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173- Personas que saludan. Por John Jairo

            Personas que saludan. Ese tipo de personas. Pueden encontrarse en cualquier espacio, cualquier entorno. Ese tipo de personas que saludan, sin rubor, con familiaridad, con naturalidad. Las que te saludan cuando te las cruzas en una acera, en una cafetería, en el rellano de tu centro de trabajo, o de ocio, o en el autobús que soléis coger ambos. Da igual, esa peculiaridad, ‘que soléis coger ambos’, es lo que crea el vínculo y crea la familiaridad, puesto que nada más os une y nada más, jurarías, os habéis dicho nunca. Esas personas que saludan sin conocerse. Tal vez, o no, dado que puede ser una, la ‘persona a’, digamos, la que exclusivamente pertenece al grupo de personas que saludan; no la otra, que puede ser cualquier otra cosa, puede pertenecer a cualquier otro grupo, puede ser una persona que silba por la calle o una persona que balbucea por la calle o una persona que va siempre por la acera de la sombra y que siempre, indefectiblemente, cruza una acera cuando un hueco entre dos edificios proyecta sobre la acera por la que iba los rayos directos del sol. No. Este tipo de personas no tiene necesariamente por qué saludar a no ser que se vea arrastrada por el saludo de otra persona, la ‘persona a’, digamos, que no cabe duda pertenece al grupo de personas que sí saludan. La otra persona, digamos la ‘persona b’, la que no pertenece al grupo de personas que saludan, puede ser todo lo opuesto, puede pertenecer al tipo de personas que no saludan y que incluso puede subdividirse o bien en personas despistadas que no tienen habilidad para el reconocimiento facial o bien en personas soberbias que hacen como que no te ven para no tener que saludar. Pero el efecto de un saludo directo como el que puede hacer la ‘persona a’, la que pertenece a ese grupo de personas que sí saludan, es inevitable, ese saludo hace que estés obligado a responder aunque no quieras. Ese es el poder de este tipo de personas, tiránicas, egoístas, engreídas, que creen que merecen tu saludo, que te extraen ese saludo casi a la fuerza; anticipándose a tu reacción ya están ellos con su saludo afable y amigable que no es más que un contrato forzado para que tú respondas a ese saludo sin siquiera solicitarlo ni desearlo.

           Una vez que se establece ese saludo se establece un protocolo inviolable al que se está obligado a recurrir cada vez que estas dos personas se encuentran en esa misma situación. Y puede ser que nunca hayan cruzado una palabra, puede ser que lleven años coincidiendo habitualmente en la misma línea de metro, de bus, la misma esquina donde se cruzan sus itinerarios y de trabajo. Es muy fácil para la ‘persona a’, la que saluda, la que está habituada a saludar, pensar que es su obligación saludar a esa persona con la que el azar ha querido hacerle coincidir repetidas veces, la ‘persona b’. Un saludo es un saludo, no es un arma, no es un insulto, no es una losa. O sí, pero no para las personas que saludan aunque no se conozcan. Al fin y al cabo pueden ser personas a las que ves más que a tus propios amigos e incluso familiares, sobre todo si se es del tipo de personas que evitan a algunos familiares para sobrevivir. Es un decir, no es necesariamente el caso de la ‘persona b’, que al fin y al cabo ha entrado, aunque sea por invitación, de manera fortuita, al grupo de personas que saludan, puesto que una vez quiso corresponder al amable saludo de una persona que no le conocía para nada y a partir de entonces ha correspondido siempre a ese saludo cada vez que ‘persona a’ la ha identificado en medio de los usuarios del autobús.

