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109- El Manantial. Por Amaragua

Ya han transcurrido muchos, muchos años y todavía no sé si era temor o fascinación lo que sentí la primera vez que vi aquella palanca que, con solo subirla, hacía que apareciera un manantial.

Yo nací en el noroeste de África, en un pueblo pequeño de  la zona desértica. Nuestras casas de adobe sólo tenían una ventana situada de tal manera hacia la puerta que produjera una corriente de aire. Recuerdo la alfombra que cubría el suelo de arena, roja con dibujos geométricos y un montón de cojines apoyados en la pared a todo su alrededor ¡qué bien se estaba allí a mediodía con el fresquito de la brisa! Por la noche, cuando el frío empezaba a morder,  recostados algunos y otros tocando el derbake, nuestro tambor estrecho y alto,  bailábamos y cantábamos las anécdotas del día con el sabor dulce del té con canela y hierbabuena.

Había un solo árbol, escuela por la mañana y lugar de reunión y de juegos por la tarde. Nos íbamos moviendo con la sombra que proyectaba.

El agua era tan escasa que casi era un milagro. Los niños corríamos a buscarla al pozo que había a 7 kilómetros cuando no íbamos a pastorear, Llevábamos cubos enormes, bidones y cualquier recipiente que sirviera para transportarla sin derramar una sola gota. El camino era llano pero cuando hacía viento, se apilaba la arena formando montoncitos inesperados y era fácil enredarse con la chilaba, tropezar y caerse. Al llegar, nuestras madres siempre nos estaban esperando para coger los recipientes y ponerlos en el lugar más fresco de la casa. El ritual se repetía invariablemente, llenaban un cubo en el que nos aseábamos, después de comer lavábamos lo que habíamos usado en la misma agua  y después se la dábamos de beber a los camellos.

Nuestro pueblo estaba en uno de los recorridos más frecuentados del desierto y nos habíamos acostumbrado a ver personas de otro color y que hablaban otros idiomas. Les ofrecíamos té y pastelillos. Algunos de los nuestros hablaban su idioma y nos traducían lo que decían. Era divertido ver cuánto sudaban y cómo intentaban respirar con normalidad, pero el calor no les dejaba. Me daban un poco de pena y a mamá también, entonces  les ofrecía un poco más de té con las especias que ella le echaba y al beberlo se aliviaban y volvían a respirar bien.

Nuestra vida transcurría sin grandes variaciones, nuestras madres y nosotros cuidábamos de los animales y del pueblo, mientras que nuestros padres iban a la ciudad más cercana a vender y comprar lo que hiciera falta, hasta que el país vecino reclamó nuestro territorio como suyo. Yo veía la preocupación en las caras y en los tonos de los mayores. Tenían razón porque a los pocos días se llevaron a nuestros padres y a nuestros hermanos mayores a luchar por su tierra, nos dijeron. La vida se complicó mucho, entraban soldados en el pueblo y nos quitaban lo poco que teníamos. Ya no podíamos ir a pastorear ni a recoger agua con tranquilidad. Hubo muchos que salieron y nunca regresaron. El miedo empezó a ser un compañero igual de inseparable que insoportable y nuestras madres decidieron que debíamos irnos de allí con lo imprescindible. Fue entonces cuando  nos visitaron unos extranjeros parecidos a los que tanto me habían divertido al verlos jadear, nos dijeron que pertenecían a una organización que se había creado en Europa para ayudarnos y nos llevarían a un campamento donde se estaban concentrando las personas que quedaban en los pueblos de  alrededor.

