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58- Sopa de letras. Por Mormont

Tenía una capacidad de comprensión fabulosa. Cuando leía un libro o un periódico, absorbía las letras y éstas desaparecían al instante del papel, dejando las páginas en blanco, impolutas, como antes de salir de imprenta. Rebañaba vocales y consonantes con apetito pantagruélico, y no hacía ascos ni a las comas ni a los puntos finales. Las tildes le burbujeaban en el paladar como la tónica. Los puntos suspensivos, aun siendo tres, siempre le dejaban con más hambre, como una golosina que, lejos de saciarte, te abre el apetito. Y si por casualidad ingería una errata o, peor aún, una falta de ortografía, sufría de ardores y acidez de estómago, y a continuación las eructaba, sintiendo un gran alivio.

Las páginas que devoraba no permanecían vírgenes por mucho tiempo. Momentos después de fagocitar su contenido con ojos ávidos y presurosos, con todas las letras que había engullido volvía a rellenar aquellas mismas páginas. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que las dejaba como estaban antes. No. Todas aquellas palabras pasaban por el filtro de su imaginación, que las recortaba, las estiraba y las permutaba a su antojo, como en una gigantesca planta de reciclaje, para crear un todo diferente, un producto completamente nuevo, y mejor. No hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que se había obrado un gran cambio en ellas. Si hubiera modificado también las ilustraciones y el dibujo de la portada, habríamos pensado que era magia. Y si no lo era, no estaba lejos de serlo.

Para hacernos una mejor idea de cómo funcionaba su prodigiosa mente, pensemos en un sencillo ejercicio que todos hemos hecho de niños: recortar palabras y fotos de una revista y hacer con ellas un collage. Sin embargo, la comparación es imprecisa. Él no cortaba y pegaba fragmentos, como en un pequeño Frankenstein o en un cadáver exquisito. Nada más lejos de la realidad. Él trituraba, desguazaba y luego ensamblaba como un soldador milagroso. Cosía con hilo de oro, y su pegamento era mágico. En cuanto al mural de su imaginación, era de unas dimensiones tan vastas que habría podido clavar en él tantas notas y chinchetas como vocablos contiene el diccionario.

Así pues, como puede deducirse de todo lo dicho, su vocabulario era inmenso, casi ilimitado, pues si a su pasión por la lectura añadimos esta asombrosa capacidad de asimilación, nos da como resultado un cerebro privilegiado. Era como un vademécum con patas al que se podía consultar cualquier duda sobre ortografía o gramática. Siempre tenía la respuesta, y ofrecía su saber con modestia, ruborizándose, pero complacido de servir a los demás.

Por si no fueran lo suficientemente epatantes sus destrezas lingüísticas, este genio de las letras era un imberbe mozalbete de quince años. Un niño prodigio, sin duda, comparable a Mozart. Todos los adultos hablaban de él con una admiración rayana en el ditirambo, pero los chicos de su edad le envidiaban tanto como le odiaban, y eso le causaba gran congoja. Sus compañeros le marginaban, y como les ocurre a todos los superdotados, se aburría enormemente en clase, pues él estaba varios pasos por delante en cada lección. Ni siquiera podía esperar la comprensión de sus profesores, a quienes molestaba lo que ellos consideraban aires de superioridad, pues a menudo, sin pretenderlo, con su curiosidad insaciable y vasta erudición sacaba a relucir todas sus carencias.

Nadie dijo que ser diferente fuera fácil.

Este muchacho de entendimiento tan lúcido como asombroso era capaz de escribir una novela mientras leía otra. Con Madame Bovary hubiera podido escribir Anna Karénina, sólo que aquellos libros ya habían sido escritos, y él no se limitaba a copiar o repetir, sino que mejoraba el original utilizando su materia prima. En ese sentido, nunca ha existido escritor más avezado, ni más prolífico. De ningún modo él hubiera consumido diez años de su vida en escribir La Montaña Mágica.

