p>
<p><em>Nunca podría compartir nada contigo, monstruo.</em></p>
<p>Esto enfureció a Cubilete más de lo que podía haberlo hecho cualquier otro calificativo.</p>
<p><em>¿Monstruo yo? ¿Acaso te has mirado en el espejo, princesa? </em>Procuraba zaherirla mientras la arrastraba a su tabuco.</p>
<p><em>Déjame, yo nada tengo que ver contigo, déjame, que me das asco.</em></p>
<p>Sin más la metió en su remolque. Un espejo de cuerpo entero presidía el lugar de manera insolente.</p>
<p><em>Mira, mírate, Afrodita, mirémonos los dos. </em>Y comenzó a reír con mayor vehemencia.</p>
<p>Con el espanto impreso en sus ojos, Bella los abrió sin querer mirar del todo, pero eso no evitó que el espejo le devolviese la imagen de dos figuras, deformes y extrañas, asidas de la mano. Una reía estrepitosamente mientras la otra permanecía con la boca abierta, sin que de ella brotase palabra alguna.</p>
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		<title>142- Marcos  y la señorita Cora. Por Whistler</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 19:24:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Finalistas del Jurado]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando la muerte no era más que una posibilidad rara, algo que les sucedía a otros pero no a mí, me daba igual que los días fueran de sol o lluvia, que la ciudad se extendiera o permaneciera inmóvil, tener vacaciones en Agosto o Septiembre, o si mi pelo parecía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando la muerte no era más que una posibilidad rara, algo que les sucedía a otros pero no a mí, me daba igual que los días fueran de sol o lluvia, que la ciudad se extendiera o permaneciera inmóvil, tener vacaciones en Agosto o Septiembre, o si mi pelo parecía el de un gentleman o el de un camorrista que acaba de liquidar una pelea callejera con cierta dificultad. <span id="more-989"></span>Simplemente vivía. Me aferraba al hoy por naturaleza y el futuro era mi aliado. ¡Yo!, un hombre con extensa actividad y éxito social. Ahora, sin embargo, la muerte y Cora son mis inseparables compañeras. Ella, Cora, duerme a mi lado mientras decido levantarme. La otra, la muerte, no sé dónde andará escondida, pero la presiento a cada instante, husmeando infatigable todos los rincones de mi casa, tratando de descubrir una rendija minúscula por la que adentrarse y acabar con todo de un plumazo. Ahora la ciudad es siempre demasiado pequeña por mucho que la sigan estirando, las vacaciones las prefiero en primavera y ni qué decir de mi rebelde cabellera: la mantengo firme a golpe de peine, para estar permanentemente presentable, como si estar bien peinado fuese condición necesaria para morir bien. Si llueve, me siento protegido. Pero si luce el sol, extiendo el estor de la oficina por no sé qué miedo a qué. Cierro las ventanas y, lo reconozco, a menudo lloro. No poseer una piel libre para exponer al sol es, sin duda, peor que haber muerto ya. Aunque no, ¡no es cierto! Aún me queda Cora. Cora la valiente, la sólida Cora, hecha de una sola pieza, compacta, resuelta y tan frágil a la vez, regando con lágrimas la cama donde en la noche, si llega, habrá al fin paz.</p>
<p>Marcos se irá en una hora. Cada minuto sopesado, planificado en sus mínimos detalles, ejecutado con la precisión del que comprende que no dispone de tiempo. Desde que la muerte ha dejado de ser una realidad ajena, se me ha borrado el pasado y sólo el instante cuenta. A veces me imagino mirando fijamente la arena fresca de su tumba, un día templado y común de lluvia. Todos se han camuflado en sus casas, excusados por la inclemencia del tiempo, infectados de culpabilidad. Yo sola. Sola en pie, con la vista echada a la tierra, recuperando, al fin, todo el pasado abruptamente. Pudiendo erradicar las lágrimas de mi rostro, exonerada del violento acecho de la sinrazón, de la ausencia de porvenir. Recuperando la frescura de los aromas, el repertorio de sabores ocultos en los alimentos,  el calor del teléfono al sonar. Sin que todo me parezca podrido, sin que me sobresalte nada. ¡Nadie! Sin dudas, sin preguntas, sin cambios de acera, sin miradas atrás. Sin terror. Sin terror a perderle porque él ya está ahí, yaciente, sin que se le note ya ni la cojera ni esa otra señal, secreta, más rotunda y falaz que la propia muerte: la marca que esa misma muerte deja cuando ha errado por pura casualidad.</p>
<p>Trato de no hacer ruido al incorporarme, al tomar la muleta y caminar con su ayuda de metal. He conseguido ser independiente para asearme y prefiero que ella permanezca en la cama, fingiendo dormir. Sé que sus ojos dirigidos al ventanal del dormitorio están abiertos. Pero ella disimula. Yo disimulo. Así todo parece más normal. En esta primera hora del día nos vamos diciendo adiós, cada vez que entro y salgo de la habitación, mientras estoy en el baño, si me peino o me visto, cuando desayuno. Despedirnos para siempre cada mañana es parte de nuestra rutina. Esa rutina reducida a la noche, cuando nos sentimos seguros en el calor del cuerpo ajeno, lado a lado mirando el techo o penetrándonos con el impulso de toda esa vida de la que carecemos, aunque sabemos como es. Ella atiende a mis dificultades para desplazarme. Sin embargo, se reafirma en su quietud marmórea. Ese es nuestro pacto tácito desde mi salida del hospital: mantener a raya a la minusvalía y no permitir la pena. Al menos nosotros dos en eso nos respetamos. Renunciando a comportarnos como víctimas, somos capaces de extraer, en medio del delirio, un tanto de verdad. Nos acompañamos así. Y podemos, hoy por hoy, mirarnos de frente, directamente al fondo de los ojos. </p>
<p>Ya huele a ducha lenta, a jabón de sastre mezclado con su piel. Pronto irrumpirá en la habitación la fragancia del café. Las sensaciones de la mañana y la noche son las pocas que conservo. Durante el día, todo lo anega la incertidumbre, la fetidez de la muerte. Nada más existe. Todo se reduce a la distracción, al consuelo. Mientras él desayuna, yo imagino un futuro normal para mi vida. Cuando entra en el dormitorio tras el desayuno, me gusta voltearme para verle. Se sienta en su lado de la cama, con toda la ropa al alcance, desnudo, permitiéndome observar sus estrechos brazos, el cogote, la espalda con la columna bien marcada, los muslos entreabiertos. Empieza siempre por la camisa, lo más fácil. Después viene lo complicado, sobre todo el pantalón. Es una tortura para él. Se enreda con una y otra pernera, cae, pierde los estribos y a menudo gime antes de reponerse y volverlo a intentar. Y yo me contengo. En realidad sabe que no duermo, pero ni siquiera el primer día me pidió ayuda. Abrocharse los zapatos es un sufrimiento. La pierna mala le tira cuando se dobla, como si se fuera a rasgar de nuevo. La habitación está bañada con la primera luz. Es hermoso, a pesar de todo, vivir este momento crudo. Contemplar su cuerpo amarilleado por este sol.</p>
<p>Mientras me visto observa mis deslavazados movimientos. Me escruta el cuerpo con una pasión que puedo sentir sobre mi espalda. Como si me abrazara desde atrás. Para mí, en este momento arranca el vértigo real. Desplazarme con mis tres piernas hasta la calle, saludar a Raúl. Raúl, pretendiendo lo contrario, es la conciencia nítida de la muerte expectante. Miro por la ventana y todavía no está. Aún no es la hora fijada para hoy. Él nunca se retrasa. Se amolda perfectamente a los cambios de horario, a despertar antes que el sol o a dormitar hasta las diez. Una exigencia más de su trabajo. Funcionar a expensas de las decisiones del mutilado de libertad. La sábana blanca dibuja los accidentes del cuerpo de Cora. Su respiración se acentúa siempre en este instante, cuando es consciente de que ya voy a partir. Esas fotos sobre la mesilla de noche, que nunca me gustaron, son ahora un penúltimo consuelo, pasajes alegres de la vida de antes. Me adentro en ellos y parece que vuelven. Como si fuera primavera. Imágenes en color oliendo a un pasado ya de blanco y negro. Imágenes que luchan a la vez por recuperar su espacio como posibilidad. Cora sonriendo a la cámara en lo alto del cerro de San Marcial, cuando éramos unos recién llegados. Cora recostada en mi hombro con el Bidasoa al fondo. Marcos y Cora en una calle peatonal de Irún, celebrando el traslado con los nuevos compañeros. Y esa otra instantánea no enmarcada, sin soporte, sin hueco asignado pero omnipresente, que se esparce por el ambiente todo y reina en medio de tanta apariencia de felicidad: Marcos en el hospital, con la pierna desgarrada, con la sangre en sus venas hecha pedazos.</p>
<p>Se aproximará a besarme. Le responderé adormilada. Saldrá de la habitación y escucharé como la puerta se abre. Adiós. Adiós. El beso, por favor. Dame mi beso. No soporto ya más la espera. ¿Dónde está Raúl? ¿No le ves? Hay que entender. Quizá se retrasa porque seguramente él también tenga alguien cerca aguardando su beso. Nosotros, los marcados, comprendemos la esencia de la valentía en la misma medida que la del terror. ¡Raúl! Al fin y al cabo, yo soy también tu esposa. Tu madre, tu hermana, tu primer amor. Soy la mujer más querida por cada uno de vosotros, los marcados. Raúl, Miguel Ángel, Txentxo, José, Gabriel, Olatz, Xabier&#8230;, Marcos, Marcos, Marcos. Mi beso. Mi beso, por favor.</p>
<p>Cada vez que la beso al marcharme, pienso en cómo me acogió al final de la escalera a mi salida del hospital. Sus pupilas se anclaron a las mías. Sonrió de una manera tenue, sin forzar, puso las llaves del coche en mis manos y me dijo: me ha dicho el médico que puedes conducir; llévame a casa; estoy cansada. Cada vez que la beso al marcharme, le agradezco su acompañamiento, su lucha contra la resignación, su ímpetu, su cuerpo, su ser. Cada vez que la beso al marcharme, me alargo, me extiendo un poco sobre su piel, la impregno de mí al tiempo que me dejo invadir por su calor de cuna, por toda la paz que hemos fabricado aquí. Me la llevo porque la necesito para sobrevivir. ¡Ahí está Raúl! Aquí está tu beso, Cora.</p>
<p>Cierra la puerta con sigilo para no sobresaltarme. Me incorporo. Froto mis piernas para sacarme un poco el frío que deja su salida, los calambres que me recorren el cuerpo. Voy a la ventana. A través de la cortina traslúcida veo a Raúl en la acera de enfrente. Apenas ha abandonado la adolescencia. Quizá la edad le ayude a sentir de otra manera el riesgo. Quizá. ¿Hay, acaso, una edad idónea para enfrentar el terror? ¿Es, acaso, una edad mejor que otra para eso? Ya sale Marcos. Decidido, como siempre. Saluda a Raúl con la mano antes de cruzar. Se encuentran. Los dos parecen despreocupados, pero no lo están. ¡No! No lo están.</p>
<p>En alguna ocasión le he dicho que camine a mi altura. Sin embargo, siempre se retrasa un poco. Uno o dos pasos nada más. Lo suficiente para concentrarse en su trabajo y hablar lo indispensable, lo que por educación o por cautela no se puede omitir. Guardándome la espalda impávido. Nos aproximamos al coche. Como cada mañana le pido que se detenga a unos metros de nuestro objetivo. Señalo unos cubos de basura llenos, indicándole que los utilice como parapeto. Accede de mala gana, pero sin rechistar. Recorro solo el último tramo&#8230;</p>
<p>&#8230; El coche es el primer peligro del día y el que más miedo da. La otra vez fue ahí. En una mañana como esta. ¡Claro!, desde entonces todas las mañanas son gemelas de aquella y portan idéntica información. Marcos se agacha. Comprueba bajo el vehículo durante un par de minutos o tres. Estoy obligada a dejar de mirar. No lo soporto. ¡Inaguantable tensión! Busco de nuevo la seguridad de la cama. Me siento. Con todas mis fuerzas me tapo las orejas. Fabrico con las manos un zumbido apaciguador, un perdón anticipado para el que no hay cabida. Aprieto los dientes hasta que desde las encías parten clamores que me inundan de dolor. De tan cerrados que están mis ojos, la rabia de mis lágrimas no puede, ni por asomo, tratar de escapar. No consigo evadirme, pero así es mejor. Sufrir con él, morir con él. A menudo pienso que debería acompañarle cada mañana. No me atrevo a proponérselo porque con ello traicionaría nuestro acuerdo tácito. Un minuto. Tiempo lento. Dos, tres, cuatro más. ¡Qué transcurran ya! Vendrá el ruido del motor y, por un instante, la angustia cederá. </p>
<p>No hay nada visible ahí abajo. Entro en el coche. Me aseguro de que Raúl se protege adecuadamente. Pongo la llave en el contacto. Dispongo el espejo para poder contemplar la mitad superior de mi cara y mi frente. Saco el peine de la guantera. Lo paso mi pelo una y otra vez. Con calma. Ritualmente y con dedicación. Devuelvo el peine a su lugar. Restablezco la posición del retrovisor. Agarro el volante. Lo palpo con suavidad&#8230;</p>
<p>&#8230; Un minuto más&#8230;</p>
<p>&#8230; Atraigo la imagen de Cora. Su rostro copa mi visión blanca. Cora, mi señorita Cora&#8230;</p>
<p>&#8230; Marcos&#8230;</p>
<p>&#8230; Giro la llave, dispuesto a arrancar.</p>
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		<title>141-El ladrón de palabras. Por Pillo</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 19:18:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[­           Me dedicaba a robar palabras. Entraba por las noches en las casas, aprovechando el silencio. Mientras mis víctimas dormían o roncaban como rinocerontes, les hurtaba verbos, adjetivos, pronombres o sustantivos. Así, en una noche podía agenciarme una amplia variedad de términos como pobre, jirafa, hospital o policía. Cuando los incautos se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>­           Me dedicaba a robar palabras. Entraba por las noches en las casas, aprovechando el silencio. Mientras mis víctimas dormían o roncaban como rinocerontes, les hurtaba verbos, adjetivos, pronombres o sustantivos. Así, en una noche podía agenciarme una amplia variedad de términos como <em>pobre</em>, <em>jirafa</em>, <em>hospital</em> o <em>policía</em>.<span id="more-983"></span> Cuando los incautos se despertaban a la mañana siguiente, eran incapaces de pronunciar esos vocablos. De sus mentes se habían borrado aquellos términos para el resto de sus días.</p>
<p>­           A veces, se daban cuenta de forma inmediata:</p>
<p>­            —¡Nos han robado! Llamemos a la…</p>
<p>­           Pero sus cerebros estériles eran incapaces de articular esa secuencia lingüística.</p>
<p>­           Otros tardaban más tiempo en percatarse:</p>
<p>­           —¡Vamos al zoo a ver los animales esos con unos cuellos tan largos!&#8230; Las ésas tan altas con motas negras que comen hojas de los árboles…</p>
<p>­           Y pensaban que se debía al alzhéimer o a problemas con su memoria.</p>
<p>­           Nada más lejos de la realidad.</p>
<p>­           Por mucho que tomasen complejos vitamínicos o jalea real para potenciar su mente, no volverían jamás a recordar esos términos.</p>
<p>­           A un chico le afané la expresión <em>te quiero</em> y se declaró a su novia con un <em>yo amo a ti</em>. Y ella, lo abandonó por analfabeto.</p>
<p>­           A un señor le hurté la palabra <em>hacienda</em>. Ahora, cuando acudía a presentar anualmente su declaración decía a sus familiares y amigos que iba a <em>somos todos</em>.</p>
<p>­           Lo peor le ocurrió a un poeta cuando le sustraje las metáforas. Enseguida, sus poemarios se llenaron de sustantivos a los que les faltaba fuerza. La crítica fue dura. Pronto, dejó de vender sus obras y terminó de albañil componiendo estrofas de ladrillos y poemas de casas adosadas con una hipoteca. Se ahorcó del forjado de una viga, un día triste de noviembre.</p>
<p>­           Mis compradores eran principalmente aprendices, escritores amateurs a los que el folio en blanco, la falta de talento o la escasez creativa les devoraba en sus hogares cada noche. En su afán de ser alguien en el mundo de las letras, recurrían a cualquier método fraudulento que les pusiera en bandeja la fama, el acceso al mundo editorial y, por supuesto, montañas de dinero.</p>
<p>­           Mi negocio también nutría a futuros literatos que buscaban la inspiración a base de nuevas palabras o ideas ajenas con las que pretendían dar vida a relatos y novelas. Además, había quienes deseaban mejorar el estilo y la calidad de sus creaciones. Aunque lo único que conseguían era enriquecer los textos.</p>
<p>­           Las tarifas solían variar en función del trabajo. Los verbos se cotizaban a cien euros, los adjetivos a sesenta y los sustantivos a veintitrés. Si la palabra resultaba difícil de sustraer, cobraba hasta cinco veces más.</p>
<p>­           A veces funcionaba por encargo. Si un aficionado se hallaba escribiendo una novela sobre el mundo de las drogas y necesitaba jerga de la calle, yo le abastecía. Me infiltraba en entornos marginales y me esforzaba en caer bien a delincuentes, proxenetas, meretrices y vagabundos. En unas noches les hurtaba “qué hay tron”, “hace un peta”, “tope guay”, “da buten” o “asin”. En alguna ocasión también me timaron. Pensaba que el tipo era culto; sin embargo, el término más refinado que sabía pronunciar correspondía a la palabra idiota.</p>
<p>­           Los escritores amanerados me pedían que les buscara cultismos, expresiones que ni siquiera aparecían en los diccionarios de la Real Academia. Entonces, me introducía de incógnito en los ambientes intelectuales junto a bohemios, artistas y eruditos del lenguaje. Pasaba desapercibido en esas tertulias, ya que no abría la boca y decía a todo que sí, sin tener la más remota idea de si una sinestesia utilizaba sentidos distintos para expresar un concepto o de si las frases que uno podía toparse en los urinarios públicos constituían un nuevo tipo de arte urbano.</p>
<p>­           Aprovechaba el instante de vuelta a casa y me abalanzaba sobre las víctimas como un tigre que arrincona a un lémur en un documental de La 2. El desdichado lloriqueaba, rogando clemencia. Incluso me pedía de rodillas que no me apoderase de tantos términos porque no deseaba convertirse en un ignorante. A un reconocido filósofo lo dejé casi en pelotas. Cuando me marché, su fluidez verbal correspondía a la de un niño de cuatro años. Lo más inteligente que llegó a decir desde entonces fue “mamá, caca”. Terminó internado en un centro para personas con deficiencias mentales. Muchos médicos diagnosticaron que el hombre se pasó de listo. ¡Qué ingenuos!</p>
<p>­           Los publicistas exigían eslóganes originales, frases con las que vender a la audiencia sus productos milagrosos. No era nada sencillo dar con un buen <em>claim</em>. Si el creativo pensaba comercializar un artículo de limpieza para el hogar, yo me introducía en la mente de las amas de casa buscando una frase genial. A veces, sólo sacaba serrín; otras, brillantes ideas para acabar con sus ex maridos. O me enteraba de las virguerías que hacían para que su amado esposo no se enterase de que estaban liadas con el vecino del quinto. Sin embargo, para dar con un buen texto era imprescindible indagar en el inconsciente hasta sacar algo valioso.</p>
<p>­           Los abogados representaban otro gremio que requería de mis habilidades. Siempre andaban a la caza de vocablos técnicos y palabrejas que descolocasen a sus adversarios. Tener una buena labia y gran fluidez lingüística podía significar la diferencia entre convencer al jurado o ver pudrirse a su cliente durante años en la trena.</p>
<p>­           A ciertos  políticos también les suministré palabras como “miembras”, “cuasi” o “niña”.</p>
<p>­           Algunos de mis clientes se volvían adictos y cada día reclamaban su chute de palabras con la intención de enriquecer sus escritos. Había instantes en que les entraba el mono y buscaban su dosis de términos en el mercado negro. Y compraban dosis adulteradas de palabras a las que faltaba alguna vocal o consonante. Así empobrecían sus historias, pero les servían para ir tirando hasta que encontraran otra cosa. En ocasiones se quejaban porque presentaban sus creaciones a concursos y nunca los premiaban. Algunas erratas o un término incompleto lastraban sus escritos.</p>
<p>­           Mi negocio florecía a pasos agigantados. Clientes de todo el país pedían mis servicios. Una noche, al llegar a casa, dos tipos me sorprendieron, me golpearon y me amarraron a una silla. Después durante horas empezaron a sustraerme términos. Enseguida toda la educación que había recibido en treinta y seis años se desvaneció en el aire como una estela de vapor. Me volví un zoquete que hablaba en indio, comiéndose artículos y preposiciones y sólo sabía decir “me se ha stropeao el carro”, “la fragoneta mal aparcada está” o “hambre yo tener”. Con semejante nivel cultural, nadie quería relacionarse conmigo ni solicitarme hurtar palabras. De modo que no tuve más remedio que olvidar el oficio de ladrón y dedicarme al pastoreo. Ahora hablo con las ovejas y estoy intentando aprender a comunicarme.</p>
<p>­           —¡Beeeee!</p>
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		<title>140- La decisión. Por Marquesa Fernández</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 19:12:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ramón P.G. siempre se habia sentido raro, en el Colegio, en las fiestas, en el club al que su madre le obligaba a ir cada sábado. A lo largo de su vida y a cada encuentro se confirmaba tortuosa y larvadamente su incómoda inferioridad. Por más que se esforzara, por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ramón P.G. siempre se habia sentido raro, en el Colegio, en las fiestas, en el club al que su madre le obligaba a ir cada sábado. A lo largo de su vida y a cada encuentro se confirmaba tortuosa y larvadamente su incómoda inferioridad. Por más que se esforzara, por alguna maldita razón, intuía que no se merecía estar entre los vivos, simplemente estar.<span id="more-977"></span></p>
<p>Ya era un hombre maduro y ya hacía muchos años que se dejaba llevar por la corriente como una estúpida ameba. ¿Vamos aquí? -Sí vamos. ¿Hacemos esto? –si si ¿Vienes hoy? -si voy; mientras, pasaron sin compasión los mejores años de su vida sin que haya podido decidir nada en verdad relevante. Su vida era una fluída corriente. Su sentido común,  sus esfuerzos, sus deseos, su trabajo, sus amistades, su familia, su todo se amalgamaba en la delgadez de su ser que ahora le resultaba vacío. Todo lo que le rodeaba existía exactamente del mismo modo en que podía no estar.</p>
<p>Estaba tan harto del mundo real y conciente que prefirió dejarse llevar a otra dimensión. Empezó a leer libros de espiritismo, de meditación, de viajes astrales, de magia, y luego terminó leyendose completamente la biblia, del Génesis al Apocalipsis. Era lo único que lo consolaba. Su verso preferido era:</p>
<p><em>“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora:</em></p>
<p><em>Tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado;</em></p>
<p><em>tiempo de matar y tiempo de sanar; tiempo de destruir y tiempo de construir;</em></p>
<p><em>tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de estar de duelo y tiempo de bailar;</em></p>
<p><em>tiempo de esparcir piedras y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar y tiempo de dejar de abrazar;</em></p>
<p><em>tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de arrojar;</em></p>
<p><em>tiempo de romper y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar;</em></p>
<p><em>tiempo de amar y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra y tiempo de paz.”</em></p>
<p>Lo escribía a mano en cualquier papelito que encontraba (el decía que era para ejercitar la memoria) y luego los usaba como índices de sus libros.</p>
<p>Pero por más que lo leyera y lo releyera, era consciente de que para él, el tiempo se estaba acabando.Ramón P.G. había tenido tiempo para curar pero no habia curado, habia tenido tiempo para buscar pero no habia buscado, tiempo para bailar pero no había bailado. Todo lo que él hizo fue <em>sin querer</em> y la peor sentencia es que éso que creyó no elegir, en el fondo lo había elegido, traicionando su inconsciente. Progresivamente esa sensación de insatisfacción permanente lo había llevado a un grave estado de dejadez. Sus familiares no terminaban de entender si Ramón P.G. era un cínico o un estúpido. Su familia lo toleraba cada vez menos, lo rechazaba. Pero ese repudio social no era más que un reflejo donde Ramón P.G. se lavaba la cara cada mañana.</p>
<p>A la vista de todos empeoraba cada día, él, en cambio, se sentía cada días más cerca de La Verdad. No sabía definir lo que era, pero la sensación era de superioridad. Cada día sus monólogos interiores eran más intensos; se podía pasar horas mirando un árbol, y lo que para otros era signo de locura, para él significaba no ser superficial y mediocre como siempre lo había sido.</p>
<p>Llegó a estar tan ensimismado que cuando su mujer le dijo que se fuera de casa, él ni siquiera reaccionó, ni un gesto, ni un sonido; mientras ella lo seguía con la mirada, horrorizada por su comportamiento, él agarró una bolsa de supermercado, puso un par de calzoncillos y el pijama de color azul con rayas que ella le había comprado en la tienda cutre del barrio. ¿O no fue así? ¿o fue él quien le dijo que mejor se iba para siempre? ¿acaso no fue ella quién le puso el pijama en la bolsa? No podía recordarlo y tampoco se esforzó en hacerlo. Los demás se interesan siempre en los detalles más morbosos sólo para juzgar, pero a Ramón P.G. ya no le hacía ningún efecto que los demás lo juzgaran. No paraba de pensar en lo mucho que le hubiese gustado irse cuando aún era joven, cuando aún tenía un cartucho de felicidad, cuando aún tenía los cabellos llenos de virilidad y negros de azabache, cuando aún podía decidir. Hay tiempo para tiempo para reír y tiempo construir y tiempo para … Ramón P.G. se sobresaltó al oir le ruido metálico de una puerta. &#8220;Ese es el hijo de puta del asesino&#8221; oyó decir. Tal vez esa había sido la única decisión de su vida.</p>
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		<title>139- Documento nº5 ó los marginados. Por JNG</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 19:08:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Documento nº5: encontrado en el cuaderno de trabajo del escritor implicado en el proceso. Me encanta mi trabajo joder. (01/05)   La distancia entre el pueblo y la ciudad no era grande, más bien se podía abarcar fácilmente con una sola mirada. Mi madre siempre había dicho que las palmas de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Documento nº5: encontrado en el cuaderno de trabajo del escritor implicado en el proceso. Me encanta mi trabajo joder. (01/05)</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>La distancia entre el pueblo y la ciudad no era grande, más bien se podía abarcar fácilmente con una sola mirada.<span id="more-973"></span> Mi madre siempre había dicho que las palmas de las manos definían el carácter de una persona, -¡ qué porquería! pensaba yo siempre, mi educación científica hacía valer su supremacía frente a conocimientos de índole supersiticioso. Yo era un verdadero descubrimiento en ese triste pueblo. Una extraña en territorio conocido, una emprendedora, una feminista, una radical.  </p>
<p>Yo era el faro para aquella gente. Era autodidácta.  </p>
<p>Si abría la palma de mi mano y buscaba algún tipo de información coherente sobre mi carácter bien podría perderme en ese entramado de líneas caprichosas que sólo viejas oscuras y encorvadas insistían en saber leer. Por el contrario prefería imaginarme el paisaje que me rodeaba reducido a mi poder y ver como esas líneas se transformaban en carreteras y esas carreteras en lazos de unión entre el pueblo y la ciudad. Entonces era una diosa poderosa capaz de aplastar mis miedos y frustraciones en un puño y golpear con él directamente sobre mi madre, o sobre otras niñas, esas niñas estúpidas ansiosas por experimentar la violencia.  </p>
<p>Yo era una radical, me hacía notar entre aquellos pobres marginados del conocimiento.  </p>
<p>El día que consiguiera cruzar esa pequeña frontera y encontrar a mis semejantes no iba a sentir nostalgia, ni mucho menos orgullo o respeto de mis orígenes. Pensaba dejarlo atrás, simplemente. Yo era una frustrada. Estaba resentida. No se me valoraba.  </p>
<p>Una noche mi ansiedad me empujó a saltar por la ventana y emprender la fuga. Lo hice. Qué temeraria. Qué valiente, qué superdotada. Abarqué la distancia con la mirada y decidí recorrerla volando. Entonces eché a correr, corrí y corrí durante toda la noche, exhausta, con la ilusión puesta en aquellas luces que brillaban relucientes a lo lejos, una bella Alejandría, una concentración de faros, la tierra prometida. Gritaba de puro placer, un placer desbordante. Gritaba y gemía. No pensaba volver a ser, nunca más, la princesa entre marginados&#8230;  </p>
<p>continuará  </p>
<p><strong>interesante adjuntar reflexiones del autor escritas en márgenes de forma un tanto caótica. Transcribo:  (02/05)</strong><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong><em>Nota</em></strong><em>; ¿Cómo hacer entender que nuestra heroína no es soberbia, ni cruel? ¿Cómo dotarle de toda la humanidad que para mí rebosa? ¿Cómo conseguir trasmitirlo? ¿Cómo? ¿Cómo? Simplemente es consciente de su superioridad de forma infantil. Porque es superior. Simplemente no se ha doblegado, aún, no le han obligado, aún, no es humilde, es cierto. La humildad es importante, muy importante, ¿y yo?, ¿acaso soy humilde?  ¿seré capaz de castigar a mi heroína? ¿conseguiré que resulte moral? ¿quiero que sea moral? quiero que viva y sea capaz de matar&#8230; Quiero que resulte atractiva</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
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		<title>138- La mujer que tiraba los libros por la noche. Por Duermevela</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jul 2011 19:01:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los de su marido. Tiraba los libros de su marido. Eso hacía cada noche. De forma inexorable. Como si aquel hecho fuera parte de una misión sagrada; un ritual. Algo parecido a una cruzada. Cada noche, cuando su marido dormía profundamente, ella se levantaba con la mayor cautela y a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los de su marido.</p>
<p>Tiraba los libros de su marido.</p>
<p>Eso hacía cada noche. De forma inexorable.<span id="more-966"></span></p>
<p>Como si aquel hecho fuera parte de una misión sagrada; un ritual.</p>
<p>Algo parecido a una cruzada.</p>
<p>Cada noche, cuando su marido dormía profundamente, ella se levantaba con la mayor cautela y a oscuras se acercaba a la biblioteca donde su marido acumulaba en un completo desorden miles de libros.</p>
<p>Escogía uno, al azar, y sin hacer el menor ruido salía a la terraza. Allí aspiraba profundamente el aire fresco de la noche.</p>
<p>Exceptuando la terraza aquel piso de cincuenta metros no contaba con muchos lujos ni, evidentemente, con mucho espacio. Aunque para ellos dos era suficiente, siempre que su marido no lo anegara de libros. Miles de libros.</p>
<p>La terraza daba a la parte trasera del edificio, a una calle poco transitada.</p>
<p>Ella miraba el título del libro y trataba de retenerlo en la memoria al menos durante aquella noche. Después lo arrojaba al vacío.</p>
<p>El libro quedaba suspendido en el aire una fracción de segundo, como si fuera a volar, sus páginas blancas se abrían como las alas de una paloma. Pero se cerraban sobre sí mismas y caía pesadamente hasta la calle.</p>
<p>Allí alguien lo encontraría, quizás, o se lo llevarían los barrenderos.</p>
<p>Esto que a simple vista podía parecer una manía sin más, no era tal; tenía un por qué. Tenía una explicación más o menos sensata. Al menos para ella. </p>
<p>A su marido le habían prejubilado.</p>
<p>Esa cosa terrible que te aparta de tu trabajo en una edad fronteriza en la que eres demasiado joven para no hacer nada y en la que alguien ha decidido que eres demasiado mayor para seguir trabajando. </p>
<p>El hombre, como tantos otros jubilados, no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Cada mañana salía de su casa y se recorría medo Madrid, visitando librerías de viejo y los lugares donde vendieran cualquier clase de libros usados.</p>
<p>Y cada día, a la hora de comer, regresaba a casa con un nuevo libro  bajo el brazo. Un nuevo libro viejo que dejaba amontonado en su biblioteca y que nunca ¡jamás! leía. </p>
<p>Todos sus amigos y conocidos le tenían por un enconado lector, y quienes le vendían los libros pensaban de él que era un gran aficionado a la lectura.</p>
<p>No era así.</p>
<p>Él solo amaba a los libros como objetos. Era lo que había hecho durante toda su vida; cuidarlos, catalogarlos, prestarlos…Sin embargo apenas leía alguno. Prefería leer periódicos y revistas de actualidad. Nunca soporto las novelas, menos aún la poesía y los relatos le parecían infantiles.</p>
<p>Pero amaba los libros.</p>
<p>Ahora, con esa sensación de sentirse prematuramente inútil y con la ansiedad que le empujaba cada día un poco más, <em>con otra una vuelta de tuerca,</em> al abismo de la depresión, ni siquiera se molestaba en ordenarlos; los dejaba allí, de cualquier manera, abandonados sobre cualquier estante o en cualquier lugar. Ni siquiera se daba cuenta de que su mujer tiraba los libros en la misma medida que él los traía. </p>
<p>Una noche, mientras ella estaba en la terraza lanzando al vacío uno más de aquellos libros, su marido murió. Murió en la cama. Sin un suspiro. Sin un ruido.</p>
<p>Ella no se dio ni cuenta y sin la más mínima inquietud volvió a acostarse a su lado.</p>
<p>Fue por la mañana, cuando ella le llamó para desayunar y él no se levantó al olor del café, cuando se percató de lo que había sucedido. </p>
<p>Días después, cuanto todo había pasado y el entierro, los pésames y trámites obligatorios, no eran ya más que obstáculos solventados, llegó la soledad.</p>
<p>Y con la soledad la tristeza y la añoranza. Y el ser consciente de que enfrente solo le esperaba un futuro lleno de vacíos</p>
<p>Una mañana larga y gris y por algo más insano que simple curiosidad, contó los libros que atesoraba su difunto marido en aquella desordenada biblioteca: mil ochocientos veinticinco.</p>
<p>No eran tantos…mil ochocientos veinticinco.</p>
<p>Amontonados y en desorden parecían muchos más.</p>
<p>Calculando un libro diario sumaban exactamente…cinco años.</p>
<p>Cinco años de vida.</p>
<p>Eso es lo que había decidido vivir.</p>
<p>Cinco años.</p>
<p>Después se reuniría con su marido.</p>
<p>Así noche tras noche durante aquellos años ella salió invariablemente a la terraza con un libro en las manos y como si aquel acto fuera un ritual, una misión sagrada, lo arrojaba al vacío.</p>
<p>El libro abría sus páginas blancas como si fueran las alas de una paloma, y por unos momentos parecía que fuese a volar, pero no era así. Como siempre las páginas se cerraban sobre sí mismas y el libro caía sobre la acera con un ruido sordo que, en mitad de la noche, no conseguía despertar a nadie…</p>
<p>Mil ochocientos veinticinco.</p>
<p>Aquel era el último libro.</p>
<p>Miró el título para intentar recordarlo al menos durante aquella noche, o durante el resto de su vida.</p>
<p>Y es que, aquella noche, no soltó el libro de sus manos. Ni siquiera lo soltó cuando sus ojos se abrieron como si fueran las alas de una paloma, como si fuera a volar.</p>
<p>No lo soltó cuando su cuerpo cayó sobre la acera con un ruido sordo que, en mitad de la noche, no consiguió despertar a nadie.</p>
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		<title>137- El cocherón de Baudilio. Por Kobver</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 23:58:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[No podía creer lo que su primo le estaba anunciando. Su primo carnal, a fin de cuentas. El pánico se adueñó de sus pensamientos, no estarás hablando en serio, ¿verdad?, se sintió perdido, desconcentrado. ¿Qué iba a ser de él si únicamente había aprendido a manejar el proyector? Huérfano. Si él [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No podía creer lo que su primo le estaba anunciando. Su primo carnal, a fin de cuentas. El pánico se adueñó de sus pensamientos, no estarás hablando en serio, ¿verdad?, se sintió perdido, desconcentrado. ¿Qué iba a ser de él si únicamente había aprendido a manejar el proyector? Huérfano.<span id="more-961"></span> Si él sólo entendía de cine, si no sabía de nada más. Si las películas son toda mi vida. Al parecer, no había vuelta atrás: su primo había decidido destinar el cocherón a otros menesteres más provechosos y a Baudilio le resultaba imposible dar crédito a lo que sus oídos escuchaban. Su primo carnal, para mayor tragedia. Triste. Los pases dejaban poco margen, por lo visto. Y menos en esta ciudad de pobretones, más preocupados siempre por sobrevivir que de soñar. A Madre le habría gustado presenciar este momento, pensó Baudilio con amargura. ¿Cómo podré ganarme ahora la vida si en los últimos treinta años no he hecho otra cosa que estar pegado al proyector y no quitar ojo de la pantalla? Y dejar volar la imaginación, por encima de todo.</p>
<p>El primo de Baudilio quería probar suerte con algún negocio que fuera más rentable para poder jubilarse con cuatro duros en el bolsillo, cuatro duros que no les extraía a los pases de las películas, programa doble los domingos, a las tres y a las seis. A pesar de que Baudilio no demandaba casi nada. Le era suficiente con estar mantenido, simplemente pedía eso. Además de la libertad para escoger los títulos que se proyectaban, claro. Si bien por atender la taquilla y hacer de acomodador también me saco unas pesetillas con las propinas. Magras, pero propinas al fin y al cabo. Que para algo soy yo el que tiene que poner y quitar las sillas todos los santos días. Nada, en realidad, bien mirado.</p>
<p>Mientras amontonaba y recogía las banquetas de madera –duras como piedras, pulidas por el uso-, a Baudilio siempre le invadía la misma obsesión: a él le habría encantado emular a los héroes del cine negro, ésos que nada más entrar en un bar de dudosa reputación –un velo de humo en suspensión difuminando los rostros de los presentes- saludan a los compadres con un inapreciable arqueo de ceja (o, a lo más, asiendo el ala desgastada de su sombrero) y sin necesidad de pronunciar palabra alguna, ésos a quienes el encargado conoce por su nombre y les conduce a una mesita que espera vacía al fondo del establecimiento, por supuesto en penumbra y por supuesto alejada del bullicio que montan los actores de reparto, ésos a los que sirven lo de siempre sin tener que pedirlo. Quién pudiera comportarse de esa forma, pensaba Baudilio justo antes de que se desvaneciera la imagen fraguada dentro de su mente, ojalá fuera yo uno de ellos.</p>
<p>Tales iconos del cine eran los que habitaban las ensoñaciones de Baudilio. Personajes ideales, sin miedos ni dudas, que daban sentido a un mundo perfecto de fantasía. Los que Madre desde niño intentó sacarle de la cabeza por todos los medios. Los que por desgracia sé que nunca lograré encarnar. Cuyas ficticias vidas de libreto se insinuaban más apetecibles de ser vividas que la solitaria existencia de un cincuentón corto de vista, tímido y sonriente. Porque decía que le tenían sorbido el seso y le habían robado la juventud. Porque no conozco ni un solo bar de dudosa reputación cerca del cocherón y el alcohol me provoca acidez de estómago. A quienes culpaba absurdamente por haberla privado de convertirse en abuela. Y mucho menos me conocen por mi nombre, a mí, que siempre me he encargado de ocultado. Sin reparar en lo dichoso que se sentía Baudilio parapetado en su puesto, escuchando el ronquido familiar de la vieja maquinaria en funcionamiento, comprobando el mágico fluir de sus escenas preferidas. Incesante. Gracias a Dios. Infinito. Sin necesidad de salir a la calle, tan sólo para recoger las sillas. Viviendo sin miedos ni dudas –él también- al menos durante sus cien minutos de metraje. Maravilloso.</p>
<p>Ella me quería mucho. Baudilio evoca un recuerdo dulce, agradable, lejano. La memoria de una gratitud en la que siempre persistía algún recodo en tinieblas. Aunque Madre estaba equivocada, admitió Baudilio. Ella nunca entendió que apartarle del cocherón habría supuesto condenarle a la desdicha y él nunca supo interpretar que sus desvelos encarnaban la decisión de quererle a su manera. A su pequeño. A su único hijo. Al que debería haberla dado una nietecita. En lugar de a la manera de Baudilio, que consistía en imaginar que había sido bautizado con otro nombre. Un nombre apropiado para un galán de película en blanco y negro: exactamente la clase de hombre sin pasado ni futuro –ni ataduras de clase alguna- que sabe cómo tratar a la bella protagonista; que domina la técnica de mascullar monosílabos en un idioma extranjero al tiempo que fuma displicente –el centelleo de la lumbre horadando la oscuridad- un cigarrillo apenas colgado de los labios; que se asoma al mundo desde el refugio de sus gafas de cristales ahumados con un escepticismo que le brota de las entrañas. Algo inalcanzable -alguien inalcanzable, en realidad- para quien no se llamaba Mike ni John sino Baudilio, no es lo mismo, suena diferente, con este nombre no se va a ninguna parte (aunque Madre le había insistido una y otra vez en que hacía de él algo especial, Baudilio nunca acertó de pequeño a descifrar si cargar con ese nombre constituía lo mejor o lo peor que le había sucedido en su vida; cuando creció, despejó todas sus dudas con resignación). Para quien se ahogaba entre toses irreprimibles cada vez que aspiraba un poco de humo, la asfixia crónica debe de ser una dolencia contra la que están inmunizados los guionistas de cine porque a ninguno se le ocurrió nunca atribuírsela al tipo duro que, justo antes de que comenzaran a desfilar los títulos de crédito, se quedaba –merecidamente, sin duda- con la chica. Para quien, en definitiva, portaba gruesas lentes de miope en lugar de gafas oscuras, inútiles por demás para trabajar en la semipenumbra del cuartito de proyecciones.</p>
<p>Baudilio no podía creer lo que su primo había hecho, la decisión que había tomado, la traición que había cometido. Se acabaron los pases. Me dejó sin mis rollos, sin mis pequeñas. Alquiló el cocherón a un feriante ambulante que deseaba instalarse en la ciudad. Sin mis héroes de cinemascope. Arrumbó todas las sillas en el antiguo vestidor de Madre, donde nadie había entrado en años. Obligó a Baudilio a recorrer las calles y preguntar en los comercios y revisar los anuncios por palabras en busca de un trabajo que no quería. Sin mis sesiones dobles del domingo ni mis propinas ni mis finales conocidos de memoria y mil veces vistos. Su primo carnal, sí, su primo carnal. Por primera vez Baudilio se vio en la necesidad de decidir por sí mismo para intentar acomodar su universo de fotogramas detenidos en el tiempo (benditas heroínas rubias que nunca envejecían) a un mundo consumido por las prisas. En el que los acontecimientos no obedecían a un guión afinado con esmero de orfebre ni nadie aseguraba un desenlace con laurel para el valiente y plomo para el traidor. Baudilio se sentía descentrado, Baudilio había dejado de poseer el control: inesperadamente Baudilio hubo de enfrentarse a una vida que desconocía. Y que descubrió que no comprendía. Y tampoco le gustaba.</p>
<p>Por fortuna para él, el azar fue esquivo con el primo de Baudilio. El feriante generó mayores problemas que ingresos, y eran más los meses en que no percibía la renta que los que lograba cobrar algo. Transcurrido apenas un año, Baudilio consiguió convencer a su primo y el cine regresó al cocherón, pues al menos no le provocaba quebraderos de cabeza porque yo me encargaba de todo. Y los pases siempre dejaban algún beneficio, por modesto que fuera, eso sí.</p>
<p>Pocos días después, el orden regía de nuevo la vida de Baudilio y éste había recuperado su metódica rutina de pasión y seguridad, aventuras y certidumbre. Seleccionar los títulos. Colocar las sillas. Afinar el proyector. Quedarse extasiado ante el paredón de cal que hacía las veces de pantalla. Recogerlas. Baudilio se afanaba en cumplir a la perfección todas las tareas que las proyecciones del cocherón exigían, y pensaba. Procuraba no distraerse ni dejar nada a medias ni confiar en la improvisación ni retrasarse en sus horarios, y pensaba. Pensaba interminablemente, dolorosamente, que he estado tan ciego como Madre. Desde el primer día. Siempre.</p>
<p>Toda su vida Baudilio había estado convencido de que nada habría querido más que poder compartir pantalla con sus ídolos de celuloide, ser como ellos, uno de ellos, y al cabo de los años descubro ahora que estaba por completo equivocado porque además no sabría ni qué hacer ni cómo comportarme dentro de una película. Baudilio comprendió con sorpresa que la verdadera felicidad la experimentaba simplemente soñando ser una estrella, viviendo esas vidas de superproducción, metiéndose en su piel como espectador pero sin abandonar la invulnerabilidad del cuartito de proyecciones, porque yo no he nacido para ser protagonista –no con este nombre que tengo- sino tan sólo para imaginar que lo soy. Nunca más dudas. E imaginarlo siendo Baudilio, el del cocherón. ¿Cuándo miedo, a partir de ahora? Desear ser mejor que ser. Después de todo, superada con creces la mitad de su existencia, Baudilio hizo mentalmente las paces con su madre: los pases son todo mi mundo, eso es innegociable, pero quizás no resulte tan grave llamarme así.</p>
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		<title>136- Dependiente. Por Enfuria</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 23:30:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el hastío de la desidia, sin un solo atisbo de aliento, me pongo a tus pies, para recordarte cada día el número de la llave que tiene mi celda. Si quieres me espero, aquí parada sin hacer nada, simulando que no entiendo tu lenguaje, con el único fin de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el hastío de la desidia, sin un solo atisbo de aliento, me pongo a tus pies, para recordarte cada día el número de la llave que tiene mi celda. Si quieres me espero, aquí parada sin hacer nada, simulando que no entiendo tu lenguaje, con el único fin de pasar de ser un número a una letra. ¿No hay una sola canción que me lleve a ti? No hay un viento tan fuerte que empuje a tu espalda, para convertirme al menos en tu lastre, en tu carga, en tu caspa.<span id="more-956"></span></p>
<p>Me cuesta tanto darme cuenta, del tiempo perdido, de las dudas que has dejado incipientes en mi mente. Ya no queda nada en este espacio, solo el silencio llena los rincones, y las voces de fondo no se oyen. Tu indiferencia, afilada y gélida me abrió las sienes, segmentó mis sesos y los arrancó, para esparcirlos luego a los animales rapaces. Ya no hay suspiros ni preguntas indelebles, nimiedades hirientes que al menos me hacen soportar la exigencia de seguir viviendo, al menos a través de lamentos descuidados. Ya he perdido la noción de conciencia y se me olvidó respirar. No hay olor, perdí el olfato, creyéndome capaz de adivinar los perfumes que se apuntaban sobre mí sin sentirlos. No queda oxígeno, solo hay gases que oprimen mi respiración dejándome sin pensar que me ha faltado para recompensar tu desidia. Ya no tengo estrategias para responder a tus desprecios, y llamar tu atención sin sonidos. Hoy no ha muerto todavía ayer, sigue intermitente queriendo desaparecer sin hacerlo, dejando de ser gris y sin poder ser oscuro o incoloro. Ya no hay más que sombras que me siguen persiguiendo con los recuerdos punzantes que un día creía que habían desaparecido, pero que siguen vivos, ambulando como ánimas desesperadas, regalándome insultos, que me sirvan de diadema.</p>
<p>Hoy eres un cuento imaginario, una torre de arena construida y destruida por las mismas manos. La música vuelve a destruirme el corazón pasándome por encima como una aplanadora. Ya  no tenemos espacios compartidos, ni si quiera hay espacios distendidos. Hemos despegado del cemento, y ahora no hay masilla que nos obligue a permanecer de pié. Somos un recuerdo perdido, una insulsa canción que se queda sin letras. Y ahora estamos deseando no vernos, no cruzarnos las miradas, no sentir el agobio de agobiarnos. Hemos despreciado este mundo en que vivimos, acercándonos a otro para el que ya no nos queda energía.</p>
<p>No sé quien eres. No sé si a quien tantas veces pregunté, se ha extirpado el iris de su mirada, porque ahora no me ve, no me mira no me siente. No sé quién fuiste, porque las dudas han borrado las imágenes, y ya no me quedan otras sino las nuevas. No consigo ver las sonrisas de tu rostro, parece que  nunca han existido, solo existe hastío, y desprecio insonoro. No se quien soy porque he dejado de existir, desde la primera caída, cuando tus labios han buscado y encontrado a otros labios en las noches, sin rozar si quiera los míos. No sé quien soy, porque ya no respiro como lo hacia antes, he dejado de tener olor, sin saber muy bien en qué me he convertido. Ahora me he entregado al desprecio humano de no mirarme en los reflejos de los silencios que me dejaste. No se quién seré, si no puedo ser el animal que es abandonado y apaleado por su dueño. Me he quedado dormido, en un charco de barro que tú me dejaste. He querido morirme  cincuenta veces y no he podido, solo he absorbido tu detestable juicio, y lo he convertido en mi credo. He sentido el martillo de tus palabras día tras día, sin ni siquiera recordar mi piel ensombrecida.</p>
<p>Hoy he perdido la visión, y no se ha ido de mí lentamente, sino al instante. Me convertí en invidente por decisión propia, y no he tenido valor para arrancarme los ojos y tirarlos al río, me creía mas capacitado para la autodestrucción, pero he decidido pegármelos para no verte, cosiéndome las pestañas, cada vez que se me acerca tu figura.</p>
<p>Dios ha sido tan cruel como suele serlo, me ha empujado a encontrarte, sin llamarse destino, y me ha engañado haciéndome ver la corrección de ese encuentro. Me ha obligado a prescindir de las personas que algo me han querido, porque yo no he sabido más que mirar por un agujero que tenia tu nombre. El me ha negado tres veces, antes de que yo lo hiciera por el. La parábola no se ha cumplido. Él, ha sido mi “judas” y me ha traicionado, porque te puso en mi camino, de nuevo, obligándome a tenerte. Me ha obligado a necesitarte cuando ya te habías ido, antes de que si quiera llegaras. Dios ha dejado de llevar mayúsculas, como me han enseñado, porque me ha visto caer al suelo tantas veces y ni una sola me ha levantado, ni siquiera cuando le rogué tantas veces, que me quitara de en medio, para que pase a desear, sin intenciones, tu muerte, cada día que ha pasado desde tu partida.</p>
<p>He sentido la soledad, que se ha convertido en la dueña de la llave de la cárcel en la que vivo, dándome solo paredes, humedad y silencio. Los lugares que ocupaste aún quedan intactos, porque he apaciguado cada uno de los gritos que salieron aquella vez que no volviste.</p>
<p>He esperado varado en un teléfono si la voz que saliera detrás de cada llamada fuera la tuya, perdiendo cada vez más  el condicionamiento al que me sometió tu estancia, cuando al día era mas de treinta veces las que sonaba, ya aparecía escrito tu nombre en la pantalla.</p>
<p>Siento la necesidad de despedirme, quiero deshacerme de tu recuerdo, y observo con deseo los objetos punzantes. Tú me has llevado a adorar los elementos afilados. He aprendido a odiar a la cantante que más te gustaba, el perfume que más querías y el lugar que más ansiabas. Ahora todo ello esta asociado con el dolor, y me duele cuando lo veo, lo huelo, o lo siento de cerca.</p>
<p>Aún no he terminado, me muero, sin morirme, porque aún respiro, aunque no quiera. O tal vez, ya haya muerto, pero aún te oigo. No puede ser éste el infierno, porque no he tenido oportunidad para elegirlo. He roto los lazos con mi familia, y soy antisocialmente asocial desde que te he conocido. Pero ahora solo existe el silencio, me quedo sin palabras porque me las tragué todas, y me hice dependiente del deseo del cáncer de tu voz.</p>
<p>Ahora, soy el recuerdo de un desencuentro, que el destino me empuja a seguir pronunciando. Vivo sin vida desesperada por los esputos que me producen tu indiferencia, tu gélida y afilada indiferencia, que me desgarra convirtiendo en sangre mi único alimento del día. Soy quien tú quieres que sea, me arrastro para llegar a serlo, y cuando llego a tus pies, consigo mi dignidad deslizante, porque dejé de ser humana desde hace tiempo.</p>
<p>Ya no puedo respirar sin levantar del suelo mis pies, y soy la esclava de cada día. No conozco el credo de tu nombre, porque  al instante deja de ser quien yo que creía que eras, y me miento fingiendo una felicidad desfavorecida. Soy el animal que se queda en la casa esperando los golpes reiterados de su dueña. Y soy dependiente de que no me mires a la cara cuando hablas. Dependiente de que no pienses en mí ni un instante. Dependiente de tu constante desprecio. Dependiente de tus inhumanas miradas. Dependiente del dolor, que tantas veces he confundido con deseo. Dependiente de tu rechazo a mi aliento. Dependiente del iceberg de tus labios. Soy la dependiente de ti. Y espero, sin sueños espero a que alguno de tus días esperes que esté.</p>
<p>Ahora te vas, y me dejas, descuartizando mis últimos alientos. Te vas y te llevas tu olor, que  impregnó cada rincón de esta casa.</p>
<p>Aquí tienes mis vísceras para que se las entregues a los animales rapaces. Ya no hay más palabras regaladas. Aquí solo queda humo. Ya el incendio se ha apagado. No hay más que aire congelado.</p>
<p>Dime dónde se bañan ahora tus sueños, y dónde has perdido tu ropa. Dime qué sientes por dentro, cuando un cuerpo que no es el mío, te acaricia y te toca. Mírame y dime si sabes hablar del puñal que se siente cuando alguien deja de contar contigo.</p>
<p>Te vas y me niegas la necesidad de despertar cada día. Te vas y te llevas la única persona que yo era, dejándome un despojo de otra que no respira, que no habla, que no siente, que no llora, que no suspira.</p>
<p>Te vas, te vas y te vas. Y me dejas muda, desnuda, y muerta.</p>
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		<title>135- Sólo quiero cantar. Por Amaranta K.</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 23:26:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mi médico me recomendó que leyera mientras viajaba en tren. A mí no me gusta leer, pero como tengo que viajar desde Bilbao hasta Málaga, me he armado con un libro tan largo como el viaje que me espera: el Ulises de Joyce.  El tren se pone en marcha con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi médico me recomendó que leyera mientras viajaba en tren. A mí no me gusta leer, pero como tengo que viajar desde Bilbao hasta Málaga, me he armado con un libro tan largo como el viaje que me espera: el Ulises de Joyce.<span id="more-951"></span> </p>
<p>El tren se pone en marcha con mi vagón casi vacío, apenas una mujer y su hija, y yo que me siento enfrente. Abro el Ulises. Empiezo bien, resuelto a cumplir con la tarea que se me ha encomendado, pero pronto mi atención se dispersa. El traqueteo del tren me resulta tan poderosamente rítmico que no puedo pasar de la página treinta. Dejo el libro a un lado porque a mí no me gusta leer. A mí lo que me gusta es cantar. </p>
<p>Es difícil no cantar cuando se escucha tanta música en la cabeza. Un día normal me levanto con el dum-dubi-dum-dubi-dum-dum-dum de Nancy Sinatra y me acuesto con los acordes del Fisherman’s Blues de The Waterboys. Se me quedan en la cabeza todas las canciones que escucho por la radio, aparecen de repente, sin saber de dónde vienen, otras que hacía años que no escuchaba y de vez en cuando compongo mentalmente mis propias melodías. </p>
<p>Mi médico dice que debería reprimirme en público, por eso comienzo a tararear tímidamente, pero una vez que he traspasado esa pequeña barrera, ya no puedo dejar de cantar. Mi tono sube a la vez que mi entusiasmo. Me siento cada vez más y más emocionado y pronto me encuentro dando mi particular concierto en el vagón del tren. Sé que en los círculos de música experimental valoran mis creaciones, pero no dejo de percibir asombro o malestar cuando salgo de ese contexto. </p>
<p>La mujer no es una excepción y noto que se empieza a sentir incómoda. Agarra a su hija del brazo y se queda algo desorientada, sin decir nada. A la niña parece que le agrada y me sonríe. Sigo cantando porque es maravilloso. Mientras, llegan más pasajeros al vagón. En un principio ríen, pero al cabo de un rato, me piden que me calle. Como no accedo a sus peticiones, llaman al revisor:</p>
<p>-¿Está usted loco? ¿No ve que molesta? No cante, ¡lea! –me dice señalando el Ulises. </p>