Preparar lo que había que llevar no fue difícil porque ya no teníamos ni camellos, ni cabras, ni nada, todo se lo habían llevado los soldados. Aunque el viaje fue muy largo, aquellos extranjeros estuvieron pendientes de nosotros siempre, ocupándose de que no nos faltara ni comida ni agua. Al fin llegamos a un sitio con  muchas jaimas pequeñas –tiendas de campaña las llamaban ellos- algunas estaban vacías y eran las que íbamos a ocupar nosotros. Al día siguiente me dediqué a recorrer las calles a ver si conocía a alguien de los que ya estaban viviendo allí y encontré a algunos niños con los que coincidía en el pozo. Nos contaron cómo era la vida en aquel campamento y sentí que me ahogaba sin la posibilidad de que el té de mamá me aliviase.

Dos días cada semana llegaba un camión cargado de agua y se formaba una fila interminable de gente con sus recipientes para llevarla a su jaima. Habían organizado una escuelita y se iba a clase por la mañana. Después cada uno hacía el trabajo asignado para que aquel campamento funcionara bien. Yo tenía que mantener limpia la calle donde estaba nuestra tienda de campaña y a un amigo mío avisar cuando el contenedor estuviera lleno. Además de esto, cuidábamos del ganado, aunque no podíamos pastorear lejos de allí porque los soldados estaban cerca.

Los extranjeros que dirigían el campamento nos dijeron que los que sacáramos mejores notas, si queríamos, podíamos ir a pasar un mes en la casa europea de algunos socios de la organización a la que pertenecían. Yo pregunté cómo eran esas casas, si eran parecidas a las que habíamos dejado y me dijeron que no, que estaban divididas en habitaciones y en cada habitación había una ventana y que el suelo no era de arena, sino de madera. Me costaba trabajo imaginarme aquello y dije que me gustaría muchísimo conocer una de esas casas, así que aquel año estudié para sacar mejores notas que nadie.

En los meses de verano llegaron varios extranjeros y uno de ellos se alojó en nuestra casa. No entendía sus palabras, pero como hacía tantos gestos era fácil saber lo que estaba diciendo y, sin darme cuenta, empecé a entenderle. Me preguntó si me gustaría pasar un mes con él y su familia y yo le contesté que sí, que cómo era su casa, dónde vivía, si tenía algún hijo y si era de mi edad. Me dijo que vivía en Madrid, que su casa tenía dos plantas, en la de abajo se vivía y en la de arriba se dormía y estaba rodeada por un jardín, que tenía sólo un hijo de mi misma edad con muchas ganas de compartir sus juguetes y sus aventuras con alguien como yo y que estaba seguro de que nos íbamos a entender muy bien.

Aquel hombre habló con los directores del campamento, con mis padres, con  mis profesores y consiguió que yo fuera a pasar un mes a su casa. Aprendí a andar con zapatos y a vivir en la delgada línea que separa el miedo de las ganas de ir a lo desconocido. No sabía qué era un aeropuerto, ni podía imaginarme lo que era viajar en avión, poder asomarme por la ventanilla y ver el mundo por debajo. Todo era como un sueño. Al llegar, me guiaron para ir a recoger la maleta y me acompañaron hasta donde estaba mi amigo de Madrid esperándome con su hijo y con su mujer. Verlo allí  hizo callar todo el bullicio que había en mi cabeza y me tiré a sus brazos, llorando y apretándome contra su cuerpo. Él me besó, me acarició y me apartó con suavidad, para presentarme a su hijo y a su mujer gesticulando mucho y eligiendo las palabras que sabía que yo iba a entender. Su hijo se parecía mucho a él y yo utilicé lo que había aprendido de su idioma el año pasado para decirle quién era y de dónde venía. Él hizo lo mismo y nos echamos a reír los dos.

Así, entre risas y gestos, abandonamos el aeropuerto para subir a un coche que conducía mi amigo. Yo no salía de mi asombro, ¡había miles de coches! Tantos que no cabían en aquella carretera. Había que parar de trecho en trecho para poder pasar por un sitio que, según entendí, era más estrecho. Logramos pasarlo y  llegamos a donde vivían.

