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48- Cuando los leones vuelan. Por Jaque Mate

           Yo, Daniel Vargas, siempre he sido uno. Una sola persona, única e indivisible como todo mortal que ha puesto sus pies en esta Tierra. Mi vida privada transcurrió mansamente hasta llegar a la cuarta década. Sentí cumplidas todas las expectativas depositadas en mí. Fui un buen esposo, de sanas costumbres y ardores moderados, y un buen padre. Mis máximos vicios consistieron en leer el diario cada domingo, repantigado en el sillón del living, y en la compra mensual de algún que otro disco compacto y algún libro de ciencia ficción.

          Mi vida pública funcionaba como los engranajes que encajan y giran sin emitir ruido. Procuraba cumplir el horario laboral con buen talante, asistí a cursos de perfeccionamiento con los que pretendí mejorar mi desempeño. Poseía una prosperidad, menuda pero constante. Me sé un hombre rutinario y feliz.

          Ambos aspectos de mi vida, público y privado, me satisfacían y se enlazaban en la construcción de una circunferencia que, sin embargo, nunca logró cerrarse definitivamente. Hasta hace un tiempo no me preguntaba el porqué.

          Cuando lo supe, no me quedó otra opción: tuve que dejarlo nacer. Él ya latía con ímpetu propio dentro de mí, tan único e indivisible como todo mortal que ha puesto sus pies en esta Tierra.

          Empecé un diario cuando vi arder la chispa en mi pupila, frente al espejo. Tal vez había estado allí toda mi vida, pero la había ignorado. No lo sé. Aquel día sentí como si algo dentro de mi ojo estuviera observándome, agazapado, amenazante. Durante largo tiempo me dediqué a vigilarla: la vi crecer alimentándose de mí. A veces, trazaba sombras desde mi mirada que, después, se me metían en los sueños. Imágenes sangrientas que me sembraban la noche de cuchillos obligándome a sudar bajo las sábanas o a despertar inmerso en poluciones y angustia. Al principio ocurría en forma espaciada. Lo que me daba motivo para auto convencerme de que se trataba de una mala digestión devenida en pesadilla, o del fruto de algún código de símbolos con el cual mi subconsciente quería desprenderse de alguna ansiedad que, de tan remota, no podía recordar. Luego fue sucediendo más seguido hasta convertirse en cotidiano. El diario fue el modo de exorcizarme. Las pesadillas menguaron a  medida que las escribía. Pero las historias empezaron a acumularse en el papel y sentí la necesidad de que alguien supiera, para aliviarme. Envié parte de los manuscritos a una revista desde una falsa cuenta de correo electrónico. Durante el último año he sido Daniel Vargas, pero también he sido León Kominsky.

          La semana pasada León recibió otro premio literario. El dinero que él gana ingresa a mi cuenta bancaria sin que a alguien le preocupe quién es. Ha sido una semana complicada. Reportajes, permisos de publicación y traducción a otros idiomas, trámites que debí hacer a escondidas de mi familia y sin descuidar mi empleo. Ardua semana para ambos. Semana de gloria para León. Semana en la cual me pasé los días haciéndole los mandados, corrigiendo los mugrientos capítulos de su novela, respondiendo sus estúpidos mails, atendiendo su maldito teléfono, como si fuese su secretario.

          A medida que León crece, yo decrezco. Pero… ¿de quién hablo cuando digo “yo”?. ¿Acaso el que ayer jugó con los niños en el jardín no es el mismo que escribió la novela premiada? León abarcó mis horas. ¿Habrá sido él quien acarició y besó a mi mujer, reemplazándome anoche en esos instantes que por derecho me pertenecen? He visto pasión en los ojos de ella. Una pasión que la movió al sexo una y otra vez durante toda la noche. ¿Me buscaba a mí con sus manos y su lengua? No es posible que esté engañándome conmigo mismo, con alguien que soy pero no soy. Con alguien que ella no sabe que existe.

          León debe morir. Quiero recuperar mi vida, mis afectos, mi familia. Quiero recuperar mi rostro en el espejo. León no existe. No existe sin mí. Puedo deshacerme de él solo con no volver a abrir su correo y con arrojar su celular y el diario al río. No volveré a escribir. Yo era feliz con mi existencia desapercibida y normal. Mañana León habrá desaparecido y no me quedará un atisbo de culpa. No es más que el personaje de una historia sin trama y sin escenario. Mañana seré libre.

