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193- Ella, yo y unas ratas. Por Ufaina

Si usted está leyéndome, tiene que atribuirlo a puras cuestiones del azar, pues son casi inexistentes las probabilidades de que estas palabras sobrevivan a los terribles acontecimientos que viví junto a ellas, y que voy a contar detallada pero rápidamente, pues siento que me encuentro en mis últimas y desesperadas inhalaciones, y una extraña fuerza que nunca antes percibí, ejerce cada vez más presión sobre mi pecho, quitándome el aliento. 

Aunque mis ancianos ojos ven poco, mi mente también cansada y carcomida por los años, aún conserva nítidos los momentos en los que empezó todo esto y cómo termine viviendo algo propio de un libro de ficción del más mal gusto, e irónicamente he imaginado incluso que estos sucesos que voy a contar podrían fácilmente ser convertidos por quien los encuentre, en un feo relato literario y quitar así el impacto que produciría en los lectores saber que esto paso en realidad. 

Todo empezó cuando mi esposa (una mujer con una belleza y encantos casi irreales), a los dos meses de habernos casado, recibió el diagnóstico insospechado de que jamás podría tener hijos, debido a una complicada situación genética que nunca comprendí, momento desde el que empezó a hundirse cada vez más en una depresión de la que yo no me percataba en toda su magnitud, pues estaba muy ocupado en mi trabajo de periodista, el que siempre ejercí con deliberada mediocridad pero que me consumía todo el tiempo del mundo. 

Ante las señales visibles de que mi mujer estaba viviendo una enfermedad de tipo emocional, decidí buscar al mejor y más reconocido siquiatra que se encontrará en la ciudad, y a la semana y media logré contactarme con un joven siquiatra, muy reconocido en el medio y al que se le atribuían muchas hazañas, que despertaban admiración en unos y envidia en otros. 

El día que lleve al siquiatra a la casa para que realizará el diagnóstico, ella nos recibió en la sala y al presentarlos estrecharon sus manos durante un tiempo que “duró mucho”, pensé, sin embargo, decidí ignorar lo que pensaba; no obstante observé los ojos de ella y note un leve movimiento muscular de uno de sus párpados superiores e instintivamente gire y me pareció ver lo mismo en los ojos de él, entonces decidí no pensar nada. 

Se acordó un “tratamiento intensivo” según las propias palabras del siquiatra, que consistía en una cita de dos horas todos los días luego de medio día, combinando largas sesiones de charlas con administración de algunos medicamentos “para disminuir gradualmente la depresión”. 

Tengo que reconocer que la relación estaba muy fría y distante, por lo que un día saque tiempo de donde no había y decidí darle una sorpresa e invitarla a almorzar, la recogería en la casa y de ahí saldríamos a un restaurante que de seguro le gustaría, por su elegancia y variedad de platos, que eran las exigencias mínimas de ella para poder invitarla a comer por fuera. Llegué a la casa y abrí muy despacio, evitando hacer cualquier ruido brusco, pues me imagine que seguramente  se encontraba tomando una de sus siestas que se habían vuelto diarias, “debido a los medicamentos”, me decía. Subí hasta el cuarto, abrí la puerta lentamente, evitando el chillido típico de bisagras oxidadas, y lo que encontré cambiaría mi vida por completo. 

Las bisagras lograron delatarme, sudorosos, rojos y estupefactos ante mi presencia, el abrió sus ojos y en el instante en que me disponía a golpearlo con todas las fuerzas que jamás sospeche poseer, ella se me arrojo encima buscando bloquear mi feroz ataque, entonces pude observar como él mientras yo trataba de quitarme de encima a mi mujer, sacaba una jeringa de su maletín situado al lado de la cama, luego se impulso utilizando el colchón como un resorte y sentí un fuerte chuzón en el antebrazo derecho, e inmediatamente empecé a tambalearme, mi visión se empobreció, veía borroso y muy distorsionado, luego sentí un fuerte golpe en la cara, y no recuerdo nada más, hasta cuando me desperté en el que sería mi infierno de ahora en adelante y en el que habría de pasar el resto de mi vida hasta este momento en el que amargamente, ante la inminencia del fin, escribo algo porque me nace y no porque me pagan. 

El sitio es relativamente grande pero completamente oscuro, no tiene una sola ventana, la única fuente de luz es una vieja bombilla ubicada muy alta, que ilumina pobremente el sótano, como lo llame aquella vez inmediatamente hube despertado del letargo debido a la droga que me inyectó, pero con el tiempo resultó ser el único espacio al que tenía derecho sobre la Tierra. Hay un fuerte olor a humedad y aquella vez, cuando desperté sin idea de donde me encontraba, ya se podía distinguir el ruido que producían las ratas moviéndose entre una cantidad de cosas desechadas, como muebles rotos, libros viejos, varillas muy oxidadas, trozos de madera, ollas rotas y pedazos de pasta que no se alcanza a distinguir a que objeto pertenecieron y otras tantas cosas que han perdido su lugar en el mundo, por viejas, por dañadas, porque no sirven para nada; indudablemente parecidas a mí. 

