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108- Pardina. Por Amla

James Amla sube de dos en dos las escaleras de madera crujiente. En el descansillo ralentiza su movimiento y avanza pegado a la pared. Al llegar a la esquina, inclina su tronco hacia la cavidad asomando un poco de cabello y moflete. Su pupila marrón oscuro, al contacto con la luz, se abre lentamente como una corola. Helene, asciende los últimos peldaños y llegada a la altura de su vástago, le alborota dulcemente el pelo ondulado.

–   ¿Qué haces?

–   Estaba acercándome despacio.

–   ¿Por qué?

–   Porque hay cuadros importantes.

–   Entra sin miedo, Patinir, Ruysdael, Friedrich, Kiefer… se alegrarían de ver a un niño de ocho años jugar entre sus montañas y celajes.

–   Bueno…

Desde que nació, Helene ha detectado que su retoño exhala aire dulce, una blandura hacia las frutas, los colores y los árboles que la tienen en vilo, por eso, se había prometido que no dejaría que bosques raros rodearan a su hijo, que defendería la valla de sus manzanos. Lo había observado, a hurtadillas, pasando los dedos por las vetas de las berenjenas verdes, posando y desposando las yemas de las lenticelas de las manzanas, dando toquecitos a peras ercolini, yuxtapuestas a sus pequeños pabellones auditivos. La demarcación de su pomar crecía ante la emocionada comprensión de su madre. Estaba convencida de que aquello se debía a una presencia especial que hacía crecer un bosque en su pecho infantil. Pensaba que todo habría comenzado en un punto mil veces más pequeño que la cabeza de un alfiler e ilustraba la naturaleza de sus cavilaciones, como un little-bang que se habría venido desarrollando parsimoniosamente. Imaginaba un afloramiento de racimos microscópicos, una hermosa blancura de redondeles ganando espacio en la oscuridad. Lo ha visto quedarse clavado ante el movimiento de los árboles, escuchar el sonido de las hojas altas de los alisos y andar entre las alamedas como un trasatlántico en la mar. Ella se dice que James es una hoja tierna llevada por el viento, una singularidad del propio mundo.

   Hasta la fecha, habían visitado numerosas pinacotecas, y ya tenía la certeza de que su pequeño descendiente podía introducirse en los cuadros. Sabía que su retoño había flotado, otrora, entre las veladuras de organza de Christian Schad, que se había colado en los interiores de Pieter de Hooch, y que sus dedos habían tocado las valientes diagonales de Theo van Doesburg. James había caminado el túnel tras las pupilas de la señora Bas. Lo ha visto parado ante la lepórida mirada infantil Mozart pintado por Creuze, acariciando la pata del perrito de Felipe Próspero y respirar el aire del Alcázar. James puede oler las peras de Chardín, notar el cosquilleo de los violines que manan de los fondos de Rembrandt van Rijn. Estos viajes allende lo visible, acontecen solamente con algunas telas y es eso precisamente, lo que llena de curiosidad a una madre decidida a descubrir la naturaleza última de tan dulce misterio. Para ello, ha pensado poner ante su niño de ocho años recién cumplidos, media docena de paisajes sobresalientes y esperar. No olvida la primera vez que lo perdió delante de una pintura, fue ante la vista de Harleem de Jacob van Ruysdael, en el Rijksmuseum. Subían a la segunda planta cuando Helene, les indicó que en la planta alta había que estar en absoluto silencio, pues era la casa de los Rembrandts, los bodegones con vaso Römer, las vistas y los Vermeer, y si bien, abajo los objetos eran curiosos y de materiales preciosos, arriba, algunos de los cuadros, sin ser los pigmentos un elemento desdeñable desde el punto de vista económico, resultaban más valiosos aún, por representar aspectos del espíritu. Nada más entrar toparon con dos Heda, uno de ellos con un vaso medio lleno de agua color zumo de limón o caldo de pescado y reflejos de plata. Helene pensó en el cardo y la zanahoria de Sánchez-Cotán e imaginó el vaso de Heda al lado de los bulbos y las verduras del toledano, sobre el fondo negro. Fue en aquel momento que James le tiró de la manga y con su dedo, indicó un punto en el retrato de Rembrandt como San Pablo, y ella le expuso que el maestro de Leiden dejaba algunos centímetros cuadrados “inacabados” con extraordinarios trazos y que otras veces entonaba un esmerado fondo de grises y ocres. Hay expertos –le aclaró- que oyen el sonido de violines manar desde los lugares más remotos de sus fondos. Tras una pausa prolongada ante un paisaje de ribera, volvió a romper el silencio.

–   ¿Mamá por qué te paras tanto en este cuadro?

–   Porque es delicioso.

–   ¿Cómo un trocito de queso con membrillo?

–   Como un trocito de queso con membrillo.

–   ¿Cómo una fresa mojada?

–   Igual que una fresa.

–   ¿Cómo el pisto?

–   Si James, como el pisto o como las orillas del Guareña.

–   ¿Es de Rembrandt?

–   Es de un paisajista, Meindert Hobbema, más joven que Rembrandt,  podría ser su hijo. La obra se llama Watermill.