<p>A mí me gusta cantar en alto y saltar de baldosa en baldosa sin pisar las líneas que inundan las calles, pero mi médico me ha recomendado que no cante en público y que pise indistintamente las líneas y las superficies lisas de las aceras. Y parece que todo el mundo le da la razón sobre lo que yo debería hacer. Por eso trato de no exteriorizar más mi impulso musical durante el resto del viaje. </p>
<p>Cae la noche y la niña está tan aburrida que se pone a golpear insistentemente una pelota contra el cristal. Su madre se ha quedado dormida y está roncando. Me parece que forman una orquesta extraordinaria. Sin embargo, los demás pasajeros no parecen compartir mi alegría y comentan que así no se puede dormir. </p>
<p>Me pregunto si la madre tendrá un médico que le diga que no debería roncar en público y si a la niña le asignarán un revisor que le diga que no debería jugar, sino dibujar, siempre que sea dentro de los estrictos límites de un cuaderno.</p>
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		<title>134- Supervivencia animal. Por La tortuga azul</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 10:16:53 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Nada en el mundo la hubiera podido hacer cambiar de idea cuando, aun siendo joven, decidió divorciarse. Pensaba que le quedaba mucho camino por recorrer y que sería mejor hacerlo acompañada por otro hombre que llenara su vida más que aquel a quien Ella había amado conmovida por un solapado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Nada en el mundo la hubiera podido hacer cambiar de idea cuando, aun siendo joven, decidió divorciarse. Pensaba que le quedaba mucho camino por recorrer y que sería mejor hacerlo acompañada por otro hombre que llenara su vida más que aquel a quien Ella había amado conmovida por un solapado chantaje emocional que tardó tiempo en descubrir. <span id="more-946"></span>Era guapa, atractiva,… Ella lo sabía, pero más que como guapa, Ella se hubiera definido como sensual. Nunca fue “una gran cosa”, “nunca tuvo un cuerpo súper diez”, siempre se había preocupado por su figura y por su aspecto, pero “nunca había ido a un gimnasio, ni había trabajado su físico”, explotaba en bruto lo que la naturaleza le había dado. Con todo, era evidente que nadie podía discutirle su éxito con los hombres y eso le bastaba para no necesitar nada más, se sentía “triunfadora”.</p>
<p>El tiempo pasó y se cansó de compartir lechos acelerados y de vivir relaciones efímeras. Su belleza se fue solidificando y su lozanía de juventud se transformó en un claroscuro no muy identificado en su rostro. En su mente los recuerdos furtivos de un amor intenso, pasional, de los que a nivel de calle podríamos decir “tórridos”; un amor vivido años atrás con un hombre nada amigo de los compromisos, pero poco esquivo a las entregas desinteresadas de sus muchas “amigas” como Él las nombraba. Ella había olvidado su nombre, prefería no acumular recuerdos que pudieran pasarle facturas afectivas y desde el principio se había acostumbrado a reconocerlo como Él. Con este nombre figuraba en todas sus agendas personales y listas telefónicas.</p>
<p> Él también tenía ya cierta edad. Había conocido miles de lechos, muchos de ellos ofrecidos a la carta en una página de contactos de la red cibernética, a la que era asiduo y a la que “entraba” con mirada felina en muchísimos momentos del día, de la semana, del mes, del año, del…Se habría transformado en un cazador de almas femeninas anhelantes de cariño y esperanzas. Había aprendido a disparar al corazón de ellas con palabras estudiadas que intentaban parecerse a los sentimientos, pero que en el fondo eran frías, fórmulas sentimentales más próximas a desarrollos matemáticos que a frases pronunciadas con el corazón. A fuerza de oírse decir siempre las mismas palabras, los vocablos habían perdido el significado para él, se había transformado en mero significante.</p>
<p>En ninguno de los lechos visitados se sintió nunca cómodo; en ninguno de los corazones encontrados haya el calor que le sacara de su gélido refugio. Sus ojos verdes eran cada vez más felinos, más acechantes.  Se acostumbró a las relaciones de usar y tirar, rápidas, frívolas, intranscendentes,… casi siempre repetitivas y monótonas, pero vitales para él. Necesitaba de su sabia para seguir respirando, para seguir sintiéndose vivo.</p>
<p>Las mujeres disputaban, pero Él nunca pretendió retener a ninguna. Tras un matrimonio tormentoso y el nacimiento de una hija, se convirtió en un hombre distante de las mujeres, aunque siempre ligado a sus cuerpos. Él tampoco había ido nunca a un gimnasio. Su piel era morena, su cuerpo fibroso, su pelo cano, sus ojos… ¿Sus ojos?&#8230; Sus ojos siempre verdes. A Ella la volvió loca durante algunos años de su vida, aquellos años en los que la pasión convertía sus encuentros en pura brasa, en pasión incontenida. Abrazos, besos apresurados, cuerpos sudorosos y ardor. Dos cuerpos convertidos irremediablemente en brasa.</p>
<p>Cuando aquella tarde de sábado sonó el teléfono, Ella quedó sorprendida. Ya no recordaba el tiempo que hacía que aquel timbre estridente no rompía con su llanto la soledad  de la tarde de los sábados. Sintió un estremecimiento que le recordaba al asombro cuando al otro lado de la línea escuchó la voz de Él. No habían pasado los años. Era el mismo timbre de voz que la sobrecogía antaño cada vez que la escuchaba. Lo reconoció enseguida, pero pensó que Él se iba a dar cuenta de que había marcado un número equivocado y se disculparía para colgar el teléfono sin tiempo para decir nada. Pero no sucedió así. Él mismo le confirmó que había error alguno, pues Ella no había podido evitar preguntárselo. Todo estaba bien. Por lo fluido de la conversación y lo amigable que resultaba, hacía el efecto que hubieran hablado por última vez la tarde anterior. Él la invitó a cenar y ella se dejó seducir. No tardaron en crecer las rosas de la pasión, ni los lirios de la esperanza dentro de Ella. Suponía que Él también se había cansado de transitar por la vida y cansado de recorrer lechos se había decidido reposar en uno de ellos por un tiempo más prolongado, tal vez indefinido, con un poco de suerte… en el de Ella. La conversación le otorgaba la licencia de poder pensar así. Ella estaba cómoda. Ilusionada, nerviosa, frenética.</p>
<p>Los aromas del baño la envolvieron, los perfumes la embriagaron, los recuerdos se volvieron sensuales, libidinosos. La agujas del reloj la empujaban hacía la noche.</p>
<p>Se encontraron a la hora acordada. Ninguno de los dos faltó a su palabra con la hora acordada. Cenaron relajadamente. Bebieron saboreando las espumas de los alcoholes. Los vapores etílicos dieron paso a las confesiones más susurradas. Él habló de lo cansado que estaba de recorrer lechos miles. Ella no se pronunció al respecto pues pesaban en su discurso los valores tradicionales de la educación femenina. Las palabras de Él reafirmaban las esperanzas de Ella. Decidieron regresar a casa dando un paseo. La noche era cálida y tranquila. Nunca habían vivido demasiado lejos, el camino de regreso los acercaba a la casa de Ella. Qué hacer si Él insinuaba subir a tomar la última copa cuando llegaran al portal. Ella buscaba una respuesta a la situación para cuando se planteara, no quería parecer que lo estaba deseando, no quería darle a entender que había olvidado todos los desprecios que llegara a hacerle en tiempos pasados, no quería recordar que Él era hombre de mucho recorrido y de difícil estacionamiento. Mientras Él monologaba. A medida que se acercaban al portal de Ella los nervios crecían en los dos. Él bajaba más la voz, Ella se mostraba más nerviosa. Los ojos de Ella brillaban en una luz que la noche no era capaz de reflejar. Él se acercó a Ella y le habló casi al oído. Le hizo una proposición susurrada, imperceptible, desafiante, provocadora. Ella casi no podía escucharle, no por la cadencia de la voz, sino por los nervios que la atenazaban. El estómago parecía querer romperse, el corazón se le dilataba con la llegada de las palabras de Él. A cada nueva palabra, a cada nueva pregunta, a cada nueva proposición  formulada sin ningún tipo de decoro o de decencia,  Ella quería morirse, no podía soportarlo, el dolor era cada vez mayor. Él le hablaba de querer salir de la soledad, de querer renunciar a conocer más mujeres que no le condujeran a la NADA, en su mente estaba ahora la necesidad de iniciar una nueva etapa, enfocarla vida desde otro ángulo mucho más tranquilo y prometedor. Él le confesaba completamente entregado que tenía la necesidad de experimentar un nuevo tipo de relación, un nuevo tipo de amistad. Y entre susurros al oído le confesaba que necesitaba tener amigos varones para poder compartir aficiones, ir de fiesta o al futbol, ir a cenar, a conocer gente,… Su reconocida afición por las mujeres le había impedido cultivar el terreno de la amistad masculina desde siempre y su natural timidez también había contribuido a ello. Él siempre había envidiado a los hombres que salían en grupo, que hacían peña, que se reían y divertían en los bares, en las discotecas, en los restaurantes,… aquellos que hablaban de motos, que montaban en moto y que iban a los circuitos a ver carreras de motos y ahora a la edad que tenía y sin ninguna habilidad para cultivar las amistades masculinas no sabía qué hacer para llegar a tener un amigo, dos, varios o muchos de ellos. Él, mientras Ella se disponía a cruzar el portal que daba entrada al bloque de pisos donde vivía iba más allá en su estrambótica proposición y le pedía casi con tono de súplica que le acompañara a una fiesta de “singles” que  se celebraría en un conocido local de la ciudad próximamente; estaba seguro que yendo acompañado por Ella los hombres se iban a cercar en tanta cantidad que Él podría hablar con ellos de hombre a hombre con la intención de hacer nuevas amistades a partir de ahí.</p>
<p>A Ella le faltaban las fuerzas. Intentaba no escuchar, evadirse mentalmente. Sentía frío en medio de una noche cálida y agradable, casi sin brisa. Mientras Él refugiado en sus sueños de nuevas amistades seguía envuelto en la palabra. Ella buscó en su bolso la llave del portal. Mientras él hablaba, Ella abrió la puerta combinada en hierro y cristal. Entró sin realizar grandes movimientos, sigilosamente, casi deslizando el calzado sobre las baldosas de mármol rosado que tan bonito lucía con los reflejos de la luz artificial, pero no encendió la luz. Se movió sobre las baldosas casi por intuición, llevaba por la memoria del día a día, con paso firme en busca de la puerta del ascensor que se anunciaba abierta por la luz que nacía de su interior. La puerta cayó con suavidad. Él esperaba que Ella abriera de nuevo, que la puerta se le hubiera escapado de las manos sin querer y así poder recuperar su monólogo con Ella, concretar si le iba a ayudar en su nuevo proyecto. Él contaba con la ayuda de Ella. Tenía plena confianza en su amor incondicional.</p>
<p>Ella mientras, no quería que nada la sacara de aquel estado de semiinconsciencia. Miró hacia arriba para que la luz del ascensor le bañara el rostro. Tenía los ojos cerrados, la vista cansada por las horas de la noche. Lágrimas en el hígado, en los intestinos, en el estómago y en el corazón. Apretó con suavidad el botón de la séptima planta y la puerta se cerró sumiendo en la más profunda oscuridad el rellano de aquel inmenso y portal. En la calle la noche guardaba silencio y la luna ocultó sus brillos entre las opacas sedas  de las nubes.</p>
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		<title>133- Insomnia en Andresito. Por Fedorvelt</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 10:13:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Chirlanga, cójalo, por favor, coja rápido a ese perro guevon, que no ve que me robó la bicicleta. Marica, que hijueputa garulla. Ese malparido me las paga porque me las paga. Mucho pirobo, como me deja sin la harley. Hijueputa, corra mijo corra, pero con ganas a ver si lo agarra. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Chirlanga, cójalo, por favor, coja rápido a ese perro guevon, que no ve que me robó la bicicleta. Marica, que hijueputa garulla. Ese malparido me las paga porque me las paga. Mucho pirobo, como me deja sin la harley.<span id="more-940"></span> Hijueputa, corra mijo corra, pero con ganas a ver si lo agarra. Maldita sea, que yo ya no puedo correr más, parce, no ve es que no ve como me dejó esa gonorrea, no ve como me torció el brazo, parce. Perra vida y ahora yo que hago, sin la ciclita, para hacer los mandados a la tienda, que hago, que hago hijueputa. Esto si es mucha suerte tan burra la mía. Ayer con tenis rotos y hoy sin la motico. No y la muenda en la casa, que putería, que mierda y esa si no me la rebajan, que maricada no, yo también me voy a poner a robar, sin misericordia y sin nada de perdón. Y el Chirlanga que pesar que ni sabe para que mete pique. Eso pica más un ciego descalzo que este pobre chino. Eso es puro miedo lo que debe cargar, hace que mete vuelo, para que no le meta su buen calbazo, no pero que pecado con la mariposita. Por ahora mejor dejémoslo sano, para cuando vuelva más ensuciado, pues al fin de cabo a rabo, la puta culpa es mía, sí, la culpa es mía, maldita sea. Eso me pasa por ser tan confiado con esos choriñampiros. Y es que como me paso por entre en medio de esas ratas tan despacio como si esta ciudad fuera tranquila. Es que eso se le veía en la cara el hambre de meter el raponazo. Uy pero, no viene nadie, llegó el héroe del pueblo. Miren quien llegó, no, que pasó Chirlanguita, pero que pasó, bobo, no que iba a rescatar, la bici. Se me ranció antes de tiempo no peladito, ya qué, no diga nada mejor, ya, ya, chito, ya estamos bien empeñados y bien jodidos desde hace rato, usted si no sirve sino pa joderme, chino, no, quédese mejor calladito y más bien vámonos para la casa a ver si nos vuelven cascar con artas ganas de puños. Juemadre, que no siga jodiendo con lo del robo, cállese tonto marica, si no quiere que me desquite, pendejo. Yo no sé ahora nada, qué le vamos a decir al cucho, decirle la verdad y ya nomás pendejadas. Sabe que camine rápido para que la viejita me sobe el brazo. Es que me está doliendo resto, parce. Dios mio y que mamera de patoniada la que nos toca pegar hasta comuneros. Desde por aquí si que estamos muy lejos del barriesito querido. Pero espere, si nos metemos otra vez por el atajo, no nos demoramos tanto o no que nos rinde más por allí. Aguanta es meternos ya una trabada bien berraca, ñero, para calmar este desespero tan cabranozo, perro. Que gusto sería sacarse el moño y meterse de una vez el viaje lunático y devorarnos las bichas con ganas y fugarnos lentos de esta noche de la infortunia. Claro que no hay casi plata y esa es la que falta, primo. Virgen santísima, pero mire a esa peladita tan rica, que chimba de chimba, mire la pelada que va pasando por la otra calle. Pero dizque cuál es Chirlanga, pues cual va a ser, tonto, pues la del vestidito rojo. Está rebuena no cierto la chiquita como para comérsela hasta en un parque y para pelarla con ternura. Eso está bien listica para metérsela despacito y para luego dejarla toda preñadita, ricura. Bueno, pero desde hace rato, como que estamos fregados, con estas nenas tan visajosas. Pero para donde va primo va a cogerle las nalgas. Sigamos mejor por el callejón, pa llegar más rápido, deje a la monita sana. Hagámole mejor otra vez por allí, pues ya da la misma vaina, no cierto, cojamos ya por el caño de basura, sin mente. Demos pata por ahí bien rápido a ver que más nos resulta con este cochino día. Listo y entonces listo, Chirlanga, pase por ahí cerca por las piedras, pase por aquí, sin tocar los pañales, ni las latas oxidadas. Y esquive a ese perro muerto. Cruce por este pedazo, chino, no sea guevon, pase saltando largo, pero sin nada de miedos. Eso si vio que no fue mayor cosa. Salvados ahora sí y ahora a subir la loma como chinitas recién violadas. Vamos de dos en dos y van las dos guevitas de dos en dos. Quieto pana quieto, pare que me empezó otra vez el dolor, que hijueputa piedra, que dolor tan horrendo. Que pare, gueva, espere un momentico y estíreme el brazo de un solo tirón, que no me aguanto más esta puta vaina. Ahora estire, no lo dude, sí, listo, ya, pirobo, no, pirobo, no tan duro, que me está doliendo más duro. Deje así, deje así, mejor deme de tiempo y tomo aire, maldita sea. Espere un segundo y hágale ya sigamos ya por el potrero que ya no estamos tan lejos del barriesito. No y yo con este brazo jodido, no sirvo sino de estorbo, puerca sal sal no, Chirlanga. Esperemos mejor a ver que sigue pasando con estos otros sin amores tan paupérrimos. Bueno, chino, pero bueno, deje el saboteo, cual es la pendejada suya, que me saca la piedra y ahí sí, lo enciendo a pata, oyó. Más bien camínese pianito que por eso es que nos demoramos tanto en llegar a comuneros y ahí se me pone con quejambres. Hágale ahí pase por debajo del cerco sin poner tanto pereque. Eso si ve que no pasó nada y ahora me toca a mí y aguante el alambre más tiempo, que yo paso como más despacio. Sí, por fin ya pasamos el susto y como que estamos muy de cerca a la avenida central. Y sí, compa, casi que no llegamos con rabia, hasta por estos sectores de los calabozos tétricos. Chino y no lo pensemos dos veces, cierto, que dice, paguemos dos boletos por un pasaje, más en esa ganga, que viene llegando. Eso hágale y párela a ver si nos llevan barato en el buseto. Listo. Que sí nos lleva don choferiando. Listo. Subámonos por la puerta de atrás sin tanta cabriola. Ponernos con guevonadas, maldita sea, suben a un elefante verde, como no nos van a subir también a nosotros de callejeros, cierto, nosotros de pobres y de ofendidos. Páguese de ahí de un solo bajonazo, sin peliar con estas moneditas brillantes y pues sabe que mi chino, párchese después al lado mío, pero sin hacer mucha bulla. Malparido vejete y usted que me mira con esas ganas virulentas. Esta gurrupleta de que se cree que sabe que no sabe ni mierda. Eso y eso está bien perrito que no me mal carié más con su malparida cara verrugosa. Bueno y que pensamos ahora con esta cabeza fría. Como me arreglo el problema de la bici. Eso va a tocar asaltar al diván, el gomelito tiene arta platica; no veo ninguna otra solución, caerle a la mansión y pollo arreglado. Embarrada con el mansito, pero es que no hay más salidas a este delirio tan delirante. Y fuera de que en la casa, don papá faber, no se pusiera bravo, pero por una mísera de nada, se me pone berriondo y claro, cuando se pone a beber con terry, la vaina se pone peor. Definitivamente yo estoy refregado con este azar tan raro. Que chanda tan chanda, hermano, que de malas con esta vida tan sufrida. Mejor me echo un dormidita, antes de ponerme a frentear con los cuchos. Pero y ahora que pasó y que pasó, Chirlanga, déjeme descansar otro ratico bien vacanudo, que qué, qué por fin estamos ya cerca del comuneros, sí, pero que buena rebuena notica, por fin, una cosa salida de lo normal, para esta pesada pesadilla. Sabe, ñero, no nos freguemos más la vida y bajémonos en la esquina de la paisa. Eso Chirlanga, tírese de una buena vez contra el asfalto, porque con esta pinta de miserables, no hay más alternativas salvadoras. Pero hágale, tírese y bese la calle, sin más dudas. Y miércoles que dicha que casi que no llegamos al humilde barriesito. Mire y esa cosa nos pasa por estar parchados con otra gentuza errante. Pero que amor del amor, que dice la enamoradita, pero un hola para Andreita, salúdame al menos, como está usted de tan bonita, Patricia, siempre tú tan linda. Y sí, hermosilla, que sí, que si te queda bien esa blusita verde, así yo no sea del verde nacho. Pero de todos modos, me tramas mucho y mucho, mujer, eso sí te aclaro, nena, yo soy siempre soy del vinotino, patricia, siempre hago barra a los del oro. Más que viva el tolima carajo que nos vamos para la libertadores. Pero y que amor, no se me ponga brava, mejor para dónde va la patricia, que anda usted como tan bien arregladita y que no puedo negártelo, porque me dan artos celos, verla así tan divina. No y es que ni para que pregunto bobadas. Verdad que fijo se nos va charlar con ese gomelo del apartacho. Que embarrada y que depresiva. Sabe que mejor déjame con el corazón lagrimoso y mejor déjame con esta juventud rota. Más bien parcerito, vámonos ágiles a seguir sufriendo por entre los rincones de esta ciudad sin música, ida entre tantas ruinas. Adiós patricia y linda y que tengas mucha suerte entre las chistosas suertes. Chirlanguita y si ves como son las mujeres; te ilusionan con unos besos en las mejillas y luego ellas se van como frescas, abrazándose coquetas en los brazos de los amantes visajosos. Esto ya sí es el colmo del colmo sin el canto pijao. En fin y sin nada de fin, no hablemos más de la dolorosa, primo y primo, hablamos mejor de cómo hacemos, para conseguirnos, la otra bicicletica de lujo. Pero que qué Chirlanga, si está viendo lo que estoy viendo, maldita sea. Eso miren al Chómpiras, míralo al perro, tan tranquilo y tan diablo, montando en la harley. Eso ahí como va dando vueltas, tan rampante con esa risa tan maliciosa. Pero clarines pero como no me iba a dar cuenta de cuenta. Así con que me mandó a hacer la judía con los gamines del jordán, no pinchete, listo, chinchirrete, no pasa nada de ratonadas, chinglete, tranquilo que así va jugando a lo bien pútridos. Fresco que después arreglamos el juego con otras puñaladas más trásfugas o no bironocho. Y sabe qué, manito, fuímonos parcerito y fuímonos veloces de aquí, vamos para la casita de maderita, para hablar con la viejita, que necesito que me sobe el brazo, más allá pensamos como planeamos, otras cositas igual de bacanudas y pasadas. En definitiva, le digo una cosa, charñangas, pensando así yo mejor las cosas; presiento de que nos tocará contarle mañana, nuestra pena al franz wolker, quien dice ser escritor; parcero, si o no, contémole el chisme al poeta, para que de toda esta odisea, nos haga justicia y no la remate, entre unas noches con otras noches insomnes; claro que según lo que recuerdo; Chirlanga, pasa una vaina y es que para mí, el franz, incluso ya nos deberá estar recitando el cuentico o no que es así, mi ñanga, cierto, parcerito, no cierto que sí.</p>
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		<title>132- Tormenta de verano. Por Rosa de los vientos</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 10:08:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El cielo está gris, hace calor y el aire huele como a tormenta. Se siente la opresión del aire, ese ambiente cargado, esa sensación de que un rayo va a caer sobre la propia cabeza, se nota la maravilla de la fuerza de la Naturaleza gestándose en el viento y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El cielo está gris, hace calor y el aire huele como a tormenta. Se siente la opresión del aire, ese ambiente cargado, esa sensación de que un rayo va a caer sobre la propia cabeza, se nota la maravilla de la fuerza de la Naturaleza gestándose en el viento y se ven los nubarrones que ocultan, gradualmente, el Sol.<span id="more-935"></span></p>
<p>Empieza a tronar y el viento ha empezado a correr. Estoy en la calle y el bochorno me agobia, hace demasiado calor. Solo espero que empiece a llover pronto. La misma tierra emana calor, lo irradia, y me está haciendo casi pasarlo mal. La presión hace que mi respirar sea pesado.</p>
<p>La tierra está agrietada y quema, la siento retumbar con los truenos debajo de mi cuerpo tumbado. Sólo he salido por la lluvia y aquí no cae nada. Me empiezo a impacientar.</p>
<p>De lejos trae el viento el olor a tierra mojada. Cerca de mí juegan al balón unos niños mientras sus abuelas mantienen una animada cháchara en el banco. Su cloqueo constante rompe mi maravillada contemplación de la Naturaleza peor que mil martillos apisonadores, así que decido marcharme de allí. Pero su conversación sube de tono, es terrible, y por más que lo intento no logro alejarme de ella. Los truenos no logran ni siquiera competir con sus voces. Me rindo, y espero con resignación a que el esperado chaparrón las eche del parque.</p>
<p>Sin embargo, su charla no conoce fin. Sus oídos parecen atacados por una suerte de sordera que los gritos de los nietos y los truenos no hacen más que agravar. Sus gritos se me están metiendo en la cabeza, me están desquiciando. La tormenta sigue sin llegar.</p>
<p>Para mayor desgracia, a ellas se unen otras dos señoras. Comienzan a saludarse desde la distancia. Ahora sus voces son verdaderamente temibles, dignas de las profundidades de un abismo, más chirriantes según se van acercando más y más.</p>
<p>Creo que me vuelvo loco. Ya no oigo nada más que una continua y desordenada sucesión de sonidos nasales y guturales, risas cascadas y toses.</p>
<p>Ya estoy harto. Así no se puede disfrutar de una tormenta en condiciones. Voy a pedirles que se callen o se marchen. Me encamino hacia ellas, lenta pero decididamente, y no pienso echarme atrás si deciden enfrentarse a mí.</p>
<p>Cae una gota. Por fin empieza a llover. Caen dos. Caen más. En pocos segundos, cae una chaparrada. De repente, veo que las ancianas se levantan del banco como un resorte y llaman a los nietos chillando para llevárselos a casa. Me detengo a mitad de camino y pienso, satisfecho, que ya no tengo que discutir con nadie.</p>
<p>Pero la cosa resulta ser peor. Los niños llegan corriendo. Vienen hacia mí. No me están viendo. Vienen gritando y cubriéndose la cabeza ante el bombardeo de lluvia constante sobre su cabeza. No se detienen. Estoy entre ellos y sus abuelas.</p>
<p>Un paso más cerca.</p>
<p>Quisiera gritar, pero no puedo.</p>
<p>Están a punto de alcanzarme.</p>
<p>Intento huir, pero son infinitamente más rápidos que yo.</p>
<p>No han reparado en mí.</p>
<p>…</p>
<p>Se oye un chasquido y un niño levanta el pie del suelo con un agudo chillido de asco.</p>
<p>Triste, triste la vida (y más triste la muerte) de un caracol.</p>
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		<title>131- Una infancia feliz. Por Chuss</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 09:59:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[El tiempo se paró cuando llegamos a aquella isla, aunque nadie lo advirtió. Desde que pusimos un pie en ella supe que era mágica por algún motivo que por entonces se me escapaba. En cuanto conseguimos que el velero volviera a ser navegable decidimos partir de inmediato, emprender un viaje [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El tiempo se paró cuando llegamos a aquella isla, aunque nadie lo advirtió.</p>
<p>Desde que pusimos un pie en ella supe que era mágica por algún motivo que por entonces se me escapaba. En cuanto conseguimos que el velero volviera a ser navegable decidimos partir de inmediato, emprender un viaje de vuelta que, estábamos seguros, no podía ser tan desafortunado como el que nos había llevado hasta allí.<span id="more-930"></span></p>
<p>El peor parado había sido yo mismo. Un objeto muy pesado me cayó sobre la mano cuando intentábamos controlar el barco durante la terrible tormenta que nos sorprendió poco antes de recalar en esta playa. Me desmayé y enfermé. Por desgracia perdí el dedo meñique. Mis compañeros curaron mis heridas y cuidaron de mí. Finalmente, arribamos a esta isla desierta que ahora abandonábamos.</p>
<p>Zarpamos sin saber exactamente nuestro punto de partida, pero con mi herida casi cicatrizada, ilusiones renovadas y con nuestro flamante barco a punto de ser reestrenado.</p>
<p>Atrás dejábamos el sufrimiento por la dolorosa amputación de mi dedo, la frenética actividad de los días de la tormenta, las estúpidas peleas que nos enfrentaron en los aburridos días sin viento, y la alegría y excitación difícilmente contenida al comienzo de la aventura.</p>
<p>¿Dije atrás?</p>
<p>A bordo revivimos la pesadilla. Volví a tener fiebre y se reactivó mi infección. Pasé postrado y delirando los días en que mis amigos luchaban por controlar la nave, a merced de un temporal fatalmente idéntico al del viaje de ida.</p>
<p>Tras la tempestad llegó la calma y con ella, de nuevo, las peleas –la inactividad las propiciaba, como habíamos comprobado a la ida-. Además, discutíamos exactamente por las mismas cosas, con la misma pasión y acaloramiento, como si lo hiciéramos por primera vez. Inexplicablemente, la herida del dedo que tanto me había estado torturando dejó de molestarme. Pensé que era uno más de los extraños fenómenos que sólo parecían extrañarme a mí y resolví no comentarlo con mis compañeros, demasiado ocupados en reproducir fielmente cada acción, cada palabra, cada insulto que ya habían proferido. Ninguno se daba cuenta de que eso ya había ocurrido.</p>
<p>La calma chicha no detuvo el transcurrir del tiempo, que seguía soplando caprichosamente.</p>
<p>Presintiendo que se aproximaba el fin del viaje, nos embargó una euforia parecida a la que nos animó durante los primeros días de navegación. Olvidamos nuestras diferencias y volvimos a cantar las mismas canciones y a contar los mismos chistes que nos hicieron reír al principio del viaje. Brindamos otra vez por el feliz motivo que nos llevó a emprender esta fantástica odisea: todos habíamos terminado con éxito la carrera.</p>
<p>Deseé que al llegar algo me sorprendiera, pero no fue así.</p>
<p>Me encontré a María llorando en el muelle, representando la misma escena que yo tenía grabada en mi mente y que me había acompañado cada día, desde aquel en que nos dijimos adiós. Volvimos a casa en silencio, igual que cuando me fui. Me dio vértigo verla preparándome la maleta, empecinada en continuar la representación, sin hablarme, como la última noche. Yo sabía que me culpaba por dejarla sola y sólo ella presentía que a la vuelta nada sería igual.</p>
<p>O sí.</p>
<p>Quise desempacar y contarle nuestras desventuras, hablarle del descubrimiento de una isla que nunca aparecería en los mapas, pero mis músculos no me obedecieron. Al contrario, me llevaron a rodearla en un abrazo de despedida y a prometerle que nada iba a cambiar.</p>
<p>En los días que siguieron hablábamos del viaje como si no lo hubiéramos realizado. Mis amigos parecían haber olvidado todo. Pensé que se debía al trauma por las penalidades que habíamos vivido.</p>
<p>Observé sorprendido cómo mis primeras canas comenzaron a teñirse de negro.</p>
<p>A nadie más que a mí le extrañó que después de una maravillosa luna de miel con María, ella se fuera a vivir con sus padres otra vez.</p>
<p>Mis amigos, a los que cada día encontraba más jóvenes, planeaban una fantástica travesía en un velero que todavía no tenían pero al que ya habían puesto nombre.</p>
<p>Se llamaría Destiempo.</p>
<p>A su disparatada propuesta yo les contesté, acariciando compulsivamente mi dedo meñique, que no podíamos permitirnos ninguna escapada hasta que termináramos los estudios. En eso estuvieron todos de acuerdo y prometimos que sería nuestro viaje de fin de carrera. Empezamos a ahorrar ese mismo día.</p>
<p>¡Qué tiempos aquellos! ¡Y qué suerte la mía poder vivirlos de nuevo!</p>
<p>Ahora vivo atormentado porque me cruzo con María todas las tardes al salir del cole y no da muestras de conocerme. Cuando la veo llegar me separo de mis amigos, que fuman a escondidas, y me hago el encontradizo. Ella se ríe con sus amigas y me mira de reojo. No puedo dejar de mirarla mientras se aleja, con sus trenzas y su mochila, con su falda plisada y sus calcetines altos.</p>
<p>Creo que me he enamorado.</p>
<p>Hace tiempo descubrí que poseo este fantástico don: soy capaz de predecir el pasado.</p>
<p>Por fin mis padres me han llevado al psicólogo pues ellos no entienden lo que me pasa. Están muy confundidos y no me dejan hablar del tema delante de sus amistades, les incomoda un poco esta rareza mía. La verdad es que nunca aceptaron tener un hijo tan peculiar, quizá cuando sean más jóvenes lo vean de otra manera.</p>
<p>Mientras tanto, yo trato de llevarlo con naturalidad y no angustiarme por lo que me deparará el ayer. Al fin y al cabo, la mía fue una infancia feliz.</p>
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		<title>130- la conversación. Por Nerea Pérez</title>
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		<pubDate>Tue, 12 Jul 2011 09:53:45 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Después de hablar me sentí hambriento. Era inimaginable la gran cantidad de palabras que habían salido de mis labios, no podía calcularlas. Sentía que había estado hablando durante horas, quizás días o incluso semanas. La conversación, sí se le podía llamar de esa manera, empezó en un tono apagado para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Después de hablar me sentí hambriento. Era inimaginable la gran cantidad de palabras que habían salido de mis labios, no podía calcularlas. <span id="more-925"></span>Sentía que había estado hablando durante horas, quizás días o incluso semanas. La conversación, sí se le podía llamar de esa manera, empezó en un tono apagado para ir subiendo, poco a poco, hacia arriba, hasta que alcanzó el clímax y se tornó decadente, triste, monótona. Como en una montaña rusa. Empiezas despacio, con miedo, vas subiendo muy lentamente por las estrechas vías al mismo tiempo que tu corazón va acelerando el pulso y la adrenalina comienza a condensarse, sigues subiendo cada vez más deprisa hasta que alcanzas un punto de inflexión en el cual tu corazón enmudece, la adrenalina se dispara anegando todos tus sentidos y caes, todo se desborda y, finalmente, se apaga. Así fue mi conversación. No recuerdo ni siquiera de que hablamos, tal vez, del tiempo o de su familia o del gobierno. No importa, ahora solamente me siento hambriento y me he cansado de hablar con esta pared.</p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>129- Recuerdos de Berlín. Por Prudencio Griffel</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 20:11:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[-         Buenas tardes, bienvenido a Berlín señor…  No dejé que terminara la frase, se podía notar lo difícil que le resultaba pronunciar mi nombre, así que antes de que entrara en pánico, decidí dar un paso adelante.  -         Señor fulanito, soy yo , –dije mientras lo saludaba. -         Mi nombre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>-         Buenas tardes, bienvenido a Berlín señor… </p>
<p>No dejé que terminara la frase, se podía notar lo difícil que le resultaba pronunciar mi nombre, así que antes de que entrara en pánico, decidí dar un paso adelante. <span id="more-919"></span></p>
<p>-         Señor fulanito, soy yo , –dije mientras lo saludaba.</p>
<p>-         Mi nombre es Alex, soy del comité de bienvenida. He venido con mi mujer, pero ahora mismo se encuentra en el restaurante tomándose un  café, ha dormido muy poco anoche, espero la disculpe, nos alcanzará luego en el estacionamiento, seguro que entonces tendrá una mejor cara y estará más despierta, me dijo que tenía muchas ganas de verle. El coche está afuera, sígame por favor. </p>
<p>Por un instante me quedé blanco. No sabía si decir algo, soltar la carcajada o continuar con la broma. Opté por lo último, no quería arruinar el entusiasmo del chico. La idea de ser recibido en el aeropuerto como una persona importante me hacía mucha gracia. Era la mejor manera de empezar el viaje. Me coloqué la mochila sobre mi espalda y nos dirigímos a  la salida. Alex comenzó a hablar en inglés, estaba claro que lo que había dicho antes en español era memorizado. </p>
<p>-         ¿Qué tal el vuelo?</p>
<p>-         Bien, tranquilo, poco que contar.</p>
<p>-         Mi mujer me ha contado que ha venido para ver a alguien importante.</p>
<p>-         Sí, a una amiga que no veo desde hace algunos meses. Y también a tu mujer, a quien no veo desde hace años.</p>
<p>-         Vaya, un viaje de muchos reencuentros. </p>
<p>Al llegar al coche mi amiga nos esperaba dentro. Tenía la cabeza apoyada contra el cristal, con una mano sostenía el café y con la otra una revista que leía de reojo, tenía una cara horrorosa, parecía que no había dormido toda la noche. No era la primera vez que la veía así, y me alegraba encontrarmela como siempre. Apenas pudo verme pegó un grito, salió del coche y corrió a abrazarme. Permanecimos así durante casi diez segundos. </p>
<p>-         Espero que no estés llorando, –dijo durante la última parte del abrazo. </p>
<p>Era la primera vez que nos veíamos desde hacía tres años, así que era normal que nos emocionasemos. La última vez que coincidimos fue durante la fiesta de despedida que terminó a las siete de la mañana con ella y yo solos en el sofá borrachos. Luego cada uno tomó su rumbo, viajamos a ciudades distintas, nunca volvimos a coincidir y perdimos el contacto, aunque nos escribíamos por correo electrónico para felicitarnos en navidad. Me alegró verla igual que siempre, es decir linda, quizás un poco más delgada y con el cabello más corto. La felicité por el recibimiento, confesé que me sorprendió. Me contó que la idea había sido de Alex y no suya. </p>
<p>-         Es más listo de lo que parece ¿eh? – dijo, mientras le dio un beso en la mejilla. </p>
<p>Durante el trayecto a su casa nos pusimos al día rápidamente, algo que sucede sólo con los buenos amigos. Mi amiga vive en un viejo y anodino edificio de la parte este de Berlín, ubicado junto a un supermercado de emigrantes turcos y una pequeña iglesia de ladrillos rojos en el barrio de Prenzaluer Berg. Después de aparcar y salir del coche, mi amiga me tomó aparte y me preguntó: </p>
<p>-         Y bien ¿Qué te parece?</p>
<p>-         Soy muy malo para valorar a las personas. Pero parece buen chico.</p>
<p>-         ¿Te conté que vivimos juntos algunos meses? Pues la cosa no funcionó. Cortamos y ahora estamos saliendo de nuevo. Es buena persona, pero a veces me dan ganas de ahorcarlo.</p>
<p>-         Es lo más romántico que te he escuchado decir de una persona.</p>
<p>-         ¿Sabe ella que estás aquí?</p>
<p>-         Sí, le avisé por correo que venía y que quería verla, pero no ha respondido aún. Voy a mirar esta tarde mi correo, si no ha dicho nada, la llamaré al móvil. </p>
<p>El apartamento era acogedor. Se notaba que había sido reformado hace poco. Las ventanas, el suelo, la cocina, la pintura, todo era casi nuevo. Me instalé en el salón, un espacio grande donde se alojaban los invitados con  televisión, ventana a la calle y un armario. Revisé mi correo, todavía no había respuesta de ella. Luego tomé una ducha y bajamos a cenar los tres, nos moríamos de hambre. Encontramos un lugar de comida tailandesa baratísimo al que solían ir a comer cuando no tenían ganas de cocinar, luego por la noche fuimos a un bar cercano de la calle Schönhauser donde estaban unos amigos suyos. Después de cuatro cervezas nos encontramos más animados y relajados. Todos llevaban viviendo muchos años en  el barrio, pero se quejaban porque los precios de alquiler habían subido mucho últimamente. El barrio se había puesto de moda lo que había provocado la llegada masiva de especuladores. En algún momento de la noche, mi amiga me tomó del brazo y se acercó. </p>
<p>-         ¿Te contestó?</p>
<p>-         No.</p>
<p>-         No se diga más. Iremos mañana al pueblo donde vive. ¿Dices que está cerca de aquí no?</p>
<p>-         Sí, a un par de horas por autopista.</p>
<p>-         Le pediré a Alex que nos lleve. Yo me encargo de convencerlo.</p>
<p>-         No es necesario, primero necesito saber si está en casa, si no puede ser una gran pérdida de tiempo. Además si voy, prefiero hacer el viaje en tren, tengo un boleto de interrail comprado y no lo quiero desaprovechar.</p>
<p>-         Si te quedas esperando, esperarás toda la vida. Lo mejor que puedes hacer es ir y presentarte directamente en su casa. Pónselo difícil. </p>
<p>Nos levantamos al día siguiente, sábado, con una resaca descomunal. Habíamos llegado a casa cerca de las cuatro de la mañana y cinco horas después ya estábamos desayunando. En ese momento se escuchó el timbre de casa, era Alex que esperaba afuera con el coche. Durante el camino, Alex se esforzaba por aparentar que se encontraba bien e incluso se mostraba alegre y fresco. Contaba chistes en alemán que por su puesto sólo entendía mi amiga y a veces miraba hacia atrás para preguntar cómo me encontraba, verdaderamente era un chico educado, no entendía por qué mi amiga lo quería ahorcar. </p>
<p>A punto de llegar a la ciudad comentamos lo poco espectacular que era el paisaje de esta zona del país.  El pueblo al que nos dirigíamos estaba situado dentro de la parte oriental del país, en una región de carácter industrial con pocos atractivos turísticos, salvo algunos parques bonitos que rodeaban el núcleo urbano. El viaje duró más de dos horas, aunque se hizo más corto, porque escuchamos música todo el tiempo, y aprovechábamos para recordar anécdotas divertidas cuando mi amiga y yo trabajábamos juntos en México. </p>
<p>Después de pasar un montón de rotondas a la  entrada del pueblo y de preguntar en la gasolinera por la calle a la que ibamos, dimos finalmente con ella. Aparcamos el coche a unos cien metros de su casa. Si todo iba bien yo haría una señal a lo lejos y ellos partirían de nuevo a Berlín y yo me las arreglaría para regresar después en tren. Me desearon suerte, al bajar saqué una pequeña libreta donde había apuntado la dirección. Me paré frente al edificio y me cercioré de que el número y la calle fueran las correctas. Estaba un poco nervioso, así que antes de tocar el timbre, respiré profundamente. De repente noté que hacía mucho calor, estábamos a mediados de agosto y era normal tener temperaturas de más de 30 grados. Detrás de mí pasó un tranvía muy rápido, pero yo no lo escuché, sólo sentí la presencia del convoy. De un momento a otro me había quedado sordo, no escuchaba ni el paso de los pocos coches que circulaban por la calle. Era mediodía, miré hacía abajo y descubrí que mi cuerpo no hacía ninguna sombra sobre el suelo. Antes de que sucediera otra cosa, me acerqué definitivamente al portal, toqué el timbre y esperé.</p>
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		<title>128- La fe de Andrew Wells. Por Herbert Plax</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 19:55:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Flotando boca arriba seguía el cauce del rio. Consiguió olvidar el peso de su cuerpo. Su pelo empapado creaba un aura negra alrededor de su cabeza. Su piel desnuda se escondía de mis miradas bajo el reflejo del sol. Su rostro, sereno, se hundía y resurgía al ritmo de la corriente. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Flotando boca arriba seguía el cauce del rio. Consiguió olvidar el peso de su cuerpo. Su pelo empapado creaba un aura negra alrededor de su cabeza. Su piel desnuda se escondía de mis miradas bajo el reflejo del sol.<span id="more-914"></span> Su rostro, sereno, se hundía y resurgía al ritmo de la corriente. Desde la orilla decoraba el paisaje con su presencia, pero bajo el agua turbia se podía ver cómo su piel se arrugaba y se oscurecía lentamente. </p>
<p>Alzó la cabeza y me miró. Nadó hacia la orilla con calma. Salió del agua y se enredó en una toalla. Me sonrió. </p>
<p>-Siento que mi mente se ha vaciado del todo </p>
<p>-¿Y eso es bueno?-Pregunté. </p>
<p>-Claro.-Me contestó ofendida, con un tono arrogante. -Deberías probarlo, a lo mejor desaparece tu cinismo. </p>
<p>-No ha conseguido que dejes de ser prepotente, así que no le atribuyo propiedades milagrosas al agua. </p>
<p>-Eres tonto.-Muy original y elaborado. </p>
<p>Me levanté y le ofrecí mi mano. Se agarró a ella con fuerza y comenzamos a caminar hacia el coche. Ella se sentó en los asientos de atrás y se puso la ropa. Se colocó las botas y pasó al asiento del copiloto sin salir del coche. Me senté frente al volante y puse en marcha el motor. Nada más brotar los primeros rugidos del motor, Emilie encendió la radio. Sintonizó una cadena de Jazz. Comencé la marcha mientras ella a mi lado tarareaba y golpeaba sus rodillas al ritmo de la música. Me cogió del brazo. </p>
<p>-Te quiero mucho, Andrew.-Sonreí. </p>
<p>-Yo también te quiero.-Sonrió y me dio un beso en la mejilla. </p>
<p>Pasamos del frondoso paisaje del bosque al dorado paisaje de los cultivos de trigo. Tras un par de horas paramos en una gasolinera a repostar y descansar un rato. Tras llenar el depósito me senté en un banco que había frente al restaurante de la gasolinera. Cerré los ojos y dejé que los vapores de la gasolina contaminasen mis pulmones. Mientras tanto Emilie hablaba con sus padres. Su tono y sus palabras tenían una ingenuidad que nada tenía que ver con su verdadera personalidad. Colgó tras unos minutos y se acercó al banco. Se sentó a mi lado y me sopló en la oreja. Abrí los ojos de golpe y la miré. </p>
<p>-¿Qué te han dicho? </p>
<p>-Quieren que vayas a cenar mañana a casa. </p>
<p>-¿y qué les has dicho? </p>
<p>-Que eres un buen marido y que irás. </p>
<p>- Si no hay más remedio…-Ella rió y me dio un beso. </p>
<p>-Vámonos, quiero llegar antes de que se haga de noche. </p>
<p>Otra vez más nos poníamos en marcha. Cada vez que veía un poste de electricidad desaparecer tras de mí tenía la sensación de que perdía autoestima, carisma, pensamientos… No sé, sentía que no era yo. </p>
<p>Llegamos al fin a la ciudad. Ya las farolas iluminaban el asfalto. Metí el coche en el garaje y entramos en casa. Emilie hizo la cena. Durante la cena conversamos bajo la tenue luz de las velas, con las cortinas cerradas lejos de miradas indiscretas. Tras unas cuantas horas y otras tantas copas de vino nos fuimos a la cama. </p>
<p>Me desperté temprano para ir a trabajar. Arranqué mi coche y apagué la radio. Llegué a mi trabajo, saludé a mi jefe y bromeé con mis compañeros. Me senté en mi despacho mientras mi secretaria me decía con quién me debía reunir, a quien debía llamar… Y esa noche cena con los suegros. No pude más que pensar en cómo nuestra facilidad para alcanzar la felicidad la marca la distancia entre lo estúpidos que parecemos a ojos de la gente y lo brillantes que somos cuando nadie mira. No pude más que recordar los reflejos del sol en el agua sobre el cuerpo de mi mujer. Y ella sonrió. </p>
<p>El agotador aroma del perfume de mi secretaria hizo que volviese a la realidad. </p>
<p>-…Y a las 12 tiene junta con la cúpula. </p>
<p>-Muchas gracias Adele, te puedes marchar. Te avisaré si necesito algo. </p>
<p>Se marchó contoneando exageradamente las caderas, girándose con elegancia frente a la puerta y despidiéndose con una falsa sonrisa, aún más ineficaz con el carmín. </p>
<p>Estuve un rato sentado en el escritorio repasando mentalmente todas mis tareas para el día. Tras anotar un par de cosas en la agenda me levanté y decidí dar una vuelta por la ciudad. Mi posición en la empresa me permitía tener cierta libertad de movimientos. </p>
<p>Una vez en la calle me sentía extraviado y decidí caminar sin un rumbo claro. Tras un rato llegué al campus de la universidad donde Emilie y yo nos conocimos. Yo estudiaba economía y ella artes literarias. Tuve la fortuna de compartir clase con su hermano, si no fuese así hubiese perdido lo que más quiero y deseo en este mundo. ¿Hubiese perdido? Tiene gracia, ni siquiera la conocía y ya tenía la sensación de echarla en falta. </p>
<p>Atravesé el campus hasta llegar a una parada de taxis. Me subí en uno y le indiqué la dirección de mi oficina. </p>
<p>Tras varias horas de reunión con mis jefes y empleados, agotado y hambriento, decidí ir a comer. Llamé a Emilie desde mi oficina y le propuse acercarse a un restaurante que está cerca de mi oficina. Me dijo que no, que estaba preparando las cosas para la cena con su madre. Ah, la maldita cena se me había vuelto a olvidar. Invité entonces a mi secretaria y bajamos los dos. </p>
<p>Adele no era una gran conversadora, pero escucha con atención y por muy falsas y forzadas que sean sus posturas físicas puedes intuir en sus ojos que realmente tiene interés en lo que la gente dice. Durante la comida conversamos sobre las películas que estaban proyectando en el cine de la ciudad. </p>
<p>Adele era muy cinéfila, conocía prácticamente todos los actores y directores, algo sorprendente teniendo en cuenta que con su sueldo de secretaria ir al cine era un auténtico capricho. Me reía mucho con ella cuando entre risas intentaba pronunciar los nombres de los actores y actrices franceses. </p>
<p>-D-d-d-ecomlé.-Reía. </p>
<p>Pedí la cuenta, pagué y nos marchamos de vuelta a la oficina. </p>
<p>No acababa de entender por qué Adele era tan radicalmente distinta cuando estaba en la oficina y cuando dejaba el trabajo tras de sí. Seguía forzando su feminidad, pero era agradable, e incluso bonita. Tremenda tragedia que no estuviese casada. </p>
<p>-Un par de horas más y ya he terminado.-Una y otra vez me decía. Aún suegros de por medio quería ver a Emilie con todas mis ganas. </p>
<p>Por fin terminado mi trabajo conduje hasta casa de mis suegros. Llegué justo para comenzar la cena. Afortunadamente el hermano de Emilie estaba invitado, así podía recordar viejos tiempos y no me vería forzado a charlar con mi suegro sobre finanzas y beisbol. </p>
<p>Larga cena, extensas copas de whiskey y coñac, muchos recuerdos de juventud… acabó siendo una velada agradable. </p>
<p>Con la cabeza aún algo ligera por el alcohol Emilie y yo subimos al coche tras despedirnos de toda la familia. Llegamos a casa, y cansados como estábamos fuimos directos a la cama. Me dolía un poco la cabeza así que decidí levantarme e ir a la cocina a tomar un vaso de agua y un par de pastillas. </p>
<p>Sentado en la mesa de la cocina observé un libro que estaba leyendo Emilie. Me planteé qué hacía en mi ausencia. Pensé que pensaría en mí tanto como lo hago yo en ella. O quizás no. Quizás Adele era siempre así, amable y bonita. Quizás mi suegro era un gran conversador… como ya he dicho antes, brillantes en soledad, brillantes en la mente. </p>
<p>Permanecí sentado durante horas, mirando los azulejos del suelo, brillante en soledad, estúpido en el reflejo y Emilie flotando bajo el sol.</p>
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		<title>127- Como una muñeca de trapo. Por Papá Noel</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 19:51:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Julia llegó detrás de la furgoneta de los bomberos al edificio Coral Palace.  Desdeñó el ascensor y   subió las tres escaleras saltando dos peldaños en cada  tranco. En segundos se encontró frente a la puerta del apartamento 3-A, donde habitaba Virginia desde que se había independizado dos mese antes.  Eran [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Julia llegó detrás de la furgoneta de los bomberos al edificio Coral Palace.  Desdeñó el ascensor y   subió las tres escaleras saltando dos peldaños en cada  tranco. En segundos se encontró frente a la puerta del apartamento 3-A, donde habitaba Virginia desde que se había independizado dos mese antes.  Eran las cuatro de la madrugada.<span id="more-909"></span></p>
<p>Mucho le había costado convencer a los bomberos.</p>
<p>-No tengo dudas, es un caso de suicidio-  Dijo al funcionario de guardia, cuando se  apersonó en la estación, situada a pocas cuadras de su casa.     </p>
<p>Tenía motivos para pensar lo peor; últimamente su hija exhibía comportamientos  contradictorios: Manifestaba expresiones de gran  alegría que terminaban en llanto sin motivo aparente .Pero lo que más la abrumaba eran sus explosiones de ira ante cualquier  contrariedad y aquellas miradas oblicuas que  dirigía a su madre  cuando ésta  pretendía  convencerla  de que visitara a un especialista.  Siempre  daba la misma respuesta:</p>
<p> -¡La del problema eres tú!- </p>
<p>Esa madrugada Julia  desperto´ súbitamente con el repique del teléfono, era  Virginia.     </p>
<p>- Estoy mal, necesito que me salves-  le dijo  antes de cortar la comunicación abruptamente.  Con manos temblorosas Julia marcó el número de su hija, pero ésta nunca contestó </p>
<p>Los bomberos abrieron la puerta  con relativa facilidad.  Recostada  del marco, Julia veía  como su única hija yacía en un sofá con la cabeza  ladeada, al borde del asiento.     En el suelo observó  tres cajitas de cartón y varios empaques vacíos de plástico transparente que  un  bombero recogió y guardó en el bolsillo de su camisa.  Mientras un funcionario tomaba nota, los otros dos   acomodaron a la joven de veintiséis años en una camilla; con prisa la llevaron hasta la ambulancia y arrancaron en dirección  al hospital. Detrás de la  furgoneta Julia  conducía el auto como un robot, no lloraba, no pensaba, sólo percibía  aquella enorme presión en el pecho y un inmenso calor que le brotaba desde lo más hondo, mientras que un sudor frío  manaba de sus axilas  y le  corría  hasta las caderas.  El volante se le escurría   de  las húmedas manos. Percibió un olor a rancio al tiempo que  los latidos del corazón retumbaban  en sus oídos. Sintió urgentes deseos de orinar.  Al descender del auto, frente al hospital, no prestó atención a sus pijamas  empapadas. </p>
<p>Una butaca marrón de material plástico que estaba en el pasillo de la sala de cuidados intensivos sirvió de refugio a la tensión de Julia; allí se  desplomó, aflojó los músculos y tomó una bocanada de aire.   Acurrucada   se  permitió llorar,  mientras intentaba pensar  en algo coherente,  poner orden en el caos de pensamientos que discurrían aceleradamente por su mente.  Una imagen se enlentenció de improviso en su memoria: la diminuta esfera de papel color rosa  que, un año antes, encontró en el estante de Virginia  mientras sacudía el polvo de los libros. Recordó  que había tomado la pequeña bolita entre los dedos  advirtiendo que se trataba de un papel minuciosamente enrollado, y aunque sintió curiosidad, no se atrevió a desplegarlo; Virginia se enfurecía cuando alguien hurgaba  sus cosas, las cuales mantenía en  impecable orden.</p>
<p>A la semana siguiente, mientras  sacudía el polvo de los libros,  notó que allí, en el mismo lugar del tercer tramo del estante, permanecía  solitaria y muda la respetada  bolita de  color rosado Esta vez la agarró automáticamente,  sin pensar deshizo  los dobleces y estiró la angosta y corta laminilla de papel.  Escrito  con cuidadosa caligrafía y en letras diminutas, decía:   “Por más que me busques nunca me encontrarás”. Temerosa de disgustar a Virginia trató infructuosamente de seguir la marca de los dobleces del papel para darle la forma esférica original. Colocó la malograda esferita en el mismo lugar y esperó el regreso de su hija, dispuesta a escuchar la sarta de reproches que seguramente lloverían sobre su humanidad.  Cuando escuchó el ruido de la puerta se refugió en su habitación aparentando leer un libro, mientras enfocaba la atención en el  recorrido que hacía su hija por la casa. La sintió entrar en la cocina, tal vez a comer  algo,  luego al estudio, donde estuvo un largo rato;  antes de retirarse a dormir pasó por la habitación de su madre y le dio las buenas noches.   </p>
<p>-  Que duermas bien-  Contestó Julia extrañada. </p>
<p> Al día siguiente Virginia  tuvo un comportamiento amable y apenas  se marchó a la Universidad,  Julia corrió hasta el estante y tal como había imaginado, la bolita ya no estaba.  “El mensaje llegó  a su destinatario, era para mí, seguramente se dio cuenta de que leí  la nota” ,  pensó. Ahora, sentada en una butaca en el pasillo de un hospital, volvió a sentir el mismo escalofrío de antes.  Es que para Julia, los frecuentes y fallidos intentos de acercarse a su hija eran respondidos siempre con desprecio y hasta con crueldad.  Como pasó el día en que  le pidió que la ayudara a levantarse cuando resbaló en la cocina  y la respuesta fue: </p>
<p> “No  dispongo de tiempo,  debo estudiar”      </p>
<p>Por eso no le extrañaba que la nota estuviera destinada a ella. </p>
<p>El leve chirrido de la camilla sacó a Julia de sus  cavilaciones.  Grande fue su sorpresa al ver  la camisa  de fuerza que inmovilizaban torso y brazos de su  hija.  La enfermera contó que no hubo alternativa, que Virginia rechazaba los auxilios y que   pretendió huir del hospital.</p>
<p>No podía dar crédito a lo que estaba viviendo. </p>
<p>-Es una pesadilla, una mala jugada de la fatalidad. Un desconocimiento de  mis esfuerzos a mi rol de padre y madre,  un menosprecio al apoyo  incondicional que le brindé…  Y si bien es cierto que ella se destacó  siempre por su  brillante inteligencia; nadie podrá negar que sin mi colaboración no  hubiera obtenido con honores la licenciatura en Química.  Parte de ese título  me lo debe a mí –  dijo Julia para sus adentros. </p>
<p> En  la pequeña habitación que  le pareció inmensa como su  desamparo, contuvo el llanto y  de pie al lado de la cama, mientras acariciaba el cabello de Virginia,  con voz muy baja comenzó a entonar la  canción de cuna con que solía arrullarla cuando era niña. </p>
<p>Virginia escuchaba con los ojos cerrados, por su memoria viajaban los recuerdos, lentos, apretujados, transportándola  a una época en la que nada sabía y todo lo preguntaba:     </p>
