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97- La soledad del héroe. Por Céfiro

           El cadáver de María Sagrario González presenta heridas superficiales en brazos y cuello, golpes y contusiones repartidos entre rostro y abdomen, laceraciones por arrastre, posiblemente post mortem, y siete puñaladas de necesidad. «Puñaladas no», corrige Severino Cardeñoso. «María Sagrario ha sido abatida a espadazos. Véase la estocada con que la atravesaron de parte a parte y el mandoble de la zona lumbar y este otro cintarazo que le secciona la pierna derecha».

          Severino Cardeñoso distingue a la perfección la tipología de los cortes por arma blanca y reconoce a primera vista la gravedad de cada tajo, además de ser especialista en psicología, criminología y otras neurosis comunes. Sebastián López, su ayudante temporal, que entró en homicidios sin aprobar las pruebas pertinentes pero con una recomendación como nadie había visto en la historia de las sinecuras, lo admira no solo por sus conocimientos en la materia, de los que, todo hay que decirlo, Severino se jacta de un modo harto chocante, sino por sus ojos tornasolados y su apuesto perfil.

          Ahora se encuentran ambos en un predio asalvajado y ruinoso, propiedad de un tal González Flores, rico y peligroso hacendado que les facilita gustoso las pesquisas para evitar que lo enchironen por sus delitos propios. «Están ustedes en su casa. Faltaría más».

          El chivatazo se lo dieron a las siete. Severino Cardeñoso aún andaba entre el baño de burbujas y el té con olor a vainilla cuando sonó el teléfono. «Jefe, que ha aparecido».

          En realidad, Sebastián, que tiene el defecto inexcusable de la bonhomía, da crédito a todo lo que oye. Cuando el inspector llega a la oficina, le suelta el interino de mierda que han recibido una llamada, que, por supuesto, no han podido localizar, así son de listos los hijos de puta, en la que se informaba de dónde estaba depositado el cadáver de la muchacha, desaparecida en la carretera 45, camino de Villa Ahumada, el 24 de junio a las claritas del día.

          Severino Cardeñoso sabe que la mayoría de las llamadas de ese calibre son solo bromas de mal gusto, o bien un modo fácil de mantenerlos alejados en un punto de la ciudad para cometer una fechoría en el opuesto sin temor a las sorpresas. Aun así, y a falta de nada mejor que hacer esa mañana, decide acudir a la cita.

          Acompañados por un equipo de especialistas en no descomponer el gesto ante cualquier barrabasada, el inspector Cardeñoso y su ayudante emplean poco tiempo en llegar al lugar que el soplón, amablemente, les ha indicado con todo lujo de detalles. «Continúe hasta el kilómetro 76 en dirección sureste. Tome el camino de la derecha hacia Rancho Nuevo y enseguidita verá el reguero de sangre. Cruzando la cerca de alambre no más».

          En efecto, lo que queda de María Sagrario yace entre las hierbas hastiadas de sol, con la camisa desgarrada y la falda maltrecha, sin zapatos y sin medias y la melena rojiza hecha una verdadera pena. La tierra ha succionado con avidez la sangre de la víctima, a la que no debe quedarle ni una sola gota, tan blanca y demudada se la percibe, con los ojos fijos en el cielo sin nubes.

          La visión es espantosa. La herida de la cintura la ha seccionado casi en dos pedazos. De hecho, cuando intentan levantar el cadáver, está a punto de desbaratársele entre las manos. Sánchez se permite encontrarle las ventajas. «Así es más fácil de transportar: encaja en cualquier lado».

          Mientras los especialistas rastrean la zona en busca de huellas y Sebastián López examina de cerca las marcas en tobillos y muñecas y recolecta las hierbas y frutillos que se enredan sutilmente en la cabellera y que no se corresponden con la vegetación de la zona («qué observador que soy: me merezco una medalla»), Severino Cardeñoso se entretiene en reparar los trocitos de dedos que el agresor, o los agresores, que es la hipótesis más plausible dada la variedad de objetos que han debido componer el arsenal del crimen, ha dejado hábilmente dispuestos sobre un montículo de piedrecitas en gesto obsceno. «Tu puta madre», piensa. Y luego, consciente de lo irreverente de sus palabras, pide perdón y guarda las falanges en una bolsa de plástico que etiqueta con tinta indeleble.

