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134- Supervivencia animal. Por La tortuga azul

Nada en el mundo la hubiera podido hacer cambiar de idea cuando, aun siendo joven, decidió divorciarse. Pensaba que le quedaba mucho camino por recorrer y que sería mejor hacerlo acompañada por otro hombre que llenara su vida más que aquel a quien Ella había amado conmovida por un solapado chantaje emocional que tardó tiempo en descubrir. Era guapa, atractiva,… Ella lo sabía, pero más que como guapa, Ella se hubiera definido como sensual. Nunca fue “una gran cosa”, “nunca tuvo un cuerpo súper diez”, siempre se había preocupado por su figura y por su aspecto, pero “nunca había ido a un gimnasio, ni había trabajado su físico”, explotaba en bruto lo que la naturaleza le había dado. Con todo, era evidente que nadie podía discutirle su éxito con los hombres y eso le bastaba para no necesitar nada más, se sentía “triunfadora”.

El tiempo pasó y se cansó de compartir lechos acelerados y de vivir relaciones efímeras. Su belleza se fue solidificando y su lozanía de juventud se transformó en un claroscuro no muy identificado en su rostro. En su mente los recuerdos furtivos de un amor intenso, pasional, de los que a nivel de calle podríamos decir “tórridos”; un amor vivido años atrás con un hombre nada amigo de los compromisos, pero poco esquivo a las entregas desinteresadas de sus muchas “amigas” como Él las nombraba. Ella había olvidado su nombre, prefería no acumular recuerdos que pudieran pasarle facturas afectivas y desde el principio se había acostumbrado a reconocerlo como Él. Con este nombre figuraba en todas sus agendas personales y listas telefónicas.

 Él también tenía ya cierta edad. Había conocido miles de lechos, muchos de ellos ofrecidos a la carta en una página de contactos de la red cibernética, a la que era asiduo y a la que “entraba” con mirada felina en muchísimos momentos del día, de la semana, del mes, del año, del…Se habría transformado en un cazador de almas femeninas anhelantes de cariño y esperanzas. Había aprendido a disparar al corazón de ellas con palabras estudiadas que intentaban parecerse a los sentimientos, pero que en el fondo eran frías, fórmulas sentimentales más próximas a desarrollos matemáticos que a frases pronunciadas con el corazón. A fuerza de oírse decir siempre las mismas palabras, los vocablos habían perdido el significado para él, se había transformado en mero significante.

En ninguno de los lechos visitados se sintió nunca cómodo; en ninguno de los corazones encontrados haya el calor que le sacara de su gélido refugio. Sus ojos verdes eran cada vez más felinos, más acechantes.  Se acostumbró a las relaciones de usar y tirar, rápidas, frívolas, intranscendentes,… casi siempre repetitivas y monótonas, pero vitales para él. Necesitaba de su sabia para seguir respirando, para seguir sintiéndose vivo.

Las mujeres disputaban, pero Él nunca pretendió retener a ninguna. Tras un matrimonio tormentoso y el nacimiento de una hija, se convirtió en un hombre distante de las mujeres, aunque siempre ligado a sus cuerpos. Él tampoco había ido nunca a un gimnasio. Su piel era morena, su cuerpo fibroso, su pelo cano, sus ojos… ¿Sus ojos?… Sus ojos siempre verdes. A Ella la volvió loca durante algunos años de su vida, aquellos años en los que la pasión convertía sus encuentros en pura brasa, en pasión incontenida. Abrazos, besos apresurados, cuerpos sudorosos y ardor. Dos cuerpos convertidos irremediablemente en brasa.