<p>-Mama ¿Por qué dices que el gato tiene hambre?-</p>
<p>-Las madres lo sabemos todo-   </p>
<p>-Mama  ¿Por qué anuncias que va llover y de verdad llueve?-</p>
<p>-Las madres lo sabemos todo- </p>
<p> ¿Por qué, cuando repicó el teléfono dijiste: “atiende, es tu papá?  ¿Cómo  adivinaste?</p>
<p>-Es que las madres lo sabemos todo- </p>
<p>Respondía  cada vez. </p>
<p> Julia luchó siempre contra la indiferencia de su ex marido, le dolía el olvido en que mantenía a la niña y solía  llamarlo para recordarle:</p>
<p>“Comunícate con  tu hija, hace una semana que no te ve ni te escucha.”</p>
<p>Inmediatamente el padre llamaba  y la niña saltaba de alegría.</p>
<p>Murió cuando  ella contaba diecisiete años.  Durante la enfermedad, Virginia  le visitó diariamente en el hospital, era  quien le aseaba, le daba la comida y hasta se llevaba su ropa para lavarla en casa.  </p>
<p>El doctor entró al cuarto, se acercó a la cama, aceleró el goteo  del suero y desató la camisa que mantenía inmovilizado el cuerpo de Virginia.  Después de examinarla,  dijo que al día siguiente podría marcharse para continuar el tratamiento en casa, recomendando además la consulta de un psiquiatra.  Se despidió con una  amable sonrisa. </p>
<p>Julia sentía  la urgencia  del contacto, de salvar la zanja,  ya  convertida en abismo que se había abierto entre las dos. No soportaba el denso silencio.  Clamó ante el Dios que había olvidado, pidió clemencia, pero sobre todo mendigó una dosis de valor para enfrentar la hostil mirada de su hija.    </p>
<p>-Hija, te amo más que a mi propia vida, mi deseo es ayudarte. Estoy dispuesta a escuchar y comprenderlo todo.  Cuentas conmigo, tú lo sabes…</p>
<p>¿Qué te impulso a tomar tan fatal decisión?-     </p>
<p>Después de un prolongado silencio Virginia respondió:</p>
<p>-Fui abusada por mi papá en repetidas ocasiones- </p>
<p>Esta confesión sobrepasó la capacidad de tolerancia de julia y levantando la voz le espetó: </p>
<p>-¿Por qué nunca me lo contaste?</p>
<p> -Porque tú lo sabías. Porque las madres lo saben todo. Odiaba cuando te escuchaba decir jactanciosamente que sabías las cosas que yo ignoraba y que no podía explicarme, respondió con una sonrisa que a Julia le pareció sardónica.  </p>
<p>- Pero si eras casi un bebé,  se trataba de un juego que nos divertía a las dos.  ¿Quiere decir que sufriste abusos de tu padre y soy yo quien tiene que soportar tu odio?-contestó agarrándose del borde de la cama para mantener el equilibrio. </p>
<p>Virginia  no dijo nada  </p>
<p>Julia conocía esos silencios que en  ocasiones pretéritas se habían prolongado hasta dos meses  produciéndole el efecto de una tortura. Sabía que Virginia mentía para  causarle dolor. Salió del cuarto y recostándose de una columna revivió algunos sucesos del pasado que había lanzado al desván de su memoria; como la vez que viniendo del colegio su niña, de apenas ocho años,  le contó que se había reñido con una compañera y que para responder a sus insultos le deseó que su hermano recién nacido  muriera.  Ni que decir de cuando encontró la figura de arcilla que había traído del Perú,  pintada con esmalte de uñas rojo y nunca quiso confesar por qué lo había hecho.  Peor aún: no aceptó que  ella era la autora. Cuando esto ocurrió Virginia contaba siete años, nadie más que ella y su madre vivían en el piso. Tampoco explicó cómo habían llegado las píldoras analgésicas para la jaqueca que tomaba Julia y que había buscado exhaustivamente, hasta la casita de la “barbie”.  Por toda respuesta Virginia dijo: </p>
<p>-No lo sé-</p>
<p> Temprano en la mañana salieron del hospital directo a la casa de su madre, adonde la convaleciente  fue  atendida hasta su recuperación.  Julia quiso reiniciar la conversación sobre los supuestos abusos del padre pero Virginia le dijo </p>
<p>-No quiero hablar de eso- </p>
<p>¿Por qué se  regodea  causándome dolor? ¿A quien he criado?  ¿A una hija que me odia?   Se preguntaba Julia  con angustia, mientras preparaba el batido de frutas favorito de Virginia. Comenzó a invadirla un sentimiento de dolor y de tristeza que se transformó en impotencia, en rabia sorda.    Se percató de que ya no deseaba diálogos, mucho menos abrazos ni caricias y  juró que no haría un solo intento más para “tender puentes” entre su hija y ella.  Era la más desgarradora e involuntaria renuncia que  presentaba ante  la vida. </p>
<p>Al despedirse, antes de regresar a  casa, Virginia  agradeció a su madre y extendió   los brazos hacia  ella.  Como el náufrago que se aferra a una débil rama,  Julia   la estrechó contra su pecho.  </p>
<p>-  No me siente, me lo dice su cuerpo laxo como el de una muñeca de trapo; esto no es un verdadero abrazo…  Yo tampoco la siento a ella -     Pensó Julia con resignación.</p>
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		<title>126- La Última Página. Por Antusas</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 09:48:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Víctor bajó esta mañana a comprar a la panadería su habitual barra de pan recién sacada del horno, y una caja de leche descremada para aclarar un poco una gran taza de café fuerte, como a él le gusta; la noche anterior había trasnochado hasta tarde porque no lograba darle [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Víctor bajó esta mañana a comprar a la panadería su habitual barra de pan recién sacada del horno, y una caja de leche descremada para aclarar un poco una gran taza de café fuerte, como a él le gusta; la noche anterior había trasnochado hasta tarde porque no lograba darle forma al final de su obra maestra. <span id="more-905"></span></p>
<p>Como era domingo tocaba también comprar su periódico favorito con su suplemento dominical a todo color; no importaba en absoluto que las nuevas tecnologías estuviesen irrumpiendo en todos los ámbitos de la vida, pero su preciado periódico en papel con la tinta aún fresca que se pega a los dedos con el pasar de las hojas, era un placer sin igual y único que todavía le producía tanta satisfacción o más que muchas cosas triviales de la vida. </p>
<p>Bajó con lagañas aún en los ojos porque no se había lavado la cara antes de salir, sólo se había desahogado del líquido elemento amarillo, bostezando sin parar y con la otra mano rascándose fuertemente el pecho, del que brotaba una cada vez más selva de pelos, los menos de colores oscuros. </p>
<p>No se miró al espejo porque tampoco se había lavado los dientes. En un acto de reflejos propio de un joven, que no lo era, se enfundó rápido los pantalones vaqueros, la camisa a cuadros, que había llevado puesta todo el día anterior, las sandalias, sin ajustarles la hebilla, y abrió la puerta del apartamento, que no había cerrado con llave como acostumbraba hacer siempre. </p>
<p>Completamente despeinado bajó las escaleras de dos en dos escalones desde el tercer piso en el que vive, a pesar de estar todavía medio dormido, el ascensor después de todo estaba de más en ese momento; si se hubiese echado agua en la cara al levantarse no solamente le hubiese quitado las lagañas de los ojos sino también el sueño, o al menos aliviárselo. </p>
<p>Su esposa y sus cuatro hijos, familia numerosa como muchas de las de su generación,  la mitad mujeres, apenas se habían dado cuenta de la euforia contenida de las últimas semanas. Sin duda, sería causa de la edad, una pequeña euforia, pasajera, personal, le había llegado a decir su esposa a la segunda de las dos hijas cuando ésta le había preguntado a su padre por el motivo de su ir y venir por su pequeño estudio, atiborrado de cualquier cantidad de papeles, enredos, acumulados por años que pasan contando su historia particular; libros no muchos, apenas entreabiertos en un lado de la mesa. </p>
<p>La respuesta a la pregunta de la hija se la dio su madre, Víctor no había escuchado ni la primera vez, ni la segunda ocasión, ajetreado con sus cosas, repetida con las mismas palabras. </p>
<p>Víctor hacía casi dos años que había quedado desempleado; en la gran fabrica donde trabajaba en un puesto de la cadena de producción, había habido un gran recorte de personal, tras la compra de la misma por una multinacional del sector. Él fue uno de los afectados al igual que dos de sus dos mejores compañeros y amigos que como él vieron la calle en cuestión de días, cruzando al otro lado sin más cúmulo que años a cuestas y enfrente un camino difícil y desconocido. </p>
<p>Estos últimos casi dos años aparte de cambiar completamente la vida de Víctor, y junto a la de él mucho la de su familia, le habían servido para recuperar un entretenimiento del que apenas disfrutaba desde después de los años de juventud, en los que prácticamente sólo el trabajo y su querida familia constituían también el mayor pasatiempo de su larga existencia. </p>
<p>Con la pequeña indemnización que le dieron y el seguro de desempleo ya en los últimas han salido adelante él y su esposa; sus hijos no todos casados pero al menos con trabajo, aunque precario, han tenido que chupar por ello también de esa economía familiar, para poder salir todos adelante con dignidad.  </p>
<p>Desde que la empresa lo despidió su rutina se transformó, adquiriendo algunos modos y modales que no han dejado indiferentes a su familia y amigos; familia que tuvo que rendirse con el paso del tiempo a los vaivenes de su carácter, cada vez más cerrado, no exento de pesimismo, pero que ellos entendían debía ser producto del maldito despido, y como parecía que estaba ocupado en cosas, aunque en el fondo no muy claras para ellos, no era como para alarmarse. </p>
<p>La excitación de las últimas semanas, adornada de más nervios de los normales, si había producido en su segunda hija cierta inquietud. Ella que parecía el doble de su padre por su parecido físico, y que era objeto de cierta burla de parte de sus dos hermanos y amigos, era también siempre la que más se preocupaba por él, y más desde que su padre había perdido el trabajo; pero su madre siempre audaz también se encargaba de apagar la inquietud. </p>
<p>Se había vuelto en cierta medida medio maniático con el pasatiempo recuperado de la juventud, período de su vida en el que también había leído mucho, sobre todo a los clásicos, haciendo sus pinitos con pequeños escritos, y a ello se agarró fuerte como a un clavo ardiendo y el resultado debía estar pronto por llegar. </p>
<p>Hoy domingo, como ha venido siendo siempre costumbre en la familia, no así para Víctor en las últimas semanas, a media mañana empiezan a pulular primero por la casa los únicos dos nietos, hijos del hijo mayor que pasaran el día entero con los abuelos. La abuela los recibe todavía en bata y con el revuelo armado sus dos tías se levantan al toque de diana que producen los gritos de sus sobrinos. </p>
<p>Al grito de batalla de <em>abuelo</em>, <em>abuelo dónde estás</em>, se juntan toda la familia en pleno en el salón. </p>
<p>- Otra vez debe estar el abuelo desde temprano pateando la calle. Espero que esta vez nos traiga como era costumbre siempre esos deliciosos churros y chocolate caliente que tanto os gustan.                                </p>
<p>La abuela acallaba así a sus nietos y hoy no iba a estar de nuevo en lo cierto; su esposo no iba a repetir nuevamente el rito sagrado de los domingos, en el que la familia se juntaba en la casa para jactarse unos deliciosos churros bañados en chocolate que él traía recién hechos de la chocolatería, que quedaba no muy lejos de la plaza a la que daba el edificio donde vivían. </p>
<p>El abuelo andaba en su mundo, cansado pero vivo, añejo pero contento, con los ojos brillantes producidos por lágrimas que no van a salir, por la intensidad del sol que ya en esta mañana de mayo majestuoso se cegaba sobre ellos y por la alegría contenida, llevando bajo el brazo el periódico enrollado con el suplemento dominical a todo color oliendo todavía a tinta fresca. Ya había consumido casi toda la barra de pan y media caja de leche descremada, sentado en un banco de la plaza frente a su casa, y de allí no muy lejos esperaban sin éxito de nuevo los churros y el chocolate caliente en la chocolatería.</p>
<p>Como el tiempo pasaba y Víctor no regresaba, su esposa y su segunda hija caminaron hacia el pequeño estudio de la casa en busca de algo, ahí pensaban debían encontrar la respuesta.</p>
<p> Al llegar a esa pieza de la casa todo estaba ordenado, bien apilado en las esquinas o puesto en las estanterías; todo limpio, hasta en la papelera no había papel alguno cuando siempre estaba atiborrada de cualquier cantidad de ellos, ningún resto fruto de horas que pasan produciendo no solamente resultados sino también basura. Y sobre la pequeña mesa, delante de la silla que Víctor, su esposo y padre, venía calentando especialmente en los últimos meses de su particular desempleo, varias decenas de hojas; del lado izquierdo unas formando un pequeño bloque, y del lado derecho una sola hoja con unas cuantas líneas escritas, eso sí a mano. Víctor gustaba del papel tamaño folio y no muy blanco y el lápiz grueso para escribir, como lo hacía cuando era joven, a la antigua usanza. </p>
<p>Susana y Margarita, su esposa e hija, mirándose las dos sus caras a la vez se aproximaron sobre la mesa y una a cada lado de la silla de Víctor comienzan a leer esas cuantas líneas de la última hoja, solitaria, separada del resto que formaban un pequeño montón sobre la mesa.<br />
<em>                             Hoy amanecí nuevo, ayer titubeaba, antes de ayer no me lo creía en<br />
<em>                           </em>absoluto; todo después de nada y habrá, deberá haber, más de todo un<br />
<em>                           </em>poco y de nada bastante, pero ni eso me lo impedirá, pero eso también<br />
<em>                           </em>será mañana.</em></p>
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		<title>125- Mundo animal. Por As de Copas</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jul 2011 09:39:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Iba caminando por la calle y me encontré con una gata que lloraba. La gata lloraba y lloraba, le pregunté qué te pasa gatita, y la gata no me contestaba y seguía llorando. Entonces traté de imaginar porqué lloraba, traté de agudizar el ingenio y pensar como un gato, porque [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Iba caminando por la calle y me encontré con una gata que lloraba. La gata lloraba y lloraba, le pregunté qué te pasa gatita, y la gata no me contestaba y seguía llorando. Entonces traté de imaginar porqué lloraba, traté de agudizar el ingenio y pensar como un gato, porque los humanos nos creemos muy vivos, nos creemos saberlo todo, pero no siempre entendemos  que los animales piensan diferente, tienen otras necesidades.<span id="more-900"></span> Entonces me dije: la deben de haber agarrado una pandilla de esos gatos de tejado, gatos brutos, media o una docena de gatos o más, quién sabe, y la habrán forzado, la habrán violado, pobrecita.</p>
<p>Pero no. A la gata se la veía enterita, no tenía rasguños, ni lastimaduras. Tenía un pelaje suavecito, gris negro veteado. Esa gata no parecía que la hubieran violado.</p>
<p>Entonces le pregunté qué te pasa gatita, y la gata no me contestó, y seguía llora dale que llora. Entonces me dije ya sé: a la noche a veces hace frío y las temperaturas bajan una barbaridad, uno ni se imagina porque está durmiendo calentito bajo las frazadas, pero la gata pobrecita, anda así sola desnudita por los tejados, debe tener frío.</p>
<p>Pero no. Los gatos son animales inteligentes y si hace frío encuentran refugio, alguna protección donde resguardarse del viento y de la lluvia, y tienen ese pelaje abrigadito que los cubre, como el de esta gata.</p>
<p>Entonces le pregunté qué te pasa gatita, y no me contestó, y  lloraba que daba pena. Entonces pensé: tiene hambre. Nosotros los humanos tenemos la culpa, porque asfaltamos el mundo, construimos, y les sacamos a los gatos y a los animales la naturaleza, su hábitat, los privamos de sus recursos.</p>
<p>Pero no. Estos gatos son animales urbanos, callejeros, que han nacido y sabido arreglárselas en nuestro medio, atrapan ratones, se suben a los árboles y cazan pajaritos, buscan sobras en la basura. Entonces me dije que difícil es pensar como gato, entender lo que ocurre y deja de ocurrir en su mundo animal. Me quedé mirándola en silencio.</p>
<p>La gata se irguió, y apoyada en sus patas delanteras estiró el cogote y dejó de llorar. Luego, como ronroneando, me miró con sus ojos de gata, y con la voz temblorosa pero firme dijo:</p>
<p>-Lloro porque estoy dolida, lloro porque me han herido.</p>
<p>La miré anonadado, ya no contaba con la posibilidad de obtener una respuesta.</p>
<p>-Yo soy una gata bien, una gata de buena familia –continuó la gata. Trabajo sí, para ganarme mi carne, para estar fuerte y poder amamantar a mis gatitos. Tengo una amiga, o creía tenerla. Una gata muy fina, una gata de balcón, y la iba a visitar de vez en cuando, cuando tengo tiempo, ya que soy una gata muy ocupada. Mi amiga siempre se ponía contenta con mis visitas, me convidaba con leche, me contaba sus penas, me contaba lo feo que es estar todo el día tirada en el sofá esperando a sus dueños, lo aburrida que es la vida de ser gata faldera, gata de almohadón. Yo la escuchaba, le tenía paciencia, y rara vez le habré dicho algo de mí. Ella siempre me lloraba la carta y me contaba de que si bien le gustaba mucho el pollo siempre le traían la comida con gusto a pollo y no se daban cuenta de cambiar a veces el menú con un lomito o pescado; de que a veces se les terminaba la leche entera y le daban semi descremada que ella odiaba; de que otra vez le habían comprado un ovillo de lana azul cuando ella prefería el violeta, muchas cosas me contaba y yo la escuchaba serena. Un día mi vida se conmocionó: conocí un gato, un gato buen mozo, de buenos modales, que no solamente vino por un ratito a divertirse y pasarla bien, sino que volvía, me traía regalitos, cabezas y espinas de pescado, un bife de cuadril que quién sabe que riesgos habrá pasado para conseguirlo, un día hasta se apareció con un ratoncito hermoso, todavía vivo. Yo estaba enamorada de mi gato y cometí un error: le conté pormenores de la relación y hasta se lo presenté a mi amiga, que parecía muy contenta de conocer por fin a un gato caballero. Hace un rato se me dio por pasar por el balcón: encontré a la que se decía mi amiga junto con mi gato con las manos en la masa. Empecé a gritar que era una ingrata, una traidora pero me detuvo con un gesto. Me dijo que al principio le había caído simpática pero que desde hacía un tiempo ya le daba asco, asco le daba, que la vieran junto a una gata como yo, una cualquiera, vieja y desvergonzada que robaba bofe de la carnicería donde compra su dueña y hurgaba en la basura, que había pasado por las garras de cuanto gato anda suelto por el barrio, que no había hueco o terraza donde no hubiere parido media docena de gatitos, ella, una gata de mundo, una gata esterilizada que había viajado a Europa en avión y comido canapés en recepciones, todo eso me dijo, delante de mi gato, ese canalla. No pude seguir escuchándola, y huí, huí lo más pronto que pude saltando de techo en techo, hasta donde me llevaron las patas”.</p>
<p>La gata se quedó en la misma posición sentada, apoyada en sus patas delanteras. Callada, bajó el cogote.</p>
<p>Entonces se me ocurrió una idea brillante. Me la llevé a casa. Le compré leche, carne enlatada de pavo, de atún y de cordero, tres ovillos de lana de diferentes colores, le acaricié la cabeza y el lomo hasta que se me acalambraron las manos. Al día siguiente le llevé al Morrón, una belleza de gato, un gato marrón claro con pintas rojizas, delgado pero atlético, fibroso, un gato balconero. Pasaron la noche juntos. La mañana siguiente, la gata me lo agradeció. Por unos días le di los gustos, carne y leche a discreción, ovillos de lana, mimos, y el gato. Una tarde la gata me preguntó por el Morrón: no le contesté. Después le agregué a la leche un trago de ginebra y le traje al Cutiño, un gato negro gordo y pendenciero y los encerré en el galpón. Desde la calle se escuchaban los chillidos, pero como era sabido, al final hubo solo silencio total. El Cutiño las sabe ablandar. Ahora llueven los gatos. Hacen cola, y a medida que van pasando les cobro de a cincuenta por cabeza, ochenta los especiales, cien la completa. Un par de veces la gata se me quiso retobar, pero le traje al Cutiño y se le pasaron las ganas. La otra tarde se me acercó medio remolona, al principio no entendí que quería, pensé que tendría que llamar otra vez al Cutiño, pero lo único que dijo es si le podía agregar un poco más de ginebra a la leche.</p>
<p>Esa noche le llevé al Morrón.</p>
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		<title>124- Última voluntad. Por Zumo de arena</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jul 2011 22:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Quiero que sepan que he pasado más de la mitad de mi vida entre rejas.             Seguramente las preguntas que les han venido a la mente cuando han leído estas palabras han sido ¿a quién mató?, ¿robó un banco?, ¿traficaba con drogas?             La realidad está muy lejos de esos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quiero que sepan que he pasado más de la mitad de mi vida entre rejas.</p>
<p>            Seguramente las preguntas que les han venido a la mente cuando han leído estas palabras han sido ¿a quién mató?, ¿robó un banco?, ¿traficaba con drogas?<span id="more-895"></span></p>
<p>            La realidad está muy lejos de esos oscuros lugares: soy funcionario de prisiones o, mejor dicho, lo fui, porque me acabo de jubilar. Mi lugar de trabajo fue siempre un centro de alta seguridad del estado de Texas. Allí viví mil millones de historias pero, cuando he echado la vista atrás, he de reconocer que hay una que reluce entre todas las demás, como una luciérnaga entre moscardones. Se trata de la historia de un hombre llamado James Nixon –sí, se apellidaba como aquel presidente que tuvo que dimitir-. James era un tipo impregnado de cultura y buenas maneras que acabó sus días por el método de la inyección letal (él estuvo pensando mucho tiempo que la silla eléctrica iba a ser su final, ya que fue juzgado antes del 82; pero finalmente esa odiosa mezcla de fármacos se lo llevó al otro barrio).</p>
<p>            Nunca negó haber encargado la muerte de tres sicarios de la droga, los mismos tres desechos humanos que habían asesinado a la mujer y a la hija de James en una noche de alcohol y psicotrópicos. No entiendo demasiado de juicios, pero me extraña que ese tipo acabase al final del pasillo de la muerte&#8230; lo normal es que esas celdas las ocupen negros, latinos o gente cuyos ingresos económicos no les permitan tener una buena defensa en el juicio.</p>
<p>            Pero no me he sentado aquí para discutir acerca de aquel caso, sino de la noche antes de su ejecución, aquella noche que está grabada a fuego en las pizarras de mi memoria.</p>
<p>            Para entender lo que sucedió tienen que saber que aquel tipo, James Nixon, había hecho muy buenas migas con el resto de reclusos. Era un hombre gracioso, de esos que llevan la risa en la sangre. Pese a pertenecer a una clase social que estaba a años luz de las que contienen al resto de los mortales, siempre se integraba muy bien en cualquier grupo de presidiarios. No se metió en drogas ni en peleas y ayudó a varios presos a lograr que los problemas de sus familiares más queridos desaparecieran. A mí, personalmente, me caía muy bien.</p>
<p>            Pero chocó contra el alcaide, un prepotente lameculos llamado Walter Escalante. No sé qué fue antes, si el huevo o la gallina; quiero decir que no sé si apareció antes el odio del alcaide por James o si lo que nació en primer lugar fueron las bromas que este hacía acerca de la mujer de Walter Escalante. Sé que la bautizó como “Bragasparacaídas” por su inmenso trasero. No sé cómo logró distribuir fotos de la dichosa Miss Escalante entre los internos, pero casi todos ellos vieron a Bragasparacaídas en una posición no demasiado honrosa. Gracias a Dios yo he olvidado aquellas imágenes, hoy podrían causarme pesadillas.</p>
<p>            Solo me falta darles un ingrediente más para que ustedes puedan acabar de cocinar la historia en su cabeza. James era capaz de soportar su estancia en prisión gracias a su pasión por las óperas de Mozart. Tenía un aparato de música que le ayudaba a desconectar su alma del mundo.  Sonreía cada vez que estaba escuchando una ópera.</p>
<p>            Walter descubrió esa afición un día de otoño. Fue a visitarle cuando La Flauta Mágica sonaba en el interior de la celda: Papagena y Papageno canturreaban dentro de un océano de bemoles y sostenidos. No tardó ni un mes en prohibir los aparatos de música en el interior de la prisión. Alegó que eran peligrosos y que podían servir para ayudar a organizar un motín.</p>
<p>            Todos supimos que aquello era una venganza.</p>
<p>            James no le dio al alcaide lo que más deseaba: su cara demostrando tristeza. Yo la noté tras la cortina de su mirada, pero solo yo lo supe&#8230; porque le conocía bien.</p>
<p>            Cuando la fecha de la ejecución fue fijada varios funcionarios le pedimos al alcaide que hiciera una excepción con Nixon.</p>
<p>-         Ese hombre morirá pronto –dijo Thomson, un sargento de cuello gallináceo que casi siempre tenía la boca cerrada-. No es humano quitarle su única afición.</p>
<p>-         ¡No puedo hacer excepciones! –gritó Walter Escalante.</p>
<p>-         Pero&#8230;</p>
<p>-         No hay peros que valgan.</p>
<p>            Muchos tuvimos miedo de proseguir con esa petición, no nos gustaba ver al jefe con los ojos desorbitados y amasando una venganza en la cocina de su mente. Tuvimos pánico y fuimos esclavos de ese pánico.</p>
<p>            Un día en el que yo estaba de paseo por el patio me puse a hablar con Howard, el recluso que estaba encargado de la biblioteca. Le conté el tema de Nixon, el alcaide, Mozart y La Flauta Mágica.</p>
<p>-         Siento decírtelo, porque es tu jefe, pero ese Escalante es mala persona. Ese Nixon, sin embargo, siempre me cayó bien. Es una lástima que ahora esté aislado.</p>
<p>-          Walter –mentí- no es mala persona.</p>
<p>-         Entiendo que no quieras decir nada de él –me interrumpió-.</p>
<p>            Le regalé un silencio recordando aquel dicho que indica que el que calla otorga.</p>
<p>-         La Flauta Mágica –murmuró Howard-. Debe ser su ópera favorita, hablaba mucho de ella.</p>
<p>            Y se alejó. Olvidé aquella conversación hasta el día de la ejecución.</p>
<p>           La noche anterior a la inyección a Nixon le concedieron su última comida. Donde muchos pedían hamburguesas o pizzas y un helado, este tipo solicitó una tostada con aceite del sur se España y sal roja de Hawai, un risotto de setas y una Crème brûlée (he tenido que buscar en un diccionario cómo demonios se escribe el dichoso postre para no quedar mal delante de ustedes). Simplemente aquello ya hizo que la ejecución no fuese como otra cualquiera. Yo le recogí los platos y noté que la tristeza se agazapaba tras cada gesto, tras cada movimiento. Pensé que podría llevarle uno de esos aparatos de música tan modernos y pequeñitos que hacen hoy día, pensé que podría hacerle feliz en su última noche. Pero el miedo disfrazado de mil disculpas me echó hacia atrás.</p>
<p>           “No hay tiempo suficiente” me dije.</p>
<p>           “No sabría conseguirle la música que le gusta”.</p>
<p>         “No sé si es lo que quiere”.</p>
<p>           Pero todas ellas eran mentiras que mi cerebro inventaba, mentiras que trataban de hacerme parecer menos cobarde. La realidad es que tenía miedo de que el alcaide me pillara y me empujase hacia el barranco del desempleo.</p>
<p>           Al día siguiente un cura le confesó y le sacaron de la celda. Solo miembros de las instituciones oficiales se sentaron en la sala que estaba a solo un cristal de distancia del patíbulo en el que James Nixon sería ejecutado.</p>
<p>            No sé cómo empezó, quién lo empezó, ni mucho menos quién lo organizó. No sé si algún funcionario supo de algún ensayo. No sé cómo consiguieron aprender las canciones algunos de aquellos tipos, pedazos de carne que apenas sabían leer y escribir. No sé si Howard transmitió la noticia o si lo hizo otro. No sé si por primera vez en la historia de la prisión los negros y los neonazis hicieron algo juntos. Solo sé que se me puso la piel de gallina al escucharles a todos entonando aquella obra.</p>
<p>            Las desafinadas voces de los reclusos comenzaron a cantar la obertura de La Flauta Mágica. Voces rotas, voces aterciopeladas, voces esmaltadas, voces propias de seres del inframundo&#8230; los reclusos empezaron a cantar a coro con fuerza. Fue algo atronador y, a la vez, algo maravilloso.</p>
<p>            Los ojos del condenado empezaron a desparramar alegría, me fijé en ellos y descubrí vida en sus pupilas, algo que parecía haber perdido durante las últimas semanas.</p>
<p>            No pude ver la cara de Escalante, pero estoy seguro de que tuvo que morderse los labios para no gritar, para no frenar la ejecución y mandar a todos los funcionarios a las celdas con orden de pegarle un tiro a todo aquel que estuviera cantando.</p>
<p>            Seguramente se trató de la peor versión que nunca se hiciera de aquella ópera; ni siquiera pudieron verse los trajes y decorados que siempre acompañan a este género musical. Pero puedo asegurarles que nunca una pieza musical me hizo emocionarme tanto como aquella versión de la historia de Sarastro, Tamino, Menostato y todos sus colegas.</p>
<p>           Aquellas voces no pudieron lograr que se aplazase le ejecución, no lograron que hubiera una llamada de última hora del gobernador&#8230; a las doce y siete minutos el corazón de Nixon se paró.</p>
<p>            Durante las semanas siguientes muchos internos acabaron en la celda de castigo y la comida fue mucho más grumosa y desagradable  que de costumbre.</p>
<p>            Pero la sonrisa que no abandonó al moribundo James Nixon es lo que mejor recuerdo de mis años en aquel agujero; creo que le permitió evadirse de la tensión del momento, creo que dio el paso hacia la acera del más allá con más tranquilidad que la que exigían las circunstancias.</p>
<p>           Como puede usted imaginar, después de aquella noche he escuchado mil veces La Flauta Mágica, pero ninguna versión me ha puesto la piel de gallina&#8230; sólo lo logró aquella que cantaron cientos de reclusos, aquella en la que hubo más de un millón de notas desafinadas.</p>
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		<title>123- Doña María. Por Pichina</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Jul 2011 22:13:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[           Yo periodista ambiciosa, y muy bien preparada quise escribir una historia real para la importante revista en la que trabajo. Tenía que ser una historia autentica e impactante que me catapultase a la fama.             Me puse a buscar personajes actuales y vivos, que hubiesen tenido una vida excitante [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>           Yo periodista ambiciosa, y muy bien preparada quise escribir una historia real para la importante revista en la que trabajo. Tenía que ser una historia autentica e impactante que me catapultase a la fama.<span id="more-890"></span></p>
<p>            Me puse a buscar personajes actuales y vivos, que hubiesen tenido una vida excitante o complicada. Una vida de esas que nadie nos atrevemos a soñar ni a pensar, unas veces por ser demasiado aterradora y otras por ser tan maravillosa que las retiramos de nuestra mente por creernos que estamos desvariando. Y me encontré con Doña María.</p>
<p>            Un extraño personaje que había sido hacía muchos años la mujer más bella, rica y envidiada de su época y que hacía ya muchos años que había desaparecido por completo del mundo mediático. De tal manera que ni yo (periodista acreditada) había oído nada sobre tal personaje.</p>
<p>            Sin dilación copié su dirección y partí inmediatamente en el primer vuelo para entrevistarla. Yo intuía que aquella entrevista iba a resultar muy positiva para mí, aunque no sabía si también lo sería para mi carrera que, en definitiva era lo que me importaba.</p>
<p>            Me encontré frente a una inmensa casona o antiguo palacio envejecido y muy mal cuidado, casi abandonado: pero aún se notaban los vestigios de su pasada importancia. Estaba rodeado de una inmensa hacienda también muy abandonada.</p>
<p>            Doña María me recibió encantada. Y yo quedé muy sorprendida, pues aquella viejecita era todo lo contrario de lo que yo me había imaginado.</p>
<p>            Parecía que tenía cientos de años por la cantidad de arrugas que tenía. Su blanco pelo era ralo y sin brillo, y lo había recogido ella misma en un anticuado moño que la hacía parecer aún más antigua. Vestía de negro con un sencillo vestido muy corriente y sus manos eran huesudas al igual que todo su cuerpo.</p>
<p>            Mientras caminábamos por un pasillo largo y estrecho, ella me iba contando su pasado, al tiempo que me enseñaba la casa habitación por habitación y estancia por estancia. Aquella casona o palacio era enorme, con muchos salones, gabinetes y habitaciones. Por lo visto ella había sido muy rica y había tenido una vida llena de lujos y fiestas y siempre había sido el centro de atención de la sociedad de su época. En cada salón de la casa ella tenía una anécdota o recuerdo de su pasada importancia como anfitriona y admirada joven. Por lo visto había sido muy hermosa y todos los jóvenes y no tan jóvenes que la conocieron la pidieron en matrimonio, pero ella estaba convencida de que ninguno de ellos estaba a su altura. Tenía un concepto de su hermosura y de su valía y de su importancia económica (creado en parte por las constantes alabanzas y admiraciones que recibía continuamente) que pensaba que debería por fuerza llegar algún ser sobrenatural o un semidiós para ella solamente. Y en esta espera, los años inexorables fueron pasando sin que el esperado príncipe celestial llegase y la pidiese en matrimonio.</p>
<p>            De golpe se dio cuenta de que aquella bellísima y riquísima joven que era ella había desaparecido junto con la lujosa mansión en la que brillaba, y en su lugar había emergido una casona vieja y abandonada con una anciana mal vestida y flaca.</p>
<p>            Todo esto lo iba contando ella y yo solo escuchaba. Pero me sorprendió mucho que a pesar del dolor que deberían de producirle aquellos recuerdos, ella sonreía continuamente, y en sus ojos había un brillo extraño, como si ocultase un secreto que la tenía convencida de que volvería muy pronto a tiempos pasados y que lo que me estaba mostrando era un espejismo del cual me sacaría dentro de poco sorprendiéndome inimaginablemente.</p>
<p>            Por fin después de todo un día de recorrer estancias y escuchar sus relatos que me hacían casi ver aquellas magníficas fiestas y el esplendor que ella había tenido, se paró en mitad del pasillo y me dijo:</p>
<p>            -Ahora voy a mostrarte el tesoro más grande que yo siempre tuve desde que nací. Ni la casa, ni todos los aristócratas que siempre me rodearon, ni mis padres, ni mis riquezas, ni mis joyas, ni yo misma, ni todo eso junto valemos tanto como lo que voy a enseñarte.</p>
<p>            Mientras me decía esto el brillo extraño de sus ojos aumentaba y su sonrisa era angelical, casi sobrenatural. Yo estaba intrigada, pues pensaba que podía ser más importante para aquella altiva mujer que sus padres, sus riquezas o ella misma…</p>
<p>            Salimos de la gran casa y me llevó a otra casa mucho más pequeña; era lo que podría llamarse la casa de los criados. Parecía un establo rectangular con una puerta y unas pequeñas ventanas.</p>
<p>            Entramos, y allí dentro el rostro de aquella mujer se iluminó de felicidad. Yo no entendía nada y empecé a pensar que aquella mujer no estaba bien de la cabeza… quizá padecía demencia senil y ella veía algo que yo no era capaz de ver.</p>
<p>            El interior de aquel galpón estaba destartalado, oscuro y viejísimo. No tenía apenas muebles y parecía que tenía muchas habitaciones para dormir. En la entrada donde nosotros nos encontrábamos había una cocina vieja y muy antigua, y unida a ella sin puerta, lo que debió haber sido un pequeño comedor.</p>
<p>            De pronto ella casi transfigurada y con una voz emocionada y sumamente respetuosa llamó:</p>
<p>            -Doña María</p>
<p>            Al punto apareció una señora aproximadamente de la misma edad que la dueña de la hacienda. Vestía muy parecido a ella, pero un poco más harapienta y toda de negro. Se notaba al instante que era la criada y también que poseía un gran carácter y unas dotes de mando propias de una fortísima personalidad. Se captaba que todo lo que hacía o mandaba no admitía réplica ni discusión, pero tampoco parecía que fuese a enfadarse si se la contradijese.</p>
<p>            Doña María apenas nos miró y tampoco nos saludó ni dijo nada al vernos allí. Era tan activa que toda su preocupación se centraba en hacer lo que ella creía que debía de hacer. Por lo tanto, casi sin mirarnos y sin decir ni una sola palabra, se acercó al antiquísimo fogón y comenzó a colocar cacerolas y a mover y a ordenar los pocos y viejos utensilios que había por allí de espaldas a nosotras. Observé que la dueña la miraba embelesada, con una constante y dulcísima sonrisa en su boca y un brillo cegador en sus cansados ojos, como si estuviese contemplando un ángel maravilloso recién bajado del mismo cielo, y la dejaba hacer sin interrumpirla para nada. De pronto doña María se dio la vuelta y nos miró fijamente y con un nerviosismo tal que a mí sin saber porque me trasmitió un angustiante terror. Por su gesto serio y aquella mirada preocupada y penetrante supe que algo estaba pasando que solamente ella sabía y que al instante nos lo iba a contar. Esperé inmóvil por el pánico que sentía, pues la mirada de doña María revelaba un gran peligro para nosotras dos (la dueña y yo)</p>
<p>            Miró con un amor infinito para su ama y le dijo:</p>
<p>            -Ellos están aquí afuera. Del otro lado de la casa y vienen dispuestos a llevaros a las dos.</p>
<p>            Yo temblaba de miedo. No sabía que o quien eran ELLOS, pero por la forma en que la criada lo dijo supe que algo o alguien venía a hacernos mucho daño. Comencé a temblar y miré con angustia a mi anfitriona para pedirle explicaciones sobre lo que ocurría y que o quienes querían hacernos daño y porqué. Pero el rostro de mi anfitriona no se había alterado lo más mínimo y seguía mirando arrobadoramente a doña María y sonreía. Su expresión denotaba que estaba absolutamente segura de que su criada la protegería con su propia vida y que jamás permitiría que a su ama le hiciesen daño, por lo que se ponía en sus manos con una confianza ciega y  totalmente dispuesta a obedecerla sin la menor contradicción.</p>
<p>            Asustada miré por una de las ventanas que daba a la parte de atrás de aquel galpón y vi un verdísimo prado no muy ancho bordeado por un río. Al otro lado del río había algunos árboles frondosos y el prado se extendía a todo lo largo del río. Empecé a oír un ruido lejano que cuanto más miraba yo hacia el río más iba increscendo. De pronto vi a través de la ventana un ser que me paralizó por completo. Era el rostro barbudo de un hombre horrible. Era muy grande, iba todo desarrapado y llevaba un sucio y viejo sombrero marrón de ala ancha. Sus hombros eran contrahechos, uno mucho más alto que el otro, sus piernas estaban muy arqueadas y con las rodillas dobladas y tenía unas manos enormes y sucias. Un ojo no lo tenía y solo se veía la cuenca negra, arrugada y como quemada, y el otro ojo era grande, negro y brillante como un ascua. Por aquel ojo rezumaba maldad y odio. Aquel ser se parecía más a una espantosa bestia que a un ser humano, y al instante supe que aquel ser era un servidor de ELLOS y que éstos eran aún más horribles y malignos que su servidor.</p>
<p>            Venían todos, (aproximadamente ocho de  ELLOS y tres o cuatro servidores) hacia el galpón por la parte de atrás de la casa y casi estaban ya entrando por las ventanas de las habitaciones.</p>
<p>            Doña María también los oyó y supo que estaban muy cerca. Entonces pasó su brazo por los hombros de su ama y con aquel amor tan grande pintado en el rostro dijo:</p>
<p>            -Vamos, tenéis que escapar rápidamente de aquí. Saltad por la ventana de esa habitación y huid hasta el otro lado del río. Allí estaréis a salvo.</p>
<p>            Yo no comprendía como mi anfitriona simplemente se dejaba guiar y no hacía nada por salvar a su criada; y sin poder contenerme dije:</p>
<p>            -Usted doña María tiene que venir también con nosotras y ponerse a salvo, sino la matarán o la llevarán.</p>
<p>            Ante mi sorpresa ellas miraron una para la otra y sonrieron con ternura, como si acabaran de escuchar la tontería de un niño.</p>
<p>            Sin esperar más ambas saltamos por la ventana y corrimos atravesando el prado a toda la velocidad sin parar hasta que llegamos al río. Lo cruzamos (pues no era muy profundo) y nos metimos entre los árboles.</p>
<p>            En el prado había mucho barullo de voces, pasos, y golpes de seres espantosos y extraños y mucha confusión. ELLOS, aquellos seres horribles irradiando odio, rabia y maldad, destrozaban todo a su paso y su única obsesión era entrar en el galpón para encontrarnos a nosotras. Y al contemplarlos supe que aquellos seres del mal habían sido creados solamente para aquella misión… Capturarnos y llevarnos a un submundo espeluznante, aunque no adiviné por qué.</p>
<p>            Pensé en doña María y se me encogió el corazón al imaginar lo que aquel MAL con forma humana le haría a aquella valiente y generosa mujer, al descubrir que nos ayudó a escapar; y con un nudo de angustia en la garganta miré a mi anfitriona para recriminarla por su indolencia y egoísmo con su criada, que probablemente había dado la vida por salvarla a ella y ni tan siquiera la invitó a salvarse con nosotras, y lo que es peor no demostraba la más mínima preocupación por ella.</p>
<p>            Entonces al mirarla descubrí la mayor sorpresa de mi vida. Una sorpresa que me dejó sin habla y sin saber que pensar ni que decir. Una sorpresa que dejó mi mente en blanco y mi cuerpo paralizado. Mi anfitriona, el ama, la dueña de aquella enorme hacienda, la riquísima y admirada joven venida a menos, la mujer que me quiso enseñar el secreto mejor guardado y más amado para ella ¡¡¡ ERA DOÑA MARÍA ¡!!</p>
<p>            Y yo en mi ignorancia, no supe descifrar aquel juego maravilloso de la creación. La magia de las vidas que vivimos (fantásticas vidas paralelas escogidas por nosotros) en las que somos alquimia y alquimistas al mismo tiempo.</p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>122- El obsequio. Por Colibrí</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Jul 2011 22:09:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[    Soy arquitecto y en una de las casas que  estaba construyendo mi brigada de albañiles encontré una hermosa alhaja. La llevé de regalo a mi esposa, sus ojos brillaron de un modo especial, agradecida se prendió a mi cuello colmándome de besos.  Me dijo que la luciría en el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>    Soy arquitecto y en una de las casas que  estaba construyendo mi brigada de albañiles encontré una hermosa alhaja. La llevé de regalo a mi esposa, sus ojos brillaron de un modo especial, agradecida se prendió a mi cuello colmándome de besos.<span id="more-884"></span>  Me dijo que la luciría en el aula para que sus colegas muriesen de rabia. Tomó un paño y empezó a limpiarla. A medida que iba frotándola  fue cambiando las tonalidades. ¡Qué belleza! Exclamamos al unísono. Cuando fuimos a guardarla cayó un terrible y estruendoso rayo sin haber indicios de tormenta. Un aterrador presagio se apoderó de mí.  Intuí que algo no estaba bien. Esa misma noche mi mujer comenzó a sentir fuertes dolores de cabeza le toqué la frente Y  la hallé más fría que el témpano de hielo conque chocó el Titanic. No se aliviaba ni con las  píldoras.  Era de preocuparse porque es una mujer joven y sana. Me ericé  de pies a cabeza cuando dijo que   estaba escuchando la voz de un hombre repitiéndole la palabra: “Desiste”  “Desiste”  Esas son ideas tontas mi amor, trataba de disuadirla. Cálmate. Estás nerviosa por lo del trueno, si le daba por eso sí que estaríamos arreglados. Observé como se apretaba las sienes pidiéndole a la voz virtual que saliera de su mente y la dejara en paz. Le recomendé que tomara algún somnífero para que durmiera. Se acurrucó a mi lado arqueada como un gatico y  se quedó  quietecita. En el desayuno le anuncié que no me esperara a cenar, de hecho  por cuestiones de trabajo paso mucho tiempo fuera  de casa. Tengo miedo quedarme sola, musitó con la cabeza baja como si le avergonzara el temor. Ya verás que en cuanto comiences a trabajar olvidarás todo eso, pretendí animarla. Cada vez que tenía oportunidad la llamaba al móvil. Me dijo que se  iría temprano a la cama. Regresé  de madrugada y la hallé tirada en el piso, con las manos crispadas sobre el cuello. De momento pensé lo peor sin embargo me quedé parado observándola como si me hubieran clavado en el piso. Vine a reaccionar al poco rato y la desperté.  El llanto que armó fue terrible. Ese hombre estuvo aquí sentado en el borde de la cama, manifestó entre sollozos. Apenas lo entendía, hablaba de los dioses que habitan en los mundos subterráneos de las oscuridades y me amenazo con vengarse de los malvados que se apropiaban de lo que no era suyo. No sé qué quiso decirme. Aguarda por favor, la interrumpí. Es muy tarde para narraciones surrealistas, pero nada la detenía y siguió con su cantaleta. Lo vi, vi como acercaba un cuchillo curvo  a mi cuello y un dolor espantoso tiraba de mi garganta como si me estuvieran desgarrando. Ya pasó, ven aquí mi gatica, la abracé aclarándole que todo lo sufrido había sido producto de su imaginación o de una alucinante pesadilla.</p>
<p>   A partir de esa noche, noté que una sombra me seguía a todas partes. Sobre todo cada vez que me acercaba a  mi esposa con ideas de hacer el amor, sentía como si una enorme culebra se enroscara en mi cuello con intenciones de asfixiarme.</p>
<p>    Mi mujer era profesora de un prestigioso colegio y por temor a las burlas dejó de asistir a clases. Comprendí que estábamos alterados y que debíamos buscar ayuda. Fuimos a visitar a mi suegra. Era una de esas beatas católicas que todo lo resolvían con castigos celestiales.  Después de leernos varios salmos determinó que si no era culpa del estrés rezáramos fervientemente para librarnos de los maleficios. Mi esposa desilusionada y triste subió al coche. En cuanto me incorporé al tráfico. Cerró los ojos y contrajo el rostro en una mueca. ¿Tú no lo oyes? ¿Qué debo oír? ¿No sientes que respiran como faltándoles el aire? De verdad que no escucho nada ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me escogiste para matarme? Exasperado detuve el coche, tomándola por los hombros la sacudí para sacarla del impacto emocional que estaba sufriendo.</p>
<p>   Antes de llegar a casa compré una biblia, encerrada en el cuarto leía con  avidez  salmos diferentes. Observé como pasaba las páginas esperanzada en poner un poco de paz en su aturdida cabeza. De repente empezó a decirme que la habitación estaba llenándose de seres alucinantes, que deambulaban sin detenerse y entraban a través de las paredes. Parándose frente al espejo comenzó a decir con una voz rarísima. Esposo mío el mundo está lleno de maldades y malas pasiones, tantas miserias y enfermedades no son por gusto, la especie humana está a punto de extinguirse, señalándome con el índice hacia la cara gritó. Esta es la primera vista de tu juicio final. Todos los seres dotados de razón te condenarán, considérate el último de la especie. No tendrás universo que te acoja ni tierra, ni aire, ni mar. Vagarás por el espacio si no nos permites hacernos cargo de tu destino. Eres culpable de todos los vicios y las torpezas de que los hospitales estén llenos de enfermos  achacosos y lisiados. Las penurias y aflicciones sobrepujan a los goces. Sufrirás la condena en la cárcel del olvido y ni así te curarás de las dolencias morales. Te condeno. Condúzcanlo a prisión almas en penas. Que no se les escape, diciendo esto se abrazó a mí con una fuerza desconocida. ¡Ahora sí estamos arreglados!, se me puso el corazón en la boca. Logré separarla de mí. Desesperado la sacudí fuerte por los hombros pidiéndole que  reaccionara.   Solo atinó a coger la biblia y a apretarla contra el pecho.  Ves como no estoy atrapada en la magia de otra pesadilla, expresó entristecida. Solo  tengo miedo de haber pasado el límite de la cordura. Yo también tengo miedo mi amor expresé llenando mis pulmones de un aire espeso. Por favor, no permitas que la imaginación se apodere de tu cerebro o estarás perdida.  No nos quedará otro remedio que consultarnos con algún especialista.</p>
<p>    De cada consulta regresaba más alterada. Una de esas tardes había quedado con mi jefe para que  viniera a casa debía mostrarle los planos del proyecto. Mi esposa estaba duchándose, lo menos que esperaba era verla pasar corriendo desnuda por la sala gritando: En qué me he convertido, en qué me he convertido. ¡Mujer! , exclamé asustado, con la cara ardiéndome por la vergüenza, pidiéndole disculpas a mi jefe  fui tras ella. ¡Te volviste loca!, le reproché. Perdóname, es que mientras el agua corría por mi cuerpo noté  se caían pedazos de mi piel, sin una gota de sangre y fui transformándome  en un  amasijo de tendones, huesos  y venas. Sin darme cuenta que estabas desnuda crucé la sala en busca del espejo grande. Sólo me interesaba ver en que me había convertido. Ni siquiera me fijé en la visita. Dispénsame, por favor, respiré resignado. Reconozco  que esta situación  se nos ha ido de las manos, aseguré rascándome la cabeza en un gesto desesperado. Creo que debo hacerle caso al doctor. Será preciso internarte. No, no me encierres en un manicomio, imploraba nerviosa. No quiero acabar mis días entre cuatro paredes blancas y acolchonadas recibiendo píldoras e inyecciones. Entonces pon de tu parte.</p>
<p>  Tras una breve excusa despedí a mi jefe y retorné a la habitación. La noté más calmada tomándola entre mis brazos, empecé a besarla tiernamente acariciándola, me disculpé por tenerla abandonada. La sentí más animada respondiendo a mis caricias. Estábamos excitados. De repente recibí un violento empujón, el grito de terror a todo lo que daban sus pulmones me dejó sin habla. Vete, vete, no es posible que esté sosteniendo sexo con una calavera. Ahora sí no quedará otro remedio que ingresarte, amenacé furioso y frustrado a la vez. Estoy muy mal, muy mal, repetía nerviosa. No sé quiénes son esos espectros que no me dejan vivir. Me inspiran malos pensamientos. Desconozco cómo enfrentarlos. Ayúdame. Recházalos. Estoy dispuesta a no dejarme vencer  por ellos, ni por el miedo, pero carezco de fuerzas para resistir su influencia negativa.  Ayúdame,  la escuchaba incrédulo seguro de que no sabía cómo iba a solucionar la situación.</p>
<p>  La acompañé a la otra consulta, el médico me llamó aparte para  decirme que  mi esposa estaba padeciendo una sobreexcitación cerebral, que todo era producto de una violenta emoción que la estaba afectando, solo tenía que hacerme el desentendido, sonreírle e ingeniármelas para que creyera que  nada  estaba pasando, sus conflictos no eran significativos. Cuán difícil sería ese papel de imbécil que debía adoptar.</p>
<p>   Del consultorio fuimos a comer, menos mal que mi esposa en la calle se comporta normal y que no le dan esos prontos tan extraños e irreales. Nos disponíamos a salir del restaurante y una mujer nos abordó con cierta timidez. Discúlpeme, pidió acercándose a mi esposa y mirándole a los ojos. Su  rosto refleja lo que está padeciendo, dijo sin quitarle la vista de encima y agregó. No has enloquecido porque tus ángeles están a tu lado. Se equivoca de persona, respondió mi esposa sobresaltada. No, no se engañe, expresó la señora con la voz dulce.  Búsquelo y regréselo, solo entonces será feliz y desapareció entre los transeúntes. Volvimos decepcionados.</p>
<p>   Esa noche nos fuimos temprano a la cama. Probablemente nos quedamos dormidos porque sentí que me tomaban de la mano y mi cuerpo iba detrás de aquella sombra desconocida que tanto me había atormentado cuando deseaba a mi mujer y que soporté en silencio para no alarmarla más de lo que estaba.  La sombra me condujo por un largo pasillo lleno de puertas. En una de ellas estaba asomada mi esposa. ¿Qué tú haces aquí?, preguntamos al unísono y las risas que brotaban de las paredes nos sobrecogió a los dos. Se acercó tímidamente y la tomé de la mano apretándosela fuerte. Volví a reparar en la hermosura de sus ojos azules, ahora opacos por el temor y el llanto constante  de los últimos días. Me armaré de valor y los atacaré como se merecen, su actitud me dio a entender que a partir de ese momento todo estaría solucionado. Observé su rostro y un escalofrío recorrió mi cuerpo, vislumbre a una persona inclemente y despiadada. Nos despertamos al escuchar unos fuertes toques en la puerta. Se trataba de la misma persona que vimos en el restaurante. Tendría usted poderosas razones para venir a molestar a esta hora de la madrugada. Disculpándose nos dijo que al día siguiente vencía el plazo y dirigiéndose a mí advirtió. Ayúdala  En cuanto le obsequiaste esa prenda surgieron los problemas. Sin decir más, se retiró.   ¿Será ese adorno el que me tiene al borde de la locura? No lo hice con malas intenciones, protesté. Debes culpar a los tantos  misterios que tiene  la vida. Volvamos a la cama es media noche. Estaba soñando contigo, confesó pegándose a mi costado, sonriendo hice saber que estaba dispuesto hacer cualquier sacrificio para verla feliz. No sé cuánto tiempo hace que nos hemos perdido como pareja, reprochó, pero me hice el desentendido. Antes de salir para el trabajo me entregó la joya, mirándome dudosa dijo. No sé porqué tengo la certeza de que tomarás una mala decisión, desde el amanecer no me siento bien. Nos despedimos. Llegué al lugar donde supuestamente había hallado el objeto. Sería de tonto tirar una prenda tan fina para que otro la recogiera. Determiné llevarla a un joyero  que se dedicaba a comprar antigüedades, después de analizarla llegó a la conclusión de que se trataba de un adorno procedente de la realeza árabe elaborado en oro y plata, perlas y piedras preciosas que posiblemente  hubiese pertenecido a algún sultán. Me aseguró que sabía quien me podía dar de inmediato una fortuna por la joya. No lo pensé dos veces y la vendí.</p>
<p>   La aglomeración de personas frente al edificio acordonado por los de la policía llamó mi atención. Los vecinos me miraban entristecidos.  La portera en un mar de lágrimas corrió a abrazarme. No puedo creerlo, manifestó nerviosa. No me cabe en la cabeza  que tu esposa se haya degollado con un pedazo cristal.</p>
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		<title>121- Argón. Por Cassavetes</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Jul 2011 08:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[GAZZARA dice:  Estamos muy cansados, las pastillas cada vez hacen menos efecto. ARGÓN no ha dado señales de vida desde hace horas, quizá esté reparando su sistema. La noche de ayer fue muy larga, intentamos entrar tres veces en El Vacío, la segunda vez casi perdemos todas las claves. ARGÓN [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>GAZZARA dice: </p>
<p>Estamos muy cansados, las pastillas cada vez hacen menos efecto. ARGÓN no ha dado señales de vida desde hace horas, quizá esté reparando su sistema. La noche de ayer fue muy larga, intentamos entrar tres veces en El Vacío, la segunda vez casi perdemos todas las claves. ARGÓN dijo que esta vez iba a ser fácil, que sólo necesitábamos descifrar un código de acceso, pero El Vacío volvió a rechazarnos. Estuvimos a punto de atravesar la tercera puerta, pero los de RHODA se nos adelantaron.  <span id="more-879"></span></p>
<p>ARGÓN dice que sólo tenemos que encontrar una ruta alternativa, ARGÓN dice que últimamente la Red es un despropósito, que los de RHODA están metidos en líos, que casi todos sus sistemas están bloqueados, que una banda enemiga de piratas informáticos los están buscando por no sé qué historias de programas nocivos. Pero lleva diciendo lo mismo desde el día en que decidimos hackear El Vacío. ARGÓN siempre dice que las cosas van bien, ARGÓN siempre dice que lo conseguiremos y los de RHODA ya se nos han adelantado tres veces. A veces tengo la sensación de que para él esto no es más un juego. </p>