          El inspector aún espera que su menguado auditorio atienda a sus palabras como es debido. «Las marcas de las ruedas se detienen aquí. Son de un todoterreno. Nadie en sus cabales metería un deportivo por esta escombrera. Luego la remolcaron hasta este punto. Pero aún venía medio viva, la desgraciada, pues se alterna el surco de unas piernas que se arrastran con pasos que María Sagrario consiguió dar por sí misma».

          En efecto, las huellas de unos pies descalzos denotan que la muchacha venía consciente, aunque cuidadosamente apaleada con experta mano. «Ya entonces traería roto el pómulo, y dislocado el hombro, y las manos atadas». «Sin embargo», observa Sebastián, que se las ve y se las desea para hacer méritos ante su jefe y afianzar su puesto en el cuerpo, «no hemos encontrado cuerda ni cinta que las sujete». «¿Qué falta hacía, maricón? Una vez que la despedazaron a sablazos, no iba a oponer mucha resistencia la desgraciada».

          En la finca, que es más desierto que pradera, empieza a hacer un calor insoportable. «Si no queremos que combustione el cuerpo o estos rastrojos sirvan de mecha, será mejor que nos la llevemos». «Por supuesto», asiente Sánchez mientras numera las piezas del puzzle y comprueba que le faltan los lóbulos de las orejas y un dedo meñique y varias uñas. Además, González se queja del papel de espantapájaros que le han encomendado, dos horas haciendo aspavientos para amilanar zopilotes y gallinazos convocados al olor de la carroña.

          Los restos de María Sagrario fueron finalmente trasladados como Dios les dio a entender. Por mucho que se esforzaron en devolverla con cierta dignidad, la que fuera hermosa joven de piel morena y ojos grises y cabellera ondulada, y seguramente futuro prometedor, al punto se dividió en tres trozos, lo que, por otra parte, para satisfacción de Sánchez, la hizo más manejable. Sebastián contenía a duras penas las arcadas tomando las notas pertinentes con pulso tembloroso. En lo que era trabajo de campo sí que flaqueaba de modo alarmante.

          «Al final te acostumbras», le decía Severino, e intentaba aleccionarlo de cuantas barbaridades llevaba vistas y vividas. Y, cuando el tiempo se lo permitía, lo sentaba ante montones de expedientes de crímenes sin resolver, todas mujeres jóvenes, solteras y hermosísimas; todas sometidas a vejaciones sin nombre; todas mancilladas y despedazadas de los modos más inverosímiles y originales. Sin embargo, hasta ahora nadie había muerto de manera tan anacrónica.

          En efecto, Severino Cardeñoso sacó a relucir su sabiduría ancestral y enumeró cada herida asociándola a su arma correspondiente, lo que le ofreció la oportunidad de dar una lección magistralmente histórica sobre estoques, tizonas, floretes y katanas para luego pasar a mazas, garrotes y cachiporras, que, a su sabio entender, era el elenco de instrumentos de tortura empleados en el cuasi descuartizamiento. «Parecen sacados de un museo medieval». Pero, a lo que sabían, no existía exposición de tales características en toditito Méjico. «Como no hayan rescatado los pertrechos de Hernán Cortés…»

          En cualquier caso, a lo que Severino Cardeñoso no lograba dar explicación era a la fuerza descomunal que se habría precisado para partir en dos a un sujeto en pleno descampado. Y, como tenía ganas de guasearse del desgraciado de Sebastián López, simple y pusilánime para los quehaceres diarios de Ciudad Juárez que mejor se criara en un barrio sibarita de París, rescató como posible conjetura la tantas veces esgrimida ante las narices de los novatos «teoría de los gigantes de Teotihuacán, que se da por cierta en los círculos más prestigiosos de la parasicología y otras ciencias afines, según la cual alguno de esos hombretones míticos habrá quedado atravesado en el desierto, a salvo del diluvio y del ataque masivo de los jaguares con que supuestamente se extinguieron».

