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112-Reunión Tardía. Por Ti Noel

El Ford Mercury 1941 se detuvo, luego de su marcha a ritmo de cortejo fúnebre por los restos del pueblo, en frente de la casona. El chofer bajó del Ford, ayudó a salir a una mujer, y, con porte gallardo, quedó parado junto al auto después de que ella se negara al gancho de su brazo. La vio alejarse a través del sendero empolvado.

    Antes de atravesar el umbral, la mujer levantó el velo que cubría su rostro y observó la fachada agrietada, agujereada, sostenida no sólo por el pórtico y las columnas, sino por bejucos de maracuyás, arbustos y otras malezas. Todavía se lograba leer en una placa: Familia Prada. La mujer avanzó despacio, apoyándose en la sombrilla, que, por causa de la resolana picante y su piel blanquecina, delicada como alas de insecto, debió haber abierto acaso el sombrero de ala ancha, el velo oscuro y el vestido negro de mangas largas no fueran protección suficiente. Con la sombrilla empujó la puerta carcomida que cedió fácil y chirrió, amenazando con caerse. Al entrar, sintió que el cabello y los vellos del cuerpo se le erizaban.

    Por varias aberturas del techo, entraban rayas sesgadas de sol. El suelo estaba cubierto de hojas cobrizas. Con el pie removió algunas, levantando nubecillas de polvo. Reburujó en el bolso: sacó un pañuelo y cubrió la nariz. Siguió caminando; sus pasos, resonando en el vacío, la hicieron sentirse perseguida. Guardó silencio. Los ecos de sus pisadas fueron tragados, despacio, por el silencio antiguo y ceremonial de la casona. Oyó el murmullo adormecedor de las cigarras. Los grillos. Oleadas de hierba, afuera en el ante jardín, mecida por la brisa. ¿Sólo serían ella y el eco de sus pisadas los que deambulaban por estos ámbitos? Si bien llegó a la vivienda donde pasó la mayor parte de su juventud, nunca había estado tan insegura de querer o no querer algo en la vida: verlos a ellos, después de tanto tiempo de… no verlos… ¿Es posible?, murmuró. La mujer siempre creyó que con la cuota mensual de 600.000 pesos que les proveyó fue suficiente para suplir su ausencia.

    Juraba que habían transcurrido por lo menos un par de horas, pero lo cierto es que apenas llevaba media hora rondando por la casona. Tosió varias veces, cubrió la boca con el pañuelo y sintió el regusto a hierro en el paladar. Miró el pañuelo. Notó la mancha de sangre que dejó humedecida al pie de la firma bordada en letra cursiva que decía Nidia Prada. Le restó importancia, igual que al ardor en la boca del estómago. Observó tallos de maracuyás trenzados en las paredes donde la pintura se descascaraba y formaba, junto con el polvo, complicados bailes en el viento.

    Buscó en la cocina donde había un desorden de trastos corroídos. Se vio ahí mismo, de joven, destapando las ollas y manoseando la comida como si fuera Minino, el gato goloso de Stella. Enseñó una sonrisa, pero no una fingida como las que daba al recibir los guiños de las cámaras fotográficas. Subió a las habitaciones del segundo piso. Revisó en una en particular. El sol se colaba en ella por los agujeros, como si la luz fusilara a la penumbra que adormecía al cuarto en un reposo de planeta muerto, oscureciendo de crepúsculo a unas muñecas de trapo, rostizadas, apanadas de polvo, amontonadas en un colchón sobre una cama rota. Bajó por las escaleras asiéndose de los pasamanos, deteniéndose en los rellanos, a veces doblegándose para masajear sus rodillas. Revisó en el estudio de su papá, y, si alguna vez hubo libros, ahora sólo yacían restos de papel quemado, personajes arrastrándose entre mojones resecos de gato. Atravesó el solar enmontado. Al llegar al comedor, encontró la mesa despatarrada, podrida. Se sintió rendida pero no estaba dispuesta a sentarse en cualquier parte. Quedó estacionada allí, mirando los contornos, el paso del tiempo medido en cada telaraña arruinada por el viento. Un día mis hermanos se pelearon por la mejor presa de un pollo, dijo. Juan Manuel le reventó la nariz a Stella, y mamá nos castigó a todos. A mí por no llamarla a tiempo.

    Astromelias prosperaban con comodidad. Copuladas por abejorros peludos y escarabajos blindados, sus pimpollos nacían entre los escombros. ¿Debería tomar como ejemplo su obstinación por vivir? Se les arrimó y arrancó una. La estudió por un momento, curiosa de que algo tan vivo creciera en armonía con la ruina. Las imaginó en las coronas que orlarían su féretro de cristal, donde reposaría con el maquillaje intacto en su rostro de bella durmiente.

