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50- La meta. Por Sara Rojas

 Al torcer la curva la recta le pareció infinita. Hasta ese momento, llegar a la curva era una meta inmediata que le motivaba y le animaba. Sin embargo, al rebasarla, se descorazonó al ver que la recta ascendía ligeramente para luego perderse y ocultarse a la vista.

Aún así  podía intuir que el camino seguía allí.

Dejó atrás esa hilera de pinos que tanto respiro le habían dado y la crueldad del sol se cebó con sus ya maltrechos hombros. Aquella mañana, al levantarse y elegir la ropa nada hacía presagiar que el sol le iba a hacer tanto daño, de haber sido así, de haberse imaginado por un momento lo que iba a ocurrir, desde luego que aquella no habría sido la mejor opción.

El agradable y pacífico canto de los pájaros, ajenos a lo que allí ocurría, se había perdido al dejar atrás aquello que parecía un paraíso en medio del desierto.

Ahora se abría ante él un interminable camino, de nivel irregular, con piedras que harían perder el ritmo, aquello de lo que dependía en ese momento.

Le dolían horriblemente las piernas, los pies sudados, se deslizaban en cada zancada produciéndole un desagradable y húmedo dolor. Todo el peso de su cuerpo se volcaba hacia delante haciendo que apareciera en su cara una mueca de profundo sufrimiento.

Pero no podía dejar que las fuerzas se le escaparan. Tenía que mantener la concentración pese al horrible esfuerzo. ¡Los tenía justo detrás! Sentía su aliento en el cogote, sus respiraciones entrecortadas y tan angustiadas como la de él. Casi podía oler su sudor, sentía como el suelo se tambaleaba a su espalda cada vez que uno de ellos dejaba caer su pierna.

Por un momento trató de mantener la mente fría y pensó “ellos deben estar tan agotados como yo. La ventaja es mía que voy por delante. Sólo dependo de mí “, pero era un consuelo agonizante. Parecía que el pequeño grupo que se había formado hacían de ariete del primero, el que tenía justo detrás, del que podía oler su apestoso olor a sudor con tanta claridad como el suyo propio.

Unos metros atrás, cuando llevaba algo más de ventaja que ahora, se había permitido mirar de soslayo y pudo ver el perfil del que tenía más cerca. Era alto y fuerte, no tan atlético como él sino más bien, bruto y pesado. Pero movía su cuerpo con bastante soltura y agilidad. No era tan fibroso pero aquellos puños cerrados con las venas palpitando bajo la piel y los músculos marcados como en un estudio de anatomía, aquellos puños  que se habían clavado en su fugaz mirada, le tenían aterrorizado. Sin duda era alguien fuerte y perseverante y lo peor, le movía un motivo muy poderoso. Darle alcance.

Miraba el suelo sin levantar la cabeza para escrutar el firme que tenía bajo sus pies y que ninguna piedra le hiciera perder el equilibrio. Le recordó a su niñez, cuando  montaba en bicicleta y ascendía largas pendientes y bajaba la mirada. Veía a sus pies como el color marrón de la tierra del suelo hacía líneas oscuras verticales que parecían adquirir movimiento a medida que aumentaba la velocidad. Lo hacía también cuando montaba de paquete en la moto de su hermano. Miraba el asfalto para sentir mejor la velocidad. A veces se mareaba, pero era divertido.

Ahora no se lo parecía. Todo lo contrario. Veía aquellas rayas oscuras que se desvanecían y aparecían de nuevo las temidas piedras. Se debía, ni más ni menos a que su carrera era lenta, lentísima.

Trataba de acompasar la respiración, controlarla, oxigenar bien sus músculos para que no dejaran de funcionar, para que no le fallaran. Pero el calor era asfixiante. Era un atípico día de mayo con más de treinta grados en la sombra. Lo que le faltaba.

Sus perseguidores también perdían fuelle. Eso era una buena noticia y tras pasar el pequeño montículo pareció que corría él solo por aquella carretera. El alivio y la pequeña pendiente sirvieron para empujarle cuesta abajo, aumentando la velocidad y también la ventaja.

Quiso disfrutar de ese fugaz momento en el que se había librado de los perseguidores y aspiro profundamente una generosa bocanada de aire caliente. Tanto llenó los pulmones que sintió un mareo. Pero aumentó la velocidad como la bici que baja sin control por una cuesta empujada sólo por la inercia, descontrolada. ¡Parecía que las piernas iban dos metros por delante de su tronco!

