abr 15

21 de Febrero de 1939

 

Las hojas de mi diario han acabado al igual que mis tiempos como escritor. Noto como mis fuerzas se desvanecen poco a poco. He eludido a la muerte demasiadas veces y ahora se acerca a mí sutilmente si yo poder, ni querer, evitarlo.

Escribo estas líneas mientras veo, por la ventana, el crepúsculo anunciando el final. No importa lo perfecto que sea un día, siempre ha de acabar. Pero tengo la esperanza de que haya cosas que continúan y duran para siempre. Por ese motivo me encuentro aquí, en mi descuidado despacho lleno de libros sin significado ya para mí, exiliado de mi propio país en Collioure, escribiendo, lo que estoy seguro que serán, mis ultimas líneas, anhelando que se conserven, que algún día un lector las lea, al igual que las obras que contacto esmero realicé, y la emoción le recorra.

 

Viendo mi final próximo, acuden a mí muchos pensamientos y recuerdos. En este instante recuerdo un texto tan claramente como si lo tuviera delante, es un escrito de Unamuno, un libro que escribió hace pocos años donde, como usualmente, expresaba su querer y ni poder creer en la otra vida. Recuerdo haberlo leído y haberme identificado con el personaje. “San Manuel bueno, Martir” se llamaba… Ahora no puedo asegurar que siga identificándome con él. Una parte de mi se desespera ante la perspectiva del final, la otra esta calmada, llena de alivio al creer que esta muerte será solo el principio. Son sentimientos enfrentados que no puedo controlar, deseo que una de las dos partes gane antes de que la locura ensombrezca mis últimas horas…

 

Le dedico muchos de mis últimos pensamientos a Pilar, mi querida Pilar, en quien tantas y tantas veces me inspire al escribir. La mujer que pudo hacerme volver a sentir lo que es amar. Sin embargo, hay algo que no confesé a nadie, ni siquiera a ella y que si esta carta se pierde en el tiempo me llevare a la tumba. Se que amo a Pilar, mi dulce Pilar, pero también se, para su vergüenza y la mía, que ese amor nunca será nada comparado con el que profese a Leonor. Aún siento la llama del dolor acudir cuando nadie me ve, cuando estoy completamente solo; es algo que me quema por dentro. No puedo evitarlo, y la culpabilidad y la terrible sensación de traición a Pilar no hacen sino ahondar mi dolor. Un dolor que hoy pesa demasiado como para que ya mi moribunda alma pueda soportarlo.

 

Aun así, Leonor no solo inspiró dolor, inspiró belleza, ternura, amor, inspiró lo que mi inspiran los ángeles. A la semana de su muerte, cogí papel y lápiz, y descargue mi sufrimiento en él, sin preocuparme por la métrica, el ritmo o las reglas, no es un poema ni tampoco una novela, es un corazón herido plasmado en frases. Aquí lo escribo porque quiero perecer libre de ataduras y secretos, aquí lo escribo porque necesito hacerlo, aquí lo escribo como prueba de cuanto lo ame y para recordarme que no es fácil echar de menos;

 

La soledad es mi única aliada entre estas cuatro paredes que se han convertido en mi refugio de resentimientos.

Tu perdida me ha marcado tanto que mis suspiros son cada vez más profundos y hasta mi poca fe se ha convertido en descuentuelo.

Ya no siento el susurrar de las aves ni el perfumado viento que en tantas ocasiones fueron testigos de nuestro amor.

Por ti se tornaron realidad mis mas grandes anhelos, y hoy sin tu presencia mi alma no haya fuerzas para construir otros nuevos.

Te llevaste mi corazón quizás sin saberlo, y no te diste cuenta que dejaste un ser colgado de tus recuerdos…

Ya mi espalda no resiste el peso de tu ausencia, el deseo de sentir tus labios y el roce de tu cuerpo se hacen cada día más imprescindibles y aún entre lágrimas te confieso que no habrá mejora en mi sentir hasta que el milagro de tenerte no sea real de nuevo….

 

Es tanta verdad la que he escrito que hasta me asusta reconocerla. A pesar de la mejora que hubo con la llegada de Pilar, no volveré a sentirme como antaño hasta que vuelva a observar la cara de mi Leonor. Ruego todos los días por el milagro de morir y verla de nuevo.

