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155- El reino de los ciegos. Por Anisakis

Ya hacía más de seis meses del terrible accidente, pero aún sentía pinchazos ocasionales en la mitad derecha de su cara, la parte de su cuerpo que había sido más dañada por el fuego. De aquello no creía  poder recuperarse nunca en la vida, y así se lo confirmaba de una forma brutal su imagen reflejada en el espejo, en el que todos los días, con cierta morbosa conmiseración, se sometía al espectáculo de su deformidad. La piel no era ya tal, sino una especie de pergamino acartonado de una lisura extraña, y los pliegues naturales de las mejillas, la comisura de los labios y el párpado inferior se habían transformado en grotescos costurones. La larga espera para el paso por el quirófano-“no se preocupe, quedará casi perfecto”-y su carácter mas bien introvertido habían hecho de Juan, que así le llamaremos, un personaje solitario y taciturno. Evitaba al máximo el contacto con la gente, que en este caso pertenecía siempre a su círculo más íntimo, aun cuando los pocos testigos de su tragedia no hacían si no darle todo tipo de esperanzas y apoyo moral. 

– Te vas a convertir en un autista como sigas ahí encerrado -le decían 

Por ello no había podido conciliar el sueño desde que oyese en el contestador automático la voz de su madre, casi anciana. 

-Hijo, por estas fiestas me gustaría que vinieras por casa y me hicieras compañía. Ya sabes que desde que falta tu padre se me viene la casa encima, y yo ya estoy muy torpe para ir a verte… 

Tan sólo pensar en la idea de exponerse a la curiosidad general, un pánico irracional se apoderaba de Juan. Empezaba a sudar copiosamente y su corazón se aceleraba; una angustia intensa se apoderaba de todo su ser. No, imposible, no podía ir a ningún sitio hasta que su rostro fuera recompuesto por el cirujano plástico, y aún así, ya veríamos…

Pero no podía decirle esto a su madre. Ya tenía bastante la pobre con sus problemas. La reciente muerte de su marido y la escasa atención que le prodigaban los otros hijos – ellos tienen otra familia a la que contentar-decía ella con falsa resignación-habían hecho mella en el carácter mas bien optimista del que había disfrutado gran parte de su vida.

Faltaban solo unos días para Nochebuena, y en la calle imperaba la algarabía general, condimentada con estruendosos petardazos y una sobredosis de villancicos acaramelados. Seguro que ese año se batían todos los records de ventas de regalos y exquisiteces, pensó Juan, al que aún quedaba un hilo de conexión con la realidad exterior.

Sólo tras un lingotazo de coñac y una cabezada en el sofá-en la que más que dormir, soñó- pudo tomar la decisión: Iría  a ver a la vieja, ¡claro que sí! 

Únicamente le faltaba diseñar la estrategia del traslado. Rechazó de plano la posibilidad de un taxi. No aguantaría el escrutinio del taxista, discretamente por el retrovisor, mientras sortease con maniobras suicidas el espeso tráfico navideño y le sermonease sobre lo mal que está el oficio o lo mal que va el Madrid en la liga, cháchara vacua con la que intentaría obviar las preguntas morbosas que rondarían por su cabeza mientras de estudiaba de soslayo. Prefería un medio lo mas anónimo posible. Las siete estaciones, de la misma línea, que le separaban de la casa de su madre le parecieron infinitamente más llevaderas. Se pondría una bufanda que  usaba en los días más fríos, aunque la temperatura otoñal de aquel comienzo de invierno no lo requiriese. Con ella y un sombrero conseguiría disimular su cara. Desechó las gafas de sol, corría el riesgo de  asemejarse a un personaje de película mala y atraería la atención. La sola idea de haber tomado una decisión, tan difícil para él, le causó una cierta euforia, algo mermada por la acidez de estómago que el brebaje auxiliador aún le producía. 