–   ¿Qué quiere decir?

–    Molino de agua.

–   Es muy verde.

–   Si, todo es muy verde por aquí. Mira, este otro, está pintado por los mismos  años es de un gran pintor, Ruysdael que fue maestro de Hobbema, es la vista de Haarlem.

–   ¿Haarlem no está en América?

–   Si, pero antes estuvo aquí.

–   Los campos de debajo del Tiso no tienen árboles

–    Es cierto.

Desde la ermita del Tiso se ve la tierra llana como si un rodillo celestial la hubiera amasado. En las noches límpidas, a las horas que suben a dormir los vencejos, se posan sobre ella miles de estrellas. La vista de Haarlem fue la primera tela que invitó al chiquillo a menguar hasta el tamaño de una lenteja pardina. Pudo percibir el aroma a tierra húmeda que recorre los campos de Haarlem y escuchar el piar de las aves en vuelo. No es que se convirtiera en un grano de arroz, sino más bien, que al mirar la tela, su concentración se posaba sobre cada centímetro tan intensamente que parecía no haber nada más en el mundo, y cada vez que enfocaba una parte del esmerado Ruysdael, se sentía impelido a correr por sus caminos al bies de las cosechas, internarse en el bosquete de luz de luna e incluso subir a las nubes. Nuestro pequeño amigo pasó un rato detrás de las casas situadas en la diagonal que sube hasta donde empieza el cielo. Un prodigio de apenas una falange. Pasó sus yemas por los tablones de madera áspera y mohosa. Desde la penumbra del día claro, alzó la vista hacia la atmósfera inmóvil. Por detrás de las casas, se elevó hacia los nimbos y observó el pointer por la vereda, sus zapatos goteando, los caminos ralos, el campanario y la tierra oscura. Notó el calorcito de la claridad en el pescuezo y oxígeno de nube. Fue la primera visita de la semana que pisaba hierba del Siglo de Oro y la primera vez que James entró en una pintura. Al cabo de unos minutos explicó a su progenitora que el pointer blanco que paseaba con la señora, había jadeado toda la llanada, que el terreno estaba encharcado y que volvería a llover en breve, aunque de momento no, porque las nubes templadas y altas así lo indicaban. También le dijo que bajo el transepto de la iglesia del pueblo, se estaba como en el centro del cristal de una lupa, y que había tanta claridad, que no se podían seguir los baquetones de las columnas hacia arriba porque al llegar a las impostas te cegabas. Le dijo que el bosque de luz de luna era frío y poco acogedor pues soplaba un aire que arreciaba entre las hileras de los árboles y que aquellas ráfagas, eran las que movían las aspas de los molinos de enfrente. También le explicó que a media altura, el cielo templaba, por eso piaban los pájaros. 

Había pasado un año desde aquello. Helene acompaña a James ante la obra de uno de los mejores paisajistas vivos. Sabe que si el artista consigue ilustrar su mar de coral albo, James es capaz de entrar. Al final de la sala hay una enorme obra de Anselm Kiefer. Lo precede una pieza del mismo autor, compuesta por un par de alas pegadas a un libro.

–          Mira mamá, parecen de plata…

–          Y ceniza…

–           ¿Significa que los libros tienen alas?

–           Claro, sirven para volar.

–           ¿Sobre qué?

–           Sobre lo escrito y eso hace que te esponjes.

–           Y ¿para qué sirve esponjarse?

–          Ya te lo he dicho muchas veces, para comprender y ser mejor.

–           Me gusta.

–           Normal.

–           ¿Puedo tocar las plumas de las esquinas?

–          No se puede.

–          Ummm…

Helene repasa las piezas de Kiefer en su memoria, los enormes campos de naturaleza trascendente hechos con la paleta casi monocroma. Sabe que bajo tales extensiones bullen la memoria y la amnesia de lo humano. Son obras poderosas, de una solemnidad oscura, aunque, a menudo presentan algún respiro en forma de línea clara en el firmamento o de conjunto de flores silvestres, que sin saber porqué, han brotado en medio de una llanura quemada y abandonada. Mientras chequea sus conocimientos, echa un vistazo general a la sala en busca de una de estas piezas. James, se ha plantado como un poste delante de una obra considerada menor dentro de la producción de Kiefer, un campo hecho con pintura, nada más, no muy grande, de color rosa, marrón y azul.

–                Mamá los paisajes de este pintor son los cuadros más grandes que he visto.

–                Los hay más grandes.

–                ¿Si?

–                Si, delante de la Gioconda están las bodas de Caná, de Veronese, un cuadro enorme.

–                ¿Cuánto mide?

–                No entra en una casa, los hacían para los palacios.

–                ¿Pero cuánto mide?

–                -Diez metros por siete.

–                Es más grande que todos los de una pared juntos…

–                ¿Te gusta este?

–                Mucho, porque hay un niño en medio del campo bajo una cúpula azul transparente.

–                Lo pintó hace cuarenta años, después comenzó a utilizar otros materiales para hacer sus obras más poderosas, como aquellas de enfrente.