Aquella divertida sensación calmó su terrible dolor de pies y de tobillos.

Pero la diversión desapareció pronto cuando volvió a sentir el resollar de su perseguidor más cercano otra vez en su espalda.

¡Ya estaba allí! No había pasado ni cuatro segundos, tal vez cinco cuando volvió a escuchar las zancadas largas y rítmicas. Y otra vez aquel olor a humanidad salvaje.

El corazón le empezó a latir con mucha fuerza acompañado de unas gotas de sudor que recorrían su espalda y sus patillas. Era una de esas sensaciones asociadas a algún suceso, a veces demasiado lejano, pero que, como los olores, cuando lo percibes te hacen recordar.

Había sido una noche de invierno. Él salía de la biblioteca de la facultad, tarde, muy tarde, junto a otras personas que habían estado estudiando pero a las que no conocía de nada. Cada uno por su lado, desperdigados por la calle hasta que todos desaparecieron de su vista. No era una persona miedosa, más bien todo lo contrario, no se percataba de los peligros que pudieran acecharle porque siempre, inconscientemente, mantenía la mente distraída. Por ese motivo caminaba tan despreocupadamente a pesar de la hora. Al doblar una esquina, recibió una ráfaga helada de viento y se puso la capucha de la sudadera. Más tarde sabría que aquello le había salvado la vida.

Pasó junto a una licorería que permanecía abierta veinticuatro horas. Durante el día estaba un señor mayor que siempre hacía las cuentas de cabeza y lo traducía todo a pesetas. Pero por la noche solía estar un chaval joven, su hijo probablemente, que estudiaba en la misma universidad que él pero con el que nunca había cruzado una palabra.

Le sorprendió el silencio que había en la calle y según se acercaba a la tienda y se hacía más intensa la luz fluorescente del interior, algo le decía que allí pasaba algo.

Se había fijado que por la noche solían cerrar con una reja que se abría de forma automática desde el interior. Pero en ese momento la reja estaba abierta y atrancada con un palo de madera. Empezó a caminar más despacio y despertó sus sentidos. Al llegar al quicio de la puerta se paró y escuchó con atención.

Como si fuera ahora mismo, volvía a recordar aquella sensación de miedo, de incertidumbre, el sonido de las palpitaciones de su corazón como único testigo de su pánico. Escuchó ruido de cristales y voces masculinas que susurraban mezcladas con un gran alboroto.

De soslayo pudo ver al chaval tirado en el suelo como un muñeco, con la cara desfigurada en medio de un charco de sangre, posiblemente machacada por el mismo palo sucio que atrancaba la puerta.

No quiso ni pudo mirar más. Tampoco se planteó darse la vuelta y volver por otro lado.  Cruzó el umbral de lado a lado de una sola zancada y corrió tanto como pudo rezando por que los que había dentro no le hubieran visto.

No fue así y, como una mala broma del destino, se encontró en la misma escena que le ocupaba ahora. Corriendo y corriendo.

De la licorería salieron dos hombres y corrieron detrás de él. Al igual que ahora, el corazón era una máquina que trabajaba a todo trapo y podía sentir los latidos en sus propias orejas, en su cerebro, como si se fuera a salir del sitio.

Los tíos corrían detrás de él envalentonados y con los ojos inyectados en adrenalina.

Sólo se permitió mirar para atrás una vez para ver a qué distancia iban vez porque perdía el equilibrio y no podía caerse si quería seguir viviendo. Se dijo a sí mismo que su vida no podía terminar ahí. Que todavía le quedaban muchas cosas por hacer. Sus sueños de entonces, que sin dejar de ser sueños para él eran aspiraciones y metas. Con sus propias palabras, vivir para dar al desagraciado lector una obra que sea más difícil de leer que de escribir, decía siempre a sus amigos. Ese era su principal sueño, el de escribir, junto con terminar la carrera. Y desde aquel momento, por qué no, hacerse atleta profesional…

Seguía avanzando metros por las calles, improvisando el recorrido para despistar a sus perseguidores.

Por suerte para él era jueves, noche de diversión universitaria y no muy lejos de allí había una zona de bares que, si la suerte no le daba la espalda, estaría a reventar.

Así fue y al doblar una esquina se encontró con el gentío que, retando al frío, fumaban y bebían formando grandes grupos que ocupaban toda la calle.