Cuando aquella tarde de sábado sonó el teléfono, Ella quedó sorprendida. Ya no recordaba el tiempo que hacía que aquel timbre estridente no rompía con su llanto la soledad  de la tarde de los sábados. Sintió un estremecimiento que le recordaba al asombro cuando al otro lado de la línea escuchó la voz de Él. No habían pasado los años. Era el mismo timbre de voz que la sobrecogía antaño cada vez que la escuchaba. Lo reconoció enseguida, pero pensó que Él se iba a dar cuenta de que había marcado un número equivocado y se disculparía para colgar el teléfono sin tiempo para decir nada. Pero no sucedió así. Él mismo le confirmó que había error alguno, pues Ella no había podido evitar preguntárselo. Todo estaba bien. Por lo fluido de la conversación y lo amigable que resultaba, hacía el efecto que hubieran hablado por última vez la tarde anterior. Él la invitó a cenar y ella se dejó seducir. No tardaron en crecer las rosas de la pasión, ni los lirios de la esperanza dentro de Ella. Suponía que Él también se había cansado de transitar por la vida y cansado de recorrer lechos se había decidido reposar en uno de ellos por un tiempo más prolongado, tal vez indefinido, con un poco de suerte… en el de Ella. La conversación le otorgaba la licencia de poder pensar así. Ella estaba cómoda. Ilusionada, nerviosa, frenética.

Los aromas del baño la envolvieron, los perfumes la embriagaron, los recuerdos se volvieron sensuales, libidinosos. La agujas del reloj la empujaban hacía la noche.

Se encontraron a la hora acordada. Ninguno de los dos faltó a su palabra con la hora acordada. Cenaron relajadamente. Bebieron saboreando las espumas de los alcoholes. Los vapores etílicos dieron paso a las confesiones más susurradas. Él habló de lo cansado que estaba de recorrer lechos miles. Ella no se pronunció al respecto pues pesaban en su discurso los valores tradicionales de la educación femenina. Las palabras de Él reafirmaban las esperanzas de Ella. Decidieron regresar a casa dando un paseo. La noche era cálida y tranquila. Nunca habían vivido demasiado lejos, el camino de regreso los acercaba a la casa de Ella. Qué hacer si Él insinuaba subir a tomar la última copa cuando llegaran al portal. Ella buscaba una respuesta a la situación para cuando se planteara, no quería parecer que lo estaba deseando, no quería darle a entender que había olvidado todos los desprecios que llegara a hacerle en tiempos pasados, no quería recordar que Él era hombre de mucho recorrido y de difícil estacionamiento. Mientras Él monologaba. A medida que se acercaban al portal de Ella los nervios crecían en los dos. Él bajaba más la voz, Ella se mostraba más nerviosa. Los ojos de Ella brillaban en una luz que la noche no era capaz de reflejar. Él se acercó a Ella y le habló casi al oído. Le hizo una proposición susurrada, imperceptible, desafiante, provocadora. Ella casi no podía escucharle, no por la cadencia de la voz, sino por los nervios que la atenazaban. El estómago parecía querer romperse, el corazón se le dilataba con la llegada de las palabras de Él. A cada nueva palabra, a cada nueva pregunta, a cada nueva proposición  formulada sin ningún tipo de decoro o de decencia,  Ella quería morirse, no podía soportarlo, el dolor era cada vez mayor. Él le hablaba de querer salir de la soledad, de querer renunciar a conocer más mujeres que no le condujeran a la NADA, en su mente estaba ahora la necesidad de iniciar una nueva etapa, enfocarla vida desde otro ángulo mucho más tranquilo y prometedor. Él le confesaba completamente entregado que tenía la necesidad de experimentar un nuevo tipo de relación, un nuevo tipo de amistad. Y entre susurros al oído le confesaba que necesitaba tener amigos varones para poder compartir aficiones, ir de fiesta o al futbol, ir a cenar, a conocer gente,… Su reconocida afición por las mujeres le había impedido cultivar el terreno de la amistad masculina desde siempre y su natural timidez también había contribuido a ello. Él siempre había envidiado a los hombres que salían en grupo, que hacían peña, que se reían y divertían en los bares, en las discotecas, en los restaurantes,… aquellos que hablaban de motos, que montaban en moto y que iban a los circuitos a ver carreras de motos y ahora a la edad que tenía y sin ninguna habilidad para cultivar las amistades masculinas no sabía qué hacer para llegar a tener un amigo, dos, varios o muchos de ellos. Él, mientras Ella se disponía a cruzar el portal que daba entrada al bloque de pisos donde vivía iba más allá en su estrambótica proposición y le pedía casi con tono de súplica que le acompañara a una fiesta de “singles” que  se celebraría en un conocido local de la ciudad próximamente; estaba seguro que yendo acompañado por Ella los hombres se iban a cercar en tanta cantidad que Él podría hablar con ellos de hombre a hombre con la intención de hacer nuevas amistades a partir de ahí.

