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86- El primer día de mi nueva vida. Por Edward Teach

Día sesenta y dos en el infierno

Es inútil pedirle a un río que se detenga; lo mejor es aprender a navegar siguiendo el sentido de la corriente. (Anónimo)

Sábado 14 de julio de 2007: 

Es un alivio empezar a distinguir los objetos en la penumbra de la habitación después de otra noche en vela; el primer indicio de que por fin ésta se acaba. No estoy seguro de si me siento más deprimido que frustrado pero en cualquier caso esos sentimientos canalizan mis recuerdos hacia los acontecimientos que, desde hace apenas dos meses, me han cambiado para siempre la vida. De hecho, sorprendentemente, tengo la sensación de que los treinta años anteriores de mi existencia son algo que queda lejos, muy lejos. Obsesivamente regreso al día en que me comunicaron el diagnóstico; diagnóstico que no alcancé a comprender en un principio: “Esclerosis lateral amiotrófica”, me dijo, y me fui hundiendo en la mayor de las miserias a medida que el Doctor Tomás me describía el futuro:

–         La desmielinización de los axones del sistema neuromotor, en la zona lateral de la médula espinal…

–         Por favor, al grano – dije yo.

–         Perderá progresivamente el control muscular; notará un agarrotamiento que puede tener una mayor incidencia en algunas partes del cuerpo; con el tiempo tendrá dificultades al hablar hasta que se verá imposibilitado para hacerlo aunque mantendrá todas sus facultades intelectuales. Es una enfermedad progresiva y, de momento, no se saben las causas y no existe tratamiento curativo.

–         Es la enfermedad de Stephen Hawking, el famoso científico – me dijo con una amable sonrisa su ayudante.

 

Y lo dijo como si aquello debiera alegrarme el día o, al menos, hacerlo menos penoso. ¿Era posible ser tan imbécil? Mi tía Francisca, la hermana de mi padre, le iba a la zaga: en la semana siguiente le escuché repetirlo tres veces hablando por teléfono. Tuve la sensación de que creía a pies juntillas que eso me iba a permitir publicar un exitoso tratado científico sobre astrofísica.

El desastre me había pillado en el momento más importante de mi vida; a punto de consolidar mi puesto como ingeniero en Ecotécnica, empresa dedicada a la investigación y diseño de sistemas de energía alternativa. Mi proyecto de investigación sobre condensación de la energía fotovoltaica había impresionado al departamento de tecnología y la probabilidad de quedarme fijo en la empresa había sido, hasta el momento de tomar conciencia del problema, algo poco menos que indiscutible. Ahora la perspectiva de tener un ingeniero en plantilla, que debería tratar con clientes importantes, y con una apariencia cada vez más cercana a la de un retrasado mental echaba por tierra todas mis esperanzas. No me lo habían dicho explícitamente pero el trato, sin dejar de ser correcto, había variado sensiblemente. La empresa tenía que decidir entre dos candidatos para cubrir definitivamente el puesto en Barcelona y se oían grandes elogios hacia mi “rival”; curiosamente, estoy seguro de ello, eran los mismos que me dedicaban a mí no hacía tanto tiempo.

Qué feliz me sentí el día en que comuniqué a la familia los elogios que me habían dedicado por mi trabajo de investigación. Mis padres no pudieron reprimir unas lágrimas de felicidad cuando les expliqué la reacción de los directivos que iban a contratarme. Yo mismo dejé caer algunas al compartir el momento y… qué diferente había sido el trato que había recibido, por parte de esos mismos personajes, semanas atrás cuando les comuniqué que esos frecuentes tropiezos y objetos que se me caían era algo más serio que simple torpeza. Don Alfonso, director de contratación, el cual me había augurado un futuro prometedor en “ésta tu nueva familia”, ahora, al mirarme, parecía observar una cagada de perro en medio de un verde y cuidado césped. 

La claridad ya me permite ver sin dificultad todo el entorno, deben de ser cerca de las siete de la mañana.

