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154- Una Luz. Por Pedro Yunque

Hay una luz, en la casa. No sé cómo, de dónde. No sé con exactitud cuándo apareció, pero ahí está. Aunque, ahora que hago memoria, sí: la primera vez que la vi fue aquella tarde, desde la sala. Yo me había sentado a leer un rato, sin apuro, suelo acostarme a última hora. El anochecer es perfecto para la lectura. Enciendo la lámpara y procuro concentrarme. De repente no, ya no leo, una especie de ensueño me conduce a través de imágenes pasadas, algunas dolorosas, otras felices, el conflicto de siempre. Mis duendes internos giran, van y vienen sin esclarecer nada. Ya sabes, son esos momentos en que necesitas pasar tu vida en limpio, comprender en qué te equivocaste, cómo fuiste a parar a ese callejón oscuro del que luego resulta tan difícil salir. Un mundito perverso. Es cierto que al final una sale, por supuesto. Sale. Cómo no, ya lo ves: aquí estoy. Todo pasa, todo lo resuelve el tiempo. Aquí estoy, renovada, libre, en la medida en que puedo estarlo luego de haberme sentido tan poquita cosa. ¿En qué estábamos? Ah, sí: yo leía. En la sala, claro. Me acomodé en el silloncito, el de siempre. Poco a poco, mis brazos cayeron, bajaron blandos sobre la falda, con el libro todavía abierto entre las manos. No, no me quedé dormida. La lectura dio paso al recuerdo. Pensaba en mí, en mi pasado y mi futuro. Me decía: Berta, todo eso quedó atrás, qué valor tiene seguir y seguir, concluir y volver a comenzar, rumiar lo que ya es historia. La puerta del cuarto estaba entreabierta. A través del estrecho resquicio vi —en ese instante creí que imaginaba—, una pequeña luz suspendida en el aire. Parecía flotar sobre la mesa de noche, en una esquina de la habitación oscura. Es verdad, entonces fue cuando comenzó y todavía está aquí. La luz, digo. Está aquí, en la casa.

—¡Berta, Berta! ¡Se lo llevaron al Pablo!

—¿Cómo que se lo llevaron? ¿Estás loca? ¿Qué dices, mujer? ¿Quiénes se lo llevaron? ¿Adónde?

Isabel irrumpe a la carrera, casi ahogada por la excitación y la prisa. Al escuchar sus gritos, Berta debe haber mostrado un rostro lívido, desencajado, porque de inmediato Isabel la rodea en un abrazo. Lloran, intercambian frases de rabia o de consuelo. Más tarde, poco a poco, ambas logran calmarse. Entonces la recién llegada continúa, más serena. Pablo había estado en una manifestación, con los compañeros. La dictadura se viene abajo, en los últimos tiempos las demostraciones populares son continuas. No sabes, Berta. No, Berta no sabía: quería saber. Aparecieron milicos de los cuatro costados, se llevaron a todos. Hasta varias parejas que esperaban en el hall del cine cayeron, pobres. Claro, a lo mejor había algunos de los nuestros que se mezclaron para pasar desapercibidos. Pablo estaba con una chica, todos íbamos en pareja, así llegamos a la manifestación, no podíamos despertar sospechas. Isabel cuenta con una ansiedad irrefrenable, cada palabra atropella a la siguiente. Entonces Berta escucha por primera vez ese nombre: Rosalía. Pablo estaba con Rosalía.

No tuve miedo, esa noche. Nunca había apagado las luces desde que sucedió lo de Pablo. Ahora sí, sólo quedaba la lámpara de la sala, para leer. Cuando me quedé sola, los primeros tiempos, el miedo no me dejaba dormir. No sé, sentía ruidos, el viento, el crujir del armario. Quién sabe por qué los muebles de la casa, tan sólidos en apariencia, crujen y crujen, alientan los fantasmas nocturnos. Hasta parece a propósito, sólo lo hacen de noche, en medio del silencio total. Pero esa vez no tuve temor, ni siquiera cuando vi el punto luminoso a través de la puerta del cuarto. Lo tomé como algo natural. Qué raro. Había leído largo rato, luego me puse a meditar. Recuerdo que pensaba: al demonio con él, Berta, tanto sacrificio por un tipo que, al final, no se lo merecía. Tus cuidados, tu interés, todo para qué. Estos pensamientos me daban valor, me permitían tomar fuerzas en la soledad. No sé si se entiende: pensar un poco más en mí. A pesar de eso, fue la última vez que dije —que pensé— algo así sobre Pablo. Hoy la lucecita está ahí, es como parte de todo, va de la cocina al cuarto, de allí a la sala, de repente sale al pequeño jardín que tengo adelante, pero vuelve. Siempre vuelve. Aquella noche me hice amiga de esta luz. Mejor todavía, me hice amiga de la oscuridad y de mis recuerdos.

Estás temblando, Berta. Qué te pasa. Los compañeros te miran. Trata de calmar tus nervios, él va a salir. Tienes que mostrarte fuerte delante de ellos, los amigos de Pablo. Para eso están todos aquí, para garantizar su seguridad cuando salga. Acuérdate de lo que te dijo Isabel: ven con nosotros, a veces a los muchachos los sueltan pero ahí, a la vuelta de la prisión, hay unos tipos de civil. Los suben al coche y adiós, no los ves más. Por eso estás aquí, Berta. ¿Ves?, todos los compañeros están acá para rodear a Pablo y a los otros cuando los milicos los dejen libres. Deja de pensar tonterías. Atención, parece que alguien sale. Miremos esa columna que ahora atraviesa la puerta. No: no me digas que lo pelaron. Pablo ¿te cortaron el pelo? ¿Como a un preso cualquiera? Es broma, no te ofendas. Suerte que desde ahí no puedes escucharme. No lo puedo creer, casi no lo reconozco. Se acerca, tiene cara triste. Dale, Berta, anda. Ya lo tienes al alcance de tus manos, anda, abrázalo y dile cuánto lo amas. Llévatelo a casa y quiérelo, nada más. Lo peor ya pasó. Pablo está libre, es un alivio.