Así pues, tras confirmar por teléfono a su madre que iría, y tras la emoción mal disimulada con que ésta le había respondido, Juan se puso manos a la obra. Eran ya las ocho de la tarde, y no quedaba ni un ápice de luz natural. En ningún momento había considerado ir antes. La pobre iluminación del barrio- nada que ver con el despilfarro de vatios con que el ayuntamiento contribuía a la sensación de abundancia generalizada, obligatoria por Navidad en el centro de la ciudad- le producía una sensación de seguridad. ¡Qué distinto era ahora todo!-pensó. Hacía casi dos años que, al cobijo de la semipenumbra de una de esas calles había sido atracado por unos jóvenes con demasiada prisa por conseguir una dosis. Nada de aquello era comparable con lo que pasó después, ¡quién se lo iba a decir! El trayecto hasta la boca del Metro  no presentó dificultad. A pesar de su aspecto siniestro y algo trasnochado, nadie reparaba en él. Es más, observó con cierta perplejidad cómo una gran parte de los viandantes o bien hablaban a voz en grito por los móviles por la calle o incluso diríase que hablaban solos, sin que se apreciase interlocutor alguno. Éstos últimos eran quizás los más enfrascados en sus conversaciones, que por lo demás versaban sobre los temas mas peregrinos y triviales que se pudiera imaginar. 

-Manoli, ahora cruzo la calle. ¿Me oyes bien? Ya te estoy viendo. 

Tuvo que sortear algunas pandillas  de chavales que tiraban petardos entre grandes muestras de júbilo –alegraos pastores que el Mesías ha nacido ya, pensó sin saber porqué-y la colisión frontal con porteadores de bultos inmensos y cara atocinada que de repente habían tomado la ciudad. Afortunadamente, recorría la calle manteniendo su lado derecho pegado a la pared, aunque la proliferación de mobiliario urbano-farolas y bolardos en su mayoría-le obligaba a despegarse de ésta con cierta frecuencia. Tampoco sufrió el acoso visual de los viandantes cuando entró en la estación y, gracias a la milagrosa estabilidad del precio del metrobús por aquellas fechas, pudo traspasar los tornos con su antiguo bono. Tuvo también suerte al coincidir con la llegada de un nuevo tren al andén. Se introdujo en el vagón y se agarró a la barra del techo, con el brazo derecho tapándolo parcialmente la mejilla quemada.

Entonces se percató de que no iba a ser todo tan fácil.

Y empezó a sudar.

Era consciente de que estaba siendo dominado por el pánico, pero no podía evitarlo.

No se atrevía a mirar  alrededor. Imaginaba a todo el mundo mirando al recién llegado, incluso cuchicheando sobre su aspecto. Notaba el sudor empapando lentamente su ropa por dentro. Tenía que quitarse la bufanda. Y el sombrero también.

Entonces notó algo extraño. Aparte de los ridículos sonidos de los juegos electrónicos, que evidenciaban  que no viajaba sólo, no se oía un alma. Se atrevió a mirar, discretamente primero, más abiertamente después, al resto del vagón. Todos los asientos se encontraban ocupados. Sin embargo, parecía que nadie era consciente de los seres que les rodeaban. Mientras que algunos se encontraban absolutamente enfrascados en las pantallas de sus diversos artilugios- teléfonos móviles, juegos electrónicos, aparatos de música minúsculos,…-otros leían todo tipo de material impreso. Todo ello daba al vagón el aspecto de un convoy de sordomudos ciegos con destino a Lourdes, reconcentrados en sus jaculatorias a la Virgen milagrera.

Una única persona, o mejor dos, se encontraba de pié, a su derecha para más INRI. Se trataba de una mujer joven, con una niña en brazos- no tendría ni dos años- y que también se hallaba enfrascada en la pequeña pantalla de su móvil, a la vez que hurgaba frenéticamente con su pulgar en el teclado.

Estaba ostensiblemente embarazada.

Algo aliviado por el estado de hipnosis colectiva, Juan se decidió a quitarse los complementos invernales que usara como disfraz. Justo cuando se encontraba en el proceso de liberarse del abrigo, habiendo dejado momentáneamente al descubierto su lado terrorífico, sintió en su mejilla de cartón el calor de una mano infantil. 

-Pupa-dijo la niña de su lado.

