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171- Cuando los sueños duermen en la habitación de al lado. Por Zelk

La noche era densa, plomiza, pegajosa… A medida que avanzaba por las estrechas callejuelas del centro de la ciudad, esta parecía desvanecerse bajo mis pies; era como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante en que la vigilia y el sueño se abrazan, el cuerpo se vuelve sutil y la mente se permite unos segundos de reposo.

Me había despedido de Virginia apenas una hora antes, después de hacer el amor con la misma pasión que venía siendo habitual durante los seis años que ya duraba nuestra relación. Recuerdo que la acompañé hasta la puerta y, tras besarla por última vez, quedamos para el día siguiente; luego se marchó pegada a esa sonrisa que parecía tener casa en su rostro, recogiéndose el pelo alrededor de aquel coletero blanco con lunares plateados que tanto le gustaba. Ya a solas, me serví una copa antes de tumbarme en el sofá; entrecerré los ojos y repasé mentalmente cada detalle, cada palabra y cada caricia de la recién concluida velada. A lo largo de mi casi medio siglo de existencia, nadie excepto ella me había llegado a querer nunca más allá del reflejo alargado del gran patrimonio atribuido a mi familia.

De pronto, mientras sorteaba los obstáculos de aquella irregular superficie de adoquines que conducía a la Plaza Mayor, advertí que no podía recordar cómo había llegado hasta allí ni por qué motivo, ya que mi intención, en un principio, era terminar la copa y darme una ducha antes de dormir.

Pero me sentía bien, y a pesar de que la noche era calurosa, decidí seguir caminando. Al llegar a la iglesia me senté a descansar un rato antes de emprender el regreso, aunque en realidad no tenía síntoma alguno de cansancio; es más, apenas tenía percepción de mi cuerpo. Ocupé un banco solitario pegado a los viejos muros del centenario edificio. Al otro lado, una enorme jacaranda reinaba sobre un minúsculo jardín con arbustos y rosales rodeados por unos perfectamente recortados y tupidos setos. Nada hubiera tenido de noticiable, ciertamente, la sigilosa aparición por detrás de estos de un enorme gato negro en el mismo instante en que tomé asiento, de no ser porque el muy condenado, nada más verme, se erizó por completo hasta el punto de que su rabo parecía un palo metálico; permaneció largo rato con los ojos abiertos de par en par e inmóvil como una estatua; mirándome en actitud desafiante y hostil, lanzó varios alaridos –eso desde luego no era maullar- tal como si estuviera poseído por el mismísimo Lucifer. Asustado, me alejé en dirección a otro banco apartado donde sentirme a salvo de la inquietante presencia del felino, que desapareció poco después como tragado por la misma oscuridad que lo había parido.

No habrían pasado cinco minutos, cuando se sentó a mi lado una pareja de enamorados en actitud casi obscena. Mira que había bancos libres y aún así eligieron el mío; a pesar de que había poca luz mi presencia era más que evidente, pero poco pareció importarles, y no tardaron en empezar a acariciarse íntimamente con la misma naturalidad que si hubieran estado solos. Aquello se encaminaba sin remedio a lo inevitable. Paralizado por la sorpresa decidí poner pies en polvorosa, así que me levanté con sigilo y me dispuse a alejarme; era inaudito, no perdieron el tiempo ni en mirarme de reojo, ellos a lo suyo. Habría avanzado no más de tres metros cuando escuché a mi espalda, alta y clara, la voz de la chica en dirección a su amante:

-Cariño, soy tan feliz… No dejo de pensar en ti, has cambiado mi mundo por completo, te juro que estoy viviendo los días más felices de mi vida…

No, no era posible. Hubiera reconocido aquella voz entre una muchedumbre. Me volví y en efecto: era ella, Virginia, mi Virginia. Estaba allí, haciendo el amor con un desconocido ante mis propios ojos. Pensé que estaba delirando; si tan sólo una hora antes estábamos juntos en casa, tan enamorados o más que nunca…

-Te quiero, Virginia –era una voz grave, dura, áspera-. Es como soñar despierto, sólo deseo estar contigo, y aunque sé que por ahora eso no es posible, acepta esto –sacó un estuche que contenía dos pulseras idénticas bordeadas por minúsculas estrellas con incrustaciones de oro y diamantes en su interior- como símbolo de nuestro de amor; llevaremos una cada uno, así cada vez que las miremos será como estar juntos en la distancia.

No pude más, ¿cómo era posible? ¿Qué clase de desvergonzada podía estar hablando con su amante a tres metros de mí, y además ignorarme como a un perro? Una especie de furia irracional me lanzó sobre ellos como un energúmeno… ¿que qué hicieron? él le colocó la pulsera en la muñeca y ella le besó sin levantar tan siquiera la mirada. La impotencia que sentí era tal que les habría matado con absoluta seguridad de no ser porque en ese instante, sobresaltado y sudoroso pero inmensamente aliviado, desperté en mi habitación donde ya se colaban los primeros rayos de sol de la mañana…

-Qué sensación tan desagradable –balbuceé para mis adentros-. Gracias Señor, gracias… Menos mal que sólo ha sido sólo una maldita pesadilla.