Así pues, ya que estoy revelando secretos añadiré otro a esta corta carta de confesión. Un sueño que tuve la noche pasada y por el cual hoy me mantengo en vela, pues su mero recuerdo hace que me estremezca. Os lo describiré lo mejor que pueda;

 

La lluvia parecía no querer detenerse, las nubes grises se amontonaban sobre un viejo cementerio, dejando escapar sus gotas, que caían pesadamente sobre el césped pisoteado. El viento soplaba intensamente, sacudiendo las ramas de los árboles, silbando entre las tumbas y agitando la hojarasca. Un rayo atronador partió el cielo, iluminando dos tumbas que descansaban sobre una colina desierta, resaltando los nombres de los residentes de dichas criptas, una al lado de la otra; “Leonor Izquierdo” y “Antonio Machado”. No me sorprendí al ver mi nombre en la tumba, actué, sin pensar, como si no estuviera.

 

Me encontraba frente a las lápidas, observando el cielo con expresión serena en el rostro por una razón que no alcanzaba a comprender. No llevaba paraguas y el agua me empapaba por completo poco a poco, humedeciendo mi cara. Agache la mirada como tratando de ocultar mis ojos, como tratando de ocultar mis sentimientos, mi cansancio…tal vez incluso mi soledad…

Me hinque frente a las lapidas, limpiando con mis manos la tierra y hierba que se había acumulado por la tormenta que estaba azotando el lugar. Mis dedos se detuvieron un momento sobre los números que marcaban la fecha fúnebre de Leonor, la noche en que mi vida había dado un vuelco: Agosto 1, 1912. Hacía veintisiete años que no veía a Leonor más que en fotografías, en sueños o pesadillas, hacía veintisiete años que ella no me besaba, cantaba o reñía, hacía veintisiete años que ella no me abrazaba o aconsejaba. Hacía veintisiete años que mi vida se había convertido en un infierno.

 

Dirigí mi vista hacia mi propia lapida, ahí, ante mis ojos, vi la fecha de mi muerte; Febrero 22, 1939. De repente, la comprensión junto con otro millar de sentimientos me alcanzaron. Desvié la mirada al cielo. A un cielo oscuro, un cielo que reflejaba la amargura de mi espíritu. Me desperté en el momento en que las gotas de lluvia se convertían en mis lágrimas.

 

Ahora, querido lector, podrá comprender el por que de mi duda sobre si hay otra vida después de la muerte. Parece algo inexplicable, antinatura incluso, pero se me reveló el día de mi muerte y antes de irme deseaba poder despedirme aunque esta despedida, se ha tornado, sin yo quererlo, en una última confesión.

 

Mi mano tiembla del esfuerzo y mi cuerpo pide reposo, por eso lamento tener que finalizar ya esta carta. Solo hay dos personas de las que querría despedirme íntimamente; de Pilar, mi amor, y Manuel, mi hermano.

Después de la muerte de Leonor la fortuna volvió a sonreírme. Encontré a Pilar y me cautivo, su aroma me sedujo, me amo y la ame, y aún hoy la sigo amando. Es por ello que cuando yo muera no quiero que siga mis pasos, deseo con toda mi alma que encuentre a alguien que la pueda cuidar cuando yo ya no este. Si por casualidades del destino cuando usted, lector, lea estas líneas, Pilar sigue viva ruego le transmita unas palabras que no me atrevo a escribirle yo mismo;  “Mi mundo se oscurece pero eso no debe importarte. Tú has sido mi vida estos últimos años tan largos y quiero que una vez yo no este, puedas vivir la tuya con alegría y tranquilidad”.

 

Manuel, mi hermano mayor, el mayor de todos. Vienen a mi cabeza tantos recuerdos de nuestra infancia… ¡Que época aquella! Donde pude disfrutar de mi corta juventud antes de envejecer por las garras del tiempo y el destino.

Añoro esas calurosas tardes de verano, donde el sol me quemaba la piel mientras yo intentaba, medio en vano, arrastrarle para jugar, a algún absurdo juego infantil que mi memoria ha olvidado, y así poder tener su atención.

