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279- Pasión criminal. Por Bola de sebo

Las acículas diseminadas a su alrededor, el puñal teñido de sangre amamantando una legión de sedientas moscas y la desaguada tierra que apuntalaba su cuerpo en el pino habían seducido su atención tras la forzada interrupción del duelo.

            El enmudecimiento del monte -afónico en su intento imposible por evitar el desquite del camarada- y el sosiego que concede la escasez de energía le hilaban un trance más soportable.     

            La hilera de procesionaria se trasladaba con desesperante lentitud, contagiada por el apresurado sol primaveral que requemaba el pinar. El pino que lo sustentaba sudaba y una densa y pegajosa gota de resina se mezcló con el frío glacial de su frente. La estúpida contemplación de la milicia de orugas maniobrando para evitar un fruto de madera bañado en su sangre, lo dejó exhausto.

            Recordó las primeras horas del día, últimas de su existencia. El duelo interrumpido al alba. La mano en su vientre esforzándose en condenar el menor resquicio por donde la vida pudiera evadirse. Todavía podía verlos correr hacia la nada. Eran tres. El rival y dos testigos. El esfuerzo por mantener el equilibrio le recompensó con la última imagen de la ciudad. Las figuras de los furtivos huyendo distorsionaban la perspectiva de las primeras casas de adobe. El canal seguía su ancestral curso y los pinos más cercanos parecían emerger de sus aguas.

            Se soñó a sí mismo caldeado por el sol del último verano. Remaba contracorriente por el curso de agua que separaba la ciudad del barrio. Barcas arrendadas en las calurosas tardes dominicales. Parejas acicaladas con solemnidad para festejar en el día de holganza a las orillas del canal. Su compañera de querencias y desdichas lo abrazaba. La sencilla tarea de impulsar la pequeña nave se hacía más fatigosa pero más placentera por el roce de su piel. Sentado enfrente, su camarada de acciones libertarias los acechaba con envenenada envidia. Inagotable en el intento de deslumbrar a su imposible deseo, interrumpía por enésima vez el cortejo de la pareja. Evocaba asaltos y estragos cometidos en común contra el Estado. Despertaba en sus memorias escenas donde él había sido el actor principal. Y consumía sus últimas probabilidades con falsas intenciones.

            Se soñó a sí mismo hastiado y molesto por un proceder convertido en costumbre. Consiguió evitar los confines del desprecio recreándose en el paso del tranvía por el puente que unía el barrio con la ciudad. Y aprovechó la oscuridad del obligado cruce por el túnel para regalar una agazapada caricia. Era Agosto de 1935 y la lealtad a las convicciones comenzaba a ser derrotada por el conflicto de las pasiones.

            Sed. Se desveló con la aridez de su tierra taraceada en los labios. Trató de aferrarse al sueño y pretendió alcanzar la cortina de agua que pendía de los remos y se escurría hasta la superficie del canal. Un azafranado rayo de sol que ya se refugiaba tras el pinar y un tardío tábano que se saciaba con comodidad en la herida de su abdomen lo devolvieron a una realidad cierta. Dedicó la última dosis de vigor en ahuyentar al insecto y protegerse del empecinado crepúsculo.

            Soñó despierto el principio del naufragio. La camaradería quebrantada por sospechas y celos inevitables. Soñó cómo en el último año la terna se había cruzado en los caminos del rencor. Cómo descubrió, sin éxodos ni exilios, territorios nunca conocidos. Inapreciables fronteras que separaban el afecto y el dolor, la lealtad y la rivalidad. Soñó con su descomposición individual y el suplicio infligido a sus incondicionales. Y cómo desembocó en tragedia.

            Hoy, al amanecer de una primaveral y soleada mañana, los montes que asediaban la ciudad habían sido testigos de un duelo pactado. El odio almacenado en emociones encontradas precedió al destello de un puñal aniquilando una vida. La acerada hoja cumplió un eterno recorrido de ida y vuelta en el cuerpo del vencido. La nitidez de la imagen grabada en su retina y el desconcierto por la falta de dolor permanecieron hasta que la dorada estrella se exhibió íntegra.

            El primer rayo de una luna henchida de nívea blancura lo adormeció para siempre.