Los textos que quieran competir al Premio Especial 2008 deberán ser escritos en español y tendrán un máximo de 400 palabras. Los concursantes de cualquier nacionalidad pueden escribir un relato, contando una historia que represente una experiencia o un encuentro personal de carácter político, histórico, literario, cultural, sentimental, etc.. La Asociación Canal Literatura quiere potenciar con este premio la fantasía, la memoria  personal y colectiva  de aquellos autores que deseen comunicar a todos los lectores del canal-literatura.com la gran variedad de relaciones humanas e interculturales que iluminen la concordia y el escenario común de los pueblos de España y de Alemania a lo largo del tiempo.
Jurado:
D. Emilio Hidalgo Serna
Filósofo, escritor y Director del Departamento de Español de la Universidad Técnica de Braunschweig en Alemania

Francisco Giménez Gracia
Director General del Libro Archivos y Bibliotecas de la Región de Murcia

Dr. Annette Paatz
Georg-August-Universität Seminar für romanische Philologie

Gardenia Alonso-Lomba
Sprachlehrzentrum der Georg-August-Universität Göttingen

PREMIO:Trofeo escultura que representa un abrazo.

 

PARTICIPA:

Participantes

1-Henry Wadsworth:

– Ven, hijo, pasa a ver al abuelo.
– No puedo.

La respuesta no encierra ninguna retórica; aunque ningún muro infranqueable bloquea la entrada, en verdad siento como si mis pies estuviesen clavados al suelo.

El abuelo tenía la habilidad para hacernos sentir a cada uno de los nietos que éramos únicos, especialmente para él. Cada vez que iba al pueblo, Lucas sacaba los dos tractores de la nave para darme un paseo en cada uno de ellos, algo que me hacía sentirme superior a mis compañeros de colegio, chicos de suburbio de Hanóver, que no sabían en qué podía consistir la experiencia. Mi padre me tiró una foto al volante del viejo John Deere, que mi abuelo llamaba “la Chivilla” y que siempre decía que iba a ser para mí, lo que hacía que fuese mi favorito; la tenía pegada en la portada del archivador que llevaba a clase y, cada vez que se caía a cachos o que cambiaba de carpeta, mi padre me sacaba una nueva copia.

El abuelo Lucas era un hombre grande y fuerte, pero, sobre todo, era alguien con una alegría y vitalidad que le hacían ser conocido en todos los contornos; por eso no puedo enfrentarme a esto. Lo he mirado un instante desde el umbral: tenía puesta la mascarilla de oxígeno y, aparentemente, no se enteraba de nada. No quiero que este sea el último recuerdo que guarde de él, pero mi padre insiste.

– Venga, hijo, pasa: te ha estado llamando toda la noche.

No sé si será cierto; mi padre tiene una habilidad especial para hallar los puntos débiles de todo el mundo, pero lo miro y compruebo que apenas puede contener las lágrimas. Esta noche no he podido dormir; cuando mi padre me dijo que el abuelo se moría, busqué el primer enlace y he pasado más de ocho horas de viaje, para llegar aquí y no ser capaz de despedirme de él. Observo, con incredulidad, que el suelo, frente a mis pies, está salpicado de diminutas gotas. Embargado por este llanto sordo, me dejo guiar por mi padre, que coloca mi mano sobre la del abuelo y noto que este la aprieta, si bien no vuelve la cabeza ni abre los ojos, por lo que bien pudiese suceder que no se trate más que de un reflejo.

– “La chivilla” es tuya.

Me había estado guardando, celoso, su último aliento.


2-Lola Gracia:

“Súbame un agua con gas” –siempre es con gas aquí—pensó el señor Kronen para sus adentros. Tantos años fuera, tanto miedo a regresar y encontrarse vaya usted a saber qué extraña sensación. Mantenía su cuerpo en el lecho de aquel hotel de diseño minimalista, sin cajones, sin puertas en los armarios, con una tetera para calentarse una infusión de hierbas por las noches; cubierto tan sólo por una sábana. Eran apenas las siete de la mañana. El sopor del aire acondicionado le había provocado una sed insoportable. Miraba su figura reflejada en el gran espejo. Detrás, el río Spree, la catedral luterana y la nieve que caía en copos de perfecta blancura, con una suavidad extrema. Casi percibía el silencio reinante en las capas altas de la atmósfera: Shhh. Un baile etéreo de frío. Kronen pensaba visitar Johannistal. Subirse al puente que voló en pedazos ante sus ojos por el bombardeo nazi. Subirse al miedo, columpiarse en él y despedirse de sus años de infancia antes se cruzar la laguna Estigia. Auf Wiedersehen, distritos de Treptow y Köpenick. Adiós a la cara de Anna con sus florecientes 13 años. Anna ¿Qué habría sido de ella? La nieve golpeaba con caricias de congelador los carísimos cristales de su habitación. Y volvía el atronador sonido, la vibración letal, las sirenas, los aviones sobrevolando Berlín. Corría a refugiarse en las faldas de Regina, su madre. Cuántos paseos por los innumerables puentes de la ciudad, las excursiones al lago Mügelspree; el refugio en la cabaña del bosque. Y Anna.
El teléfono sonaba. “No nos queda agua”. Eso es imposible, se dijo el señor Kronen: “Puede bajar y desayunar en el vestíbulo. Encontrará líquidos de todas clases”. Kronen presionó el interruptor del ascensor innumerables veces. El ascensor era de cristal y el impresionante hall estaba presidido por una gigantesca pecera-cilindro con especies tropicales. El ascensor no obedecía. Subía y subía en vez de bajar. Y subía. Pronto, el señor Kronen flotaba con la nieve en el exterior de la ciudad. A lo lejos, divisaba Johannistal y el reparado puente de Treskow.
Kronen estalló ante sus propios ojos. Él mismo era un puzzle indescifrable, como si su alma se hubiese fragmentado en mil añicos. Divisaba su cuerpo suspendido entre las nubes. Y Anna. “Por fin mis ojos te ven, André Kronen. Has tenido que morir para volver a Berlin. Incorregible, mein lieber Herr”.


3-Carmen:

La cigüeña se equivocó…
…de rumbo al dejarme caer. Puede, que le desvíe el viento o tuviera que dar un rodeo por una tormenta y, al fallarle las fuerzas, se recuperase en un tejado lejano. Puede, que al ver a la extenuada cigüeña, mi madre se apenara y recogiera el fardo que llevó en su pico.
Yo desde entonces solía sentir una extraña nostalgia, por si algo hubiese perdido. Las personas que me arrodeaban me eran extrañas, sus actos y motivos ajenos. Poco a poco asimilaba su lenguaje y aprendía a usar sus palabras. Crecí, acompañándome aquella sensación de sentirme fuera del lugar. Mi madre, con un suspiro reprimido, me solía decir desde muy pequeña: “niña, tú no eres de este mundo”.
Sentía esta extraña nostalgia hasta que un día, ya mayor, me fue a España de veraneo. Para entonces, España era un espacio en blanco en mi mapa particular del mundo. No sabía nada de su cultura, ni de sus gentes, menos todavía de su idioma.
Llegamos por la noche al camping y montamos nuestra tienda de campaña en la oscuridad. A la mañana siguiente me tomé el primer café verdadero en la barra del pequeño quiosco que tenían montado frente al mar. Cuando escuché la melodía de aquel lenguaje desconocido todo mi cuerpo de repente se erizó. No comprendía lo que me acaba de pasar. Aunque no entendía ni una palabra de lo que me decían, tenía la extraña sensación de captar su sentido y que, aquel lugar fuese mi hogar y, que sólo tuviera que recordar el idioma.
En el viaje del retorno hice una promesa. En mi imaginación me veía con dos maletas plantada ante una puerta de alguna casa en España.
Tenían que pasar quince años para que mi juramento se hiciera verdad y me encontrara, tal como había imaginado, una maleta en cada mano, mi vida en la mochila, delante de una puerta en Madrid.

continuará…


4-Carmen de la Fuente:

- ¡Carmen, al teléfono!.
- ¿Qué pasa?
- No sé, es el „Akademische Auslandsamt“.
- Vaya, otro estudiante.
- Te entiendo Teresa y siento que estés pasando tan mal rato. Estar lejos de tu familia y amigos, en un ambiente que no conoces y con una cultura tan distinta, te hace muy vulnerable. Los problemas parecen infranqueables, pero no es así, simplemente son situaciones de difícil solución, que requieren de una planificación y estrategia para ser afrontadas. Nada más. Parece que todo se pone en tu contra y lo poco que entiendes no lo llegas a comprender. Te pesa la responsabilidad, un sentimiento muy digno. Si, realmente eres afortunada, una beca para realizar el doctorado en Alemania y además de la mano del Rey Juan Carlos. Pero verás, estas becas no sólo pretenden que adquieras una eminente experiencia en biotecnología, sino también que haya un desarrollo en tu madurez. Por supuesto, cada una de estas situaciones difíciles van a ser un paso hacia adelante en tu proceso de madurez. Realmente tu experiencia en Londres te ayuda, tu inglés es muy bueno, pero eso no es suficiente. En Alemania hay una clara jerarquía, tu interlocutor es el asistente no el profesor pero sólo él puede modificar algo que él previamente ha decidido sobre tu trabajo. Déjame que te ayude. Aunque no te saluden, da los buenos días, pide las cosas por favor y da las gracias. Los buenos modales son de vital importancia. En el laboratorio no hay vida social, se va a trabajar. El profesor siempre tiene poco tiempo para ti. En los pasillos no se habla de trabajo. Pide una cita a la secretaria. Hay que ser puntual y el encuentro hay que prepararlo. Anota punto por punto lo que quieres discutir con él, por orden de importancia. Sí, entiendo que es una marranada que los protocolos estén sólo en alemán. Háblale de las grandes ventajas de tener los protocolos más importantes en inglés. No emitas juicios sin resultados que los avalen. Prepara tus resultados en tablas y gráficas de forma que éstos se puedan entender con facilidad. El profesor llegará a la conclusión por sí mismo, dale tiempo y no le expliques los resultados. Pondrá en tela de juicio el método que él mismo ha elegido para que realices tus experimentos. Ya, ya lo sé, probablemente no es el método más indicado para alcanzar vuestros objetivos.


5-Covadonga Cué:

Alemania, Göttingen, 1993. Una chica al borde de los 30. Un curso de idiomas. Nuevas experiencias (descubrir lo prácticas que son las fundas nórdicas), nuevos amigos (el grupo de japoneses que les enseñaron canciones niponas y origami o papiroflexia), bosques de ensueño donde le gustaba pararse a escribir al borde de un estanque con libélulas, ciudades con centros medievales pequeñitos y preciosos.

Un viaje a lo que fuera antigua RDA, Alemania del Este, República Democrática Alemana, que no quedaba muy lejos, y un comentario de la guía: “yo vine aquí al poco de caer el muro, y ya se nota una gran diferencia: hay mucha más vida, y color, y mercancías en los escaparates y comercios”…

Festival de despedida del curso. Ella va a cantar “Lili Marleen” en alemán “a capella”, de repente ve a una de las chicas que van a actuar con un precioso vestido de noche negro.

Pregunta obvia: “¿Pero te habías traído ese traje en el equipaje?”

Respuesta no tan obvia: “No, me lo ha prestado Klaus, el jardinero”.

Hay que aclarar que la preciosa casa de campo con anexos donde se celebraban los cursos, durante el resto del año era una alegre comuna gay (Göttingen es una ciudad universitaria y muy abierta), y por el verano la alquilaban para los cursos, y se quedaba el personal pertinente.

Más experiencias de despedida: los autobuses que pasaban puntuales al minuto no, al segundo, y en todas las marquesinas unos paneles con las frecuencias y el tiempo que faltaba hasta que pasara cada uno, sistema que no empezaría a llegar a su Gijón de Asturias hasta 10 años después. Un día de más que hay que pasar allí por problemas con los vuelos y las fechas, un albergue más que correcto y sobre todo un desayuno bufet tan variado y abundante como en cualquier hotel de 4 o 5 estrellas.

Y ganas de repetir y visitar tantos sitios bellos más de Alemania.


6-JUAN CARLOS:

Sobrevuelo Alemania como una cometa sostenida por las notas de la Filarmonica de Berlín.
Diviso praderas y bosques esmeraldas, cumbres alpinas, ríos y lagos turquesas. Sigo viajando oteando joyas artísticas engarzadas en medio de tanta naturaleza.
Mecido por el viento arribo allí donde se ilumina el mediterraneo: España, tierra de arte y descubridores que un día emprendieron viaje por ultramar quebrantando las míticas columnas de Hércules.
¿Cómo unir tanta grandeza?. Haciendo de dos una única bandera. Arriba el negro de su Selva, debajo el color de la sangre europea, el amarillo del sol en las arenas y por último el rojo latido de América.


7-Fausto:

Nunca supe quién eras de verdad.

Pero, ¿quién olvidará ese November de Juli, los paseos por el lago, o tu sonrisa de niña? Un día nos sentábamos en las raíces de un árbol y contemplábamos el agua en calma desde la orilla, otro una catedral inmensa se alzaba ante nosotros; la noche lo envolvía todo en los jardines del castillo, junto a las estatuas mutiladas y el ladrón de miembros: todo en un saco. La ceniza caía sobre la cama y, mientras, me mirabas a los ojos con los tuyos, que eran un espejo… La misma cicatriz, los mismos errores.

Tu pelo del color del fuego, olvidando mechones sobre mi almohada, en las mañanas frías del otoño de Berlín… La luz tenue de la Casa de la Literatura, junto a Ku’Damm; los turcos haciendo sonar sus bocinas, tapando nuestras voces, a lo largo de todo el Bulevar de la Iglesia del Recuerdo. Tú y yo haciéndonos fotos en el corridor, la gente que no te conocía al salir al servicio…

Recuerdo ese mes de diciembre, esa navidad adelantada, llena de luces, de tipos vestidos de Nikolaus bailando en un escenario, bajo el paraguas, cogida a mí, paseando sobre la nieve hecha una pista de hielo. El barrio Nikolai, con sus coros a la puerta de las Iglesias, los paseos junto al Spree… El Reichstag con su cúpula refulgente, a las 5 de la tarde en la noche más cerrada. Tu pelo rojo y tu piel blanquísima, casi desnuda sobre la cama: eras una princesa del norte, un ángel perdido en un mundo al que eras invisible. Sólo te faltaban las alas: porque tú fuiste quien me enseñó a decir Flügel en alemán, contigo volé hasta que las perdiste.

Aquella noche del mes de noviembre, mirándonos a los ojos, se desvaneció nuestra infancia: die geile Zeit war vorbei. Quiso el destino que volviera a verte, pero tus ojos ya no eran aquellos que inundaban el alma.

Mientras subías en tu bici y te alejabas, sabía que nunca más volvería a verte. Como ahora sé que nunca habrías podido esperar: demasiado parecida a mí, sobre tu montaña de engaños y tu inocente arrogancia.

Pero no se alejó el recuerdo: tu pelo brillante, ni rubio ni rojo, llamas que aún refulgían en mis retinas al apagar la luz.

Sí, ese fuego que agitaba el viento… el que aún cubre algunos sueños.


8-Josefina — FINALISTA:

LA BICICLETA

María, una valenciana guapa y expresiva, conoció entre máster y máster por esos mundos de Dios a su marido alemán y, tras concluir su postgrado, decidieron vivir allí, en un pueblo a las afueras Leipzig, cerca de la familia de Thomas. Nosotras nunca dejamos de tener contacto, estábamos muy unidas en España y nos echábamos constantemente de menos. Una tarde recibí un mensaje alarmante: “Conéctate esta noche, tengo que hablar contigo. ¡Urgente!”
Así lo hice y tras los saludos María comenzó a contarme su agobio a tal velocidad que las líneas de texto se cruzaban en la pantalla sin dar un respiro. Era difícil entender en que consistía el problema y no sé bien si ella leía mis preguntas.
Finalmente logré entender que la madre de Thomas, ante la petición de María para hacerse cargo de su pequeño de cuatro años, mientras ella trabajaba, había accedido de buen grado a llevarlo y traerlo del kindergarten a diario. Entonces le dije: “¿Cuál es el problema?
“El problema es que se ha comprado un bicicleta nueva con un asiento delante del manillar, que es donde llevan a los niños. Y estoy que me va a dar algo”. María estaba aterrorizada y confusa con la idea de que su hijo viajara dos veces diarias en semejante artilugio. Pero, por otra parte, no podía decir que no a tan generoso ofrecimiento. María – le dije- te está ofreciendo lo mejor que tiene, es algo  que ha visto toda su vida y seguramente lo hará estupendamente, habla con ella y explícale tus temores. Y hablaron llegando a un acuerdo: la silla detrás. Eso supuso al menos un alivio, la idea del niño volando por los aires dejó de amenazarla cada noche.

Hoy mi amiga, cinco años después, deambula por su ciudad en bicicleta. Ha entendido que vive en otra cultura, en un país preparado para este transporte y ya no siente miedo. Tampoco yo recibo mensajes urgentes.