Recuerdo mi pasión por la escritura y como él, sin importarle que fuera a ser yo un rival suyo, me instaba a seguir, aún cuando yo arrojaba la pluma lejos de mi, él la recogía, me la cedía e ignoraba mi exasperación por la falta de inspiración. Juegos en un río, discusiones en una habitación, risas en un parque, cariño de una casa… tantos recuerdos y tantas anécdotas perdidas…

Al volver la vista atrás veo rencillas y problemas con Manuel. Las observo y ya no veo el sentido de ellas. Quisiera que perdonara los fallos que pude cometer al igual que yo no le guardo rencor sino todo lo contrario. Nuestros caminos han seguido rumbos distintos, pero, reencontrarme con él era como hallar un oasis en el desierto. Considero a Manuel un excelente escritor y poeta, y quiero que disfrute lo que le quede de vida, espero sean muchos años, sin melancolía.

 

Hay tantas cosas que no podré decir, sin embargo creo haber escrito lo esencial. Ya no puedo seguir así.

Estoy cansado, cansado de que acudan a mi recuerdos de una infancia que nunca volverá, cansado de este exilio, cansado de este clima que no me deja descansar, cansado de pesadillas y sueños, recorriendo los rincones de mi mente, día y noche, cansado de ver el mundo en manos de unos locos con carné, cansado de la corrupción y el retroceso de una España maltrecha y rota, cansado de mi anhelo por ver la tierras de Castilla una vez más, cansado de mis dudas de fe, de mi culpabilidad por Pilar, de mi dolor por Leonor… Demasiado cansado para seguir en este mundo.

 

Me despido finalmente y espero que esta carta no este escrita con al tinta del olvido, pues mis mas profundos sentimientos se hayan recogidos en este papel.

 

Antonio Cipriano José María Machado Ruíz

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195-La última carta de Machado. Por Michelle, 6.2 out of 10 based on 26 ratings
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7 Comentarios a “195-La última carta de Machado. Por Michelle”

  1. pec Dice:

    me ha encantado tu relato. mi querida angelina jolie

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  2. rafa Dice:

    Desde luego, Machado nunca hubiera escrito con tanto desaliño, y siento tener que decirlo. Muchísimos acentos brillan por su ausencia, en algunos pasajes hay demasiados infinitivos seguidos, hay demasiadas erratas tipográficas y otras que quizá se deben a desconocimiento (antinatura se escribe separado: anti natura), etc.

    Todo esto no tendría mayor trascendencia si no fuera porque el relato pretende estar puesto en boca de Antonio Machado, y sin embargo le falta altura poética a esta prosa.

    Te animo a leer más y a seguir trabajando.

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  3. HÓSCAR WILD Dice:

    Me pregunto qué carta escribiría en los últimos momentos y si, finalmente, la dejaría sobre un escritorio o la quemaría junto al resto de recuerdos. Mucha suerte.

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  4. María O. Dice:

    Las últimas palabras que escribió Machado las encontraron en un bolsillo de un viejo gabán que llevaba, allá en Colliure, y estaban en un arrugado papel y ponían. “Esos días azules y ese sol de la infancia”. Por otra parte el jamás llamaría a Pilar así, la llamaba Guiomar y su amor era platónico. Coincido con Rafa en lo de las tildes. Deberías haber escrito una carta de un personaje inventado, Don Antonio se queda demasiado grande.

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  5. libélula Dice:

    El relato no está mal, tiene su jugo, lo único que falla es en el personaje. !Has picado muy alto! De todos modos sigue escribiendo,este arte se aprende a diario. Te voto.

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  6. Encadenados Dice:

    Tú te has atrevido con Machado, podrá quedarte grande, pero te has atrevido y eso habla bien de tí. Te felicito

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  7. Olmoviejo Dice:

    Te has dejado muchísimas tildes por el camino. Si hubieran sido una, o dos, o tres… pero he contabilizado demasiadas, aparte de otras muchas erratas. Te recomiendo que si quieres seguir escribiendo, lo hagas con más frecuencia, y que si puedes te apuntes a un taller literario, te vendría bien. Yo aprendí un montón, así que te animo a que lo hagas.
    Antonio es mi poeta preferido, y no estoy de acuerdo en lo que dices de él, pero eso sí te lo respeto, porque cada uno puede albergar una idea de lo que fue, además de refugiarse en la ficción en donde uno es libre de hacer lo que quiera.

    Un saludo,

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