- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - http://www.canal-literatura.com/7certamen -

27- El vecino del quinto. Por RobertaB

        Las manos no siempre mienten, me dijo. Yo lo miré, sorprendida. Era la primera vez que me dirigía la palabra y apenas pude controlar el rubor que subió a mis mejillas. Cerré de un golpe el buzón, murmuré un adiós educado y me marché escaleras arriba, tratando de recomponer el moño que había improvisado para bajar a recoger el correo. Tras varios días sin salir de casa por culpa de una gripe, me sentía sin fuerzas para arreglarme. Miré mis manos huesudas, los dedos largos y las uñas cortas; me pregunté por el significado de aquellas palabras, entonces no podía ni imaginar la crueldad que encerraban.

        El resto del día lo dediqué a lamentarme mientras me miraba en mi espejo mágico, el que tengo situado en una posición estratégica para que el sol de la tarde no sea demasiado cruel conmigo. A veces pienso que me iba mejor cuando vivía con un hombre, que al menos disponía de motivos suficientes para sentirme desdichada. Contaba con el pretexto de sus desprecios, de sus engaños, de sus desaires para licuarme en un mar de lágrimas. Ahora lloro por puro vicio, que motivos no tengo para sentirme triste.

        Las manos no siempre mienten, ¿qué habrá querido decir con esta frase el vecino del quinto? Lo vi llegar hace unos meses, solo traía una maleta azul eléctrico y una mochila colgada al hombro, que por su forma y tamaño podría contener un ordenador portátil. 

        El vecino del quinto tiene las manos grandes. Cuando las veo, imagino que en ellas podría dormir con holgura un recién nacido, acunado entre sus dedos de gigante. Siempre que pienso en niños se me encoge la matriz, puedo notar a la perfección los movimientos de mi útero y sé que se rebela cuando imagino bebés, me reprocha que nunca tuviera uno. Aún estoy a tiempo, le digo en voz baja para tranquilizarlo y pienso en otra cosa para evitar herir su sensibilidad.

        Nunca había intercambiado ninguna palabra con el vecino del quinto hasta la mañana en que bajé a recoger las cartas: misivas del banco, folletos publicitarios; ninguna de amor, ninguna redactada a mano. Ya no se escriben cartas de amor, suele decir mi amiga Margarita; luego siempre se quita las gafas para limpiarse la nariz, me mira con sus ojos transparentes y sonríe, como si todo aquello del amor no fuera con ella.

        Reconozco que no dejo de pensar en el vecino del quinto, me gusta imaginar en qué trabaja, cada día busco oficios que empiezan por una letra en concreto, hoy le toca a la f: funcionario, fotógrafo, fontanero, funambulista… Lo imagino moviéndose con agilidad sobre una cuerda, sin red. Yo lo espero abajo,  con los ojos bien abiertos, atenta a una posible caída, mi profesión sería fisioterapeuta. Aunque después de escuchar sus palabras sobre las manos que no siempre mienten, me inclino a pensar que es poeta o psicólogo, quizás se ha dado cuenta de que mis manos son más delgadas que el resto de mi cuerpo, quizás ha advertido que son el reflejo de mi alma escuálida. En ese caso, yo podría ser pediatra y cuidaría de la salud de nuestros hijos. Mi útero se regocija, cree que ha llegado su hora.

        La fiebre me ha afectado, será eso, por lo general soy una persona normal y equilibrada y no ando haciéndome ilusiones con el primer vecino del quinto que se cruza en mi camino. Quizás debería presentarme en su casa con cualquier excusa tonta, así hablaríamos de las cosas que hablan todos los vecinos, del tiempo y de lo lento que va el ascensor los lunes, justo cuando más prisa tenemos, y no me dirá que las manos no siempre mienten, esas cosas no se las dicen los vecinos normales.