Hay un pequeño sifón en un rincón del sótano, pero el detalle que más me aterró aquella primera vez y que aún hoy me aterra, es que no hay puertas, solamente hay una ranura en la pared, ubicada aproximadamente a unos dos metros y medio de altura con respecto al piso, cubierta por una lamina de acero denso. El resto son paredes de concreto, y el techo igualmente, pero aún hoy tengo una pregunta que me taladra la mente y el alma, si no hay puertas cómo pudieron meterme aquí, y he planteado varias hipótesis, entre ellas la que más me convence es que una vez metido aquí, sellaron la puerta con cemento y concreto, pero tendría que haber pasado mucho tiempo dormido, ya mí me parecieron sólo unos minutos, aunque no estoy seguro, siempre he creído que uno puede permanecer dormido toda una vida y no darse cuenta del tiempo que ha pasado. 

Pasaron muchas horas antes de que volviera a dormir, me pase todo el tiempo gritando con la esperanza de que alguien me pudiera escuchar y me ayudará, revolví todos las cosas buscando algo para intentar salir, y en esa búsqueda encontré varios  libros viejos, unos roídos, otros llenos de moho, y otros hechos sencillamente trizas, pero alcance a ver que se trataban de libros acerca de enfermedades mentales, con lo cual no me quedaba la más mínima duda de qué se trataba todo esto. Con la ira que me embargo, cogí las varillas oxidadas y largas y golpee violentamente las paredes y la lámina de acero que cubre la ranura, pero no cedieron, lo hicieron primero las varillas mismas y mis manos llenas de sangre que les removía el oxido. 

Me senté agotado y desilusionado de todo, y entonces tuve el primer signo de vida externo, la lámina de acero de la pared se desplazo rápidamente hacia un lado y una botella plástica con agua y un plato con comida cayeron al suelo, quedando esparcido todo el contenido del plato, y la lámina se volvió a cerrar, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, ante mis más indignados reclamos y exigencias de que me dejarán libre. Pero el hambre pudo más y termine recogiendo con mis manos ensangrentadas hasta el último grano de arroz, ni siquiera me detuve ante el pensamiento reiterado de que probablemente muriera envenenado, y fue la primera vez en toda mi vida que supe que la sangre era dulce. 

Así fue transcurriendo un día tras otro, tres veces se abría la lámina y tres botellas y tres platos caían al suelo, y tres veces yo recogía todo su contenido regado por el suelo, hasta que tuve la suficiente colección de platos que me permitieron cubrir toda el área en la que por lo general rebotaba la comida al ser tirada desde semejante altura a la que se encontraba la ranura.  

Pero el principal problema lo detecte luego del primer día, el sótano no tenía baño. Opte entonces por quitar la rejilla del sifón y empecé a realizar mis necesidades fisiológicas en aquel sitio, y pronto encontraría utilidad para tantos libros desechados. Pero con los días, la producción líquida del cuerpo no era suficiente para que la producción sólida viajara eficientemente por la tubería conectada al sifón, y transcurridos unos cuantos días, los primeros indicios asomaron y un olor nauseabundo empezó a apoderarse de cada fragmento de aire que se respiraba. 

Pero pronto descubrí la sabiduría del olfato y ya no percibía el olor. No obstante trate de resolver el flujo a través de la tubería chuzando con los trozos de madera y las varillas más largas pero nada dio resultado, así que muy pronto supe que sería una compañera permanente y cada vez más visible, me sentí el hombre más desgraciado del mundo, no por el olor, sino por lo que veía, pero tendría que aceptarlo si quería sobrevivir. 

Poco a poco se fue formando una pequeña montaña cuyo núcleo venía siendo el sifón, y empecé a observar en los momentos en los que no sabía si era de noche o de día, recostado sobre una pared mientras leía los viejos libros antes de que fueran utilizados en función de las circunstancias, que las ratas se alimentaban quitando pequeños trozos de la misma, y con el pasar del tiempo las ratas ya no se escondían de mi presencia, como en un principio, sino que de vez en cuando las ratas más viejas y gordas, caminaban a mi lado como si a ellas ya tampoco les importara nada, simplemente deambulando y esperando la muerte, mientras daban lentos pasos debido a una obesidad mórbida adquirida por la mala dieta, y luego, durante unos segundos, posaban sus ojos sobre mí, ya sin ningún tipo de ilusión. 

Durante las miles de horas que tuve que ver a las ratas cómo comían de la montaña, ésta dejo de ser mi vergüenza como la miré durante años, y en su lugar se fue convirtiendo en un orgullo, en una constancia de lo vivido, en el legado que siempre había querido dejar al mundo.  

Las ratas se hicieron mis maestras de la vida y de la muerte, y yo como agradecimiento, a medida que han ido muriendo mientras otra pequeña ratica nace y pareciera que va a ser inmortal, les organizo un entierro, que consiste en colocar la rata que ha partido en uno de los miles de platos acumulados a lo largo de los años, tapando su cuerpo con pequeñas fracciones de la montaña, humedecidas con agua de la botella que diariamente es botada desde la ranura, y en cada entierro me percato que la montaña les ha dado vida ofreciéndoles alimento y ahora les ofrece un cobijo ante la muerte, y entonces mi orgullo por mi legado aumenta aún más. 

