- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - http://www.canal-literatura.com/7certamen -

169- Reflejos Opacos. Por Dorotea Reyes

 —Niños, venid, papá está en casa.

Así fue cómo mamá dio por concluida la inexplicable ausencia de mi padre. Aunque se esforzaba en utilizar un tono de voz entusiasta mientras nos empujaba hacia él, no conseguía disimular la angustia y el temor que, de nuevo, se cernían sobre ella. Mi padre aparentaba un humor excelente. Hablaba y reía ruidosamente, alborotaba el pelo de mis hermanos pequeños que, incapaces de sustraerse a la alegría del reencuentro, se habían subido a sus rodillas. A mí casi ni me tuvo en cuenta. Mi madre fingía contagiarse de la atmósfera de la escena y, simultáneamente, trataba de desvanecerse, de hacerse minúscula, para no desentonar con la celebración del regreso. La chaqueta de mi padre yacía con las mangas del revés, como siempre, sobre la mesa del comedor. Volvía a ser todo como antes. Era evidente que no debía preguntar los motivos de su marcha ni, mucho menos, la decisión de su regreso. Mi madre continuaba con un rictus ficticio de satisfacción y la mirada perdida en una esquina, tras el sillón orejero, ocupado de nuevo por mi padre. Ella tampoco me miró en ningún momento. 

Siguieron unos meses espantosos. Mi madre soportaba impasible las continuas humillaciones que mi padre le infligía. Posiblemente los meses de ausencia me habían hecho madurar y ahora me resultaba insufrible lo que había sido normal durante muchos años de mi vida. No se podría decir que él la tratase peor que antes; era yo quien recibía con creciente dolor cada desprecio y cada nueva falta de respeto. Mi madre padecía enormemente su rudeza, pero yo no podía contener un paulatino resentimiento hacia ella por tolerar, tan calladamente, el desprecio a su dignidad y el lacerante trato que recibía. Me volví esquiva y huraña, y respondía de igual modo a las desconsideraciones de mi padre y a la sumisión de ella. Lo atribuyeron a la adolescencia, y ése fue mi salvoconducto para rehusar las explicaciones o las disculpas. Mientras tanto, mis hermanos aparentaban permanecer ajenos a todo. Jaime tenía once años. Óscar, dos menos. Esperaba de ellos una mayor complicidad frente a lo que se vivía diariamente en casa. En cambio, celebraban con entusiasmo la relajación de las costumbres, las cenas frente al televisor y la camaradería entre los hombres de la casa. Papá era el héroe salvador que les libraba de la estrechez de las normas. Si percibieron algo anormal, debieron disimularlo, porque yo nunca percibí en ellos un atisbo de sintonía hacia nosotras. Mi madre y yo vivíamos aisladas nuestra pesadilla.

Una mañana de primavera, meses después de su regreso, mientras desayunábamos apresuradamente antes de ir a la escuela, mi padre nos habló. Nunca participaba en nuestras conversaciones, pero mi madre estaba cada vez más decaída, y esa mañana, al despertarnos, no la habíamos visto en casa.

   —Vuestra madre es una puta y le importáis una mierda. Se ha ido y os juro que no volverá a poner los pies en esta casa  —lo dijo sin levantar la mirada del periódico del día anterior.

Siguió desayunando y, clavando los ojos en su reloj de pulsera, me dio prisas para que me fuese a la escuela con mis hermanos. Le odié profundamente: por la brutalidad de la noticia, por no mirarnos a la cara en ningún momento, por los sorbos cuidadosos y placenteros con los que apuraba el café, y porque yo sabía que a partir de ahora me convertiría en el objeto de su dominación. Hicimos el trayecto a la escuela en silencio. No culpaba a mamá por marcharse y dejarnos indefensos ante él. Entendía que no se hubiese atrevido a prevenirnos y que, al escapar, había escogido la única opción factible de conservar la poca dignidad que le quedaba. Debió interpretar mi dureza como signo prematuro de madurez, y supuso que mis hermanos estaban protegidos por el primitivo esquema de valores de mi padre.

Jaime y Óscar caminaban distraídos a mi lado. Estaban tan impactados como yo por la noticia, pero me dolía imaginar que ellos podrían compensar la ausencia de mamá con lo que obtendrían de nuestro padre. En la breve distancia que nos separaba del colegio me deshice de los escasos reparos que aún tenía, y en ese trayecto decidí enfrentarme a la situación que nos sobrevenía.

No erré en mis predicciones. El opresivo clima familiar y la tensión de cada minuto de convivencia me revelaron a un ser todavía más despreciable de lo que hubiera podido imaginar. Pretendió convertirme en la criada de la familia y en la sustituta de mi madre, siempre el blanco de sus desconsideraciones. Me aplicaba la técnica que –supongo– rebajó a mi madre, consiguiendo despertar en mí, a veces, hondos sentimientos de culpa. Yo no rehusaba los enfrentamientos, pero es cierto que  acababa cediendo la mayoría de las veces por el excesivo precio de cada disputa. Mientras tanto, mis hermanos se habían alejado todavía un poco más de mí. Y aunque sufrían con las amenazas e insultos que me dirigía –algunas veces les vi temblorosos y con los ojos enrojecidos–, estaban igualmente atrapados, aunque en un lugar opuesto al mío, en el inquebrantable reparto de papeles que mi padre había decidido para todos nosotros.

