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124- Última voluntad. Por Zumo de arena

Quiero que sepan que he pasado más de la mitad de mi vida entre rejas.

            Seguramente las preguntas que les han venido a la mente cuando han leído estas palabras han sido ¿a quién mató?, ¿robó un banco?, ¿traficaba con drogas?

            La realidad está muy lejos de esos oscuros lugares: soy funcionario de prisiones o, mejor dicho, lo fui, porque me acabo de jubilar. Mi lugar de trabajo fue siempre un centro de alta seguridad del estado de Texas. Allí viví mil millones de historias pero, cuando he echado la vista atrás, he de reconocer que hay una que reluce entre todas las demás, como una luciérnaga entre moscardones. Se trata de la historia de un hombre llamado James Nixon –sí, se apellidaba como aquel presidente que tuvo que dimitir-. James era un tipo impregnado de cultura y buenas maneras que acabó sus días por el método de la inyección letal (él estuvo pensando mucho tiempo que la silla eléctrica iba a ser su final, ya que fue juzgado antes del 82; pero finalmente esa odiosa mezcla de fármacos se lo llevó al otro barrio).

            Nunca negó haber encargado la muerte de tres sicarios de la droga, los mismos tres desechos humanos que habían asesinado a la mujer y a la hija de James en una noche de alcohol y psicotrópicos. No entiendo demasiado de juicios, pero me extraña que ese tipo acabase al final del pasillo de la muerte… lo normal es que esas celdas las ocupen negros, latinos o gente cuyos ingresos económicos no les permitan tener una buena defensa en el juicio.

            Pero no me he sentado aquí para discutir acerca de aquel caso, sino de la noche antes de su ejecución, aquella noche que está grabada a fuego en las pizarras de mi memoria.

            Para entender lo que sucedió tienen que saber que aquel tipo, James Nixon, había hecho muy buenas migas con el resto de reclusos. Era un hombre gracioso, de esos que llevan la risa en la sangre. Pese a pertenecer a una clase social que estaba a años luz de las que contienen al resto de los mortales, siempre se integraba muy bien en cualquier grupo de presidiarios. No se metió en drogas ni en peleas y ayudó a varios presos a lograr que los problemas de sus familiares más queridos desaparecieran. A mí, personalmente, me caía muy bien.

            Pero chocó contra el alcaide, un prepotente lameculos llamado Walter Escalante. No sé qué fue antes, si el huevo o la gallina; quiero decir que no sé si apareció antes el odio del alcaide por James o si lo que nació en primer lugar fueron las bromas que este hacía acerca de la mujer de Walter Escalante. Sé que la bautizó como “Bragasparacaídas” por su inmenso trasero. No sé cómo logró distribuir fotos de la dichosa Miss Escalante entre los internos, pero casi todos ellos vieron a Bragasparacaídas en una posición no demasiado honrosa. Gracias a Dios yo he olvidado aquellas imágenes, hoy podrían causarme pesadillas.

            Solo me falta darles un ingrediente más para que ustedes puedan acabar de cocinar la historia en su cabeza. James era capaz de soportar su estancia en prisión gracias a su pasión por las óperas de Mozart. Tenía un aparato de música que le ayudaba a desconectar su alma del mundo.  Sonreía cada vez que estaba escuchando una ópera.

            Walter descubrió esa afición un día de otoño. Fue a visitarle cuando La Flauta Mágica sonaba en el interior de la celda: Papagena y Papageno canturreaban dentro de un océano de bemoles y sostenidos. No tardó ni un mes en prohibir los aparatos de música en el interior de la prisión. Alegó que eran peligrosos y que podían servir para ayudar a organizar un motín.

            Todos supimos que aquello era una venganza.

            James no le dio al alcaide lo que más deseaba: su cara demostrando tristeza. Yo la noté tras la cortina de su mirada, pero solo yo lo supe… porque le conocía bien.