<p>ARGÓN nos reclutó hace seis meses, cuando no éramos nadie en la Red, y nos lo enseñó todo. Fue él quien nos habló de la existencia de El Vacío y nos propuso hackearlo. Desde entonces todo ha ido a peor. Es como si El Vacío estuviera desligado de cualquier otro sistema, como si funcionara con códigos distintos, siempre es difícil rastrearlo porque cambia sin parar, siempre cambia y vuelve a cambiar y cuando lo localizamos tenemos que darnos mucha prisa, porque siempre cambia y cambia y vuelve a cambiar. </p>
<p>Al principio no era así: ARGÓN estaba entusiasmado y nosotros también, encontramos la ruta de acceso para la primera puerta y la atravesamos. Fue fácil, pero los de RHODA se nos adelantaron. Nos dimos cuenta tarde y entraron en nuestros sistemas y destruyeron gran parte de nuestro trabajo. Perdimos mucho tiempo, entonces. Los de RHODA saben cosas que nosotros no sabemos y se acercan cada vez más a El Vacío. Además no sabemos cuántas puertas de acceso nos quedan, y cada una es más compleja que la anterior. Me pregunto cuándo va a terminar esto, me pregunto si ARGÓN lo sabe. </p>
<p>GAZZARA dice: </p>
<p>ARGÓN ha desaparecido, no hemos podido localizarle en todo el día. Su perfil está vacío, muy quieto, como si esperara que las cosas se arreglaran solas. No sabemos qué hacer sin ARGÓN. Estamos muy cansados. Llevamos tres días sin dormir, y las pastillas se acaban. Tenemos que darnos prisa. Pronto El Vacío volverá a cambiar y habrá que rastrearlo de nuevo. </p>
<p>Probablemente los de RHODA ya estén preparando su próximo golpe. Saben más que nosotros. A veces pienso que ARGÓN nos oculta cosas sobre El Vacío, apenas sabemos nada y, aunque somos tan fuertes, El Vacío se nos resiste, nos rechaza una y otra vez, nos sorprende con nuevos códigos de acceso y nuevas fronteras y nos obliga a empezar de cero. Siempre estamos empezando de cero. </p>
<p>Cuando ARGÓN nos reclutó todo era distinto, incluso cuando atravesamos la primera puerta todo era distinto. Luego aparecieron los de RHODA y El Vacío se dio cuenta de nuestra existencia y sus sistemas de defensa se activaron. Apenas hemos salido de la Red desde entonces, tenemos que rastrear y rastrear, una y otra vez, y luego atacar a toda prisa mientras controlamos las rutas de acceso. Son apenas unas horas, es desesperante: parece que lo vamos a conseguir y entonces El Vacío vuelve a cambiar. </p>
<p>ARGÓN dice que El Vacío es el sueño de todo hacker, ARGÓN dice que si entramos en El Vacío podremos controlar la Red. Es imposible no obsesionarse, hace unos meses ni siquiera sabíamos de la existencia de El Vacío. ARGÓN nos reclutó y nos lo enseñó todo. No sabemos dónde vive, no sabemos su verdadero nombre, ni siquiera estamos seguros de que exista. Pero él nos enseñó la existencia de El Vacío, el sueño de todo hacker. </p>
<p>GAZZARA dice: </p>
<p>La última vez que dormí soñé con ARGÓN. No con ARGÓN, claro, sino con la idea que me he hecho de ARGÓN. Ninguno de nosotros conoce su verdadero nombre ni su verdadera cara. Un día nos contactó y nos enseñó la existencia de El Vacío, eso es todo lo que sabemos. Fue hace tres días: soñé que ARGÓN era un espía de los de RHODA, soñé que ARGÓN ni siquiera existía, que no era más que un elemento configurado para reírse de nosotros. </p>
<p>El sueño era así: había un cuarto medio iluminado fuera de la Red, un cuarto de verdad, no muy grande, con una cama y tres ordenadores encendidos. La luz era verde y las persianas estaban echadas. Los ordenadores parpadeaban. Sobre ellos alguien había escrito ARGÓN con rotulador indeleble, y al lado una cara sonriente. El sistema pitaba y pitaba y parecía decir mi nombre, parecía reírse de mí. GAZZARA, decía, nada de lo haces tiene sentido, ARGÓN no existe, ni siquiera El Vacío existe. </p>
<p>Han pasado ya más de treinta horas desde que ARGÓN desapareció. Nos pesan los ojos, necesitamos más bebida y más pastillas para aguantar despiertos, pero no podemos abandonar la Red, ahora no, no hasta que ARGÓN regrese. Tenemos que actuar rápido o El Vacío volverá a cambiar y entonces tendremos que rastrearlo de nuevo. Empezar de cero, siempre estamos empezando de cero pero ya es tarde para dar marcha atrás. El Vacío luce con una fuerza extraña, es imposible no obsesionarse. Tenemos que actuar deprisa, sólo hacen falta más pastillas. </p>
<p>Dónde está ARGÓN, ARGÓN, dónde estás. El Vacío ya ha dado muestras de cambio, la nube empieza a vibrar, pronto desaparecerá de nuevo y los de RHODA volverán a adelantarse y entonces no habrá nada que hacer. Tenemos que atravesar la tercera puerta antes de que sea demasiado tarde. Estamos muy cansados, pero la Red no descansa. Si nos quedamos dormidos podemos perderlo todo.</p>
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		<title>120- Ávalon. Por H.K.</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2011 23:52:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[A veces, te encontraban cansado. Te llamaban y cuando no contestabas iban a buscarte. Era la época en que salían a pasear el tedio por la ciudad. Los parques, las calles, los clubes con sus divas colgadas de un tubo; a éstos todavía no te permitían entrar. Ni siquiera cuando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A veces, te encontraban cansado. Te llamaban y cuando no contestabas iban a buscarte. Era la época en que salían a pasear el tedio por la ciudad. Los parques, las calles, los clubes con sus divas colgadas de un tubo; a éstos todavía no te permitían entrar. <span id="more-874"></span>Ni siquiera cuando te dejabas la barba, esa pelusa que te hacía parecer más un adolescente desarrapado que un mayor de edad; pero, ¿quién era capaz de hacerte entrar en razón? Me voy a dar una vuelta, mamá. ¿A qué hora vuelve, Jorge? Tranquila que voy con Daniel y de pronto me quedo en su casa. ¿Ya comió? La respuesta, casi invariablemente, era el portazo. Afuera resonaban los saludos, el quiubo marica, los comentarios a tu nueva chaqueta bordada con el escudo de armas de alguna banda de rock. No lo sabías, aún, pero cuando salías tu madre se quedaba despierta casi toda la noche, atenta al enorme silencio que dejabas al salir de la casa. </p>
<p>       Otras veces, eras tú el que los buscaba. Ibas a espantarles el remanente de la resaca, el bostezo y la falta de ánimo, el me regañaron feo, guevón. Pues mañana los contenta, que hoy es sábado. Y el portazo preocupaba a los papás de Ricardo. ¿Qué vamos a hacer con ese muchacho? Es por la adolescencia, mijo, tranquilo que ya mismo entra a la universidad. Caminaban avenida abajo, copando la acera, mirando las formas, a veces vestidas, a veces desnudas, de los maniquíes femeninos; sus ojos de plástico azul, igual de indiferentes a los ojos de las mujeres con las que se topaban, como si ellas también estuvieran tras el cristal de una vitrina, inalcanzables, pura exhibición de fantasía para almacenar en la memoria y evocar en los ratos solitarios, antes de dormir, antes de la ducha, sin que los padres se enterasen, ¡que te quedas ciego! ¡Que ya no creces más! Y continuaban atravesando la pasarela hasta llegar al bar, después de uno que otro codazo cuando alguien se distraía: ¡Mire qué hembrota!; pero Daniel ya la había visto y la estaba amando de la única forma en que podía: tocándola con los ojos; y todos se le unían, girando el rostro en pos de la mujer, que seguía calle arriba, sin presentir que sobre ella se estaba llevando a cabo una orgía de ensueño, que sus curvas la habían elevado a la categoría de diosa, a amor fugaz y platónico, a ansiedad que calentaba la mano en las noches de insomnio. </p>
<p>       Afuera del bar esperaban las malas noticias: show de medianoche, tocaba pagar entrada. Nada qué hacer, esculcarse los bolsillos para sacar los dedos llenos de motas, de papelitos con números telefónicos que nunca te dieron, que nunca pediste, una servilleta garabateada en la barra antes de que los demás se dieran cuenta que te habían mandado a volar. ¿Qué hacemos? Continuar andando, hasta el siguiente bar, el nuevo, ¿cómo es que se llama? Ávalon, creo, dicen que allá van las mejores nenas. La palabra <em>nenas</em> te hacía olvidar, por pocos segundos, que el nuevo bar no era para ti, que ese era un sitio vedado, el feudo donde los príncipes jugaban con las hadas bajo cascadas de cerveza importada, que allí siempre cobraban la entrada, así no hubiese show; la sola mención del lugar te arrancaba suspiros de impotencia. ¿Y entonces? Vamos a La Cochera, decías, aparentemente tranquilo, como para no trasmitirles el desánimo que ralentizaba tus pasos cuando pasaban frente a Ávalon, frente a sus torres enanas circunvaladas por luces de neón y coronadas con sendos reflectores que iluminaban las joyas estacionadas en el parqueadero. ¡Mire qué carrazo! Sí, ya lo vi… </p>
<p>       Era de rigor comprar algo antes de entrar, intentar pasarlo o, en el peor de los casos, si los descubrían, beberlo apresuradamente en la calle. ¿Aguardiente aperitivo? Nooo, Whisky, pendejo. Pobre Pablo, desviaba la mirada, amilanado, y es que eras mayor y eso pesaba. Y usted lo entra. ¿Yo?, pero, pero… No hay cabida para la duda cuando las tropas están a punto de asaltar las puertas del paraíso. Bien dicho, Frank. Frank era el escritor de la banda, una banda de aire conformada por músicos inspirados pero sin instrumentos, partituras, o alguna clase de formación musical. El más avezado eras tú, que habías ido a cuatro clases de guitarra en las vacaciones anteriores; clases que terminaron cuando empeñaste la guitarra en otro bar —al que, por supuesto, nunca regresaste— para celebrarle el cumpleaños a Susana, la vecina, a la que su padre por poco matricula en un colegio de monjas cuando te descubrió subiéndole la falda, pero que, al final, dejaste de ver porque la habían mudado muy lejos, al otro extremo de la ciudad, casi tres horas en buseta y veinte minutos más a pie, un gran sacrificio por un beso, incluso en esa época, cuando sólo soñabas con besos. </p>
<p>       ¿Vamos a entrar o qué? </p>
<p>       El portero, un monumento a la desidia, ni siquiera los examinaba al pasar. Disimule, Pablito, que se le nota en la cara. Pero ya estaban adentro, la botella contrabandeada también, y Pablo medio azul de contener la respiración, un manojo de nervios, empequeñecido en medio del grupo que ya pedía a gritos la primera tanda de cerveza, eufóricos, cual hueste medieval que asalta la fortaleza. <em>We are the champions, </em>interpretada a viva voz por tu banda, bautizada en un rapto de inspiración como: Capela Dipsómana. Después el despliegue estratégico, las rondas para ubicar a las nenas en la oscura bodega que era el bar. Por allá está Susana y anda con su prima. ¿Qué? ¿De verdad? No se burle, hermano. Pero era cierto. Las posibilidades te daban vueltas en la cabeza, te mareaban más que el licor: Susana, sortilegio de babas; Susana, desnuda en la cama;<em> </em>Susana, el probable nombre de tu primera vez. Necesitabas coraje, necesitabas beber. Y allí, ignorado en un rincón, estaba Pablo, el noble Pablo, el escanciador honorario del grupo, sirviendo aguardiente bajo la mesa, esquivando los ojos del mesero; sólo le faltaba el barrilito colgado del cuello y batir la cola: Pablo vaya traiga cigarros, Pablo vaya pida música, Pablito, hágame un favor, llévele esta cerveza a Susana. </p>
<p>       Hola, qué tal; no, muy simple. Hola amor; ¿amor?, por Dios. Ya casi pensabas en voz alta, te temblaba la pierna derecha, te sudaban las manos. Pablo, ¿qué dijo Susana? Que gracias. ¿Nada más? Pues… no. Llévele otra cerveza. Fumabas, intentabas pensar, tu mente en blanco era la primera señal de que tus sueños se desvanecían como el humo que expelías en bocanadas impacientes, se ahogaban en copas apresuradas, en los largos minutos que Pablo se demoraba para retornar con una sonrisa nerviosa y un nada, hombre, nada. Sírvame más. Pero ya se acabó. Pues vaya por otra. Pero, pero… No cabe lags dudas en lags puegtas cuando el parraíso. Cállese, Frank. Siempre fuiste más resistente al licor; te dejaste crecer el cabello antes que los demás, tu madre te daba dinero suficiente para que fueras pieza esencial en el engranaje del grupo. Hasta te proclamaron voz líder de Capela, pese a que Pablo tenía mejor voz. Usted se encarga de los coros. Él ya había regresado con el encargo, pero no se decidía a servir: el mesero estaba ojo avizor. Tranquilo, Pablo, yo sirvo. Usted, mientras tanto, llévele otra cerveza a Susana, pero esta vez, pregúntele por mí, dígale que la he pensado mucho. </p>
<p>       Fuiste al baño a mezclar la cerveza con el aguardiente, a lavarte el rostro, a gritarle al espejo: ¡Actitud, <em>man</em>, actitud!; pero no sirvió de nada. Ya basta. Regresaste a la mesa, repartiste copas, hablaron del próximo partido de La Libertadores, acordaron la hora en que, al otro día, se encontrarían en los videojuegos; usaste la reserva de dinero que tenías escondido y pediste una tanda y luego otra, ya qué importaba, ya nada importaba; estaban a punto de cerrar y ese era el comienzo del final, la noche se escurría por el drenaje llevándose consigo todas las posibilidades. </p>
<p>       ¿Dónde putas está Pablo?, dijiste después de cerciorarte que se habían acabado los cigarrillos. Mientras los demás lo buscaban en el bar, bajaste las escaleras justo a tiempo para verlos: Susana abrazaba a Pablo, le mordía el cuello, le arrancaba los labios; la prima se afanaba por parar un taxi, más aburrida que entusiasmada, mientras ellos seguían lamiéndose las lenguas, sin saber que los espiabas, que te abrían el pecho, que se te acumulaba el amor en la boca y tenías que aguantar las ganas para no vomitarlo en la calle. Susana, maldita Susana&#8230; Y ella se fue. Viste su rostro, por última vez, tras la ventanilla del taxi; un rostro imbuido de éxtasis, de deseo, sus ojos acariciando la imagen de Pablo que se despedía, al borde del andén, agitando la mano, enviando besos, usurpando tu lugar. </p>
<p>       Jadeaste de lo rápido que subiste las escaleras. Nadie se percató de que habías salido. Te enjuagaste la humillación de la cara y te obligaste a adoptar un aspecto tranquilo, indiferente. Si Pablo no contaba nada, tu honor estaría a salvo; y sabías que él no contaría nada. Vámonos. Pronto las calles estuvieron vacías y sólo se escuchaban las risas, los cumplidos al <em>We are the</em>… cantado por Pablo, esta vez en solitario y de manera inspirada, su voz retumbando en la avenida, como atrayendo las luces hacia él, y a tus amigos, que parecían fanáticos en un concierto de Metallica. La noche era fría, el mundo era frío, un inmenso manicomio, pensabas, mientras caminabas, callado, a la vanguardia del grupo. </p>
<p>       Llegaron al puente, igual que otras tantas noches. Quizá fue la canción de Pablo lo que te envalentonó. Quizá fue el recuerdo húmedo de las fantasías con Susana. Te subiste a la baranda, los brazos extendidos para aguantar el equilibrio, y comenzaste a cruzar, un paso a la vez, escuchando los pocos autos que corrían bajo tus pies, la sangre palpitando en tus sienes, el viento en tu cabello, en tus ojos, aún jóvenes y osados, ante la mirada asustada de los demás, a los que ni siquiera el licor animó para protestar. Llegaste a buen recaudo; bajaste al andén y estallaron los gritos de júbilo. Después le propinaste un puño en la nariz a Pablo y seguiste adelante, las manos en los bolsillos de la chaqueta, rumbo a casa. </p>
<p>       Esa noche tuvieron que llevar a Pablo a Urgencias para que le atendieran el tabique roto. O, quizá, fue otra noche. Ya no lo recuerdo bien; aquellos tiempos se han amalgamado en mi memoria hasta casi reducirse a una única noche. Me detengo en el semáforo. Contemplo el letrero del bar de la esquina. Me dan ganas de entrar por una cerveza. Pedir un tema clásico. Luego me imagino a los jóvenes bailando a ritmo de una música desconocida, y yo, la sombra de traje y corbata en la barra. Ávalon —pienso—, ya nunca podrás ir&#8230; Veo mi reflejo en el espejo retrovisor y casi me desconozco. Siento deseos de un cigarrillo pero recuerdo que hace cinco años dejé de fumar, cuando Ricardo sufrió un infarto. Los bocinazos me devuelven al presente. Acelero y tomo la circunvalar, no hay trancones. Contesto el móvil; es Frank recordándome que el próximo jueves es el lanzamiento de su nuevo libro: Oiga Jorge, no se le vaya olvidar avisarle a Daniel y a Fernando. Cuelgo y me parece curioso el hecho de que últimamente he pensado mucho en qué sería de la vida de Pablo. Que primero lo recordé a él, y después a Susana. Cuando llego a casa, me doy cuenta de que mi hijo me espera en el cobertizo. Me abraza, me trae las pantuflas, me tiene listo el café; me pregunta: ¿Qué tal tu día, pa? Y yo: bien, bien. Hurgo en la billetera y su entusiasmo languidece cuando extraigo el billete de baja denominación. ¿A qué hora vuelve? Fresco, pa, que voy con… Pero el portazo no me deja escuchar el final de la frase.</p>
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		<title>119- El diablo que llevas dentro. Por Alcione</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2011 23:47:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[          Hay situaciones en la vida que parecen estar diseñadas para hacerte reír. Incluso cuando sean catastróficas. Como cuando el otro día viste caer a un niño de un columpio y estampar su cara contra la tierra del parque. Fue algo visceral; casi atávico. Sentiste una especie de espasmo que te [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>          Hay situaciones en la vida que parecen estar diseñadas para hacerte reír. Incluso cuando sean catastróficas. Como cuando el otro día viste caer a un niño de un columpio y estampar su cara contra la tierra del parque. Fue algo visceral; casi atávico.<span id="more-868"></span> Sentiste una especie de espasmo que te hizo golpearte el pecho mientras te carcajeabas y te atropellabas de aire, con la seria amenaza de terminar atragantado de júbilo. Fue tan revelador verle llorar desconsolado, que desde entonces te asomas todas las mañanas al balcón de tu quinto piso con la esperanza de captar otro instante parecido; uno de esos segundos en los que eres capaz de alcanzar el sentido de la vida a través de la desgracia ajena.</p>
<p>            Hoy es sábado. Hace un buen día. Otro más a añadir a tu secuencia de lo absurdo. Porque todo es absurdo. Lo sabes. Absurdo e irónico. Lo único que pude interrumpir tu fingida pauta de tranquilidad es la gravedad del presente. O tu destino. Pero ya tienes experiencia en esquivar la desdicha que supone vivir, así que haces como si no te murieses de aburrimiento y te asomas de nuevo a tu balcón para buscar la escena que te haga olvidar que estás al borde del abismo. Nubes; coches; un gato. Lo que ves parece reconfortarte porque indica la exacta decrepitud de la naturaleza humana. O al menos así te gusta catalogarlo: como exacta decrepitud de la naturaleza humana. Aferrado a la barandilla, contemplas cómo el conductor de un Ford <em>Inercia</em> desiste en su maniobra de aparcamiento en línea tras su tercer intento fallido. <em>¡Pero si te sobran tres palmos!</em> Gritas. Y escupes y todo con la intención de acertar sobre el capó como si el salivazo fuese una impronta definitiva, la rúbrica que pone a cada cual en su lugar. Pero en ese instante sopla una inquieta brisa que transporta las semillas de tramontana y el gargajo no hace otra cosa que dispersarse, difuminarse y caer como purpurina líquida sobre una gaveta cargada de patatas que un viejo sin casco lleva atada con tres pulpos elásticos a la parte trasera de su Rieju amarilla. Y ya está. Nadie se entera de nada. Estornudas porque tienes alergia a las gramíneas y el Ford se aleja y el caos se distorsiona contra el efecto Dopper-Feciau del cascado motor de la motocicleta que, tras pasarse un semáforo en ámbar, se pierde tras la arboleda raquítica y descuidada de un insípido jardín urbano. La vida se estanca y queda varada; tan sólo perdura el errático vuelo de los gorriones y el chillido inerme de unas golondrinas que vienen y van arañando el cielo mientras las jacarandas lloran y colorean las aceras de violeta. Entonces te recompones, bostezas, te desperezas y, cuando alcanzas la ridiculez máxima al desencajar tu mandíbula, te das cuenta de que el vecino de enfrente te está mirando con una mueca de soterrada indignación. Nada más saberse descubierto, se oculta en el sombrío interior de su habitación y corre las cortinas con un tirón que alberga toda la rabia del mundo. Es entonces cuando caes en la cuenta de que vas en calzoncillos. Pero más allá del rubor, sabes que no existe otra opción que pensar en positivo y combatir el reproche mordiéndote el labio y llevándote la mano a la entrepierna para defender tu orgullo.</p>
<p>            Es sábado. No tienes nada que hacer. El sol brilla y decides que es un buen día para ir a la playa. Así que entras en casa, te tiras sobre el sofá y enciendes el televisor. Mientras haces zapping piensas que deberías ponerte a buscar trabajo. Aunque sea en internet. Puede que si consigues algo, por ejemplo los fines de semana ­–para no agobiarte–,  ahorres lo suficiente como para dar de nuevo de alta el coche y disfrutar, en los días como hoy, de un día de playa. ¿Que por qué no vas en autobús? ¿Y pagar siete euros? Los autobuses no son dignos. Hay que tener demasiadas cosas en cuenta. Demasiados horarios. Y eso no va contigo. Tú eres libre. Eres escritor y necesitas sentir que nada te ata. Por eso dejaste tu último trabajo; porque era de lunes a sábados y –aún siendo de media jornada– terminabas exhausto. Llegabas a casa con el alma derrotada y al ponerte frente al ordenador lo único que componías eran fracasos. Cosas como «<em>odio la vida, quiero suicidarme». </em>Y al principio te sentías orgulloso porque sabías que era un endecasílabo puro de construcción académica, pero al final el tiempo se impone y desvela el verdadero significado de las cosas. Lo que un día creíste genial, al cabo de una semana no es más que una chorrada inmunda; algo vomitivo que te hace plantearte seriamente por qué demonios sale el sol cada día. Lo único honrado que puedes hacer al respecto –lo sabes muy bien– es señalar con el ratón la frase, pulsar el botón derecho y elegir la opción <em>suprimir</em>.</p>
<p>            Llevas tiempo echándote la culpa cuando a principios de mes llegan las facturas y la única que aporta es tu novia. Es buena persona y la quieres, pero en el fondo sabes que no estás enamorado y que si estás con ella es porque eres incapaz de vivir solo. Sabes cocinar, limpiar, hacer la colada y organizar tu tiempo, pero eres un gandul redomado que se ha acostumbrado a que se lo den todo hecho; a tener sexo al despertar; a que se dejen tocar. Y cuando tu novia llega a casa después de estar once horas de pie sirviendo copas en un bar de mala muerte en el que todos los días tiene que enfrentarse a algún viejo verde que quiere tocarle el culo, todavía tienes el valor de hacerte el agobiado y de ponerle pegas cuando te pide por favor que le hagas un masaje en los gemelos. Estás harto de verla llegar cabizbaja, con los hombros caídos y una sonrisa forzada para agradecer tu bienvenida, y como estás harto y te duele (porque aunque seas un ogro, te duele) cuando sabes que va a entrar por la puerta apagas corriendo la televisión y te sientas frente a tu escritorio para hacerle ver que estás trabajando. «¿Cómo va tu novela, cariño?» «¡Te tengo dicho que no me gusta que me preguntes esas cosas!» Y ella aguanta. Aguanta porque eso es lo único que saber hacer. Es lo que le ha tocado en la vida. Un cabrón la dejó embarazada a los diecisiete y luego estuvo dos años violándola y pegándole palizas hasta arrebatarle la voluntad. Y ella aguantó. Por eso ahora estar contigo le resulta gloria bendita… y tú te aprovechas. Y lo haces sabiendo que, de tan enamorada, es incapaz de ver el diablo que llevas dentro. Porque ella, sí, a pesar de los pesares y al contrario que tú, sabe lo que se siente al amar.</p>
<p>            Es sábado. Hace un buen día para ir a la playa. En la televisión no echan gran cosa, pero no tienes ganas de ponerte a escribir. Esa novela de espías que creíste poder acabar porque en tú mente ya estaban todas las escenas bien encajadas para un final perfecto de hollywood, la has terminado abandonando porque no eres capaz de escribir un best seller. Para eso se necesita investigar, documentarse, saber qué funciones tiene un policía o un detective o un comisario… así como estar al tanto de las diferentes misiones de todas las organizaciones de inteligencia del mundo. Te abruma la necesidad de saber tanta información para poder escribir. Tú eres libre y escribes sobre lo que te inspira y te hace sentir. No pretendes llegar a tus utópicos lectores a través de la información. Para eso ya están las enciclopedias. Lo que tú pretendes es cogerlos por las entrañas y no soltarlos hasta que sangren palabras. Ésa es tu misión. Tu sueño. Así que abandonas esa novela de espías y sigues escribiendo retazos de nadería en una especie de diario en el que de uvas a peras escribes todas las cosas que te desbordan.</p>
<p>            «Hoy es sábado. Hace un buen día para ir a la playa. Mi novia tiene media jornada. La sorprenderé cocinándole un buen plato de macarrones&#8230;»</p>
<p>            Estornudas. Y eso es como un aviso; algo que interpretas como síntoma ineludible de que tu propuesta literaria es sumamente degradante, casi radioactiva. Estás acabado. Ya sólo vales para escribir memeces en un diario. De manera que no dudas en coger el teléfono –que acaba de empezar a sonar– y aceptas con sumisa irritación que una teleoperadora con acento ecuatoriano te haga una encuesta sobre la calidad de los servicios que ofrece tu compañía telefónica. Hace más de seis meses que llamas desde el teléfono de tu novia porque tu tarjeta caducó por no haberla recargado en un periodo de nueve meses, aún así continúas haciendo la entrevista porque te sientes solo y, aunque sea sábado y haga un buen día para ir a la playa, aquel acento ecuatoriano te pone inesperadamente cachondo y disfrutas contestando del uno al diez las preguntas que te propone mientras te coges la polla y te muerdes el labio. «Todo está podrido». Es un pensamiento que te parte el cerebro como un rayo mientras contestas. «Todo está jodidamente podrido». Te sientes embotado nada más colgar el teléfono. Apagas el televisor y vas hacia tu habitación para sentarte frente al escritorio. Pero no escribes nada. Estás seco. Simplemente te conectas a internet. La nariz empieza a gotearte. Gracias a Dios que no es sangre. Es simplemente esa clase de moco líquido que interrumpe tu intento por meterte al <em>feisbuc</em> para ver si encuentras a alguien a quien contarle tus penas. Coges un pañuelo. Te suenas. Sigues embotado. Maldices las gramíneas y los días de sol y brisa y playa. Pero el moco no declina, y ante su persistente determinación por amargarte el momento, decides masturbarte porque sabes por experiencia que ése es el único y verdadero remedio contra la congestión. Todo es absurdo. Lo sabes. Y cuando por un momento levantas la cabeza y ves al vecino mirando cómo te la cascas con desaprobación desde su ventana, ni por un instante se te ocurre esconderte o cerrar las cortinas, sino que entornas los ojos y sonríes cuando estás apunto de correrte porque sabes que, incluso cuando sean catastróficas, hay situaciones en la vida que parecen estar diseñadas para hacerte reír.</p>
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		<title>118- Un ángel en la ventana. Por Liglavico.</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2011 23:39:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Siempre recuerdo al abuelo Ángel con sus pantalones anchos y su camiseta blanca como paloma, dejando que le cortara los pelitos de las orejas, a los que él llamaba curujeyes; eso, hasta un día en que le pele las patillas con la diminuta tijera que me permitía usar para aquellos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre recuerdo al abuelo Ángel con sus pantalones anchos y su camiseta blanca como paloma, dejando que le cortara los pelitos de las orejas, a los que él llamaba curujeyes; eso, hasta un día en que le pele las patillas con la diminuta tijera que me permitía usar para aquellos menesteres. <span id="more-863"></span> En realidad no era mi abuelo, siquiera recuerdo cómo y cuándo comenzó nuestra relación de nieta-abuelo. Mi abuela, “Mima” contaba, que un día, cuando tenía dos años me perdí, dice que la familia y los vecinos, todos se movilizaron para buscarme, pensando que alguien me había robado por lo bonita que era, pero al rato la algarabía barriotera cesó, Ángel apareció conmigo de la mano. Aún hoy  no tengo idea de su  estatura, pero lo recuerdo alto, enorme como un gigante, con mi pequeña mano entre la suya,  así de grande eran mi cariño y admiración por él, que me trataba con dulzura y acariciaba mi largo pelo. El día que me lo cortaron porque había cogido piojos en la escuela, me consoló amorosamente  diciendo que me crecería nuevamente hasta ponerse largo como antes, eso me reconfortó y  esa tarde le pidió permiso a Mima, para me llevarme a Santa Fe, a visitar a unos amigos. El pueblo era precioso  y la casa al costado del mar, tenía un patio donde habían matas de naranjo en flor y un puente que  llevaba a un viejo embarcadero, desde donde vi por primera vez una estrella de mar y lloré porque él me la cogiera, pero dijo que moriría si la sacaba del agua y yo que desde siempre he amado a los animales, ahí mismo me enjugué los malcriados lagrimones y me senté a su lado pensativa, mientras el conversaba acerca de sus hijos y  nietos.</p>
<p>De los hijos de Ángel  sólo  conocía a Abelardo, a Amadita y a los hijos de ellos, que por cierto eran más pequeños que yo, ignoraba que el abuelo tenía otra hija y otros nietos, sí sabía de un hijo que estando  preso, había muerto del corazón, lo sabía porque el día que murió,  Mima fue a buscarme temprano a la escuela y me llevó como consuelo a abuelo Ángel, que deshecho lloraba en un rincón del cuarto. Me abrazó y lloró sobre mi diminuto hombro.  Yo parecía una estatua,  sin comprender, ni saber qué hacer, si abrazarlo, pasarle la mano por la espalda o llorar con él, ya que las lagrimas de su tristeza se me contagiaban. Me habló días después y con mucha tristeza, de una hija que vivía en otro país, se quejaba de que hacía muchos años que no la veía,  a los  nietos los conocía por fotos y en mi inocencia le pregunté que por qué ella no venía a visitarlo, entonces él me miró con dolor y lástima, diciéndome que no podía, porque los seres humanos hacían las leyes sin tener en cuenta  los sentimientos. Yo quedé muy confundida.</p>
<p>Supongo que me quería porque adivinaba la tristeza en mis ojos, la tristeza de una vida sin padres y el dolor que provoca el desamor, por ello creo que unió su tristeza a mí tristeza y de ahí surgió el amor que nos teníamos.</p>
<p>Lo más gracioso de la historia es que mi verdadero abuelo, “Pipo” y abuelo Ángel no se dirigían la palabra desde hacía muchos años, porque siendo jóvenes, en un partido de pelota se fueron a las manos y se cayeron a trompones, no sé la causa, pero sí que jugaban en equipos contrarios. Así y todo  Pipo sabía que Ángel era una buena persona y confiaba en él lo suficiente como para dejarme  andar en su compañía.</p>
<p>Un día al regreso de la escuela, Mima me habló de que no podría ir esa tarde a casa de abuelo Ángel, que él  estaba esperando que le vinieran a hacer el inventario. Yo en mi  ingenuidad cavilé si “hacer el inventario” sería hacer una comida, un trabajo de albañilería o un pelado. Al rato mi abuela me tomó de la mano y se fue hasta el solar de al lado, acercándose al muro que colindaba con el patio de su casa y lo llamó, luego me cargo para que alcanzara algo que el abuelo me iba a dar a escondidas y por el muro asomó una mano y un rostro que noté lloroso, envejecido, apretando una almohada que me dio con un beso y un suspiro. Luego mima me contó que esa almohada era de espuma de goma, que era bueno que la usara por el problema de mi asma y que Ángel me la dejaba como recuerdo. A partir de ahí nunca más me separé de mi almohadita, porque así aún la llamo y no se la presto ni a mis hijos, es como una prolongación de mi brazo, abrazada a ella duermo,  ha sido mi confidente, mi consuelo, compartiendo mis alegrías y bebiéndose mis lágrimas en la tristeza,  desde hace más de cuarenta años.</p>
<p>Pasaron muchos días en que no vi al abuelo, no entendían  mis escasos siete años por qué no podía estar en su casa a la que habían puesto un gran sello inviolable en la puerta, ni por qué el no venía a verme. Una noche sentí que chiflaron en la puerta de mi casa, era un silbido conocido, el de Ángel,  por lo que salí corriendo como loca y me abracé a sus holgados pantalones. El me acarició el cabello y me contó que se iría lejos, a otro país llamado Estados Unidos, que allí viviría con todos sus hijos y sus nietos, pero que jamás se olvidaría de mí, que me escribiría siempre. Yo estaba desconsolada, eran muchas las cosas que no entendía, como cuando le pregunté si volvería y me dijo que no podría. Quise retenerlo más tiempo a mi lado, pero estaba apurado, tenía que despedirse de otros familiares me dijo y se fue con la promesa de que al otro día me vería antes de irse al aeropuerto, nombre y lugar que me sonaban ajenos. En la mañana di una perreta por no  ir a la escuela, Mima tuvo que convencerme  mediante la chancleta de goma, que sonó el cuero de mis nalgas pequeñas y famélicas. En la tarde regresé dueña de una melancolía que me duró por días. Abrazaba la almohadita y le hablaba como si fuera mi abuelo, por lo que Mima comenzó  a preocuparse y de ahí en adelante les decía a todos que yo era un poco rara.</p>
<p>Había pasado más de un mes cuando recibí la primera carta de Ángel, venía en un sobre perfumado, porque olía a nuevo,  traía en la parte superior dos sellos con la cara de un hombre que consideré bien feo, dentro una postal en tercera dimensión  de Blanca Nieves, que me encantó porque creí que era mágica y una hoja de fino papel con olor similar al del sobre pero  llena de tristeza, donde me hablaba de soledad, incomprensiones del idioma y del frío de Boston que le corroía el cuerpo y el alma. También venía una foto de él, con un gran abrigo, botas altas y un extraño sombrero que tenía como pelos. Había algo perdido en su mirada, hoy sé que era melancolía.</p>
<p>El tiempo pasó entre cartas y recuerdos, hasta  un día en que llegó a la casa una señora que había visto alguna vez no recordaba dónde,  dijo que traía una novedad, conversó  brevemente con mis abuelos y luego se marchó.  Más tarde supe que era la cuñada del abuelo Ángel.</p>
<p>Sé que él nunca fue feliz en aquella fría tierra, porque extrañaba el calor de su isla, las tardes en la esquina hablando de beisbol con los vecinos,  los gritos y los  chistes de los trabajadores de la fábrica de galletas, mis sesiones de peluquería. Su esposa siempre estaba de viaje me había contado, los hijos trabajando y los nietos en la escuela. Languidecía su espíritu y la soledad le fue debilitando el corazón que cada vez se hacía más pequeño de tan acongojado, hasta escapársele volando del pecho un día. En mi imaginación de adolescente atribulada, lo vi cruzar el mar, regresar y alegre penetrar en la maleza de la costa que baña el mar azul de aguas límpidas de esta isla.  Así pensaba en el retiro de mi cama junto a la ventana, cuando un diminuto pájaro revoloteó piando alegremente por entre los balaustres carcomidos por el óxido, y la magia del  ensueño me dijo que era abuelo, que para despedirse, como un ángel, había llegado hasta mi ventana.</p>
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		<title>117- Escucha al viento. Por Adilia</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2011 23:34:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[ ¿Escuchas al viento? – Preguntó Marcos—  en ese momento, encendía su vieja  pipa. Marcos estaba sentado sobre el follaje cercano a una gran ceiba.  Y a su lado, un hombre viejo. Era Antonio. El árbol les daba cobijo a ambos.  En tanto, la enramada abrigaba una multitud de aves  que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> ¿Escuchas al viento? – Preguntó Marcos—  en ese momento, encendía su vieja  pipa. Marcos estaba sentado sobre el follaje cercano a una gran ceiba.  Y a su lado, un hombre viejo. Era Antonio.<span id="more-858"></span></p>
<p>El árbol les daba cobijo a ambos.  En tanto, la enramada abrigaba una multitud de aves  que trinaban. Y de repente callaron. Como si lo hubiese presentido el hombre de la pipa, un  viento sopló. Los árboles, a pesar de ser enormes, se agitaron. El silencio se hizo presente cuando las avecillas callaron. Se escuchaba el rumor del viento, cuando las ramas chocaban unas contra otras.  Después la noche cayó en la selva, las estrellas cintilaban con fuerza. </p>
<p>Al viejo Antonio no le gustaba hablar sin antes meditar lo que tenía que decir, así que estaba callado, luego se incorporó y buscó unas pequeñas varas. Era necesario encender  la fogata, en medio de la selva y entrada la noche el frió siempre calaba hasta los huesos. </p>
<p>Más tarde; los dos hombres se sentaron, uno enfrente del otro, el fuego de la hoguera iluminaba sus rostros, y aunque un poco siniestro, les daba la oportunidad de  intimar sobre asuntos que pudieran ocurrir en ese momento. Un viento fuerte  agitó las flamas de la fogata  avivando el fuego. Fue cuando el viejo Antonio comenzó a hablar. </p>
<p>— Soy quien no tiene vida, pero tiene la  fuerza — dijo Antonio, con voz grave y gutural.  Marcos escuchó asombrado, se quedó inmóvil y esperó, su pipa exhalaba el humo blanco en  pequeñas  volutas. </p>
<p>El viejo Antonio apremió y Marcos oyó, de nuevo, la voz ligera de su amigo. </p>
<p>—Hace mucho tiempo, del hombre, y ahora, surge su voz conmovedora del porqué de la vida y su misterio, una interrogante que no hemos descifrado y la muerte, insondable también.  Cuando miramos al cielo, en nuestra memoria queda la luminosidad del sol, su presencia se pierde al caer la noche y sabemos que regresará al día siguiente, el universo  en continua expansión en tiempo indefinido, y así un día, colapsará en su propia grandiosidad. Somos el hombre y la mujer,  indígenas en la propia soledad de cada uno, como todos en este planeta,  caminamos con  pensamientos y sentimientos propios, a veces  acallamos nuestros miedos y culpas. Y aquí, en el andar de nuestro paso por esta tierra hemos concebido al tiempo y lo racionalizamos a nuestro entender; y así nos movemos. Mira a tu alrededor, esta  tierra nuestra, aunque este oscura, podemos valorar la natural riqueza del mundo. El verde es sustancia primigenia que da vida a lo inamovible. Los desiertos compaginan la certeza de lo opuesto, en ellos se glorifica las arenas y un submundo privado de lo verde, pero necesario. El mar y su ingente marea,  atrapa la versatilidad que dio origen a lo que somos, las especies que vivimos hoy en cada rincón de este planeta. Aun cuando no veas, una simple gota de agua  trae los corpúsculos de vida. Esta selva posee  belleza  en sus mamíferos y aves,  insectos y plantas  y por supuesto,  la de nosotros mismos. El viento lleva la esencia del mundo vivo sorteando las fronteras de la naturaleza. Movimiento acompasado de la fuerza de un planeta eternamente girando. Un universo pequeñito que lleva  el aliento a los hombres y bestias, la respiración vital a todo aquello que vive, lo que has exhalado, otros lo respiraran. Se siente en nuestra piel, lo inhalamos y se agita en nuestra sangre dándonos vida. Su presencia es  tan vasta en el tiempo que se vuelve inmemorial— dijo casi secretamente el viejo Antonio. </p>
<p>— ¡Así que escucha al viento! Oirás, donde quiera que estés, su suave murmullo o su fuerte rugido, levanta brisas y tempestades,  toca a los hombres o hace que se resguarden. Lleva vida y sombra a la vera de nuestro camino. Junto con su amada compañera; el agua, el viento en perpetuo movimiento ha construido lo mismo  arena del desierto,  que el cañón que se encuentra al sur. Es arquitecto y destructor al mismo tiempo, edifica y renueva a cada tiempo, el paisaje se vuelve viejo renaciendo. Lo hemos nombrado  como un dios agitado y rebelde, es Ehécatl y Hurakán en nuestras tierras, o más allá de los mares,  han elegido llamarlo Ayayema o Eolo, pero es el mismo viento cruzando las fronteras;  aliento y borrasca— terminó </p>
<p>Calló el viejo Antonio, la pipa de Marcos se apagó. En silencio, ambos hombres siguieron escuchando al viento, el manto de la noche los cubrió y  cobijó su sueño. Cuando despuntó el alba, caminarían los pasos siguientes, y su voz, la de cada uno, hablaría de lo que naciese, en su camino por la selva Lacandona.</p>
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		<title>116- La Edición de Feliú. Por G Punto</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2011 19:38:09 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El bosque ofrecía una imagen sepulcral, de claros y negros. Remedando el irregular ritmo de mi conducción temerosa y solitaria, la luna jugaba al escondite tras las espesas ramas de los abetos. Renegué de mi obstinada decisión de no pasar la noche en casa de Feliú al cruzarme con un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El bosque ofrecía una imagen sepulcral, de claros y negros. Remedando el irregular ritmo de mi conducción temerosa y solitaria, la luna jugaba al escondite tras las espesas ramas de los abetos. Renegué de mi obstinada decisión de no pasar la noche en casa de Feliú al cruzarme con un vehículo que bajaba del puerto ocupando el centro de la carretera.<span id="more-850"></span> Afortunadamente, los vapores etílicos de la fiesta se habían disipado ya y el encuentro no tuvo mayores consecuencias que un acceso de angustia pasajero.</p>
<p>             Si en condiciones normales Feliú era un mediocre insoportable, la publicación de su primera novela lo había convertido en un fatuo ensoberbecido. Como escritor no estaba a la altura de ninguno del círculo; a pesar de ello, no compartía nuestra penosa peregrinación en pos de ese platónico agente literario que nos sacaría del anonimato: había terminado su novela en tan solo tres meses, la presentó a un editor local y cuando fue rechazada, compró la editorial. Así fue el bautizo de Feliú y yo regresaba, hipócritamente,  de celebrarlo.</p>
<p>Ignoro los motivos de los demás, pero yo acepté en el momento que supe que Margot acudiría. Yo siempre fantaseaba con enamorarla pero ella, ¡ay! estaba deslumbrada por el estúpido pavo real que era Feliú.</p>
<p>El elogio desmesurado que el autor dedicaba a su obra suplía con creces la falta de documentación y rigor histórico de <em>La Marquesa de Castrojeriz</em>, una especulación en torno a una hija bastarda de Pedro I el Cruel, cuyos conflictos de celos, amor y poder evocaban mejor las telenovelas actuales que la vida cortesana del siglo XIV.</p>
<p>Después del champán Margot se sentó en mis rodillas arrebatada por la euforia y me pidió que colaborara en la distribución de los libros.</p>
<p> ─¡Vamos, César! Seguro que conoces tres o cuatro libreros en tu ciudad que no te negarán el favor.</p>
<p>No supe declinar la petición pero cuando ella abandonó mi regazo por el de otros me sentí un estúpido. La mayoría se llevaban uno o dos  libros por el compromiso de no desairar al patán que en un futuro podría convertirse en su editor.</p>
<p>Abandoné la casa poco antes de las cinco de la madrugada, con un paquete de cuarenta ejemplares que pensé dar al fuego o arrojar por el barranco junto con mi amor imposible por Margot.</p>
<p>Tras una revuelta de la carretera, un hecho extraordinario me sacó de mis ensoñaciones: la nieve junto al barranco se tornó roja por un momento para luego volver a su blancura original. Suavemente, una y otra vez. Me froté los ojos. En primer lugar pensé en el espíritu de la Marquesa de Castrojeriz, despeñada por mí cuarenta veces simultáneas, que volvía para vengarse. Pero en la siguiente curva, bajo el halo de irrealidad que propiciaba la luna, lo vi claramente: obstruyendo la carretera como en la peor de las pesadillas, el temible mamotreto acristalado y metálico, destellante de rojos y azules ejercía sobre mí un efecto casi hipnótico. Frené con suavidad, consciente de lo solemne del encuentro. Recé para que fueran marcianos, pero para entonces los excesos de la fiesta se habían disipado del todo y ya no cabían fantasías. La realidad era peor. Bajé la ventanilla.</p>
<p>─Buenas noches a la Señora Pareja de la Benemérita.</p>
<p>El Guardia que hacía de jefe, cejijunto y con cara de mal vino, saludó reglamentariamente.</p>
<p>─Control rutinario. A ver… ¡documentación! Haga el favor de bajar del vehículo.</p>
<p>Cumplí las órdenes con toda la calma posible, lo que pareció exacerbar más al guardia. Su civil compañero comprobaba mi identidad desde la radio de su cuatro por cuatro.</p>
<p>El guardia bigotón y unicejo husmeó a placer en el interior del vehículo. No encontró lo que buscaba, y eso empeoraba su humor a ojos vista. De pronto se iluminó como si hubiera tenido una revelación y ordenó abrir el portón trasero. Lo hice. El guardia benemérito hurgó con la punta de la metralleta en el mogote de trastos que inundaban el maletero sin terminar de quedar satisfecho. Revolvió la caja de las herramientas, hizo sonar las lámparas de repuesto en su cajita, olisqueó una vieja bolsa conteniendo trapos grasientos, toqueteó el contorno de la rueda de repuesto, incluso se llevó a las encías un poco de polvo blanco, residuo de la última vez que me metí en obras y tuve que cargar un saco de yeso desde el almacén a mi casa. El guardia escupió con asco y decepción. Entonces reparó en el paquete de papel de estraza que había quedado oculto bajo una manta ajada debido a las curvas y baches del camino.</p>
<p>Me interrogó con la mirada.</p>
<p>─ Son libros.</p>
<p>─¿Libros?─ Su cara cerril se adornó con una sonrisa satánica y por un momento abrigué el milagro de que le gustara la literatura.─ ¿Es que es usted estudiante?</p>
<p>─No… son libros, simplemente. Pertenezco a un círculo de amigos a los que nos encanta…</p>
<p>Desbarató el envoltorio con rabia. Barajó entre sus dedazos varios ejemplares. El dibujo a plumilla de la Marquesa de Castrojeriz por un lado y la reseña biográfica con la foto de Feliú sonriendo triunfal en la contraportada. Se angustió al comprobar que todos eran iguales. Evidentemente, su corto alcance no podía imaginar siquiera una explicación coherente. Los arrojó con rabia.</p>
<p>─¡La Marquesa de Castrojeriz! ¿Esto es lo que les encanta a su círculo de amigos? ¿Difundir maldades de la aristocracia? ¡Libelos, libelos!</p>
<p>Me sorprendió que conociera esa palabra un tipo que pateaba libros con tanta profesionalidad. Traté de explicarle que se trataba de una ficción sobre la vida de una antigua marquesa, pero la presión del tricornio sobre las sienes le impedía cualquier razonamiento.</p>
<p>─¡Si es la vida de la señora marquesa son calumnias!─ explotó, contraviniendo antirreglamentariamente las más elementales normas de la lógica y la sintaxis.</p>
<p>Me sentí incómodo por defender un libro tan malo frente a aquel inculto uniformado. Pero él no me escuchaba; estaba fuera de sí. Para conjurar el peligro de una apoplejía, su sistema biológico de supervivencia optó por descargar la adrenalina sobrante con flexiones espasmódicas de su dedo índice derecho. La ráfaga de metralla resonó por todo el valle. Los libros de Feliú quedaron hechos migas literales.</p>
<p>El compañero se aproximó cachazudo y me devolvió la documentación.</p>
<p>─¡Bah! ─le escuché decir mientras se alejaban.─ ¡Y ni siquiera es estudiante!</p>
<p>Amanecía ya cuando me marché de allí. Dejé sobre la blanca nieve el destrozo de libros y, con la mano en la sien, saludé en la distancia a la benemérita que se alejaba. Después de todo, a mí jamás se me hubiera ocurrido mejor destino para la edición de Feliú.</p>
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		<title>115- Anastasia. Por Coco</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2011 19:33:08 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Me llamo Anastasia y hace tiempo que no soy feliz. Mis padres dicen que es cosa de la adolescencia… Intento recordar cuando fue la última vez que reí a carcajadas… no lo recuerdo. Últimamente todo me cuesta. Siento como un peso que me oprime y me impide moverme en libertad o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Me llamo Anastasia y hace tiempo que no soy feliz. Mis padres dicen que es cosa de la adolescencia… Intento recordar cuando fue la última vez que reí a carcajadas… no lo recuerdo. Últimamente todo me cuesta.<span id="more-845"></span> Siento como un peso que me oprime y me impide moverme en libertad o comunicarme con los demás. Cuando era pequeña, me imaginaba que a los doce años ya sería mayor, libre, dueña de mi vida y, sobre todo, que me sentiría segura…deseaba con todas mis ganas que llegara ese momento. Mis expectativas no se han cumplido. Me siento tan pequeña, tan canija, tan insegura y, sin embargo, me miro al espejo y veo una niña grande, un cuerpo inmenso, una <em>Anastasia Mujer</em> que no me gusta y rechazo. Casi no me reconozco. La ropa del verano pasado se me ha quedado pequeña, y aunque me quepa, no me gusta, me parece muy infantil y me veo ridícula. Mi madre me lleva de compras para renovar mi vestuario. Es imposible, todo me sienta mal, y me convierto en una <em>Anastasia Insatisfecha y Malhumorada</em>.</p>
<p>                 La verdad es que últimamente no me encuentro con nada, ni con la ropa, ni con la vida. De mis entrañas emana una <em>Anastasia Irascible,</em> triste, sin razón aparente, con ganas de molestar a todo aquél que se acerca. No soporto la alegría de alrededor, las carcajadas de mis hermanos pequeños, todo el día jugando y sin preocupaciones, o las continuas bromas de mis padres… ¿es que nadie es capaz de darse cuenta que yo no puedo ser feliz? Entonces se me tuerce el día, como lo acabamos ayer, molesta, y me convierto en una <em>Anastasia Disgustada</em>.</p>
<p>                 Cuando me acuesto, cierro los ojos y pienso en lo que he hecho a lo largo del día. Soy consciente de que mi comportamiento no ha sido correcto. Rebobino las imágenes una y otra vez y reconozco lo negativo de mi actitud. He estado la mayoría del tiempo enfadada, disgustada, enfurruñada o molesta. Entonces, a solas con mi almohada, me hago el firme propósito de que al día siguiente no volverá a ocurrir lo mismo. “Mañana disfrutaré de lo que tengo, seré cariñosa y obediente…” Es mi <em>Anastasia Preferida</em>, la que me ayuda a conciliar pacíficamente el sueño.</p>
<p>                 Pero pronto se esfuma, se evapora, porque cuando despierto ya no me acompaña, me ha abandonado, ya no está conmigo. La busco, pero no la encuentro. Entonces, por cualquier cosa, sin su protección, el mundo se me pone en contra. Nadie me comprende. Me encierro en mi habitación y rompo a llorar. La <em>Anastasia Incomprendida</em> vuelve a emerger de mí como un huracán.</p>
<p>                 Escucho a mis padres comentar lo impertinente que estoy y vuelvo a oír lo de siempre, la misma historia…”debe de ser cosa de la adolescencia”. En búsqueda de consuelo recurro a mis amigas. Intento pasar con ellas el mayor tiempo posible, lejos de casa. Sus problemas son muy parecidos a los míos. Tampoco entienden qué les pasa últimamente a sus padres que están tan insoportables y se pasan el día regañándolas. Me siento identificada con lo que expresan, con sus dudas, con sus miedos, con sus inseguridades&#8230; Me consuela saber que compartimos preocupaciones y que, por tanto, no debo de ser un bicho tan raro. Pero a veces también me fallan y mi mundo se desmorona aún más. Entonces me aíslo, no puedo comunicarme. Algo dentro de mí me impide hablar con ellas durante días, por mucho que lo desee. La temible <em>Anastasia Orgullosa</em> e Introvertida se apodera de mí. De vuelta en casa, trato de disimular. No quiero que mis padres se preocupen. Me niego a contestar sus frecuentes preguntas. Soy incapaz de expresar lo que siento. Cómo hacerlo, si ni yo misma me comprendo&#8230;</p>
<p>                Tengo un secreto, un secreto que me ayuda a sentirme mejor. Nunca se lo he contado a nadie. Quizás sea un poco infantil, pero me funciona. Es mi ángel que me cuida y protege, y al que le pido cosas. Bueno, realmente no es un ángel de verdad, ni un espíritu, ni un fantasma. Se trata de una estrella que tengo colgada en una esquina de mi habitación y que me protege. Siempre ha estado allí. Cuando no puedo más y no me aguanto a mí misma, me dirijo a ella y le digo, “<em>estrellita, estrellita de mi alma, ayúdame a ser mejor persona, ayúdame a ser feliz, ayúdame a comprender lo que pasa…”</em> Entonces me siento en mi pupitre, saco del cajón mi cuaderno rojo de anillas y escribo a mi “ángel-estrella”, cualquier cosa, lo primero que se me ocurre, lo que siento, lo que se me pasa por la cabeza, todo aquello que soy incapaz de comunicar de otra manera. Y así, como por arte de magia, a medida que las letras van fluyendo alegremente sobre el papel, desaparece mi angustia y comienzo a sentirme mejor, en paz y tranquila. Miro a mi estrella y sonrío. La <em>Anastasia Buena</em> ha regresado a mí.</p>
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		<title>114- A la sombra de los álamos. Por Rosamol</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jul 2011 19:28:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[            Sara busca una sombra que dure, por eso elige el banco que hay debajo de los álamos que bordean el río. Escucha el rumor de las ramas y se imagina el color de sus hojas, ahora verdes, ahora blancas, mientras baja del carrito a su hijo y le ve [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>            Sara busca una sombra que dure, por eso elige el banco que hay debajo de los álamos que bordean el río. Escucha el rumor de las ramas y se imagina el color de sus hojas, ahora verdes, ahora blancas, mientras baja del carrito a su hijo y le ve alejarse corriendo hacia las escaleras del tobogán. <span id="more-840"></span>¡Cómo le gusta el murmullo de los árboles! Cierra los ojos y se acuerda de su aldea de Tucumán, una hilera de casas enganchadas a un cable, como un tren, en un paisaje seco, aplastado por el sol. Algunas veces piensa que ha merecido la pena haber recorrido las ascuas del infierno para haber llegado aquí, a este país con árboles, a su vida de ahora, a su hijo.</p>
<p>           Siente la luz del sol en su cara mientra escucha la risa de los niños. De pronto, a través de sus párpados nota que la claridad del sol se apaga.</p>
<p>           –Hola –escucha una voz de hombre y le siente a su lado. Abre los ojos y  parpadea para quitarse el sol de dentro. Enfoca su mirada e intenta ubicar a ese hombre en su memoria. Sonríe. Sabe quién es. Lentamente se levanta y se dan la mano. Se sientan en el banco, lejos uno de otro, sin dejar de mirarse.</p>
<p>           –Me alegro mucho de verte otra vez. No han pasado los años por ti –le dice él. Luego mira al niño del parque–. ¿Es tu hijo? –pregunta.</p>
<p>           –Sí, tiene dos años –miran cómo se desliza de nuevo,  oyen su risa.</p>
<p>           –Se te ve feliz, absolutamente feliz.</p>
<p>           –Lo soy. Siento que al fin me ha tocado empezar a vivir.</p>
<p>           Viene el niño llorando porque se ha caído. Sara le limpia la rodilla con un pañuelo de papel humedecido con agua, le susurra palabras de consuelo y se va a jugar con dos niños de su edad que construyen un castillo de arena, con cubos y palas.</p>
<p>           –¡Qué guapo es! Se parece a ti. Tiene tu piel tostada y tus ojos oscuros.</p>
<p>–Para mí es un regalo del cielo, después de todo.</p>
<p>           –Tu vida no ha sido fácil.</p>
<p>           Una ráfaga de viento levanta una nube de polvo. Ella se tapa los ojos con una mano y dice</p>
<p>           –Te esperé. Creí que vendrías a ayudarme a volver a vivir, a recomponer mi vida&#8230;. ¡No sabes cómo necesité tu afecto y tus palabras!</p>
<p>           –Y te pido perdón por ello, por dejarte sola, por no acompañarte en esos duros momentos. Huí lejos, no pude hacer otra cosa. He trabajado en África estos años, una experiencia muy dura que empequeñeció mis remordimientos.</p>
<p>           –Vaya, yo escapé del infierno y tú fuiste a buscarlo. Pero cambiamos de vida, tú a tu nuevo trabajo y yo aquí, con mi hijo, y eso es lo que verdaderamente importa. ¡He pensado mucho en ti y me alegro tanto de verte! ¿Te quedarás aquí ya?</p>
