- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - http://www.canal-literatura.com/7certamen -

207- Cada mañana. Por Fernán Caballero

Cada mañana te veo. Te veo en los rostros pequeños que me rodean a las diez en punto, rostros de manos inexpertas que se empecinan en darse unos botones que se les hacen  un mundo. Algunos ya lo logran. Otros, los más, consiguen introducir en el ojal unos pocos de ellos, y el resultado es una hilera caótica en la que el botón de arriba, o el del medio, o el de abajo del todo siempre quedan viudos, desposeídos de un ojal que les pertenece, y en el que está enganchado el botón que no corresponde. Complicado mundo el de los babis, cuando sólo se tienen tres años.

Los miro a todos, uno por uno: Claudia, con sus coletas rubias amarradas con gomas de colores a juego con los calcetines; Diego, que siempre llora durante media hora, porque aún no ha aprendido  que la dolorosa separación de su madre es sólo transitoria, y a la hora de comer se producirá el dulce reencuentro, rubricado con besos húmedos de boca fresca y torpe; Iván, que se aparta en el rincón de las perchas, esperando mi saludo matutino, como un precoz enamorado; Sandra, tan parlanchina, tan risueña, con tantas ganas de comerse un  mundo al que apenas ha visto las fauces…

Y te veo, sin poderlo evitar, en todos ellos, porque todos tienen un algo, en sus maneras pueriles, que me dice que estás ahí.

“Hoy haremos plastilina”. Algunos no conocen la plastilina, porque es un material que deja un rastro grasiento sobre las superficies, y las madres están hartas de limpiar, y por ello nunca les han dado la oportunidad mágica de moldear plastilina. “¿Y eso que es, seño?” “Pues una cosa con la que se pueden hacer figuras de animales, y de flores, y de personas también”. Tengo que andarme con mil ojos, porque la experiencia me recuerda que no sería la primera vez, ni será la última, que uno de ellos se decide a probarla, con ese afán irreprimible de experimentarlo todo a través de la boca. La fase oral, dicen los psicólogos.

Y comenzamos a moldear. Estoy abierta  a la sorpresa, pues siempre hay alguno que me rompe los esquemas, esas ideas preconcebidas acerca de lo que estos pequeños pueden o no pueden hacer,  siempre hay alguno que moldea su animal preferido con una perfección extrañamente adulta, como si en su mente existiera la forma con inusual exactitud, dispuesta a brotar de un trozo informe de pasta de moldear.

A la hora del reposo es cuando tu presencia se hace tan real…Están todos tumbados en sus colchonetas, las cabezas apoyadas sobre almohadas que han traído de casa: pequeñas almohadas con motivos infantiles, con flores, con colores tremendamente chillones, sobre las que descansan los rostros sonrosados y  que acabarán empapadas de sudor de siesta y  babas inocentes. Les pongo música: intento acostumbrar sus oídos a  la belleza de las notas arrancadas al corazón de un violín, melodías suaves, que les inciten a soñar con ese mundo que aún tienen tan  cercano, un mundo de útero cálido en el que no cuenta  la gravedad, un paraíso flotante de olas suaves y bendita oscuridad. Es entonces, te digo, cuando tu presencia se hace más real, porque cuando el violín desgrana con delicadeza los arpegios más melancólicos, el alma comienza a vibrarme, y tus manos suaves y calientes me acarician las mejillas, y a continuación tus bracitos se ensartan alrededor de mi cuello, en un abrazo infinito, eterno, en un abrazo que siempre estará ahí, porque tú siempre tendrás tres años.

