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54- Los fantasmas no cogen el teléfono. Por Ximo

           El sueño de azulejos se desvanece. Cae por mis muñecas toda su pasión gota a gota y el féretro blanco que soporta los sufrimientos de una vida se desborda. Como un mar de llantos llora el rocío de una mañana dominical.

          Mis ojos apolillados, con las pestañas enmarañadas como una enredadera dejada al azar, necesitan oxigenar de visiones sus pupilas; una espesa niebla se ha adueñado de ellos y tanto tiempo cerrados no les ha hecho ningún bien.

          El silencio lo ocupa todo. Los tímidos rayos de sol que atraviesan como estrellas fugaces la persiana desvelan la profundidad del día. Mi cuerpo desnudo se recoge en el bienestar que le aporta la manta gruesa que lo envuelve. Me abrigo por completo y con su roce intento calentar mi nariz. Tengo las manos heladas desde hace varios días; así que, por mucho que las frote la una contra la otra, es inútil, no encuentran la paz y el sosiego de una temperatura agradable.

          En este santuario, la habitación de mi madre, acobardada en su cama, me refugio hipnóticamente en su recuerdo. La suave fragancia de la almohada tiñe de colores vivos su imagen en blanco y negro. Intento recuperar el calor de su silueta, me desperezo y acomodo distraída y por un instante siento ese agradable abrazo de mi madre que me eriza el bello y que como una descarga eléctrica recorre todo mi cuerpo para escaparse, ya muy débil, por mis pies, casi muertos de frío y sin alma. Un deseo, una ilusión fugaz, tan solo es eso. Una serpiente que atraviesa las turbias aguas de mi memoria  provocando pequeñas reminiscencias de besos, caricias y abrazos; hasta que topan, como todo en esta vida, con la orilla y allí, como un espejismo en la arena, como el humo que se disipa, se diluyen, naufragan y las aguas vuelven a la calma. Porque ella está fría, está lejos…

          Mis oídos salen poco a poco del vacío, y el obstinado grito del teléfono rompe el silencio. Algunas personas no se dan cuenta de que demasiados pésames saturan el vaso de las condolencias, deberían ser consecuentes y dejar pasar unos días. Los fantasmas no cogen el teléfono. No pienso levantarme. No estoy, no quiero estar. Qué extraña suena mi voz, como si la escuchara por primera vez.

          El teléfono esta en el piso de abajo. Me levanto de la cama como una niña que abandona el útero materno. El espejo que hay delante muestra una imagen desaliñada de  mí. Las muñecas me arden, siento mi cuerpo húmedo y no recuerdo haber cogido esta manta. Cubriéndome con ella todo el cuerpo, salgo de la habitación de mis padres en busca del teléfono, que ha dejado de sonar.

         La luz del cuarto de baño está encendida, sus azulejos desprenden el desapacible aroma de una sala de hospital. La bañera rebosa de agua y un pequeño universo de lunares rojos flota creando una serie de inquietantes constelaciones. Es un diminuto mausoleo con vestigios de mi complicada existencia. Me devuelve una grabación idílica de mí misma y, aun sabiendo que sus respuestas no me gustarían, quisiera hacerle tantas preguntas a mi reflejo. No miente, como el mundo, se muestra tal y como es, soy yo la que tergiverso su visión y contemplo tan solo lo que deseo ver. Por eso lo abandono.

         Me dejo llevar por la placidez y el calor que me proporcionan las paredes forradas de madera del pasillo, de las cuales cuelgan las fotografías de varias generaciones. La de mis abuelos maternos, desgastada y amarillenta, predomina por  encima de las demás. Sonríen, tal vez conscientes del sereno futuro que les deparaba el destino. Forrar las paredes con señales del pasado es una manera desesperante de aferrarse al tiempo que, persistente y despiadado, pasa y pasa. Es una necesidad básica el dejar un rastro imborrable, como la sangre en la nieve, de que hemos tenido una vida, aunque muchas veces la hayamos visto pasar de largo.