–                ¿Qué utilizaba?

–                Alquitrán quemado, pajas, cemento armado, herrumbre..

–                Y ¿no dejan de ser cuadros?

–                El conjunto no chirría, además ilustran a la idea principal, así que no es tan importante que lo llamemos cuadro, ensamblaje o collage..

–                Este es sencillo.

–                Fue un punto de inflexión.

–                ¿Qué quieres decir?

–                Que fue la idea a partir de la cual nacieron otras. Como una maceta de la que rompen brotes al exterior y después los esquejes de esa planta, se utilizasen para plantar las siguientes.

–                Me gusta mucho, ¿cómo se llama?

–                “Cada uno está bajo su propia cúpula de cielo”.

–                ¿Qué quiere decir?

–                Que cada ser humano es diferente.

–                ¿Y si la cúpula del niño fuera más grande?

–                Mejor.

–                Pero mucho más grande que el campo, enorme…

–                ¿Dónde quieres ir a parar James?

–                ¿Podría hacerse tan grande, que el redondel pegado al suelo de la cúpula del niño, de tanto estirarse, se doblase para arriba y se pegase al cielo de verdad?

–                Podría..

–                ¿Eso sería esponjarse?

–                Claro.

  En la sala contigua, James comienza a fijarse en cosas espurias. Mira las defensas de algunos guardas, los marcos de los cuadros y se cuida de no pisar las juntas de las baldosas. Helene se concede los últimos minutos ante Titus, el querido hijo de Rembrandt. Le capta la frugalidad de las flores que orlan su seráfico rostro, adolescentemente introspectivo, pálido y blando como el vientre de un rodaballo. Piensa en el amor hacia los hijos como uno de los bienes más valiosos de la vida y recogiendo a su vástago con un gesto, se van cruzando miradas hasta salir a la calle.

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10 Comentarios a “108- Pardina. Por Amla”

  1. H.K. dice:

    Un trazo esplendido sobre lienzo digital; el protagonista es el lenguaje. Quizá un conocedor hubiese disfrutado más tu trabajo, Amla, pero yo me siento muy conforme. ¿Has leído a Pierre Michon?
    En cuanto a la verosimilitud, pues parece que el pequeño James sí un genio, ya que comprende bastante bien el lenguaje utilizado por su culta y encantadora madre.
    Congratulaciones

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  2. Barba Negra dice:

    Un bello relato, aunque un niño es difícil que entienda ese lenguaje, en mi opinión.

    Un saludo

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  3. Rafael dice:

    Los protagonistas son, realmente, varias páginas de un tratado de Historia del Arte (o de la Pintura, por ser concreto) y un lenguaje excepcional.
    En rigor no hay un relato, creo yo, pero se lee como si sonara un cuarteto de cuerda. Que ya es.
    Felicidades.

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  4. DIMANCHE dice:

    Una deliciosa clase de pintura con un lenguaje cuidado y plástico, aunque para mí no desemboca en un cuento o un relato.
    Mucha suerte.

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  5. MOREDA dice:

    MÁS QUE UN RELATO A MÍ ME PARECE UNA CRÓNICA SOBRE PINTURA. MUY BIEN ESCRITO, MUY DOCUMENTADO. Y PUES YA ACOMPAÑAMOS A UNA MADRE Y A SU HIJO POR UN RECORRIDO POR PINACOTECAS. SUERTE

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  6. H.K. dice:

    He regresado para releer tu relato, Amla. Es bellísimo.
    Espero que el jurado coincida con mi inexperta pero honesta opinión, más vale.

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  7. Kaláshnikov dice:

    Un relato un tanto Snob, muy bien documentado, bien trabajado, delicado, aunque quizás cueste conectar con los lectores ajenos al mundo del arte. Y como historiador del arte, te felicito ha sido un repaso genial de grandes maestros, mucha suerte !!!

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  8. lupe dice:

    ¡Siento tanto no tener conocimientos como para disfrutar de esa lección magistral de arte!

    Yo no opino en cuanto a que sea relato o no, a mí lo que me admiran son los conocimientos.

    Suerte

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  9. Ludelux dice:

    Un “como” comparativo nunca lleva tilde, aunque se use en una frase interrogativa. Errores ortográficos deslucen la calidad de un texto. En este caso, me recuerda a “El mundo de Sofía”, un texto novelado con intención didáctica.

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  10. Ambrose Bierce dice:

    Envidiable tu dominio del lenguaje y tus conocimientos sobre pintura. El texto es irreprochable, pero lo mejor, para mí, los diálogos, muy verosímiles (algo no siempre fácil de conseguir). No tengo ningún reproche que hacerte… Bueno, sí, solo uno: la frase “Su pupila marrón oscuro, al contacto con la luz, se abre lentamente como una corola” no es del todo correcta, ya que lo que ocurre cuando la pupila recibe la luz es precisamente lo contrario: se contrae. Es una tonteria, pero es que me ha dado tanta envidia encontrar un texto tan perfecto que necesitaba encontrarle algún fallo.

    Es broma. Mucho éxito para el certamen

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