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126- La Última Página. Por Antusas

Víctor bajó esta mañana a comprar a la panadería su habitual barra de pan recién sacada del horno, y una caja de leche descremada para aclarar un poco una gran taza de café fuerte, como a él le gusta; la noche anterior había trasnochado hasta tarde porque no lograba darle forma al final de su obra maestra. 

Como era domingo tocaba también comprar su periódico favorito con su suplemento dominical a todo color; no importaba en absoluto que las nuevas tecnologías estuviesen irrumpiendo en todos los ámbitos de la vida, pero su preciado periódico en papel con la tinta aún fresca que se pega a los dedos con el pasar de las hojas, era un placer sin igual y único que todavía le producía tanta satisfacción o más que muchas cosas triviales de la vida. 

Bajó con lagañas aún en los ojos porque no se había lavado la cara antes de salir, sólo se había desahogado del líquido elemento amarillo, bostezando sin parar y con la otra mano rascándose fuertemente el pecho, del que brotaba una cada vez más selva de pelos, los menos de colores oscuros. 

No se miró al espejo porque tampoco se había lavado los dientes. En un acto de reflejos propio de un joven, que no lo era, se enfundó rápido los pantalones vaqueros, la camisa a cuadros, que había llevado puesta todo el día anterior, las sandalias, sin ajustarles la hebilla, y abrió la puerta del apartamento, que no había cerrado con llave como acostumbraba hacer siempre. 

Completamente despeinado bajó las escaleras de dos en dos escalones desde el tercer piso en el que vive, a pesar de estar todavía medio dormido, el ascensor después de todo estaba de más en ese momento; si se hubiese echado agua en la cara al levantarse no solamente le hubiese quitado las lagañas de los ojos sino también el sueño, o al menos aliviárselo. 

Su esposa y sus cuatro hijos, familia numerosa como muchas de las de su generación,  la mitad mujeres, apenas se habían dado cuenta de la euforia contenida de las últimas semanas. Sin duda, sería causa de la edad, una pequeña euforia, pasajera, personal, le había llegado a decir su esposa a la segunda de las dos hijas cuando ésta le había preguntado a su padre por el motivo de su ir y venir por su pequeño estudio, atiborrado de cualquier cantidad de papeles, enredos, acumulados por años que pasan contando su historia particular; libros no muchos, apenas entreabiertos en un lado de la mesa. 

La respuesta a la pregunta de la hija se la dio su madre, Víctor no había escuchado ni la primera vez, ni la segunda ocasión, ajetreado con sus cosas, repetida con las mismas palabras. 

Víctor hacía casi dos años que había quedado desempleado; en la gran fabrica donde trabajaba en un puesto de la cadena de producción, había habido un gran recorte de personal, tras la compra de la misma por una multinacional del sector. Él fue uno de los afectados al igual que dos de sus dos mejores compañeros y amigos que como él vieron la calle en cuestión de días, cruzando al otro lado sin más cúmulo que años a cuestas y enfrente un camino difícil y desconocido. 

Estos últimos casi dos años aparte de cambiar completamente la vida de Víctor, y junto a la de él mucho la de su familia, le habían servido para recuperar un entretenimiento del que apenas disfrutaba desde después de los años de juventud, en los que prácticamente sólo el trabajo y su querida familia constituían también el mayor pasatiempo de su larga existencia. 

Con la pequeña indemnización que le dieron y el seguro de desempleo ya en los últimas han salido adelante él y su esposa; sus hijos no todos casados pero al menos con trabajo, aunque precario, han tenido que chupar por ello también de esa economía familiar, para poder salir todos adelante con dignidad.  

Desde que la empresa lo despidió su rutina se transformó, adquiriendo algunos modos y modales que no han dejado indiferentes a su familia y amigos; familia que tuvo que rendirse con el paso del tiempo a los vaivenes de su carácter, cada vez más cerrado, no exento de pesimismo, pero que ellos entendían debía ser producto del maldito despido, y como parecía que estaba ocupado en cosas, aunque en el fondo no muy claras para ellos, no era como para alarmarse. 