          Lo he asesinado. ¿Puede quitársele la vida a alguien que no la posee? ¿A quien es uno mismo con otro nombre? ¿A quien no tiene un cuerpo porque cohabita el propio? ¿Es eso un homicidio o un suicidio? ¿Seré juzgado por ello ante el tribunal divino? Si no hay cuerpo, ¿hay cadáver?

          No he hecho más que defenderme de su invasión. No había otro remedio, estaba tornándose insoportable. Las energías no alcanzaban para ambos. La oficina, la casa, las horas de escritura, consumían más tiempo del que una sola persona puede disponer. Por otro lado, mis hijos, mi esposa y hasta el perro, sin siquiera saberlo, estaban repartiendo su amor entre los dos y yo sentía que estaba tocándome la peor parte, la de dar el doble y recibir la mitad.

          Muchas veces lo había pensado… Pero no me había atrevido antes. De alguna manera, su existencia había sido necesaria. Sin él, el último año hubiese sido un infierno de pesadillas y locura que me hubiera sumergido poco a poco en la enfermedad.

          ¿Tenerle cariño al propio alter ego, es acaso narcisismo? Yo se lo tenía… Sentía por él un aprecio intenso, veteado, claro está, por ciertos celos y cierta envidia. Pero le quería, fue una buena compañía. ¿Tendré que hacer un duelo por él? ¿Le extrañaré? ¿Intentará resucitar algún día? Interrogantes que sólo me revelará el tiempo. Debo estar alerta y no dejarme llevar por la sensación de tranquilidad que me brinda su ausencia.  Aun así, aun libre de él, me quedaron preguntas que nunca podré responderme. ¿Habrá ella sentido en su cuerpo al verdadero yo? ¿Al que queda en pie? Es lo que más me atormenta.

          Pude renunciar a todo lo que a él atañía, su trabajo, sus ingresos, sus hábitos; pero no a ella. Es mi mujer, aunque, cuando hicimos el amor, me haya susurrado: “—Te amo, Daniel”. Sin saber que soy León, el asesino de su esposo, el que rompió su bigamia con una viudez a medias. Tal vez, cuando se lo cuente, hasta me perdone si le digo que fue en legítima defensa.

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11 Comentarios a “48- Cuando los leones vuelan. Por Jaque Mate”

  1. Ex-LuchouX dice:

    Alter ego por todos lados, es curioso la temática se repite, la identidad. Sintoma de que estamos predidos, no hay que ser tan drásticos, me dice otro que me acompaña…

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  2. AVAL dice:

    La dualidad que siempre se confronta en un perfecto Jaque y Mate. Felicidades… ¡Buenísimo!

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  3. Heke dice:

    Me ha gustado el planteamiento y la forma. Creo que preguntarse por la propia identidad y elegir debería ser un buen ejercicio.Hay madera en este relato. Enhorabuena y suerte Jaque Mate.

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  4. MOREDA dice:

    EXTRAÑO E INQUIETANTE, ADEMÁS DE BIEN ESCRITO

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  5. Rafael dice:

    En este mundo hay de todo, como en botica, hasta los que se complican la vida sin motivo. Pero, también, hay que ver cuánto juego dan esos tipos como personajes de ficción.
    Buena prosa.

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  6. Barba Negra dice:

    Relato curioso.
    Saludos y suerte.

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  7. Lucile Angellier dice:

    Me ha gustado mucho tu relato, Jaque Mate, y me ha llevado a preguntarme si dentro de mí no habrá otra que se pasa la vida susurrándome historias, que me obliga a escribirlas (espero que no me esté engañando con mi marido. ¿Escribir no es eso: desdoblarse? Enhorabuena por tu relato, me ha recordado a los que escribe un buen amigo argentino.

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  8. DINA4 dice:

    Es uno de los relatos que más me ha gustado. El estilo y la estructura son impecables y se lee muy fluido. En cuanto al tema qué te voy a contar yo que he escrito sobre algo parecido, me ha hecho mucha gracia la coincidencia, incluso en el título: en uno leones y en el otro lagartijas.
    Maravilloso.

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  9. LUPE dice:

    Las dos caras del escritor.

    Suerte.

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  10. Scorpio dice:

    Me encantan los relatos inteligentes, distintos… Un abrazo y éxitos en el certamen.

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  11. Ambrose Bierce dice:

    Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas. Podría parecer previsible, pero a mé el final me ha pillado desprevenido y reconozco que Jaque Mate consiguió engañarme. Buena escritura y buena suerte para el certamen

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