Aprovechando la ventaja que llevaba, se quitó la sudadera, la tiró a un contenedor y se mezcló con los jóvenes como si tal cosa. Todos le miraron la cara llena de sudor con aquel frío y el gesto desencajado. Pero acto seguido seguían a sus cosas y lo ignoraron.

Llegó hasta la barra y se sentó como si tal cosa, mirando al camarero con cara de pocos amigos. Se quedó mirándolo unos segundos, creyendo que le iba a descubrir o que al mirar para atrás iba a tener a aquellos dos tipos a su espalda. No se acordó del pobre chaval de la licorería. No le importó nada, salvo salvar el pellejo.

Pidió una cerveza y se la bebió de un trago, obligándose a no volver la cabeza, como si le hubieran puesto un palo en la espalda y fuera físicamente imposible. Exagerando normalidad.

Se miró la camiseta y se alegró de que fuera roja. Casi sonrió. La sudadera que había tirado en el contenedor era gris. Podía haberle salido bien el truco.

Años después de aquello se preguntaba cómo tuvo el valor de pensar con tanta frialdad, pero así fue y eso le salvo la vida.

No volvió a ver a aquellos tíos. Al día siguiente compró el periódico, escrudiñó la noticia del robo para ver si decían algo de detenciones o de testigos, pero no encontró nada que lo vinculara. Nunca se planteó ir a la policía. Ni si quiera tuvo jamás un remordimiento. De aquella noche, la más larga de su vida, la que le tuvo sentado en una barra hasta que el camarero lo echó, no le quedó más recuerdo que la cara del chico de la licorería y la de sus propias piernas corriendo como nunca lo habían hecho.

Hasta ahora.

Se dio cuenta que mientras recordaba cosas del pasado había avanzado mucho. Pero también se dio cuenta de lo cansado que estaba.

Ya no podía más. Los calambres le producían un dolor insoportable y sus pulmones no daban abasto. Se llenaban y se vaciaban. Se llenaban y se vaciaban. Su boca aspiraba, respiraba. Escuchaba sus jadeos y cómo las orejas le palpitaban.

Llegado a un punto del camino, asfixiado por el calor, vio unas luces al fondo. Quizá era lo más parecido a la luz blanca que dicen que uno ve antes de morir. Además escuchaba voces y gritos. Luces, voces, gritos.

Sin duda desvariaba.

Por que se dio cuenta de que una sombra se posaba sobre su cabeza, a su espalda.

Para su desconsuelo era su perseguidor que casi le había dado alcance. Pudo llegar a calcular que a esa distancia sólo tenía que alagar la mano y… allí estaba él.

Después de tanto sufrimiento, después de la extenuación, de las alucinaciones, del esfuerzo, ahí estaba su perseguidor, a tan sólo un metro de cruzar la cinta roja….

 

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8 Comentarios a “50- La meta. Por Sara Rojas”

  1. Rafael dice:

    Lo mejor es el tema, ocurrente: la soledad del corredor de fondo y todo lo que a uno se le puede pasar por la cabeza en plena carrera.
    En cuanto a la forma, creo que al relato le faltan algunos retoques de redacción, en los que podrían ahorrarse algunas repeticiones y eliminar texto que aporta poco a la trama y lo alarga en exceso.
    Que tengas mucha suerte.

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  2. Lucile Angellier dice:

    Interesante. Suerte en el certamen.

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  3. MOREDA dice:

    INTERESANTE, TU PERSONAJE LLEGA A LA META Y ESO ES LO IMPORTANTE. SUERTE

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  4. Elisabeth Costello dice:

    Entiendo que tienes en la cabeza que la vida es un recorrerido. Saludos, Sara Rojas

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  5. LUPE dice:

    Una carrera penosa, ¿no?

    Suerte

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  6. Scorpio dice:

    Adhiero, lo importante es que llegó. Un abrazo y mis mejores deseos en el certamen.

    …y, a continuar en la carrera.

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  7. Ambrose Bierce dice:

    He encontrado algunos errores de puntuación, que yo corregiría de este manera:

    “presagiar que el sol le iba a hacer tanto daño. De haber sido así, de haberse imaginado por un momento lo que iba a ocurrir”

    y pensó: “ellos deben estar tan agotados como yo

    no tan atlético como él sino más bien bruto y pesado

    Y alguno más. Pequeños despistes que deslucen un texto por lo demás bien construido.

    Mucha suerte para el certamen

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  8. Salomé dice:

    Cuentas la historia completa del suceso anterior y nos dejas con todas las incógnitas de la trama principal. Por lo demás coincido con Rafael.Suerte 🙂

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