Me viene a la mente el recuerdo, debe hacer una eternidad, de los irónicos intentos de mi padre insinuando que ya era hora de “echar el vuelo”: 

–         Con treinta años ya deberías tener “un nido propio” – me decía en broma.

–         ¡Vive con tus padres hasta que te puedan mantener tus hijos! – sentenciaba yo. 

Yo sabía que, en realidad, el día que abandonara el hogar sería muy traumático para toda la familia. Estábamos muy unidos pero toda esa alegría familiar se había esfumado dando paso a una retahíla de malos actores esforzándose en aparentar que todo iba bien. ¡Cuánta energía deberá invertir mi madre en componer una sonrisa! Yo mismo, ocasionalmente, intento bromear para que todo sea más llevadero para todo el mundo: 

–         Mirad, por fin encontré la forma de quedarme en casa. Al final esta enfermedad será rentable para un vago irrecuperable – dije en una ocasión.

–         Que te quedes es una buena noticia – respondió mi padre – pero si en esa empresa no son estúpidos, contratarán al más brillante de los ingenieros que dio la Autónoma de Barcelona, y si no te contratan, es que no vale la pena trabajar y producir para una pandilla de descerebrados. 

A pesar de estar en pleno quince de agosto, necesito cubrirme con la sábana. Sólo consigo cogerla con firmeza al tercer intento; por las mañanas soy más torpe y coordino peor. Al abrigo de la fina tela siento un breve bienestar que da paso al doloroso recuerdo de Marina, mi novia, que me produce un nudo en la garganta. La quería tanto que tuve que dejarla. ¿Cómo condenarla a seguir ese camino sin esperanza? Ella se mantuvo firme ante cada insinuación de terminar la relación. En uno de mis últimos intentos se me había abrazado mientras, entre sollozos, me gritaba que no le hiciera aquello. ¡Que no le hiciera aquello! ¿Es que no se daba cuenta de que le ofrecía el mejor regalo que podía darle? Mi madre, al principio, quiso convencerme de que le permitiera seguir junto a mí. Tuve que rogarle entre lágrimas que me ayudara a mantener mi dignidad dejando que la liberara de un futuro de mierda. Al final conseguí echarla de casa, se marchó llorando. Ya se le pasaría, lo suyo tenía cura. 

Me incorporo hasta quedar sentado en el borde de la cama. Irónicamente pienso en la letra de una canción cuyo autor no recuerdo: “Un día más en el paraíso”. El sarcasmo me provoca un atisbo de sonrisa que no llega a materializarse al tiempo que se abre paso en mi mente un funesto pensamiento: “Un día más en el infierno”

El pozo de la depresión

No os espante el dolor; o tendrá fin o acabará con vosotros. Séneca

 Sábado 8 de septiembre de 2007: 

Es curioso, pero a pesar de ser un día soleado lo percibo apagado, con poca luminosidad. A mi madre le ha costado tanto levantarme de la cama que casi se da por vencida ¿Por qué no me dejarán en paz? Tumbado consigo evadirme algo de esta tortura y, de todas formas, las dificultades para concentrarme me impiden la actividad que antes mejor llenaba mi tiempo, la lectura.

No me importa lo que hagan conmigo: que me atiborren de pastillas o que intenten la maldita terapia. La psicóloga pretende marcarme unas pautas de conducta diarias; “ayudará a mejorar tu estado de ánimo”, me dijo, “A ver cómo lo llevarías tú ¡Maldita zorra!”, pensé yo. No me importó su explicación sobre lo que me estaba ocurriendo:

–         Es una “depresión reactiva”, es decir, provocada por la enfermedad que padeces. Necesitamos resolverlo para mejorar tu calidad de vida.