A veces sospecho que cambia, en el trayecto del jardín a la sala. Se hace diferente. Más brillo, creo, tal vez crece. No estoy segura. “Tu imaginación es muy rica”, me decía Pablo cuando vivíamos juntos. “Demasiado rica”, agregaba con expresión irónica. ¿Será otra vez mi imaginación? No me parece, esa lucecita se transforma. Bueno, igual no es tan importante. Así estoy bien. A mi vida le faltaba algo. Nunca había estado sola, sola del todo. Cuando dejé a mis viejos y me vine a vivir acá, enseguida conocí a Pablo.  Ahora que lo pienso, sólo cambié de compañía. No tuve mucho tiempo de estar a solas conmigo. Todo giraba a su alrededor, alrededor de Pablo, digo. Sus actividades políticas, sus ideas. Me faltó tiempo para saber qué necesitaba yo, un espacio que me permitiera desarrollarme. Ahora que el miedo se fue, que ya no odio —ni quiero como antes— a Pablo, veo el pasado como una película. Una donde yo soy protagonista, pero, al mismo tiempo, no lo soy. Soy una tipa que se dejó llevar por la corriente. Así nomás, una sombra.

No me preguntes por qué, Berta. No es como piensas. Empezó como un juego. No, por favor, no llores, me vas a hacer llorar a mí. Aunque no lo creas, me siento mal, muy mal, te quiero mucho, pasamos un par de años muy buenos. No lo arruinemos con escenas. Está bien, está bien, tienes toda la razón, no son escenas. Yo entiendo, es tu reacción natural. Nadie esperaba que lo nuestro terminara. Yo tampoco. Por favor, no. No quiero que hablemos de Rosalía. Ella no tiene nada que ver. Bueno, sí, tiene que ver, tienes razón, pero no con nosotros. Lo nuestro fue otra cosa, pero, como acabo de decir, fue, Berta, fue, es pasado. En los últimos tiempos ya no era lo mismo, tienes que reconocerlo. Tú en la fábrica, yo en la facultad con los compañeros. Sé que a pesar de que no actuabas, siempre estuviste de acuerdo con nosotros. Estoy seguro. Pero no sé que pasó. Me veo como un desgraciado, un villano, siento que te hago la peor maldad. Pero no puedo pararlo, Berta. Qué puedo hacer ahora, ya no hay remedio. Qué puedo hacer. Nos enamoramos.

Cuando me dejó, me atacó la furia. Yo me decía: tanto apoyar a este idiota para qué. Cómo lo quise, como lo seguí, cómo trabajé para que, entre los dos, pudiésemos crear un mundo, nuestro pequeño mundo. Una familia. Eso, una familia. Creo que él no pensaba como yo sobre esas cosas. A pesar de que decía que sí. Es igual, ya no importa. Está bien. Yo, yo estoy bien ahora, y eso es lo que debe importarme. Ahí va la luz, mira qué loca. ¿Qué le pasa? Da vueltas, vueltas, parece que quiere que baile, no sé, creo que al final terminaremos por comprendernos. Entonces bailo, yo también giro y me divierto, la vida es linda, se acabaron los temores. Soy yo, otra vez. Sola. Lo que me hacía falta. Estoy convencida de que un día va a suceder, así, sin que lo espere. Como cuando pasó por primera vez, digo. Un día, voy a despertarme y descubrir que ese pequeño punto de luz se hace enorme. No sé si depende de mí, no sé si tendré que hacer algo. Pero estoy segura que sucederá. Ese minúsculo habitante que entró sin permiso en mis días y en mis noches, no va a pasar mucho tiempo, ya vas a ver: va a iluminar toda la casa, la vida, mi mundo.

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7 Comentarios a “154- Una Luz. Por Pedro Yunque”

  1. MOREDA dice:

    UNA MUJER SOMETIDA AL AMOR QUE TOMA CONCIENCIA DE LO MUCHO QUE VALE COMO PERSONA Y QUE SE PREPARA PARA SER FELÍZ. OJALÁ Y ESA LUZ LLEGARA A MUCHAS MUJERES… SUERTE

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    • Pedro Yunque dice:

      Muchas gracias por tu comentario, Moreda. Un abrazo literario.

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  2. Jara Maga dice:

    Lo malo que tiene la luz es que siempre acaba produciendo alguna sombra.

    Suerte en el certamen!

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    • Pedro Yunque dice:

      Es verdad, aunque si lo ves de una forma positiva, esos claroscuros son los que le dan sentido a la vida.
      Gracias por comentar.

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  3. Barba Negra dice:

    Siempre hay que buscar la luz.
    Suerte.

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  4. Ambrose Bierce dice:

    Muy intenso y lleno de vitalidad, como la propia Berta.

    Suerte y cuantas estrelas para el certamen

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  5. lupe dice:

    He intentado leer y hasta releer ahora, todos los relatos, pero no en su momento no comenté nada.

    Ahora que lo releo, quiero decir que me gusta el estilo, que me identifico mucho con esas mezclas de diálogos indirectos. El tema no deja de ser un repetido desengaño amoroso y la esperanza, pero narrados de un forma original.

    Suerte

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