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274- Debe ser horrible morir sobre un asfalto sin haber bebido cuando llueve tanto.Por Aranas

Minutos antes del accidente, Miguel amenazaba a María Elena con colgar el teléfono si no paraba inmediatamente el coche en el arcén. Hacía tan sólo un cuarto de hora que había llegado a casa y se sentía fatigado después de una jornada en el periódico en la que el teléfono no había parado de sonar. Además era viernes y a su cansancio se añadía la frustración de no haber adelantado en toda la semana el artículo sobre el trabajo de investigación de Lindsay Joyce acerca de la relación de la obra de un conocido escritor estadounidense con el feminismo. Con seguridad el jefe de redacción le pediría cuentas el lunes a primera hora, así que, a pesar de todo, al entrar por la puerta de casa estaba decidido a terminar el trabajo esa misma tarde para poder disfrutar así de un fin de semana tranquilo. Sin embargo, desde la separación, las llamadas telefónicas de María Elena estando al volante trastocaban todos sus planes. A pesar de que hacía ya varias semanas que el doctor Ramírez le había hecho ver que no debía consentir esas llamadas de atención de su ex-mujer, lo cierto es que hasta ese día no había hallado un mínimo de coraje para intentar cortarlas. Había una especie de rutina esclava en esas llamadas que obligaba a Miguel a escuchar a María Elena aunque no quisiera. Ella llamaba invariablemente los días de lluvia a las seis y cuarto, prefería los viernes al resto de días de la semana e iniciaba siempre la conversación como si estuviesen ya dentro de la misma, tal y como acostumbraba a hacer en medio de las noches de insomnio cuando aún estaban juntos.   

–       Cada día los ponen más difíciles, dijo María Elena cuando Miguel descolgó el teléfono. Este lo he arrancado de El País de hoy. ¿Has tenido tiempo de verlo esta mañana? Once vertical: embustes, trampas o estafas. Seis letras, termina en “s”… Bueno, no es gran cosa pero no tenemos más pistas. Todo ese rincón del crucigrama lo tengo bastante vacío. A ver si mirando alguna de las que cruzan… ¡Vaya! ¡Espera un minuto! Se me ha caído el recorte… A ver… ¡Ahora mejor! No lo tenía bien pillado sobre el volante.

–       María Elena, si no paras el coche de inmediato, colgaré ahora mismo, dijo Miguel sin alcanzar a parecer enérgico.

–       ¿Sí, cariño? ¿Qué has dicho? No he entendido bien… O quizá sí. No sé, algo de parar el coche… Pero, ¿por qué, mi amor?, preguntó María Elena irónica. ¡Ah, ya sé!: te da miedo que tu ex-mujer hable por el móvil mientras conduce. Vamos, que te acojona un poco, ¿no es eso? Vaya, vaya. ¡Pero cómo se cambian las tornas! ¡Ya ves! Yo ya ni me inmuto con estas cosas. Además, cariño, recuerda que soy una mujer capaz de hacer muy eficazmente más de una cosa a la vez… Embustes, trampas, engaños… ¡Ni idea! Uno horizontal: engañarle, sorprendiéndole en su buena fe y en tres palabras. ¡Esta sí la sé! Dárselaconqueso. D-á-r-s-e-l-a-c-o-n-q-u-e-s-o. ¡Eso es! Quince letras para quince huecos. ¿Quién me ha visto y quién me ve? ¡Con el terror que he tenido a los coches de siempre! ¿Eh? ¿Te acuerdas? ¡Vaya pregunta! ¿Cómo podrías haberlo olvidado? Hay cosas…

–       María Elena, voy a colgar.

–       María Elena, voy a colgar, María Elena voy a colgar…, se burló María Elena. Siempre lo mismo, cariño, dijo recuperando su tono irónico. ¿Pero cuándo vas a cambiar? ¿Acaso no te enseña esas cosas elementales el doctor Ramírez? Si amenazas, Miguelito, debes estar bien decidido a cumplir tu palabra. Y tú, hasta donde yo sé, no vas a colgar, amor mío. ¿Y sabes por qué? Pues por dos razones. La primera, la más mezquina, es que no estás dispuesto a perderte el final de esta pequeña historia telefónica. La segunda, la que más te tortura y atrapa, la que te da más guerra, la que te tiene cogido por los huevos, vaya, es que te sientes aún demasiado culpable. ¡Anda, pero si hay una tercera razón, Miguelito! Se me había olvidado: tu falta de coraje para cumplir tus promesas. Porque digo yo que si uno se toma en serio no beber antes de sentarse al volante, pues va y no bebe, sobre todo si…

–       ¡No es justo! Hace más de un año que no pruebo…

–       ¡Tarde!, dijo con sequedad María Elena. Por cierto, ¿sabes por qué carretera circulo?, preguntó volviendo de nuevo a la ironía. ¡Ja! ¡Lo has adivinado! E-xac-ta-men-te, silabeó María Elena. ¡Nacional 401!