La excitación de las últimas semanas, adornada de más nervios de los normales, si había producido en su segunda hija cierta inquietud. Ella que parecía el doble de su padre por su parecido físico, y que era objeto de cierta burla de parte de sus dos hermanos y amigos, era también siempre la que más se preocupaba por él, y más desde que su padre había perdido el trabajo; pero su madre siempre audaz también se encargaba de apagar la inquietud. 

Se había vuelto en cierta medida medio maniático con el pasatiempo recuperado de la juventud, período de su vida en el que también había leído mucho, sobre todo a los clásicos, haciendo sus pinitos con pequeños escritos, y a ello se agarró fuerte como a un clavo ardiendo y el resultado debía estar pronto por llegar. 

Hoy domingo, como ha venido siendo siempre costumbre en la familia, no así para Víctor en las últimas semanas, a media mañana empiezan a pulular primero por la casa los únicos dos nietos, hijos del hijo mayor que pasaran el día entero con los abuelos. La abuela los recibe todavía en bata y con el revuelo armado sus dos tías se levantan al toque de diana que producen los gritos de sus sobrinos. 

Al grito de batalla de abuelo, abuelo dónde estás, se juntan toda la familia en pleno en el salón. 

– Otra vez debe estar el abuelo desde temprano pateando la calle. Espero que esta vez nos traiga como era costumbre siempre esos deliciosos churros y chocolate caliente que tanto os gustan.                                

La abuela acallaba así a sus nietos y hoy no iba a estar de nuevo en lo cierto; su esposo no iba a repetir nuevamente el rito sagrado de los domingos, en el que la familia se juntaba en la casa para jactarse unos deliciosos churros bañados en chocolate que él traía recién hechos de la chocolatería, que quedaba no muy lejos de la plaza a la que daba el edificio donde vivían. 

El abuelo andaba en su mundo, cansado pero vivo, añejo pero contento, con los ojos brillantes producidos por lágrimas que no van a salir, por la intensidad del sol que ya en esta mañana de mayo majestuoso se cegaba sobre ellos y por la alegría contenida, llevando bajo el brazo el periódico enrollado con el suplemento dominical a todo color oliendo todavía a tinta fresca. Ya había consumido casi toda la barra de pan y media caja de leche descremada, sentado en un banco de la plaza frente a su casa, y de allí no muy lejos esperaban sin éxito de nuevo los churros y el chocolate caliente en la chocolatería.

Como el tiempo pasaba y Víctor no regresaba, su esposa y su segunda hija caminaron hacia el pequeño estudio de la casa en busca de algo, ahí pensaban debían encontrar la respuesta.

 Al llegar a esa pieza de la casa todo estaba ordenado, bien apilado en las esquinas o puesto en las estanterías; todo limpio, hasta en la papelera no había papel alguno cuando siempre estaba atiborrada de cualquier cantidad de ellos, ningún resto fruto de horas que pasan produciendo no solamente resultados sino también basura. Y sobre la pequeña mesa, delante de la silla que Víctor, su esposo y padre, venía calentando especialmente en los últimos meses de su particular desempleo, varias decenas de hojas; del lado izquierdo unas formando un pequeño bloque, y del lado derecho una sola hoja con unas cuantas líneas escritas, eso sí a mano. Víctor gustaba del papel tamaño folio y no muy blanco y el lápiz grueso para escribir, como lo hacía cuando era joven, a la antigua usanza. 