           Hay una conexión, no se puede negar, un nexo, o un acto de comunicación mínimo. La cantidad de información contenida en ese saludo puede ser ínfima. No necesariamente tiene que  haber una atracción personal, una subida inconsciente del índice de hormonas o feromonas en el cerebro de ‘persona a’ al ver de nuevo a ‘persona b’, una leve tensión sexual; puede ser un simple interés empático, puede ser el mismo acto comunicativo de dos hormigas que cruzan sus antenas al encontrarse a la salida del hormiguero, o dos perros que se olisquean en un parque, ya está. Pero ese nexo permanece indeleble el mismo tiempo en el que ha mantenido las tres últimas relaciones sentimentales que pueden incluirse en el grupo de relaciones estables pero no tan estables como para no romperse cuando aparece la palabra ‘hijos’. Porque la ‘persona a’ puede pertenecer perfectamente a ese grupo de igual manera que pertenece al grupo de personas que saludan. Y dentro de su círculo de personas que responden a su saludo sin conocerle nada hay que indique que ‘persona b’ no pertenece al mismo grupo de personas que huyen cuando aparece la palabra ‘hijos’, ya que en todos estos años no la ha visto nunca con un niño de la mano ni mucho menos embarazada. Se acordaría, ya que también pertenece con orgullo a ese grupo de personas que sí cede su asiento en el autobús a embarazadas, ancianos y minusválidos. Pero nunca se ha visto en la necesidad de ceder su asiento a ‘persona b’. Considera el grupo de personas que ceden su asiento a las damas demasiado rancio y tampoco ha habido nada entre ‘persona a’ y ‘persona b’ como para permitirse la licencia de cederle el asiento a alguien sin conocerla realmente. Es suficiente, juzga, con saludar sin conocerse. No se han dado las circunstancias para progresar en su conexión y nada parece indicar que ese simple nexo de simpatía se convierta en un flujo de comunicación sin más. O tal vez sí, quién sabe, al fin y al cabo es una cuestión estadística, algorítmica, de cuándo sus horarios de trabajo les hacen coincidir en la misma línea de autobús, ya que depende de la semana en que ‘persona a’ trabaja de mañana o de tarde y el día de la semana en que libra ‘persona b’ o incluso el día en que ambos tienen que quedarse a hacer inventario en sus respectivos trabajos. Todo eso es lo que hace que sean realmente pocas las veces que ‘persona a’ y ‘persona b’ coinciden en el autobús. Y por ello son pocas las veces que ‘persona a’ tiene posibilidad de saludar a ‘persona b’ aunque nunca hayan hablado entre sí. Tal vez un día, por simple azar, por una combinación distinta a la habitual, en vez de encontrarse ambos a la salida de sus respectivos trabajos en la misma línea de autobús de siempre, puede que se encuentren en otro lugar, pongamos un ascensor. Podría haber sido cualquier otro, podría haber sido el rellano de una escalera, la sala de espera de un dentista recomendado, una sala de cine semivacía con una película suficientemente especial como para despertar una afinidad insospechada; no, pongamos que ‘persona a’ sube a un ascensor que baja y ya dentro nota la mirada de alguien a su lado. Son treinta y dos plantas, tal vez han bajado diez pero queda mucho tiempo. Gira la cabeza hacia la persona que la mira con una leve sonrisa y un presto saludo al que responde, puesto que al fin y al cabo él mismo es de las personas que saludan sin conocerse, y cree identificar a la otra persona como miembro del mismo grupo de personas, sin duda. Pero la mirada sostenida empieza a ser impertinente, a su parecer. Hasta que la otra persona se da cuenta de que no la ha reconocido, como la ‘persona b’, la de la línea de autobús en la que coinciden. ‘Persona a’ la mira entonces, avergonzado, ya que debería haber sido él el primero en saludar y en reconocer a ‘persona b’. Pero no ha sido así, al contrario. El lugar no era el correcto, el protocolo de saludo está establecido en un autobús, fuera de él ha sido incapaz de ubicarla.