Aparté de mí durante ese tiempo cualquier deseo de justicia y de venganza. Ahora que era yo quien soportaba los desmanes de mi padre comprendía por qué la huida fue la única salida que le quedaba a mi madre. Yo la recordaba siempre pequeña, sumisa y entregada. No sabría decir si era ése su carácter o si había sido mi padre quien la había doblegado. Lo cierto es que nunca tuvo posibilidad de salir indemne. Abandonarnos había sido la última victoria de mi padre sobre ella. No debió sentirse capaz de luchar por nosotros y, con su huida, me hizo comprender cuál era la única escapatoria que me quedaba. Supe entonces que yo también me marcharía algún día, y que tenía que soportar el tiempo que transcurriera hasta ese momento con la firme convicción de sobreponerme al trato de mi padre.

Aprendí a no atender inmediatamente sus órdenes. Le respondía con descaro en algunas ocasiones. Asumí los cuidados de mis hermanos y extremé mi exigencia sobre ellos para que fuesen comprendiendo nuestra situación. Mi carácter se resintió debido a la dureza de ese periodo. Me volví aún más retraída. No podía compartir con nadie lo que se vivía en casa, y yo no era, en modo alguno, propicia a los fingimientos. Me refugié en los estudios y me hice merecedora de los mayores halagos de profesores y directores. Ellos debían conocer en parte nuestra situación por mis hermanos pequeños, pero nunca me preguntaron directamente. Nunca expliqué nada, y jamás nadie se ofreció a hacer los deberes en mi casa o a prestarme los libros o los apuntes. Íbamos a un colegio religioso de nuestro barrio. Las familias aparentaban, como correspondía a la zona en la que vivíamos, una discreta normalidad. No conocimos excesivas complicaciones, a excepción de algunas puntuales dificultades económicas para las que el colegio destinaba un fondo de ayuda. El centro disponía además de unas habitaciones de acogida que provenían de una época anterior en la que se utilizó como internado, habitaciones donde residían algunas alumnas de fuera de la capital o que, por diversos motivos, no podían residir en casa. Sabía que a la directora no le convenía que airease mi problema y, aunque debo reconocer que me dispensaba más atenciones que a otros alumnos, también intuía que mis respuestas tranquilizadoras les libraba del embrollo de inmiscuirse en los asuntos de mi familia. No delataría mi situación hasta que me conviniese, y tan sólo lo haría para acceder a una plaza en la residencia el día en que pudiera escaparme.

Pasó el invierno y, una tarde de domingo en la que leía distraídamente en mi habitación, oí abrirse la puerta de casa.

   —Mamá, mamá, mamá —gritó Óscar.

De repente se esfumó el habitual e insípido ambiente de nuestra casa, que se inundó de llantos, abrazos y besos estruendosos.

   —Cariño, cariño. Te quiero —decía mi madre mientras escuchaba a Jaime unirse a ellos en el comedor.

Me conmovía la sinceridad con que celebraban el reencuentro. Tenía que esforzarme para no dejarme arrastrar por la emoción del momento. Me incorporé de un brinco para ahuyentarla y repasé las opciones que tenía. No entendía la vuelta de mamá, y no quería imaginarme lo que pasaría cuando mi padre se enterase. Miré hacia la puerta de la habitación, asegurándome de que el pestillo estaba echado. Aunque el acontecimiento era por completo inesperado, supe en seguida cómo tenía que actuar. Llené de ropa la bolsa de deporte, añadí la documentación, el móvil, su cargador y un sobre con algo de dinero. Recogí los libros de estudio y los introduje en la cartera. Contuve la melancolía que, ya antes de irme, me suscitaban los objetos de mi habitación, el lugar en el que habían transcurrido tantas horas de encierro. Agucé el oído. Proseguían los arrumacos de mi madre entremezclados con las atropelladas palabras de Jaime y Óscar. Apagué la luz, salí de la habitación y me abalancé hacia la puerta.

No quise mirarla. Desconocía de dónde había sacado la fuerza para marcharse, y no entendía los motivos que le habían hecho volver. De cualquier modo, ya no me incumbían. Con su regreso, ella tomaba de nuevo la responsabilidad de cuidar a mis hermanos y me libraba de lo único que me retenía junto a mi familia. Di un portazo intencionado y me precipité por las escaleras bajando de dos en dos los escalones. La cartera me rebotaba en la espalda y la bolsa me golpeaba la cadera. Cuando descendía por el último tramo y casi alcanzaba el rellano, vi a mi padre entrando por el portón de la calle. Continué corriendo y, al cruzarme con él, casi delante del ascensor, le empujé violentamente. Perdió el equilibrio y, mientras caía, le di un golpe con todas mis fuerzas con el puño derecho por el que todavía sobresalían las llaves de la casa. Ya en el suelo, le dirigí una mirada que le hizo retroceder defensivamente hasta toparse con la pared.

Todavía hoy, muchos años después, rehúyo los espejos por miedo a tropezarme con la huella de aquella mirada.