Me hubiese gustado verte crecer, desde luego. Me hubiese acostumbrado a la pelusilla pretenciosa que te hubiese poblado el labio superior antes de que yo hubiese tenido tiempo,  siquiera, de acostumbrarme a que crecías. Me hubiese gustado verte con unas zapatillas deportivas del número cuarenta y tres —creo que hubieses sido un adolescente muy alto—, y me hubiese gustado también acompañarte a los partidos de fútbol…o de baloncesto…o quizás a las partidas de ajedrez…Confieso que tuve tan poco tiempo para conocerte, que no sé siquiera qué deporte hubieses practicado. Y eso me ensombrece el alma, porque yo crezco contigo, con la persona en la que deberías convertirte con el paso del tiempo, pero tú te has quedado atrás, siempre tendrás tres años, y nunca podré verte de otra forma: mofletudo, sonrosado, con un chupete en la boca que te hacía salivar más de la cuenta, y ello te provocaba una irritación en la barbilla, y se te llenaba de puntitos rojos. Intentaba deshacerme del chupete, ideando mil y una triquiñuelas que siempre acababas por desbaratar, porque yo, demasiado débil, acababa sucumbiendo a tu llanto desesperado, y me decía a mí misma: “Es sólo un niño, y tan sólo pide  un chupete”.

Hay quien me pregunta, con descarada espontaneidad, por mi trabajo con los párvulos. Quieren entender lo que siento cada mañana cuando me  enfrento a esos pequeños entre los que tú ya no estás. Algunos concluirán que me he trastornado: cuando alguien pierde la razón, suele hacer cosas que escapan al entendimiento de los demás. Otros quizás piensen que soy demasiado insensible, dura como una roca. También creerán, porque no, que trabajar con los párvulos, el estar ocupada, me ayuda a sobrellevar el día a día, a no pensar en mi tragedia.

Pero todos ellos se equivocan: con frecuencia, intentamos profundizar en los demás para comprender qué los incita a actuar de una u otra manera. Nos producen especial interés –casi siempre morboso interés- las personas que, como yo, han vivido una experiencia traumática, una pérdida definitiva e irreparable. Pero por más que intentemos la introspección ajena, corremos el riesgo de equivocarnos estrepitosamente. ¿Quién ha estado en la mente de otro, para saber realmente lo que piensa?

Si todas esas personas que me analizan, observan, compadecen, o toleran, pudieran entrar dentro de mis pensamientos, seguramente dejarían de analizarme, observarme, compadecerme o tolerarme. Sencillamente, porque no hay nada más fácil, para comprender al otro, que vivir lo que el otro ha vivido.

Así sabrían que mi trabajo con los párvulos es, simplemente, un dejarme llevar, un continuar la vida como si todo siguiese igual. Mi trabajo con los párvulos es irreal, transitorio, porque acudo cada mañana en una nebulosa, y me sumerjo en una realidad etérea que huele a colonia de limón y a desinfectante,  donde todo es posible, donde a cada segundo tengo la constancia de que el tiempo no se ha sucedido realmente, y que, de pronto, te veré, allí sentado, con los demás, coloreando grotescamente una hoja de papel en blanco, a trazos gruesos e irregulares, con predominio claro del color azul — creo que era  tu preferido—para regalarme a continuación insistentes  explicaciones con tu media  lengua de trapo, hasta que me ves convencida de que el garabato que has pintado es un perro de compañía.

Y en esos momentos no me acuerdo de tu rostro repentinamente congestionado por la  fiebre, ni de la visita a urgencias, ni de aquel tiempo precioso que transcurrió contigo en brazos, delirante, quejumbroso, un tiempo en el que el reloj de la cuenta atrás estaba en marcha, y yo contaba los segundos. No me acuerdo del pediatra serio, ni de la contundencia de sus palabras cuando habló de meningitis, ni  del dolor que también él tuvo que experimentar por dentro, cuando se vio obligado a decirle a una madre que harían todo lo posible por su hijo, pero que el estado del niño revestía suma gravedad…No me acuerdo del momento final, en el que te tomaba de la mano, pero aún así escapaste de mi lado para siempre, sin yo poder retenerte…

Por eso sigo  con los párvulos, porque así, cada mañana,  te siento, te noto, te pienso, y te veo en ellos.