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163- El comportamiento demográfico. Por Vijaldoso

Ayer me tiré a tu novia. Resulta obvio que no es apropiado decir a Batalla ese tipo de cosas. Tu novia es una guarra, le arrojan a la cara como agua hirviendo. Por fortuna Batalla no debe de prestar mucha atención porque continúo viéndolos en aquella esquina del patio donde han construido recreo tras recreo su universo particular y encantador, agarrados de la mano como siempre han estado agarrados de la mano, trenzando pacientemente un álbum de recuerdos imborrables con cada caricia y con cada beso. Admiro a Batalla. Hoy me cruzaré con él media docena de veces y en algunas tendré que contener el deseo de abrazarlo. Cornudo, le insultan por mero placer, y él parece caminar por los pasillos del instituto ajeno a las brasas del infierno. Espero que su burbuja resista lo suficiente.

Cuando el despertador lo quiebra todo me apresuro a acallarlo para no molestar. Salto de la cama con rapidez y las baldosas hielan mis pies desnudos incluso en junio. Apago y me levanto; lo hago siempre de este modo excepto en vacaciones, días de fiesta y fines de semana. Apago y me levanto, y a continuación me colocó en mi lugar de la ventana, excepto en vacaciones, días de fiesta y fines de semana. En los días más crudos del invierno echo mano del batín.

Antes de acostarme cuido de no bajar la persiana completamente, procurando dejar el espacio adecuado que me permita mirar el mundo. A ella le incomoda que por las noches la luz de las farolas se cuele en el dormitorio; por eso, a veces espero a que se duerma para regular la persiana a mi conveniencia. Tiene razón: las farolas emiten una luz fea y anaranjada. A las 6:35 continua siendo fea pero menos anaranjada, como si el peso de la noche le hubiese restado fuerza; la luz se cansa, eso debe ser. Hasta las 6:40 estoy mirando por la ventana mientras me pregunto con insistencia dónde se localiza el resorte que detiene el tiempo.

Me molesta que la vorágine comience con tanta premura. A las 6:36 siempre me muestro sorprendido porque ya se detecta movimiento en la calle y voy bajando por la escalerilla central del patio de butacas, a oscuras, tanteando reposabrazos de gastado terciopelo rojo, tanteando incluso brazos y hombros desconocidos, perdón, perdón, lo siento, es usted tan amable de dejarme pasar, tengo mi asiento ahí mismo, repeliendo reproches a media voz, maldiciéndome a mí mismo porque otra vez he llegado tarde y sigo sin presenciar la subida del telón. Si viviese en Nueva York no me extrañaría que la vorágine comenzara tan temprano -¿qué ha sucedido con el apacible estilo de vida mediterráneo?, ¿se lo han adjudicado en propiedad a las guías turísticas para guiris?-.

A esa hora el barrendero dobla la esquina derecha de la calle. Rasca con tanto ahínco las aceras que pienso que pretende eliminar el más mínimo resto de las huellas de las personas. Un nuevo día nace, borrón y cuenta nueva, todo el mal y todo el bien que provocamos ayer se olvida y el barrendero se lo lleva en su contenedor para que la memoria se blanquee pronto y eso nos anime a fabricar un nuevo mal y un nuevo bien que nos deje satisfecho. En la lejanía el barrendero y su escoba parecen unos fantasmas danzando.

            Creo que la tempestad está a punto de tocar tierra cuando me percato de que varios coches ya han abandonado sus aparcamientos, y cuando advierto que la panadería se encuentra a medio abrir –en ocasiones abro levemente una hoja de la ventana para percibir el olor a pan recién hecho-, y también cuando observo cómo los dos transeúntes -siempre los mismos- avanzan por la calle encogidos y cabizbajos. Esconden sus rostros tras las solapas y atraviesan presurosos sus vidas. Evitan darse los buenos días, supongo que por cuestión de educación. Igual que todos los demás e igual que todos nosotros.

Desde mi ventana persigo con la mirada a los gatos callejeros y envidio sus zigzagueos despreocupados en busca de nada. Desde mi ojo de cerradura me dejo asombrar por los vuelos aturullados de los pájaros nocturnos y percibo sus graznidos como saludos de la naturaleza dirigidos exclusivamente a mí. A las 6:37 todavía contemplo el inicio del terremoto desde mi localidad del patio de butacas. Algunas luces se encienden a lo largo de la calle. Las abejas despiertan en sus celdillas poco a poco y no tardarán mucho en formar parte de un enjambre enfurecido que arrasará con todo. Suelo preguntarme sobre las existencias de los dueños de las sombras que titilan en las ventanas.