          «Pero, si algún quinametzin quedara perdido», apostilló el crédulo de Sebastián, al que no le hubiera importado en absoluto darse de bruces con alguno de ellos, fantaseando como andaba sobre el tamaño de cada una de sus partes, «¿no le hubiera resultado más útil utilizar las armas de los atlantes de Tula?». Pues a la cabeza se le vino la imagen de las misteriosas pistolas de rayos que blandían dichas esculturas, acompañadas de escudo magnético protector y casco espacial de forma semicuadrada con que, al parecer, se tocan tales monstruos para las ocasiones. Y este sacrificio humano, si como tal podía considerarse, era toda una ocasión. «He hablado de gigantes, muerdealmohadas, no de extraterrestres. ¿Quién se iba a creer esa patraña? ¿Cómo vamos a achacar la desdichada muerte de María Sagrario a los ocupantes verdes de una nave espacial venida de una galaxia muy, muy lejana?».

          Mientras Sánchez y su cohorte de especialistas aguantan la risa, Sebastián López, al que le han encargado la ingrata tarea de comunicar a la familia el descubrimiento del execrable crimen, así como las hipótesis de resolución en las que se está trabajando, aunque, ahora que lo piensa, no es ninguna, tartamudea y se devana los sesos cavilando el modo más verosímil de ofrecerles la teoría del gigante trasnochado que quizás se refugie en la cercana cueva de Coyame, donde, a modo del Vulcano europeo, se habrá dedicado a la orfebrería y la metalurgia y fabricado sus propias espadas y espetones. «De ahí los mandobles propinados a la víctima y las dimensiones absurdas del descalabro». Y entonces, en gesto teatral, descubriría la sábana que oculta hasta el momento los restos de la pobre María Sagrario y se daría a calmar el dolor de unos padres destrozados que no entienden cómo han llegado a este punto sin retorno en una vida ya de por sí llena de desgracias y sinsabores.

          Sebastián, cumplida su tarea, vuelve al despacho de Cardeñoso, que anda en una timba improvisada con el resto del equipo. «¿Cómo ha ido?». «Como es de esperar en estas cuestiones». Y aguarda con paciencia a que termine la mano para preguntar al jefe por el siguiente paso del procedimiento. «Está claro: caso cerrado. ¿O te vas a ir a buscar al gigantito de marras y a preguntarle qué le incomodó de la muchacha para ensañarse de modo tan poco caballeroso?». «Además», se entromete Sánchez, «nadie de los de acá hablamos giganto».

          Sebastián sigue escuchando las carcajadas junto a la máquina de café. «El palurdo aún no se ha enterado de en qué consiste este oficio».

          Sebastián López no da crédito a lo que oye. Tampoco a lo que ve, ese cúmulo de piltrafas fotografiadas, esa representación inhumana de vejaciones sin nombre y esos despedazamientos originales e inverosímiles de los que nadie se compadece. Ahora entiende por qué no existen superhéroes mejicanos. Ni héroes siquiera si quitamos lo de Guadalupe Victoria.

          Desde la habitación donde Severino Cardeñoso despluma a la brigada de homicidios, ocultando la desvergüenza tras el humo de los cigarros, la cuadrilla vigila atentamente las evoluciones de la triste figura de Sebastián López, cómo deja la placa sobre la mesa junto a la puerta y la dimisión en su propio escritorio, del que se despide con una ligera inclinación de cabeza que igual puede significar «me alegro de verla, señorita» que «mi más sentido pésame, grandísimo hijo de puta«. A estas alturas ya qué más da. «Adiós, degenerados». Y la espalda vencida del ex ayudante, en fundido en negro, desaparece dramáticamente como en una película de gángters.