–       María Elena, ¡para el coche inmediatamente!, gritó Miguel. ¡Te lo suplico!, añadió. Te lo suplico, repitió casi en un susurro. ¿Qué pretendes con todo esto?, preguntó recuperando el tono normal de voz. Hace semanas que me pregunto una y mil veces qué pretendes conseguir al llamarme. ¿Qué no olvide? ¿Es eso? ¿Acaso crees que puedo? ¿Qué quieres? ¿Qué me mate? ¡Dime!, ¡Dime!, gritó Miguel por el teléfono mientras abría la ventana del salón. ¿Quieres que me mate? ¡Dímelo! ¡Adelante! ¡Dímelo!

María Elena imaginó que el último berrido de Miguel se abría paso entre la montaña y atravesaba el túnel de los Yémenes ya a la vista. Mientras el túnel se acercaba, la ira recién descargada por Miguel se perdía en su negrura. María Elena bajó bruscamente la velocidad hasta hacer rozar la aguja con la marca de treinta kilómetros por hora. Después, por fin calmada en el repentino silencio compartido con Miguel, empezó a canturrear desde el pasado aquella nana: duerme, duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito… María Elena se preguntó si acaso Miguel lloraba. Mientras tarareaba la canción, las ruedas del coche se tragaban con dificultad el asfalto de pronto seco gracias a la protección del túnel… Que tu mama está en el campo, negrito. Negrito. Negrito. María Elena comenzó a acelerar progresivamente al embocar la salida del túnel.

– Has abierto la ventana del salón, ¿verdad?, preguntó María Elena.

– Sí, respondió Miguel.

– ¿Has bebido?

– Sabes que no. ¿Tú?

– Sabes que sí.

– Joder, María Elena.

– ¡Qué fácil resulta decir “joder, María Elena”! ¡Cierra la ventana, tonto!, dijo María Elena con cariño. Para matarse es mejor haber bebido algo. Debe ser horrible morir sobre un asfalto sin haber bebido cuando llueve tanto.

Resistiéndose a colgar el teléfono, a Miguel se le fue quebrando el cuerpo en cada golpe, en cada impacto, en cada sacudida. Caído en el suelo del salón, sintió llover sobre su maltratado cuerpo.

– No te muevas, Amanda. Verás como enseguida llega alguien, dijo Miguel.

Con gran dificultad, Miguel trataba de acercar su mano a la de Amanda, buscando el contacto de sus pieles para no dejarla sola. Sin embargo, el esfuerzo de moverse hacia ella le hacía estallar el tórax impidiéndole respirar. Antes de perder la conciencia, logró llevarse el celular a la oreja. María Elena permanecía al otro lado, gritando su nombre con angustia:

– ¡Miguel! ¡Miguel! ¡Miguel, responde! ¡Miguel! ¿Qué ha pasado?

– Pide ayuda, alcanzó a decir Miguel. Estoy atrapado a la salida del túnel de los Yémenes. Nacional 401. ¡Amanda! Amanda. Que alguien venga a sacarla…

Con la mente ya llena de blanco, Miguel empezó a tararear aquella nana: na-na-na-na, negrito, na-na-na-na-na-na-na-na, negrito… No te duermas, Amanda, balbució Miguel antes de perder el conocimiento. No te duermas, pensó sin alcanzar ya a repetir la frase.