Yo me limitaba a asentir con la esperanza de abandonar cuanto antes ese despacho y estaba convencido de que lo mejor sería acabar de una vez por todas. En realidad, sólo me impide dar el último paso el dolor que infligiría a mi familia, pero esa barrera se está debilitando. Casi no siento afecto por nadie, como si hubiera perdido la capacidad de amar. No recuerdo el sentimiento de la felicidad y, a pesar de que intento recuperar de mi memoria momentos en los que disfrutaba de algo, no se acompañan de las sensaciones que tenía.

Renacer

El ideal está en ti; el obstáculo para su cumplimiento también. Thomas Carlyle 

Lunes 22 de 0ctubre de 2007: 

Me da miedo pensar en la posibilidad de que todo sea un espejismo. Ayer, durante la cena, tuvimos el mejor momento desde no puedo recordar cuándo. Al intentar ponerme un vaso de agua, éste se  deslizó entre mis dedos y cayó al suelo haciéndose añicos; intenté sujetar otro y también se me resbaló. Mis padres no decían nada pero al ir a por el tercero nos cruzamos unas miradas de complicidad: todos entendimos, en ese lenguaje no verbal, que iba a acabar con la vajilla y estallamos en una espontánea carcajada que no acababa nunca. Mi madre tuvo que sujetarse a la mesa de la cocina y parecía que le iba a dar algo: el sonido que salía de su garganta se asemejaba a un grito agudo e interminable y mi padre se desternillaba viéndola fuera de control. Yo miraba alternativamente a uno y otro y a cada cruce de miradas estallaba de nuevo en una risa incontenible: el estómago me llegó a doler. En el fondo no había para tanto, pero ninguno quiso desaprovechar la oportunidad de volver a ser feliz. Pienso que fueron unos instantes de liberación donde la hilaridad nos permitió sacar toda la tensión acumulada. Fue un momento mágico y recordándolo me siento bien. Quizás debería agarrarme a ese tipo de vivencias porque ¿qué alternativa me queda? Puede que la tormenta de risa que tuvimos ayer en familia me haya despertado por fin ese espíritu luchador del que habla la psicóloga. Al final la vida se compone de “momentos” y las personas que nos encontramos en estas circunstancias puede que aprendamos a valorarlos más que el resto de los mortales. ¿Cuántas veces me había dicho a mí mismo que tenía todo el tiempo del mundo? Ahora les diría a todos que no dejen de hacer lo que sea porque es más tarde de lo que piensan. Creo que fue Mark Twain quien dijo algo como: “Dentro de veinte años te decepcionará más todo lo que dejaste de hacer que lo que hiciste”. Yo no tengo veinte años por delante pero aún tengo una vida, una vida a la que me tendré que adaptar para sacarle el máximo: eso o hundirme en el fango. Aquí dentro hay un cerebro y no estoy dispuesto a permitir que esta vida, la mía, haya pasado por este mundo amargándose y amargando a los míos. “¡Cuidado muchacho!”, me digo, “no te entusiasmes demasiado que esto es únicamente un buen día, aunque detrás del primero pueden venir otros”. Es increíble cómo responde la mente cuando toma una determinación y siento que acabo de tomar una decisión importante. Tengo algunas cuestiones que resolver: en primer lugar mis padres. Debemos afrontar esto desde una nueva perspectiva, empezando por mí y mi visión del futuro. ¡Se acabó el teatro! Por primera vez en mucho tiempo me siento capaz de gobernar la nave y quiero que me acompañen en este viaje.

Ayer los tres reímos con ganas y hoy me siento feliz: esto de la risa es un “bálsamo” de propiedades milagrosas. Sé que no siempre será así pero voy a luchar ¡qué demonios, soy ingeniero! y puede que… no, sin duda, la sociedad necesita un tipo creativo como yo para diseñar lo que sea que mejore la calidad de vida de todo el que se encuentre en mi misma situación. De repente siento que todo cobra sentido de nuevo y al marcarme un objetivo he obtenido la energía que me hacía falta para tomarle la medida al futuro. Éste es el primer día de mi nueva vida. Veo mi reflejo en el espejo del aseo y la persona que está ante mí eleva una copa imaginaria: ¡Por ti!