9-La tía de Alemania:

Siempre la recordaré sentada en el suelo, echa un cuatro, pintándose las uñas de los pies. Rubia, con su coleta alta, y menuda, muy menuda. Con ese rubio nórdico que la hacía parecer una extranjera de película de los setenta. Tan juvenil a pesar de la edad, ya casi rozando los sesenta. Era la tía de Alemania, la que se marchó hacía cuarenta años, huyendo de la vida perra que le dejó en herencia su padre, viudo. Me echó mi madrastra, me dice sin levantar la cabeza, atenta a que el esmalte cubra la uña del dedo gordo del pie. Qué mala era la condenada. A mi hermana y a mí nos hizo la vida imposible. Y luego lo de Antonio. Quién me iba a decir que estaba casado y con hijos. Si me llevaba a todas partes en la moto. A la verbena, a los toros. Si le pidió al marido de mi hermana, como hombre de la casa, que nos casáramos. ¡Siete años estuvimos, hija! ¡Siete años de noviazgo tirados a la basura! Ahora que yo, allí en Alemania, trabajar he trabajado mucho, incluso cuando caí enferma. Pero hombres no me han faltado. Tuve un mexicano que a puntito estuvo de de casarse conmigo. Trabajaba en la base americana. También estuve con un negro. Trabajábamos mucho, pero también nos divertíamos mucho. Íbamos a la casa española. Los bailes eran maravillosos. Allí conocí a muchos hombres. Y me divertí con ellos. Pero, mira, aquí estoy. No estuvo de Dios que me casara. Y lo que hubiera dado por tener un hijo. Pero ya ves, ¿quién iba a querer cargar con algo como yo? Las máquinas que manejábamos en la fábrica eran tan pesadas que a mí me desgarraron el corazón, tan a pedazos lo llevaba ya de España que necesité poco para que se me rompiera del todo. Un añito entero en el hospital, sola, más sola que la una. Mi hermana tenía los niños pequeños, y no pudo ir a verme ni una vez. Alguna que otra amiga, los primeros meses. Luego, las paredes tristes del hospital, los días, uno tras otro, como un día largo que no se acababa nunca. Bueno, ya pasó. Ahora estoy aquí, de vacaciones, y quiero sol, mucho sol. Estoy por venirme a España, a vivir lo que me queda. Lo malo es el corazón. Que cuando vengo, se me abre la pena.


10-Senta:

Es la noche del 30 de abril. La Walpurgisnacht.

Teutoburger Wald, un lugar llamado Brocken. Aparece entre los versos de Fausto. Hörst du Stimmen in der Höhe? In der Ferne? In der Nähe? Ja, den ganzen Berg entlang strömt ein wütender Zaubergesang. Las voces que aúllan lejos y cerca, arriba y abajo, recorriendo la montaña. Los coros mágicos que hechizan el valle con sus corrientes de rabiosa despedida; adiós al invierno, a los gélidos hielos que cubren el valle con su mano de muerte. La furia de mujer aliándose con los elementos, embrujándolos, engañándolos, rindiéndoles el tributo de sus cantos. El corro, las manos unidas, el fuego que nunca ha de morir; los altos riscos de formas caprichosas vigilando la ceremonia, el muro del diablo. Ese es el lugar: allí expulsan las mujeres su furia, proclaman su júbilo. Su júbilo por la primavera liberadora. Pero hay algo más…

Esta noche es todavía invernal. El cielo está cubierto por una capota lechosa que refleja la luz de los focos de infinitos watios. Iluminan el espectáculo de luz y sonido, el anfiteatro, los puestos de souvenirs, el restaurante, los snacks… todo perfectamente señalizado, guiado por la mano invisible que me transforma. De bruja a turista. De mujer a cliente.

Me escapo. Zugang verboten, no me importa, tal vez no lo esté haciendo en realidad. Pero lo hago. Descalza, siento bajo los pies la tierra viscosa y fría: pienso en alimañas, en criaturas nefastas. Quiero verlas, para eso he venido. Me alejo de los focos, del barullo. Ya sólo hay oscuridad y silencio, pero sé que debo estar alerta. Sólo entonces podré verlas.

Y las veo.

Me acerco despacio y les pido que me dejen participar. Me miran con ojos extraviados, ojos azules que parecen negros: capturan la oscuridad. Llevan los cabellos enmarañados, encrespados por la humedad del bosque. Los rostros están sucios, con huellas de barro y de fuego. Sus vestidos son extraños, largos y pobres, pero festivos. Hablan un idioma remoto y antiguo. Sin embargo, yo lo entiendo, y en ese mismo idioma les hablo: “Quiero cantar y bailar, quiero tomaros de las manos y sentir con vosotras la rabia, la furia, el júbilo y, sobre todo, algo más…”. Ellas no sonríen, asienten solemnes; tan sólo me hacen una pregunta: “¿Eres una de las nuestras?”. “Sí, soy mujer”, respondo. Abren su círculo y me franquean el paso. Ya estoy dentro.


11-Longinos:

Entrelazadas
Se acercó con sigilo a la cama que acogía el cuerpo enfermo de su madre y sentándose al lado cogió su helada mano. Esperó. Ansiaba esa mirada luminosa que le hacía sentirse tan querido. Después de lo que le pareció una eternidad, Beatriz abrió los ojos y con un tenue hilo de voz intentó consolarle.
-Alfonso, mein Kind, ¡qué alegría verte! Pero no estés tan serio.
A Alfonso le gustaba como hablaba su madre, mezclando las dos lenguas e inventando términos nuevos. Pero esta vez, las palabras se quedaban a medio camino. Su rostro reflejaba cansancio. A dies partos en dieciséis años, había que sumar los traslados con Fernando, su marido, allá donde fuese. Beatriz había estado incondicionalmente a su lado.
Alfonso cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos. Su madre, además de haber convertido la corte castellana en una de las más florecientes de Europa, había sabido crear un hogar. Hasta hace tan sólo unas horas, aunque cansada del último y reciente parto les había estado leyendo. E incluso había cantado. Pero la voz se le quebró a la vez que su cuerpo se doblaba en un doloroso quejido.
Oyó unos pasos que le sacaron de su emsimismamiento. Era su padre, que como animal enjaulado rondaba alrededor de Beatriz.
-¡Beatriz de Suabia! ¡Tienes que levantarte! ¡Y sonreírme! ¡Y hablarme! Beatriz, por favor.
Alfonso, sintiéndose perdido ante la inmensidad de su padre, sintió que un nudo le atenazaba la garganta. Sus ojos luchaban para no dejar escapar el torrente de lágrimas acumulado. Su padre sólo la llamaba Beatriz de Suabia cuando algo iba realmente mal. Comprendió que ese iba a ser uno de los peores momentos.
Beatriz abrió los ojos. Dirigió una tierna mirada a su marido y después se dirigió a su hijo;
-Alfonso, ich liebe dich. Tienes que ser fuerte. Ya tienes catorce años y ers el mayor de tus hermanos. Cuida de tu padre porque yo ya no podré hacerlo. Serás un buen rey si sigues su ejemplo.
Años más tarde Alfonso X el Sabio fue proclamado rey en un solemne acto donde flotaban entrelazadas las esencias hispana y alemana.


12-bundespost — FINALISTA:

Alemania sello a sello

Otra vez venía el tío Paco de Alemania, con su barba canosa y ese Volkswagen escarabajo que parecía incombustible. Alegría lógica en la casa, en especial de mi madre, tan apegada a los recuerdos y vínculos familiares. Pero a mí, aunque esté mal decirlo, me gustaba que viniera sobre todo porque otra vez nos iba a traer un paquete grande de sellos del que mi hermano y yo daríamos buena cuenta a las pocas horas, repartiéndonoslos por turno, despegándolos con agua en el lavabo y finalmente pinchándolos en los respectivos álbumes, como si de trofeos de caza se tratasen.
Los de Alemania eran nuestros preferidos, no sólo los de las series básicas, llenos de casitas o de maquinarias industriales, sino también los conme¬morativos, de formato más grande, y por supuesto esos otros más raros y valiosos que llevaban una sobretasa benéfica. Con el tiempo, conseguí reunir varios cientos –acaso miles- de ellos, a base de guardar los que nos iban llegando en las cartas que nos enviaban desde Munich o Bottrop, y también de comprarlos en el mercadillo filatélico de la Plaza Mayor; y aunque apenas sabíamos cuatro pala¬bras de alemán, nos resultaban en cambio familiares muchos nombres propios y lugares. Gracias a la filatelia fuimos adquiriendo ciertos conocimientos acerca de la cultura, la historia, la geografía o el estilo de vida de Alemania.
Así reconocí por ejemplo la imponente imagen del doctor Koch, o la más amable de San Alberto Magno, descubrí a Roswita von Gandersheim, o Albert Schweitzer; empecé a interesarme por la repre¬sentación de la Pasión de Oberammergau, a enamorarme de las decenas de castillos -algunos con nombres impronunciables-, a emocionarme con aquellas flores multi¬colores que se emitían en los sellos de la DDR, la otra Alemania, para mí tan querida como la propia Bundesrepublik Deutschland, y me dejé fascinar con artísticas figuras de ajedrez, con vistosos pájaros, o con esas mariposas a punto de echarse a volar, encerrados en la diminuta extensión de un trozo de papel dentado.