 Su estupor en ese momento fue indescriptible. Parecía como si el vagón, en vez de seguir por su camino de hierro secular, estuviera volando entre dos constelaciones lejanas por el vacío absoluto. Instintivamente levantó su mano derecha y la puso encima de la de la niña, como intentando que el momento mágico se perpetuase eternamente. Miró a la niña, seria pero no alarmada ante su reacción, y quiso sonreír. Instantáneamente recordó que le era imposible con ese lado de la cara, así que limitó a tomar la manita y apretarla un poco. Nada de esto fue notado por la madre, que al parecer había conseguido descubrir una posibilidad extraordinaria en alguno de los botones de su cacharro.

Justo cuando faltaba tan solo una estación para su destino, entro gente nueva al vagón. Alguien le miró brevemente y Juan, que había dejado al descubierto su perfil derecho, sintió urgencia por tapárselo con el brazo. No lo hizo. El nuevo pasajero reparó una fracción de segundo en su cara, y miró para otra parte. Juan se sentía de repente libre de su carga, y le invadió una sensación de tranquilidad que ya casi había olvidado por completo. Por fin, llegó a su estación.

Se llamaba Esperanza.

Justo cuando se apeaba, un músico ambulante con su acordeón entraba en el vagón. Era tuerto. Y Juan pensó: ahí viene el rey.

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10 Comentarios a “155- El reino de los ciegos. Por Anisakis”

  1. Rafael dice:

    Repásalo porque tiene algún leve despiste de tipeo. Un relato tan bien escrito y con ese tributo a la terrible soledad del hombre actual no se los merece.
    Felicidades.

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  2. Gerardo N. Gandara dice:

    Me ha gustado mucho. Modestamente creo que le falta un repaso, mínimo de sintaxis y ortografía, pero que no quitan mérito al valor del relato.

    Enhorabuena.

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  3. Papá Noel dice:

    Lo mejor: El final

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  4. MOREDA dice:

    BELLO Y EMOTIVO RELATO CON UN FINAL ESPERANZADOR. SUERTE

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  5. LUPE dice:

    Faltillas sí hay.

    Pero me gusta la idea y que el mensaje al menos para mí sea contradictorio.
    Por un lado esperanzador porque no recibe la burla de los demás y por otro, puede ser cuestión de la indiferencia de los demás con sus semejantes que concentrados en sus intereses, ni siquiera lo perciben.

    Suerte.

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  6. Barba Negra dice:

    Me gusta el tema del relato. Creo que necesita un pequeño repaso.
    Suerte.

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  7. Ambrose Bierce dice:

    Suscribo lo que comentan mis antecesores. No se si la frase está contruida aposta para conseguir un efecto contradictorio, pero me cuesta imaginar unos temas de conversación que sean a la vez “peregrinos y triviales”. A mi también me ha parecido lo mejor del cuento el último párrafo (“… ahí viene el rey.”). En general, me gustó el relato.

    Te deseo mucho éxito en el certamen

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  8. Catch-22 dice:

    El mensaje del cuento es claro: a veces creemos que vamos a ser el centro de atención y eso nos crea inseguridades… que los demás se van a fijar justo en aquello que nos hace sentir inferiores… y la realidad es que todo el mundo va a su rollo!, lo cual, como ya han apuntado por ahí tiene una doble lectura, bien porque eso trivializa lo que tú creías tan importante, mal porque es triste esa falta de interacción, de comunicación, de “ver” a los demás…
    Un relato bonito y de ideas profundas muy bien expresadas…

    suerte!

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    • Anisakis dice:

      Muchas gracias a todos por vuestros comentarios y sugerencias. La verdad es que teneís razón los que decís que hay algunas faltas y algún despiste…Como soy novata en esto de los concursos me he preocupado mas del fondo que de la forma, así que no me paré a repasar el texto con detalle. Aun así veo que muchos de vosotros habeís captado el mensaje que quería transmitir y con eso me conformo….

      Gracias de nuevo

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  9. Luna Celentano dice:

    Hola.

    He llegado tarde a leer tu relato, pero sin duda que te hubiera dado mi voto de haberlo hecho antes.

    Me ha gustado mucho.

    Suerte!

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