Jamás había tenido un sueño tan nítido, tan claro, tan real. Me levanté confundido y decidí darme una ducha para ver si el agua y el jabón lograban sacar de mí esa sensación espesa y perturbadora que me invadía. Necesité toda la mañana para conseguirlo, pero al fin concluí que todo se había debido a una simple jugarreta de mi inconsciente y me dispuse a diseñar el nuevo día.

Mamá me había invitado a comer; fiel a sí misma se pasó todo el tiempo explicándome qué productos utilizar para limpiar la casa, qué alimentación debía llevar y, sobre todo, qué diablos nos ocurría a Virginia y a mí para que después de seis años de relación, y con la edad que íbamos teniendo, siguiéramos solteros y –según ella- cohabitando en terrible pecado mortal.

– Estamos bien así mamá, esto lo hemos hablado mil veces –apelé a toda mi paciencia-. Pero lo mismo cualquier día de estos te damos una sorpresa de otro tipo.

– ¿De otro tipo? –Arqueó las cejas hasta adoptar esa expresión tan suya cuando quería demostrar asombro-.  Ya sé, es un hijo ¿verdad? Si me queréis llevar a la tumba, lo único que debéis hacer es tener un hijo sin estar casados.

-No es un hijo mamá, eso ni se nos pasa por la mente –era totalmente sincero-. Ser padres es algo muy serio. Además Virginia no quiere perder su trabajo de azafata, que es absolutamente incompatible con la maternidad y las ataduras.

– ¿Entonces dejarás que me muera sin saber qué es ser abuela? –era una chantajista emocional compulsiva-. Pues que sepas que un nieto es la mejor medicina para una pobre viuda solitaria, deberías pensar un poco más en mí… Eso sí, un nieto como Dios manda, con la bendición de la iglesia.

Y así transcurrieron las dos horas siguientes, entre consejos, instrucciones y órdenes de mamá, como solía ser habitual en nuestras reuniones. La llamada de Virginia, puntual como siempre, me salvó de sus garras casi a la seis de la tarde, justo cuando ya empezaba a desesperar.

– Hola mi amor –su voz dulce y aterciopelada, más aún comparada con la de mamá, me sonó a música celestial-. Qué ganas de verte, te aseguro que lo de anoche, aunque se podría calificar de insuperable, me tiene todo el día pensando cómo superarlo, ya me entiendes…

– Claro Virginia, te recojo en quince minutos –disimulé, pues mi madre tenía un oído finísimo y siempre en guardia -. ¿Qué te parece si vamos a ver la última de Almodóvar?

Virginia entendió la indirecta y se limitó a dar el OK antes de colgar el auricular. Me despedí apresuradamente de mamá, francamente estaba deseando salir al exterior y oxigenarme después de su interminable monólogo. Al volante de mi espectacular Mercedes de última generación, me deslicé feliz por las amplias y casi desiertas avenidas de la ciudad. La magia de la guitarra de Mark Knopfler, con el potente equipo musical del automóvil a toda pastilla, llenaba el habitáculo y mi cerebro de vibraciones positivas.

Cada vez que la veía era como hacerlo por vez primera, siempre había en ella algo diferente que la hacía aún más hermosa. En esta ocasión, por supuesto, no iba a ser menos. Un sencillo vestido azul de tela casi transparente con bordes blancos y falda por encima de las rodillas, no dejaba casi nada a la imaginación, apenas incapaz de esconder su espectacular silueta coronada por una agreste melena de pelo negro como el carbón cayendo en cascada sobre los hombros. Cuando me saludó desde la barra de aquella cafetería, ni ella podía estar más infinitamente hermosa ni yo más dichoso por ser la persona a la que esperaba. Creo –qué digo creo, estoy seguro -que cuando me acerqué para besarla en los labios fui blanco de la envidia de todos los allí congregados, cosa que casi llegó a ruborizarme.

– Rápido cariño –rezongó mientras trataba de desembarazarse sonriente de mi abrazo-. La película ya debe haber empezado. Suéltame, sabes que no soporto perderme el principio…

Tras el correspondiente acopio de palomitas, coca colas y demás complementos del buen cinéfilo, pasamos a la abarrotada sala justo cuando se apagaban las luces; trabajosamente nos deslizamos hasta nuestros asientos en la última fila y nos dispusimos a disfrutar del filme. 

Tal vez ella lo hiciera, pero yo no recuerdo siquiera el más mínimo detalle argumental. De pronto la pantalla de aquel cine se oscureció para mí; recuerdo que la sangre empezó a hervir en mis venas hasta casi llegar a incendiarlas. Una décima de segundo, incluso menos, me bastó para advertir dentro de su bolso el brillo de una pulsera de oro y diamantes que ni la oscuridad de un millón de noches me habría podido ocultar.