Aquella casa no tenía nada que ver con la nuestra y el pueblo tampoco. Metieron el coche en la parte más baja de la casa. Subimos unas escaleras y nos encontramos en una sala muy grande con el suelo de madera, tal como me habían dicho. Lo primero que hice fue descalzarme, ¡aquello no se podía pisar con las suelas, había que sentirlo en la planta de los pies! Mi amigo dijo que eso era exactamente lo que había que hacer, mientras los tres se quitaban los zapatos. En seguida subimos a lo que sería mi habitación durante aquellos días. Me quedé con la boca abierta cuando vi todo aquel espacio para mí solo. Había dos puertas, además de la de entrada, una era para dejar la ropa y otra para ir a asearse: el armario y el cuarto de baño. Me explicaron cómo se usaba el lavabo y la bañera y me dijeron cómo funcionaba el grifo, una palanca que al subirla hacía que manara un manantial y girándola salía agua caliente. No podía salir de allí ¿cómo era posible crear un manantial así, sólo subiendo una palanca? Estuve subiéndola y bajándola mucho rato sin que mi fascinación disminuyera, hasta que mi amigo dijo que primero había que vaciar la maleta. En aquel cuarto de baño transcurrirían muchas horas de juego con su hijo.

Las calles, en vez de ser de arena por donde pudieran transitar los burros, los camellos, los camiones del agua y nosotros, eran de cemento y tenían dos alturas, una por la que circulaban sólo coches, motos o bicicletas y otra por la que circulábamos las personas.

Mi amigo me enseñó a leer y a escribir con la ayuda de su hijo y de  juegos de palabras como “el ahorcado”, el “scrable” o “veo, veo” y siempre que me tocaba a mí, sacaba palabras que tuvieran que ver con grifos o con agua. Aprendía deprisa y me acostumbré en seguida al ritmo de su casa. Eso les gustó mucho y me preguntaron si me gustaría estudiar allí y así fue como se invirtió mi vida.

Terminé los estudios universitarios y me quedé a trabajar en Madrid.  Regresaba todos los veranos a ver a los míos. Los mayores seguían en el campamento y muchos de mis amigos de la infancia se habían ido a estudiar a diferentes ciudades de Europa, algunos se quedaron para ayudar a mantener el campamento en orden.

Yo sabía que llegaría el momento de quedarme definitivamente allí, respaldado por todo lo que había aprendido en Europa y por el conocimiento que tenía de mi tierra, esperando que llegara el momento de ir a un lugar donde nos pudiéramos asentar definitivamente y con el recuerdo imborrable de haber tenido un manantial en casa.

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16 Comentarios a “109- El Manantial. Por Amaragua”

  1. Rosamol dice:

    Precioso, de verdad. El agua está presente aunque no se encuentre en el desierto. La imagen del niño abriendo un grifo en una casa llena de habitaciones es evocadora. Gracias, Amaragua.

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  2. Barba Negra dice:

    Hermoso relato.
    Felicidades.

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    • Amaragua dice:

      Gracias Barbanegra. Tu comentario ha sido una inyección de ánimo para seguir escribiendo.

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  3. Pepito dice:

    Mal escrito y una historia infame. Me parece que éste es un trabajo “rebotado” de un certamen en dónde había que indicar que los inmigrantes son todos “cojonudos”. Por supuesto tiene su valor, claro, si se “estira” para una telenovela…

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    • Amaragua dice:

      Gracias Pepito por haber terminado de leerlo, a pesar de no haberte gustado.

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  4. H.K. dice:

    Felicidades por el manejo de la temática ecológica sin hacer ruido en la misma. El tema de fondo está tratado con sensibilidad.La imagen del niño maravillado por el agua manando del grifo es muy bonita; está bien lograda esa parte. Creo que la puntuación se podría mejorar. Al final el relato parece ser una retrospectiva, pero el narrador se siente, siempre y pese a ya ser un profesional egresado de una universidad madrileña, como el niño ¨ignorante¨ del pueblo africano. Creo es por eso que falla el tono. Debería recordarlo de otra forma, quizá utilizar un lenguaje diferente, una perspectiva diferente, maravillarse de él mismo al recordarse tan inocente. Si, por el contrario, la intención era escribir un relato lineal, entonces creo que, en los párrafos finales, da un salto muy grande en el tiempo; algo que, personalmente, me desubico.

