- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - http://www.canal-literatura.com/7certamen -

272- Me siento campesino. Por Paulo Rodríguez Lozada

Don Marcelo Ibáñez caminaba por aquella calle atiborrada de lo que según él denominaba gentuza o chusma ignorante. Sí, tal vez daba un halo de alguien importante, pero él no se denominaba así; él se consideraba un erudito en todas las artes. Más que caminar por aquella calle, volaba por su superioridad, por su alcurnia de alta índole, por su magnánimo cerebro y conocimientos y porque quería atajar el tren antes de que saliera. Mientras atravesaba la locura pueril de esta gente, trataba que ni siquiera su abrigo (el cual traía puesto) rozara a la plebe creyendo así, se le prendería la enfermedad de la ignorancia destilada por aquellos.

Apuró el paso dejando atrás: mercaderes, rostros sudorosos, señoras bajitas y regordetas con delantales medio puestos, cebollas, papas, tomates, gallinas, caminos polvorientos. Entró en la estación del tren. El reloj marcaba las tres y cuarenta y ocho de la tarde, caminó ligeramente hasta acercarse a la taquilla. En ella había una mujer preciosa, con su elegante blusa azul cielo, sonrisa de paraíso y una plaqueta de bronce que decía “María G”, típico nombre de esta zona… pensó. Carraspeó la garganta y se dirigió a la taquillera con un tono bastante odioso.

-¡Señorita! deme un boleto para el tren de las cuatro-

La señorita sonrió (porque era su trabajo). Arrancó un boleto del cuadernillo, le puso un sello y se lo extendió. – Mire señor… son cinco mil pesos-

Don Marcelo pagó. Recibió el boleto. Lo examinó. Su cara reflejó inconformismo mezclado con cólera. Por su cuello fláccido se podía ver cómo la sangre subía hacia su cabeza. Su nariz roja y porosa se tornó violeta y enmarañada de venas aun más violetas. Entonces, vociferó con desagradable talante en la cara de aquella taquillera.

-¡Pueblerina obtusa!… ¡este boleto es de segunda clase y yo siempre viajo en primera!-

 La dependiente de la taquilla, se limpió unas minúsculas gotas de saliva que habían saltado de la boca del patán a su angelical rostro. Se dirigió a este, para la devolución del boleto que había ocasionado tan agria reacción. Pidió tres mil pesos adicionales excusándose, pues el boleto de primera clase era un poco más costoso. Entregó el boleto el cual le permitiría ingresar al vagón de primera clase; pero antes, le propinó una opinión nada casual que provocó nuevamente el enrojecimiento de su cara de pizco.

-Se nota señor que su aprestamiento a la buena educación está tan fresco como su hálito-

Don Marcelo refunfuñó entre dientes. Dijo cosas ininteligibles por lo apretada que puso la boca. No se supo si fue por no dejar fluir su retórica intoxicada por las vulgaridades, o por no dejar salir su aliento de fondo de baúl corsario.

Ya adentro en el tren, con su boleto de primera clase, sentado en el asiento que da a la ventana, sintió como su cuerpo descansaba apoyando su espalda contra el respaldo del asiento y por algunos instantes se consideró una persona feliz. Un buen asiento, forrado en terciopelo de color vino tinto, sellado con el escudo de la sociedad de ferrocarriles, hecho a la perfecta medida para la respetable persona que lo ocupaba. Pero él no se podía imaginar qué personas del pueblo preferían pagar tres pesos adicionales e ir bien cómodos en la sección de primera clase. Fue así que se llenó su exclusividad burguesa de lo que él consideraba “gentuza o chusma ignorante”. Sí, tal vez Don Marcelo daba la impresión de ser alguien importante; pero dentro de esa confusión de mercaderes, rostros sudorosos, señoras bajitas y regordetas con delantales medio puestos, cebollas, papas, tomates y gallinas… su espíritu fatuo quedó reducido a nimiedades.

Al lado de Don Marcelo se sentó un personaje que por su figura, olor y el contenido que se hallaba en sus uñas, no dejaba duda de su dura laboriosidad en el campo. Él, como Don Marcelo, se reclinó en el respaldo del asiento, dándole descanso a su espinazo molido por la posición que se adopta cuando se labra la tierra. Es cierto en decir que él no se fijó en el terciopelo que rozaba su pantalón de dril desgasto, ni en el escudo de la sociedad de ferrocarriles; él se fijó en la comodidad que le otorgaba aquel sillón almohadillado. No como los asientos de segunda clase de madera, ya brillantes de mugre y que en varias oportunidades le había dormido las nalgas.

Al parecer Don Marcelo se vio extremadamente consternado por aquella invasión de indeseables, en tan agradable vagón. Trazó un plan para poder, aunque sea deshacerse de su compañero de asiento. La alternativa de deshacerse de aquel campesino era por supuesto una cuestión de pulcritud física e intelectual. Estaba preso, por un lado la ventana, por el otro un viejo iletrado y mal oliente. De manera que dijo muy escuetamente en tono estentóreo, cerca del oído del campesino, ahuyentándole la modorra: – ¡le apuesto el puesto!-. El viejo frunció la nariz con asco. Don Marcelo recordó entonces a la taquillera. Habló un poco alejado y le propuso un trato –quiero hacerle una pregunta y si no puede responderla, me tendrá que dar mil pesos y dejar el asiento que estaba ocupando.- El viejo le contestó que desde luego apostaría su puesto si el también asumía el reto de la pregunta y al no contestarla, le tendría que dar cien mil pesos y seguiría ocupando el puesto. Don Marcelo acepto, cómo no iba aceptar.

Don Marcelo preguntó: -¿a qué se le llama ideologema?-. El viejo se rascó la cabeza e hizo un gesto que daba la certeza que no sabía sobre eso. Sacó un billete de mil del bolsillo de la camisa y se lo entregó. Don Marcelo los recibió vanagloriándose. El viejo entonces preguntó: ¿Cuál es el animal que camina por el monte, en la mañana en cuatro patas, a medio día en cinco y en la noche en una? A Don Marcelo le tomó media hora decir que no sabía. Había escrutado toda la zoología que recordaba y se dio por vencido. Don Marcelo le entregó diez mil pesos al campesino, pero en su sabía exasperación no pudo evitar decir: -¿Qué animal es ese?- Don Marcelo no se percató como la mano del viejo se deslizaba hacia la camisa y se vio tan consternado. Fue entonces cuando en aquel momento Don Marcelo vio en su mano… otros mil pesos y el asiento vacío.