premio especial 2010

 

jun 01

No hubo trompetas ni sellos. O, si los hubo, no fueron siete sellos sino cinco, uno por cada sentido, y se cerraron en lugar de abrirse.

          No sé con exactitud cuándo comenzó. Dicen que uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde. Y a veces, añadiría, ni siquiera entonces. Lo que sí es seguro es que fue poco después de empezar el tratamiento.

          Varón blanco, 37 años. Parkinson. Dios me mostraba su retorcida sonrisa, arruinando de un plumazo mi hasta entonces prometedora carrera de pianista. Y el neurólogo, un tal Dr. Lobato, me daba la noticia escondido tras su estudiada sonrisa tranquilizadora.

          —Está en su fase inicial. Naturalmente, no puedo garantizarle nada, pero existe un tratamiento experimental que…

          Parkinson. Apenas pude concentrarme en lo que dijo a continuación. Algo de un ensayo clínico con nanonosequé que me irían inyectando y que se encargarían de reparar las conexiones neuronales  adecuadas, una a una. Al parecer había tenido éxito en ratas de laboratorio.

          Naturalmente, firmé los papeles que me puso delante. ¿Y qué otra cosa podría haber hecho?

          Después, claro, debí de atribuir los primeros síntomas a los pequeños incidentes de la vida cotidiana. Pero no era un resfriado lo que tenía cuando se me quemó el besugo en el horno por San Valentín, ni iba absorto cuando aquella ambulancia casi me atropella.

          Dos o tres visitas a la clínica más tarde, los efectos se hicieron más evidentes. Pero Susana lo interpretó de otra manera.

          —¿No te ha gustado? —dijo una noche con la cabeza apoyada en la palma de la mano.

          —No, no es eso, cariño, es que estoy nervioso por el concierto… —respondí a  unos ojos nada convencidos.

          Y no era del todo mentira: ¿quién no lo estaría ante la perspectiva de que los dedos lo traicionaran a mitad del Claro de Luna, ante el aforo completo del Palau de la Música? Lo que le oculté, en cambio, fue que apenas había sentido nada. Y que había fingido el orgasmo.

          Pero no era por su culpa. Como tampoco lo fue que aquella lasaña que preparó al día siguiente me resultara insípida. Poco a poco, desprecio a desprecio, Susana se fue apartando de mí, a medida que yo me apartaba de ella y del mundo. Finalmente no pudo más y me obligó a ir a un terapeuta.

          Para entonces yo había suspendido tres conciertos. No por el Parkinson, que apenas me molestaba, sino porque ya era incapaz de oír las octavas más graves y las más agudas, lo que hacía que casi todo el repertorio de Tchaikovski, Beethoven, Bach y Stravinski me sonara entrecortado. Todo a mi alrededor había perdido brillo y estaba teñido de colores apagados y cenicientos. Susana me cogía la mano con fuerza, pero yo no notaba el tacto de sus suaves dedos más de lo que hubiera notado el de un pescado frío. El médico me hizo preguntas que yo respondí como pude, e ignoró mis protestas, diciendo que todo era psicosomático, que fisiológicamente no me ocurría nada y que estaba más sano que un roble. 

          Supongo que el diagnóstico no pilló por sorpresa a Susana.

          Pero no estaba deprimido. Estaba aterrorizado.

          Tampoco entonces lo relacioné con el tratamiento. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Qué ironía. Yo me estaba quedando ciego, sordo y todo lo demás, y estaba demasiado asustado como para pensar en las causas.

          Ver en blanco y negro no tiene el glamour del cine clásico. Sobre todo cuando además tu visión se va reduciendo a un túnel cada vez más estrecho. Ajeno a cuanto me rodeaba, desde el mullido taburete hasta el aroma del sandwich que Susana me traía religiosamente cada tarde, me refugié en el reconfortante blanco y negro de las teclas del piano. 

          Pero no duró mucho. Una a una, las notas graves y las agudas fueron desapareciendo, y las teclas correspondientes se cubrieron de polvo. Beethoven, Brahms, Satie, Vivaldi… todos se fueron, arrinconándome entre do3 y mi4, con lo que sólo habría podido tocar Frère Jacques o alguna otra de esas piezas para principiantes que se reducen a una octava.

          Poco a poco, los sellos continuaron cerrándose, desgarrando mi conexión con la realidad. Es curioso: sólo entonces, cuando ya era tarde para recuperarlas, comencé a extrañar un sinfín de pequeños placeres que antes daba por sentados: el zumbido de la maquinilla de afeitar junto a mi oído, los tonos rojizos y violetas del atardecer, el olor del pan recién hecho en mis paseos matinales, el hormigueo de la soda en el paladar, el roce de las sábanas recién planchadas… 

          Sumido en un ocaso que parecía irreversible, no reaccioné hasta lo de aquel documental. Refugiada como siempre frente al televisor, Susana contemplaba un grupo de aserradoras en el amazonas. Los árboles iban cayendo ante aquellas termitas humanas hasta que la zona entera quedaba completamente yerma. Sólo entonces se me ocurrió que aquellas diminutas máquinas me estaban haciendo lo mismo a mí, hurgando en mi cerebro, destruyendo uno a uno los enlaces que me sujetaban al mundo.