            Cuando la fecha de la ejecución fue fijada varios funcionarios le pedimos al alcaide que hiciera una excepción con Nixon.

–         Ese hombre morirá pronto –dijo Thomson, un sargento de cuello gallináceo que casi siempre tenía la boca cerrada-. No es humano quitarle su única afición.

–         ¡No puedo hacer excepciones! –gritó Walter Escalante.

–         Pero…

–         No hay peros que valgan.

            Muchos tuvimos miedo de proseguir con esa petición, no nos gustaba ver al jefe con los ojos desorbitados y amasando una venganza en la cocina de su mente. Tuvimos pánico y fuimos esclavos de ese pánico.

            Un día en el que yo estaba de paseo por el patio me puse a hablar con Howard, el recluso que estaba encargado de la biblioteca. Le conté el tema de Nixon, el alcaide, Mozart y La Flauta Mágica.

–         Siento decírtelo, porque es tu jefe, pero ese Escalante es mala persona. Ese Nixon, sin embargo, siempre me cayó bien. Es una lástima que ahora esté aislado.

–          Walter –mentí- no es mala persona.

–         Entiendo que no quieras decir nada de él –me interrumpió-.

            Le regalé un silencio recordando aquel dicho que indica que el que calla otorga.

–         La Flauta Mágica –murmuró Howard-. Debe ser su ópera favorita, hablaba mucho de ella.

            Y se alejó. Olvidé aquella conversación hasta el día de la ejecución.

           La noche anterior a la inyección a Nixon le concedieron su última comida. Donde muchos pedían hamburguesas o pizzas y un helado, este tipo solicitó una tostada con aceite del sur se España y sal roja de Hawai, un risotto de setas y una Crème brûlée (he tenido que buscar en un diccionario cómo demonios se escribe el dichoso postre para no quedar mal delante de ustedes). Simplemente aquello ya hizo que la ejecución no fuese como otra cualquiera. Yo le recogí los platos y noté que la tristeza se agazapaba tras cada gesto, tras cada movimiento. Pensé que podría llevarle uno de esos aparatos de música tan modernos y pequeñitos que hacen hoy día, pensé que podría hacerle feliz en su última noche. Pero el miedo disfrazado de mil disculpas me echó hacia atrás.

           “No hay tiempo suficiente” me dije.

           “No sabría conseguirle la música que le gusta”.

         “No sé si es lo que quiere”.

           Pero todas ellas eran mentiras que mi cerebro inventaba, mentiras que trataban de hacerme parecer menos cobarde. La realidad es que tenía miedo de que el alcaide me pillara y me empujase hacia el barranco del desempleo.

           Al día siguiente un cura le confesó y le sacaron de la celda. Solo miembros de las instituciones oficiales se sentaron en la sala que estaba a solo un cristal de distancia del patíbulo en el que James Nixon sería ejecutado.

            No sé cómo empezó, quién lo empezó, ni mucho menos quién lo organizó. No sé si algún funcionario supo de algún ensayo. No sé cómo consiguieron aprender las canciones algunos de aquellos tipos, pedazos de carne que apenas sabían leer y escribir. No sé si Howard transmitió la noticia o si lo hizo otro. No sé si por primera vez en la historia de la prisión los negros y los neonazis hicieron algo juntos. Solo sé que se me puso la piel de gallina al escucharles a todos entonando aquella obra.

            Las desafinadas voces de los reclusos comenzaron a cantar la obertura de La Flauta Mágica. Voces rotas, voces aterciopeladas, voces esmaltadas, voces propias de seres del inframundo… los reclusos empezaron a cantar a coro con fuerza. Fue algo atronador y, a la vez, algo maravilloso.

            Los ojos del condenado empezaron a desparramar alegría, me fijé en ellos y descubrí vida en sus pupilas, algo que parecía haber perdido durante las últimas semanas.