Susana y Margarita, su esposa e hija, mirándose las dos sus caras a la vez se aproximaron sobre la mesa y una a cada lado de la silla de Víctor comienzan a leer esas cuantas líneas de la última hoja, solitaria, separada del resto que formaban un pequeño montón sobre la mesa.
                             Hoy amanecí nuevo, ayer titubeaba, antes de ayer no me lo creía en
                           absoluto; todo después de nada y habrá, deberá haber, más de todo un
                           poco y de nada bastante, pero ni eso me lo impedirá, pero eso también
                           será mañana.

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12 Comentarios a “126- La Última Página. Por Antusas”

  1. DIMANCHE dice:

    Emotivo relato.

    Mucha suerte.

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  2. Rafael dice:

    Si el curso del relato desconcierta, el desenlace se lleva la palma.
    Una acumulación de escritura con el norte incierto. O que yo no he sabido comprender, que todo podría ser.
    Suerte.

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  3. alvaro dice:

    desconcertante, me pierdo un poco, no encuentro el hilo del relato…
    Suerte y ánimo

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  4. MOREDA dice:

    EL RELATO SE DEJA LEER AUNQUE LE SOBREN ALGUNAS FRASES O CONCEPTOS COMO EL DEL LÍQUIDO AMARILLO Y OTRAS COSAS REITERATIVAS. AÚN ASÍ, LA MERA VERDAD NO ENTENDÍ EL FINAL…

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  5. Espejita dice:

    El relato es muy claro, te va llevando poco a poco al desenlace de una manera muy bien estructurada
    que es la última página de la historia que el ha venido tratando de escribir desde el inicio.
    He disfrutado mucho con su lectura.

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  6. Charlotte Corday dice:

    La idea no está mal, pero la redacción necesita de un profundo repaso. Tal vez sean las prisas.

    Un saludo con mis mejores deseos para el certamen.

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  7. Jara Maga dice:

    Después de un par de lecturas creo haber entendido algo, no todo.
    Frases demasiado largas, confusas, y pobremente redactadas. Sí,necesita un repaso…

    De todas formas, es un intento, como el de todos los que pululamos por aquí, y sólo por eso ya tiene su mérito.

    Suerte!

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  8. Barba Negra dice:

    Creo que no he entendido bien la historia.
    Le falta algún repaso.
    Suerte

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  9. lupe dice:

    Creo que la isea de la escritura es el tema en sí, pero se me pierde un poco el juego de palabras.

    Suerte

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  10. Ambrose Bierce dice:

    Mejor escrito y puntuado que algunos de los que he leído hasta ahora (y que no he comentado por miedo a frustar alguna vocación temprana). De todas formas, algunas frases me han parecido demasiado largas. Como Juan Ramón Jiménez, estaría gustoso en enviarte unos cuantos puntos y seguido para que los distribuyeses a tu gusto entre tus párrafos (con la mejor de las intenciones, por supuesto).

    Mucha suerte

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  11. lupe dice:

    Estoy “releyendo”.

    Empiezo y vale, lo leo fácilmente. De pronto me choca cuando dice “como el tiempo pasaba y Víctor no volvía…”, ¿a cuánto tiempo se refiere?, ¿por qué se van tan derechas a buscar una explicación la mujer y la hija?.
    Y encima de que no entiendo esas dos cosas, menos entiendo las últimas palabras que me parecen como una adivinanza que yo no tengo ni idea, porque intento ponerme trascendente, pero me quedo en nada, y tampoco sé hilarlas con las sos cuestiones que he hecho anteriores.

    Si aclaras algo, gracias.

    Suerte

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  12. Antusas dice:

    Cuando escribimos lo hacemos para hacer realidad sueños, a veces hasta pesadillas.

    Víctor había salido en la mañana, había logrado terminar su sueño, escribir su historia, su obra maestra, rescantando una antigua habilidad heredada desde la juventud, cuando de forma fortuita ya mayor se había quedado sin trabajo.

    Su mujer e hija lo comprobarían acudiendo a su estudio, donde los últimos meses el sacrificio había valido la pena. Las últimas palabras se refieren al final de la historia, su historia.

    Saludos

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