    No supo de dónde vino la voz que escuchó a su espalda: Deje las cosas en su lugar. Al sobresaltarse, apretó la flor. Era una voz conocida, estaba segura, pero no recordaba si era la de Juan Manuel, o la de su madre, grave y solemne. Quería voltear a mirar y saberlo de una vez por todas, y, aun así, su cuerpo inmóvil acataba a una suerte de vocecita en su interior que se lo impedía. Con los puños apretados, como si tal acto le diera el coraje que le faltaba, se atrevió a dar media vuelta. No vio a nadie, pero sentía que alguien estaba allí, mirándola de cerca. Retrocedió, cerró los ojos. Deja que aparezcan, no cierres los ojos, se dijo. No existe una imagen si no hay quien la vea.   

   Cedió ante la curiosidad, abrió los ojos y pudo verlo, allá en un rincón tenebroso, detenido eternamente en sus treinta y dos años. Balbuceó: ¿Juan?… Lo vio, silencioso como una sombra, moverse de una sombra a otra, desaparecer en los cortes que hacía la luz a la oscuridad para aparecer luego y detenerse y señalar hacia una esquina… Nidia miró a otra figura pasar de la nada a una existencia corpórea en las sombras, una parodia de su estado anterior andando encorvada, descolgando los brazos apenas mecidos por el vaivén de su cuerpo. Si bien arrastraba los pies, no oía sus pasos ni veía huellas plantadas en la ceniza. Stella. ¿Eres tú, en verdad? Stella. ¡Stella! Qué es esto Dios mío.

    Después de saludar alzando de modo infantil una mano, hasta la altura del pecho, casi con timidez, y de explicar quién era, la misma Nidia que los dejó con la promesa de progresar para volver por ellos, expuso en desorden, con palabras vacilantes, lo que había planificado de forma metódica y obsesiva. A pesar de la sintaxis incorrecta, propiciada, quizás, por el miedo, la ansiedad, la sorpresa, la idea primordial quedó expuesta. ¿Qué?, le oyó decir al hombre. La mujer vaciló antes de repetir: Yo he venido a que ustedes… He venido a que ustedes me perdonen… Bueno, ese es mi deseo…, por favor…

    A cambio de esta muestra de franqueza no obstante su apariencia soberbia, aunque menguada por causa del entorno, y su enfermedad, sólo recibió silencio. Innoble, humillante, la apatía la sumía en este limbo de recuerdos rancios como si Nidia Prada, astro decreciente de la dramaturgia, no fuera digna de la nobleza que poseen ciertos espíritus. Le sorprendió no escuchar lo que esperaba o, ¿debería sorprenderse?: Si se fija bien, verá que ese esqueleto agrietado, descascarado, a punto de caerse, que desliza su sombra a sus pies, es el mismo aguacate que sembramos…, que… Mamá no lo deja cortar porque allí se posan pechos amarillos y petirrojos a cantar. Por eso ya nadie viene a estos lares, ni los indigentes.

    ¿O-oyó, Juan Manuel, lo que le dije?, musitó Nidia.

    Cada palabra era un gramo de aliento que debería dar por desperdiciado. Lo vio señalar hacia otro rincón. Nidia se llevó una mano a la boca. Mamá, dijo con voz queda. La distinguió, sentada sobre su trono de días marchitos, acumulados como hojas, moviendo los labios como si rezara: No se va a llevar la máquina de coser. Dirá usted, “señora”, ¿qué puedo opinar yo, que deambulo entre sombras, y que, tembleque, languidezco al menor rose de luz? Pero no se va a llevar la máquina de coser.

    Quién sabe a qué recuerdo estaba atada. Quién sabe quién le quitó la vieja máquina de coser donde se sentaba a hacerles los vestidos a las Gutiérrez y las Góngora. Tal vez la empeñó, como cuando lo hizo con la licuadora. Hubiera preferido oír lo que le dijo años atrás: Puesto que se va a buscar fortuna me imagino que no va a volver por aquí.

    ¡Regáñeme, al menos!…, pidió Nidia, forzando los ojos para que no lloraran. O qué. ¿Ahora dirá que no porque soy una vieja hecha y derecha? ¡Nooo, qué va, nooo! Si a usted, mamá, no le importaba pegarme siendo yo una joven crecidita, ¿por qué no me regaña ahora? ¡Regáñeme! ¿No ve que soy una desagradecida? ¿No ve que los olvidé mientras vivía mis sueños?