            No pude ver la cara de Escalante, pero estoy seguro de que tuvo que morderse los labios para no gritar, para no frenar la ejecución y mandar a todos los funcionarios a las celdas con orden de pegarle un tiro a todo aquel que estuviera cantando.

            Seguramente se trató de la peor versión que nunca se hiciera de aquella ópera; ni siquiera pudieron verse los trajes y decorados que siempre acompañan a este género musical. Pero puedo asegurarles que nunca una pieza musical me hizo emocionarme tanto como aquella versión de la historia de Sarastro, Tamino, Menostato y todos sus colegas.

           Aquellas voces no pudieron lograr que se aplazase le ejecución, no lograron que hubiera una llamada de última hora del gobernador… a las doce y siete minutos el corazón de Nixon se paró.

            Durante las semanas siguientes muchos internos acabaron en la celda de castigo y la comida fue mucho más grumosa y desagradable  que de costumbre.

            Pero la sonrisa que no abandonó al moribundo James Nixon es lo que mejor recuerdo de mis años en aquel agujero; creo que le permitió evadirse de la tensión del momento, creo que dio el paso hacia la acera del más allá con más tranquilidad que la que exigían las circunstancias.

           Como puede usted imaginar, después de aquella noche he escuchado mil veces La Flauta Mágica, pero ninguna versión me ha puesto la piel de gallina… sólo lo logró aquella que cantaron cientos de reclusos, aquella en la que hubo más de un millón de notas desafinadas.

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10 Comentarios a “124- Última voluntad. Por Zumo de arena”

  1. Jara Maga dice:

    Una historia conmovedora, sin duda, pero creo que necesitas trabajar un poco más la redacción.
    En general,evitar repeticiones y organizar un poco los párrafos para darles unidad.

    Mucha suerte!

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  2. Rafael dice:

    Me parece un relato trabajosamente redactado, de trama lineal y pormenorizada. No sorprende que, incluso, cites explícitamente la búsqueda concreta de algún vocablo. Sólo por eso tiene su mérito.
    En cuanto al tema, pocas historias he leído tan sutiles contra la aberración de la pena de muerte.
    Mucha suerte.

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  3. H.K. dice:

    Me gustó la construcción del personaje narrador, el uso de algunos lugares comunes para lograr que se sienta natural, sarcástico, subjetivo.
    Mis mejores deseos.

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  4. rosamol dice:

    Felicidades, me ha gustado mucho tu relato. Me ha tenido en vilo hasta el final, y eso es muy bueno y de agradecer. Todos tenemos mucho que aprender a la hora de escribir, pero tienes la suerte de saber contar historias. Te deseo suerte.

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  5. MOREDA dice:

    BUEN REALTO, ME RECORDÓ ALGUNAS PELÍCULAS NORTEAMERICANAS QUE TRATAN EL TEMA DE LA PENA DE MUERTE, EN ESPECIAL UNA DE TOM HANKS. TE FELICITO. ME GUSTÓ

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  6. Barba Negra dice:

    Buen relato. Creo que se necesita trabajar un poco la redacción.
    suerte

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  7. Chuss dice:

    Conmovedor y entrañable tu relato. Te deseo suerte.

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  8. lupe dice:

    El tema puede ser menos original, pero a mí me ha gustado.

    Suerte

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  9. Ambrose Bierce dice:

    Zumo de arena (que nombre tan sugestivo):

    No soy partidario de la pena de muerte, pero ¿prohibir las óperas de Mozart? Eso si que se merece….

    Pule un poco más tu escritura y dedica algo más de tiempo a la revisión y escribirás cosas muy interesantes.

    Suerte

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  10. lupe dice:

    Bueno, estoy haciendo mi votación particular, ni lo hice con estrellitas ni sé si lo haré ahora entre los cinco finalistas del público.

    Solo que me voy a permitir después de haber tomado unas notillas sobre cada relato, decirte que para mí es uno de los equis (pocos), que más me han gustado.

    Suerte.

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