          En la habitación de mi hermano, después de doce años lo único que ha desaparecido son los pósters que adornaban sus paredes; por lo demás, sigue intacta. Supongo que pensaban que volvería. No lo hizo. Se casó con la chica que menos gustaba a mis padres, y eso que por casa siempre habían desfilado un gran número de candidatas. Nunca sabes con quién compartirás destino, te aferras al sueño del príncipe azul y su imagen la superpones sobre la silueta de cualquier hombre con un mínimo de decencia; o eso crees. El tiempo es un jurado al que no puedes engañar y ese castillo de ilusiones que luchaste por levantar se ha convertido en una prisión de insoportable levedad que ahora se viene abajo. Donde crecía inalterable el jardín de la felicidad, ya solo queda un terreno baldío de hipocresía y rutina; y donde afloraban caricias y besos, tan solo se respira silencio e indiferencia.

         Sigo la senda de mis antepasados. Este retrato de mis padres siempre me cautivó. El pasado es un presente constante en un camino circular.  Son pequeños detalles los que cambian, los personajes se re-disfrazan, las mentiras se transforman, pero los sentimientos no, con ellos no se juega, persisten y son idénticos. Te desprecias a ti misma, te odias, te culpas. ¿Seguirá con ella o se apiadará de mí? Se tomaron la foto en mi boda, sentados a mi mesa. Los dos sonríen ajenos a la mentira, aunque conscientes de ella. Él la abraza, mintiéndole; ella le coge la mano, sabiéndolo. ¿Cómo pudiste soportarlo, mamá? Como se puede seguir viviendo sin vivir. Tal vez por mi hermano y por mí. Yo no puedo soportarlo, me desespero cada vez que sale de casa ¿Irá a verla o tendrá compasión?, cuando le llaman por teléfono, ¿será ella? Intento ser fuerte, resistir por mi hija, por la pequeña Celine. No lo consigo, no soy tan fuerte como tú, madre, nunca lo fui.

         Bajar por las escaleras de esta casa es como caminar por una de las ramas de un árbol genealógico. Las raíces, recuerdos enterrados en una tierra amarillenta y lejana; las ramas, algunas vivas o al menos en apariencia, otras muertas u olvidadas. Y los frutos, unos apenas recién nacidos y ajenos todavía a los altibajos que marca la vida; otros, sufriendo muy leve las inclemencias del tiempo, ansían parecer maduros, quieren ir a contratiempo, adelantarse a los ciclos vitales. Las actitudes de nuestros hijos son consecuencia de nuestros actos.

         Siento un ardor frío en las muñecas, que se propaga por mi cuerpo como llamas Esta ya no es la casa de mis padres, es la mía. teléfono, más cercano, aunque no se mezcla con mi memoria.
Cuánta felicidad transpiraban estas paredes. Recuerdo el primer día que pasamos Jack y yo en ella. Lacasa estaba sin amueblar y nosotros no teníamos mucho para abrigarla, todo fue llegando poco a poco se día hicimos el amor en todas las habitaciones,tirados en el suelo como dos animales, no existía nadie más, éramos dichosos. Siempre me gustó esa palabra. Dichosos.

         Mi casa es un funeral, el silencio es una inquietud tensa y angustiosa. Ya no estoy desnuda, mi falda es azul y esta blusa blanca con diminutas florecillas verdes fue un regalo de mi hija. Me siento mejor, esta ropa me reconforta. El recibidor de la entrada es un muestrario de la corta vida de Celine. Todo está grabado en fotografías; su primer día, su primera sonrisa, sus primeros pasos. Es el archivo de sus primeras veces. Sin duda están ausentes muchas otras, nuestra primera discusión, su primer portazo, su primer desengaño, sus primeros llantos.

          Tal vez debiéramos recordar esas primeras veces, las que menos agradan. Se aprende más de una lágrima que de una sonrisa.Suena y suena el dichoso teléfono . Se va aclarando mi voz y ya no me parece tan ajena.