    Observó que su madre avanzó hacia ella, pero no se detuvo; miraba el suelo, daba vueltas por la sala, para entrar, al cabo de minutos interminables, de un mutismo más estremecedor que cualquier grito, a la luz decadente del atardecer donde se desvaneció, poco a poco, en un último estertor de brisa, polvo y hojas marchitas. Lo último que le oyó decir fue: ¿Mija, dónde está el dedal? Pero no era a ella a quien le decía mija; Stella la seguía como una autómata, ayudándola a buscar el dedal. A Juan lo advertía aguardando en las sombras, mirándola como con ojos que ven al vacío, dejando traslucir su pesar en la fosforescencia opaca que resaltaba su cuerpo. Nidia sentía rabia al saber que sus ruegos, un poco trillados, como sujetos a un libreto, los cuales de tanto insistir, pensaba, conseguirían su atención, eran estorbados, sin remedio, por reiterados, desgarradores accesos de tos. Se sentó, agitada, en un trozo de muro e inclinó la cabeza que apoyó en las manos. Juan Manuel… ¿usted sí me va a escuchar, cierto?… ¡Cierto!

    Cuando el chofer entró por ella, la encontró, en el cada vez más sombrío aposento, explicando al viento las razones por las cuales se separó tanto tiempo de ellos; mujer ocupada e importante como era, no supo a tiempo la noticia del desastre, ni pudo, o no quiso, asistir al funeral, sólo a la misa de réquiem que ofreció cierto día la alcaldía para conmemorar un año de la tragedia en el pueblo de Villa María.

    El chofer golpeó en un tablón y la mujer volteó a mirar, sin siquiera sobresaltarse, como si ya nada tuviera importancia.

    Perdón, señora Nidia, pero es que como ya se estaba oscureciendo y usted no salía…

    ¿Perdón? Nunca lo pida, Sandoval, dijo Nidia al tiempo que se secaba las lágrimas. Nunca.

    Sandoval se acercó para ayudarla a parar. La mujer se negó otra vez a su gentileza. Con la sombrilla le señaló las astromelias.

    ¿Sabe…? Dijo. Mejor vaya, arranque unas cuantas, llévelas al auto. Yo todavía tengo cosas que decir… Y no importa que ustedes no me oigan, ¿me oyen? ¡No importa! Las voy a decir.

    Sandoval observó los contornos de la habitación como si siguiera la ruta de los ecos. No vio a nadie. Ni sintió el pulso decaído que Nidia escuchaba en cada rincón, en esta casa palpitante de recuerdos.

    Venga, señora Nidia, mejor es que nos vayamos, dijo. Aquí se está comenzando a poner muy oscuro.

    ¡Qué le importa!, contestó Nidia. Haga lo que le mandé.

    Perdón señora.

    ¡Qué le dije del perdón!

    Sí señora.

    Dio media vuelta, se acercó a las flores y cortó unas cuantas. Antes de salir por la puerta, devolvió una mirada a Nidia: estaba inclinada por su propio pesar, reunida allí por un llamado del otro mundo, como si hubiera sido creada para habitar en esta casona de resistencia austera, por siempre.

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16 Comentarios a “112-Reunión Tardía. Por Ti Noel”

  1. MOREDA dice:

    EXTRAÑO CUENTO, REUNIÓN CON LOS MUERTOS, SUPUESTAMENTE TODOS LOS VAMOS A HACER ALGÚN DÍA. UN POCO EXTENSO PERO BIEN ESCRITO…

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  2. Ojo de halcón dice:

    Escribe bien, pero quizá le ha quedado el relato demasiado denso.

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  3. Ti Noel dice:

    Bien, señores (o señoritas),Moreda y Ojo de halcón, gracias por sus comentarios; ahora que lo leo publicado, pienso que sí, está un poco extenso.!Changos!

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  4. Rafael dice:

    Un cuento de redacción lineal y generosamente prolijo en detalles. Esto último una virtud a la hora de ilustrar al lector pero que pueden enlentecer el recorrido por el texto.
    Personalmente creo que tu idea de retorno a los orígenes es cien por cien literaria y muy aprovechable. Tal vez resumiendo algún pasaje ganaría en frescura y ligereza.
    Felicidades.

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  5. ti noel dice:

    Gracias, Rafael, por pasarte por mi vecindario. La densidad y la extensión, las descripciones prolijas obedecen a la necesidad que sentí de crearle a la casa la atmósfera adecuada al tema de la muerte y el tiempo perdido. Ahora bien, eso es mi intensión, mostrar sin caer en explicaciones; pero, sin embargo, de buenas intenciones está lleno el mundo. De nuevo gracias, Rafael, por tus comentarios.