Esta vez la cosecha había sido buena; en el paquete que nos había traído el tío había bastantes que no teníamos y un suculento montón de repetidos, para inter¬cambiar con los amigos. Estaba hasta el difícil de la serie de Hansel y Gretel. ¡Guau! Ya tenía un motivo más para presumir de mi colección.


13-Senta:

Humo sobre Bebelplatz

Karin se alejó unos pasos y miró el cielo. Javier tomó su mano fría, pálida y fría, y trató de caldearla con su aliento. Ella rió y cortó con el canto de la otra la vaharada que había exhalado de sus labios. La gente que salía del teatro se apiñaba a la orilla de Unter den Linden, intentando detener un taxi y tarareando compases del Cascanueces. Algún insensato se animó a ensayar una pirueta sobre la nieve.

—Ven, quiero mostrarte algo —anunció ella.

Se encaminaron hacia la Catedral de St. Hedwig, a través de Bebelplatz. No había nadie, sus pisadas sonaban como si quebraran azúcar. Karin lo condujo hasta el centro de la plaza. Del suelo surgía un resplandor fantasmagórico; lo señaló con el índice, como invitándolo. Él se adelantó y comenzó a retirar la nieve que cubría el resplandor. Al principio con las manos, hasta que sus dedos empezaron a entumecerse: parecían sarmientos enrojecidos. Terminó la tarea a puntapiés, tratando de no pensar en sus zapatos empapados, sus zapatos ibéricos, tan poco idóneos para los rigores de los inviernos centroeuropeos. Finalmente apareció. El cristal lechoso. El abismo de vértigo. El vacío. Dentro no había nada, o casi nada: un agujero cuadrado abierto en mitad de una plaza.

—¿Qué es eso? —preguntó Javier—. ¿Estanterías?

Karin se inclinó sobre el plástico acristalado. La luz blanca del vacío se reflejaba en sus ojos.

—La Bücherverbrennung, ¿te suena?

—¿La quema de libros por los nazis? —se frotó las manos; la sangre seguía sin querer circular.

—Efectivamente. Fue aquí, aquí mismo. Se supone que esas estanterías sin libros que ves allá abajo constituyen un recordatorio de aquella barbaridad y de todas las que siguieron. El vacío como homenaje a lo que se perdió para siempre, ¿comprendes?

Javier percibió en sus mejillas el estallido de mil hogueras humeantes; la aspereza del sambenito abrasándole el pecho; el hedor a carne calcinada impregnando el aire de una plaza española.

—Me temo que la barbarie es patrimonio de la humanidad, Karin.

Ella no dijo nada. Le temblaban los hombros; el cinturón del abrigo se había desabrochado al inclinarse y se veía la piel blanca de su escote desnudo. También le temblaban los labios. Él retrocedió dos pasos. Como si quisiera contemplarla desde una cierta distancia, con esa mirada cómplice que uno reserva para los recuerdos.
Karin temblorosa, fuego sobre la nieve profanada de Bebelplatz.


14-Nicolás Martínez:

Hacía bastante calor, Malta era un sitio muy cálido dónde se alcanzaban altas temperaturas en verano, para mi sorpresa los españoles no éramos los únicos “colonizadores” de la isla, para mi sorpresa era una confluencia de muchas y variopintas culturas, gentes procedentes de países de Europa y otros continentes.

Cuando llegamos al aeropuerto, se dispusieron a repartirnos en distintas casa de acogida, en las que la escuela nos alojaba para realizar nuestros estudios allá en Malta. A mí por suerte me tocó con mi compañera de viaje y otra española más, además de una chica alemana de Stuttgart, Katherine.

Receloso, era la primera vez que salía de España y tenía contactos con otros extranjeros, así que decidí pasar de ella y solo a tener algún “chapurreo” en inglés para dar los buenos días o algo en inglés. Un día en la cena le dije que si deseaba agua, para mi sorpresa respondió:
-sí, gracias.
Pasmado con la boca abierta le respondí.
-de nada
Instintivamente, como si hubiera me hubiera tocado un ángel, se hizo el silencio y tanto yo como mis compañeras la miramos ¡Sabe español! Para nuestra sorpresa, Katherine, había estudiado5 años español en el Instituto Cervantes de Berlín debido al trabajo de su padre, que era funcionario y lo habían destinado allí. Aquella chica de sonrisa radiante y cuerpo sensual, se hizo de la nada, venía con nosotros a todas partes y se puede decir que era una “española” más del grupo, asumiblemente, su carácter era muy parecido al nuestro, descubrí en esos días que Katherine era diferente y mi concepto de los alemanes había cambiado, simplemente maduré y vi que pertenecemos a una misma Europa, que somos muy diferentes pero a la vez tan iguales.

Entre las múltiples conversaciones vespertinas que teníamos, hablamos sobre el holocausto nazi y me contó que su abuelo murió defendiendo la democracia y la cordura contra la agresividad del nazismo más acérrimo, su abuelo murió de esa manera sin embargo su tío abuelo era miembro de las SS, todo un drama familiar que dibujo en su rostro y en el mío lágrimas negras, por una parte de dolor y por la otra de consternación.

El día en que me despedí de katherin con lágrimas en los ojos, se quedó algo de ella en mí, su recuerdo, los prejuicios no deben marcar tu vida, ni el pasado. Abre tu corazón y tu mente.


15-M.Olea:

La maldición

El cruel mutismo anímico con que me castigas desde hace tanto que ni sé, no ha fructificado ni aplacado mi ansia progresiva de saber de ti.
Los dos teníamos veintitrés años entonces; todo un tercio de mi vida viéndote en cada uno de los rincones, físicos o espirituales, que conforman el lánguido devenir de mis insulsos días.
En mi memoria, que tan cruelmente escupe los recuerdos de mi tiempo a tu lado como lava de un volcán semidormido, quedó atascada una estampa, una diapositiva color sepia en que aparecen dos imberbes proclamándose tal vez rey y príncipe del siglo; tú y yo en el Templo de Debod tras un crepúsculo más de aullidos y de alcohol, de sangre y corazón.
Desconozco qué casual combinación de circunstancias nos hizo clausurar allí la noche pero lo recuerdo bien por ser el momento del primero de tus tantos silencios, que nada más rompías para hablarme de ese Graustein, en tu tierra, donde sólo se podía recordar lo bueno, aunque doliera, y hacerse invulnerable al miedo, a la vergüenza y al deseo.
Fue quizá la candidez al relatar lo que yo creí una chiquillada o la avidez de eternidad que ya nunca después sentí, lo que me maniató y convirtió en tu esclavo; feliz depositario de tu secreto, esas punzadas de euforia se convertirían en astillas espoleando mi hechura, porque me dejaste no sé cuando, poco a poco, y ni sé cómo.

Llegué por fin a Passau una primavera de los 90, en una atmósfera cambiante típica de abril que agradecí por la sensación de ubicuidad que me produjo, ¡se parecía tanto a ti…!
No me fue fácil encontrar la confluencia del Donau, Ilz e Inn y caminé durante días entre todos esos seres feéricos resucitados de algún cuento de Gerstäcker. Y en seguida comprendí que eran tu gente, tu raza, tu pueblo. Honestos y soñadores, espíritus limpios y bravos y luchadores.
Permanecí muchas horas en Graustein, ¡era tan hermoso distinguir un color en cada cauce, a cada instante!… Y sí, disfruté del dolor como una escultura lo hace: más y más bella a cada golpe de cincel, que era el recuerdo.
Y comprendí que tu silencio, desde entonces, no es sino el castigo que yo, el viajero intruso, merecí al enamorarme, siendo hombre, del príncipe, del rey de Germelshausen.


16-M.A.Z:

Un momento como una vida
 
Fue el día más sentimental de su vida. Hace dos años que está viviendo en Berlín con su marido Juan, que tenía una oferta muy buena para trabajar allí. Por esa razón – y solamente por esa – viajaba con él. A Mar, no le gusta simplemente este país. Piensa siempre en España y en su vida antes. Pocos días se siente bien, muchos otros mal.

Un día se fue de compras en el centro. Necesitaba muchas cositas del supermercado y además quería ir a dar un paseo en el parque para aspirar el aire fresco bajo los rayos del “solicito”. ¡Sí, sí, Mar es de Granada y allí la gente habla así! Andaba siempre en ese mismo parque porque estaba situado al lado de su casa. Pero ese día algo diferente pasó. Al andar en las calles miraba la gente en los ojos y examinaba su alrededor. Quería sonreír a todos y todas y decir algo. Pero, ¿que y con quién? Ella misma no lo sabía pero podía ver las calles de Granada en las calles de Berlín. ¡Que raro!

