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167- Bajo el balcón. Por Agosto

I

 

            Cada mañana espero las primeras luces en el balcón y me siento aquí a escribir. Al principio lo que ocurría ahí abajo, en la calle, me parecía un amontonamiento inconexo de actos efímeros, emanaciones sin sentido de ese caos que resurge del silencio cuando la ciudad despierta. Luego el espectáculo fue apareciendo. Día a día la calle me iba revelando una especie de ballet aparentemente repetitivo y mecánico, un desfile a simple vista previsible, machacón como una música de relojería. Poco antes de que abra el quiosco de prensa, un hombre calvo de unos cuarenta años, inquieto, muy delgado, está esperando en la acera para comprar el periódico. Va y viene impaciente o tira de un pañuelo para limpiar y revisar una y otra vez al trasluz los cristales de unas gafas enormes de montura negra. He observado que este madrugador cliente del quiosco tarda en adaptar sus trajes a los cambios de estación. Eso me ha hecho suponer que vive solo y no se preocupa demasiado de sí mismo. También –y esto no sabría decirte por qué– me ha parecido que se llama Emilio y lo he introducido como personaje en una historia que estoy empezando ahora. 

            Apenas Emilio ha desaparecido –empieza a hojear el periódico por las últimas páginas mientras dobla la esquina a buen paso–, un autobús urbano me oculta la imagen del quiosco durante unos instantes. Cuando vuelve a aparecer el quiosco, el autobús ha borrado de la parada una cola de pasajeros inmóviles. Son unos ocho o diez, casi siempre los mismos. Mientras esperan, solo un par de estudiantes somnolientos, despeinados, hablan alguna palabra o bromean empujándose con desgana. Nadie más parece conocer a nadie en esa fila de miradas desencontradas que el autobús, como una enorme aspiradora, absorbe en su vientre y adentra en la ciudad. 

            Algunas veces he esperado que bajo el balcón estallara de pronto la revelación de algo inexplicable, que un viento imprevisto se levantara, que arrancase el quiosco y la parada del autobús, que barriera estas certezas cotidianas. Ahora sé que de todo eso no se encarga el viento, sino el tiempo y la mirada. Mientras te escribo, una bandada de gorriones va y viene dibujando ágiles tirabuzones sin rumbo. Se persiguen para aparearse, sobrevuelan la calle piando con chillidos estridentes o se dispersan al azar por el aire como vertiginosas serpentinas. Y los conozco, ¿entiendes? Vuelven todos los años. Algunos anidan en la cornisa de enfrente.

 II

 

            Emilio tenía  ya preparado el importe exacto en una mano. Con la otra tiró del periódico, casi se lo arrancó al vendedor. Hoy llevaba unos minutos de retraso. Se había encontrado el quiosco abierto. Incluso había tenido que hacer cola detrás de dos estudiantes desgarbados, con ojos de sueño, que compraban una interminable lista de extrañas chucherías cuyos nombres lo asombraron. Pensó que cuando llegase al tren, si lograba sentarse anotaría esos nombres. Eran manías de escritor. De momento se los recitaba para no olvidarlos.

            Jadeante, dobló la esquina con el periódico bajo el brazo. Repetir la lista de chucherías lo ayudaba a apretar el paso: corazoncitos dorins, pastillas DRF, rellenolas, chicles jirafa, topolinos, caramelos fizz… El cercanías estaba a punto de salir. Aceleró su marcha. Sabía bien que detrás de ese tren, apenas doce minutos más tarde, vendría otro, y otro más detrás de ese. Por otra parte, abrir la tienda un poco después no tendría consecuencias, pero pensar estas cosas lo impulsaba inexplicablemente a correr: topolinos, caramelos fizz, mielcitas, dulcipicas, chicles puaj, paraguitas…

            Frente a la estación, el paso de peatones acababa de cerrarse para él. Cuando intentó cruzarlo por detrás de una furgoneta, un taxi que salía del semáforo lo arrolló. Fue apenas nada, un empujón brusco que le tiró las gafas y lo arrojó medio inconsciente contra el bordillo, pero la escena llamó la atención y concentró a su alrededor a algunos transeúntes curiosos, tal vez porque esa mañana se había levantado un viento desbocado que le estaba dispersando por el aire las hojas del periódico. Con la espalda apoyada contra un seto –caramelos fizz, yoguritos, dulcipicas, chicles puaj, topolinos…–, recobraba a duras penas su lista de chucherías cuando creyó reconocer tras los cristales de un autobús a los dos muchachos del quiosco. Lo estaban señalando con el dedo, se burlaban de él con una risotada idiota que descubría sus bocas, teñidas por completo de un intenso azul turquesa. Pensó que estaba delirando.

            Cuando llegó la ambulancia ya se encontraba algo mejor y convenció al camillero para que le permitiera desplazarse sentado junto al conductor. Emilio sabía que en estos casos los argumentos psicológicos no fallan:

            ─ Si me tiendo en la camilla me pongo peor. Y sobre todo no toquen la sirena.

            Lo llevaron de vuelta por el camino que siempre seguía para ir al trabajo, un recorrido familiar que lo tranquilizó, en el que todo le resultaba previsible y acogedor y donde, como esperaba, al pasar por su habitual quiosco de prensa pudo reconocer a aquel personaje que, frente a él, cada mañana escribía sentado en un balcón.

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7 Comentarios a “167- Bajo el balcón. Por Agosto”

  1. Rafael dice:

    Me gustó. Julio Cortázar creo que tiene algo en esa línea: la realidad como parte de la ficción o la realidad integrándose en la ficción.
    Perfecto de factura, Agosto. Me parece un relato estupendo.

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  2. MOREDA dice:

    FINÍSIMO RELATO, ESCRITO CON UN EXCELENTE BUEN GUSTO. MEJOR ELOGIO NO PUDO HACERTE RAFAEL. FELICIDADES

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  3. Ambrose Bierce dice:

    Un relato de una factura excelente. No entiendo como no tienes más comentarios. Me encantó lo del “autobús, como una enorme aspiradora, absorbe en su vientre y adentra en la ciudad”. Por cierto, y aunque esto ni mejor ni empeora el relato, la descripción que haces del comportamiento de los gorriones es típica de los vencejos (yo no la habría descrito mejor), esas aves negras que nos acompañan todas las primaveras para marchar en otoño a África. Lo siento; es una deformación que tengo debido a mi interés por la ornitología.

    Mucha suerte

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  4. LUPE dice:

    Me gusta la imagen de algo parecido a un espectro, aunque ceo que me suena, pero es normal y no le resta valor al relato.

    Suerte

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  5. Barba Negra dice:

    Magnífico relato. Felicidades.

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  6. Salomé dice:

    Dos puntos de vista de una misma realidad llena de matices. Me encanta esta contraposición, esas miradas diferentes entrelazadas.
    Enhorabuena y suerte 🙂

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  7. Ambrose Bierce dice:

    Estoy revisando los relatos que ya he leído para dosificar mis votos. Ahi van unas cuantas estrellas, Agosto (como las Perseidas de tu mes)

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