         El salón de mi casa es lo más parecido a una biblioteca. Estanterías en las cuatroparedes y repletas de libros.Quise colocar en un rincón un viejo y cómodo sillón, herencia de una tía, junto con una mesilla y una lámpara que me alumbrara mis sesiones nocturnas de lectura. Quería un pequeño lugar donde recogerme para leer y sentirme cálida y confortable ¿Es que nadie en esta casa va a coger el teléfono? En medio de la sala coloqué dos tresillos enfrentados. Yo no pienso cogerlo. Mi hija está sentada en uno y mi marido en el otro. Seguirán enfadados.  ¿Tan importante es la universidad que escoja? No pienso mediar en ello. De pequeña, recuerdo que me encantaba descansar eneste sillón. Rozar su tela es lo más parecido a una caricia.
 
        Están como ausentes. ¿Por que llevará traje si hoy es domingo? Habrá pasado la noche con ella.  Y mi hija…, ya es toda una mujer, con un rostro fino y pálido, esos rasgos los heredó de mí, igual que las manos. A las dos nos sienta fatal el negro. ¿No sé por qué ha elegido hoy ese vestido? No se miran y tampoco han notado mi presencia. Ni siquiera Cooper, el fox terrier que le regalamos a Celine por su décimo cumpleaños. A ella le gustó ese nombre; aunque estoy segura de que, aún hoy, no sabe que se lo pusimos por un actor de Hollywood que nos encantaba a su padre y a mí. Cooper, ven aquí. Cooper ven… El teléfono vuelve a sonar hasta que salta el contestador.
        – ¡Hola, somos Jack!
       – ¡Sara!
       – ¡Y Celine!
       –“Guau, guau, guau”
       –Quieto, Cooper (mi voz suena familiar, reconocible. Recuerdo cuando grabamos el mensaje. En ese momento fui feliz, dichosa). ¡Si estás escuchando este mensaje es que no estamos en casa o no queremos coger el teléfono, que es lo más probable! ¡Deja el recado después de la señal y ya te llamaremos, Chao!
       – ¡¡Arrivederci!! (Jack y Celine).

        Casi veinte años resumidos en un simple mensaje en el teléfono. Vuelve a sonar y vuelve a saltar el contestador. Una y otra vez. ¡Lo odio, lo odio! Es extraño escuchar el pasado. La vida nunca fluye por el cauce que marcamos. La vida es un río inocente y temeroso que solo trata de llegar al mar, solo eso. Fui yo quien le puso trabas y diques.
Fui yo quien se equivocó. La vida hay que vivirla, sin más. ¿Cómo puede ser tan complicado algo tan sencillo?

        Les grito de pie, delante de ellos y ni me miran. Siguen ausentes. ¡Dejad de escuchar el maldito mensaje! Mi hija tiene el rostro bañado en llanto. ¡Mamá está aquí, cielo, no llores! Mi marido, con la cara desencajada y su mirada perdida en el móvil que sostiene su mano, pulsa una y otra vez el botón de rellamada. ¡Para, te lo ruego, para ya! No quiero escuchar más mi voz.

      Estoy agotada y caigo rendida, como una lágrima, entre ambos. Un rayo de luz me atraviesa y la verdad se apodera de mí. Ahora, ahora lo recuerdo todo, la angustia, la desesperación, el dolor sin dolor, el vacío, la traición. ¡¿Qué he hecho, Dios mío, qué he hecho?! Mi cuerpo tendido en el suelo, triste como una margarita deshojada, se enfría poco a poco y mis muñecas, que han perdido el calor de la vida, vierten ríos de sangre sobre la alfombra. ¿Por qué lo he hecho, señor, por qué? Siempre temí ser débil, ahora lo veo todo transparente y claro, nunca lo fui. Tuve miedo de enfrentarme sola a la vida. No lo estoy,… no lo estaba. Ahora lo comprendo. Lo siento, me recogí sobre mí misma y me dejé abatir por la soledad y la tristeza, no supe lo que hacía hasta que ya era demasiado tarde. Lo siento, Celine, siento haberte dejado sola. Tiemblo como una pequeña llama ante la oscuridad y poco a poco mi cuerpo desaparece, se disipa y las aguas vuelven a la calma. Porque estoy fría, estoy lejos… y estoy muerta.