Se acordaba del buen tiempo de su infancia y su corazón se cambió en pedacitos de hielo. Al fin y al cabo se podía sentir los rayos del mismo solicito andaluz aquí también. En ese día descubrió un lado escondido  de sí mismo. Al pasar de una carpa a otra en un mercado sonreía con los ojos mojados y con su niño en brazos. De repente, miró a su hijo y se quedó de pie como una piedra. Sus ojos cruzaban con los de él y sentía que el pequeño quería decirle algo. Le dio una sonrisita.

Si hablamos una idioma, hay cientos más. Si decimos palabras, se puede entender mal y si aprendimos una canción, hay muchas más. Pero cómo es si hablamos la lengua de la vida y cantamos su canción - la canción de los pájaros del sol.

Fue sólo un momento de la vida de Mar, pero era un momento mágico, que cambió su vida. En aquellos momentos existe el presente con los memorias del pasado y los sueños del futuro, todos juntos en un millisegundo. ¡Fue “un momento como una vida!


17-M.Olea:

Diálogo entre colegas

Era nueva en el claustro y sin embargo Lorenz me alargó los resultados como si de un habitual colaborador de mis estudios se tratara. Claro que ahora no estábamos en el despacho.

- “Hitler” y “salchicha”, Gott! Menudas dos palabras, salvo que son sustantivos las dos, por lo demás…es lo primero que les viene a la cabeza al hablarles de Alemania, y quieren ser sociólogos, ¡joder! ¡Soy un puto desastre!

Cogimos nuestras cañas y nos sentamos en una de las mesitas de dentro, pues la terraza a esas horas solía estar llena de alumnos. Decidí ser tan franca como él esperaba.

- No recuerdo verte tan molesto cuando visteis el estereotipo francés y salió la torre Eiffel… no te lo tomes tan mal, sabes bien que con el mismo estudio hecho en tu país no saldrías de los toros y la tortilla, tus propios hijos te dejarían perplejo, ya sabes, “en casa del herrero…”
- Prefiero los toros a Hitler
- Oye, no frivolices así
- Lo siento, pero es que mi país ha luchado muy duro por evitar precisamente esto y ya ves, sesenta años después no nos dejan olvidar
- Y no lo debéis olvidar, Lorenz; como aquí no olvidaremos el martirio de la Guerra, vosotros la Shoá. Así que empieza tú por cambiar un poco las cosas, es casi tu obligación, si me permites decirlo
- Bah, soy un maestro en lo mío pero un mal profesor, ¿comprendes? Lo he intentado todo y no hago sino estropearlo; por lo menos antes en vez de “salchicha” decían “cerveza”
- Tal vez un recorrido por la gastronomía y costumbres no sea la mejor idea
- Muy bien, ¿y qué propones?, anda, ¡convénceme!
- Pues para empezar no estaría mal que les hablaras de alguna de sus maravillosas Kunsthalle, de Durero, de Ernst, que suene un aria de Bach de fondo mientras les citas a Nietzsche, Hesse o Schiller
- Uhm… tampoco es que nos alejemos así del cliché, ¿no crees?
- Porque es el setting, ahora es cuando les hablas de la brecha generacional que llevó a las protestas del 68 y a la caída del muro y rechazo a todo tipo de…
- Ya… Se te va a calentar la cerveza
- A ti eso en cambio no te importa. Además, preferiría un Rioja
- No son comparables
- Tienes razón


18-Sauerkraut:

Sauerkraut

Gerardo fue el primer explorador. Regresó del colegio de los alemanes mucho más fino y dándoselas de que no se decía habemos, sino hemos, ni cabimos, sino cupimos, y eso de: “ábate el aeroplano”, para señalar que corría aún más que la moto del pescadero, no lo entendía nadie. “Y comer todos los días torreznos en el desayuno es de atrasados, no es sano”, dijo tan pancho: no le metimos dos castañas porque él era mayor y más fuerte que nosotros. “Y a veces comemos sauerkraut”; ante semejante vocablo, nos callamos la boca, “y los alemanes no van en carros de vacas, sino en un Volkswagen”. “¿Un Volkswagen?”. “Y ¿eso quiere decir?”. “Coche del pueblo”. “No creo que todo el pueblo tenga un coche del pueblo, entonces, ¿por qué se llama así?”. “Se llama porque se llama”. “Y nos acostamos a las 9,30 de la noche y nos levantamos a las 6,30 de la mañana”. “Y ¿para qué os levantáis a esa hora?”. “ Para ir a misa”. “¡Vaya horas, si tendréis las legañas pegadas!”. “Nos lavamos todos los días bien lavados y los dientes tres veces con un cepillo y una pasta”. “¿Con un cepillo? Anda ya, tú nos estás metiendo muchas trolas”. “De trolas nada. Si queréis os lo enseño. Y tenemos para cada asignatura un libro, no como aquí que sólo estudiáis por la Enciclopedia Álvarez”. “Y ¿te dan con la vara?”. “¿Quiénes?”. “Quienes van a ser, los frailes alemanes esos”. “Allí en clase no hay vara”. “Y, entonces, ¿con qué te arrea el maestro?”. “No hay un único maestro, cada asignatura tiene un profesor, y las clases están divididas por edades, no como aquí, que estáis todos revueltos desde los seis hasta los catorce, eso ya es una atraso, así no se puede aprender mucho”. “Bueno, bueno, menos humos, a ver, enséñanos ese cepillo y esa pasta de dientes”.
Padre, al ver lo fino, lo blanco y los buenos modales con los que había venido adornado Gerardo, a parte de que decía haber comido sauerkraut, que a él eso no le chocó tanto o le tenía sin cuidado, echó la solicitud, me hicieron una entrevista y me metieron dentro de un horario alemán.
De aquellos ocho años de contacto con una pequeña parte de la cultura alemana me quedan, entre otros saberes, la disciplina, el sentido de la responsabilidad y el gusto por la sauerkraut.


19-Vicky:

-Chicos, esta es Greta, vuestra nueva compañera. Viene de un país llamado Alemania y todavía no habla muy bien nuestro idioma. Le he preguntado qué sabía sobre nosotros los españoles y sobre nuestras costumbres. Ella cree que todos los hombres son toreros y que las mujeres, visten siempre de flamencas, que en España hay mucho sol y muchas playas, y que casi todas las chicas se llaman Carmen.
- Je, qué tonta…- se rió Manuel, arrugando su respigona nariz llena de pecas.
- Bueno, Manuel, ya que tanto te ríes, dinos qué sabes tú de los alemanes y de su país…
-Todo el mundo sabe que en Alemania beben mucha cerveza y sólo comen salchichas, por eso los padres tienen unas barrigas enormes. Además todos conducen Mercedes y van muy rápido porque a veces se les enganchan las sandalias y los calcetines en el pedal del acelerador. Las niñas son todas rubias como Greta y todas, aunque Greta no, llevan el pelo peinado con dos trenzas.
- Creo que lo mejor es que vosotros dos os sentéis juntos el resto del curso y así, a lo mejor, descubrís que el mundo es algo más complejo de lo que pensáis.


20-ABASCAL:

Invasión de paz.

Colonia, meditación profunda, rezo ensimismado musitando palabras que reconfortan, palabras que liberan, sintiendo el alma descansando con paz, con paz real e intensa, espíritu felizmente anestesiado de Amor.

Poco a poco va congregándose el alegre gentío, cierras los ojos, oyes dicha y vigor, espíritu y aliento. Buena gente, personas hermanadas por un mismo ideal, creencias que unen en intima convicción, gozo común, mesa y mantel humildes y sencillos. Contento autentico, millones de personas compartiendo su fe y experiencias, personas distintas, muy diversas, no se conocen, nunca se han visto, provienen de Australia, África, América, Asia y Europa, tan lejanos en sus vidas particulares y… tan cercanos, tan próximos, unos con otros, en lo profundo de ser, en la esencia de sí mismos, en sus certezas y valores.

Y pasa el día, y llega el crepúsculo, y a eso de las ocho de la noche da comienzo lo esperado. Su Santidad arriba, explosiona el canto conformado por el murmullo creciente trasformado en clamor, expresando acogida desbordante, y… comienza la Misa, de súbito, explota un ruidoso, clamorosos y sobrecogedor silencio que contiene el aliento. Multitudes atentas, ni sobra ni falta una palabra, pensamientos desgranados, desmenuzados y expuestos con claridad meridiana, alimento para el alma. Finaliza la Santa Misa, aflora de golpe el cansancio del agotador día, emocionante día. Tensión vivida con sosiego.