<p>           –He venido para cuidar a mi madre, que está mayor y muy enferma. Mientras ella viva, estaré aquí.</p>
<p>           –Espero que no sufra. El sufrimiento no es buen aliño para vivir y ahora tú lo sabes muy bien.</p>
<p>           –Me temo que tienes razón. Aunque está por todas partes. Entonces ¿te casaste y viniste a vivir a esta pequeña ciudad?</p>
<p>           –Sí, mi marido colaboraba en la organización que me ayudó, así que no tuve que explicarle nada de mi pasado, lo conocía tan bien como yo, solo tuve que ponerme a ayudar a otras mujeres víctimas de engaños de mafias organizadas y luego, por su trabajo, nos vinimos aquí, a esta ciudad, tan luminosa y llena de árboles. ¿Sabes? Cuando le conocí me recordó mucho a ti, a ese día, cuando entraste en el burdel, con ese aire serio, temblando de miedo&#8230; También él tenía ideas religiosas bien arraigadas y estaba confuso.</p>
<p>           –¡Bufff!, yo también recuerdo ese día. –Suspira, se sonroja y esconde su cara entre las manos–. ¡No sabes lo que me costó tomar esa decisión! Conducía y se me escapaba el volante de los dedos. Sudaba a chorros. Fíjate qué lejos me fui, por si me veía alguien conocido&#8230;</p>
<p>           –Recuerdo que al entrar en el cuarto me dijiste <em>alto, espera, hablemos antes de hacer nada</em>,  y hablamos, y nos sentó bien a los dos, y me contaste que tenías a Dios dentro, clavado hasta la médula y que te exigía más y más y ya no sabías qué más darle&#8230;; pero necesitabas aplacar esa ¿urgencia lo llamaste?</p>
<p>           –Ya no sé ni cómo lo llamé. El caso es que estaba desesperado, presionado por mi educación religiosa y ya no sabía si necesitaba una mujer o a Dios. Pero Él quiso que te encontrara a ti. ¿Te acuerdas de cuánto charlamos esa noche? Después te acercaste a mí y me abrazaste, hicimos&#8230; el amor y cuando te dije “te quiero” comenzaste a llorar, tanto que no fui capaz de calmarte con nada&#8230; Tu tristeza, tu pasado, me destrozaron el alma.</p>
<p>           –Sentí que era la persona más desgraciada de la tierra y me acordé de mi infancia, de la voz de mi padre, del llanto de mi madre, de mi aldea&#8230;</p>
<p>           –Sí, y que cuando había tormenta solo los rayos tenían electricidad y tu mundo se reducía a la luz de una vela y a los cuentos de tu padre, maestro de una escuela sin niños, porque ya no había nadie.</p>
<p>           –¿Te acuerdas también de eso?</p>
<p>           –Y de que las fábricas eran cadáveres vacíos, sin nadie, solo restos esparcidos, por eso quedaba tan poca gente.</p>
<p>           –¡Vaya! No lo has olvidado. Por eso, porque no había futuro, ni presente, fue tan fácil engañarnos. Luego vino lo peor&#8230; Y eso no era vivir. Durante un tiempo quise ser una piel vacía, para no sufrir, pero el corazón está vivo y a cada latido te recuerda que ahí estás tú, con tu miedo, con tu maldita deuda que nunca mengua, con el dolor de seguir un día más y otro&#8230;</p>
<p>           Sara baja la cabeza intentando cambiar de pensamientos y ve a una hormiga que trabaja, incansable, a la sombra de una enorme piedra. Se afana en arrastrar el cadáver de un saltamontes espachurrado por un paseante distraído. El viento la aleja de su hormiguero y la obliga a iniciar la penosa marcha con su pesada carga. <em>Pobre</em>, piensa, y la empuja con el pie, suavemente.</p>
<p>           –¿Y tu marido?, ¿eres feliz con él?</p>
<p>           –Sí, es un buen hombre. Me da seguridad y afecto, que a estas alturas de mi vida es más de lo que puedo esperar. Ha tenido mucha paciencia conmigo, no sabes cuánto miedo y rencor he tenido que superar. –Se vuelve hacia él – ¡Y tú me ayudaste tanto!, gracias a ti estoy aquí.</p>
<p>           –Bueno, solo no podía hacer nada, así que fui a hablar con la organización que te ayudó, que fueron los que hicieron el resto&#8230;.</p>
<p>           –Aún no me has dicho el porqué de tu huída.</p>
<p>           Él le hace un gesto para llamar su atención y, lentamente se quita la bufanda y abre su abrigo negro. Sara le observa y mira el traje, serio. Sus ojos se detienen en el alzacuellos.</p>
<p>           –Veo que al final&#8230;.</p>
<p>           –Ya lo era cuando te conocí, Sara, pero no pude decírtelo, no tuve valor, después de todo, me sentía terriblemente culpable, después del alivio que encontré a tu lado.</p>
<p>           –Y yo en la otra ciudad, deseando que vinieras a verme&#8230; Ahora sé que fue en vano, que nunca habrías aparecido. Jamás te hubiera pedido otra cosa que tu amistad. Tu culpa fue la causa de que me abandonaras&#8230;</p>
<p>           –Sí, lo sé, y nunca me perdonaré mi cobardía. He rezado mucho por ti desde aquel día. Mil veces le he pedido a Dios que no te abandonara, y mil veces le he agradecido que te pusiera en mi camino. A través de la organización me enteraba de tus progresos, me decían que estabas bien. –Coge su mano entre las suyas–. Ahora, prométeme que nos visitarás algún día, te contaré cómo es la sombra de los árboles en África. También allí la sombra es vida, fuera de ella solo hay espinos.</p>
<p>           –Claro que sí. Tomaremos un café. Y también me contarás a qué huele el viento.</p>
<p>           –Y hornearé dulces africanos hechos con miel.</p>
<p>           Ríen. El sol está empezando a esconderse detrás de la única torre de edificios, como si se metiera en el balcón del último piso a dormir.</p>
<p>           Un perro husmea en la basura y se aleja moviendo el rabo. Una señora va con la correa detrás de él amenazando con no sacarlo más de paseo. Apenas puede correr debido al excesivo volumen de su cuerpo. El perro la mira, triste, con la certeza de que, sin él, ella no saldría de casa, así que se deja prender.</p>
<p>           Sara se levanta y llama a su hijo. El niño corre a su lado, y le pone las manos sucias en la falda. Sonríe, se las limpia, le coge en brazos, le besa y frota su cara con la suya.</p>
<p>           Él toca su hombro, levemente, como una caricia y  revuelve los cabellos al niño.  </p>
<p>           –Mi casa está al lado de la plaza. Tiene una rueda de molino en la puerta, del molino de mi padre. El río pasa por su lado y nos refresca en verano y enfría en invierno, pero su sonido nos acompaña siempre. No lo olvides. Adiós, Sara.</p>
<p>           Mira las hojas de los álamos, que el viento sigue cambiando de color, y se va caminando despacio. Sara sonríe, mira a ambos lados y, aprovechando la ausencia de todos, le tira un beso.</p>
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		<title>113- El tren de la inocencia. Por Valentiann</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 22:04:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[            “Las tres: ¡hora de echar!”, se dijo para sí el Contracán –como le llamaban en la mili a Fabio, por haberse enfrentado con éxito, en unas maniobras, a una jauría de perros salvajes–. Antes de ponerse en marcha, cogió aún por el cuello –a las malas– la botella de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>            “Las tres: ¡hora de echar!”, se dijo para sí el Contracán –como le llamaban en la mili a Fabio, por haberse enfrentado con éxito, en unas maniobras, a una jauría de perros salvajes–. Antes de ponerse en marcha, cogió aún por el cuello –a las malas– la botella de vino de la cena, se la vació de un trago que le quemó las entrañas, y miró con peores ojos que otras veces las baguetes y los panes con que tenía que cargar su camioneto, mientras bramaba: “¡Qué mala leche!”<span id="more-832"></span></p>
<p>              Pero no era por sentirse incapaz de comprender cómo la gente devoraba aquellos chicles indigeribles, embanastados con esa apariencia de dedos mórbidos tiesos sin señalar a nada, o aquellas cabezotas inertes de frailes atontolinados, apelotonadas en su sañudo ‘mirar sin ver’ incoherente. ¡Esta vez la música desafinaba, mortalmente insoportable, desde sus adentros!</p>
<p>              Se metió, con un desacostumbrado portazo, en la indecisión de la mañana para repartir aquello, como si fuera hacia un nunca premeditado más allá del tiempo, mientras se decía: “¡Jamás me acostumbraría a esto!”, lacerado como iba por esa especie de extranjería que le subía del bajo vientre, en contra de la vida, siempre que se le hacía presente aquel olor tan horrible…</p>
<p>              Sin pensárselo dos veces, y gritando como fuera de sí: “¡A la mierda!”, tomó la calle mulera, llena de curvas, que su camioneto, aunque renqueando como si llevara la marcha fuera de sí, era capaz de subir en aquellas horas, al no cruzarse con nadie y no tener que frenarse. Y cuando, por fin, culminó la cuesta, se bajó, le echó una mirada hostil y compasiva a la chapa humeante y casi al rojo vivo del capó, dejó los cestos de los panes y las baguetes encima de la hierba, y tras darle un par de patadas a las gomas de las ruedas como diciendo: “¡O para mí, o para nadie!”, saltó al volante, encaró la pendiente por el lado más abrupto, aceleró con la respiración contenida y esos ojos muy abiertos con los que debe de enfrentarse uno siempre a la muerte inminente, y se despeñó en cuatro saltos marcados por sus respectivos estruendos de chapa dibujados en el sonido, hasta quedar como un cabrito humillado y destrozado al borde mismo del punto de partida de la calle mulera.</p>
<p>              Cuantos oyeron aquel estropicio de estruendos, y tras superar la primera pulsión de huida, corrieron hacia el punto del siniestro, e hicieron los imposibles por sacar de entre aquel amasijo de hierros un cuerpo, que no podía ser otro que el del conductor, con la cabeza descoyuntada y la cara aplastada e irreconocible: “¡Sin rostro!”, según pensaron todos. Lo dejaron sobre el suelo con ese cuidado con el que, en tales ocasiones, uno piensa en sí mismo como queriendo asegurarse así el trato que desearía le diesen en su San Martín, y le colocaron con el mismo respeto la cabeza lo más ajustada y simétrica a su posición normal con el cuerpo.</p>
<p>              Los ojos de unos y otros no paraban de mirarlo a él, al camioneto y lo abrupto de la cuesta, en ese orden, o a la inversa, tratando de que se les encendiese la más mínima luz con que poder vislumbrarle alguna explicación a aquella tragedia. Pero la lógica estaba muy lejos de todo aquello.</p>
<p>              De pronto, alguien creyó ver que del bolsillo del peto sobresalía algo como un papel más sucio que blanco… Y con una mezcla de inquietud, curiosidad y repulsión, se lo extrajo lo más rápido que pudo para evitar que la sangre acabara empapándolo, lo desplegó cuidándose de que no se le rompiera, y hecho un mar de lágrimas, fue leyendo atónito:</p>
<p style="padding-left: 30px;">                 “Me obligaron a ver con mis propios ojos los cadáveres de mi mujer y del hijo de mi alma en sus diversos estadios de descomposición, restregándomelos una y otra vez como se le hace a un perro con su propia mierda:</p>
<p style="padding-left: 30px;">                 ”–¡Para que aprendan! –decía siempre el Juez, mientras invariablemente yo pensaba mudo de dolor y desesperación: ‘Pero ¿qué locura es ésta, si eso sólo cabría y debería hacérseles a los asesinos?’!</p>
<p style="padding-left: 30px;">                 ”Yo mismo lo había comentado muchas veces (siempre que los cobardes cobardeaban: atentando por la espalda, lejos del coche bomba o de la bomba lapa, o a buen recaudo de cualquier explosivo, y siempre que sus adláteres y el resto de la camada los jaleaban): ‘¡A éstos había que restregarles los morros en su propia mierda&#8230;! Porque irracionales son, y del peor tipo: la irracionalidad borde, mezcla de cobardía en sofrito con ideología parda, apestada de cirios, burrería y psicología barata de pájaros bobos. Únicamente así sabrán a qué ‘huele’ lo que matan, a qué huele la muerte que van cagando, su mierda. ¡Que les hagan olerla, antes o después, siempre que maten, cuando los cojan, cuando los juzguen o cuando sea! Porque ese olor –que tiene siempre el mismo poder (cuando el humo de la pólvora y de la sangre se confunden, o cuando la sangre se adhiere a la carne putrefacta al desprenderse de los huesos; cuando en los ojos desencajados se acaba de helar la vida, o cuando el misterio explota por las órbitas vacías; cuando el peso sordo de la vida se estrella contra la acera, o cuando los huesos con las hilachas pegadas se caen del esqueleto contra las tablas tapizadas de tierra trabajada por los gusanos; cuando el hijo que miró trastornado cómo se le convertía su madre en un pellejo agujereado y sus palabras amorosas en sangre inútil que corría a borbotones hacia una alcantarilla, les mire a los ojos, o cuando la joven que se quedó con la cartera en la mano sin poder ir al colegio porque le segaron las piernas, les enseñe los muñones, sus títulos e, incluso, a sus hijos;  cuando los trozos de carne chamuscados se esparcen por doquier como carbones en ascua de una lumbre desbaratada por caníbales, o cuando la cabeza no encuentra su tronco, o el tronco se queda sin piernas&#8230;)– les hará morir viviendo siempre con el punto amarillo del terrible fogonazo de la muerte en podredumbre entre los guardabarros de sus cejas, con la seguridad de que no son portaestandartes de nada que no sea el mayor horror y el menos perdonable, aunque fuera locura, el del dolor y la muerte gratuitas para dar miedo, y el de que son y están muertos para siempre, son la muerte encarnada,  unos mierdas, unos gilipollas&#8230;!’ </p>
<p style="padding-left: 30px;">                ”¡Y hasta ahora, cinco veces lleva este Juez haciéndome pasar por ello! ¡Cinco veces restregándome así a mis únicos amores! ¡Así: tan desguazados ya como mi vida y mi alma! ¡Y sin cesar de decirme que para conseguir no dejar ningún cabo suelto, a fin de poder hacer todo lo ejemplar posible su sentencia y que aprendan en la cárcel, en una cárcel irrevocable, para toda su vida!</p>
<p style="padding-left: 30px;">                ”‘¡Bastante van a aprender –le contestaba yo ya siempre sin palabras– si no les restriegan a ellos, a los que volaron el tren, este olor horrible de la muerte agusanada, al tiempo que se les hace tragar como sea el plomo derretido de la ilusión en vida que segaron!’</p>
<p style="padding-left: 30px;">                ”¡Me voy con vosotros, pobres míos! ¡Y aunque me enorgullece saber que sois unos héroes, ni puedo ni quiero seguir con el trabajo que me habíais encontrado el día que esos terroristas incalificables volaron el tren con vosotros dentro, porque ni puedo ni quiero vivir permanentemente envenenado con ese olor a muerte de vuestros cuerpos nobles y enamorados, en donde antes sólo estaba y cabía el canto más luminoso de ilusión, amor, felicidad y dicha eternamente primaverales!”</p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>112-Reunión Tardía. Por Ti Noel</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 22:02:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[El Ford Mercury 1941 se detuvo, luego de su marcha a ritmo de cortejo fúnebre por los restos del pueblo, en frente de la casona. El chofer bajó del Ford, ayudó a salir a una mujer, y, con porte gallardo, quedó parado junto al auto después de que ella se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Ford Mercury 1941 se detuvo, luego de su marcha a ritmo de cortejo fúnebre por los restos del pueblo, en frente de la casona. El chofer bajó del Ford, ayudó a salir a una mujer, y, con porte gallardo, quedó parado junto al auto después de que ella se negara al gancho de su brazo. La vio alejarse a través del sendero empolvado.<span id="more-827"></span></p>
<p>    Antes de atravesar el umbral, la mujer levantó el velo que cubría su rostro y observó la fachada agrietada, agujereada, sostenida no sólo por el pórtico y las columnas, sino por bejucos de maracuyás, arbustos y otras malezas. Todavía se lograba leer en una placa: Familia Prada. La mujer avanzó despacio, apoyándose en la sombrilla, que, por causa de la resolana picante y su piel blanquecina, delicada como alas de insecto, debió haber abierto acaso el sombrero de ala ancha, el velo oscuro y el vestido negro de mangas largas no fueran protección suficiente. Con la sombrilla empujó la puerta carcomida que cedió fácil y chirrió, amenazando con caerse. Al entrar, sintió que el cabello y los vellos del cuerpo se le erizaban.</p>
<p>    Por varias aberturas del techo, entraban rayas sesgadas de sol. El suelo estaba cubierto de hojas cobrizas. Con el pie removió algunas, levantando nubecillas de polvo. Reburujó en el bolso: sacó un pañuelo y cubrió la nariz. Siguió caminando; sus pasos, resonando en el vacío, la hicieron sentirse perseguida. Guardó silencio. Los ecos de sus pisadas fueron tragados, despacio, por el silencio antiguo y ceremonial de la casona. Oyó el murmullo adormecedor de las cigarras. Los grillos. Oleadas de hierba, afuera en el ante jardín, mecida por la brisa. ¿Sólo serían ella y el eco de sus pisadas los que deambulaban por estos ámbitos? Si bien llegó a la vivienda donde pasó la mayor parte de su juventud, nunca había estado tan insegura de querer o no querer algo en la vida: verlos a ellos, después de tanto tiempo de&#8230; no verlos… ¿Es posible?, murmuró. La mujer siempre creyó que con la cuota mensual de 600.000 pesos que les proveyó fue suficiente para suplir su ausencia.</p>
<p>    Juraba que habían transcurrido por lo menos un par de horas, pero lo cierto es que apenas llevaba media hora rondando por la casona. Tosió varias veces, cubrió la boca con el pañuelo y sintió el regusto a hierro en el paladar. Miró el pañuelo. Notó la mancha de sangre que dejó humedecida al pie de la firma bordada en letra cursiva que decía Nidia Prada. Le restó importancia, igual que al ardor en la boca del estómago. Observó tallos de maracuyás trenzados en las paredes donde la pintura se descascaraba y formaba, junto con el polvo, complicados bailes en el viento.</p>
<p>    Buscó en la cocina donde había un desorden de trastos corroídos. Se vio ahí mismo, de joven, destapando las ollas y manoseando la comida como si fuera Minino, el gato goloso de Stella. Enseñó una sonrisa, pero no una fingida como las que daba al recibir los guiños de las cámaras fotográficas. Subió a las habitaciones del segundo piso. Revisó en una en particular. El sol se colaba en ella por los agujeros, como si la luz fusilara a la penumbra que adormecía al cuarto en un reposo de planeta muerto, oscureciendo de crepúsculo a unas muñecas de trapo, rostizadas, apanadas de polvo, amontonadas en un colchón sobre una cama rota. Bajó por las escaleras asiéndose de los pasamanos, deteniéndose en los rellanos, a veces doblegándose para masajear sus rodillas. Revisó en el estudio de su papá, y, si alguna vez hubo libros, ahora sólo yacían restos de papel quemado, personajes arrastrándose entre mojones resecos de gato. Atravesó el solar enmontado. Al llegar al comedor, encontró la mesa despatarrada, podrida. Se sintió rendida pero no estaba dispuesta a sentarse en cualquier parte. Quedó estacionada allí, mirando los contornos, el paso del tiempo medido en cada telaraña arruinada por el viento. Un día mis hermanos se pelearon por la mejor presa de un pollo, dijo. Juan Manuel le reventó la nariz a Stella, y mamá nos castigó a todos. A mí por no llamarla a tiempo.</p>
<p>    Astromelias prosperaban con comodidad. Copuladas por abejorros peludos y escarabajos blindados, sus pimpollos nacían entre los escombros. ¿Debería tomar como ejemplo su obstinación por vivir? Se les arrimó y arrancó una. La estudió por un momento, curiosa de que algo tan vivo creciera en armonía con la ruina. Las imaginó en las coronas que orlarían su féretro de cristal, donde reposaría con el maquillaje intacto en su rostro de bella durmiente.</p>
<p>    No supo de dónde vino la voz que escuchó a su espalda: <em>Deje las cosas en su lugar</em>. Al sobresaltarse, apretó la flor. Era una voz conocida, estaba segura, pero no recordaba si era la de Juan Manuel, o la de su madre, grave y solemne. Quería voltear a mirar y saberlo de una vez por todas, y, aun así, su cuerpo inmóvil acataba a una suerte de vocecita en su interior que se lo impedía. Con los puños apretados, como si tal acto le diera el coraje que le faltaba, se atrevió a dar media vuelta. No vio a nadie, pero sentía que alguien estaba allí, mirándola de cerca. Retrocedió, cerró los ojos. Deja que aparezcan, no cierres los ojos, se dijo. No existe una imagen si no hay quien la vea.   </p>
<p><em>   </em>Cedió ante la curiosidad, abrió los ojos y pudo verlo, allá en un rincón tenebroso, detenido eternamente en sus treinta y dos años. Balbuceó: ¿Juan?&#8230; Lo vio, silencioso como una sombra, moverse de una sombra a otra, desaparecer en los cortes que hacía la luz a la oscuridad para aparecer luego y detenerse y señalar hacia una esquina… Nidia miró a otra figura pasar de la nada a una existencia corpórea en las sombras, una parodia de su estado anterior andando encorvada, descolgando los brazos apenas mecidos por el vaivén de su cuerpo. Si bien arrastraba los pies, no oía sus pasos ni veía huellas plantadas en la ceniza. Stella. ¿Eres tú, en verdad? Stella. ¡Stella! Qué es esto Dios mío.</p>
<p>    Después de saludar alzando de modo infantil una mano, hasta la altura del pecho, casi con timidez, y de explicar quién era, la misma Nidia que los dejó con la promesa de progresar para volver por ellos, expuso en desorden, con palabras vacilantes, lo que había planificado de forma metódica y obsesiva. A pesar de la sintaxis incorrecta, propiciada, quizás, por el miedo, la ansiedad, la sorpresa, la idea primordial quedó expuesta. ¿<em>Qué?</em>, le oyó decir al hombre. La mujer vaciló antes de repetir: Yo he venido a que ustedes… He venido a que ustedes me perdonen… Bueno, ese es mi deseo…, por favor&#8230;</p>
<p>    A cambio de esta muestra de franqueza no obstante su apariencia soberbia, aunque menguada por causa del entorno, y su enfermedad, sólo recibió silencio. Innoble, humillante, la apatía la sumía en este limbo de recuerdos rancios como si Nidia Prada, astro decreciente de la dramaturgia, no fuera digna de la nobleza que poseen ciertos espíritus. Le sorprendió no escuchar lo que esperaba o, ¿debería sorprenderse?: <em>Si se fija bien, verá que ese esqueleto agrietado, descascarado, a punto de caerse, que desliza su sombra a sus pies, es el mismo aguacate que sembramos…, que&#8230; Mamá no lo deja cortar porque allí se posan pechos amarillos y petirrojos a cantar. Por eso ya nadie viene a estos lares, ni los indigentes.</em></p>
<p>    ¿O-oyó, Juan Manuel, lo que le dije?, musitó Nidia.</p>
<p>    Cada palabra era un gramo de aliento que debería dar por desperdiciado. Lo vio señalar hacia otro rincón. Nidia se llevó una mano a la boca. Mamá, dijo con voz queda. La distinguió, sentada sobre su trono de días marchitos, acumulados como hojas, moviendo los labios como si rezara: <em>No se va a llevar la máquina de coser. Dirá usted, “señora”, ¿qué puedo opinar yo, que deambulo entre sombras, y que, tembleque, languidezco al menor rose de luz? Pero no se va a llevar la máquina de coser</em>.</p>
<p>    Quién sabe a qué recuerdo estaba atada. Quién sabe quién le quitó la vieja máquina de coser donde se sentaba a hacerles los vestidos a las Gutiérrez y las Góngora. Tal vez la empeñó, como cuando lo hizo con la licuadora. Hubiera preferido oír lo que le dijo años atrás: Puesto que se va a buscar fortuna me imagino que no va a volver por aquí.</p>
<p>    ¡Regáñeme, al menos!&#8230;, pidió Nidia, forzando los ojos para que no lloraran. O qué. ¿Ahora dirá que no porque soy una vieja hecha y derecha? ¡Nooo, qué va, nooo! Si a usted, mamá, no le importaba pegarme siendo yo una joven crecidita, ¿por qué no me regaña ahora? ¡Regáñeme! ¿No ve que soy una desagradecida? ¿No ve que los olvidé mientras vivía mis sueños?</p>
<p>    Observó que su madre avanzó hacia ella, pero no se detuvo; miraba el suelo, daba vueltas por la sala, para entrar, al cabo de minutos interminables, de un mutismo más estremecedor que cualquier grito, a la luz decadente del atardecer donde se desvaneció, poco a poco, en un último estertor de brisa, polvo y hojas marchitas. Lo último que le oyó decir fue: <em>¿Mija, dónde está el dedal? </em>Pero no era a ella a quien le<em> </em>decía mija; Stella la seguía como una autómata, ayudándola a buscar el dedal<em>.</em> A Juan lo advertía aguardando en las sombras, mirándola como con ojos que ven al vacío, dejando traslucir su pesar en la fosforescencia opaca que resaltaba su cuerpo. Nidia sentía rabia al saber que sus ruegos, un poco trillados, como sujetos a un libreto, los cuales de tanto insistir, pensaba, conseguirían su atención, eran estorbados, sin remedio, por reiterados, desgarradores accesos de tos. Se sentó, agitada, en un trozo de muro e inclinó la cabeza que apoyó en las manos. Juan Manuel… ¿usted sí me va a escuchar, cierto?&#8230; ¡Cierto!</p>
<p>    Cuando el chofer entró por ella, la encontró, en el cada vez más sombrío aposento, explicando al viento las razones por las cuales se separó tanto tiempo de ellos; mujer ocupada e importante como era, no supo a tiempo la noticia del desastre, ni pudo, o no quiso, asistir al funeral, sólo a la misa de réquiem que ofreció cierto día la alcaldía para conmemorar un año de la tragedia en el pueblo de Villa María.</p>
<p>    El chofer golpeó en un tablón y la mujer volteó a mirar, sin siquiera sobresaltarse, como si ya nada tuviera importancia.</p>
<p>    Perdón, señora Nidia, pero es que como ya se estaba oscureciendo y usted no salía…</p>
<p>    ¿Perdón? Nunca lo pida, Sandoval, dijo Nidia al tiempo que se secaba las lágrimas. Nunca.</p>
<p>    Sandoval se acercó para ayudarla a parar. La mujer se negó otra vez a su gentileza. Con la sombrilla le señaló las astromelias.</p>
<p>    ¿Sabe…? Dijo. Mejor vaya, arranque unas cuantas, llévelas al auto. Yo todavía tengo cosas que decir&#8230; Y no importa que ustedes no me oigan, ¿me oyen? ¡No importa! Las voy a decir.</p>
<p>    Sandoval observó los contornos de la habitación como si siguiera la ruta de los ecos. No vio a nadie. Ni sintió el pulso decaído que Nidia escuchaba en cada rincón, en esta casa palpitante de recuerdos.</p>
<p>    Venga, señora Nidia, mejor es que nos vayamos, dijo. Aquí se está comenzando a poner muy oscuro.</p>
<p>    ¡Qué le importa!, contestó Nidia. Haga lo que le mandé.</p>
<p>    Perdón señora.</p>
<p>    ¡Qué le dije del perdón!</p>
<p>    Sí señora.</p>
<p>    Dio media vuelta, se acercó a las flores y cortó unas cuantas. Antes de salir por la puerta, devolvió una mirada a Nidia: estaba inclinada por su propio pesar, reunida allí por un llamado del otro mundo, como si hubiera sido creada para habitar en esta casona de resistencia austera, por siempre.</p>
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		<title>111- En la larga cola del banco. Por Azucena</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 22:00:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[No se ve bien si no es con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.               Antoine de Saint-Exupéry   Y allí estaba yo esperando en la larga cola de banco para cobrar el paro, que me urgía para pagar el alquiler de ese mes. Era el último cobro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><strong><em>No se ve bien si no es con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.</em></strong>               Antoine de Saint-Exupéry</p>
<p style="text-align: right;"><strong><em> </em></strong></p>
<p>Y allí estaba yo esperando en la larga cola de banco para cobrar el paro, que me urgía para pagar el alquiler de ese mes. Era el último cobro y Dios diría cómo lo pagaría al mes siguiente. La cola iba lenta y yo me desesperaba. <span id="more-822"></span> (Siempre he sido impaciente)  Miré a través de la pared al exterior, ya que la entidad financiera hacía esquina y dos de sus paredes, que eran de cristal, daban a  la calle.  Veía a la gente correr colgadas de sus prisas, de sus caras sin expresión,  de sus vestidos de última moda  y de sus egoísmos e  hipocresías<em>.  -¡Qué mundo más asqueroso es éste! ¡No merece la pena vivir aquí ni así! ¡Esto es una cloaca chorreando mierda por todos lados! ¡Un día de estos me voy de aquí para siempre! ¡¡¡Vamos que si me voy!!!-  </em>Pensé mientras seguí esperando en esa maldita cola.</p>
<p>Asqueada de mirar a través de las pareces transparentes, dirigí la vista hacia dentro, concretamente  a una mesa en la que un empleado, con sonrisa fabricada, le estaba diciendo a un cliente que si no terminaba de pagar la hipoteca, lo echarían a la calle inexorablemente.  Éste, con ojos desesperados y con la voz y las manos temblorosas, le decía que tenía niños pequeños y que no encontraba trabajo por más que buscaba. Y el otro, con la misma sonrisa metálica, que eso no era cosa de ellos.</p>
<p>Yo seguía en mi cola pero ésta se había atascado.  Las piernas me dolían de estar de pie. Alguien gritó, con grosería, que cuándo le tocaba, que si es que no sabían trabajar,  que tenía prisa y que no había manera de irse de allí.  Otro le siguió la corriente y dijo algo más fuerte y se unió un tercero aún más nervioso que los otros dos. El director del banco, al oír gritos, salió de su despacho lujoso y calmó a la gente diciendo, con voz suave y con la misma sonrisa fabricada que la del empleado, que ese día faltaba personal por cosas de la gripe y que pedía disculpas. Después, cuando la situación se calmó, volvió a meterse a su despacho cerrando la puerta tras de si.</p>
<p>El ambiente se tranquilizó pero se había vuelto espeso, insoportable y mi asco, ante este mundo, iba en aumento.</p>
<p>Delante de mí había un hombre de unos treinta años. Alto, cuerpo atlético, pelo negro y laceo. La cara, aunque no se la veía, mi imaginación la dibujaba haciéndole juego con el cuerpo. También llevaba un traje azul marino que le sentaba como ni pintado.  Su altura no me dejaba ver a la gente que iba delante de mí y ello me incomodaba.  Sólo lo conseguía si salía de la fila o sacaba la cabeza por los lados.  Era como si tuviera un muro delante.</p>
<p>El tiempo pasaba y la cola crecía y crecía detrás de mí, así como la de delante seguía congelada, estática. Al tener tiempo para pensar, ocupé mi mente en el hombre que estaba delante.  Lo revisé, detenidamente, de arriba a abajo y me dije:</p>
<p><em>-Éste será de esos que se machacan el cuerpo en los gimnasios pagando grandes cantidades de dinero para tener ese cuerpo de atleta.  Además, seguro que roba, como muchos, a los que tienen menos para tener él más ¡Estoy segurísima!  Será un contaminado como todos. Cada vez hay  más gentuza así y éste tiene trazas de eso.  ¡Qué mundo más asqueroso,  más hipócrita, más  egoísta, más vacío! ¡¡¡No aguanto más!!!  A este hombre, sin conocerlo, ¡LE ODIO!</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>La cola avanzó un poco.  Luego otro poco.  Luego se volvió a parar. Y allí estaba yo con las piernas doloridas y el pensamiento vomitando lo que contenía mi alma: asco por la vida. Asco por la gente.  Asco por todo. Seguía diciéndome la mente: </p>
<p><em>-En la tierra viven dos tipos de delincuentes: Los legales y los ilegales.  Los primeros son los que duermen en su habitación lujosa y de grandes dimensiones, en una casa, también lujosa y no en cualquier calle, sino en una gran urbanización con hermosos parques verdes y limpios o en una gran avenida bien cuidada, pero esta habitación ostentosa, junto con todos sus alrededores, estará pagada por otros que tendrán bastantes menos dinero que el dueño.  Los segundos duermen en una reducida y sucia celda de cualquier cárcel descuidad y sucia, cuyo habitáculo estará compartido por uno o dos desconocidos.  Es más-  </em>seguí con mis pensamientos malévolos-,  <em>por un solo “delincuente legal” que duerma en una celda de cualquier cárcel, habrían muchos “delincuentes ilegales” que dormirían en su habitación de dimensiones normales, y no lujosas y que estará dentro de su casa, también normalita la cual se ubicará en cualquier calle corriente y moliente.  Los primeros les han robado derechos, oportunidades, igualdad, dignidad y dinero. ¡Asquerosos!</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>Reconozco que mi pensamiento estaba enfermo,  infectado, triste.  Pensé en marcharme y volver al día siguiente pero… tenía que pagar el alquiler ese mismo día.</p>
<p><em> </em></p>
<p>La cola avanzaba despacio y era tan larga… Mis pies estaban cada vez más hinchados y doloridos y mis pensamientos cada vez más malvados y que me seguían susurrando:</p>
<p>-<em>Tanto plantón me está matando.  Ya llevo, así como el que no quiere la cosa, tres cuartos de hora.  Ya no creo en nada ni en nadie.  Y este “hombre-muro” que está delante de mí, me está poniendo nerviosa. No me deja ver cuándo me toca. Es como cuando vamos conduciendo por una carretera comarcal y un camión, de grandes dimensiones, está delante de nuestro coche y no hay manera de adelantarlo y lo único que vemos es un gran muro con ruedas que nos quita toda visibilidad. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p>Y mi mente seguía erre que erre:</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>“¡Que pare el mundo que me quiero bajar!”.  Y si no para, me tiro en marcha aunque  me mate, que es lo que me gustaría. ¿No habrá nadie que esté sano de alma?  No creo ya en nada ni en nadie; solo en mi gato pero no es suficiente.  (Dejaré una nota  para que el minino sea  cuidado por la vecina cuando yo ya no esté) Solo pido encontrar alguien un poquito sano.  Solo un poquito.  ¡Un poquito nada más!</em></p>
<p>Sonó el móvil del <em>“hombre-muro”</em>.   Y yo con mis pensamientos endemoniados:</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>-Y ahora sacará de su bolsillo el móvil último modelo, para hablar a su mujercita, o a su novia, o… a su amante porque con ese cuerpo, puede tener todas las mujeres que quiera.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>El hombre comenzó a hablar:</p>
<p><em>-¡Hola Lucía! (………..…)  Sí, sí.  A Perú. Si quieres quedamos esta noche (………….) Sí, claro, al mismo sitio que el verano pasado. (……………….) Tres meses.  Es que este año nos han aprobado, con mucho esfuerzo por nuestra parte, un proyecto para abrir una escuela, con adolescentes, en una aldea perdida de aquellos lugares y como soy sacerdote, me acogieron el verano pasado muy bien y quiero repetir la experiencia.  Ya sabes que estas personas  son muy religiosas.  Vamos tres psicólogos, dos antropólogos y cinco educadores sociales. (……………..) Sí, allí vamos a pasar nuestras vacaciones. También llevamos pastillas de jabón, medicamentos, caramelos y material escolar. El año pasado escribían los niños en el suelo con un palo. Quiero volver a abrazar a aquellas gentes maravillosas que dan lo poco que tienen a los que tienen menos que ellos y con esa alegría que a los que somos de países “ricos”, nos haces cambiar el concepto que tenemos de vida y valorar realmente lo que vale. Ellos son ejemplos de humildad, de generosidad, de valores que aquí ya se han perdido, de sabiduría…  ¡Qué te voy a contar!  Tengo ganas de jugar con los niños descalzos pero alegres, de charlar con las  madres siempre agradecidas; con sus maridos que, aunque trabajen de sol a sol y no consigan el suficiente alimento para  su familia, luchan sin cesar y siempre contentos. (……………..)No, no, gracias, Lucía, ya me han dado bastante la familia y los amigos y hemos podido comprar todo el material que te he comentado, además, se que Jesús está en paro y que, ahora, estáis un poco apretados.  Perdona… Se ha producido un silencio en el banco,  ya que estoy en la cola y hay mucha gente y estaré molestando con este vozarón que sabes que tengo Te dejo. Ya te llamaré cuando venga. Saludos a Jesús y un beso al bebé.  Adiós amiga y gracias.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>El hombre metió el móvil en el bolsillo y pidió, con el tono de voz más fuerte que cuando estaba hablando por el móvil, disculpas a todos.</p>
<p>Las personas que habían gritado con grosería y mala educación, ahora tenían las cabezas bajas. El empleado de la sonrisa fría y mecánica, la había dejado aparcada para coger la expresión sufriente de su cliente a la vez que dio un puñetazo, con el puño cerrado, en la mesa para desahogar  su rabia e impotencia.  Después miró al que tenía enfrente y le dijo, sin sonreír pero con los ojos rojos<em>: -¡¡¡Esto que a usted le sucede no es justo!!!</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>El director del banco volvió a salir de su despacho al comprobar que se había producido un ruido seco dentro de un gran silencio.  Miró a su empleado pero éste no le sonrió. Nada se le dijo, ni nada entendió.  Volvió a meterse, confuso, a su lujoso despacho cerrando la puerta tras de sí.</p>
<p>Por fin le tocó el turno al hombre que había delante de mí. (No estuvo ni un minuto haciendo su gestión) Cuando se marchó, me dijo la empleada del banco, que por fin, ya la tenía delante justamente de mí.: <em>-“Buenos días, ¿qué desea? (…………) Señora… le estoy hablando y tengo mucha gente a quien atender.  ¿Desea algo?-</em> Salí corriendo tras el hombre y, ya  fuera, le dije:</p>
<p><em>-Perdón. Quiero pedirle disculpas y darle las gracias.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>Por fin le podía ver el rostro.  Su cara era como me la imaginaba y el saber, ahora, que era un hombre “prohibido”, le hacía aún más atractivo.  Ello no fue lo que me sorprendió, sino que su rostro reflejaba paz, alegría, serenidad y su mirada irradiaba amor, mucho amor y sus ojos rebosaban lo que había en su interior, en su alma.  El hombre, después de hablarle, me miró, ahora, con mirada  extrañada y me preguntó sonriente:</p>
<p><em>- No la enciendo, señora…</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>A lo que le respondí:</p>
<p><em>- <strong>Disculpas</strong> por juzgarle sin conocerle y <strong>gracias</strong> por hacerme ver el mundo con el corazón, no con los ojos, y</em>… -Aquí ya se me hizo un nudo en la garganta y tartamudeando continué-<em> y… y…  por devolverme  a la vida.  </em></p>
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		<title>110- Abegunde. Por El Ladrón Sigiloso</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 18:34:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En Yoruba significa nacida en lunes aunque Abegunde nació, por azares de la vida, un domingo. Es por ello que ésta, la más generosa, amable y jubilosa criatura de cuantas criaturas haya engendrado sin pudor este monstruoso mundo, no da mucha importancia a los nombres ni a las fechas. Abegunde [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En Yoruba significa nacida en lunes aunque Abegunde nació, por azares de la vida, un domingo. Es por ello que ésta, la más generosa, amable y jubilosa criatura de cuantas criaturas haya engendrado sin pudor este monstruoso mundo, no da mucha importancia a los nombres ni a las fechas.<span id="more-817"></span></p>
<p>Abegunde creció en un hermoso y miserable trozo de tierra en el que los animales viven más tiempo que las personas. Aprendió de su padre a caminar siempre descalza y con la cabeza inclinada, como hacen los temerosos de Dios y los nobles de corazón. De las tortugas aprendió a no tumbarse nunca boca arriba, sobre todo cuando uno ya pasa de cierta edad y las elongaciones se resienten de pasadas contracturas o accidentes musculares. Al paso torvo y curvo y en verdad largo de los días de su vida, y al manifestarse la naturalidad y el vigor de sus formas en todo su esplendor, las abejas se suicidaban por amor al sentir el aroma de sus cabellos incitantes y sonrientes como la miel. A los dieciocho años, Abegunde representaba el profundo e inalcanzable arcano de la belleza hecha carne y hueso. Sus muslos de ébano estaban siempre cálidos y húmedos.</p>
<p>Fallecido su padre, recogió los bártulos y abandonó la vacada. El páramo que ella tanto quería no saciaba sus expectativas. Le parecía aburrido y a veces culpaba la tierra por ser de aquella manera –pasiva e indulgente-, como si aquel espacio desértico tuviera alguna culpa de ser así. Muy pronto comprendió que era posible hacer algo al respecto, y con la ayuda de Dios, partió en busca de la posibilidad. Abegunde caminó por el ardiente polvo de la tierra yerma hasta llegar al mar. Se zambulló en él, y sosteniendo la respiración, nadó durante meses hasta llegar a una tierra ruidosa y agitada en la que los hombres se pelean por un trozo de papel. Abegunde descubrió el dinero y no le pareció gran cosa.</p>
<p>Abegunde lee la Biblia sin saber leer, toca el tambor sin saber tocar, y nada sin saber nadar, tal es la peculiaridad y el enigma de su genio. En su cultura no existe la idea de saber hacer algo o por lo menos no son tan estrictos en su forma de enjuiciar y valorar aptitudes. Las realidades, por otra parte, existen tal como se manifiestan, y nadie se preocupa por todo lo demás. Si algo ha ocurrido es porqué así lo ha querido Dios. No hay más que hablar. Allí de donde viene Abegunde, nunca se debe dejar de hacer algo inmediatamente. Es muy difícil corregir, o aconsejar, porque no hay formas preferibles a otras. Cada una de ellas tiene su momento y hay que respetar su aparición, amén de sus ritmos internos de crecimiento, ocaso y  muerte. Es impensable, asimismo, que alguien exija disculpas, además de una rectificación pública, o que se pidan elecciones anticipadas.</p>
<p>Abegunde no comprende como los hombres blancos son capaces de dar tantas vueltas a los asuntos. La cuestión de los ángulos y las perspectivas la trae de cabeza, y sólo pasados los tres años empieza a acostumbrarse a que otras personas tengan ganas de hablar y de comentar la actualidad, un poco por encima y de pasada. Ignoraba completamente que se pudiesen decir tantas cosas, muchas de ellas sin fundamento alguno, y en conjunto con semejante impunidad. Ella deja hacer sin protestar, e incluso alguna vez, dadivosa como es desde su más tierna infancia, realiza preguntas fáciles de responder, deliberadamente, para que sus clientes se puedan lucir con todo tipo de explicaciones elaboradísimas sobre cómo son las cosas, en comparación con cómo eran antes, y directamente relacionado, todo ello, con lo que se espera de las cosas, en un futuro. Abegunde sonríe encantada –sabe que aquello ha complacido al cliente, garantizándose una buena propina- y se pone manos a la obra con lo que de verdad sabe hacer. Si algo tiene claro es que uno debe conocer sus limitaciones. </p>
<p>Abegunde, prostituta y cristiana devota, compagina su trabajo en el burdel con un fervor religioso asentado en la caridad y el amor al prójimo. Insisto: tan entregada es el alma de esta cándida mujer que trabajó durante meses ignorando que a su actividad correspondía, por ley, una retribución económica. Una vez más, el fruto de la discordia y los malos entendidos. Finalmente aceptó el dinero de mala gana, únicamente para apaciguar los temores de su patrona a una inspección de trabajo, pero sabiendo interiormente que con aquellas transacciones comerciales se estaba interponiendo gravemente en la voluntad del Señor, que no convirtió la madre naturaleza en un casino por razones más que evidentes.</p>
<p>Abegunde está siempre dispuesta a asumir las consecuencias de sus actos, a diferencia de muchos hombres blancos que parecen tener la impresión de que todo acontecimiento es aislado y autónomo. Ahora ya se ha acostumbrado a comisiones, extras y bonificaciones por incentivos. Incluso hace cosas por dinero, sin darse cuenta, pero en su fuero interno sigue considerando que todo acto que no tenga como finalidad última el complacer a Dios, en toda su inmensidad, es reprensible y se debería evitar a toda costa, porqué trae mala fortuna y porqué aquello le persigue a uno de por vida.</p>
<p>Hemos mencionado que Abegunde no sabe leer, ni escribir, ni hablar sin someter sus oraciones a verdaderas aberraciones gramaticales. Confunde sonidos y en general no se la entiende demasiado bien cuando intenta expresarse. En general, se podría decir que destroza el castellano, por delante y por detrás, sin contemplaciones ni ambages o subterfugios. Aunque parezca mentira, ello no dificulta la comunicación con sus clientes y compañeras, siempre fluida gracias a su amplia sonrisa, la sencillez de sus modales y el brillo de sus ojos que derraman eterna gratitud. También ayuda su forma exagerada de gesticular.</p>
<p>Está afiliada al Partido Carlista, no por principios, sino por corresponder a la amabilidad del anciano que barre la mugre acumulada en los lavabos del prostíbulo, el bueno de Salinas, al que aludiremos brevemente, para poner en contexto esta amistad de naturaleza sin igual. Abegunde acude a los mítines semanales de la congregación y agita la bandera del partido ovacionando los discursos de los demás miembros, a pesar de no entender nada de lo ahí se trama. Lo hace porque Salinas siempre la ha tratado muy bien, nunca le ha rogado que se pusiera de cuatro patas, y ha defendiendo siempre, hasta las últimas consecuencias, su honor, exigiendo que se respetasen sus derechos laborales hasta la última coma. Salinas también abraza la causa del anticolonialismo, lo cual supuestamente debería favorecerla para conseguir un estatus de exiliada política, o de luchadora por la libertad de su patria. Estas cuestiones le quedan bastante lejos a Abegunde, que prefiere delegar estas gestiones en personas de confianza y no meterse en problemas.</p>
<p>Salinas quiso ser soldado, pero ahora limpia los lavabos en un burdel. Quiso ser alto, pero ahora su cabeza apenas sobresale por el mostrador. Quiso no dejar crecer nunca un bigote tupido, pero ahora una apelmazada masa de pelos enredados cubre su labio superior. Tan sólo un propósito sobrevive éste perpetuo ciclo de frustración y desengaño; Salinas quiso y todavía quiere, porque puede, matar al Rey.</p>
<p>Si sus manos ajadas y su dignidad obrera no se estremecen al contactar con las deposiciones burguesas, mucho menos iban a temblar ante la oportunidad de hacer justicia a don Carlos María Isidro. Una embriagadora sensación de orgullo y pertenencia a la clase trabajadora se apodera de Salinas, cada vez que se encuentra en presencia de la Cruz de Borgoña. Salinas exige propinas (además de un retorno al Antiguo Régimen), erguido y arrogante, agitando un pequeño cesto repleto de monedas y mirando hacia otro lado, como si aquello no fuera con él. Suele acompañar la petición de limosna de una diatriba en favor del “socialismo, federalismo y autogestión” los tres pilares básicos para la configuración política del Estado según la ideología carlista, tal y cómo ha podido saber Abegunde, recientemente. El lento y fatigoso devenir de las horas tras el mostrador le permite dedicar al ocio la mayor parte de su jornada laboral. Es entonces cuando Salinas clava su mirada en revistas eróticas de la posguerra mientras sorbe con estruendo su petaca de güisqui y planea con sumo detalle –no puede haber un solo fallo en la concepción ni en la ejecución del asalto- el atentado que deberá poner fin a la lacra de este país, que no es otra, como todo el mundo sabe, que la Monarquía borbónica.</p>
<p>Salinas se ha mantenido casto durante toda la vida, no por falta de ganas de consumar y consumir, sino por una alarmante carencia de decisión e iniciativa. Se confiaba pensando en que todo aquél mundo de encajes, ligas y sujetadores ya llegaría, pero los años fueron pasando, y por su parte nunca vio nada más que unas piernas descubiertas, concretamente las de la famosa actriz y amante del Duque de Híjar, Carmen Sánchez, en una representación de <em>Los intereses creados</em>, desde la última fila de platea, por allá en los años veinte. Con el tiempo, Salinas ha diseñado un discurso legitimador del decoro y la continencia, para justificar ante los demás una conducta tan estrambótica como chocante, pero la realidad es que Salinas nunca ha sabido gustar a mujeres ni a hombres. Cualquier cosa le servía, en realidad, al ser una persona, desde siempre, fácil de complacer y poco dada a las exigencias. Pero no conseguía gustar a nadie. Él lo atribuía a cuestiones socio-económicas, como no, y a prejuicios de clase, pero lo cierto es que su aspecto desaliñado y sucio, sus dientes amarillos, su aliento pútrido y etílico, y en definitiva, su absoluto desinterés por cuestiones apolíticas no ayudaban a hacer de él un objeto de deseo particularmente vistoso para el público en general. Hoy en día le gusta pellizcar a las mujeres en el trasero cuando entran en el baño, como se hacía en los viejos tiempos, pero el flirteo no suele ir más allá de una bofetada de reprimenda. Siente, eso sí, especial predilección por la patrona y sus abultados senos. A pesar de sus discrepancias políticas y de las continuas disputas, insultos y vejaciones a las que se someten diariamente – la patrona defiende, como es natural, los derechos del empresario y la abolición de los sindicatos- en el pequeño y endurecido corazón de Salinas empieza a florecer, muy lentamente, un extraño sentimiento hasta ahora desconocido, semejante a una tibia galantería, fruto de su carácter siempre soñador e inquieto.</p>
<p>Los muslos de Abegunde, extraños a los siempre enmarañados avatares de la política, ya no relucen como solían. La hierba no crece a su paso. Su piel agrietada y flácida se derrama sobre sí misma como una catarata. Abegunde echa de menos los berridos de los tocinos, más sensatos que toda la necedad del hombre blanco, empeñado en quejarse, protestar y organizar reuniones y mociones de censura para cambiar las cosas. Cuando los hombres blancos insisten en la idea de reunirse para elaborar una estrategia de acción, Abegunde se ríe y se retira a sus aposentos para pintarse las uñas. Piensa participar en el atentado que prepara Salinas, pero únicamente por lealtad, y porque se comprometió en un momento en que se encontraba desprevenida, y antes de pensárselo dos veces, ya había dicho que sí. Habrá que matar al Rey, piensa Abegunde, si eso es lo que cuesta mantener la palabra.</p>
<p>A pesar de su decadencia física, un único tormento agita su carácter apacible y sosegado, y no se trata, ni mucho menos, del hecho que sus pechos hayan perdido soporte. El estertor de su madre al desangrarse, con los ojos en blanco, abierta de piernas, las sábanas teñidas de rojo. Así nació Abegunde, domingo (un amanecer antes de lo previsto), el día en que Nuestro Señor estaba descansando.</p>
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		<title>109- El Manantial. Por Amaragua</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 18:31:55 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Ya han transcurrido muchos, muchos años y todavía no sé si era temor o fascinación lo que sentí la primera vez que vi aquella palanca que, con solo subirla, hacía que apareciera un manantial. Yo nací en el noroeste de África, en un pueblo pequeño de  la zona desértica. Nuestras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya han transcurrido muchos, muchos años y todavía no sé si era temor o fascinación lo que sentí la primera vez que vi aquella palanca que, con solo subirla, hacía que apareciera un manantial.</p>
<p>Yo nací en el noroeste de África, en un pueblo pequeño de  la zona desértica. Nuestras casas de adobe sólo tenían una ventana situada de tal manera hacia la puerta que produjera una corriente de aire. <span id="more-811"></span>Recuerdo la alfombra que cubría el suelo de arena, roja con dibujos geométricos y un montón de cojines apoyados en la pared a todo su alrededor ¡qué bien se estaba allí a mediodía con el fresquito de la brisa! Por la noche, cuando el frío empezaba a morder,  recostados algunos y otros tocando el <em>derbake</em>, nuestro tambor estrecho y alto,  bailábamos y cantábamos las anécdotas del día con el sabor dulce del té con canela y hierbabuena.</p>
<p>Había un solo árbol, escuela por la mañana y lugar de reunión y de juegos por la tarde. Nos íbamos moviendo con la sombra que proyectaba.</p>
<p>El agua era tan escasa que casi era un milagro. Los niños corríamos a buscarla al pozo que había a 7 kilómetros cuando no íbamos a pastorear, Llevábamos cubos enormes, bidones y cualquier recipiente que sirviera para transportarla sin derramar una sola gota. El camino era llano pero cuando hacía viento, se apilaba la arena formando montoncitos inesperados y era fácil enredarse con la chilaba, tropezar y caerse. Al llegar, nuestras madres siempre nos estaban esperando para coger los recipientes y ponerlos en el lugar más fresco de la casa. El ritual se repetía invariablemente, llenaban un cubo en el que nos aseábamos, después de comer lavábamos lo que habíamos usado en la misma agua  y después se la dábamos de beber a los camellos.</p>
<p>Nuestro pueblo estaba en uno de los recorridos más frecuentados del desierto y nos habíamos acostumbrado a ver personas de otro color y que hablaban otros idiomas. Les ofrecíamos té y pastelillos. Algunos de los nuestros hablaban su idioma y nos traducían lo que decían. Era divertido ver cuánto sudaban y cómo intentaban respirar con normalidad, pero el calor no les dejaba. Me daban un poco de pena y a mamá también, entonces  les ofrecía un poco más de té con las especias que ella le echaba y al beberlo se aliviaban y volvían a respirar bien.</p>
<p>Nuestra vida transcurría sin grandes variaciones, nuestras madres y nosotros cuidábamos de los animales y del pueblo, mientras que nuestros padres iban a la ciudad más cercana a vender y comprar lo que hiciera falta, hasta que el país vecino reclamó nuestro territorio como suyo. Yo veía la preocupación en las caras y en los tonos de los mayores. Tenían razón porque a los pocos días se llevaron a nuestros padres y a nuestros hermanos mayores a luchar por su tierra, nos dijeron. La vida se complicó mucho, entraban soldados en el pueblo y nos quitaban lo poco que teníamos. Ya no podíamos ir a pastorear ni a recoger agua con tranquilidad. Hubo muchos que salieron y nunca regresaron. El miedo empezó a ser un compañero igual de inseparable que insoportable y nuestras madres decidieron que debíamos irnos de allí con lo imprescindible. Fue entonces cuando  nos visitaron unos extranjeros parecidos a los que tanto me habían divertido al verlos jadear, nos dijeron que pertenecían a una organización que se había creado en Europa para ayudarnos y nos llevarían a un campamento donde se estaban concentrando las personas que quedaban en los pueblos de  alrededor.</p>
<p>Preparar lo que había que llevar no fue difícil porque ya no teníamos ni camellos, ni cabras, ni nada, todo se lo habían llevado los soldados. Aunque el viaje fue muy largo, aquellos extranjeros estuvieron pendientes de nosotros siempre, ocupándose de que no nos faltara ni comida ni agua. Al fin llegamos a un sitio con  muchas jaimas pequeñas –tiendas de campaña las llamaban ellos- algunas estaban vacías y eran las que íbamos a ocupar nosotros. Al día siguiente me dediqué a recorrer las calles a ver si conocía a alguien de los que ya estaban viviendo allí y encontré a algunos niños con los que coincidía en el pozo. Nos contaron cómo era la vida en aquel campamento y sentí que me ahogaba sin la posibilidad de que el té de mamá me aliviase.</p>
<p>Dos días cada semana llegaba un camión cargado de agua y se formaba una fila interminable de gente con sus recipientes para llevarla a su jaima. Habían organizado una escuelita y se iba a clase por la mañana. Después cada uno hacía el trabajo asignado para que aquel campamento funcionara bien. Yo tenía que mantener limpia la calle donde estaba nuestra tienda de campaña y a un amigo mío avisar cuando el contenedor estuviera lleno. Además de esto, cuidábamos del ganado, aunque no podíamos pastorear lejos de allí porque los soldados estaban cerca.</p>
<p>Los extranjeros que dirigían el campamento nos dijeron que los que sacáramos mejores notas, si queríamos, podíamos ir a pasar un mes en la casa europea de algunos socios de la organización a la que pertenecían. Yo pregunté cómo eran esas casas, si eran parecidas a las que habíamos dejado y me dijeron que no, que estaban divididas en habitaciones y en cada habitación había una ventana y que el suelo no era de arena, sino de madera. Me costaba trabajo imaginarme aquello y dije que me gustaría muchísimo conocer una de esas casas, así que aquel año estudié para sacar mejores notas que nadie.</p>