Las otras ratas muestran congoja, y aunque parezca increíble, hacen un silencio profundo, mientras llevo a la rata a un área del sótano que he llamado campo rata, en pleno luto por cada una de las compañeras que se van yendo quien sabe a dónde. 

Estoy viendo la muerte al lado de mi legado, me está esperando, no quiero irme, no aún, qué será de las ratas, ya no me importa mi mujer ni el siquiatra, no sé si serán ellos los que todos los días me botan la comida o si serán otros, pero eso no importa, por mi que se hayan muerto los dos, me da lo mismo. Sin embargo, a pesar de todo, de no haber sido por ella, no hubiera descubierto que la muerte y la caca, como le decía ella en lugar de decir su nombre más auténtico, son inseparables de los hombres y de las ratas.

-¡No aún no!, ¿quién se va a encargar de mis ratas?

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19 Comentarios a “193- Ella, yo y unas ratas. Por Ufaina”

  1. Chuss dice:

    Bien narrado el horror del encierro (mal acentuado, si me permites la corrección). No me parece justificado el castigo pero consigues crear un clima axfisiante que engancha y te obliga a llegar hasta el final. Suerte.

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  2. Salomé dice:

    Una historia tremenda sin duda,una buena idea que se desluce por las faltas de ortografía y la floja precisión del lenguaje. No obstante Ufaina, no se puede negar que tienes imaginación. Lo demás se aprende. Ánimo para seguir escribiendo y suerte en el certamen.

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    • Ufaina dice:

      Gracias, estaré trabajando en lo que me comentas acerca del lenguaje.

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  3. Heke dice:

    Necesita una corrección ortográfica, podría mejorar el formato de algunas expresiones, pero la historia es buena y demuestra como la afectividad del ser humano se aferra a cualquier cosa para sobrevivir.
    No deje de escribir y de aprender.
    Saludos

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    • Ufaina dice:

      Gracias por las observaciones con respecto a las expresiones, seguiré aprendiendo.

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  4. MOREDA dice:

    TREMENDA HISTORIA, MUY AL ESTILO DE POE. BIEN ESCRITA A PESAR DE LAS FALTAS DE ORTOGRAFÍA. SUERTE

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    • Ufaina dice:

      Muchas gracias, espero con los años de trabajo poder algún día escribir como un Poe.

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  5. LUPE dice:

    Terrorífico

    Suerte

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    • Ufaina dice:

      Jajaja gracias, entre todas las cosas que pretendía transmitir, el terror del personaje era una de ellas.

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  6. Ambrose Bierce dice:

    Una historia truculenta y un clima sórdido bien recreado. El relato tiene mucho potencial si se mejoran los aspectos formales (ortografía, puntuación). Por ejemplo, algunos párrafos se me hacen muy largos y se habrían beneficiado bastante de unos cuantos “punto y seguido” adicionales. Te deseo mucha suerte

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    • Ufaina dice:

      Gracias, tendré muy en cuenta las observaciones.

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  7. Papá Noel dice:

    Fértil imaginación. Buen cuento.

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  8. Barba Negra dice:

    Una historia cruel. Bien narrada, aunque necesita un repaso. Veo excesivo el castigo impuesto al marido, ¿no sobraría con el divorcio?

    Suerte

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  9. yo dice:

    Pues si, trae a Poe a la cabeza, eso es siempre bueno, pero le faltan algunas, muchas, correcciones.

    A mi particularmente no me gusta el giro escatológico que da la historia y lo peor es que no haya rastro alguno, salvo que la elipsis sea de suma sutileza, para resolver el tema del quién y porque acerca del psiquiatra. Bien es cierto que según que criterio y gusto literario esto podría ser hasta bueno, dejando al lector y a su imaginación esas preguntas.

    6,5 sobre 10.

    Saludos

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  10. NOSKI dice:

    Aferrarse a lo que sea con tal de seguir viviendo. Puro instinto de supervivencia. Una historia de terror que podía haber sido interesante, pero con pocos recursos literarios. Hay además, a mi juicio, abundancia de frases excesivamente largas, que conviene cortar para dar tensión al relato, y algunas faltas de ortografía, fácilmente subsanables a nada que se relea el texto. En fin Ufaina, mi consejo es leer y releer lo que se escribe para ver “como suena”. Da la impresión de haber sido escrita apresuradamente.
    Suerte

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  11. Una historia sobrecogedora, y que engancha hasta el final. Tiene fallos de puntuación y algunas faltas de ortografía, pero eso se puede corregir, lo digo por mi propia experiencia, siempre dudo sobre donde poner la coma. Suerte en el certamen.

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  12. lupe dice:

    Releo, recomento y digo:

    Terrorífico (eso ya lo dije), escatológico, absurdo en cuanto a los motivos y los modos, fuerte y casi ¿cómico?, pero en definitiva, engancha y causa algún tipo de sensación, sea la que sea.

    Suerte.

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