Miguel se levantó bruscamente del suelo del salón. Sin soltar el teléfono se acercó al aparador. Abrió el primer cajón y tomó la foto más a mano, una de María Elena con Amanda a los pocos días de nacer en brazos. Miguel la dejó a un lado buscando otra donde estuviese María Elena sola. Al fin dio con una donde se la veía en primer plano, con los ojos muy abiertos por encima de las gafas de Miguel sostenidas en la punta de la nariz y la mano en estrella cubriendo la boca, por donde se escapaba una risa verdadera que desdecía su pretendida expresión de miedo. Era una foto que siempre les hacía reír a los tres. Miguel cambió el teléfono de mano al tomar la foto y dirigirse al sillón frente a la ventana abierta. Dejó la foto al lado de El País sobre la mesa y buscó el crucigrama del día. En la primera línea horizontal escribió “Darselaconqu”, añadiendo “eso” en la doce vertical. Se sentó y abrió su mano en el aire como María Elena sobre su boca en la foto. Mientras acercaba la palma de su mano abierta al rostro de María Elena, murmuraba “no te duermas”. Entonces, desde el otro lado del teléfono le llegó el ahogado respirar de María Elena.

– ¡María Elena, no te duermas! Ya verás como enseguida llega alguien. Dos horizontal: planta umbelífera de flores pequeñas y blanquecinas. Oreoselino, dijo Miguel memorizando la palabra. Tres horizontal: hombres ladinos que saben gobernarse con astucia. ¡Esta no la sé, María Elena! Siguiente, también en la tres horizontal: peso de metales preciosos que se usa en Filipinas. Más. O sea que tu once vertical, embustes, trampas o estafas, empieza por “a”. Veamos la segunda palabra en la cuatro horizontal: madera incorruptible que usaban los egipcios para hacer las cajas de las momias. ¡Esta sí! Es el sicomoro… Embustes, trampas… Empieza por “ar” y acaba en “s”…!La tengo! ¡Aranas!

En el momento en que Miguel pronunció la palabra, un lejano ruido de sirenas le llegó por el teléfono.

–       ¿Ves, María Elena? Esta vez llegan a tiempo, dijo Miguel apretando aún más su mano abierta sobre el rostro de María Elena en la foto. ¿Quieres que te cante?…

–       … que tu mama está en el campo, negrito… No hay leche y me gustaría preparar croquetas el fin de semana; luego, durante la semana, no hay manera, dijo María Elena cuando Miguel descolgó el teléfono. ¿Dónde andáis con la que está cayendo? Son más de las seis, llego a casa con cuerpo de viernes y no estáis.

–       Después de comer me llamó Gómez y me pidió que le cubriese una entrevista en Burguillos, así que recogí a la niña de la guarde y me vine…

–       ¡Burguillos! ¿Pero dónde narices está eso?

–       En Toledo…, da igual, cariño. Ya estoy de vuelta.

–       ¡¿Estás conduciendo?!

–       …

–       ¡Joder, Miguel! Te he dicho cien mil veces que no cojas el teléfono mientras conduces. Y menos cuando vas con la niña.

–       ¡Pero si no hay ni un alma en esta carretera! Anda, ve preparando las copas que la entrevista me ha dado sed.

–       ¡Seguro! Ya habrás dado tú con la manera de “refrescarte” en ese pueblo. ¿Cómo dices que se llama?

–       ¡Qué más da! ¡Vamos, cuelga! Que antes de que te des cuenta estaremos en casa.

–       ¡No olvides la leche!

–       Ni tú las copas. ¡Mira Amanda! ¡Un túnel! ¡Con lo que te gustan! ¿Vamos adentro? Cuenta conmigo… Uno… Doooos yyyyy ¡Tres!

–       Ahora te dejo, María Elena, dijo Miguel cuando el ruido de las sirenas se hizo más nítido al otro lado del teléfono. Ya estás en buenas manos. Se ocuparán de ti. No abandones.

Miguel colgó el teléfono y permaneció aún un rato con su mano abierta sobre el rostro de María Elena. Luego, haciendo gala de su mejor grafía de periodista, escribió en el crucigrama las cuatro palabras que había encontrado mientras hablaba con María Elena: Oreoselino, más, sicomoro y aranas. Se levantó y desconectó el cable del teléfono de la toma de la pared. Con calma, se dirigió a la ventana. Había cesado de llover pero no la sensación de lluvia. Miguel pensó en lo que iba a hacer. Cerró la ventana y dirigiéndose a su mesa de trabajo hizo cábalas con el título del artículo que terminaría antes de acostarse sobre el trabajo de investigación de Lindsay Joyce acerca de la relación de Raymond Carver con el feminismo.