Entramos en horas de madrugada y el alma se mece en la serena, limpia y veraz felicidad. Y se duerme feliz, muy, pero que muy feliz, y al día siguiente hay que irse, e invade la nostalgia con sabor a dicha y a ganas de repetir. Comienzan las despedidas de tus vecinos por unas horas, pero…. sí, sí, con los que has compartido vida y Vida en mayúsculas, vida en abundancia.

Todo ello acontece en torno a Colonia, ciudad bella y gótica que apunta hacia lo más alto en su magnífica catedral, descanso de los Magos de Oriente. Se respira por sus calles regocijo generoso de chavales organizando la intendencia de la marcha. Colonia atractiva ciudad con cicatrices de guerra, ahora invadida por la paz, por la paz del alma, feliz metáfora.

Experiencia inolvidable en la magnífica Alemania que nos acogió con cariño y esfuerzo, bello, muy bello el haber sentido, latido, disfrutado y, en definitiva, vivido esos jubilosos días.

Gracias Alemania.


21-Bronsson — FINALISTA:

Aterrizo en Berlín y los dedos se me hacen huéspedes entre las guías de viaje. Es cierto que me interesan ciertas cosas: el muro, genocidios, campos de concentración…bueno, es lo suyo. La segunda guerra mundial sin Berlín es como un botijo sin pitorro. Y con éste asunto hay una mezcla entre morbo insano y culturización intravenosa, esa suculenta empanadilla que te llena el estómago cerebral cuando visitas in situ los escenarios de la historia. Me interesa Berlín en conjunto, pero hay algo en particular que estoy deseando ver. A una mujer espectacular, una torda impresionante, elegante, hermosa, distinguida de sonrisa perfecta y definida. Estoy loco por visitarla. La conozco desde hace mucho tiempo. Pero claro, me quedaba un poco lejos como para tirarle los trastos y no creo en el amor a distancia. Para estas cosas lo mejor es la intimidad cercana.
Relajadamente me embarco en la excitante tarea de arribar al lugar donde habita mi princesa. Por cierto, casi me atropella una bicicleta. Pillo taxi en Alexanderplatz. Le chapurreo como puedo al taxista. Pienso…este hombre va a pensar que está frente a un perfecto retrasado mental. Y va y resulta que el conductor del vehículo es de Móstoles. “Coño…no me joda que es usted español…no sabe como me alegro… ¿y de verdad habla alemán?….eso sí tiene mérito y no conducir un taxi”. Nos reímos un rato con cuatro ocurrencias inocentes. Inevitablemente saltamos a al popular elenco de grandes chistes de Lepe. Y no sé si cerca o lejos, como decían en Barrio Sésamo, el caso es que me deja en la puerta de la casa de la interfecta.
Mujeres así no quedan. Carraspeo. Pregunto, “perdone…verá, vengo a ver el busto de Nefertiti, que me han dicho que está aquí”. Me señalan. Y sigo “…veamos…eso es la cabeza…vengo a ver el busto”. Buen la señora que me atiende no da crédito. Gesticulo…intento explicarle mediante claros signos circulares sobre mi pecho que quiero ver el busto de Nefertiti….las tetas, vamos, que todo hay que decirlo. No entiende la diferencia entre busto y busto. Se ríe. Yo también. Obviamente es broma, pero como ya venía con el cachondeo puesto tras la conversación con el taxista, no pude evitar seguir haciendo el ganso.
Y allí estaba, preciosa. No digo más. Id a verla. Cualquier parecido con una foto es pura coincidencia. Vale la pena Berlín sólo por Nefertiti. Id.


22-kristina:

Lo último en lo que pienso

Ya lo sé, ya lo sé, no me quieres. Nunca me querrás. Ya me da igual, he sufrido tanto por quererte que al final el corazón se me volvió insensible.

Menos mal… ya no me hace daño verte, lo que hasta hace poco me hería en lo más profundo de mi alma. Ni oír tu voz que me causaba un temblor en la espalda. Ni escuchar tu acento gracioso, que hasta hace poco solía encantarme tanto, cuando dices „es warrr fantastisss”. Ni este gesto que haces cuando te falta una palabra, y al pensarlo haces chasquear los dedos. Ni tu mirada conspiradora cuando echas medio litro de aceite en la sartén al preparar la tortilla, sabiendo perfectamente que quiero adelgazar. Ni el movimiento de tus labios cuando te pones a bailar sevillanas. Ni la ternura de tus ojos cuando abrazas a tus primos. Ni la alegría que te invade todo entero cuando te encuentras bajo tu sol andaluz.

Pero quiero que sepas que todos estos detalles nunca los olvidaré, igual que tampoco olvidaré el olor de tu perfume en el cuello, la sensación de tus manos en mi espalda, tu aliento caliente en mi nuca, la calor de tu piel contra la mía, el toque de tu nariz en mis mejillas, la humedad de tus labios.

Estos detalles quedarán grabados en mi memoria, siempre. Quedarán junto a otros, los de tu boca apestando a cerveza cuando recién me invitaste a bailar, los de tu voz diciéndome que no me enamorara de tí, los del amanecer cuando te fuiste sin desayunar, los tuyos ligando con otra chica aunque hubiéramos pasado la noche juntos, los de tu insolencia al enseñarme tu última conquista, los de tus lamentos que las chicas son todas infieles, los de tu frescura pidiéndome buscarte novia, los de mis angustias por las cuales nunca tuve el coraje de decirte cuánto te quiero.

Estos recuerdos los quería olvidar. Sin embargo me hacen mucha falta en los momentos de debilidad, cuando mi corazón insensible vuelve a rebelarse, a dar señales de vida. En estos momentos saco los peores recuerdos tuyos, me esfuerzo en pensar en tus defectos, trato de convencerme de que todo esto no vale la pena. Y pronto ya no me hará tanto daño.

Pero lo que sí me hace daño es que, a pesar de todo lo que pasó entre tú y yo… todavía me llames amiga.


23-Marco Yallico Blas:

El codo de Pozuzo

Con los años, el abuelo recorre sus memorias, anda por el angosto camino de serpiente que lleva a las montañas, o por las altas tapias del Museo Schafferery o, desde el puente colgante que lleva a la rivera de Huancabamba, dice con acento agudo y taciturno, la expresión que resume a grandes rasgos el norte de su vida
-Pozuzo queda en Alemania.
Cuando el abuelo era joven, vivía en pobreza entera, poco con que vivir, realizó diversos oficios para sostener a la familia, pero siempre estaba en el borde; una vez le ofrecieron la oportunidad para emigrar, había conseguido trabajo en una mina en cerro de Pasco, en un país extraño llamado Perú y a pesar de la mala reputación del lugar, debido a lo inhóspito de los parajes y a la furia extendida de la cordillera, decidió partir.
La excursión fue hostil, en un principio se acordó la partida de 500 alemanes pero sólo 300 llegaron a enrumbar a tierras extrañas, debido a la falta de caminos atravesaron la cordillera central a pie, muchos perecieron en el camino, entre ellos la primera familia del abuelo, pero a pesar de la inclemencia del clima y de los despeñaderos de la ceja de selva, lograron llegar a Pozuzo.
Una vez ahí los pocos colonos que llegaron se repartieron las tierras, en total desamparo de las autoridades, levantaron las casas en medio de la nada, se dedicaron a la agricultura viviendo de su propia cosecha. Por un tiempo las enfermedades como la malaria inundaron la zona, produciendo desgracias en el denominado panteón alemán, pero la capacidad de prosperar logró sortear las dificultades; gracias a las donaciones de vacas y cerdos, la población se dedico a la ganadería, mejoraron, motivo por el cual cada vez más alemanes llegaban a Pozuzo, fundando así una región transparente, lejos de todo, una nueva patria nació en el distrito de Oxapampa.
Mi abuelo fue testigo y partícipe principal de todo el desarrollo, él es un hombre respetado, que recorre cada rincón de la villa con dolor y placer; gracias a él y al empeño de los demás colonos,han dado vida este rincón del mundo, arriesgando sus vidas y la integridad de las personas que más aman; para que nosotros, sus hijos, disfrutemos de este lugar que parece detenido en el tiempo.
En Pozuzo, después de la tormenta, el clima es cálido y sereno.