<p>En los meses de verano llegaron varios extranjeros y uno de ellos se alojó en nuestra casa. No entendía sus palabras, pero como hacía tantos gestos era fácil saber lo que estaba diciendo y, sin darme cuenta, empecé a entenderle. Me preguntó si me gustaría pasar un mes con él y su familia y yo le contesté que sí, que cómo era su casa, dónde vivía, si tenía algún hijo y si era de mi edad. Me dijo que vivía en Madrid, que su casa tenía dos plantas, en la de abajo se vivía y en la de arriba se dormía y estaba rodeada por un jardín, que tenía sólo un hijo de mi misma edad con muchas ganas de compartir sus juguetes y sus aventuras con alguien como yo y que estaba seguro de que nos íbamos a entender muy bien.</p>
<p>Aquel hombre habló con los directores del campamento, con mis padres, con  mis profesores y consiguió que yo fuera a pasar un mes a su casa. Aprendí a andar con zapatos y a vivir en la delgada línea que separa el miedo de las ganas de ir a lo desconocido. No sabía qué era un aeropuerto, ni podía imaginarme lo que era viajar en avión, poder asomarme por la ventanilla y ver el mundo por debajo. Todo era como un sueño. Al llegar, me guiaron para ir a recoger la maleta y me acompañaron hasta donde estaba mi amigo de Madrid esperándome con su hijo y con su mujer. Verlo allí  hizo callar todo el bullicio que había en mi cabeza y me tiré a sus brazos, llorando y apretándome contra su cuerpo. Él me besó, me acarició y me apartó con suavidad, para presentarme a su hijo y a su mujer gesticulando mucho y eligiendo las palabras que sabía que yo iba a entender. Su hijo se parecía mucho a él y yo utilicé lo que había aprendido de su idioma el año pasado para decirle quién era y de dónde venía. Él hizo lo mismo y nos echamos a reír los dos.</p>
<p>Así, entre risas y gestos, abandonamos el aeropuerto para subir a un coche que conducía mi amigo. Yo no salía de mi asombro, ¡había miles de coches! Tantos que no cabían en aquella carretera. Había que parar de trecho en trecho para poder pasar por un sitio que, según entendí, era más estrecho. Logramos pasarlo y  llegamos a donde vivían.</p>
<p>Aquella casa no tenía nada que ver con la nuestra y el pueblo tampoco. Metieron el coche en la parte más baja de la casa. Subimos unas escaleras y nos encontramos en una sala muy grande con el suelo de madera, tal como me habían dicho. Lo primero que hice fue descalzarme, ¡aquello no se podía pisar con las suelas, había que sentirlo en la planta de los pies! Mi amigo dijo que eso era exactamente lo que había que hacer, mientras los tres se quitaban los zapatos. En seguida subimos a lo que sería mi habitación durante aquellos días. Me quedé con la boca abierta cuando vi todo aquel espacio para mí solo. Había dos puertas, además de la de entrada, una era para dejar la ropa y otra para ir a asearse: el armario y el cuarto de baño. Me explicaron cómo se usaba el lavabo y la bañera y me dijeron cómo funcionaba el grifo, una palanca que al subirla hacía que manara un manantial y girándola salía agua caliente. No podía salir de allí ¿cómo era posible crear un manantial así, sólo subiendo una palanca? Estuve subiéndola y bajándola mucho rato sin que mi fascinación disminuyera, hasta que mi amigo dijo que primero había que vaciar la maleta. En aquel cuarto de baño transcurrirían muchas horas de juego con su hijo.</p>
<p>Las calles, en vez de ser de arena por donde pudieran transitar los burros, los camellos, los camiones del agua y nosotros, eran de cemento y tenían dos alturas, una por la que circulaban sólo coches, motos o bicicletas y otra por la que circulábamos las personas.</p>
<p>Mi amigo me enseñó a leer y a escribir con la ayuda de su hijo y de  juegos de palabras como “el ahorcado”, el “scrable” o “veo, veo” y siempre que me tocaba a mí, sacaba palabras que tuvieran que ver con grifos o con agua. Aprendía deprisa y me acostumbré en seguida al ritmo de su casa. Eso les gustó mucho y me preguntaron si me gustaría estudiar allí y así fue como se invirtió mi vida.</p>
<p>Terminé los estudios universitarios y me quedé a trabajar en Madrid.  Regresaba todos los veranos a ver a los míos. Los mayores seguían en el campamento y muchos de mis amigos de la infancia se habían ido a estudiar a diferentes ciudades de Europa, algunos se quedaron para ayudar a mantener el campamento en orden.</p>
<p>Yo sabía que llegaría el momento de quedarme definitivamente allí, respaldado por todo lo que había aprendido en Europa y por el conocimiento que tenía de mi tierra, esperando que llegara el momento de ir a un lugar donde nos pudiéramos asentar definitivamente y con el recuerdo imborrable de haber tenido un manantial en casa.</p>
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		<title>108- Pardina. Por Amla</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 18:27:17 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[James Amla sube de dos en dos las escaleras de madera crujiente. En el descansillo ralentiza su movimiento y avanza pegado a la pared. Al llegar a la esquina, inclina su tronco hacia la cavidad asomando un poco de cabello y moflete. Su pupila marrón oscuro, al contacto con la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>James Amla sube de dos en dos las escaleras de madera crujiente. En el descansillo ralentiza su movimiento y avanza pegado a la pared. Al llegar a la esquina, inclina su tronco hacia la cavidad asomando un poco de cabello y moflete. Su pupila marrón oscuro, al contacto con la luz, se abre lentamente como una corola. Helene, asciende los últimos peldaños y llegada a la altura de su vástago, le alborota dulcemente el pelo ondulado.<span id="more-805"></span></p>
<p>-   ¿Qué haces?</p>
<p>-   Estaba acercándome despacio.</p>
<p>-   ¿Por qué?</p>
<p>-   Porque hay cuadros importantes.</p>
<p>-   Entra sin miedo, <em>Patinir, Ruysdael, Friedrich, Kiefer&#8230; </em>se alegrarían de ver a un niño de ocho años jugar entre sus montañas y celajes.</p>
<p>-   Bueno&#8230;</p>
<p>Desde que nació, Helene ha detectado que su retoño exhala aire dulce, una blandura hacia las frutas, los colores y los árboles que la tienen en vilo, por eso, se había prometido que no dejaría que bosques raros rodearan a su hijo, que defendería la valla de sus manzanos. Lo había observado, a hurtadillas, pasando los dedos por las vetas de las berenjenas verdes, posando y desposando las yemas de las lenticelas de las manzanas, dando toquecitos a peras <em>ercolini</em>, yuxtapuestas a sus pequeños pabellones auditivos. La demarcación de su pomar crecía ante la emocionada comprensión de su madre. Estaba convencida de que aquello se debía a una presencia especial que hacía crecer un bosque en su pecho infantil. Pensaba que todo habría comenzado en un punto mil veces más pequeño que la cabeza de un alfiler e ilustraba la naturaleza de sus cavilaciones, como un <em>little-bang</em> que se habría venido desarrollando parsimoniosamente. Imaginaba un afloramiento de racimos microscópicos, una hermosa blancura de redondeles ganando espacio en la oscuridad. Lo ha visto quedarse clavado ante el movimiento de los árboles, escuchar el sonido de las hojas altas de los alisos y andar entre las alamedas como un trasatlántico en la mar. Ella se dice que James es una hoja tierna llevada por el viento, una singularidad del propio mundo.</p>
<p>   Hasta la fecha, habían visitado numerosas pinacotecas, y ya tenía la certeza de que su pequeño descendiente podía introducirse en los cuadros. Sabía que su retoño había flotado, otrora, entre las veladuras de organza de <em>Christian Schad</em>, que se había colado en los interiores de <em>Pieter de Hooch,</em> y que sus dedos habían tocado las valientes diagonales de <em>Theo van Doesburg</em>. James había caminado el túnel tras las pupilas de la <em>señora Bas</em>. Lo ha visto parado ante la lepórida mirada infantil Mozart pintado por <em>Creuze</em>, acariciando la pata del perrito de Felipe Próspero y respirar el aire del Alcázar. James puede oler las peras de <em>Chardín, </em>notar el cosquilleo de los violines que manan de los fondos de <em>Rembrandt van Rijn</em>. Estos viajes allende lo visible, acontecen solamente con algunas telas y es eso precisamente, lo que llena de curiosidad a una madre decidida a descubrir la naturaleza última de tan dulce misterio. Para ello, ha pensado poner ante su niño de ocho años recién cumplidos, media docena de paisajes sobresalientes y esperar. No olvida la primera vez que lo perdió delante de una pintura, fue ante la <em>vista de Harleem</em> de <em>Jacob van</em> <em>Ruysdae</em>l, en el <em>Rijksmuseum</em>. Subían a la segunda planta cuando Helene, les indicó que en la planta alta había que estar en absoluto silencio, pues era la casa de los <em>Rembrandts</em>, los bodegones con vaso <em>Römer</em>, las vistas y los <em>Vermeer</em>, y si bien, abajo los objetos eran curiosos y de materiales preciosos, arriba, algunos de los cuadros, sin ser los pigmentos un elemento desdeñable desde el punto de vista económico, resultaban más valiosos aún, por representar aspectos del espíritu. Nada más entrar toparon con dos <em>Heda</em>, uno de ellos con un vaso medio lleno de agua color zumo de limón o caldo de pescado y reflejos de plata. Helene pensó en el cardo y la zanahoria de Sánchez-Cotán e imaginó el vaso de <em>Heda</em> al lado de los bulbos y las verduras del toledano, sobre el fondo negro. Fue en aquel momento que James le tiró de la manga y con su dedo, indicó un punto en el retrato de <em>Rembrandt</em> como San Pablo, y ella le expuso que el maestro de <em>Leiden</em> dejaba algunos centímetros cuadrados “inacabados” con extraordinarios trazos y que otras veces entonaba un esmerado fondo de grises y ocres. Hay expertos –le aclaró- que oyen el sonido de violines manar desde los lugares más remotos de sus fondos. Tras una pausa prolongada ante un paisaje de ribera, volvió a romper el silencio.</p>
<p>-   ¿Mamá por qué te paras tanto en este cuadro?</p>
<p>-   Porque es delicioso.</p>
<p>-   ¿Cómo un trocito de queso con membrillo?</p>
<p>-   Como un trocito de queso con membrillo.</p>
<p>-   ¿Cómo una fresa mojada?</p>
<p>-   Igual que una fresa.</p>
<p>-   ¿Cómo el pisto?</p>
<p>-   Si James, como el pisto o como las orillas del Guareña.</p>
<p>-   ¿Es de <em>Rembrandt</em>?</p>
<p>-   Es de un paisajista, <em>Meindert Hobbema</em>, más joven que <em>Rembrandt</em>,  podría ser su hijo. La obra se llama <em>Watermill.</em></p>
<p>-   ¿Qué quiere decir?</p>
<p>-    Molino de agua.</p>
<p>-   Es muy verde.</p>
<p>-   Si, todo es muy verde por aquí. Mira, este otro, está pintado por los mismos  años es de un gran pintor, <em>Ruysdael</em> que fue maestro de <em>Hobbema</em>, <em>es la vista</em> de <em>Haarlem.</em></p>
<p>-   ¿<em>Haarlem </em>no está en América?</p>
<p>-   Si, pero antes estuvo aquí.</p>
<p>-   Los campos de debajo del Tiso no tienen árboles</p>
<p>-    Es cierto.</p>
<p>Desde la ermita del Tiso se ve la tierra llana como si un rodillo celestial la hubiera amasado. En las noches límpidas, a las horas que suben a dormir los vencejos, se posan sobre ella miles de estrellas. La vista de <em>Haarlem</em> fue la primera tela que invitó al chiquillo a menguar hasta el tamaño de una lenteja pardina. Pudo percibir el aroma a tierra húmeda que recorre los campos de <em>Haarlem</em> y escuchar el piar de las aves en vuelo. No es que se convirtiera en un grano de arroz, sino más bien, que al mirar la tela, su concentración se posaba sobre cada centímetro tan intensamente que parecía no haber nada más en el mundo, y cada vez que enfocaba una parte del esmerado <em>Ruysdael,</em> se sentía impelido a correr por sus caminos al bies de las cosechas, internarse en el bosquete de luz de luna e incluso subir a las nubes. Nuestro pequeño amigo pasó un rato detrás de las casas situadas en la diagonal que sube hasta donde empieza el cielo. Un prodigio de apenas una falange. Pasó sus yemas por los tablones de madera áspera y mohosa. Desde la penumbra del día claro, alzó la vista hacia la atmósfera inmóvil. Por detrás de las casas, se elevó hacia los nimbos y observó el <em>pointer</em> por la vereda, sus zapatos goteando, los caminos ralos, el campanario y la tierra oscura. Notó el calorcito de la claridad en el pescuezo y oxígeno de nube. Fue la primera visita de la semana que pisaba hierba del Siglo de Oro<em> </em>y la primera vez que James entró en una pintura. Al cabo de unos minutos explicó a su progenitora que el pointer blanco que paseaba con la señora, había jadeado toda la llanada, que el terreno estaba encharcado y que volvería a llover en breve, aunque de momento no, porque las nubes templadas y altas así lo indicaban. También le dijo que bajo el transepto de la iglesia del pueblo, se estaba como en el centro del cristal de una lupa, y que había tanta claridad, que no se podían seguir los baquetones de las columnas hacia arriba porque al llegar a las impostas te cegabas. Le dijo que el bosque de luz de luna era frío y poco acogedor pues soplaba un aire que arreciaba entre las hileras de los árboles y que aquellas ráfagas, eran las que movían las aspas de los molinos de enfrente. También le explicó que a media altura, el cielo templaba, por eso piaban los pájaros. </p>
<p>Había pasado un año desde aquello. Helene acompaña a James ante la obra de uno de los mejores paisajistas vivos. Sabe que si el artista consigue ilustrar su mar de coral albo, James es capaz de entrar. Al final de la sala hay una enorme obra de <em>Anselm Kiefer.</em> Lo precede una pieza del mismo autor, compuesta por un par de alas pegadas a un libro.</p>
<p>-          Mira mamá, parecen de plata&#8230;</p>
<p>-          Y ceniza&#8230;</p>
<p>-           ¿Significa que los libros tienen alas?</p>
<p>-           Claro, sirven para volar.</p>
<p>-           ¿Sobre qué?</p>
<p>-           Sobre lo escrito y eso hace que te esponjes.</p>
<p>-           Y ¿para qué sirve esponjarse?</p>
<p>-          Ya te lo he dicho muchas veces, para comprender y ser mejor.</p>
<p>-           Me gusta.</p>
<p>-           Normal.</p>
<p>-           ¿Puedo tocar las plumas de las esquinas?</p>
<p>-          No se puede.</p>
<p>-          Ummm&#8230;</p>
<p>Helene repasa las piezas de <em>Kiefer </em>en su memoria, los enormes campos de naturaleza trascendente hechos con la paleta casi monocroma. Sabe que bajo tales extensiones bullen la memoria y la amnesia de lo humano. Son obras poderosas, de una solemnidad oscura, aunque, a menudo presentan algún respiro en forma de línea clara en el firmamento o de conjunto de flores silvestres, que sin saber porqué, han brotado en medio de una llanura quemada y abandonada. Mientras chequea sus conocimientos, echa un vistazo general a la sala en busca de una de estas piezas. James, se ha plantado como un poste delante de una obra considerada menor dentro de la producción de <em>Kiefer</em>, un campo hecho con pintura, nada más, no muy grande, de color rosa, marrón y azul.</p>
<p>-                Mamá los paisajes de este pintor son los cuadros más grandes que he visto.</p>
<p>-                Los hay más grandes.</p>
<p>-                ¿Si?</p>
<p>-                Si, delante de la <em>Gioconda</em> están las <em>bodas de Caná</em>, de <em>Veronese</em>, un cuadro enorme.</p>
<p>-                ¿Cuánto mide?</p>
<p>-                No entra en una casa, los hacían para los palacios.</p>
<p>-                ¿Pero cuánto mide?</p>
<p>-                -Diez metros por siete.</p>
<p>-                Es más grande que todos los de una pared juntos&#8230;</p>
<p>-                ¿Te gusta este?</p>
<p>-                Mucho, porque hay un niño en medio del campo bajo una cúpula azul transparente.</p>
<p>-                Lo pintó hace cuarenta años, después comenzó a utilizar otros materiales para hacer sus obras más poderosas, como aquellas de enfrente.</p>
<p>-                ¿Qué utilizaba?</p>
<p>-                Alquitrán quemado, pajas, cemento armado, herrumbre..</p>
<p>-                Y ¿no dejan de ser cuadros?</p>
<p>-                El conjunto no chirría, además ilustran a la idea principal, así que no es tan importante que lo llamemos cuadro, ensamblaje o <em>collage</em>..</p>
<p>-                Este es sencillo.</p>
<p>-                Fue un punto de inflexión.</p>
<p>-                ¿Qué quieres decir?</p>
<p>-                Que fue la idea a partir de la cual nacieron otras. Como una maceta de la que rompen brotes al exterior y después los esquejes de esa planta, se utilizasen para plantar las siguientes.</p>
<p>-                Me gusta mucho, ¿cómo se llama?</p>
<p>-                “<em>Cada uno está bajo su propia cúpula de cielo”</em>.</p>
<p>-                ¿Qué quiere decir?</p>
<p>-                Que cada ser humano es diferente.</p>
<p>-                ¿Y si la cúpula del niño fuera más grande?</p>
<p>-                Mejor.</p>
<p>-                Pero mucho más grande que el campo, enorme&#8230;</p>
<p>-                ¿Dónde quieres ir a parar James?</p>
<p>-                ¿Podría hacerse tan grande, que el redondel pegado al suelo de la cúpula del niño, de tanto estirarse, se doblase para arriba y se pegase al cielo de verdad?</p>
<p>-                Podría..</p>
<p>-                ¿Eso sería esponjarse?</p>
<p>-                Claro.</p>
<p>  En la sala contigua, James comienza a fijarse en cosas espurias. Mira las defensas de algunos guardas, los marcos de los cuadros y se cuida de no pisar las juntas de las baldosas. Helene se concede los últimos minutos ante <em>Titus, </em>el querido hijo de <em>Rembrandt</em>. Le capta la frugalidad de las flores que orlan su seráfico rostro, adolescentemente introspectivo, pálido y blando como el vientre de un rodaballo. Piensa en el amor hacia los hijos como uno de los bienes más valiosos de la vida y recogiendo a su vástago con un gesto, se van cruzando miradas hasta salir a la calle.</p>
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		<title>107-Informe de descargo. Por Christofer Johnsson</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 18:24:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[         Fui concebida con el esmero y el cariño que marca el Reglamento General de Armas. La fabricación en serie me asignó como nombre propio un número por el que nunca me llamarían y una única razón a mi existencia, la de matar, si bien otros expondrían la de proteger. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>         Fui concebida con el esmero y el cariño que marca el Reglamento General de Armas. La fabricación en serie me asignó como nombre propio un número por el que nunca me llamarían y una única razón a mi existencia, la de matar, si bien otros expondrían la de proteger. Y, sin embargo, desde mi cuna yo, como bala del calibre 9 mm Parabellum de punta redonda, siempre he creído que podría hacer algo más que perforar cuerpos con vida orgánica.<span id="more-799"></span></p>
<p>        De forma oficial, la fábrica madre solía surtir a las fuerzas del orden, no obstante, mi camino como excedente fue otro no tan legalizado.</p>
<p>        Un traficante de poca monta le compraba por la puerta de atrás. Aquel día, probablemente como era costumbre, quiso comprobar que el producto estaba en buenas condiciones. Una a una nos cogió a mí y a mis semejantes con sus manos rugosas y sucias, cargó una Browning GP-35 e hizo un disparo. A continuación el mecanismo de la pistola me ubicó en el cañón, desde donde pude ver el exterior y así conocer al siguiente comprador días después. Era un hombre elegante con guantes de cuero que una vez hecha la compra guardó el arma en una funda oculta tras su traje.</p>
<p>        Cuando la desenfundó advertí que nos encontrábamos en un angosto callejón y que al frente teníamos a una mujer que blandía otra semiautomática.</p>
<p>        Una explosión me liberó de mi vaina haciendo que me moviera de forma giroscópica. Penetré poco a poco en su pecho, aquellas texturas me abrían paso con suavidad. Atravesando una costilla como único obstáculo, acabé mi trayecto rodeada de alveolos pulmonares. La sangre recorría la autopista que yo le había dejado preparada e iba obstruyendo las ramificaciones de los bronquiolos. Aquello se movía de forma arrítmica. Cada vez menos aire y más ganas de vivir. Sufrí con aquel cuerpo el goteo de vida que se le iba escapando. Odié aquel destino que me habían elegido y que tenía que acatar.</p>
<p>        Cuando me extrajeron del pulmón encharcado de aquel cadáver no podía siquiera imaginarme qué interés podría tener nadie en mí después de haber sido usada. Más tarde lo comprendí.</p>
<p>        En el juicio el fiscal me mostraba como prueba número uno en una bolsa transparente con cierre hermético, desde donde podía ver al asesino y también a quien me compró por vez primera y posteriormente me introdujo en la pistola. A continuación enseñaba la segunda y tercera, el arma y mis compañeras que no llegaron a ser disparadas. Por último el informe de balística como la cuarta.</p>
<p>        Al policía que investigaba el caso, después de buscar en el mango y en el gatillo, se le había ocurrido examinar la munición, donde se hallaron las huellas dactilares del procesado. Con todas las pruebas, alegatos de testigos, que no había visto antes, quizá por mi corto alcance desde aquel tubo metálico, y el juego de los letrados acabado, el jurado se retiró.</p>
<p>        Fue entonces cuando entendí cómo estaba organizada la sala, quién estaba en el banquillo de los acusados, quién estaba como público, y a su vez, el grave error que se iba a cometer. Solo nos había tocado el traficante de poca monta y no el asesino quien sí se hubo preocupado de usar guantes en todo momento. Únicamente pude pensar en la idea que un artista había tenido para una de sus historias, un mecanismo por el cual cuando se disparaba un arma una muestra de sangre se almacenaba en la bala y que me hubiera dado la capacidad de testificar mediante el informe de ADN. Pero si esto se hubiera llevado a la realidad  los fabricantes de armas habrían dejado de prosperar.</p>
<p>         Así pues se condenó al inculpado. Y con otro crimen resuelto se me relegó a un almacén de pruebas sin más labor que aportar. Me hubiera gustado nacer en otro lugar.</p>
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		<title>106- El rey de la Atlántida. Por Kaláshnikov</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Jul 2011 18:19:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[-¡Deje de ver la televisión! ¡No le hace bien! -le insté a mi abuelo. -Te puedes creer que ahora los políticos están pidiendo perdón por no haber reaccionado a tiempo y, de ahora en adelante nunca jamás sucederá; que se obligará a poner cláusulas de dióxido de carbono a todos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>-¡Deje de ver la televisión! ¡No le hace bien! -le insté a mi abuelo.<br />
-Te puedes creer que ahora los políticos están pidiendo perdón por no haber reaccionado a tiempo y, de ahora en adelante nunca jamás sucederá; que se obligará a poner cláusulas de dióxido de carbono a todos los estados. ¡Es lamentable! ¡Bellacos! -vociferó mi abuelo.<span id="more-792"></span><br />
-De nada sirve que se ponga así; su corazón no aguantará tantos sobresaltos  -tranquilicé a mi abuelo.<br />
-¡Qué más les da una isla más, una isla menos! Ellos sólo miran el dinero. ¡Pagan justos por pecadores! -gritaba mi abuelo, mientras apretaba contra su pecho una fotografía en la que se leía “Tuvalu”.<br />
-Cálmese abuelo la tensión le está subiendo -le dije al abuelo, mientras miraba la pantalla que marcaba sus constantes vitales, a los que estaba unido con interminables cables.<br />
-Lo solucionan dándonos una tarjeta en la que nos catalogan como refugiados climáticos. Nos hacinan en las cuadras de nuestros vecinos; negando nuestra identidad.<br />
Borran de los mapas nuestras fronteras. Ninguna reverencia a la majestad que hoy se postra bajo cables médicos; un monarca apátrida, eso es lo que han hecho conmigo.<br />
¡Han comprando mi silencio! -vociferaba como un energúmeno mi abuelo; sus constantes se disparaban.<br />
-Yo le creo, abuelo, aunque los demás se rían de usted, y le crean un paria. Sé que usted fue rey -le consolaba mesando sus cabellos.<br />
-¡Claro que fui Rey! Monarca de un país excelente. Recuerdo las finas arenas doradas que se atrevían a rozar el mar turquesa; las exuberantes palmeras cobijaban a una población tranquila; súbditos leales que honraban a la madre naturaleza, paliando los daños que aquellos que deciden quién se ahoga y quién no le hacían -sollozaba mi abuelo.<br />
-Lo único que va a conseguir así es poner un pie en la tumba.<br />
-Eso es lo que quiero -dijo levantándose de su cama.<br />
-No diga esas cosas; le quiero conmigo.<br />
-Ves esas torres de fábrica de ahí fuera -dijo señalando con su dedo índice.<br />
-Sí, las veo.<br />
-Ésas no existían en mi tierra; allí honrábamos a los moais, nuestros antepasados.<br />
Velamos a nuestros antepasados, a nuestra naturaleza. En cambio, estos insensatos son cómplices de sus asesinos.<br />
Le pasé la mano por el hombro y le acompañé a la cama. Ya calmado se tumbó y le arropé. Sabía que dentro de dos días sería esa tal reverencia a los antepasados que él celebraba; siempre lloraba diciendo que no tenía sus instrumentos para llevar a cabo una buena ceremonia. Los había dejado abandonados en Tuvalu, por culpa de la rápida huida, cuando todo sucedió. Mi abuelo decía que yo era el príncipe de aquellas tierras en las que mis padres perecieron; pero yo era muy pequeño para tener ningún recuerdo.<br />
Aún así, sabía que no le quedaba mucho al abuelo, y por intentar recuperar esos artilugios que no fuera. Un viejo amigo del puerto me había prestado una barcaza. Serían unas horas de navegación hasta los 8° 31’ S que tanto repetía mi abuelo mientras dormía. Yo apenas conocía el oficio de navegante, ni cómo se utilizaban las marras, ni ningún aparejo marino, pero sí era ducho con los remos. Formaba parte del equipo de rugby del colegio, rodeado de todos los blanquitos. Los que son como nosotros, “los refugiados”, simplemente practican el levantamiento de la bolsa para esnifar pegamento.</p>
<p>***<br />
Nunca me había sentido tan minúsculo. Sereno, no en vano aquel océano era pacífico y amigable, por mucho que lo tilden de temible; Pacífico no Maléfico. Sólo temía que apareciese un tiburón blanco y me devorase, como en los documentales de naturaleza. Cada vez me hundía más y más en aquella masa azul y, el único rastro que dejaba eran las burbujitas que despedía mi tubo. Pasados unos minutos, el azul desprendía unos destellos dorados y descubrí que me había asentado sobre tierra firme. Los hilos de luz que provenían de la superficie me dejaban descubrir un poblado con sus casas de madera, sus calles y sus puentes. Los bancos de peces se arremolinaban danzando un baile singular, un vals vienés de aletas y escamas me daba la bienvenida. Aquel museo etnográfico submarino abría sus puertas. El palacio destacaba entre las demás edificaciones. El mismísimo dios Tritón se merecía ese palacio, que las algas intentaban hacer suyo. Mi abuelo no me hablaba de pamplinas, ni eran aquellos cuentos delirios seniles. ¡Mi abuelo es un rey! Entré y la calma reinaba en el lugar. Un óleo descascarillado presidía la estancia. Era mi abuelo en su juventud ataviado con sus vestimentas, qué raro se me hacía verle de esa forma autoritaria. No se percibía temor en sus ojos, tan lejos de su delicado estado de salud en el que se encontraba. Bajo el óleo, se hallaban un trono lleno de roleos y flores doradas, en los que descansaban esos instrumentos que tanto anhelaba. Ya tenía lo que buscaba y quería seguir paseando por aquella ciudad de antaño que era mi casa, pero no podía, el oxígeno se acababa y debía volver a la superficie.</p>
<p>***<br />
Calado hasta los huesos corrí hasta el hospital; llevaba el cetro, faldas de fibras vegetales, unas coronas y las demás figuritas al hombro. Todos me señalaban. Contrastaba bastante con sus raquetas de tenis de resistentes aleaciones, sus dispositivos electrónicos y sus veloces coches de pintura metalizada. Desconocía que en mi ausencia se hubiera puesto tan mal mi abuelo como para ser ingresado. Por fin llegué a la recepción del hospital y pregunté por mi abuelo. La recepcionista dubitativa me dijo que me sentara en la sala de espera y aguardara, que un médico saldría a mi encuentro.<br />
Yo sabía que cuando esto sucedía, algo malo pasaba; es lo que tiene ser tan forofo de las series norteamericanas. Anticipas toda tu vida a como sucedería en un plató <em>yankee</em>.<br />
La bata blanca, de aquel blanco, se iba aproximando más a mí. Me tocó el hombro y dijo las fatídicas palabras que ya todos sabéis y que me niego a repetir. Aún me hacen daño. Solo le pedí si podía verle y despedirme de él. No se negó en absoluto. Ni corto ni perezoso, me atavié con todos los aparatos que había traído de mi viaje e hice la<br />
ofrenda a los antepasados, la que mi abuelo me había enseñado. Las sirenas anti-humos sonaron y las enfermeras no paraban de chillar “¡Detente!” Hice caso omiso. Era el adiós que mi abuelo hubiera querido tener.</p>
<p>Decían los antiguos que existía una isla sumergida con una sociedad avanzada y repleta de maravillas a la que llamaron Atlántida y que nadie ha podido encontrar. Yo sí lo hice, y me he convertido en su rey.</p>
<p>8° 31’ S</p>
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		<title>105- La Berrea. Por Hermes</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jul 2011 17:00:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Finales de Septiembre. El otoño trae consigo el momento mas esperado del año para Trifón Urralburu, que una vez mas recorrerá los caminos ocultos en el bosque hasta su privilegiado observatorio. Pronto irá de nuevo al coto de caza propiedad de la empresa y por ende casi suyo, para ser [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Finales de Septiembre. El otoño trae consigo el momento mas esperado del año para Trifón Urralburu, que una vez mas recorrerá los caminos ocultos en el bosque hasta su privilegiado observatorio. Pronto irá de nuevo al coto de caza propiedad de la empresa y por ende casi suyo, para ser testigo de la liturgia cuasi mística de la berrea del ciervo. De nuevo verá a su campeón majestuoso bramar ronco su prevalencia por todos los confines del bosque.<span id="more-787"></span></p>
<p>Es un rito sagrado desde 10 años atrás, los mismos que lleva de consejero delegado en la multinacional, unidos sus designios con los del imponente macho que imagina una suerte de alter ego en el mundo animal. Pero aún faltaban unos días y ahora se dedica a su rutina laboral de poder casi omnímodo: el chófer que le deja en las puertas de la compañía y el recorrido hasta su despacho sorteado de saludos subalternos. Voces en las que adivina miedo y pleitesía. Le encanta. El cruce con Esther, un helado hola qué tal y aquella mirada molesta de mujer despechada. Situación también conocida. Chicas pretenciosas de ambición sin límites que no mastican que los <em>affairs</em> con el jefe tienen un principio y un fin.</p>
<p>Su despacho en la planta 63. Vistas privilegiadas de un Madrid que desde allí se antoja suyo. Rutinas del mando; atrás el estupendo mes de Agosto con todo lo que un hombre pudiera desear para su solaz, ahora el imperio  precisa de su gobierno.</p>
<p>- Adela, buenos días, te espero en mi despacho.</p>
<p>No pasa ni un minuto desde que llama por el interfono cuando Adela está allí, agenda y expedientes en mano.   </p>
<p>- Hola Trifón, se te ve estupendo.</p>
<p>- Gracias Adela, ha sido un fin de semana magnífico.</p>
<p>- ¿Aun no te vas a ver a tu campeón?<strong></strong></p>
<p>- Si, si, muy pronto, estoy esperando que me llamen de la finca en cualquier momento, pero ahora toca realidad.</p>
<p>- Tu dirás Trifón.</p>
<p>- Lo primero ¿Cuál es la delegación más lejana que tenemos?</p>
<p>- Pues por distancia creo que la de Singapur.</p>
<p>- Perfecto. Habla con recursos humanos y que destinen allí a Esther. De lo que sea. Diga que es una orden mía directa. A ver ¿Qué más? ¿Dónde está el presi?</p>
<p>- Está reunido con…el Sr. Gálvez , están preparando la estrategia para China. </p>
<p>- ¿Cómo China? ¿Y qué de nuestro proyecto con Roberto?</p>
<p>- No sé, Trifón, pero he oído que planean ir juntos a China dos semanas.</p>
<p>Trifón parece no inmutarse, pero algo bulle en su interior.</p>
<p>- Perfecto Adela, avísame cuando el presi esté libre y llama enseguida a Roberto.</p>
<p>Mientras Adela se va, un recuerdo fugaz atraviesa su mente ¡Ah! ¡Qué mujer tan perfecta! Menos mal que ella si supo asimilar y ha seguido a mi lado. Tan solo la pequeña familiaridad del tuteo quedó de aquello.</p>
<p>No más de 3 minutos y Roberto Arquero, vicepresidente económico, atraviesa la puerta.</p>
<p>- ¡Querido Trifón! ¡Estás estupendo, hecho un chaval¡¡</p>
<p>La  misma verborrea pelotillesca de aquel perro fiel que había hecho carrera a su sombra y rebufo.</p>
<p>- Si, si, Roberto, gracias ¿Por aquí que tal? ¿Qué hace el presi con el niñato?</p>
<p>- Pues ya ves Trifón, parece que se va a quedar con China.</p>
<p>Delante de Roberto, Trifón no disimula su ira.</p>
<p>- Me lo voy a cargar. Puto niño de papa ¿Se te ocurre algo?</p>
<p>- Pues…Trifón, yo mismo chequeé su proyecto con mi equipo y la verdad es que no tiene fisuras.</p>
<p>- ¿Y que hay del nuestro? Incluía la idea maestra de la fábrica en Beijing y solo nosotros conocemos a quién hay que sobornar allí.</p>
<p>- Si, verás, no se como decirte, me temo que tenemos un problema. Cuando el proyecto del niñato llegó a manos del presi incluía también esa parte. Aun trato de averiguar que ha pasado.</p>
<p>- ¿Qué ha pasado? ¡¡Roberto, la última filtración que hubo por poco nos cuesta a los dos la carrera!! Quiero la puta cabeza del chivato y la quiero ya. Mientras pensaré algo.    </p>
<p>Suena el interfono.</p>
<p>- Si Adela, dime.</p>
<p>- El presidente te espera, Trifón.</p>
<p>El presidente. La única persona por encima. Pero aquello es intocable. Como accionista mayoritario su poder emana directamente de Dios y de su padre, del que había heredado. Lo suyo era diferente. Trifón había ganado su puesto a pulso y tenía la confianza del consejo de administración. También la del presi, un niño pijo y vividor que en general hacía lo que le decía Trifón. El presi era el sultán y Trifón el visir, pero ahora algo pasaba que se escapaba a su control: Ricardo Gálvez, otro niño pijo de academia, parecía tener una ambición con la que no había contado. Llevaba algo más de dos años en la empresa y le había pasado inadvertido hasta entonces.</p>
<p>Llegaba al despacho presidencial cuando se cruzó con Gálvez, que venía de allí.</p>
<p>- Querido Trifón, buenos días. El presi te espera.</p>
<p>- Hola Ricardo, hablare luego contigo…Ya sabes, de lo de China.</p>
<p>- Si, si, como no, espero que me apoyes en esto.</p>
<p>Trifón se reprochaba no haber reparado antes en ese <em>yuppie</em> de master rimbombante que ahora le tuteaba por primera vez.</p>
<p>- Sabes que estaba preparando ese proyecto con Arquero ¿Cómo no me dijiste nada del tuyo antes?</p>
<p>- Disculpa Trifón, todo ha sido muy precipitado. Pasé Agosto con el presi en el yate y me pidió que preparara una alternativa. Por favor, no te lo tomes como algo personal.</p>
<p>- Ya, ya. Luego hablaremos.</p>
<p>Definitivamente, Trifón estaba decepcionado consigo mismo. Roberto le había hablado antes de ese crío y la verdad es que no hizo caso. Ahora se arrepentía.</p>
<p>El despacho del presi era imponente. El hecho de saber que su puesto no dependía de los méritos no evitaba el pequeño ataque de envidia que sentía cada vez que entraba.</p>
<p>El presi parecía exultante, sentado en su mesa de 10 000 euros tras la que jugaba a reinar. Era un insulto para toda una vida de esfuerzo y fidelidad a la compañía que aquel chaval de poco mas de treinta años estuviera por encima.</p>
<p>- ¡Querido Trifón, mi mano derecha! ¿Querías verme verdad?</p>
<p>- Hola Santiago. Sabes por lo que vengo ¿Cómo no me has dicho nada antes?</p>
<p>- Bueno, todo ha sido rápido y tu no estabas en el yate.</p>
<p>Aquel reproche velado fue un torpedo a la línea de flotación de Trifón, que ese año se excusó con el presi y se fue de pesca a la Patagonia. Estaba hasta el gorro de la vida social que impuso el nuevo estilo de Santiago, y otro mes de Agosto anclado frente a Marbella o Montecarlo se le hacía insoportable. Antes siempre iba con Santiago padre, pero era diferente. Recorrían los 7 mares pescando atunes y buceando. Santiago padre era su amigo y juntos habían llevado la compañía hasta donde estaba.</p>
<p>- Pero el plan para Beijing era totalmente mío, igual que los contactos allí.</p>
<p>- Si, precisamente de eso quería hablarte. Se supone que somos un equipo y no debías haberme ocultado esa información.</p>
<p>- Pero Santiago, yo no te ocultaba nada, tan solo esperaba a tener el proyecto terminado para explicarte todo.</p>
<p>- Bueno, esta bien, pero el caso es que los chinos nos presionaron en Agosto y tuve que tomar decisiones en tu ausencia.</p>
<p>- Si, lo entiendo. Pero ahora lo puedo retomar. Ricardo no esta preparado para algo así y sabes que China es el futuro de la empresa.</p>
<p>.- Mira Trifón, Ricardo esta mas que preparado y de hecho ya esta llevando las negociaciones. Además es nueva savia y otro estilo que esta empresa necesita…Tú eres como mi padre y esa manera de hacer las cosas esta cambiando.</p>
<p>- Santiago, deberías escucharte, sabes que esta empresa la parió tu padre y me duele oírte decir eso.</p>
<p>- Esta bien, Trifón. No me malinterpretes, pero quiero que estés a mi lado y me apoyes como lo hiciste con él. Ricardo se viene a China la semana que viene y no quisiera seguir discutiendo.</p>
<p>Trifón salió. Estaba pálido. Mientras iba de vuelta a su despacho vio por la cristalera de una sala de reuniones a Ricardo, reunido y hablando con Esther y con Roberto.</p>
<p>Al llegar a su despacho Adela le pasó una llamada. Era el guardés de la finca. La berrea llegaba a su punto culminante. Decidió irse de inmediato. Allí reflexionaría.</p>
<p>***</p>
<p>Finca “Los Llanos”. Es el día señalado. Acompañado por el guardés se apresura por las sendas que llevan hasta su promontorio secreto. Desde allí se divisa el claro en mitad del bosque en el que los ciervos luchan cada año.</p>
<p>Hay muchos machos esta vez, en torno a veinte, y pelean entre ellos entrechocando sus cuernos con violencia. De repente sale de la espesura el gran campeón. Su cornamenta descomunal solo es comparable a su altivez. Los otros machos se apartan y la mayoría rehuye enfrentarse. Solo alguno, joven e imprudente, tiene la osadía de cruzar astas con él, pero al segundo encontronazo todos huyen.              </p>
<p>Trifón experimenta un gozo muy especial al ver al gran macho imponer de nuevo su ley. Siente sus energías renovadas al ver a la naturaleza en acción una vez más. Pero otro llega de improviso. Es joven y no tan grande, aunque su actitud es diferente, más nerviosa. Se acerca rápido por detrás cuando el campeón esta jugando con las hembras, a punto de iniciar las innumerables cópulas de cada año. Cuando se percata de la presencia del nuevo rival aquel está encima embistiéndole. Un cuerno del macho joven daña al campeón, que no tuvo tiempo de armarse. Aunque era por completo inusual que ninguno saliera herido esta vez un asta se clavó en su  ojo. De repente parece desconcertado y retrocede. Cuando el macho joven le embiste por segunda vez su ojo sangra. Ante el estupor de Trifón su favorito huye, no lo puede creer, está siendo derrotado. El nuevo líder corre impío detrás hasta expulsarle del claro. Los demás ciervos enseguida aceptan aquel cambio de guión. Las hembras se arremolinan cerca del semental, ofreciéndose, y los otros machos observan sumisos. El macho joven comienza a cruzarse con las hembras.</p>
<p>Trifón sale a toda prisa hacia la zona del bosque por donde había huido el ciervo herido. Encuentra un rastro de sangre y corre lo más rápido que puede siguiendo la pista. Está desencajado. Corre hasta que le falta el resuello y luego sigue andando por el sendero que le marca la sangre fresca.</p>
<p>Anochece cuando lo alcanza. Está rodeado por una manada de lobos. Se defiende con fiereza mientras los lobos lo acosan sin tregua. Al fin, un lobo salta a su espalda y otro logra hacer presa en una pierna. En pocos instantes el resto de la manada se lanza encima del animal, que dobla cayendo al suelo. Varios lobos le muerden la garganta mientras aún se convulsiona. Lo dan muerte y comienzan a devorarlo.</p>
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		<title>104- El paso de los arqueros. Por Nabetse</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jul 2011 16:56:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[           Todo ocurrió en Siles, una mañana de agosto, cuando el calor azuzaba las conciencias y el bosque arropaba el encanto de las hadas y el mal genio de los duendes. La comitiva transitaba por senderos angostos y escarpados. Ramajes oscuros y follajes espesos. Ribeteaban despacio. A veces agazapados, entre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>           Todo ocurrió en Siles, una mañana de agosto, cuando el calor azuzaba las conciencias y el bosque arropaba el encanto de las hadas y el mal genio de los duendes. La comitiva transitaba por senderos angostos y escarpados. Ramajes oscuros y follajes espesos. <span id="more-782"></span>Ribeteaban despacio. A veces agazapados, entre la espesura. Otras, las menos, erguidos sobre los pinos cercenados por el hacha de los hambrientos. El susurro del monte resoplaba en cada pendiente. Los dos arqueros le seguían de cerca. Ni lo suficiente como para ser una amenaza, ni tan lejos como para que él se fugara. Ellos le protegían, y él, al mismo tiempo, les temía. Sus rostros, ocultos bajo unos pasamontañas funestos por donde sólo asomaban unos ojos negros, que en ocasiones vio rojos de ira, reflejaban las siluetas de las montañas agrestes y azules que entornaban su paso sobre sus almas. De vez en cuando, en alguna curva de la altiplanicie, detenían el paso, ellos a unos metros de él, y él acariciaba la cruz de oro que hervía en su pecho. Le tranquilizaba.</p>
<p>            Los arqueros no hablaban, ni con él, ni entre ellos. Cumplían su cometido con impecable profesionalidad. Quien les comandaba les dijo que él debía llegar al castillo, sólo eso. Y eso harían. En ocasiones, cuando el sol se camuflaba detrás de un tronco o una nube perezosa que no quería seguir las indicaciones del viento, el camino se tornaba tan tenebroso que temía por su vida. Entonces era cuando señalaba a los arqueros con sus ojos y ellos devolvían esa mirada insidiosa, a veces intrigante, y no podía dejar de fijarse en los machetes que portaban en el cinto y en cuantas vidas habían sesgado antes de convertirse en su escolta.</p>
<p>            «Ya falta poco para llegar al castillo que controla los caminos de levante», se dijo.</p>
<p>            Allí hallaría al alto representante de los Ziries, a quien iba dirigida su súplica. El calor los aporreaba sin compasión, con mortífera inquina. Bajo sus pobres ropas eclesiásticas portaba un puñal de acero, traído de uno de tantos reinos ocupados. Los arqueros no sabían nada, pues nada les dijo. Y él aún desconocía de parte de quien estaban ellos. Sus ojos, moriscos en ocasiones, piadosos a ratos, albergaban el brillo de los insensibles. La crueldad de quienes perdieron su alma hacía tiempo y que solamente servían a un señor: la avaricia. Bien pagados. Tierras de Siles que los Ziries les prometieron, pero que nunca iban a ceder, pues pronto serían ocupadas de nuevo.</p>
<p>            El maestre le encomendó la gloriosa hazaña de negociar una rendición pacífica. Los Ziries debían retirar sus tropas. Abandonar las torres. Despojar el castillo de cualquier señal de ocupación por su parte. Desposeer los caminos que transitan los árabes.</p>
<p>            ―Nadie matará a un clérigo ―le dijo.</p>
<p>            Pero un clérigo que transita por caminos, escoltado por dos arqueros, es fácil presa de ladrones. Es un clérigo rico. Es un clérigo muerto.</p>
<p>            Las sandalias medio rotas. Dolor en los pies. Sed en su garganta. Ya no le parece tan buena idea matar a Zawi. Su muerte no supone nada. Nada mejora en esta ocupación. Pero su misión ya está escrita y está demasiado cansado para pensar.</p>
<p>            Camina despacio, los ojos fijos en la tierra. Veredas recubiertas de piedras. Trozos de lanzas y esquirlas de escudos que algún ejército abandonó en la lucha. Allí, más arriba, donde las arañas tejen entre varias ramas, allí está el muro. Piedras apiladas con barro, que un día construyeron para proteger ese sendero. Último reducto de una defensa inútil. Pero ahora la orden de Segura de la Sierra reclama sus tierras.</p>
<p>            ―Ahora o nunca ―le dijo el maestre.</p>
<p>            Casi no puede pensar. Los arqueros están más cerca que antes. Su aliento sangriento casi toca su nuca. No les puede ver la boca, pero juraría que sonríen. Los muros de piedra que contienen la montaña pasan a su lado. Manchas rojas de guerreros los tiñen. Ya se imagina ante Zawi. Escoltado por soldados bereberes con cimitarras en sus cintos. Con miradas asesinas. Se lo imagina sentado en su trono. Abrigado por una docena de mujeres cuyos pies permanecen atados entre sí. Los soldados esperan la orden. Zawi los mira y les dice con los ojos: «Cuando baje la barbilla lo matáis».</p>
<p>            Entonces ellos desenvainan sus espadas. Alguna, aún sucia de la sangre del último emisario del maestre Pelay. Una orgía de vísceras tiñe la sala del castillo. Entonces él invoca a los arqueros. «¿Dónde están?», se pregunta.</p>
<p>            Le siguieron hasta allí por los montes de Siles y ahora que debían dar su vida a cambio de la suya, ahora no los ve&#8230;</p>
<p>            Recobra el sentido, pues se quedó dormido, mientras caminaba cerca del muro de piedra. Aún falta para llegar al castillo y los arqueros se han separado. Entre los tres forman un triángulo perfecto. Van detrás de él, a la misma distancia entre ellos que de su espalda. Sus ojos chispean en la oscuridad del bosque. Una lechuza sonríe. Algún lobo aúlla a lo lejos. No supone una amenaza, de momento. Tiñe el camino de sangre, sus sandalias ya no aguantan más.</p>
<p>            Y entonces esa maldita sensación de la que vino huyendo. El miedo se apodera de él. Ahora tiene miedo a morir. A ser ensartado por las cimitarras de la guardia personal de Zawi. A ser troceado y esparcido por los bosques de Siles. A que esos arqueros oscuros y tenebrosos, que vigilan el camino que él anda, no hagan nada, pues nada podrán hacer una vez hayan entrado en el castillo. Y la muerte es la que rige sus pasos. Pues ya sabe el cometido de los arqueros. Ya no puedo regresar. Le matarán&#8230;, sin dudarlo.</p>
<p>            Ya ve la falda de la montaña, donde está enclavado el castillo. Varios soldados caminan a pie cerca de la puerta abierta. Un grupo de mujeres sostienen tinajas. Un manto de estrellas cubre el cielo de Siles. Los arqueros se relajan. La luna sonríe mientras una nube la tapa. Un anciano le pregunta a quién viene a ver. Los demás le miran con indiferencia, es lo que produce ver a un clérigo. Los arqueros, sin embargo, causan recelo.</p>
<p>            ―Vienen conmigo ―les dice―. Son mi escolta.</p>
<p>            Varios hombres armados les acompañan al interior del castillo. Murmullos a su paso. La luna se destapa y arroja haces de luz sobre las almenas. Le crujen las tripas. Un olor a comida inunda el ambiente. Es la hora de cenar y ellos están muertos de hambre. Los arqueros no dicen nada, pues nada han dicho en todo el viaje.</p>
<p>            «Y la hospitalidad <em>zirie&#8230;</em> ¿qué ha pasado con ella?», se pregunta el clérigo.</p>
<p>            Imagina que ellos piensan que los clérigos son completamente anacoretas y que rechazaría cualquier ofrecimiento. Lo mismo harían los arqueros, eso seguro. Los soldados se deben a su oficio, por encima de cualquier otra cosa.</p>
<p>            Y él a punto de morir y con el estómago vacío. Pensó bien el maestre cuando le encomendó esa misión, pues ya sabía que todos se fiarían de un clérigo. Pues también calculó que de arrepentirse en el último instante, pues es sabido que es humano, los arqueros terminarían el trabajo. «Y qué piensan ellos», se pregunta. Fueron compañeros de viaje durante la caminata hasta el castillo, pero en ningún momento les oyó hablar, ni siquiera entre ellos. No musitaron palabra alguna y todo lo que hicieron fue escudriñar el monte en busca de sombras y atenazar con recelo el mango de sus puñales, cuando algún ruido les sorprendió.</p>
<p>            Y llegaron al interior del castillo. Los arqueros se quedaron fuera, la guardia de Zawi no les dejó pasar. Antes de franquear la puerta los vio atiborrarse de manjares.</p>
<p>            «Mejor suerte que yo, tendrán», se dijo «pues morirán con el estómago lleno».</p>
<p>            ―Qué se te ofrece cura.</p>
<p>            No hay mujeres en la sala, como soñó vería, mientras caminaba. La presencia de mujeres en el trono suaviza la muerte. Pero si hay bereberes con cimitarra. Tan grandes que casi tocan el techo.</p>
<p>            ―Vengo a ofrecerte un trato.</p>
<p>            Y mientras tanto va rezando y encomendándose al altísimo.</p>
<p>            ―Qué trato es ese.</p>
<p>            Alguno de los soldados ya va tomando posiciones.</p>
<p>            ―La paz ―le dice, mientras acaricia la cruz del pecho con los dedos.</p>
<p>            Zawi sonríe mientras bebe un sorbo de algo, el cura no sabe qué.</p>
<p>            ―Paz de nuestros pueblos ―le dice―. Convivencia ―inventa una palabra nueva.</p>
<p>            ―Y me hablas de paz tú que te haces escoltar por dos arqueros ―recrimina.</p>
<p>            ―Me protegen de los ladrones ―se escusa.</p>
<p>            Un rato de silencio, hasta se puede oír crecer la hierba del prado donde los soldados se entrenan.</p>
<p>            ―Sé a qué has venido clérigo. Sé por qué estás aquí. Sé por qué te acompañan dos arqueros, que a estas horas ya están muertos.</p>
<p>            ―La paz -musita de nuevo, entre estertóreos suspiros.</p>
<p>            ―No hay paz aquí clérigo.</p>
<p>            ―Pero&#8230;</p>
<p>            ―Solo te diré una cosa ―clama con voz enérgica―. Regresa a Siles, regresa por el mismo camino por donde has venido. Regresa solo y dile a tu maestre Pelay que Zawi no se rinde.</p>
<p>            Silencio. Las palabras ya terminaron. La luna tapa las nubes y éstas las montañas y éstas, a su vez, el horizonte. No hay lejanía en el cielo. Los cuerpos de los arqueros yacen en la tierra. Los árboles supuran lágrimas de resina que resbalan hasta las rocas de la falda del castillo. «No te gires clérigo», se dice a sí mismo en voz baja, para que su alma pueda oírlo. «Llegaré muerto al cielo o vivo al infierno, pero no te gires».</p>
<p>            Y el camino de regreso se le hizo más fácil. Ya no había arqueros para protegerlo, pero sabía que nadie le atacaría. La luna alumbraba con misericordia sus pasos y en cada esquina oía el llanto de un lobo. A cada tramo el gemir de una jineta. Luego, después de la noche vino el día, como siempre, como ha sido desde el principio de los tiempos. A través del último reducto de espesura, se terminó el muro de piedra construido con los restos de las iglesias. Y allí, en el campo antaño plagado de flores, vio el clérigo a las tropas del maestre Pelay Pérez Correa, formando para atacar el castillo. Y supo que la última oportunidad de una victoria pacífica se había desvanecido. Ahora llegaban las armas.</p>
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		<title>103- De la. Por El Ganso</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jul 2011 16:52:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Y apareció, deliciosa, sonriente y pulposa más rica que siempre, vestida de adulta, enterizo absolutamente blanco, sin mangas, con los hombros descubiertos, ceñido y lo suficientemente corto para disfrutar de sus muslos tostados y brillosos. ¿Te gusta mi vestido? Es que tuve exposición pues. ¿Qué si me gusta? ¡Puta madre!, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Y apareció, deliciosa, sonriente y pulposa más rica que siempre, vestida de adulta, enterizo absolutamente blanco, sin mangas, con los hombros descubiertos, ceñido y lo suficientemente corto para disfrutar de sus muslos tostados y brillosos.<span id="more-775"></span></p>
<p><em>¿Te gusta mi vestido? Es que tuve exposición pues.</em></p>
<p>¿Qué si me gusta? ¡Puta madre!, no me levante a saludarte para no delatar mi entusiasmo, puta madre, hubiera venido en jean. ¿Qué si me gusta? Te queda tan bien como si no lo llevaras puesto, no me voy feliz de esta vida sin corroborar esto.</p>
<p><em>¡Mmmm!. Pucha estas ¡riquísima!</em></p>
<p>Estaba deliciosa, había tantas cosas que mirarle, sus ojos, su boquita, sus dientecitos, sus muslos, su escote discreto, su piel deliciosa y brillante- y se dio vuelta sonriente y coqueta- no Víctor, no, ¡no!, ni se te ocurra buscarle el culo, que te enamoras, y mucho menos ni pienses en encontrarle el calzón con tu vista de rayos “xxx”. Puta madre, era inevitable.</p>
<p>La conversación fluía, entre risas y más risas, no recuerdo bien de que hablábamos pero la estábamos pasando de la puta madre.</p>
<p>Vimos a un heladero y lo llamamos con las manos, entusiasmadísimos como niños. El se acerco y nos mostro su cartilla. Mientras decidíamos, el chico se había quedado mirándola sin pestañear, soñando despierto con todas las cosas que se le podría hacer. Y hubiese seguido así por años, hasta que lo mire con un “¡que chucha miras concha tu madre!” Y en el acto le volvió el pestañeo y nos indico que el “Sin Parar” estaba s/.2.50 y no s/3.00 como dice la cartilla.</p>
<p><em>“Donito” para la dama y “Jet” para el caballero. </em></p>
<p>Volvimos a lo nuestro, en esa tarde naranja que se eternizo en mi mente. Sin parar de reír, me explicaba lo graciosa que se le veía a su amiga cuando exponía como un robot. Hizo el gesto robótico con sus brazos y el “Donito” mancho piel y vestido en la esquina superior derecha de este. Vi como sus gestos cambiaban, sus ojos se cerraban y su boca se abría, sus labios dibujaron un puta madre. Sus manos se acercaron a corregir su fallo, la detuve con la mías, dije no suavemente, me acerque y mis labios desparecieron “Donito” de piel y vestido.</p>
<p>Nos miramos asombrados por segundos eternos. Yo sonreí, ella sonrió.</p>
<p><em>Los errores se vuelven agradables cuando las curas son deliciosas.</em></p>
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		<title>102- La doble muerte del hacedor de lluvias. Por Huiliche</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jul 2011 09:08:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[           La tierra tenía grietas como arrugas de vieja curtida al sol.  Desde hacía dos años, el pueblo de Magaz era un páramo. No había caído una sola gota de agua en todos esos meses. Y esa cruel sequía estaba destruyéndolo todo, cada rincón. Reinaba un silencio morboso. Los animales [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>           L</em></strong>a tierra tenía grietas como arrugas de vieja curtida al sol.  Desde hacía dos años, el pueblo de Magaz era un páramo. No había caído una sola gota de agua en todos esos meses. Y esa cruel sequía estaba destruyéndolo todo, cada rincón. Reinaba un silencio morboso. Los animales habían muerto, las plantas se habían secado y los pájaros se habían mandado a mudar, para no morir de sed. La gente del pueblo también había empezado a secarse y ya no sabían qué hacer con ese flagelo.<span id="more-768"></span></p>
<p><strong><em>           </em></strong>Fue por aquel entonces cuando don Manuel Contreras López, herrero de oficio y devoto de la Virgen de las Sierras, creyó que lo único que podría salvarlos sería un milagro.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Y por eso, subió hasta la ermita para orar.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Comenzó rezando una serie de rosarios, luego un centenar de avemarías, más tarde apeló a padrenuestros, glorias, credos y pésames e incluso recordó aquella oración al ángel de la Guarda, que  su madre le había enseñado. Al principio, lo hizo con los ojos cerrados y en voz muy baja. Luego, mirándole los ojos a la Virgen, de rodillas, transpirando y a los gritos. Así toda la noche.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Todavía muchos recuerdan aquella mañana de agosto en que empezó a llover. Eran unas gotas gordas, sabrosas, que caían con fuerza y mezclaban la tierra como un chocolate delicioso. Fue de madrugada, cuando el sol había empezado a despuntar y unas nubes negras parecieron venir corriendo desde la línea del horizonte.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Esa misma mañana en que todos agradecieron que comenzara a llover, encontraron a Manuel, muerto, al pie de la Virgen, con su rosario en la mano y aún genuflexo.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Al ver que la lluvia se volvía más y más copiosa, los vecinos aleccionados por Cipriano —que además de amigo de Manolo, era el alcalde y el dueño del bar—,  sumaron dos más dos y se convencieron de que Contreras López, el herrero devoto de la Virgen de las Sierras, había sido el verdadero hacedor del prodigio y debía ser recompensado.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Y nada mejor para ello que convertirlo en estatua.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Así lo hicieron.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Le destrabaron las piernas, estiraron su anatomía, ya un poco rígida, llamaron a un experto en esculturas, bañaron el cuerpo en bronce y lo colocaron sobre un pedestal.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>A partir de ese día, Manolo pasó a vivir en medio de la plaza, hecho estatua, con una placa que decía:</p>