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  6. NOSKI dice:

    Te lo debía Ti Noel. Así que he decidido pasarme por la gruta de tus sueños. Por tu forma de escribir intuyo que te gusta esto de la literatura, crear con palabras un mundo mágico. Mi consejo (soy tan novato o más que tú) es releer unas cuantas veces lo que se escribe y oír su sonido. A mi juicio hay palabras y expresiones muy rebuscadas que hacen complicada su lectura. Quizá también algunas frases excesivamente largas, con muchas comas(“La mujer avanzó despacio, apoyándose en la sombrilla, que, por causa de la resolana picante y su piel blanquecina, delicada como alas de insecto, debió haber abierto acaso el sombrero de ala ancha, el velo oscuro y el vestido negro de mangas largas no fueran protección suficiente”), contribuyan a que, en algunos momentos, se haga algo farragoso.

    En el procesador de textos hay una forma de encontrar palabras que se repiten y donde lo hacen (Edición, buscar). Es una forma de darse cuenta que se necesitan sinónimos (“Lo vio, silencioso como una SOMBRA, moverse de una SOMBRA a otra, desaparecer en los cortes que hacía la luz a la oscuridad para aparecer luego y detenerse y señalar hacia una esquina… Nidia miró a otra figura pasar de la nada a una existencia corpórea en las SOMBRAS, una parodia de su estado anterior andando encorvada, descolgando los brazos apenas mecidos por el vaivén de su cuerpo”).

    La idea de volver (en sueños o en la realidad) al pasado, y explorar los acontecimientos m
    as importantes, da para mucho y hay que tener cuidado con no extenderse demasiado. En fin, no voy a atosigarte. Además a mí esto de hacer de crítico literario me asusta. Primero por que no soy quien para ello. Y además no todo el mundo admite…En fin, que esto es una larga marcha y requiere constancia.

    Suerte Ti noel

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    • ti noel dice:

      Muy bien Noski, te agradezco tu tiempo, has hecho aportes valiosos. Gracias.

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  7. Barba Negra dice:

    Bonito relato, aunque con algunas expresiones muy rebuscadas.
    Suerte.

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    • ti noel dice:

      Gracias, Barba Negra, por tus apreciaciones y tus deseos.Suerte y éxitos para ti también.

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  8. ti noel dice:

    Un dato más y sin ánimo de defenderme, las cosas son como son y no de otro modo: quizás el estilo de oraciones largas, las palabras a veces repetidas,y lo que ustedes llaman rebuscado, se deba a la influencia de autores que me han marcado: el norteamericano Cormac McCarthy es uno de ellos (sobre todo). Si no lo han leído, recomiendo que lean Meridiano de Sangre, entre otras joyas. Por supuesto, yo no soy Cormac, ni mucho menos soy John Crowley de quien recomiendo Pequeño, grande, y su libro de cuentos Antigüedades.

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  9. lupe dice:

    No es ni más ni menos largo que lo que tú has necesitado, ¿no?

    El enfoque es original.

    Suerte

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  10. Ambrose Bierce dice:

    Sí, a veces yo también me he sentido un poco confuso por la densidad del texto, como han apuntado otros comentaristas. Dicho lo cual, reconozco el buen dominio del idioma y el interés del argumento.

    Suerte para el certámen

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  11. ti noel dice:

    Gracias a Lupe y Amrose Bierce por tomarse su tiempo leyendo mi texto.

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  12. Salomé dice:

    Lo único que quiero decirte es que tu relato me ha hecho visualizar a Nidia, sentir su tristeza y decadencia así como ese deseo de reconciliación o de perdón. Me han gustado esos detalles sobre las astromelias. Cuando todo parece perdido, la mirada suele centrarse en pequeños detalles que reflejan como la vida sigue pletórica a pesar de todo.
    Lo demás ya te lo han dicho otros compañeros.
    Te deseo suerte en el certamen Ti Noel.
    Abrazos

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  13. Catch-22 dice:

    ¡Me ha llamado la atención la frase de que la luz fusilaba a la penumbra a través de los agujeros!
    Hay textos que hay que leerlos despacio, sin prisa… es verdad que es denso, pero eso hace que la lectura sea más lenta, y por tanto estés más tiempo en ese ambiente… a mí me gusta eso!

    suerte!

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  14. Ti Noel dice:

    Gracias a Salomé y Catch-22 por pasarse un momento por estos lares.

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