Sus influencias se contaban por cientos o miles, y un agudo crítico literario hubiera podido distinguir en su obra tantos estilos como autores había leído, pues en lo que escribía había un poco de todos, y, al mismo tiempo, de ninguno. Porque su estilo, dejémoslo claro para que no haya ninguna duda, era único, inimitable, nunca antes visto. Había recogido lo mejor de Shakespeare, de Quevedo, de Stendhal, de Dickens y de tantas otras eximias plumas de todas las épocas, y las había destilado en el alambique de su magín para obtener la quintaesencia de la expresión artística. La palabra poesía se quedaría corta para describir lo que él hacía.

Su fin y su ideal era la Belleza, y si la mayoría de nosotros, tristes autores de romo ingenio, nos conformamos con perseguir su estela y rozarla con la punta de los dedos unas pocas veces a lo largo de nuestras vidas –y eso tal vez sólo en sueños–, él podía embridarla y domarla con la pericia del jinete experto. En sus manos la Belleza volaba como una cometa en lo más alto del cielo, y no había racha de viento capaz de desviar su trayectoria.

Pero no todo era tan bonito ni tan fácil como parece. Aquella extraordinaria agudeza también tenía sus inconvenientes. Además del rechazo y la incomprensión, había llegado a un punto en que veía letras por todas partes, y hasta soñaba con letras. Estaba obsesionado. Cuando alguien le hablaba, él leía su transcripción fonética, como si los diálogos tuvieran subtítulos. Pero, ¡diablos!, no estaba en el cine. La vida real no tiene subtítulos. A lo sumo, se puede leer entre líneas, y eso sólo en sentido figurado. Definitivamente, tenía un problema. Aquello era enfermizo. Lo que había empezado siendo un don, había acabado convirtiéndose en una maldición faraónica.

¿Qué podía hacer, pues, con un talento tan descomunal, que lo que tenía de bueno lo tenía también, y redoblado, de malo? Hubiera podido crear una obra inmortal, que haría languidecer a la del mismísimo Cervantes. Pero él sólo quería llevar una vida normal, como la de cualquier otro chico de su edad. En lugar de ambicionar las más altas metas con que un escritor puede soñar, como ganar el premio Nobel o el Booket Prize, decidió ocupar su tiempo haciendo sopas de letras y crucigramas. Ése fue el tratamiento para librarse de la obsesión, prescrito y recetado por su sentido común, y que pronto empezaría a dar resultados.

En unos pocos meses desaprendió todo lo aprendido, y su increíble talento se desvaneció; o, dicho de otro modo, quedó oculto, en estado latente. Habrá quien piense que cometió un grave error al renunciar a un don que le hacía único, especial, pero él estaba feliz de ser uno más. Se sentía más integrado en clase y aliviado de responsabilidad. No tardó en cogerle gusto a la mediocridad, y por nada del mundo se habría apartado de ese camino.

Después de todo, para él la lectura nunca había sido más que un pasatiempo, y le divertía más eso que deglutir y regurgitar novelas de rusos barbudos. Y por otra parte, ¿para qué demonios quería él la inmortalidad, si las letras, como la vida, son efímeras, y tan pronto como se leen se olvidan?

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16 Comentarios a “58- Sopa de letras. Por Mormont”

  1. Charlotte Corday dice:

    Me ha gustado el relato. De alguna manera me he sentido identificada con el protagonista… y sí, cuando me sobran letras en la cabeza me dedico a los crucigramas, pues así salen y me relajo. En los aspectos literarios cambiaría algunas cosas, sobre todo al principio, pero es lo natural pues todos tenemos nuestra propia idea de cómo se debe escribir (de lo contrario sería muy aburrido). Por supuesto, esto mismo les pasa absolutamente a todos los relatos (incluso a los mejores).

    Un saludo con mis mejores deseos para el certamen

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  2. H.K. dice:

    Las letras no son efímeras, primero han caído dioses e imperios. Recuerda a La Ilíada, recuerda a La Eneida. Pero vale, desde la perspectiva de tu relato, que, por cierto, es un buen trabajo.

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  3. Elisabeth Costello dice:

    Me ha encantado el relato, tanto por el contenido como por la forma. Me ha sorprendido gratamente lo bien escrito que está y me ha impresionado la pericia con la que está construido el personaje. El funcionamiento mental del protagonista está detallado con gran pericia y el destino que elige para sí el genial muchacho posee la modestia del sabio escéptico. Además, es una historia original. Te deseo mucha suerte, Mormont.