         Tras dudar un buen rato si pedirle sal o azúcar, llamé a su puerta y tardó un rato en aparecer; aún me encontraba indecisa,  así que llevaba en una mano el salero y en otra el azucarero, los dos vacíos, pruebas irrefutables de mis necesidades. Me miró sin sorpresa y me invitó a entrar. Quitó de mis manos los recipientes y los dejó sobre una mesa de cristal llena de polvo y papeles garabateados a mano. Me reafirmé en mi idea de que era poeta, ya que las líneas mostraban la consistencia etérea de los versos. Ambos permanecíamos callados.

        El silencio es el alma de las palabras, dijo, y yo lo miré sorprendida, iba a ser imposible establecer una conversación coherente con el vecino del quinto. Opté por responderle en su mismo lenguaje,  “que no tienen alma”. Me miró con curiosidad mientras ensayaba una sonrisa de seductor. Tuve que reconocer su tremendo atractivo.

        Las hojas del otoño nunca son discretas, respondió; y yo, para tomarme un respiro, miré por la ventana; el atardecer se desplomaba sobre los tejados e incendiaba la chimenea del edificio de enfrente. Sin pensar respondí a sus palabras “Crujen bajo la más ligera de las pisadas”.

     Por un momento noté que me faltaba el aire y me senté en el viejo sofá que había junto a la mesa de cristal, cogí un folio al azar y empecé a leer:

El silencio es el alma de las palabras

Que no tienen alma

Las hojas del otoño nunca son discretas

Crujen bajo la más ligera de las pisadas

         No pude seguir, un mareo persistente se había apoderado de mí, la lámpara que había sobre mi cabeza giraba a una velocidad vertiginosa. Si yo sólo había subido a por sal, fue lo último que pensé antes de desmayarme. Y lo primero al despertar, y así se lo dije. No pareció preocupado por mis palabras, sólo un poco molesto porque no pudiéramos seguir componiendo poemas que ya estaban escritos. Sentí ganas de vomitar, de salir corriendo y volver a mi casa, tomarme un calmante y despertar al día siguiente para confirmar que todo aquello sólo había sido una pesadilla. No podía levantarme, ni hablar, le interrogué con los ojos, pero sus palabras de nuevo fueron enigmáticas, alejadas de los lugares comunes. No sufre quien ama sus males, dijo mientras acariciaba mis mejillas con sus manos de gigante. No ama quien no sufre, contesté reprimiendo una arcada. No podía imaginar lo que me arrepentiría de haber pronunciado estas palabras. Fue como si hubiera apretado un resorte, un mecanismo secreto que activaba la verdadera personalidad del vecino del quinto. Yo seguía sin poder moverme, me preocupaba que por la ventana apenas entraba luz y él aún no había encendido las lámparas de la casa. Siempre tuve miedo a la oscuridad, desde niña. Me hubiera gustado decirle que encendiera la luz; de repente sentí un miedo absurdo a molestarlo, ya no era el chico sonriente que me había recibido con silenciosa amabilidad. Sus ojos habían adquirido un brillo extraño, de fiera enjaulada, la boca contraída en un rictus amargo, las manos cerradas con los puños crispados.

         Me levanté con considerable esfuerzo, como un oso que acabara de salir de su sueño invernal. Medí los pasos que me separaban de la puerta cerrada. El vecino del quinto adivinó mis pensamientos, fue más rápido que yo e interceptó mi camino hacia la salida. Las manos seguían cerradas, ya no imaginaba bebés sonrosados durmiendo sobre ellas, las vi manchadas de sangre, magulladas de propinar golpes y destrozar mandíbulas.

        Entonces empezó a hablar y a mí se me grabaron las palabras a fuego.

       “No ama quien no sufre. Te enamoraste de mis manos, descubrí tus miradas fugaces de deseo, cómo desviabas tus ojos hacia ellas cada vez que nos encontrábamos en las escaleras. Pero las manos no siempre mienten. Míralas, son duras, ásperas, grandes, están diseñadas para golpear”.