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    • Amaragua dice:

      Gracias H.K. por tus comentarios y tus sugerencias. Pensaré en ellas.

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  5. DIMANCHE dice:

    Una hermosa historia de esperanza y, por supuesto, una historia de solidaridad: la de muchas familias españolas que acogen a miles de niños saharauis en vacaciones, comprometidas con darles una vida mejor y darles una nueva oportunidad, como el caso de tu relato.

    Mucha suerte.

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    • Amaragua dice:

      Dimanche, me encanta lo que te ha inspirado el relato. Yo me lo pasé muy bien escribiéndolo.

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  6. MOREDA dice:

    MUY BELLO RELATO, LLENO DE COSAS TRISTES, ES CIERTO, PERO TAMBIÉN DE COSAS ESPERANZADORAS. QUE BUENO SABER QUE EXISTE GENTE DISPUESTA A AYUDAR A OTROS. LA PARTE ECOLÓGICA CONMOVEDORA PUES EN MI FAMILIA HEMOS SUFRIDO MUCHO LA FALTA DE AGUA Y CUANDO LLEGAMOS A TENERLA SE ALIVIAN NUESTROS PESARES. FELICIDADES

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    • Amaragua dice:

      Moreda, te digo lo mismo que a Dimanche; de verdad que me encanta la sensación que os ha inspirado mi relato y en tu caso que te ha gustado y has vivido una situación parecida… me halaga.
      Gracias

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  7. Charlotte Corday dice:

    El relato se hace largo y tedioso porque cometes dos errores: Primero, si la narración corre a cargo del protagonista, ya adulto e integrado en nuestra cultura, el tono debería ser el de un adulto. Segundo, asumes que el lector es un ignorante y no nombras nada sobre el conflicto saharaui, Tinduf etc… Se queda todo en una pasado “edénico” idealizado: Yo vivía en un paraíso primitivo e inocente, pero luego llegaron los “malos” y todo se perdió.
    Esa es una visión demasiado maniquea, demasiado simplista de la realidad.

    Un saludo con mis mejores deseos.
    Un saludo con mis mejores deseos.

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  8. Amaragua dice:

    Gracias por tus comentarios Charlotte Corday. Al escribir el relato no quería centrarme en ningún conflicto particular, me quería centrar más en los recuerdos infantiles del adulto que no pierde la esperanza de regresar.

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  9. lupe dice:

    No voy a analizar fallos, ni si el tema es más o menos socorrido.

    Es una “descripción” amplia de un sentimiento de superación, creo.

    Suerte

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  10. Ambrose Bierce dice:

    Suscribo todo lo comentado por H. K. y Charlotte Corday y no voy a repetirme. Por otro lado, me parece infame el comentario de Pepito (por decirlo de una forma suave). De todo lo que se ha dicho hasta aquí, lo positivo que debes extraer son las ansias de mejorar y, sobre todo, de seguir escribiendo. En ese empeño te deseo lo mejor de lo mejor, porque creo que el esfuerzo invertido en este relato (y supongo que en otros que tengas escritos) lo merece.

    Suerte para el certamen

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  11. Jacinto dice:

    Es un relato bonito, quizás con una visión demasiado optimista de la situación de los pueblos subdesarrollados. En tu relato, todo se soluciona para el protagonista cuando, en verdad, casi nuca se soluciona nada para esas gentes. Me ha encantado la descripción de la “maravilla” que significa poder tener un manantial par ti solo en tu cuarto de baño. A veces, cuando se produce un corte de agua, también las personas que vivimos en paises desarrollados nos damos cuenta de ese milagro. En conjunto un cuento lleno de sensibilidad y esperanza. Felicidades y adelante con otros.

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