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115- El Mirto. Por Radiquero

A mí me gustaba el Mirto. No sé si aquello sería amor, aunque yo con doce años y convertida en mujer de golpe tras la muerte de mis padres, ya estaba más en cosas de mayores que de críos. Por aquel entonces, el Mirto era un mozo guapo y dicharachero, tocaba la armónica y me hacía reír con sus juegos de cartas. Luego, cuando yo pegué el cambio y pudimos haber llegado a algo serio, apareció Antonia que vino de criada a casa del médico y el Mirto enloqueció por ella. Yo, incapaz de competir contra aquella hembra de ojos de fuego, me quedé a un lado, como sendero que no se recorre y con una espina del Mirto en los labios. 

            Cinco años después, con el Mirto ya en busca y captura, ocurrió lo de aquella noche de guadaña. El Mirto y otros hombres vinieron a la casilla, tal como hacían un par de veces al mes. Todos tenían rostro de humo y hablaban poco, como si sus propias voces les asustaran. Aquella noche mi hermano dijo al Mirto que no fuera al pueblo. Que no fuera, que lo pillarían. Y si pillaban a uno, caían todos. Si vas esto se acaba, Mirto. Se acaba porque tarde o temprano nos engancharán a todos. 

Antonia se había puesto de parto aquella tarde. Tal vez hubiera parido ya. Pero mi hermano le dijo al Mirto que no se le ocurriera acercarse por el pueblo, que seguro que había vigilancia por todas partes, que ya habría ocasión más adelante para conocer a la criatura. Eso le dijo mi hermano al Mirto y se lo dijo muy serio, como si pronunciara piedras en vez de palabras. Mejor pasar por muerto que estarlo de veras. Un hombre con un balazo en el pecho ni es padre, ni marido, ni nada más que un pobre muerto. Y si te cogen y no hay balazo, Mirto, malo para todos, sobre todo para ti, que te arrancarán el alma antes de matarte. 

            Y mientras mi hermano soltaba esa sentencia, aquellos hombres callados de barba inclemente y manos de brea metían los paquetes en sus sacos, túneles profundos de hambre y miedo. Y enseguida los más rápidos marchaban por la vía con pasos de condena para diluirse en la niebla. Y mi hermano, ya a la puerta de la casilla, antes de apagar el carburo insistió al Mirto que no fuera, que se tragara las ganas, que los compañeros no tenían la culpa de que su mujer tuviera que dar a luz así, con el marido hecho monte y con la guardia civil en el reverso de cualquier sombra. Nada de valentías inútiles, Mirto, que en cosa de partos los hombres no pintamos nada. 

            La luna, inmensa como un pozo para lobos, estaba de color blanco oscuro. La luna llevaba ya muchos lutos para ser luna blanca. No vayas Mirto, quítate esa idea de la cabeza. El Mirto, envejecido en aquellos meses de vivir como una alimaña, le miró con retinas de colmillo. Mi hermano le sostuvo la mirada y cuando se iban los últimos, agarró por el macuto al Sote, el jefe de aquellos desgraciados y lo apartó del resto. Sote, cuida con el Mirto, que nos la jugamos todos

Las pisadas del Mirto y los demás mordían ya el balastro. Yo me fui a mi alcoba y corrí la cortina que la separaba del comedor, asegurándome de que llegaba bien de pared a pared, como si deseara poner una frontera con aquello. Debajo de mi camastro, cerrado con una trampilla, latía el sótano de muchas clandestinidades. 

            Aquella noche permanecí en un duermevela prólogo de lo inevitable, apretando los ojos como si mis párpados fueran trincheras para resguardarme de la tragedia. En los momentos de menos consciencia, un tren se estrellaba contra la casilla. Cuando volvía plenamente al terreno del insomnio, las sábanas eran gelatina de escarcha, como los abrazos que nunca recibí del Mirto. 

             Los ladridos de la Tosca, ciega de pulgas y carbonilla, que al amanecer salió de su caseta al rastro de la muerte, me confirmaron que el Mirto había desobedecido. Mi hermano, que había estado fuera toda la noche, volvía entonces con la faca herida y la ropa manchada de sangre. Cogió el pico y la pala y se marchó de nuevo. Al rato regresó pálido y sudoroso, echó un trago, encendió un cigarro y se puso a llorar piel adentro, con lágrimas secas, como lloran los hombres privados de clemencia. 

            Le dije que no fuera. Mirto, no vayas… Se lo dije, mira que se lo dije… Pero no me ha hecho caso y no me ha quedado otro remedio que defenderme, que él me ha sacado la navaja… Y el Sote es un mierda, un inútil, que bien podía haber evitado esta desgracia si lo hubiera retenido, aunque fuera emborrachándolo, o poniendo a los otros a vigilarlo a punta de fusil… 

            Afuera comenzaba a caer aguanieve de hollín. Arriba en el pueblo, una recién parida preguntaba en voz baja por su marido. La respuesta estaba en la manta negra que yo extendí ante la puerta de la casilla. La partera, tras darle el crío, preparó caldo de gallina y se ofreció para teñir la ropa a la joven madre. Antonia, vale de llorar, que esto ya se sabía que iba a terminar así, como ha pasado y seguirá pasando a todos los del monte… Pero no llores más mujer, que no te subirá la leche. 

            Con las manos tan ásperas como aquella estameña fúnebre donde iba escrita la muerte del Mirto, me palpé el vientre yermo. Me sentí viuda en un funeral equivocado