Ella lo advirtió, pero se limitó a dejar pasar unos minutos para luego, distraídamente, mostrarme la joya sin mucho entusiasmo y agregar en voz baja:

– Casi me olvido… ¿quieres ver qué me ha regalado mamá? O se ha vuelto definitivamente loca o intenta resarcirse por algo que le remuerde la conciencia; mira qué pulsera tan increíble…

Cuando la examiné de cerca no me quedó ninguna duda: era la misma que aquel misterioso hombre colocara en su muñeca la noche anterior. Pero, ¿cómo era posible? Estaba tan confuso por el extraño giro de los acontecimientos, que sólo acerté a dedicarle una estúpida sonrisa para luego sumirme en el silencio más absoluto. Al salir del cine aduje un terrible dolor de cabeza y me desembaracé de ella tratando de que no sospechara. ¿Y qué otra cosa podía hacer? ¿Acusarla de serme infiel en un sueño? Ya analizaría todo aquello más adelante; con los ojos cegados por las lágrimas y el vehículo a más de ciento cincuenta kilómetros hora a través de aquella carretera comarcal, no sé cómo conseguí regresar a casa sano y salvo.

A pesar de que nunca llegué a tener una sola prueba, lo cierto es que nuestra relación acabó naufragando. Ella se cansó de luchar -o eso decía- y al fin dejó de hacerlo; o de fingirlo, ¿qué sé yo? Pasé inevitablemente por una terrible depresión que casi acaba conmigo, pero afortunadamente, dos años más tarde, pude salir adelante.

Casualidad o no, ¿qué más da? lo cierto es que meses más tarde, una mañana entre la vorágine de un aeropuerto cualquiera en hora punta, la vi perderse por una escalera mecánica de la mano de aquel hombre. Dos inconfundibles pulseras con estrellitas incrustadas en oro y diamantes, unían sus muñecas como pegamento.

Nunca más, lo juro, he vuelto a tener un sueño tan nítido. ¿O tal vez sí? No lo sé, de todas formas, ¿qué importa eso ya?

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10 Comentarios a “171- Cuando los sueños duermen en la habitación de al lado. Por Zelk”

  1. Gerardo N. Gandara dice:

    Buen trabajo.
    Enhorabuena.

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  2. MOREDA dice:

    BELLA PROSA EN UNA NARRACIÓN MUY BIEN ESCRITA. LAS SORPRESAS SE VAN DANDO A TRAVÉS DEL RELATO QUE SE DEJA LEER FÁCILMENTE. VAYA MANERA DE PRESENTAR A TU PROTAGONISTA FEMENINA, DAN GANAS DE AL MENOS MIRARLA. ME GUSTÓ MUCHO EL TÍTULO. SUERTE

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  3. CARIARI dice:

    Planteas un enigma y lo escribes bien, pero es bastante previsible. De todos modos tienes madera. Suerte.

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  4. luthessa dice:

    Lo que me ha gustado de la historia es el título, que luego no tiene que ver con la historia.
    Está muy bien escrito, pero el argumento para mi deja mucho que desear…

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  5. zelk dice:

    Ante todo dar las gracias por leer mi relato a Gerardo, moreda, cariari y luthessa.
    Para luthessa sobre todo, y para todos en general, una aclaración que, ya lo imaginaba, es necesaria para entender el relato y que nadie parece haber advertido (si es así pido disculpas). Lo que le ocurre al protagonista es que sufre un desdoblamiento astral. Por eso luthessa, creo que el título sí tiene que ver, y mucho, con la historia. Pero todo es opinable, claro está, sólo quería hacer esta aclaración sin la cual la historia, es claro, no tiene mucho sentido.

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  6. Luna Celentano dice:

    Me ha gustado.

    Suerte!

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  7. Rafael dice:

    Zelk, con o sin desdoblamiento astral, es una historia escrita muy dignamente. Los que, como yo, no entendemos de efectos paranormales, simplemente hemos pasado diez minutos gratos leyéndola.
    Buen estilo. Subiéndole un poco las revoluciones al final quedaría perfecta.
    Suerte.

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  8. LUPE dice:

    El tema de lo onírico hecho realidad es un recurso que ya hemos leído. No obstante a mí me ha gustado la historia y cómo la has escrito.

    Suerte.

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  9. Barba Negra dice:

    Entretenido y bien escrito.
    Un saludo

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  10. Ambrose Bierce dice:

    Los sueños premonitorios tienen eso de malo, que a veces se cumplen (si no se cumplieran, serían otra cosa, claro, no premoniciones). El estilo me ha parecido un poco desigual, con algunos fragmentos de un gran lirismo (como cuando dices “era como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante en que la vigilia y el sueño se abrazan, el cuerpo se vuelve sutil y la mente se permite unos segundos de reposo”) y otros demasiado previsibles, para mi gusto, pero en general me ha gustado mucho y creo que es un buen relato, por encima de la media del certamen.

    Tienes mi voto y mis mejores deseos para el concurso

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