<p><strong><em>           </em></strong>“MANUEL CONTRERAS LÓPEZ,</p>
<p><strong><em>           </em></strong>ESTE HOMBRE FUE UN SANTO”.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Diluvió durante el primer mes. Y durante el segundo y el tercero.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Magaz volvió a teñirse de un verde intenso; los árboles levantaron sus ramas, como agradeciendo.  Retornaron los pájaros y con ellos sus colores y sus cantos; las plantas dieron flores y trajeron insectos, fragancias. De gris, el paisaje se tornó multicolor.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>La gente salió a pasear con sus paraguas, disfrutando del agua y muchos se animaron a bañarse bajo la lluvia, para gozar de ese placer que se les había negado durante aquellos fatales años.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Pero esa lluvia, ese maná, no tardó en convertirse en otra catástrofe para el pueblo. Porque la lluvia nunca paró.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Y diluvió durante diez años seguidos.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Fueron los tiempos en que todos se resignaron a usar galochas y el Observatorio Meteorológico Nacional tuvo que instalar una sede regional frente al Ayuntamiento. Las casas crujían bajo los truenos y los relámpagos. Los niños nacían pasados por agua y a los viejos había que sacarles el moho de la entrepierna. Y los jóvenes que se habían ido a la ciudad para estudiar, regresaron sólo cuando querían tener una arriesgada jornada de pesca. Durante esos años, cada uno de los habitantes de ese pequeño pueblo español debió aprender a convivir con la lluvia.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Pero un día todo habría de cambiar: cuando don Manuel, el autor de aquel “milagro”, el hombre que había devuelto la lluvia a la zona y que, desde hacía mucho tiempo hibernaba hecho una estatua, decidió volver a la vida.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Aquella mañana, la estatua estiró las rodillas, terriblemente entumecidas. Distendió los brazos con dificultad y tomó fuerzas para moverse. Todo le costaba muchísimo. Respiró profundo, bajó del pedestal y caminó, como pudo, unos pasos.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Un automóvil que pasó velozmente, lo empapó. El agua comenzó a despegarle el cabello, engominado a fuerza de bronce.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Es que Don Manuel había empezado a extrañar. Desde su lugar privilegiado en medio de la plaza podía ver apenas lo que le permitía su posición y lo cierto es que su corazoncito querendón lo estaba empujando desde hace rato al regreso. Quería ver a los viejos conocidos, a sus hermanas, recobrar sus recuerdos, ver qué había sido de su herrería.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Aquella mañana, Don Manuel se convenció de que valía la pena el esfuerzo y se decidió salir a pasear por el pueblo. Por eso se encaminó al bar de don Cipriano, su amigo, aquel que había sido el último alcalde que él recordaba.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Arduo trabajo le costó llegar hasta pequeño local de la calle Rioja. Charcos, pequeñas lagunitas, estanques con peces en el medio de la calle, sorprendieron al resucitado. Al llegar al bar, cuatro hombres que jugaban a la brisca, cuando lo vieron entrar, detuvieron la partida. Murmuraban, susurraban. Uno de ellos se le acercó para preguntarle si necesitaba ayuda y agregó:</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—Tienes muy mal color— le dijo, mirándolo de cerca.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Don Manuel quiso responderle que peor color tenían sus pantalones sucios, pero no le salieron las palabras. Apenas unos sonidos de goznes herrumbrados.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Una mujer que estaba junto a la ventana, se tomó la cara y pegó un grito, cuando vio que parte del bronce de una de las piernas de Manuel caía con estrépito, para llenar el piso de polvo dorado.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>El muchacho que estaba detrás de la barra, boquiabierto, miraba el oxidado maquillaje que no había terminado de desprenderse de la anatomía de esa estatua viviente.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—Q&#8230; q&#8230; ¿qué va a to… mar? —le preguntó, con miedo y casi por costumbre.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—Ci-pri-a-no —alcanzó a articular Manuel.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>El joven jamás había oído mencionar el nombre de esa bebida. Pero luego relacionó que de ese modo se llamaba su abuelo. Entonces, le respondió que Cipriano había muerto hacía más de seis años.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Manuel empalideció tanto que su rostro se volvió verde oliva. Se sonó los dedos, lo que provocó un chasquido parecido a una cerradura antigua abriendo una puerta. Y volvió a preguntar, esta vez por Magdalena, una de sus hermanas.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>El chico, más asustado, buscó ayuda con la mirada, pero ninguno de los parroquianos, que miraban pasmados sin hacer nada,  estaba dispuesto a socorrerlo.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—Usted debe querer decir Lenita, la peluquera&#8230; —le respondió finalmente, luego de pensar un rato—. Pues lamento decirle que ella no tuvo mejor suerte. Murió una tarde&#8230; hace unos ocho años, mientras intentaba hacerle un peinado a prueba de truenos a su hermana, quien también falleció, meses después, por la tristeza&#8230;</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—Vaya… —dijo Manuel, sin entender de esas extrañas modas—. Parece que hoy no es un buen día para regresar&#8230;</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Salió a la calle y miró el pueblo. Todo había cambiado. Descubrió que la casa de Antonia, la lechera, se había convertido en un negocio de artículos de pesca, y le llamó la atención esa M mayúscula que adornaba el antiguo local del sastre, que ahora —parecía— se apellidaba <em>Mc Donalds</em>.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Deseoso de recuperar parte de su pasado, retornó a su vieja herrería. El frente se mantenía igual a cómo él recordaba. Las puertas estaban cerradas. Las empujó con escaso esfuerzo y, para su sorpresa, se abrieron con facilidad. Allí dentro, además de sombras,  muebles, yunques y herramientas llenas de polvillo y olvido, habitaba un gran bote con motor fuera de borda, sobre unas ruedas neumáticas.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Miró dentro de la embarcación y descubrió unas canastas con redes y ganchos y unas boyas de colores y unas cuantas cañas de pescar. Más allá unas cajas con exóticas tablas de colores.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Olió su vieja vivienda. Y ya ni siquiera le pareció familiar.</p>
<p>Triste fue para Manolo darse cuenta que todo lo que él había conocido ya no existía.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Pensó unos instantes y, al fin, retornó al último lugar que recordaba haber transitado en vida: la antigua ermita de la Virgen de las Sierras.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Ascender hacia la gruta le costó muchísimo. Allí arriba encontró a una Santa María impávida que lo miró, como en aquella noche, con sus ojos plácidos.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Hasta allí había llegado hacía diez años. Hasta allí había ido en procura de un poco de paz, respondiendo a algo que había escuchado de boca de Cipriano: &#8220;Agua, Manuel, agua. No sé qué habrá que  hacer, pero necesitamos agua&#8221;.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—La estatua de la plaza ha desaparecido—dijo el nieto de Cipriano, que corrió hasta la emisora de radio local.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—Pero, ¿qué te has fumado?—, bromearon.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>—Joder, hombre, que nada… Creédme, si es que la estatua acaba de estar en el bar y dejó todo dorado— insistió el joven que pidió a Pepe, el jefe de la radio, que lo acompañara hasta la plaza.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Y ¡vaya que era verdad!, confirmó el periodista. No sólo que la estatua no estaba. Los pasos que había dado Manolo esa mañana habían quedado grabados, como sellos amarillos, en el suelo barroso.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Como sabuesos, el cronista de la radio local junto con el nieto de Cipriano, siguieron los rastros.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Vieron sus huellas en la antigua herrería que ahora servía de garaje para el bote de Prefectura.  Observaron cómo iba dejando pinceladas doradas, en el sendero que subía a la cumbre. Ellos ascendieron entre los matorrales, cubriéndose de los rayos, que a esa altura de la montaña eran muy peligrosos. Y llegaron hasta la ermita.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Allí lo encontraron: muerto, mojado, flácido, limpio de los bronces, viejo como no parecía cuando estaba en medio de la plaza. Y ahogado en un charco.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Al verlo, Pepe, el joven periodista, supo que ese hallazgo lo haría famoso y que aquella sería la mayor noticia que daría el periodismo del pueblo.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Así fue la doble muerte de Manuel quien nunca supo que todo Magaz festejó con bombos y platillos su ausencia.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Mucho menos hubiera podido entender cómo disfrutaron todos los vecinos de esa gran fiesta que se realizó al día siguiente en plena plaza.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Estuvo el gobernador, el alcalde, la Guardia Civil, los vecinos  más antiguos, los jóvenes, los pequeños con uniformes escolares viendo cómo, sobre el mismo pedestal que Manolo había ocupado y ahora estaba vacío, se colocaba una placa adicional.</p>
<p><strong><em>           </em></strong>Esta todavía existe, y dice:</p>
<p><strong><em>           </em></strong>&#8220;POR FIN SE HIZO JUSTICIA</p>
<p><strong><em>           </em></strong>CON QUIEN ANEGÓ NUESTRA HISTORIA&#8221;.</p>
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		<title>101- Ignia, la bella. Por Babel</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jul 2011 08:58:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[        Después de colocar las herramientas en el suelo, me dispuse a armar el taladro. Montar el televisor sobre la pared requería un buen anclaje, así que elegí la broca más grande. Mientras preparaba la máquina, me giré y sonreí a Ignia, que aún retozaba entre las sábanas. La noche [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>        Después de colocar las herramientas en el suelo, me dispuse a armar el taladro. Montar el televisor sobre la pared requería un buen anclaje, así que elegí la broca más grande. Mientras preparaba la máquina, me giré y sonreí a Ignia, que aún retozaba entre las sábanas. La noche fue larga y tendría la cabeza un poco pesada por el cava, lo mismo que yo.<span id="more-762"></span></p>
<p>       Me presté voluntario esa mañana de domingo para hacerle algunos arreglos en casa. Tres semanas con ella y todavía no nos conocíamos demasiado bien; esperaba que la relación fuera a mejor, que se consolidara.</p>
<p>       Mirándola sobre la cama, recordé lo sorprendente que fue todo cuando la conocí. Trabajábamos en la misma multinacional y mi tarea consistía en limpiar todos los días su mesa; bueno, la suya y la de cientos de compañeros más. Al llegar a su despacho, siempre tenía una palabra amable conmigo. No me atrevía a seguir sus bromas; pienso que me intimidaba su belleza y el tipo de hombres que muchas veces encontraba cerca de ella. Además, desde niño he sido inseguro.</p>
<p>       Pero era tan especial que alentó a que me acercara a ella con confianza. Ocupaba un puesto de creativa en la empresa, y en un par de ocasiones le hice comentarios simpáticos sobre las imágenes con las que se afanaba en el ordenador. Mientras yo sostenía la bayeta, con mi cabeza casi rozando su pelo, se me ocurría: «ponle un bigote de Dalí a ése»; o «haz que esté mirando una mosca que revolotea»&#8230; Reía tan natural con mis tonterías que, si no me engaño, a mí mismo me empezaban a hacer gracia. Yo, que nunca tuve chispa. Sacó lo mejor de mi ingenio. Y cuando empezamos a salir, no me lo creía. El resto de los compañeros tampoco, dada la fama de ligona en las fiestas de la empresa.</p>
<p>       Ella se levantó de la cama, se vistió y fue a la cocina. Comencé a perforar la pared y, pasado un rato en el que penetré prácticamente seis o siete centímetros, me extrañó no ver el típico polvo naranja que desprendía el ladrillo. Saqué el taladro; quería comprobar si ya había atravesado por completo la capa de yeso. Con delicadeza, soplé sobre el agujero para quitar los restos de partículas blancas. Como no conseguía limpiarlo del todo, introduje una escobilla fina que utilizaba en estos casos.</p>
<p>       No logré eliminar los residuos, aunque alcancé a entrever algo que resultaba absurdo que estuviera ahí: un ojo humano. Un ojo humano cubierto de polvo. No un ojo como los de las películas de terror, ya se sabe, un globo ocular aislado, rodeado de nervios y sangre derramándose. No. Era un ojo vivo, de un hombre; y yo diría, casi con toda seguridad, que formaba parte de una cara, de un cuerpo. Al menos, eso me parecía.</p>
<p>       Incrédulo, metí la escobilla de nuevo, ahora con más cuidado, y soplé con fuerza para mejorar mi visión. Observé como el ojo se abría, incómodo por mis continuas manipulaciones. Guiñó un poco molesto, intentando quitarse el polvillo; de repente, se quedó muy fijo contemplándome, mirada de un azul metálico intenso; ya no parpadeaba.</p>
<p>       Creo que hasta ese momento la resaca por los excesos de la noche anterior no me había permitido pensar con claridad. Respiré hondo unos segundos, y  un poco más  lúcido, imagino que empecé a ser consciente de lo que veía. Casi imposible; no, imposible. Me senté sobre la tarima, con el taladro aún en la mano. Escuchaba a Ignia en la cocina fregar los platos de la cena.</p>
<p>       Sin decirle nada, no quería que ya me tomara por loco en nuestras primeras citas, me acerqué al salón que daba al otro lado de la pared; quedaban restos de la noche anterior: botellas, latas y migas, junto a un par de carátulas de películas en dvd.</p>
<p>       A la altura del agujero se ubicaba un mueble, una estantería ligera. La moví suponiendo, ingenuo, que encontraría al dueño de aquel ojo, ¿Estarían gastándome una broma pesada los compañeros creativos de Ignia? Como era lógico, allí no había nadie. Me senté de nuevo en el suelo. El sudor caía bajo mis cejas, con un pañuelo me lo sequé.</p>
<p>       Se aproximaba la hora del aperitivo, ni siquiera habíamos desayunado.  Ignia se acercó para ofrecerme un refrigerio. Como si no fuera conmigo, no le presté atención. Era la primera vez que fui desconsiderado hacia ella. Cuando me vio allí inmóvil, con la cara casi blanca y sudando, me preguntó si me encontraba bien. Sí, creo; fue lo que pude contestarle. Esperaba que pensara que únicamente seguía cansado de nuestra juerga.</p>
<p>       Ella, sonriente, salió del salón y volvió minutos más tarde con un pequeño panecillo, relleno de paté, y una cerveza. Me lo dejó en un plato, a mi lado. Aún sentado, no me atrevía a comentarle nada. Temía que, si observara ella por el agujero, no viera lo mismo que yo.</p>
<p>       Ahora me la quedé mirando, embelesado. Me asustaba perderla. Iba preciosa. Llevaba un fular de seda que casi bailaba sobre su cintura; también un top negro ajustado que dibujaba a la perfección sus senos y dejaba su ombligo al aire.  ¿Lo único que pedía? que no me tomara por un demente, poder seguir con ella; eso… ¿Era tanto? Nos dimos un beso rápido en los labios y se volvió a la cocina.</p>
<p>       Sin tocar el bocadillo, me fui a la otra habitación con la cerveza en la mano. En la maleta de herramientas guardaba una linterna de bastante potencia. Sin saber si eso valdría para algo, me acerqué hasta el agujero. Proyecté el haz de luz hacia el interior. Allí seguía el ojo, de nuevo cerrado. Tras unos segundos de mover la lámpara, intentaba iluminarlo de la mejor manera, se abrió, casi seguro molesto por la gran intensidad del resplandor. Me volvió a mirar con firmeza.</p>
<p>       Me volví loco y empecé a martillear toda la pared que rodeaba al agujero. Ignia pasaba el aspirador en la planta de arriba y no oía los impactos. El martillo destrozó todo a su paso: una serie de boquetes superficiales, sin llegar a la profundidad en la que se encontraba el ojo. Después, a la altura de ese primero, un poco a su derecha, di los golpes con más intensidad. Buscaba su pareja. Sí, era eso. Y lo localicé.  Imagino que me esperaba, lo tenía muy abierto. Al ver los dos ojos entendí que estaban indignados, que no perdonaban el entrometimiento.</p>
<p>       Ahora comprendo que, lo que fuera que hubiera allí, lo planeó perfecto: me atrajo hacía sí, cómo si me invitara a revelar el resto de su cuerpo. Destapé un poco de sus pies y su ombligo. Debía de ser un tipo alto. Continué por donde imaginaba que se situarían los demás miembros, los límites del tronco. Quería comprobar que se trataba de un hombre completo. Alcancé sus manos, sus brazos a lo largo de su silueta, que también entreveía. Movía sus dedos con lentitud, como las antenas de un insecto. Me daba la sensación de que se sentían libres, después de mucho tiempo atrapados. El índice de su mano izquierda me señalaba arriba, hacia su rostro.</p>
<p>       Me faltaba descubrir la nariz y, sobre todo,  la boca. Sentí la necesidad de liberarla, escuchar de sus labios quién era él. ¿Sabría hablar? ¿Le entendería? Di mayor anchura y profundidad a la perforación sobre la cara, prácticamente pude abarcarla con mi palma abierta. Ya casi estaba. Conseguí inicialmente despejar el yeso que cubría la nariz. Dio una larga, deseada, inspiración. Me miró con ojos de inmensa gratitud; lo primero amable que recibí de su parte.</p>
<p>       Reconozco que me relajé: le excarcelé la boca y pareció querer decirme algo; acerqué el oído hasta sus labios, quizás esperando una explicación.</p>
<p>       Un solo soplido de su aliento fue suficiente para atraerme del todo. De pronto, noté el frío del yeso y del cemento a lo largo de mi cuerpo. Ya no pude moverme más. Me encontraba dentro de la pared, con la horrible sensación de paralizarme entero.</p>
<p>       Ignia debió de pensar que había huido como un niño malcriado, sin decirle nada. ¿Podría creer eso de mí? Vi que, al llegar a la habitación, miraba perpleja los orificios. Observé que dirigía sus ojos hacia donde yo estaba. Nuestras miradas se cruzaron en varias ocasiones. Desesperado gritaba, movía los ojos; pero ella no reaccionó. Recordé mis peores pesadillas nocturnas, cuando quieres gritar y no salen los sonidos. No me escuchaba, no me veía y, lo peor, sufría por su rabia. Quise mover las manos, los pies, emitir algún ruido que la alertara. Nada, sólo desesperación. </p>
<p>       Pasaron unas horas y escuché como esa tarde recogía el maletín de herramientas; lo hacía entre insultos a mi persona y gimoteos que me secaban el alma. Creo que oí llover, el sonido apenas me llegaba. Aquella noche lloré tanto que reblandecí el yeso que me rodeaba los ojos. Y seguí llorando durante días, era lo único que me hacía sentir humano; no tenía ni hambre ni sueño.</p>
<p>       Casi una semana después, vinieron unos albañiles; Ignia les mandó tapar los agujeros de la pared. Por más que grité, y lo hice con todas mis fuerzas, no me escucharon. Mi angustia aumentó por momentos: ya no podía ver a Ignia. Tantas lágrimas provocaron que, desde entonces, los ojos se me quedaran pegados.</p>
<p>       Me parece que llevo meses aquí. Quizá sean años. Lo que sí sé es el nombre de todos los que, después de mí, han estado con ella. Repito sus nombres continuamente, casi una oración. También he reconocido, en las voces de algunos de ellos, a compañeros de la empresa. A veces he escuchado como comentaban con Ignia acerca del misterio de mi desaparición. Entonces intento patalear, dar golpes en el muro&#8230;; es inútil. Los gritos ya no me salen, me quedé sin voz hace mucho tiempo.</p>
<p>       Sé lo que sienten cuando ven su ombligo al aire, justo encima de su fular de seda. Es un tormento escuchar cómo la aman. Aunque sean tamizados por el yeso que me rodea, me angustia oír los jadeos, los estremecimientos de Ignia.</p>
<p>       Puede que mi única esperanza sea que alguno de ellos se preste voluntario para hacer unos arreglos en la casa.</p>
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		<title>100- Nuevo correo recibido. Por Baikonour</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jul 2011 22:00:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[              Estaba en plena tarea con la hoja de cálculo cuándo en la esquina inferior derecha del monitor apareció el mensaje de “Nuevo correo recibido”. Chasqueó la lengua con fastidio, molesto por la distracción. El maldito recuadro, poderoso, parecía tener un imán sobre los ojos; le resultaba imposible apartarlos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>              Estaba en plena tarea con la hoja de cálculo cuándo en la esquina inferior derecha del monitor apareció el mensaje de “Nuevo correo recibido”. Chasqueó la lengua con fastidio, molesto por la distracción. El maldito recuadro, poderoso, parecía tener un imán sobre los ojos; le resultaba imposible apartarlos de la esquina, sustraerse a su influjo. Desistió de continuar con su tarea y pulsó la previsualización..<span id="more-758"></span></p>
<p>De: RRHH</p>
<p>Para: Luis Mediavilla</p>
<p>Asunto: Convocatoria despacho RRHH hoy 15:00</p>
<p>El súbito incremento de la tensión arterial golpeteo con fuerza en sus sienes, mientras el diafragma se negaba a bajar y dejar entrar aire en los pulmones. El ruido de los teclados de sus compañeros enmudeció súbitamente, y su campo de visión se redujo a la pantalla de 17 pulgadas que tenía justo enfrente. Leyó y releyó varias veces el encabezado, incrédulo, sin poder abrir por completo el correo. Su instinto de supervivencia, adormecido por los diez largos años pasados en la empresa, subiendo con tesón de puesto en puesto; despertaba de su letargo. Recibir un correo de ese tipo un viernes a las dos de la tarde no puede significar nada bueno, le decía esa vocecilla. Unos segundos (o eternidades) después, se armó de valor y desplegó el texto completo. La primera reacción fue de alivio al ver la brevedad del texto, en el que básicamente se reiteraba la información: tenía que presentarse a las 15:00 en el despacho de personal. Ninguna otra aclaración ni explicación accesoria. Si había, no obstante, un último regalo para su recién estrenada taquicardia. Al final del mensaje, y bajo el texto interrogante de “¿Acepta la convocatoria?” aparecían dos botones de voto, el verde del SI y el rojo del NO. Incluso creía percibir cierto retintín en la mecánica pregunta. El puntero saltaba de una casilla a la otra, indeciso como la mente en la que pugnaban los instintos enfrentados.</p>
<p>             Incapaz de decidir, retiró la mano y levantó la vista. Recorrió la sala con la mirada anhelante, buscando alguna seña de complicidad, una cara amiga con la que descargar los nervios. Ninguno de sus compañeros parecía haberse dado cuenta de la angustia que le embargaba en aquél momento. Ni siquiera el chismoso de Recuero, que habitualmente oteaba su entorno como si fuera un búho, movimientos de cabeza incluidos, daba señales de inquietud. Estaba enfrascado en su trabajo como pocas veces recordaba haberle visto. Desechó la idea de buscar alguien amigo con el que comentar lo que le atenazaba. La corbata le apretaba con saña el cuello, ciñendo el cuello de una camisa que empezaba a empaparse sudor. Se levantó y fue al baño; se mojó la cara y el frescor del agua ayudo a sosegar un tanto su ánimo. Mientras se secaba las manos se miró en el amplio espejo, que le devolvió la imagen de un ser pálido, desencajado, encogido sobre sí mismo. Estaba totalmente fuera de si, necesitaba sacarse como fuera aquello de su interior.</p>
<p>             Salió del baño, pero el recuerdo del amenazante ordenador le impedía volver a su puesto. Buscó en su memoria algún otro escondite. Subió a la planta superior, donde estaba la máquina del café, solo para comprobar que no tenía monedas. Pensó en pedírselas a alguno de los compañeros que había en la sala, pero finalmente se contentó con incorporarse a uno de los corrillos sin prestar la más mínima atención a la conversación. No se sentía en condiciones de charlar indolentemente sobre alguna noticia absurda de ultima hora. Sentía el ambiente extraño, tirante, muy distinto a la calidez que estaba buscando. En vez de tomar café se bebió sus propios pensamientos, digiriendo la amenaza que había recibido. La sudoración y el ritmo cardíaco empezaron a disminuir, mientras en su lucha interna, el bando del miedo retrocedía ante el avance de la furia y la rabia. Al salir atropelladamente de la sala, casi choca con Vazquez, de contabilidad.</p>
<p>-¿Dónde está el fuego, hombre?</p>
<p>-¿Cómo dices?</p>
<p>-Que dónde esta el fuego. Que ya me dirás si no a donde vas con tanta prisa. -Vázquez no era mal tipo, pero su sentido del humor era cuando menos peculiar. El se hacia muchísima gracia, siempre se estaba riendo, pero pocos en la oficina le catalogarían como una persona divertida.</p>
<p>-Ah, si, eso&#8230;. es que tengo un correo urgente que contestar.</p>
<p>-Peste de correos y de ordenadores. Parece que ya solo sabemos comunicarnos con esos malditos cacharritos. Yo me niego. Si alguien quiere algo, por lo menos que me llame por teléfono, y me lo diga de propia palabra. Mira, hoy, por ejemplo, llevo todo el día sin abrir el correo.</p>
<p>-Tú es que eres muy tuyo Vázquez – y otros varios adjetivos que se me están ocurriendo en este momento-; pero es que tu puesto te lo permite. A ti te dan tus cuentas y una calculadora y eres feliz, no necesitas mas.</p>
<p>-Pues haberte pedido contabilidad, cuando entraste en la empresa, que bien que te diste prisa en entrar en compras, <em>jodio.</em></p>
<p>Estaba empezando a sentirse incomodo. Aparte de por su humor, Vázquez era conocido por lo pesado que podía llegar a ser. Era capaz de estar horas hablando sobre cualquier cosa y con cualquiera. El hecho de que hubieran entrado en la empresa con escasas semanas de diferencia le invitaba a tomarse unas confianzas que malditas sean las ganas que tenia de dárselas. Miró el reloj descaradamente, por ver si se daba por aludido. Segundos después, y ante la persistente verborrea, saltándose cualquier norma de educación le esquivó con un quiebro de cintura y le dejó con la palabra en la boca.</p>
<p>             Imbuido en nuevos ánimos, bajó las escaleras de dos en dos y se sentó decidido ante su escritorio. Agitó el ratón para hacer despertar a su durmiente monitor, y pulsó firmemente sobre el SI, decidido a enfrentarse con lo que hiciera falta. Al cerrarse la pantalla del correo, reapareció la hoja de cálculo inacabada. Quedó perplejo durante unos instantes. Después, clicó con furia sobre el aspa de cerrar, sin ninguna gana de trabajar en aquello que hacía escasa media hora parecía ser lo más importante del mundo. Apareció el fondo de pantalla y la Ducati que tenía como imagen, objeto de deseo que nunca se dió el gustazo de satisfacer. Paseó la mirada por los iconos hasta encontrar el que buscaba. Pasó un rato deambulando por las carpetas de archivos personales, revisando las cosas que había ido acumulando con el paso del tiempo. Hizo una selección que pasó al pendrive que guardaba en el cajón, pero era imposible guardarlo todo. Sencillamente, no tenía espacio. Multitud de archivos, documentos, fotos, canciones… todos sucumbieron al frenesí de su dedo índice y el botón de “Suprimir”. Cuando terminó con los archivos personales, aún le quedaba un cuarto de hora para la cita que anticipaba fatídica. Al parar, se dio cuenta de que estaba sudoroso, con la respiración agitada. Se forzó a si mismo a detenerse unos instantes y recuperar la serenidad. Descolgó el teléfono que tenía en su mesa y marcó el número de su mujer.</p>
<p>-Hola cariño, ¿que estas haciendo?</p>
<p>-&#8230;.</p>
<p>-Estaba pensando que, si te apetece, podíamos ir a comer a la arrocería esa que te gusta tanto.</p>
<p>-&#8230;</p>
<p>-No, hoy no tendré que volver a la oficina por la tarde. Tendrán que aguantarse y pasar sin mi. La tarde de hoy es solo para nosotros. Vete pensando adonde iremos después.</p>
<p>-&#8230;.</p>
<p>-Quedamos allí a las tres y media, el primero que llegue que vaya pidiendo mesa.</p>
<p>Cuando colgó, se pasó la mano por la frente. El sudor que la perlaba momentos antes había desaparecido. Se encontraba mucho mejor, reconciliado consigo mismo. Recapacitó durante unos segundos, los suficientes para retomar el ratón y mandar la flechita parpadeante a la otra punta de la pantalla, justo dónde un icono colorido indicaba “Proyectos”. Una sinfonía de chasquidos mecánicos y zumbidos del disco duro protagonizaron los siguientes minutos. Se movía por el sistema de archivos con la precisión de un cirujano; cortando, sajando y amputando con su misma determinación. El reloj del escritorio iba desgranando los minutos a la misma velocidad que desaparecían los megabytes de información. Cumplido el límite horario, sonrió satisfecho consigo mismo y se recostó en el asiento. Tremendamente relajado, fue, ahora sí, consciente del extraño revuelo que se percibía en la oficina. El ir y venir de la gente, los grupitos en torno a algunos puestos, las sonrisas e incluso alguna carcajada superaban las habituales un viernes por la tarde a aquellas horas. Parpadeó perplejo en su sitio, casi olvidó la obligatoria visita pendiente. Le intrigaba a santo de qué tanto revuelo, pero no tenía tiempo para averiguaciones; y ademas, era algo que ya no le incumbía. Apagó el ordenador, recogió la mesa y se levantó. Tomó la chaqueta del perchero y tras cruzar la oficina con una media sonrisa bailándole en la cara, salió al descansillo. Pulsó el botón para llamar al ascensor, ya que recursos humanos se encontraba cinco plantas más arriba. Mientras esperaba tatareando una cancioncilla, llegó a su lado Cristina, la recepcionista de la planta. Le saludo fríamente, como siempre, mientras pegaba con celo un folio en la pared.</p>
<p>“Se comunica al personal que debido a un virus informático, se ha producido un falso envió masivo de correos suplantando la cuenta de Recursos Humanos. Los afectados pónganse en contacto con el departamento de informática para que revisen sus equipos”</p>
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		<title>99- El gemelo malo. Por Sally Pimienta</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jul 2011 20:22:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[            ― Buenos días, Víctor. ¿Se te pegaron las sábanas?            ― …que he ido al médico con mi madre.            ― Está bien. Siéntate.          Demasiado tarde, ya ha alcanzado su asiento, con una arruga doble en el ceño y su estudiada pose de pasotismo. Aunque a mí no me engaña. Sé [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>            ― Buenos días, Víctor. ¿Se te pegaron las sábanas?</p>
<p>           ― …que he ido al médico con mi madre.</p>
<p>           ― Está bien. Siéntate.<span id="more-753"></span></p>
<p>         Demasiado tarde, ya ha alcanzado su asiento, con una arruga doble en el ceño y su estudiada pose de pasotismo. Aunque a mí no me engaña. Sé bien lo mucho que le enoja atravesar la puerta del colegio dos horas tarde sin una causa justificada (porque lo del médico es mentira, como de costumbre); pero eso es algo que nunca va a reconocer, ni de palabra, ni de acción.</p>
<p>         Dibujo, por cuarta vez, en la pizarra, la flecha que baja del escalón de los decímetros al de los centímetros.</p>
<p>           ― ¿Qué hago para bajar el escalón: quitar un cero o añadirlo? ¿Multiplicar o dividir por diez?</p>
<p>        La enorme mirada azul de Lidia vuelve a nadar en el estupor. Pasan los segundos. El brazo de Carmen amenaza con salírsele del hombro.</p>
<p>           ― ¿Dividir? ―había un cincuenta por ciento de probabilidades, pero Lidia es demasiado bonita para tener suerte en el juego.</p>
<p>         Aprieto los labios y dejo escapar más aire del que imaginaba que cabía en mis pulmones.</p>
<p>           ― Mujer, si ya te he dicho que cuando bajas la escalera SIEMPRE multiplicas. ¿Por cuánto? ―vuelvo a señalar la longitud de la flecha que indica que el descenso es de un solo escalón, enfatizando el movimiento con todo mi cuerpo.</p>
<p>         Pasan varios segundos. Empiezo a temer seriamente por la integridad del hombro de su compañera.</p>
<p>           ― ¿Por cien?</p>
<p>        La palma de Carmen cae sobre la mesa, inerte, con todo el peso de la frustración, tras el gran resoplido general. Miro a Víctor. Sus ojos se han vuelto hacia la ventana. Apenas ha entrado en clase y ya ha vuelto a salir.</p>
<p>        El viento de enero azota inclemente cada rincón del patio. Me arrebujo en mi chaquetón y observo a dos niños de primer curso corretear a mi alrededor… sin abrigo. Con las palabras justas, los envío de vuelta al edificio a buscarlo. Entretanto, sobre la pista, Víctor parece absorbido por el partido. Está en manga corta. Recapacito. ¿Serviría de algo? Me ponga como me ponga, no va a abandonar el juego por ir a la clase a por su cazadora. Puede incluso que si, para imponer mi autoridad, interrumpo el partido, me mande a la mierda, y por joderme, se siente en una esquina retándome a que lo entre por la fuerza. Y sé de sobra a qué conduciría eso: al saboteo del resto de clases de la semana por cortesía del futuro futbolista profesional. Además, a las tres de la tarde saltará la valla del recinto para seguir pateando su balón hasta el anochecer, sin abrigo, por supuesto, y yo ya no estaré ahí para impedirlo.</p>
<p>        Menos mal que este chico nunca se constipa…</p>
<p>           ― ¿Qué ha ocurrido?</p>
<p>        Los contendientes guardan silencio. Khaled rehúye la mirada de Víctor y éste persigue, con saña, la de su adversario. Tanto empeño pone en transmitir el odio que siente, la violencia que lo inflama, que <em>calo</em> su pose de matón ―otra más del repertorio― al instante.</p>
<p>           ― ¿No vais a decirme por qué os habéis peleado?</p>
<p>           ― Este puto moro, que le ha robado el móvil a mi hermano.</p>
<p>       El <em>puto moro</em> sigue sin levantar los ojos. Amigo, eso es que es cierto.</p>
<p>           ― ¿Por qué dices eso?</p>
<p>           ― Porque es verdad.</p>
<p>           ― ¿Y tú, cómo lo sabes?</p>
<p>           ― Sus hermanos me lo han dicho.</p>
<p>       Mal asunto.</p>
<p>           ― ¿Y crees que a golpes lo vas a recuperar?</p>
<p>       Silencio cargado de veneno. Nueva ráfaga de mirada asesina. Me sorprende que Víctor haya llegado a este punto por una propiedad de su hermano, con el que, aparentemente, tan malas migas hace. Empiezo a sospechar que todo ha sido una excusa para aporrear al <em>inmigrante advenedizo</em>. Khaled, por su parte, parece lamentar su falla a la moral y estar encomendándose a su profeta. Siento lástima por él. En cuanto pise la calle, no podré protegerlo de las iras de Víctor, y éstas son grandes, si bien no nacen del robo de un móvil.</p>
<p>      Entretanto, Cristian observa a su hermano desde lejos. Puedo leer la aprobación en su gesto. Pese a sus diferencias, y aunque Víctor se ganara para sí la etiqueta de <em>gemelo malo</em> entre sus compañeros, allá en Educación Infantil (prefiero pensar que sin el respaldo de la maestra), nacieron el mismo día, a la misma hora, y eso parece contar para algo. Como dos gotas de agua, si en ocasiones los distingo, es por la expresión de la cara ―la de Víctor, más hosca, más taciturna―; lo cual no quita que Cristian se encierre en las clases, igualmente, a llorar y dar patadas a las mesas cuando pierde un partido.</p>
<p>           ― ¿No le ha dicho su hijo que ha aprobado los dos últimos exámenes?</p>
<p>      La mujer me lo niega con la cabeza, sin mover un solo músculo de la cara. Comprobar que este hecho me procura a mí más satisfacción que a esa madre inútil e impávida que me mira con aires de hastío y desavenencia, me enerva.</p>
<p>           ―Y que salió elegido delegado este año, ¿se lo ha comentado? –esto debes saberlo. Después de los goles que marca, saberse responsable de borrar la pizarra o traerme los pinceles, o de preguntar en dirección si podemos hacer uso del gimnasio, es lo que más lo reconcilia con la vida.</p>
<p>      Otra negación indolente; y, encima, mira el reloj.</p>
<p>      Me tomo un momento para reflexionar sobre el grado de desapego e irresponsabilidad de este ser, al que la naturaleza debería haber vetado la maternidad. Y lo que más me duele es ese brillo de admiración y amor que adivino en los ojos de su hijo cuando, rara vez, menciona a su progenitora.</p>
<p>     La despido y trato de reprimir algo parecido al rencor.</p>
<p>            ―Que lo pases bien este verano, seño.</p>
<p>           ―Y tú también, Javier.</p>
<p>       Uno a uno, abandonan el patio en compañía de sus padres, gritando eufóricos tras la fiesta que los ha hecho protagonistas, ávidos de estrenar sus vacaciones. Atrás quedan los confetis y los restos de gusanitos que salpican de colores el suelo. Agitando con disgusto sus cadenas, permanecen en el recinto los pocos cuyos padres no han acudido a la celebración… o se han marchado sin ellos.</p>
<p>           ―Cristina, me voy ―me informa Quique.</p>
<p>           ―No, sabes que no. No son las dos todavía.</p>
<p>           ― ¡Pero mi madre mi ha dicho que podía irme solo!</p>
<p>           ―Pero tu madre sabe que, hasta las dos, no puedes irte solo.</p>
<p>      Bufido de fastidio, mirada de envidia hacia los compañeros que, ebrios de libertad, corretean al otro lado de la valla.</p>
<p>       Esperando el momento de la liberación, seis alumnos del tercer ciclo juegan un partido. Cristian está entre ellos, pero… ¿y Víctor? Escudriño las masas reacias a despejar la calle. Efectivamente, ahí está, caminando sin saber muy bien adónde. Le llamo. Se gira. Le hago señas para que vuelva. Pega la frente a los barrotes y pone ojos de perrito abandonado. Esto no es una pose. Vuelvo a pedirle que vuelva ­­―mientras maldigo interiormente a su madre que se ha largado la primera y sin el lastre de sus dos hijos―. No hace ademán de obedecerme; permanece en sus trece y me observa. Yo también le estudio, calibrando sus expectativas y las consecuencias de que, finalmente, vaya a por él.</p>
<p>       Maldita sea. Ni de mí ni de nadie, ha querido aprender este chico a ayudarse a sí mismo. Él sabe bien que esta demanda de atención ―desesperado intento infantil por compensar la indiferencia de su madre― no vencerá sus ansias de correr en cuanto me acerque. Su voluntad habrá de prevalecer, como de costumbre.</p>
<p>       Una vez más, le invito a que entre, con un gesto amable. Me da la espalda. Se marcha. Son las dos menos cuarto. Durante los quince minutos siguientes soy la responsable de cuanto pueda sucederle.</p>
<p>        Me <em>tranquiliza</em> la idea de que pocos niños, en soledad, se valen como él en la calle.</p>
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		<title>98- Piensa mal y acertarás. Por X. Alisso</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jul 2011 20:13:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[           Había elegido parapetarme tras el quiosco de periódicos porque desde allí tenía una visión perfecta del edificio de oficinas en que trabajaba Asun, y además, llegado el caso, me facilitaría bastante la tarea de evitar ser descubierto.           Ésta era la primera vez que lo hacía. Nunca antes, ni en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>           Había elegido parapetarme tras el quiosco de periódicos porque desde allí tenía una visión perfecta del edificio de oficinas en que trabajaba Asun, y además, llegado el caso, me facilitaría bastante la tarea de evitar ser descubierto.</p>
<p>          Ésta era la primera vez que lo hacía. Nunca antes, ni en nuestra etapa de novios, se me había pasado siquiera por la cabeza la posibilidad de seguirla, pero aunque he de reconocer que me sentía algo nervioso (y bastante ridículo, para qué negarlo), había al menos un par de buenas razones para que en ese momento yo me encontrase allí.<span id="more-747"></span></p>
<p>          La primera era que, últimamente, ella había estado bastante rara, distinta, como ausente, y cada vez era más escasa la atención que me prestaba. Ya no me telefoneaba al trabajo de manera intempestiva para inquirirme sobre cualquier cuestión referente a la casa, a los niños, o a cualquier otra bobada que se le pasase por la cabeza. Tampoco me interrogaba cuando, sin previo aviso, retrasaba la hora de llegada al domicilio conyugal, tal y como acostumbraba a hacer antes. Ahora, ya nunca se interesaba por la naturaleza de las sucesivas reuniones que requerían de mí que les dedicase tantos desvelos, e incluso, ni se había inmutado lo más mínimo cuando le comuniqué que aumentaba la frecuencia de mis partidas de mus, de una a dos veces por semana.</p>
<p>          La segunda, y he de reconocer que posiblemente más importante, era el come come al que me venía sometiendo desde hacía algún tiempo mi amigo Juan Carlos.</p>
<p>           Según éste, cuando un hombre engaña a su mujer, ésta es la primera en enterarse, y en ningún caso permite que esos devaneos extramaritales subsistan demasiado tiempo. Una apenas visible marca de carmín en una camisa, un pelo de color y/o tamaño distinto al suyo, incluso simplemente un perfume envolviendo la chaqueta, pueden ser más que suficientes para desencadenar el cataclismo. Huelga decir que si aparece algún objeto, como por ejemplo una horquilla de pelo o un pendiente ajeno (y si existe a buen seguro que dan con él) huérfano en la alfombrilla del coche, por ejemplo, la suerte está más que echada.</p>
<p>          En cambio, y siempre en opinión de Juan Carlos, cuando es al revés, ocurre todo lo contrario. El hombre siempre es el último en enterarse de la infidelidad de la esposa, y para cuando eso ocurre, tal circunstancia ya es la comidilla de todo el barrio.</p>
<p>          Según mi amigo, esto no sucedía porque ellas fuesen más listas, sino más bien porque son terriblemente desconfiadas. Los hombres, solía decir Juan Carlos, consideramos a las mujeres capaces de cualquier cosa, pero eso siempre, aunque este extremo resulte extraño, excluye a las de nuestra familia. Lo que es fácilmente aplicable al conjunto de las féminas, no sirve en lo que respecta a nuestras madres, hijas, hermanas y por supuesto (y esto era lo más terrible) a nuestras esposas. Debido a todo eso, aunque las evidencias estén diáfanas delante de nuestras narices, somos incapaces de verlas hasta que ya es irremediablemente tarde.</p>
<p>          Al principio, yo no les prestaba mucha atención a los desvaríos de Juan Carlos. A fin de cuentas, a él le había sucedido no hacía demasiado tiempo, y era normal que estuviese resentido. No en vano el lenguaraz Juan Carlos había sido el último en percatarse (incluyéndome a mí, aunque este punto hubiese sido debida y necesariamente negado) de la vistosa cornamenta que portaba consigo allá a donde fuese, y eso que si bien es innegable que su todavía mujer poseía varias cualidades (alguna ciertamente difícil de ocultar) la discreción no se contaba precisamente entre ellas.</p>
<p>          Pero supongo que la frecuencia con que estos comentarios tóxicos eran vertidos ─unido a la constatación por mi parte de todo lo relatado referente al novedoso comportamiento de Asun─, consiguió que la idea de que mi mujer podría estar manteniendo una aventura extramarital, pasase en un abrir y cerrar de ojos de moverse en el terreno de lo imposible, a hacerlo con descaro en el de lo probable; y si eso era así no estaba dispuesto a ser el último mono en enterarse.</p>
<p>          Finalmente, y por si aún persistiese alguna duda, mi amigo dejó caer la última carga de profundidad hace un par de días, cuando como quien no quiere la cosa comentó que a lo mejor, mientras yo estaba en esas largas y tediosas reuniones de los viernes, Asun se entretenía con algo más que con mirar la tele.</p>
<p>          Hoy era viernes, y había decidido salir de dudas.</p>
<p>          Asun no tardó ni quince minutos en traspasar el umbral de la puerta arrancándome de golpe de mis pensamientos, cosa que agradecí de veras. Miró a ambos lados, y después giró hacia la derecha. Yo consulté el reloj y comprobé asombrado que era puntual ─siempre hay una primera vez para todo─.</p>
<p>          Mientras la seguía, tratando de mantener una cierta distancia y ocultándome entre los transeúntes, no pude evitar pensar en que era una mujer muy guapa, y que a pesar de estar próxima a cumplir los cuarenta, aún conservaba una figura bastante similar a la que yo había conocido siempre, lo que provocaba que muchos hombres ─y algunas mujeres─ no pudiesen evitar volver descaradamente la mirada cuando pasaba a su lado envuelta  en el sugestivo repiqueteo de sus tacones en la acera.</p>
<p>          Caminaba despacio, como si a pesar de dar la sensación de que tenía muy claro adónde iba, no tuviese excesiva prisa por llegar a su destino. Tuve que esforzarme por ralentizar mi paso ─suelo caminar deprisa─ para minimizar las probabilidades de ser descubierto. Sería bastante embarazoso explicar qué estaba haciendo allí, cuando se suponía que me encontraba en una importantísima y tediosa reunión del departamento de ventas, que me iba a tener prisionero hasta altas horas de la madrugada.</p>
<p>          Poco después, mi mujer entró en una tienda de ropa. Me acerqué con esmerada cautela y, tras comprobar que en el escaparate sólo había maniquíes con ropa y complementos femeninos, conociéndola como la conocía, decidí cruzar la calle y esperarla acomodado en el bar de enfrente degustando una cerveza.</p>
<p>          Salió cuando yo ya estaba dando cuenta de la segunda cerveza, portando una bolsa en la mano derecha, y tras dudar unos instantes continuó calle abajo.</p>
<p>          Caminaba algo más rápido que antes, contoneando las caderas, pero tampoco podía afirmarse que lo hiciese deprisa. La seguí a rebufo durante algunos minutos hasta que contemplé como desaparecía en el interior de una cafetería.</p>
<p>          Esperé unos instantes y, armándome de toda la discreción que me fue posible, me asomé tímidamente al escaparate. Mi mujer estaba acodada en la barra, con la cabeza vuelta, mirando la televisión que se encontraba al fondo del local y con el pelo rubio cayéndole sobre los hombros. Delante de ella tenía lo que parecía una humeante infusión, y por su actitud  no parecía esperar a nadie.</p>
<p>          Decidí no confiarme, así que esperé por los alrededores sin perder en ningún momento de vista la entrada del local, y asomándome prudentemente de vez en cuando. La situación no varió en absoluto. En todas las ocasiones Asun continuaba como al principio; sentada a la barra, mirando la televisión, y sola.</p>
<p>          Después de que abandonara la cafetería, la seguí durante un rato que se me hizo interminable. La sensación de ridículo estaba cobrando cada vez más fuerza y ya la notaba protestando ansiosa en la boca del estómago, por lo que tuve que hacer un gran esfuerzo para no darme la vuelta y largarme de allí con viento fresco.</p>
<p>          La siguiente parada de Asun fue una librería de grandes y ostentosos escaparates, donde reposaban las últimas novedades editoriales junto con vistosos posters promocionales de dichas obras o de sus autores. Esta vez la espera no fue larga, ya que Asun no tardó mucho en salir introduciendo en su bolso un objeto envuelto en papel de regalo.</p>
<p>          Caminé tras ella absorto en mis pensamientos, intentando adivinar de quién podría ser el cumpleaños ─el mío desde luego que no─, hasta que descubrí sorprendido que nos encontrábamos en nuestro barrio, a escasos metros de casa.</p>
<p>          De una puerta manaban a borbotones varias docenas de enérgicos renacuajos ─uno de los cuales portaba la nariz de Asun─, que bramando y brincando corrían raudos a abrazarse a sus progenitoras.</p>
<p>          Contemplar la escena guarecido en la distancia me produjo sensaciones encontradas de alivio y culpa a partes iguales, pero decidí que era peligroso permanecer allí por más tiempo, así que me di la vuelta y salí disparado.</p>
<p>          Mientras el taxi me acercaba a mi destino, no podía dejar de pensar en la facilidad que tenemos algunos para buscarnos complicaciones y discernir fantasmas donde no los hay. Y por supuesto, en que el bocazas de Juan Carlos me debía, cuando menos, un par de cervezas bien frías.</p>
<p>          Subí las escaleras con premura, salvando los escalones de dos en dos, y después llamé al timbre tres veces, espaciadas una de otra por intervalos cortos de igual duración.</p>
<p>          Abrió la puerta una mujer menuda de ojos grandes y chispeantes ─que recordaba a los dibujos animados japoneses─, y que simulaba querer  ocultar sin demasiado éxito las redondeces de un cuerpo joven de piel blanca y sedosa, tras una bata de flores.</p>
<p>          —Llegas tarde — me espetó simulando poner morritos.</p>
<p>          —Tenía cosas que hacer —contesté sin querer entrar en más detalles.</p>
<p>          —Pobrecito —añadió con cierta ironía — ¡Qué vida más estresada tienes!</p>
<p>          —No lo sabes tú bien —respondí tratando de espantar de mi cabeza todo lo acontecido hasta ese momento.</p>
<p>          Después, mientras tiraba de ella  camino del dormitorio con el deseo burbujeándome en el paladar, no podía dejar de anticiparme complacido a lo que presumiblemente estaba a punto de suceder, e imaginarnos bañados en sudor; ebrios, desnudos y extenuados sobre las blancas sábanas.</p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>97- La soledad del héroe. Por Céfiro</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jul 2011 20:06:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Finalistas del Jurado]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[           El cadáver de María Sagrario González presenta heridas superficiales en brazos y cuello, golpes y contusiones repartidos entre rostro y abdomen, laceraciones por arrastre, posiblemente post mortem, y siete puñaladas de necesidad. «Puñaladas no», corrige Severino Cardeñoso. «María Sagrario ha sido abatida a espadazos. Véase la estocada con que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>           El cadáver de María Sagrario González presenta heridas superficiales en brazos y cuello, golpes y contusiones repartidos entre rostro y abdomen, laceraciones por arrastre, posiblemente <em>post mortem</em>, y siete puñaladas de necesidad. «Puñaladas no», corrige Severino Cardeñoso. «María Sagrario ha sido abatida a espadazos. Véase la estocada con que la atravesaron de parte a parte y el mandoble de la zona lumbar y este otro cintarazo que le secciona la pierna derecha».<span id="more-741"></span></p>
<p>          Severino Cardeñoso distingue a la perfección la tipología de los cortes por arma blanca y reconoce a primera vista la gravedad de cada tajo, además de ser especialista en psicología, criminología y otras neurosis comunes. Sebastián López, su ayudante temporal, que entró en homicidios sin aprobar las pruebas pertinentes pero con una recomendación como nadie había visto en la historia de las sinecuras, lo admira no solo por sus conocimientos en la materia, de los que, todo hay que decirlo, Severino se jacta de un modo harto chocante, sino por sus ojos tornasolados y su apuesto perfil.</p>
<p>          Ahora se encuentran ambos en un predio asalvajado y ruinoso, propiedad de un tal González Flores, rico y peligroso hacendado que les facilita gustoso las pesquisas para evitar que lo enchironen por sus delitos propios. «Están ustedes en su casa. Faltaría más».</p>
<p>          El chivatazo se lo dieron a las siete. Severino Cardeñoso aún andaba entre el baño de burbujas y el té con olor a vainilla cuando sonó el teléfono. «Jefe, que ha aparecido».</p>
<p>          En realidad, Sebastián, que tiene el defecto inexcusable de la bonhomía, da crédito a todo lo que oye. Cuando el inspector llega a la oficina, le suelta el interino de mierda que han recibido una llamada, que, por supuesto, no han podido localizar, así son de listos los hijos de puta, en la que se informaba de dónde estaba depositado el cadáver de la muchacha, desaparecida en la carretera 45, camino de Villa Ahumada, el 24 de junio a las claritas del día.</p>
<p>          Severino Cardeñoso sabe que la mayoría de las llamadas de ese calibre son solo bromas de mal gusto, o bien un modo fácil de mantenerlos alejados en un punto de la ciudad para cometer una fechoría en el opuesto sin temor a las sorpresas. Aun así, y a falta de nada mejor que hacer esa mañana, decide acudir a la cita.</p>
<p>          Acompañados por un equipo de especialistas en no descomponer el gesto ante cualquier barrabasada, el inspector Cardeñoso y su ayudante emplean poco tiempo en llegar al lugar que el soplón, amablemente, les ha indicado con todo lujo de detalles. «Continúe hasta el kilómetro 76 en dirección sureste. Tome el camino de la derecha hacia Rancho Nuevo y enseguidita verá el reguero de sangre. Cruzando la cerca de alambre no más».</p>
<p>          En efecto, lo que queda de María Sagrario yace entre las hierbas hastiadas de sol, con la camisa desgarrada y la falda maltrecha, sin zapatos y sin medias y la melena rojiza hecha una verdadera pena. La tierra ha succionado con avidez la sangre de la víctima, a la que no debe quedarle ni una sola gota, tan blanca y demudada se la percibe, con los ojos fijos en el cielo sin nubes.</p>
<p>          La visión es espantosa. La herida de la cintura la ha seccionado casi en dos pedazos. De hecho, cuando intentan levantar el cadáver, está a punto de desbaratársele entre las manos. Sánchez se permite encontrarle las ventajas. «Así es más fácil de transportar: encaja en cualquier lado».</p>
<p>          Mientras los especialistas rastrean la zona en busca de huellas y Sebastián López examina de cerca las marcas en tobillos y muñecas y recolecta las hierbas y frutillos que se enredan sutilmente en la cabellera y que no se corresponden con la vegetación de la zona («qué observador que soy: me merezco una medalla»), Severino Cardeñoso se entretiene en reparar los trocitos de dedos que el agresor, o los agresores, que es la hipótesis más plausible dada la variedad de objetos que han debido componer el arsenal del crimen, ha dejado hábilmente dispuestos sobre un montículo de piedrecitas en gesto obsceno. «Tu puta madre», piensa. Y luego, consciente de lo irreverente de sus palabras, pide perdón y guarda las falanges en una bolsa de plástico que etiqueta con tinta indeleble.</p>
<p>          El inspector aún espera que su menguado auditorio atienda a sus palabras como es debido. «Las marcas de las ruedas se detienen aquí. Son de un todoterreno. Nadie en sus cabales metería un deportivo por esta escombrera. Luego la remolcaron hasta este punto. Pero aún venía medio viva, la desgraciada, pues se alterna el surco de unas piernas que se arrastran con pasos que María Sagrario consiguió dar por sí misma».</p>