A Ella le faltaban las fuerzas. Intentaba no escuchar, evadirse mentalmente. Sentía frío en medio de una noche cálida y agradable, casi sin brisa. Mientras Él refugiado en sus sueños de nuevas amistades seguía envuelto en la palabra. Ella buscó en su bolso la llave del portal. Mientras él hablaba, Ella abrió la puerta combinada en hierro y cristal. Entró sin realizar grandes movimientos, sigilosamente, casi deslizando el calzado sobre las baldosas de mármol rosado que tan bonito lucía con los reflejos de la luz artificial, pero no encendió la luz. Se movió sobre las baldosas casi por intuición, llevaba por la memoria del día a día, con paso firme en busca de la puerta del ascensor que se anunciaba abierta por la luz que nacía de su interior. La puerta cayó con suavidad. Él esperaba que Ella abriera de nuevo, que la puerta se le hubiera escapado de las manos sin querer y así poder recuperar su monólogo con Ella, concretar si le iba a ayudar en su nuevo proyecto. Él contaba con la ayuda de Ella. Tenía plena confianza en su amor incondicional.

Ella mientras, no quería que nada la sacara de aquel estado de semiinconsciencia. Miró hacia arriba para que la luz del ascensor le bañara el rostro. Tenía los ojos cerrados, la vista cansada por las horas de la noche. Lágrimas en el hígado, en los intestinos, en el estómago y en el corazón. Apretó con suavidad el botón de la séptima planta y la puerta se cerró sumiendo en la más profunda oscuridad el rellano de aquel inmenso y portal. En la calle la noche guardaba silencio y la luna ocultó sus brillos entre las opacas sedas  de las nubes.

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7 Comentarios a “134- Supervivencia animal. Por La tortuga azul”

  1. Rafael dice:

    Con todo respeto, pienso que quizá no sean necesarios tantos párrafos para contar esta historia.
    Una opinión, desde luego, como tantas otras.
    Suerte.

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  2. Jara Maga dice:

    Cuidado con las repeticiones de palabras, le resta fluidez, ¡Y con las faltas de ortografía!

    “Savia”, con v
    “Halla” con ll

    Suerte

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  3. MOREDA dice:

    COINCIDO CON RAFAEL, LA HISTORIA PUDO HABERSE CONTADO CON MENOS PALABRAS. EL PROTAGONISTA QUERÍA CONOCER NUEVAS AMISTADES (¿HOMBRES, MUJERES? TAL VEZ YA SE HABÍA CANSADO DE ELLAS). BUENA HISTORIA PERO LE PUDISTE HABER SACADO MÁS JUGO. SUERTE

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  4. Barba Negra dice:

    La historia podía haber ganado mucho contada de otra manera.
    Suerte y un saludo

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  5. lupe dice:

    Suerte

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  6. Ambrose Bierce dice:

    Tortuga azul (me gustan las tortugas, de todos los colores):

    Es una pena que la falta de revisión desluzca un texto tan trabajado como éste. Recuerda el corrector ortográfico de Word: es cuestión de unos segundo pasarlo por un texto tan breve como éste. Dejando esto aparte, no me ha disgustado del todo el relato.

    Mucha suerte

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  7. lupe dice:

    Me deja con algo de desconcierto. Tanta preparación para buscar a su ex para que le ayude a bsuscar amistades, no sé..

    Suerte

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