          No me lo pensé dos veces. Me pareció que Susana gritaba algo cuando salí tambaleante, camino del hospital. Ignoro cuanto tiempo me llevó recorrer aquellas cuatro manzanas sin sentir ambas piernas, ni cuantas veces tropecé y me agarré a lo primero que pillé, ya fuera pared, farola o señora escandalizada. 

          Una vez en la clínica del Dr. Lobato, ni siquiera esperé a que la enfermera me indicara el camino a la sala de espera. Irrumpí en su despacho y comencé a gritarle tan agudo como pude —de otro modo no me hubiera oído a mí mismo—, echándole la culpa de lo que me sucedía. Supongo que en algún momento las piernas me fallaron y caí al suelo, porque me encontré mirando al techo de repente.

          —¡Haga algo, maldita sea! —le rogué desesperado—. ¡Sáqueme esas malditas máquinas de la cabeza!

          Me examinó, incrédulo al principio. Luego dijo algo que no alcancé a oír por mucho que me esforcé.

          —¿Me oye? —gritó en un tono más alto—. No hay nada que pueda hacer. Usted formaba parte del grupo de placebo…

          Su rostro, lo último que vi en mi vida, se debatía entre la sorpresa y el interés enfermizo por una dolencia completamente nueva y desconocida. 

          Y entonces los sellos terminaron de cerrarse.

 

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278- Apocalipsis. Por Don Amaranto Valcárcel, 6.8 out of 10 based on 60 ratings Enviar a un amigo Enviar a un amigo Imprimir Imprimir

13 Responses to “278- Apocalipsis. Por Don Amaranto Valcárcel”

  1. Hank dice:

    Interesante evolución de la enfermedad, aunque el final, la verdad, se hace un poco soso. Podría haber ganado mucho con un desenlace más sorprendente, más atractivo, pero seguro que se le ocurre algo y lo mejora para la próxima vez.

    Mucha suerte, en cualquier caso. Escribe usted bien, y eso le abrirá muchas puertas.

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  2. HÓSKAR WILD dice:

    Los doctores y sus experimentos. No tengo dudas de que son capaces de generar con sus diagnósticos equivocados nuevas enfermedades.
    Mucha suerte.

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  3. la ciudad dice:

    Angustioso y bien escrito relato. felicidades Don Amaranto

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  4. Atena de fuego dice:

    Muy bien escrito, aunque el final me ha resultado muy sencillo,
    Suerte

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  5. Roberta B. dice:

    Pues a mí lo que más me gusta es el final. Después de llevar todo el relato imaginando que las cosas que le sucedían eran por el tratamiento resulta que no tiene nada que ver, que a él no le administraron ninguna medicación.
    Enhorabuena y suerte en el certamen.

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  6. Ursula dice:

    Por fin alguien que escribe con sencillez y tiene un argumento bien hilado. !Que alivio!. Está muy bien. El final tambien me gusta.
    Suerte.

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  7. Rafael Sinenomane dice:

    Aun cuando tiene algunos errores ortográficos, es impactante su relato.
    ¡Mucha suerte!

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  8. Bellatrix dice:

    Fantástico, me encanta el final!

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  9. Ambrose Bierce dice:

    Coincido con lo dicho por Hank: la narración parece desinflarse conforme avanza hacia el final, como si el autor tuviera prisa por terminar algo que empezó con mucho entusiasmo pero que fue perdiendo interés conforme avanzaba el relato.

    En cualquier caso, el argumento me parece original y digno de desarrollarse con un poco más de dedicación, y el estilo en general correctom aunque me chirrían algunos tópicos como lo del olor del pan recíén hecho o el tacto de las sábanas recién planchadas (dos recién demasiado cercanos).

    En general me ha gustado. Mucha suerte en el concurso

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  10. Antístenes dice:

    Pues no está nada mal el relato. Y el final, con su gotita de humor ácido, es perfectamente adecuado. Una persona con una neurosis hipocondríaca, y una personalidad con ribetes paranoicos, puede llegar a desarrollar perfectamente un montón de síntomas psicosomáticos.
    Suerte.

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  11. Luc dice:

    También a éste creo que le faltan un par de vueltas en la tostadora (o que el autor se hiciera un par de tostadas y luego volviera a repasar el relato).
    A pesar de ello, me parece que es un muy buen cuento. Bien escrito, bien comenzado, bien acabado y, sobre todo, bien documentado.
    Por el ritmo, como una marcha inversa a las manecillas del reloj de un vencido por el tiempo. Y en su intención, un homenaje a los que padecen una enfermedad despiadada.
    Felicidades.

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  12. minerva dice:

    Me ha parecido un relato muy interesante, con una buena redacción y en cuanto al final, también tiene su toque sorpresivo. Mucha suerte.

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  13. VIOLETA dice:

    Estimado Amaranto.
    Guardo una lista con aquellos relatos que me han gustado de este Certamen. Son sólo quince y el tuyo es uno de ellos. Te deseo toda la suerte del mundo para que estés entre los seleccionados del jurado.
    Muchas gracias por tu voto. Es un honor para mí contar con él.

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