<p>          En efecto, las huellas de unos pies descalzos denotan que la muchacha venía consciente, aunque cuidadosamente apaleada con experta mano. «Ya entonces traería roto el pómulo, y dislocado el hombro, y las manos atadas». «Sin embargo», observa Sebastián, que se las ve y se las desea para hacer méritos ante su jefe y afianzar su puesto en el cuerpo, «no hemos encontrado cuerda ni cinta que las sujete». «¿Qué falta hacía, maricón? Una vez que la despedazaron a sablazos, no iba a oponer mucha resistencia la desgraciada».</p>
<p>          En la finca, que es más desierto que pradera, empieza a hacer un calor insoportable. «Si no queremos que combustione el cuerpo o estos rastrojos sirvan de mecha, será mejor que nos la llevemos». «Por supuesto», asiente Sánchez mientras numera las piezas del puzzle y comprueba que le faltan los lóbulos de las orejas y un dedo meñique y varias uñas. Además, González se queja del papel de espantapájaros que le han encomendado, dos horas haciendo aspavientos para amilanar zopilotes y gallinazos convocados al olor de la carroña.</p>
<p>          Los restos de María Sagrario fueron finalmente trasladados como Dios les dio a entender. Por mucho que se esforzaron en devolverla con cierta dignidad, la que fuera hermosa joven de piel morena y ojos grises y cabellera ondulada, y seguramente futuro prometedor, al punto se dividió en tres trozos, lo que, por otra parte, para satisfacción de Sánchez, la hizo más manejable. Sebastián contenía a duras penas las arcadas tomando las notas pertinentes con pulso tembloroso. En lo que era trabajo de campo sí que flaqueaba de modo alarmante.</p>
<p>          «Al final te acostumbras», le decía Severino, e intentaba aleccionarlo de cuantas barbaridades llevaba vistas y vividas. Y, cuando el tiempo se lo permitía, lo sentaba ante montones de expedientes de crímenes sin resolver, todas mujeres jóvenes, solteras y hermosísimas; todas sometidas a vejaciones sin nombre; todas mancilladas y despedazadas de los modos más inverosímiles y originales. Sin embargo, hasta ahora nadie había muerto de manera tan anacrónica.</p>
<p>          En efecto, Severino Cardeñoso sacó a relucir su sabiduría ancestral y enumeró cada herida asociándola a su arma correspondiente, lo que le ofreció la oportunidad de dar una lección magistralmente histórica sobre estoques, tizonas, floretes y katanas para luego pasar a mazas, garrotes y cachiporras, que, a su sabio entender, era el elenco de instrumentos de tortura empleados en el cuasi descuartizamiento. «Parecen sacados de un museo medieval». Pero, a lo que sabían, no existía exposición de tales características en toditito Méjico. «Como no hayan rescatado los pertrechos de Hernán Cortés&#8230;»</p>
<p>          En cualquier caso, a lo que Severino Cardeñoso no lograba dar explicación era a la fuerza descomunal que se habría precisado para partir en dos a un sujeto en pleno descampado. Y, como tenía ganas de guasearse del desgraciado de Sebastián López, simple y pusilánime para los quehaceres diarios de Ciudad Juárez que mejor se criara en un barrio sibarita de París, rescató como posible conjetura la tantas veces esgrimida ante las narices de los novatos «teoría de los gigantes de Teotihuacán, que se da por cierta en los círculos más prestigiosos de la parasicología y otras ciencias afines, según la cual alguno de esos hombretones míticos habrá quedado atravesado en el desierto, a salvo del diluvio y del ataque masivo de los jaguares con que supuestamente se extinguieron».</p>
<p>          «Pero, si algún quinametzin quedara perdido», apostilló el crédulo de Sebastián, al que no le hubiera importado en absoluto darse de bruces con alguno de ellos, fantaseando como andaba sobre el tamaño de cada una de sus partes, «¿no le hubiera resultado más útil utilizar las armas de los atlantes de Tula?». Pues a la cabeza se le vino la imagen de las misteriosas pistolas de rayos que blandían dichas esculturas, acompañadas de escudo magnético protector y casco espacial de forma semicuadrada con que, al parecer, se tocan tales monstruos para las ocasiones. Y este sacrificio humano, si como tal podía considerarse, era toda una ocasión. «He hablado de gigantes, muerdealmohadas, no de extraterrestres. ¿Quién se iba a creer esa patraña? ¿Cómo vamos a achacar la desdichada muerte de María Sagrario a los ocupantes verdes de una nave espacial venida de una galaxia muy, muy lejana?».</p>
<p>          Mientras Sánchez y su cohorte de especialistas aguantan la risa, Sebastián López, al que le han encargado la ingrata tarea de comunicar a la familia el descubrimiento del execrable crimen, así como las hipótesis de resolución en las que se está trabajando, aunque, ahora que lo piensa, no es ninguna, tartamudea y se devana los sesos cavilando el modo más verosímil de ofrecerles la teoría del gigante trasnochado que quizás se refugie en la cercana cueva de Coyame, donde, a modo del Vulcano europeo, se habrá dedicado a la orfebrería y la metalurgia y fabricado sus propias espadas y espetones. «De ahí los mandobles propinados a la víctima y las dimensiones absurdas del descalabro». Y entonces, en gesto teatral, descubriría la sábana que oculta hasta el momento los restos de la pobre María Sagrario y se daría a calmar el dolor de unos padres destrozados que no entienden cómo han llegado a este punto sin retorno en una vida ya de por sí llena de desgracias y sinsabores.</p>
<p>          Sebastián, cumplida su tarea, vuelve al despacho de Cardeñoso, que anda en una timba improvisada con el resto del equipo. «¿Cómo ha ido?». «Como es de esperar en estas cuestiones». Y aguarda con paciencia a que termine la mano para preguntar al jefe por el siguiente paso del procedimiento. «Está claro: caso cerrado. ¿O te vas a ir a buscar al gigantito de marras y a preguntarle qué le incomodó de la muchacha para ensañarse de modo tan poco caballeroso?». «Además», se entromete Sánchez, «nadie de los de acá hablamos <em>giganto</em>».</p>
<p>          Sebastián sigue escuchando las carcajadas junto a la máquina de café. «El palurdo aún no se ha enterado de en qué consiste este oficio».</p>
<p>          Sebastián López no da crédito a lo que oye. Tampoco a lo que ve, ese cúmulo de piltrafas fotografiadas, esa representación inhumana de vejaciones sin nombre y esos despedazamientos originales e inverosímiles de los que nadie se compadece. Ahora entiende por qué no existen superhéroes mejicanos. Ni héroes siquiera si quitamos lo de Guadalupe Victoria.</p>
<p>          Desde la habitación donde Severino Cardeñoso despluma a la brigada de homicidios, ocultando la desvergüenza tras el humo de los cigarros, la cuadrilla vigila atentamente las evoluciones de la triste figura de Sebastián López, cómo deja la placa sobre la mesa junto a la puerta y la dimisión en su propio escritorio, del que se despide con una ligera inclinación de cabeza que igual puede significar «me alegro de verla, señorita» que «mi más sentido pésame, grandísimo hijo de puta«. A estas alturas ya qué más da. «Adiós, degenerados». Y la espalda vencida del ex ayudante, en fundido en negro, desaparece dramáticamente como en una película de gángters.</p>
<p>          «Será menso».</p>
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		<title>96- El flechazo. Por Horacio Oliveira</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jul 2011 19:56:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[Unas semanas antes de emprender este raudo viaje, viaje que, como todos los periodos de tiempo cortos donde la ansiedad hace mella con su presencia, acaba convirtiéndose en un trayecto insoportablemente eterno, ya había perdido por completo las fuerzas para seguir arrastrando el lastre en el que consistía mi vida. Agotada [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Unas semanas antes de emprender este raudo viaje, viaje que, como todos los periodos de tiempo cortos donde la ansiedad hace mella con su presencia, acaba convirtiéndose en un trayecto insoportablemente eterno, ya había perdido por completo las fuerzas para seguir arrastrando el lastre en el que consistía mi vida.<span id="more-737"></span> Agotada por el peso de los días, los meses de soledad, la tristeza de aquellas paredes teñidas de vacío y toda la casa impregnada de melancolía, ya tenía tomada la decisión de poner fin a mi existencia. Los óleos del pasillo me susurraban  la dirección que había de tomar, pero no el vehículo en el cual dirigirme, el medio con el que acercarme a ella. Pensaba las posibles opciones con las que ejecutar mi acción. ¿Lanzarme al vacío? No era la manera más idónea, y menos viviendo en un cuarto piso; probablemente el golpe sería mortal, pero ¿y si no lo fuese? Mi sufrimiento acabaría con una situación posterior insostenible de la que jamás escaparía sin ayuda. ¿Cortarme las venas con un afilado cuchillo? Carezco del valor suficiente. Una simple extracción de sangre me provoca mareos, así que sólo pensar en el cajón de los cubiertos, el crujir de la piel, la herida abierta brotando ese líquido denso y templado&#8230; ¡Dios, se me nubla la vista!&#8230; Ingerir medicamentos era otra opción, mas nunca he estado enferma; sólo algún constipado, alguna fiebre y quizá alguna mala digestión por haber comido más de lo habitual, o algo en mal estado. Desesperada, me senté frente al ordenador, dispuesta a encontrar algo letal que poder adquirir en la farmacia más cercana. […]</p>
<p>Aún no sé cómo sucedió, ni qué extraña fuerza me llevó de una página a otra, de una noticia a una web, de un blog a un foro, de un vínculo a otro vínculo, y sin más ya estaba allí, delante de su foto, sin apenas escuchar el susurro cartilaginoso de aquellos óleos polvorientos del pasillo; y su foto fija en mí tras el cristal del destino, parecía decirme algo en un lenguaje cifrado, un lenguaje de signos imposible de entender, un idioma que sólo aquél que alguna vez se ha sentado frente a una pantalla de cristal líquido, y se asoma a esa maravillosa ventana, podría entender y entiende qué significa el poder de una mirada. Y yo saltando de vínculo en noticia, de blog en ventana, de página en foro, hasta acabar posada en sus ojos negros, ojos letales que, como un veneno, a partir de ese instante, se han tatuado dentro de mi pecho convirtiéndose en puntal de mi existencia.</p>
<p>Ansiosa, como necesitada de su aliento, busqué cualquier referencia a ese ángel caído del cielo en tan extraño momento de mi vida, y mostrado ante mí para ser mi salvación. Comencé a indagar todo lo que le concernía y, en cuestión de minutos, empezó a importarme únicamente lo suyo, al mismo tiempo que, como una daga, se iban hundiendo en mi costado y en mi corazón sus grandes ojos, su pelo negro, su mirada dulce y tierna pero a la vez protectora, y su cuerpo bien definido, fuerte y elegante.</p>
<p><em>- ¿Dónde habías estado toda mi vida, tesoro mío? Por fin he dado contigo. César, tu nombre es César&#8230;  ahora podré ir a tu encuentro. Sólo he de localizar exactamente dónde estás y nada podrá separarnos. Nada. Ya no temo ni a la misma muerte. Así tenga que pasar día y noche perdiendo las uñas en este teclado, así se me vayan los días y las noches para encontrarte&#8230; pero iré en tu busca</em>.</p>
<p>Dos días pasé hasta localizar todos los datos correctos, porque suele suceder que, cuanto mayor es el empeño en realizar búsquedas complejas, peores son los resultados; las páginas estaban obsoletas por dejadez en las actualizaciones, los teléfonos de contactos no eran correctos, el mail no correspondía a ningún correo existente y, a todo esto, mi sensación era de total desconsuelo y aumentaba por momentos. Hasta que comenzó a brillar el sol por un pequeño resquicio: el teléfono sonó inesperadamente, comencé a hilarlo todo, recibí la dirección nueva equivalente a la antigua que aparecía en la página ya visitada, y el rompecabezas empezó a tomar forma. Ya sólo restaba poner fecha de  salida y comprar el billete. Partiendo bien temprano el día dispuesto, en tres o cuatro horas, a lo sumo, estaría allí, y después&#8230; sólo sería cuestión de llegar hasta el punto de encuentro.</p>
<p>En realidad no voy a aprender nunca, esto no deja de ser otro disparate más para mi colección de chifladuras. Aunque, pensándolo bien, ¿irresponsable por qué? ¿Porque hago caso de mi corazón y he desechado la idea del suicidio? César, sólo sé que tu existencia ha sido puro sufrimiento, y que estamos hechos el uno para el otro. Si por ir en busca de mi destino soy una loca temeraria, que me encierren por ello. Ambos hemos padecido, y sabremos entendernos tan sólo con mirarnos a los ojos. Y en los tuyos, como en los míos, está escrito el dolor del abandono.</p>
<p>El viaje sigue haciéndose eterno, inacabable; por los cristales parece que los árboles apenas se mueven, o soy yo misma, que perdiendo la vista en el infinito, me quedo completamente ausente del entorno. Un libro me hace compañía en el transcurso del viaje, repleto de pequeñas historias, sencillas y amenas, fáciles de leer y que en cualquier momento puedes dejar de hacerlo sin perder la concentración de todo un argumento. Entre sus páginas llevo la foto de César que obtuve de internet, y que de tanto tocarla, mirarla, guardarla, volverla a coger y ponerla de nuevo entre las hojas, la tengo arrugada por las esquinas. Se ha renovado en mi interior un sentimiento que no recordaba desde años ha, una explosión en el pecho, un torbellino que me ahoga, un maremoto que sube y que baja desde el estómago a la boca y parece que fuese a asfixiarme. Parezco una quinceañera. ¿Qué me está sucediendo? No puede ser. Es imposible. Demasiadas emociones para mí. Y muy pronto estaré junto a César. Si ahora me encuentro de esta forma, ¿qué sucederá cuando estemos frente a frente? Mejor no pensarlo.</p>
<p>Antes, los viajes en tren tenían más encanto, todo era más lento. Se degustaban los paisajes tal que platos de comida casera, como cuando íbamos al pueblo a ver a los tíos, y la abuela nos preparaba aquel cordero con guisantes que sólo ella sabía cocinar. Ahora todo va deprisa, los árboles van deprisa, el horizonte va deprisa, mi corazón va deprisa… ¡Qué estoy haciendo, Señor! Me aventuro hacia lo desconocido, voy en pos de un sueño, una quimera, un deseo tal vez hecho realidad. Tal vez. Sólo un sueño tal vez, sólo un deseo. Sólo tal vez…</p>
<p>&#8230;</p>
<p>- Buenas tardes</p>
<p>- Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?</p>
<p>- Hola&#8230; soy Fátima González&#8230; hablé por teléfono con Charo acerca de César y&#8230;</p>
<p>- &#8230; ¡Sí, yo soy Charo! Pasa Fátima, ¡no te quedes ahí! Sígueme hasta el recibidor. Sólo tendrás que esperar un instante mientras llega “tu adorado flechazo”.</p>
<p>Los minutos parecen horas en el reloj de Fátima, sentada, temblorosa, con las manos heladas y los labios resecos. Mira a todas partes queriendo descubrir alguna respuesta, algún indicio a tanta demora, pero no hay tal tardanza; la inquietud le destempla aún más los nervios y su único deseo es que, por fin, se produzca el encuentro. Mientras mira la foto que la ha acompañado durante todo el viaje, no percibe la presencia de un señor alto y fuerte, con la piel tostada por el sol, al que acompaña César. Sus ojos rebosan de alegría y caen perlas cristalinas por su rostro.</p>
<p>- ¡César, mi vida!</p>
<p>Entre ambos es suficiente una mirada. César corre hacia Fátima como si la conociese de toda la vida. Ella emocionada sólo sabe abrir los brazos para esperarle, y en ese mágico instante donde lo imposible se hace posible, César, de un salto tira al suelo a la pobre Fátima, enjugando a base de lametones las lágrimas de su cara.</p>
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		<title>El 15-julio-2011 termina el plazo de envío de originales.</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jul 2011 00:16:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras la advertencia de algunos concursantes, hemos comprobado que la la página de las BASES, y por un error, se especifica la fecha de finalización del plazo de entrega de originales como el 15 de julio en vez del día 5 que era la fecha original que se anunció en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tras la advertencia de algunos concursantes, hemos comprobado que la la página de las BASES, y por un error, se especifica la fecha de finalización del plazo de entrega de originales como el <strong>15 de julio </strong>en vez del día 5 que era la fecha original que se anunció en la convocatoria del certamen.</p>
<p>Este error ha sido replicado por otras páginas de internet multiplicandolo la duplicidad de fechas en el conjunto de  la Red. Como ejemplos dejamos los  siguientes:</p>
<p><a href="http://psiqueactiva.almianos.net/concursos/201106/viii-certamen-de-narrativa-breve-asociaci%C3%B3n-canal-literatura">http://psiqueactiva.almianos.net/concursos/201106/viii-certamen-de-narrativa-breve-asociaci%C3%B3n-canal-literatura</a></p>
<p><a href="http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literarios/4698-viii-certamen-de-narrativa-breve-canal-literatura">http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literarios/4698-viii-certamen-de-narrativa-breve-canal-literatura</a>-</p>
<p>Por tanto, dependiendo de la página de información que haya utilizado cada concursante, ha tenido en cuenta una u otra fecha.<br />
Con la intención de enmendar este error involuntario, la Asociación Canal Literatura ha decidido <strong>ampliar el plazo hasta el 15 de julio</strong> y procurar así que nadie se sienta perjudicado.</p>
<p> Aprovechamos  también la ocasión para pedir disculpas a todos nuestros usuarios.</p>
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		<title>95-Tres colores. Por Gretel</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jul 2011 13:13:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Finalistas del Jurado]]></category>
		<category><![CDATA[Ganadores]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[A nuestras dos Emilias   Tuvo una idea extraña: se le antojó que habían pinchado el sol y que su jugo cárdeno había incendiado los edificios. Fascinada por la imagen de Madrid aullando en llamas rojas y amarillas, no se dio cuenta de que se había quedado sola en la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>A nuestras dos Emilias</em></p>
<p style="text-align: right;"> </p>
<p>Tuvo una idea extraña: se le antojó que habían pinchado el sol y que su jugo cárdeno había incendiado los edificios. Fascinada por la imagen de Madrid aullando en llamas rojas y amarillas, no se dio cuenta de que se había quedado sola en la azotea. Una monja se le acercó y le tocó el brazo.<span id="more-722"></span></p>
<p>            —¡Emilia, vamos! Hay que prepararse ya.</p>
<p>            Vio las lenguas de fuego reflejadas en los ojos temblorosos de la hermana y, de pronto, sintió un miedo lejano que le subía desde el vientre, la misma inquietud que la desazonaba cuando a la hora de comer escuchaba lecturas de castigos bíblicos. Era el del granizo ardiendo sobre Egipto el que ahora rebotaba en su mente—Yahvé de voz tronante, fuego sobre la piedra— mientras bajaba las escaleras de caracol y pasaba junto a la puerta del dormitorio.</p>
<p>            —¿Hay que prepararse? —repitió la niña.</p>
<p>            —Ay, mi niña, siempre en las nubes. Vienen a por nosotras. ¿No lo ves?</p>
<p>            Cambiar otra vez de lugar, ahora que estaba en este que le gustaba, aunque solo fuera porque podía dormir sin que el hambre le devorara las tripas.</p>
<p>            —¿Y adónde vamos?</p>
<p>            —Dios dirá, hija.</p>
<p>            De la mano de la hermana Luisa, llegó al rellano en el momento en que se desvanecía el olor áspero a ladrillo quemado. Aún tuvo tiempo para guardarlo en su álbum de olores. A cada uno le daba un nombre. “Nieve de fresa” era su favorito. Lo había catalogado la mañana en que salió de su pueblecito de la montaña. “Ve con estos señores, Emilia”, le había dicho su madre con la sonrisa en la boca y la congoja en los ojos. “Son amigos de tu padre”, amigos de aquel cuerpo grande y verde, del que sólo recordaba la enorme capa y el gorro de charol: capa de noche y sombrero de cuchillos. Cuando salió a la “nieve de fresa”, supo, desde el fondo de sus seis años, que su madre se había despedido de ella con la contención de un último adiós. Tal vez lo había intuido porque su mamá había evitado los abrazos, lo besos y las caricias; o tal vez porque, al despertarla, había encerrado en su mano un trocito tela, una suave cinta de colores. Emilia entendió que debía guardarla como el mayor de los tesoros, como un secreto que sólo a ella le había sido confiado. Ya en la calle, tuvo ganas de llorar, pero el rostro de bronce de aquellos hombres la obligó a sorber lágrimas y mocos. Se sintió entonces una heroína, como en los cuentos que su madre le susurraba bajo las mantas, cuando las palabras se hacían caramelo y podía dejarlas en la boca hasta que se deshicieran —“recuerda, Emilia: cuando tengas miedo, cierra los ojos y cuenta hasta tres”—. </p>
<p>            Se alegraba ahora de ir de la mano de la hermana Luisa. Ella, la más dulce de cuantas allí las cuidaban, era un cojín de plumas. A veces se le ocurría que Luisa y la madre Dolores eran la misma persona del revés, como si le das la vuelta a un calcetín y entonces pica y se te clavan las costuras. Si la hermana Luisa tenía cara de bollo de nata, la superiora era un sello viejo.</p>
<p>            —Venga, corre, ponte con las demás —la apremiaba Luisa.</p>
<p>            Se unió a las demás niñas, a su silencio de miradas aturdidas. Precipitada y pálida, la madre Dolores se ajustaba una y otra vez su rebeca gris sobre el pecho, como si nunca consiguiera que la arropara enteramente. A Emilia le recordó a un flan que se despereza al caer de su molde y sonrió.</p>
<p>            —A ver, niñas —empezó a hablar la superiora—, os lo diré sin rodeos: tenemos que salir de aquí. Nada de lágrimas; orden, disciplina y valor —decía con su boca sin labios—. El Señor está con nosotros y nos cuida.</p>
<p>            Llagaron al portón de la entrada. Una monja pegó la oreja a la madera. El silencio se extendió de nuevo con sus dedos de ortiga. Tres golpes sonaron al otro lado. La hermana que auscultaba el vientre de la puerta dio un salto y ahogó un quejido con las manos. Chistaron varias religiosas para sofocar las voces de las niñas.</p>
<p>            —¡Ya están aquí! Salid por el patio. ¡Ya! —susurró la madre Dolores—.Yo me quedó.</p>
<p>            Nadie se movió. Las miradas de las treinta pequeñas iban de la superiora a las demás religiosas. Emilia metió las manos en los bolsillos de su falda gris y supo que algo le faltaba.</p>
<p>            —¡Abran la puerta! —se oyó una voz de acero varonil.</p>
<p>            —¡Vamos, vamos! —insistió Dolores.</p>
<p>            —¡Abajo la puerta!</p>
<p>            Se oyó al otro lado un repique creciente de voces y golpes de hierro. Las mujeres no hacían sino mirar la puerta, como si con sus ojos pudieran contener el tambor de furia sobre la madera.</p>
<p>            —¡Abajo el clero!</p>
<p>            Y esa voz fue el primer trueno de una tormenta de gritos y puños. El portón adelgazó hasta ser hoja seca: se tambaleaba, vibraba, temblaba, crujían los herrajes de los goznes. Como si de un eco se tratara, las voces de las niñas rompieron en un estallido de cristales rotos. Emilia recorría el suelo con los ojos rebuscando entre los zapatos negros.</p>
<p>Un disparo resquebrajó la madera.</p>
<p>            —¡Vamos, niñas, vamos! —reaccionó al fin la hermana Luisa.</p>
<p>Aún pudo ver Emilia, antes de abandonar el vestíbulo, a la madre Dolores frente al portón: parecía un palo de lana rasa.</p>
<p>            Con el hábito atropellado entre los pies y el suelo, las monjas guiaron a las pequeñas por los pasillos de techos altos. Las baldosas negras y blancas se sucedían bajo los pies de Emilia, lo que le recordó las tardes de sábado en que se entretenía en contar cuántas había de cada color. Le gustaba imaginar que tenía un cuentagotas mágico, capaz de trastocar los colores. Así, pintaba el suelo de aquel pasillo de verde, rojo, amarillo, rosa y azul, hasta convertirlo en lo que ella llamaba el “prado de los colores”. Ahora pensaba que sus pisadas, las de todas ellas, asolaban su pradera como lluvia de sal.</p>
<p>Tras de ellas, oyeron el crujido de la rabia haciendo brecha en la madera.</p>
<p>            Abriéndose paso entre las demás niñas, Emilia alcanzó a la hermana Luisa al tiempo en que pasaban por la puerta de la cocina. Tiró de su hábito hasta que la moja bajó la vista.</p>
<p>            —¿Qué quieres, Emilia?</p>
<p>            —Hermana, que se me ha olvidado una cosa muy importante.</p>
<p>Encararon otro pasillo. Al fondo se veía la puerta de hierro que daba al patio.</p>
<p>            —¿Qué?</p>
<p>            —Eso, que tengo que volver a subir dormitorio.</p>
<p>La hermana Luisa buscaba la llave en un manojo tintineante.</p>
<p>            —¿Cómo, Emilia? No, ya no. Venga, vamos.</p>
<p>            El metal tanteando la cerradura roía la quietud de la espera.</p>
<p>            —Pero, hermana Luisa, es que yo…</p>
<p>            —¡Basta! He dicho que no.</p>
<p>            Los labios de la monja se apretaban como si fueran una réplica de la cerradura, hasta que una leve sonrisa asomó a ellos al ceder el pestillo.</p>
<p>            Salió primero Luisa y tras ella fueron pasando las niñas bajo la vigilancia de las demás monjas, pero Emilia se quedó quieta y, como rechazada por el viento que las impulsaba a todas, sus pasitos la llevaron a arrinconarse detrás de la puerta abierta.</p>
<p>            —Ya están todas.</p>
<p>            Oyó que decía una de las religiosas; después, el portazo metálico; luego, la espesura del silencio. Se quedó quieta, sintiendo el fuelle de su respiración. Cerró los ojos, tomó aire y echó a correr. Acosada por el eco de sus propios pasos, llegó a la escalera de caracol. Se detuvo en el primer escalón y se llevó la mano al pecho, como si intentara retener el corazón dentro de su cajita de huesos. Se lanzó escaleras arriba. Cuando abrió la puerta del dormitorio, le llegó el olor  áspero a ladrillo quemado. Pensó fugazmente que aún no le había dado un nombre para su álbum de los olores. Al otro lado de las ventanas, el humo llamaba a los cristales con su mano negra. Hacía calor, el aire se consumía a sí mismo. Emilia llegó hasta su cama. Levantó la almohada. Ahí estaba su pequeño lienzo. Se sentó en el colchón y se quedó mirándolo; no había perdido su brillo ni su tacto suave. Lo agarró fuertemente, como si pudiera cosérselo a la palma de la mano. Notó la camiseta pegada a la espalda, respiraba su propio sudor. De nuevo cerró los ojos, se puso en pie y echó a correr. Giraba por las escaleras de caracol envuelta en un torbellino. Aún tenía tiempo para llegar al patio, salir a la calle y alcanzar a las demás. Bajó los tres últimos escalones de un salto.</p>
<p>            —¿Y ésta?</p>
<p>            Frente a ella, cinco hombres de bronce la miraban con ojos de piedra. Dos de ellos sujetaban a la madre Dolores por los brazos. Parecía entre ellos un viejo muñeco de trapo. El humo de las antorchas manoseaba el techo blanco.</p>
<p>            —Es una niña, solo es una niña —dijo la superiora con la voz quebrada.</p>
<p>            —Una hija de fascistas.</p>
<p>            La pequeña agarró con más fuerza el pedazo de tela. Ahora era el momento de mostrar su valentía, de defender el legado de su madre.</p>
<p>            —Pero, señora —dijo otra voz—, ¿no decía usted que aquí no quedaba nadie?, ¿que esto no era ni convento ni colegio?</p>
<p>            —Solo es una niña, una niña.</p>
<p>            —Ya sabe: los niños son el futuro, señora. Se viene con nosotros… o se queda aquí.</p>
<p>            Una mano agarró a Emilia del brazo. En seguida le vino a la memoria el día en que se la llevaron del pueblo y quiso recuperar el olor de nieve de fresa, pero sólo le llegaba el áspero del ladrillo quemado.</p>
<p>            De pronto, la madre Dolores estalló en un arrebato de furia. Comenzó a gritar, a dar patadas al aire.</p>
<p>            —¡Canallas! —gritaba— ¡Dios os castigará! ¡La niña no! ¡La niña no!</p>
<p>            Emilia empezó igualmente a gritar, a patalear, a berrear como una animal herido.</p>
<p>            —¡Que se callen las dos!</p>
<p>            Alguien le tapó la boca a la niña, pero ella mordió la carne hasta que la sangre tibia le llegó a los labios. Oyó un quejido, se notó libre y echó a correr con todas sus fuerzas. Oía tras de sí la voz de la madre Dolores.</p>
<p>            —¡A la niña no! ¡A ella no!</p>
<p>            Antes de doblar la esquina, creció a su espalda un alboroto de voces y golpes. Al encarar el pasillo del prado de los colores, oyó un disparo.</p>
<p>No paró de correr con su mano bien cerrada. Las baldosas mezclaban el blanco y el negro. Una esquina más y al fin allí, al fondo, estaba la salida al patio. En ese momento, le llegó un eco de botas en el suelo. Alcanzó la puerta y zarandeó el picaporte; estaba cerrada. No miraba atrás, pero oía los pasos acercándose; botas que se agigantaban con cada pisada. Entonces, se quedó quieta. Contuvo las lágrimas que se le mezclaban con el sudor en una pasta salada. A su espalda, un gigante de barba roja estiraba el brazo hacia ella. Posó la mano sin fuerza sobre el picaporte; cerró los ojos. Olía el sudor pegajoso del jayán desdentado, su aliento de huevo podrido, sus manos peludas. Con los ojos cerrados, contó hasta tres; un gruñido le rasgaba la nuca;  movió hacia abajo la mano. El pestillo cedió y la puerta se abrió.</p>
<p>            —¡Emilia, hija!</p>
<p>            La sonrisa de nata de la hermana Luisa la recibió al otro lado.</p>
<p>            Ya en la calle, Emilia abrió la mano y contempló una vez más su pedazo de tela brillante y suave. La imagen que ahora miraba, la del convento ardiendo al atardecer, repetía los mismos colores de su banderita: el morado del crepúsculo, el rojo del fuego y el amarillo de las llamas. Y así se le ocurrió el nombre para el nuevo olor de su álbum: tres colores.</p>
<p>            En Madrid, el cielo era un lento suspiro cárdeno.</p>
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		<title>94-Estación de destino. Por Serabat</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jul 2011 13:08:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El tren apareció de repente, como parido por el oscuro vientre del túnel, y con precisión inaudita le ofreció, tentadora, una de sus puertas rebosantes de luz. A aquella hora  los vagones ofrecían aún  la imagen desolada de las altas horas de la madrugada, pero algo en el ambiente ya [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El tren apareció de repente, como parido por el oscuro vientre del túnel, y con precisión inaudita le ofreció, tentadora, una de sus puertas rebosantes de luz.</p>
<p>A aquella hora  los vagones ofrecían aún  la imagen desolada de las altas horas de la madrugada, pero algo en el ambiente ya anunciaba las oleadas de humanidad somnolienta que desde los confines de la periferia de la gran urbe se aproximaban en ese momento y que, siguiendo la rutina cotidiana, se hacinarían en breve en el espacio reducido que ahora se ofrecía a su vista.<span id="more-716"></span> Una fuerte impresión de irrealidad le asaltó de repente, cuando el resoplido neumático de las puertas al abrirse le permitió adentrarse en el vagón. Justo antes de elegir uno de los asientos –asépticos, funcionales– que se ofrecían a su antojo, una ojeada precavida le anunció la presencia de un par de pasajeros que dormitaban al fondo del recinto. Eligió uno de los sitios próximos a la portezuela que comunicaba con el vagón anterior, a su derecha. Desde él podía contemplar a placer los pasajeros que se irían incorporando al tren en las sucesivas estaciones. Siempre que podía elegía uno de esos asientos.</p>
<p>Era el final de una noche singular y a la vez el comienzo de lo que se prometía un día más en la rutina laboral. Desde que, hacía ya un par de años, decidió separase de su mujer su vida había dado un giro importante, pero no radical.  Había dejado atrás 12 años de matrimonio más llenos de rutina que de desencuentros, y dos hijos –la parejita– que inevitablemente  se encontraban bajo la custodia de ella, viviendo en la casa familiar. La decisión no le había resultado fácil. El salto desde la comodidad de lo ya trillado a un mundo lleno de incertidumbres, en el que temía no encajar en absoluto pero que le fascinaba, le imponía. Ni siquiera, y a pesar de las sospechas de todos sus compañeros de trabajo, contaba con una nueva pareja que le hubiera hecho infinitamente más llevadera la transición. No, simplemente había llegado a ese punto crítico, entorno a la cuarentena, en la que empezaba a sentir que ya nada iba a ser lo que de joven había soñado. Simplemente había descubierto con hastío que lo que se le ofrecía en el futuro era una monotonía predecible –y por tanto tremendamente aburrida– hacia una vejez incierta pero, en cualquier caso, vacía…</p>
<p>La secuencia de estaciones, que se conocía al dedillo desde pequeño, iba desfilando ante él, con monótona regularidad. Lentamente los vagones se iban llenando de personajes variopintos, pero aún se podían acomodar en los asientos disponibles. Desde su posición privilegiada también controlaba lo que sucedía en el vagón contiguo. Faltaba una estación para la que había sido durante años su vínculo con el mundo cotidiano.</p>
<p>Aún recordaba la aséptica reacción de su esposa cuando le comunicó su decisión. “Tus hijos nunca han tenido un padre como es debido y cuando te vayas seguirán esperándolo”, le había espetado sin ninguna muestra de pesar. Sin embargo, debía reconocer que ella le había allanado el camino. Esto le producía una mezcla de sentimientos contradictorios que todavía no conseguía digerir. La promesa de que cuando su padre  se mudase tendrían algunas de aquellas cosas que siempre les había negado – sobre todo el perrito– había obrado sus efectos…</p>
<p>Ahora el tren se detenía en su estación antigua. Era aproximadamente la hora en que acostumbraba él mismo a esperar en el andén cada mañana. Ya se había  dado cuenta de que en su nueva vida dedicaba una hora más al desplazamiento cotidiano. Alguien le había dicho una vez que el precio de los pisos, aun los alquilados, seguía una dependencia aproximadamente  inversa respecto a la distancia al centro –al doble de distancia el precio disminuía a la mitad –lo que  confería a la especulación inmobiliaria un carácter casi de ley natural (la gravedad, como otras muchas fuerzas, dependía del cuadrado de la distancia porque se propagaba en la tres dimensiones, le había aclarado su mentor, versado en ciencias, para su perplejidad). Ahora que el centro se encontraba casi deshabitado, pensaba él no sin bastante ingenuidad, quizás esa ley cambiase. En cualquier caso sus nuevas condiciones económicas, sensiblemente mermadas por la pensión de manutención que le había impuesto el juez, sólo le habían permitido el pisucho que ahora habitaba. Eso sí, lo había encontrado en la misma línea de metro que le llevaba directo al trabajo –en esto no funcionaban las leyes naturales al parecer. Comprobó una vez más la presencia de los personajes habituales que ahora se introducían, con cara somnolienta y de forma casi mecánica, en el tren. Allí estaba ese señor de gabardina verdosa, cartera abultada  y alopecia galopante, la chica (¿se pintaba más ahora?) de expresión aturdida y ojos saltones, el joven de traje azul claro y corte de pelo impecable, y unos cuantos seres más que, en el caso de percibir su presencia, no se habrían extrañado de verle también a él allí ¿Seguían todos ellos la pauta de vida rutinaria que tanto había llegado a odiar con el paso de los años? También, una vez más, notó que los inmigrantes abundaban últimamente en esa parada, algo que muchos de sus conocidos consideraban francamente alarmante.</p>
<p>Al principio no había reparado en ello, pero a través de la ventanilla que comunicaba con el vagón de al lado y que, como el suyo se encontraba ya bastante repleto, reconoció de inmediato el abrigo. Era idéntico al que había usado durante algunos años, al final de su matrimonio, de forma cotidiana. Sólo podía ver, desde su posición privilegiada, la parte trasera del mismo, con sus costuras resaltadas y el cuello peculiar. Su mujer le había advertido varias veces de lo anticuado de su aspecto, pero él se sentía especialmente cómodo y abrigado y no le importaban las modas. A juzgar por  la posición, su portador debía tener más o menos su misma altura. Ahora el personaje se desplazaba hacia el medio del vagón, dejando así visible algo más de su indumentaria. Dudó un momento. Si se levantaba para espiar mejor a su vecino perdería el asiento, y aún faltaban unas cuantas estaciones para la suya. Por otra parte se encontraba tan cansado…</p>
<p>La noche anterior no había sido desde luego aburrida. Las horas de tertulia, alcohol y tabaco –había retomado el vicio como un ritual más de su retorno a la libertad– pasaban ahora factura. Sin embargo la había conocido, a ella. ¿Cómo era posible que la vida le ofreciese de nuevo una posibilidad aparentemente tan tentadora? ¿Dónde se había escondido la gente interesante  de edad parecida a la suya –la llevaba tan sólo siete años– durante la eternidad de su destierro familiar? Tras haber comprobado con cierta mezcla de terror y vergüenza lo lejos que se encontraba de las generaciones posteriores y lo absurdo de su incipiente vampirismo – un par de experiencias tórridas con estudiantes de Universidad que habían acentuado definitivamente la muralla generacional– había reducido su campo de acción de manera notable. Ahora dudaba en suscribir aquella idea que tanto había defendido ante sus conocidos en las tardes de copeo según la cual nos hacemos más intolerantes a los excesos nocturnos  por falta de práctica, no por envejecimiento.</p>
<p>Se frotó los ojos y bostezó llevándose la mano a la boca. Para dar más naturalidad a su acto, ofreció por señas su asiento a una señora regordeta  que a poca distancia  de él, aguantaba estoicamente los empujones involuntarios que en las curvas le propiciaban otros viajeros. Para su sorpresa – llevaba ya mucho tiempo sin practicar esa fórmula de cortesía que le habían enseñado de pequeño –la señora le miró con manifiesta perplejidad e incluso no disimuló la desviación de su mirada en búsqueda de algún otro destinatario de la oferta. Al final accedió, musitó alguna fórmula de agradecimiento ininteligible y se sentó. No sin resistencia y practicando cierto contorsionismo, pudo por fin situarse en la portezuela que miraba al vagón contiguo. Definitivamente era el mismo abrigo. Acababa de reconocer un pequeño remiendo, solo evidente para sus ojos expertos, en la manga izquierda. Notó que su corazón se aceleraba. ¿Qué hacía nadie llevando su viejo abrigo? ¿Lo había dado su mujer como ropa ya usada a alguno de los servicios de recogida? Ahora también podía ver los pantalones y los zapatos… ¿Cómo era posible, también se había desecho de ellos o simplemente era coincidencia que también fuera idénticos a unos que tenía por entonces? Estiró el cuello en un intento desesperado de identificar al portador de tamaña herencia. El brazo levantado hacia la barra de sujeción le ocultaba el rostro. Sólo pudo comprobar que era moreno, como él.</p>
<p>En ese momento, el tren se detuvo. Era la estación justo anterior a la suya. El nerviosismo, seguramente acentuado por su estado resacoso, le nublaba la mente. ¿Qué tenía que hacer? ¿Salir al andén para abordar el otro vagón y así poder ver de una vez por todas al intruso? ¿Qué le diría?, ¿Que cómo osaba llevar su ropa, esperar en el mismo andén que él, a la misma hora….? De repente tuvo un presentimiento. Le sobrevino como una revelación, como si el mismísimo Moisés se hubiera molestado en abrir de un golpe certero las viscosas aguas de sus hemisferios cerebrales.  Supo que él también se iba a apear en la estación próxima. Paralizado como estaba no intentó ni siquiera preparase para la inminente salida del vagón.  El usurpador bajó el brazo y se desplazó hasta la puerta que le pillaba más a mano. Ahora sí podía ver el perfil de su cara. La cara…</p>
<p>        –        Billetes por favor…</p>
<p>La mano del revisor se tendía hacia él, a la altura de su cara, el pulgar estirado, prensil, listo para recibir la mercancía que reclamaba. Se había sobresaltado, y casi pega un bote en su asiento. Cierta rigidez del cuello  le confirmó su caída involuntaria en brazos de Morfeo. Mientras hurgaba en el bolsillo de su cazadora miró al andén. Era la estación del centro comercial donde a veces iba con la familia a saciar las ansias consumistas, bastantes paradas más allá de la de su trabajo. ¿No habían cambiado el formato de las placas de ese tramo de la línea hacía ya más de un año?</p>
<p>Y allí estaba ella, su ex, con los niños. Había alguien más a su lado, un hombre. La niña, la pequeña, se volvió en ese momento y le miró. Su cara reflejó, con la transparencia de las caras infantiles, un tremendo asombro. Tiró del brazo del hombre, o más bien del de su abrigo obsoleto. Y éste se giró hacia él. Por fin veía su rostro…</p>
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		<title>93- El Último Hombre. Por Alexander Spierig</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jul 2011 13:03:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Friedrich Nietzsche   Jean Paul Florit tiene los pies mojados y llenos de sangre. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer</em><em>.</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Friedrich Nietzsche</em><em></em></p>
<p style="text-align: right;"> </p>
<p>Jean Paul Florit tiene los pies mojados y llenos de sangre. Las ampollas se le han reventado de tanto caminar y le han dejado la piel en carne viva.<span id="more-711"></span> Está exhausto pero demasiado ansioso para poder dormir. Tampoco hay tiempo para hacerlo. La pequeña habitación en la que ha sido alojado no tiene ventanas y debe asomarse a la puerta para poder respirar. Los días de insomnio acompañados por el denso olor del “Néctar” comienzan a enloquecerlo. Su cuerpo, artificialmente excitado, late con un hormigueo punzante que le hace arder la piel.</p>
<p>El guía no lo ha acompañado, al concluir el traslado lo entregó frente a las puertas del área de hospedaje tal como le habían explicado. Se siente solo. Todas las habitaciones están desiertas, sólo el último grupo espera para ser llevado a “La Boca del Cielo”. Está aterrado, tiene miedo de morir.</p>
<p>La fosa prehistórica está rodeada por árboles gigantes de unos treinta metros. Las enormes estructuras se sujetan a los más altos y antiguos. Cada plataforma de salto tiene un ascensor impulsado por un molino que los Hermanos controlan con poleas y cuerdas. Al dar inicio a los Rituales del Viento, los molinos giran y comienza el ascenso de los Caídos.</p>
<p>Jean Paul espera en la última fila preparada para ascender. Desesperado, intenta controlarse pero ya es demasiado tarde. Olas de un fuego intenso recorren su cuerpo, se siente eufórico y desorientado. El espacio y el tiempo se superponen. La gente baila, canta y grita. Una energía extática se apodera de todos. Piden al Sahib. Siente que abandona su cuerpo y se disuelve en imágenes del pasado. Pero no es sólo el suyo. El momento se acerca. Puede sentir el dolor de todos los hombres y los ve cometer los mismos errores una y otra vez. Es el portador de todas las penas, el mártir de todas las miserias. El peso del mundo está sobre sus hombros, pero ya no está solo. El ascensor ha subido cinco metros. Convertido en profeta también desgarra el velo del futuro. Respira el hedor de la guerra y el crimen. Ya están por venir. Es el verdugo de la inocencia. Suenan las poleas, quince metros. Desde la altura se divisan las grandes cúpulas que esperan en la cima. Lo atormentan el sudor y el roce de los cuerpos. Todo lo que ha sido y lo que nunca pudo ser. Veinte metros. Ya no hay resistencia, que se haga su destino de una vez y para siempre. En el centro, la figura imponente del Sahib observa el ascenso de las masas. En su presencia encuentran la calma y el consuelo. Treinta metros. Las plataformas de salto esperan repletas por su aliento.</p>
<p>- ¡Aquí vuelan los caídos! ¡Aquí son liberados los castigados y oprimidos!- Gritó desquiciado el Sahib &#8211; ¡Éste es el nido de los débiles y derrotados! De quienes lo han perdido todo y no han tenido nada. De los que no aceptan lo que la vida les ofrece ¡y los que nunca han encontrado justicia!- Aún antes de pronunciar las últimas palabras la masa explota enardecida, vociferando desgarrada en aprobación.</p>
<p>- Ustedes saben que nos han desterrado, que vivimos en el exilio y que hemos sido execrados. ¡Porque somos los rebeldes, somos la negación del engranaje y las malditas máquinas de maldad! Renunciamos al juego para que nadie pueda volver a jugar. ¡Porque si ESTO es la vida y ESTO es el mundo, entonces la vida es un error! Esta tierra, este sudor y esta sangre no son nuestras ¡NO! No seremos nunca esclavos del hambre y de la sed. ¡Pero sí vamos a sacrificarnos! Ésta es nuestra lucha y la justificación de nuestras vidas. ¡Porque no todo lo que existe debe vivir pero todo tiene que morir! ¡Esta es la Ley! ¡La Muerte es el Gran Fin y su realización es nuestra! &#8211; Jean Paul apenas podía entender las palabras de aquel hombre transformado en semidiós, pero la excitación de la gente lo arrastraba y lo fundía en el éxtasis colectivo.</p>
<p>- Recuerden las enseñanzas, vuelvan a la historia. El Universo se ha desgarrado allí donde la vida ha aparecido. Nuestro mundo es todo dolor y sufrimiento. La vida es un engaño, es el gran truco. ¡Es el juego de Dios y de Su ciega Voluntad! Que sólo quiere vivir y existir eternamente. ¡Para siempre y a cualquier precio! Y yo les pregunto: ¿¡Qué somos nosotros!? ¿¡Qué hemos sido sino títeres y muñecos!? ¿¡Qué ha hecho Él más que engañarnos y manipularnos!? Porque Él sólo quiere vivir. A cualquier precio quiere vivir.  El amor, el amor y el poder. El poder y el placer. ¡Por ellos TÚ quieres vivir! ¡También para siempre y también a cualquier precio! Pero hoy extinguimos la llama. Hoy se apaga el fuego que nos quema. ¡Porque este es el infierno y no otro! Rebeldes, eternos rebeldes, su sacrificio es el fin de los tiempos y nuestra hora final. ¡Para que no haya mal no puede haber vida! ¡Para que no haya dolor nada puede existir! ¡Somos los caídos! ¡Para siempre los hijos que no se sometieron a su voluntad!</p>
<p>El tiempo se detuvo. En ese instante concluyó la historia del mundo, y cada segundo duró para siempre. Un pie descalzo se apoya en la cara de Jean Paul, pisoteado en la estampida de los fieles que se arrojan al vacío. No tiene fuerzas para levantarse, pero la inercia de los cuerpos frenéticos lo pone de pie nuevamente. Hombres y mujeres, más bien pájaros, lo entregan a los brazos impacientes de la gravedad. Cientos de siluetas danzan en espirales descendentes mientras una dulce lágrima recorre el perfil de su rostro. El destino se ha consumado, él también quiere volar.</p>
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		<title>92- El verano del cincuenta y ocho. Por Becalus</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jul 2011 12:59:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>

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		<description><![CDATA[–Mira papá ya viene. ¡Es ese!, ¡es ese! ¡Ya viene!, ¡ya viene! –¡Venga!, ¡todos preparados!. Coged cada uno sus cosas, que no se quede nada. Un largo silbido nos avisa de la entrada en la estación del tren expreso en el que nos disponíamos a subir y que nos llevaría, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>–Mira papá ya viene. ¡Es ese!, ¡es ese! ¡Ya viene!, ¡ya viene!</p>
<p>–¡Venga!, ¡todos preparados!. Coged cada uno sus cosas, que no se quede nada.</p>
<p>Un largo silbido nos avisa de la entrada en la estación del tren expreso en el que nos disponíamos a subir y que nos llevaría, después de ocho horas de viaje, hasta nuestra casa en la playa de Pinedo.<span id="more-706"></span> Por fin aparece aquel ingenio mecánico, la “locomotora”, resoplando entre una nube de vapor. A mi me parecía una especie de monstruo mitológico que, entre bufidos y silbidos, arrastraba una larguísima cola donde nos permitía subir a los humanos.</p>
<p>De esa forma empezábamos todos los años las vacaciones: papá, mamá, la abuela Eloísa, mi hermanita Ana y “Peluso”: un caniche enano, de color gris, juguetón y revoltoso. A “Peluso” lo llevábamos dentro de una cesta de viaje, era la única forma en que podía venir con nosotros, aunque nunca tuve demasiado claro si estaba permitido por la compañía de ferrocarriles que los perros viajaran con las personas, pero lo cierto es que el nuestro lo hacía; aunque recuerdo que, cuando aparecía el revisor, mis padres siempre ingeniaban algo: aparentemente inocente; que apartaba a “Peluso” de su presencia. Hasta una vez la abuela Eloísa se encerró con él en el cuarto de aseo, hasta que pasó el interventor.</p>
<p>Era el mes de Agosto de 1.958 y aquellos viajes en tren eran para mi, un chico de diez años, una de las mayores aventuras que era posible vivir sin hacer nada prohibido, como podía ser: ir a comer fruta en los campos: siempre atentos a escapar de los guardas y sus tiros de sal, o subir a escondidas a cualquier terraza de las que rodeaban al cine de verano: para ver sin pagar las películas “no toleradas”; con el riesgo añadido de regresar colgado por la oreja de la mano de algún guardia municipal hasta el domicilio paterno, donde aguardaba una buena regañina, o jugar a “médicos”: eso si que era excitante y arriesgado y algunos mas que prefiero callar por no escandalizar a nadie.</p>
<p>Obvio decir que viajábamos en tercera clase, la mas económica, eran compartimentos de ocho viajeros que siempre iban a rebosar y, en ellos escuché historias reales, o fantasías que lo parecían, que a veces era casi imposible distinguir lo uno de lo otro. Recuerdo: los asientos de hule, las ventanillas de “guillotina”, la carbonilla que solía entrar en los ojos si te atrevías a ir asomado por una de ellas, el revisor que pasaba perforando los billetes y, sobre todo, la hora de la comida: cuando los ocupantes del compartimento sacaban sus provisiones y las compartían entre todos. Luego los mayores jugaban a las cartas, siempre había alguna baraja a mano, y mi hermana Anita y yo nos perdíamos curioseando por los distintos vagones hasta que, indefectiblemente, acabábamos en uno de primera clase de donde también, inevitablemente, nos arrojaba el revisor con cajas destempladas y amenazas de cobrar el suplemento a mis padres. Anita tiene dos años menos que yo.</p>
<p>Aquel año compartimos departamento con un matrimonio de Gallocanta, un pueblecito de la provincia de Zaragoza que iban a ver el mar por primera vez. El nombre del pueblo me hizo gracia y, en mi inocencia infantil, llegue a pensar que “debían tener un gallo que cantaba para indicar la hora en punto, o algo así”. El marido era casi calvo, muy bajito y algo rechoncho; casi no hablaba, solo asentía con resignados movimientos de cabeza las indiscutibles afirmaciones de su mujer: gorda como un hipopótamo, le sacaba casi la cabeza y tenía unos pellillos negros encima del labio superior que le daban un aspecto bastante sobrecogedor. Los dos andarían por los cincuenta años y creo que el marido le tenía algo de miedo a su mujer. Aún recuerdo algo que dijo el pobre hombre que causó grandes risas entre todos los que viajaban en ese compartimento y furiosas miradas de su mujer que, al instante, se lanzó a defenderlo.</p>
<p>–Nosotros no hemos visto nunca el mar y para eso vamos hasta un pueblecito que se llama Cullera. – Dijo el hombre con una media sonrisa, mientras secaba un chorretón de sudor que le resbalaba de su calva.</p>
<p>–Les gustará Cullera y, verán que grande es el mar. Nunca habrán visto tanta agua junta. –Respondió mi madre de forma inocente, sin saber lo que su contestación iba a desencadenar.</p>
<p>–Pues será muy grande pero dicen eso por que no han visto la laguna de nuestro pueblo. “Habría que verlos juntos”. –Contestó ufano Andrés Cejudo, ese era el nombre del marido. Tampoco entendía yo: como podía llamarse Cejudo, si casi no tenía cejas. </p>
<p>Lo dijo tan convencido que cuando le escucharon: mis padres, el militar y el representante; que eran junto con Anita y conmigo los que viajábamos en compartimento 12C se quedaron en silencio, sin saber demasiado bien que hacer, si tomarlo en serio o reírse de tamaña tontería. Pero yo era un niño de diez años como ya he dicho, y me puse a reír como un loco, Anita que me imitaba en todo también se puso a reír señalando al pobre Cejudo. Luego fue el soldado, que hacía “la mili” en Valladolid y viajaba de permiso hasta Gandía, el que se desternillaba de una forma tan contagiosa que mis padres y el representante también comenzaron a tronchase. Entonces fue cuando Felisa poniéndose en píe muy ofendida por las burlas hacia su esposo, comenzó a rugir de una forma tan agresiva que todos nos quedamos sobrecogidos y en silencio.</p>
<p>–¡Vayámonos de este compartimento Andrés! Que estos ignorantes no han visto nuestra laguna y no saben lo grande que es. ¡El mar!, ¡el mar! ¡tampoco será para tanto! –Y dando un tirón de sus maletas que, en aquellos trenes, iban en una especie de estantería sobre las cabezas de los pasajeros. Salieron muy dignos a buscar otro sitio donde terminar su viaje.</p>
<p>Durante el resto del trayecto, tanto el soldado como el representante de artículos de ferretería no pararon de hacer chistes en los que siempre había algo que, por supuesto, no era tan grande como la laguna de Gallocanta.</p>
<p>A mi, el representante no me cayó bien. Era un tipo de aspecto engreído y con unos aires de autosuficiencia, como si supiese mas que nadie. En todas las controversias la última palabra tenía que ser suya. Creo que a mis padres tampoco les gustó. La abuela estuvo casi todo el viaje dormida, menos cuando se fue a esconder a “Peluso” en el retrete de la vista del revisor.</p>
<p>Desde la Estación de Ferrocarril hasta nuestra casa de Pinedo, un pueblecito costero muy próximo a Valencia, íbamos en un tranvía y, si los chicos de ahora hubieseis podido ver, el “numerito” que organizábamos para subir en aquellos armatostes con todo muestro equipaje y “Peluso” de estraperlo, mas de uno hubiese cogido dolor de tripa de tanto reírse. La llegada a la casa no desmerecía en nada a todo lo que,Anita y yo nos habíamos divertido en el trayecto: mis padres hablando a voces sobre como estaba la casa, la cantidad de polvo que se había acumulado, donde colocar las cosas –eso nunca lo entendí, siempre íbamos a la misma casa y todos los años discutían sobre como organizar las cosas– y por si eso no era suficiente; “Peluso” ladrando como si quisiera desquitarse de todo el silencio que había guardado durante el viaje.</p>
<p>Por aquel entonces Ana y yo eramos inseparables, no es que luego nos lleváramos mal, pero en aquellos años, ella me veía como su “HERMANO MAYOR” así, con mayúsculas, me obedecía en todo y creo que tenía un concepto demasiado elevado de mi inteligencia, valentía y todo lo que sonase a bueno.</p>
<p>Nuestra casa estaba justo enfrente de la playa y la única distracción a la que teníamos acceso: era jugar en la arena, bañarnos en la orilla bajo la estricta vigilancia de nuestra madre y rebuscar entre las rocas para cazar cangrejos, con los que mamá preparaba unos arroces espectaculares. También estaba “Peluso”, en aquellos años podías llevar tu perro a la playa y no pasaba nada, bueno si que pasaba y es que nos divertíamos tirando piedras que él buscaba entre ladridos de satisfacción.</p>
<p>Al segundo día de estar en Pinedo, mi madre que hablaba con todo el mundo, se hizo amiga de otra madre que, casualmente, ocupaban una casa no demasiado lejos de la nuestra. Se cayeron tan bien que, esa misma noche vinieron a cenar a nuestra casa: el matrimonio y sus dos hijos: Antoñín de la misma edad que Anita, y Mercedes un año mas joven que yo. Cuando la vi me quedé con la boca abierta, y así hubiese estado toda la noche si no fuera porque tenía que cerrarla para masticar. Al día siguiente en la playa, las dos madres: la mía y la de Mercedes, como no podía ser de otra forma se pusieron juntas a tomar el sol y, el trío que formábamos hasta entonces: Anita y yo, con “Pelusín” –que era como le llamábamos cuando estábamos de buen humor– se transformó en un quinteto, al agregarse: Antoñín y Mercedes. Aquel fue un verano inolvidable, me despertaba deseando bajar hasta la arena solo por disfrutar de la compañía de Mercedes. Nuestros juegos y distracciones siguieron siendo los mismos, pero ahora todo era mas divertido.</p>
<p>Cuando cierro los ojo