A las 6:38 alzo la vista, olvido el escenario mundano de mi calle y me concentro en la imposible tarea de medir el cielo. Es entonces cuando tomo conciencia de mi insignificancia, de la insignificancia de los que me rodean, de la insignificancia de los que están más lejos de mí. Es entonces cuando me gusta pensar en dioses que me protegen, en ángeles que libran de obstáculos mi camino, en un sinfín de fuerzas superiores que me amparen. Me reconforta filosofar sobre ello. Normalmente alcanzo la conclusión de que todos somos iguales: leves como suspiros, pizcas microscópicas de vida, ricos y pobres, buenos y malos, semejantes en su debilidad. Si el cielo cayera nos aplastaría sin remedio. Pero que se dé esa circunstancia es poco probable y el cielo continuará ahí arriba, poblado de estrellas en las noches limpias de verano, tiñéndose de malva al nacer el día, dándonos agua y dándonos sol. Seguirá sobre nuestras cabezas y abajo se seguirán pariendo buenos, malos, ricos y pobres, y nadie pensará que nuestra insignificancia nos equipara.

A las 6:39 me quedo escuchando atentamente cómo la ciudad despierta de su letargo, como si de un enorme animal prehistórico se tratara. Noto crecer al ruido, noto su crujido, un ronquido sordo, noto cómo nos invita a transitarla. Venid, ciudadanos, nos dice, venid a mí, os prometo sorpresas. El desperece del gigante me estremece y una mueca de desagrado aparece en mi cara.

Mirar desde mi ventana al principio de los días es una de esas costumbres que nunca quisiera perder.

Lo feo, lo malo y lo horrible rompe en la ventana como olas de temporal. Sé con certeza que en algún momento del día me mojaré los pies. Entonces llegaré a casa tiritando y con mis miedos enganchados a la conciencia, con la única esperanza de buscar resguardo y alimento entre mis cuatro paredes. Al frente tengo la calle y sé con certeza que me sentiré desnudo nada más la pise. Es la soledad la que me espera en el portal para que yo le ofrezca la mano y de este modo gastar juntos el mundo.

A mi espalda, sin embargo, mientras miro fuera, cuento los latidos de la paz. Tam, tam, tam. Podría quedarme eternamente allí. La cálida bruma de la estancia me abraza con dulzura. En lo bonito, en lo bueno, en lo dulce y en lo maravilloso está ella regalando el recorte de su silueta a los últimos minutos de la vigilia. Mi lado de la cama aún desprende mi calor y me envía cantos de sirena. Podría deslizarme de nuevo bajo las sábanas, abrazarme a ella y reanudar nuestros juegos prohibidos. Unos cuantos pasos hacia el lecho que he abandonado hace cuatro minutos y me desharía de los temores durante unas horas. En el ambiente denso del dormitorio se está mejor. Detrás tengo mi reino y delante territorio enemigo. Abajo están los que insultan a Batalla; también me cruzaré con ellos media docena de veces y apartaré siempre los ojos de ellos.

En el mundo que observo desde mi ventana únicamente soy un profesor de ciencias sociales que intentará hoy hablar del comportamiento demográfico de la población española.

El nombre de Batalla viene del apodo que utiliza en un videojuego.

Son las 6:40, he de prepararme rápido si pretendo evitar atasco. Aunque no viva en Nueva York.

Tampoco hoy he conseguido paralizar las manecillas del reloj. Quizás mañana.

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6 Comentarios a “163- El comportamiento demográfico. Por Vijaldoso”

  1. MOREDA dice:

    ME GUSTÓ TU RELATO Y ME PARECE BIEN ESCRITO. AUNQUE HAY ALGUNAS CUESTIONES INCOMPRENSIBLES PARA MÍ (PERO CREO QUE ESE ES MI PROBLEMA) SUERTE

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  2. LUPE dice:

    Me gusta la forma de escribirlo.

    El tema me hace pensar en un insomnio voluntario para disfrutar de cosas cotidianas, ¿no?

    Suerte.

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  3. Barba Negra dice:

    Relato bien escrito y ameno.
    Suerte

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  4. Salomé dice:

    El relato intenso de la vida en cuatro o cinco minutos cronometrados. Todo un universo.Bien escrito y de lectura fácil. Enhorabuena 🙂

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  5. H.K. dice:

    Vaya cuatro minutos; así un día se puede convertir en un siglo. Me hubiese gustado que los párrafos centrales estuviesen más cohesionados con la historia (hechos) que se esbozan al comienzo y al final del relato. Creo se puede mejorar la redacción de algunas líneas. Y pues, en general, siempre me han atraído los relatos de corte existencialista.
    Estrellas más, estrellas menos, aquí te dejo algunas aunque ya no importe mucho.

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  6. Ambrose Bierce dice:

    Dicen los entendidos que un cuento debe enganchar desde la primera frase, y este lo consigue. “Ayer me tiré a tu novia”. No se me ocurre un inicio más contundente. Muy buen escrito, muy profesional. Las frases repetidas están construidas de tal manera que enfatizan la escena más que empobrecerla. Destaco todo el texto, pero esta frase me ha parecido especialmente deliciosa: “En lo bonito, en lo bueno, en lo dulce y en lo maravilloso está ella regalando el recorte de su silueta a los últimos minutos de la vigilia”. Si no la has registrado ya, ¡me la apropio!.

    Suerte y unas cuantas estrellas para el concurso

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