          «Será menso».

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15 Comentarios a “97- La soledad del héroe. Por Céfiro”

  1. Rafael dice:

    Buen relato. Muy bueno. De estilo ligero pero contundente.
    Encima con su moraleja. Pero ésta también de las buenas, de las de no olvidar, para sacarla a relucir cuando nos hablen de policías machotes y asesinos feroces, de buenos y de malos.

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  2. H.K. dice:

    En verdad muy buen trabajo. El título es apropiado para redondear la idea de fondo, manejada con esa sutileza que evidencia a un escritor avezado.
    Palmas para usted, sr. Céfiro.

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  3. MOREDA dice:

    BUEN RELATO, BIEN ESCRITO, CON UN TEMA DE ACTUALIDAD.SUERTE

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  4. Ambrose Bierce dice:

    Buen relato. Me he entretenido mucho con su lectura. Espero que obtengas un buen resultado en las votaciones.

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  5. Barba Negra dice:

    Un relato que me ha gustado mucho.
    Suerte.

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  6. H.K. dice:

    Ya había pasado por aquí, pero he decidido dejar otro comentario para reiterar la buena calidad de tu relato. Veo que con el público no pareces haber tenido mucha suerte, pero no te preocupes, estoy seguro que con el jurado será mejor, mucho mejor.
    Te dejo 10 estrellas aunque no hagan diferencia.

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  7. lupe dice:

    Muy bien narrado.

    Original el tema.

    Suerte.

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  8. lupe dice:

    Lo leo otra vez.

    He repetido que el personaje hace lo que quiere independiente del autor, e incluso le guste a este o no, pero en este caso, creo que queda muy claro que el autor ya no podía aguantar más y por eso fuerza a la dimisión como un mínimo signo de dignidad, ¿no?

    Suerte

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  9. Scorpio dice:

    Bueno, sencillo y diferente. Narrado con fluidez y sin alardes, le da un toque de clase meritorio. Un abrazo y éxitos en el certamen.

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  10. MOREDA dice:

    FELICIDADES POR ESTAR ENTRE LOS FINALISTAS. SUERTE

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  11. lupe dice:

    Felicidades y más suerte

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  12. whistler-142 dice:

    Hay lecturas cuyos argumentos vienen y van, aunque nunca se van del todo porque de alguna misteriosa manera, desde que llegaron a nuestros sentidos se fijaron a ellos y, desde ellos, al lugar secreto de las emociones y los sentimientos, al lugar de los recuerdos. Asì me pasò con 2666. Y Reconozco que su cuarta parte, la parte de los crìmines, no logré acabar de leerla. Y no por ser mala literatura (viniendo de quien viene…), sino por ser demasiado opresiva, demasiado bestial, en definitiva, al menos para mì. Me ha pasado un poco también con tu cuento (aunque no exactamente porque gracias a la diferencia de extensiòn he llegado al final de tu historia). No sé si Bolano pretendìa que el lector dejase a medias la parte de los crìmenes. No sé si tù lo pretendìas. En mi opiniòn, en ambos casos, este hecho muestra una excelente estrategia para construir un gran relato, de los que vienen de cuando en cuando y nunca se van del todo.

    Suerte en la final!

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  13. Júpiter en Sagitario dice:

    Dos de mis series favoritas son Mentes criminales y CSI, aunque en ambas, cuando aparecen las escenas “crudas”, miro solo de reojo e intento nublar mi vista para no ver al detalle. En la lectura de tu relato hubiera hecho lo mismo, pero entonces no habría visto lo bien que describes las escenas.
    Felicidades, Céfiro, disfruta mucho esta final. Besos.

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  14. Lola Dawn dice:

    Enhorabuena y suerte en la final.

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  15. Gretel dice:

    ¡Tela! No lo había leído. Del humor negro a la realidad trágica de un tortazo (en la cara del lector). ¡Muy bueno! Por mi parte, no sé si es prescindible el último paso, el de la entereza moral, el de cierto aire limpio.

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