24-Martín Sarmiento:

Hace un par de meses, cuando iba en el metro al centro de Munich recordé por un momento mi última visita a mi añorada Bogotá:

“Tomo un taxi y me dirijo hacia el casco antiguo de la ciudad. Viejo, lleno abolladuras y apestando a combustible. El conductor: un suicida. Al menos así maneja. Abro la ventana y respiro una mezcla de aire y dióxido de carbono que sale a bocanadas de los exhostos de buses y camiones. Trancones por todas partes, huecos y charcos.
Detrás nuestro vienen dos carros diplomáticos. Ambos Mercedes Benz, escoltados por dos motocicletas. El Convoy intenta sobrepasarnos. El taxista opone resistencia, acelera y se les atraviesa en el camino. Este vago miserable va que vuela, pienso mientras trago saliva. Quizás por esto no ve un hueco gigantesco en la mitad de la calle. Puta, que salto. Casi me rompo la cabeza contra el capó.
Una de las motos nos alcanza, el acompañante nos muestra una mini-usi. »Hagan campo!« El taxista sonríe. Y acelera. Las motos se nos pegan, y segundos después nos sobrepasan. Nos encañonan. Yo tiemblo, la copia chiva de Michael Schumacher se da por vencido. Gracias Dios. El convoy diplomático pasa de largo.
Zaz! Carajo! La camisa me queda empapada. Intento cerrar la ventana. Me quedo con la manija en la mano. Zaz!, otra vez. La ventana se queda trancada, obviamente abierta para mi desgracia. Esos malditos guardaespaldas me acaban de embadurnar de pies a cabeza. Y mis pañuelos desechables? Busco en mi mochila. Y este huevoncito abusivo? »Cójanlo!«, grito a todo pulmón. Un niño de diez u once años me arrebata el reloj y desaparece en zigzag entre el tráfico. Y ahora? Lo persigo? Ah, para que diablos me busco problemas? En la estación de trenes en Munich consigo un reloj igualito por tres euros. Encuentro los pañuelos y me seco la cara. Aprieto mi mochila y me trago una nube de humo de un bus destartalado que pasa por el lado…”

… El metro para en la estación de Marienplatz, en el centro de Munich. Me bajo. Un convoy de viejos alemanes me sobrepasan. Suspiro. Acción pura… pero en cámara lenta. A veces extraño mi tierra - mucho.
Y antes que un desadaptado me diga “lárgate sudaca pa’ tu tierra”, repito: Solo a veces, no siempre.


25-Irene:

El niño del pijama de rayas

Acabamos de salir de un taller de poesía. La tarde es clara y fresca en Córdoba, abril nos atrapa con sus colores, verdes y vivos que tratamos de absorber y convertirlos en poemas silenciosos, en odas a una ciudad de bella armonía, ejemplo histórico de convivencia. En un momento nos ponemos a la par, me mira con sus ojillos intensos, claros, creo que son azules, aunque no recuerdo con certeza su color, soy tan despistada, quizás por eso me cuestan tanto las descripciones, por mi manía de no prestar atención a las cosas, a andar por ahí como una científica loca, en vez de como una escritora atenta.

A lo que iba, ella es la expresión de la ternura, de la calidez, de la cercanía, la noto próxima, hablamos del taller, de la poesía, del tiempo que lleva en España; casi tanto como yo que nací aquí, le digo riendo, cuando me comenta que se vino en el setenta y tres, pero aún conserva su característico acento alemán.

Hablamos de libros, hablamos de El niño del pijama de rayas y noto que una sombra cruza por sus ojos, no quiero incomodarla. El asunto de este libro es doloroso para ella, confiesa que no suele leer novelas sobre el exterminio nazi, ni ver películas, pero que ésta le ha parecido distinta, que no se regodea en la crueldad, en las torturas, en el sufrimiento, es más lo que insinúa que lo que cuenta, pero si acaso es más efectiva que otras por utilizar el lenguaje ingenuo de un niño que relata con naturalidad una de las mayores tragedias de la historia.

Se pregunta qué hubiera hecho ella si le hubiera tocado vivir en esa época, si habría vuelto la vista para otro lado como hicieron sus abuelos, le digo que todos somos cobardes, que seguimos permitiendo otras tragedias, que vemos sin inmutarnos como cientos de personas pierden la vida en las costas tratando de acceder a nuestra afortunada vida de occidentales. O como decenas de mujeres mueren a manos de sus parejas. Es tan fácil mirar para otro lado.

Seguimos paseando, en silencio, observando los escaparates repletos de cosas superfluas y caras, en nuestras cabezas (y en nuestro corazón) sigue latiendo la Poesía, aún pensamos que se puede cambiar el mundo y para eso escribimos.


26-Isabel:

 Ummuhan en Berlín

Visitó la cúpula en el último turno de noche porque las reuniones de trabajo no le permitían conocer y pasear la ciudad durante el día. Pasaron el control de seguridad de la puerta sin contratiempos. Mientras su acompañante terminaba de cruzar el control, se dedicó a echar un vistazo a las revistas y folletos en varios idiomas que se ofrecían a los turistas. Alcanzaron el ascensor a tiempo de subir con una excursión de jubilados. Respiraban despacio y nadie hablaba. Para todos había sido un largo día: paseos, fotografías, charlas, reuniones. Cada uno venía de hacer su tarea. Se reconocían unos a otros sin apenas mirarse, rozándose, notándose muy agotados. Leyó atentamente la placa metálica que indicaba el peso permitido en ese ascensor y, a hurtadillas, contó el número de personas haciendo un cálculo aproximado. Llegaremos arriba, pensó.

Empezó a sentir vértigo: vértigo por la altura y por la oscuridad, a no entender lo que le rodeaba, a la visión de una ciudad donde ella no tenía historia. Notó vértigo al vacío, a lo transparente, a ver, a que la vieran. Comenzó a escuchar voces al salir del ascensor. Ecos rotundos que venían de las entrañas transparentes de aquel edificio. Lamentó no poder descifrar aquel idioma también ajeno a su historia. Se sintió aislada, perdida, triste. Se apoyó en el pasamanos de la rampa de subida. Subió algunas rampas más, siempre en círculos, hasta llegar a la última. Respiró hondo, pensó en las voces.

No le comentó nada a Ummuhan a quien había conocido aquella misma mañana. Le hablaba en ese momento de su tesis doctoral, de la importancia que esta visita tenía para sus estudios y de sus recuerdos de niña en esta ciudad. Trabajaba ahora en Turín pero guardaba en su memoria todo lo que allí había aprendido. Ummuhan se alejó de ella y comenzó a hacer fotografías.

Hurgó a ciegas en su bolso buscando un pañuelo y se topó con el teléfono móvil. Pensó que le hubiera gustado llamar para decirle que estaba allí, que estaba viendo la ciudad desde aquella altura y que se sentía fuerte en aquel lugar. Perdió el conocimiento y cayó al suelo. Sabía que le iba a suceder. La noche, la cúpula, la nostalgia, la soledad, las luces y los ecos que le llegaban no le habían dejado tregua. Ummuhan la acompañó al hotel. Siempre deseó volver para entender qué le sucedió.


27-M.Olea:

Astur saga

¡Odin!, ¡Odin!, ¿cabalga con vos Balder? Os lo habéis llevado y yo, Frigg, xana del Elda, hago ahora mi camino en la noche de los tiempos, en pos del hijo arrebatado a mis entrañas de idis. ¡Cuánto habrá languidecido, sentenciado como estaba por origen tan maldito! Su destino era morir en las manos del humano al que las xanas de los ríos habrían arrebatado un niño: Mortal, sí, más redivivo.

“Ben zi bena,
Bluot zi bluoda,
Liz zi geliden,
Sose gelimida sin”

Entre sibilinas rocas iberas, clavó vuestro hálito en el mío este conjuro al poseerme, tronchando fatalmente mi dorada madeja seductora. Hasta el fondo de las aguas no pude pues, arrastrarte, siendo un dios, y, ¡ah! A cada paso palidezco y muero ¿O es que acaso puede madre contentarse con oníricos agüeros?

¿Quién sois? ¿Volla? ¿Hermana? ¿Cerca estoy acaso de Merseburg? ¡Despiértame, dime algo!
“Phol ende uuodan
Uuorun zi holza,
Du uuart demo balderes
Uolon sin uuoz birenkit”

Así supe cómo ella, junto a Sinthgunt y Sunna, y con Frija y con Hale, mis otras idis hermanas, planearon la venganza, dando muerte a los caballos que en el bosque os internaban. Magnífica es vuestra ira contra ellas mas, ¡Tomadme a cambio a mí!, que entretanto busco a las valkirias que me guíen al Valhalla, por que me dejéis verlo vivo y expirar luego, si eso os plazca… ¡Y evitarle el vuelo prematuro hacia el cielo de Breidablik!

Por boscosos retiros de los nueve mundos sobre Sleipnir ya cabalgo, cumpliendo así, temerosa, vuestros supremos designios. Mas de nada habrán servido las promesas arrancadas a los magnos hacedores del destino; ¡será el juego más absurdo el que ocasione horrenda muerte a nuestro hijo!
En mis sueños bien lo he visto: su ciego hermano Hodr, creyéndolo inmortal, lanzará flecha que Loki, ese dios de los traidores, logrará suministrar: bañada está en el Muérdago inconstante, único ser que se negó, ¡ay de mí! a dar palabra de respetar a tu infante.