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10 Comentarios a “54- Los fantasmas no cogen el teléfono. Por Ximo”

  1. Charlotte Corday dice:

    Previsible y sumamente confuso. Creo que le deberías haber dado un buen repaso antes de presentarlo. De cualquier forma, siempre apreciaré el valor de enfrentarse a una cuartilla en blanco.

    Un saludo con mis mejores deseos para el certamen.

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  2. H.K. dice:

    Hola Ximo.
    Primero, como te darás cuenta, te faltó revisar el texto antes de publicarlo. En cuanto a la idea, es bonita, interesante, la reconstrucción de una vida, de una familia, con el conocido ¨recoger los pasos¨ o último paseo de los muertos. El título hace predecible el relato, y aún así, al final redundas y nos dices el estado del personaje. El tono es apropiado para el tema que trabajas; la verdad sentí nostalgia al leerte. Pero los hechos, y tu intención al escribir el relato, se tornan densos, oscuros, por el exceso de imágenes liricas en cada uno de los párrafos (sin duda tienes madera de poeta) lo cual distrae la atención del lector. Con esto no quiero decir que no explotes tus dotes naturales, pero recuerda que en la vida (como en la literatura, y más para los noveles) todo es equilibrio; y la palabra es bella por sí misma.
    La verdad que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es sólo un placer superficial.
    Virginia Woolf.
    Ánimo y pa`lante.

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  3. Lemans dice:

    Estoy de acuerdo con el resto de compañeros. Tienes una capacidad linguistica muy buena pero quizás te falta medir su uso con la historia ya que al fin y al cabo es eso, una historia que contar y a veces el lector se pierde un poco.
    ¡Suerte!

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  4. MOREDA dice:

    UFF, ME COSTÓ MUCHO TRABAJO LLEGAR HASTA EL FINAL (DE VERDAD SON MENOS DE 2000 PALABRAS?) MUCHA LÍRICA, PERO EL TEMA SE PIERDE ENTRE ELLA. SIN EMBARGO TE FELICITO POR TU ESFUERZO.

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  5. Rafael dice:

    Poco que añadir a lo dicho por los demás compañeros.
    Es una pena que el bosque de frases poéticas no deje vislumbar nítidamente una buena idea, y el subsiguiente desarrollo, de un relato.

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  6. Barba Negra dice:

    El tema del relato es nostálgico. Creo que empleas excesivas palabras (más bien de poeta), pero en un relato, a veces, menos es más.

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  7. LUPE dice:

    Suerte

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  8. Ambrose Bierce dice:

    Un relato con reminiscencias de la peli “El Sexto Sentido”. Si es cierto que no tiene una lectura fácil por el exceso, quizás, de imágenes líricas y metáforas, algunas de las cuales a mi me ha costado “visualizar” (no me imagino como será levantarse de la cama igual que una niña que abandona el útero materno). Pero reconozco el enorme mérito que tiene todo ese trabajo que has desplegado: no es un texto fácil de escribir, y aunque parezca denso y trabajoso de leer,no es un texto mál escrito. Tendrías que ver algunas de las cosas que se han vertido en este certamen, que por prudencia he preferido no comentar.

    Persevera en la escritura, que no lo haces nada mal, y te seguirá proporcionando más placeres que los que te hayamos podido proporcionar con nuestros comentarios.

    Suerte

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  9. Scorpio dice:

    Hay un par de oraciones muy bien logradas, aunque cierto es, de estilo más bien poético. Seguramente con algo más de carpintería enlacen mejor con el tono de la narración. En todo caso, siempre aprendemos un poco, muchos éxitos y un abrazo de mi parte.

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  10. Salomé dice:

    Pues yo lo he leído con mucho gusto y de un tirón, no me ha resultado nada difícil y las imágenes en buena prosa – no sé porqué algunos hablan de poesía-, están bien logradas. Creo que todos podemos imaginar lo que significa salir del útero materno, un lugar confortable y seguro,hacia una vida incierta.
    Enhorabuena Ximo, me ha encantado.
    Suerte en el certamen:)

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