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  4. Pierre dice:

    Las “Lecciones de tinieblas” son un género sacro en las que se canta una letra hebrea y a continuación un fragmento profético. Podría aventurarse que ste cuento tiene un componente místico, como la sustancia misma del lenguaje y el mundo. Me ha gustado.

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  5. MOREDA dice:

    INTERESANTE RELATO, UN TANTO DIFERENTE. EN LO QUE NO ESTOY DE ACUERDO ES EN QUE LAS LETRAS SON EFÍMERAS Y QUE TAN PRONTO COMO SE LEEN SE OLVIDAN. ¿ALGUIEN PUEDE DECIR QUE OLVIDÓ LOS LIBROS, LAS NOVELAS, LOS CUENTOS, LOS POEMAS QUE HA LEÍDO?

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  6. Mormont dice:

    Gracias a todos por vuestros comentarios y por el tiempo que os habéis tomado en leer mi relato.

    Con respecto a la “polémica” suscitada en el último párrafo sobre el carácter efímero de la literatura, sólo quiero decir, para despejar dudas, que yo, el autor explícito, no tengo por qué compartir la opinión de mis personajes, ni siquiera la del narrador implícito. Por otra parte, creo que es asaz evidente que la ironía recorre toda la obra desde su inicio rabelaiseano (y me quedo tan a gusto después de soltar este “palabro”).

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  7. Rafael dice:

    Exquisito. Bien mirado, en rigor no tiene el formato de relato, pero se disfruta igual

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  8. Rafael dice:

    Exquisito. Bien mirado, en rigor no tiene el formato de relato, pero se disfruta igual.

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  9. Maria dice:

    Un relato sorprendente por su dinamismo. El ritmo de la narración es fabuloso. Lo he disfrutado mucho y me ha hecho pensar en el problema de hiperlexia que sufren algunos ninos, los cuales tienen una extraordinaria capacidad para leer a una edad muy temprana y sienten una fascinación extrema por las letras, números y símbolos. Sin embargo, tambien sufren de graves probemas sociales y conceptuales.
    Al final, como bien lo expones en tu relato, las facultades en exceso extraordinarias puede llegar a ser una carga en la vida.
    Un saludo desde Canada.

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  10. JB Fletcher dice:

    Aprender a ser auténtico es, en ocasiones, difícil. Pienso que demasiadas personas sacrifican su verdadero yo para socializarse, en ambientes en los que para nada se sienten identificadas. Bueno, en cualquier caso: “que cada palo aguante su vela”. Por cierto, me ha gustado. Suerte en el certamen

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  11. CARIARI dice:

    TE FELICITO POR EL RELATO. HAS DESCRITO DE UNA MANERA PORTENTOSA A UN CHICO SUPERDOTADO Y SÓLO POR ELLO, CON PROBLEMAS. ES UNA PENA QUE LA SOCIEDAD PREFIERA A LOS REBAÑOS.

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  12. LUPE dice:

    De que tu protagonista siente el rechazo, no tengo duda, porque puede sentir lo que tú quieras, ¿un poco exagerado, hasta tener que elegir ser mediocre?, quizás no, porque en muchos ámbitos ocurre.

    Como idea me gusta porque es original.

    Suerte

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  13. Ambrose Bierce dice:

    Excelente relato. Para mi gusto algunas imágenes pueden parecer algo rebuscadas (“admiración rayana en el ditirambo”, “destilado en el alambique de su magín”) pero aun así me parecen muy originales. Conforme voy leyendo más relatos y compruebo la calidad de algunos, como el tuyo, veo más lejanas las posibilidades de que el mío resulte seleccionado. Suerte de todas formas.

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  14. Un relato muy bien escrito, un tanto diferente a lo que se suele estilar en este certamen, no sé si eso irá a tu favor a la hora de ser seleccionado. Creo que es digno de admiración, pues no todos sabemos escribir tan correctamente. Por favor, no te vuelvas mediocre. Suerte.

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  15. Scorpio dice:

    Muy bueno y original, con una idea bien lograda. Éxitos y mis mejores deseos para el certamen. Me gustó bastante.

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  16. Ambrose Bierce dice:

    Estoy meditanto mucho mis votos. Después de una segunda lectura, ahí va el mío.

    Suerte

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