           Y entonces, entre la planta viente y la diez, quizás movido por la vergüenza, se ha visto en la necesidad de hablar, y ha dicho: ‘parece que va a hacer buen tiempo…, por las tormentas…, parece que van a acabar…, lo prefiero…, me aturullan’. Y entonces se ha dado cuenta de la mirada perpleja de ‘persona b’, que le ha observado con el pensamiento de que jamás hubiera dicho que ‘persona a’ pertenecía al grupo de personas aborrecibles que en los ascensores solo saben hablar del tiempo. Un juicio que ‘persona a’ ha adivinado sin necesidad de poderes mentalistas, ya que él mismo aborrece a las personas aborrecibles que en los ascensores solo saben hablar del tiempo. Ha estado tentado de desdecirse para dejar claro a ‘persona b’ que no es desde luego de ese tipo de personas que solo saben hablar del tiempo en los ascensores. Pero lo ha considerado inútil.

           ‘Persona a’ sabe, sin tener poderes adivinatorios, que la próxima vez que se encuentre a ‘persona b’ no va a ser capaz de saludarla. No por nada, simplemente por el temor de que por primera vez ‘persona b’ no responda a su saludo, como podría pasar, perfectamente. O tal vez no, no lo sabe, no la conoce tanto como para adivinar su reacción. Pero el simple temor a no recibir respuesta su saludo le aterra, hasta el punto de estar dispuesto a convertirse en una de esas personas que hacen como que no te ven para no saludarte, o de las personas que leen en el autobús.

           Sabe que es demasiado tarde como para recuperar ese punto de conexión. Esa mirada, tal vez, dejaba de ser la de dos hormigas que se cruzan a la salida del hormiguero –o dos perros que se olisquean en un parque– para convertirse en un flujo de empatía por un encuentro casual, en un ascensor, digamos, realmente azaroso y por ello inédito, sin las ataduras del protocolo de dos personas que se saludan sin conocerse en el autobús.

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8 Comentarios a “173- Personas que saludan. Por John Jairo”

  1. MOREDA dice:

    PERSONAS QUE SALUDAN, PERSONAS QUE NO SALUDAN. BIEN ESCRITO TU TRABAJO PERO NO LO ENCUENTRO LA CUADRATURA DE UN RELATO. SUERTE

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  2. Charlotte Corday dice:

    ¡Hoooooolaaaaaaa!

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  3. Gretel dice:

    ¡Curioso! Que no es poco. Probablemente, el formato de este concurso no es más adecuado para un texto que se merece una lectura pausada y delicada. A mí me parece sutil, ingenioso y original. El hecho de que el narrador se demore tanto en la descripción y de que el tiempo sea tan lento es su mejor hallazgo y, al mismo tiempo, lo que lo mata para un formato como el de este concurso.
    Creo que no me equivoco al compartir contigo el gusto por Julio Cortázar, ¿no?

    ¡Suerte!

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  4. LUPE dice:

    Suerte

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  5. Barba Negra dice:

    Suerte en el certamen.
    Un abrazo.

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  6. NOSKI dice:

    Estudio psicológico de determinados comportamientos sociales. No se si en el fondo, lo que quieres dar a entender es el tiempo que empleamos los mortales en saludarnos por parecer amables o decir tonterías innecesarias para hacer amigos que, luego, cuando se avanza en el conocimiento, solo sirven para cotillear en cualquier tienda o cafetería. Me ha gustado el final cuando después de dar tal cúmulo de detalles, resulta que un día “a” no le salude a “b” “No por nada, simplemente por el temor de que por primera vez ‘persona b’ no responda a su saludo, como podría pasar, perfectamente”.
    Curioso relato John Jairo (no nos conocemos pero ya te nombro por tu seudónimo. Puro márketing, amigo)
    Suerte en el certamen

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  7. Burbuja dice:

    Tendré que volver a leer tu texto, me he liado un poco, pero me ha gustado tu forma de escribir. suerte

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  8. Ambrose Bierce dice:

    ¿Cuantos de nosotros no nos encontramos entre esas personas que saludan o que se dejan ser saludadas, o que tiene miedo de saludar a sus semejantes? Me gustó esta especie de relato-ensayo-reflexión, Jhon Jairo

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