        Mientras hablaba nos movíamos en círculos, él siempre cortando mi huida; por fin se cansó del juego y me ordenó que me sentara. En menos de cinco minutos me vi atada a una silla,  no podía gritar porque en la boca me metió el pañuelo de seda que llevaba en el cuello, el más bonito que poseo, el que elegí para impresionarlo. Traté de retomar el tono desenfadado que nos había acompañado hasta media hora antes, los destellos acerados que emitían sus ojos me frenaron.

      “Te conozco mejor que tú misma, sé lo que piensas, lo que anhelas, sólo hay que mirar en tus pupilas, son libros abiertos…; y en tu ordenador, claro. Es allí de donde saco mi inspiración, de ese estúpido diario de quinceañera. No me costó mucho entrar en tu equipo, ni siquiera tienes una clave, ningún programa de seguridad, ¿no creías que alguien podría interesarte por ti? Eres tan idiota que ni tan siquiera recuerdas que el poema que recitamos antes lo habías escrito tú. Mis manos han sido fuente de inspiración para ti, acunaron bebés en tu imaginación, rozaron tus muslos, apretaron tus pechos, rodearon tu cintura… Mis manos, que no siempre mienten”.

 

      Ya era noche cerrada, sólo había encendido una pequeña lámpara de mesa, que apenas nos iluminaba a nosotros, dejando a oscuras la habitación. No comprendía cómo había tenido acceso a mi ordenador, yo había oído hablar de los hackers en las películas y poco más. Mientras pensaba en esto, vino el primer golpe; me dio cerca del ojo izquierdo e hizo que se me nublara la visión, un dolor insoportable cruzó mi mejilla, algo caliente resbalaba por mi cara hasta gotear en mi escote, desprotegido sin el pañuelo de seda que ahora tenía otra misión, impedir que gritara.

      “No ama quien no sufre, escribiste un día, y yo quiero que me ames a través del sufrimiento, que te vayas desprendiendo de todos los reparos, que te liberes de ti misma y resurjas del dolor, renovada para mí. Crujirás bajo la presión de mis puños, sufrirás, me amarás y,  cuando comprendas que todo lo hago por ti, me perdonarás”.

      No recuerdo dónde me fue propinando los golpes, al menos no recuerdo el orden, quizás el siguiente fue en el abdomen, o en la oreja, quizás fue el que me machacó la mano contra la silla. No puedo recordarlo.  Sin embargo, sus palabras no se me olvidan.

     “El silencio es el alma de las palabras. No puedo permitir que hables, romperías el alma de todas las palabras pronunciadas hasta ahora, así que no trates de librarte de la mordaza, no la escupas o tendré que machacarte tus preciosos dientes o arrancar tu lengua blanda. ¿Quieres saber quién soy? Te lo preguntas a menudo en tus diarios, has acertado; soy un poeta, un poeta de los sentidos, mi materia prima es el miedo, lo voy recolectando en ojos verdes como los tuyos, fue por eso que te elegí, por el color de tus pupilas. En el verde radican las verdades de la vida, mi inspiración surgirá del brillo de tus ojos, del miedo de tus ojos”.

      Tras estas palabras vino el golpe final, seco, sobre mi nuca, como el que se propina  a los conejos para aturdirlos antes de hincarles el cuchillo.

 

      Cuando desperté me encontraba en la habitación de un hospital, mi madre hacía ganchillo sentada en un viejo sillón de piel sintética. Me explicaron que una vecina me había encontrado tirada en mitad del pasillo de la quinta planta, justo frente a la puerta de un piso que llevaba varios meses vacío. Por más que describí al vecino del quinto, nadie parecía recordarlo, ni siquiera el portero, como si nunca hubiera existido, como si sus manos se hubieran volatilizado. De esto hace unos meses, aún sigo ingresada en un sanatorio mental; por si acaso, me fijo en las manos de mis cuidadores, ya sé que nunca mienten.