“Insprinc haptbandun,
Inuar uigandun”

En Hringhorni, tu nave, desciendes a los abismos de Helheim, ¡Hela te guarde!
¡Hijo de Odin, Balder!

¡Dé comienzo el Ragnarök, crepúsculo de vosotros, dioses mudos! ¡A su fin contemplaréis a este hijo retornar, entre laureles, de tan luctuoso inframundo!

¡Escoltado por sus huestes de arrogantes einherjar, dominará, junto a los hijos de Thor y a los de los Aesir, vuestra tierra, que ahora olvide palpitar!


28-Pan de Muerto:

A la mitad del arquero,
comienzas con el conteo…
Casa de niños con alas,
de pinos tus arboladas,
barcos con luces velados,
molesta ardilla afelpada
so tejados de algodón
cubriendo constantemente
al huraño fumador.
Exornado con listón
de magnánimos colores
de promesa que al del arca
vero Zeus le regaló,
lo espera aquese ratón,
vecino a esotro conejo,
no siendo aquél sólo un lejos.
Tus celajes numerados,
entre galletas germanas:
cinco puntas y una luz,
vigilan a la atrapada
e impenetrable esmeralda,
más oscura que el carbón,
más valiosa que el diamante.
De ser tú, sufrido libre,
un primero, verbigracia,
siendo él mexica espadarte,
arribará aquel gigante,
que entre aquesas suyas albas
galactitas frotarate.

-Hoy es veinticuatro y me como el último chocolate de mi calendario de Adviento… Lo mastico como si fuese un dos de noviembre, lo mastico como si fuese pan de muerto…


29-La gran felicidad de una familia numerosa y la felicidad momentánea de un solitario:

Con gran amor y admiración Gabriel García Márquez caracteriza a su madre en su autobiografía como una mujer que tuvo “en la vida una confianza que nunca le falló.” Su madre con once hijos propios revolvía a cuatro ajenos dentro de su familia.
Durante mi trabajo como médico en Nicaragua llegué a conocer a una mujer semejante a Luisa Márquez. Doña Mercedes tiene 83 años. Está sana, es resoluta y trabajadora. Vive sola en su casa. Tenía 18 hijos, siete se le murieron pero todos pudieron fundar familias. Así tiene más que un ciento de nietos, unos treinta bisnietos y dos tataranietos. Es ella la que irradia esa confianza en la vida sobre la que Márquez habla en su libro.
Atendí a los pacientes en el porche de su casita. Durante la consulta un perro y un gato me observaron; en la cocina mataron un escorpión. Ella me invitó y pude escuchar la historia de su vida. Llegó a conocer a su esposo en un baile. Él era telegrafista y campesino. Construyeron una casa en este pueblo cerca de Somoto. Los hijos ayudaron llegando a ser campesinos y artesanos. Casaron e independizaron y casi establecieron una comunidad autónoma.
También tuvo que aguantar desgracias y adversidades. Se le murieron el esposo, y dos hijos en la guerra civil. En estos tiempos tan tristes todos se asistieron. Finalmente pude felicitar a un nieto que había conseguido una beca gubernamental para estudiar medicina en Cuba.
Me encuentro en otro mundo: una cárcel argentina. Entra un grandullón y un joven gordo con una expresión tímida, desconfiada, sordomudo. Tiene un dolor molar y se niega categóricamente a ver al dentista. Quiero ganar su confianza. Hago un examen general. Todo resulta normal. Le miro otra vez en la boca y le digo a su compañero: -Dígale a su amigo que nunca he visto dientes tan bonitos- ¡La verdad!, ¡Perfectos! - Todavía se puede salvar el diente.- El compañero tradujo mis palabras en el lenguaje mímico. Sus gestos expresaron exactamente mi admiración. Raras veces he visto una sonrisa tan agradecida, tan aligerada, un consentimiento tan resoluto en el tratamiento como en este momento.
Doña Mercedes y su cuantiosa familia parecen una excepción. Pues nacen en todo el mundo minusválidos (qué palabra horrible) y van a parar al margen de la sociedad, en el peor de los casos, van a parar a la cárcel. Sus felicidades son momentáneas.


30-Leonardo:

“¿Debo ir?” Me preguntaba incesantemente. La inmovilidad de mi madre a causa de la artritis, el reciente deceso de su hermana Celia y la ruptura con mi entonces novia me reprimían para concretar el sueño de “ir a la tierra del poeta”.

Siendo un niño de 10 años, descubrí entre los discos de mi padre una grabación de la novena sinfonía de Beethoven. Antes siquiera de escuchar la música y rendirme subyugado de por vida, mi primer contacto con la cultura alemana fue el texto de la “Oda a la Alegría”. Ese lenguaje críptico me fascinó. Intuía un deleite estético ahí cifrado, por ello decidí firmemente aprender ese idioma.

Unos 15 años después a través de mi tía Celia dí con el Instituto Goethe en la ciudad de México. Durante esos años desde mi primer encuentro con Schilller había hallado personajes alemanes sobresalientes en prácticamente todas las áreas del quehacer humano. “¿Por qué razón hay tantas personalidades en Alemania?, debe haber algo especial allá” pensaba e imaginaba un coro de poetas, matemáticos, físicos, músicos, filósofos y pintores invitándome a pasar un tiempo en Alemania para averiguarlo.

Cinco años trabajé para financiarme un posgrado en Alemania, al tiempo que aprendía el idioma, empero llegado el momento decisivo dudaba efectuar el viaje debido a mi funesta situación.

Solía conversar con Jürgen, alemán radicado en México que anteriormente lo hiciera en China. Sabiendo que muchos compañeros del posgrado provendrían de aquél lejano país, le pedí me enseñara algunas palabras en mandarín. “Una palabra basta”, dijo levantando su mano en gesto de saludo y de sus labios brotó “Ni-hao”.

En el curso de alemán, Miguel expondría la historia del milenario I-ching, empleando la edición traducida por Richard Wilhelm. Al finalizar invitaría al auditorio a consultar al oráculo. No desaproveché esa oportunidad para plantear mi gran interrogante dejando caer tres monedas perforadas sobre la mesa. De los hexagramas emergió una contundente respuesta: “Es propicio brincar sobre las grandes aguas.”

Seguí el consejo. Aquella mañana en Stuttgart encontré el periódico en mi buzón si estar suscrito. Lo tomé sorprendido. Un artículo refería un portal de contactos personales en internet al cuál me afilié con el pretexto de practicar alemán. Días más tarde flotó en el monitor ante mis ojos el seudónimo de una mujer: Ni-hao.

Esas casualidades cerraron la distancia que me separaba de la mujer de mi vida.


31-Un resplandor inolvidable —GANADOR DEL PREMIO ESPECIAL HISPANO-ALEMÁN:

UN RESPLANDOR INOLVIDABLE

Conocía el hielo, pero no la nieve. Nunca la había tenido entre mis dedos y tampoco había salido de mi país para buscarla.
No obstante, una noche de esas en que el frío de la calle nos deja de una pieza, me rendí a su encanto.
Estrenaba país y a la sazón me encontraba en casa de una amiga. Sacerdotisa de interiores, cabello rubio de grandes bucles rizados y sabia en infusiones nórdicas.
La buhardilla era cálida. La chimenea daba lo suyo crepitando y ofreciendo chispas en una atmósfera rembrandtina. Un racimo de uvas verdes coqueteaba con las copas de vino tinto. Y nosotros gozábamos como dos enanos en el prado los Nocturnos de un Chopin en Valdemosa.
En uno de los momentos de nuestra charla, quizás entre un sorbo de té o vino o la fortuna de un beso furtivo, me quedé prendido de la ventana diagonal. De pronto se había puesto totalmente blanca. En seguida y reuniendo todo el asombro posible que mis raíces léxicas del caribe me permiten, exclamé: Óyeme mulata, y esa vaina en la ventana, ¿qué es?
Mi amiga giró la cabeza hacia el sitio que yo le indicaba, y a un brinco que de veras me asustó siguió un gritó no menos walkiriano: ¡oh, la nieve! ¡Oh, la nieve!
En su lengua la frase dicha una y otra vez sonó como una cascada de sonidos líquidos. Yo me quedé quieto, todavía sin comprender.
De inmediato empezó a vestirse, tomó un pulóver, unos guantes y un chal que se lio por el cuello y por último un gorro que le redondeó la gracia de su hermosa figura.
- ¿Qué haces? –le pregunté, completamente atónito.
- ¡Ven! ¡Ven! –me dijo, y sin más palabras me llevó hacia la puerta que daba a la calle.
Cuando salimos nos recibió el fulgor mágico de un cuento acaso ya olvidado. Ningún parentesco había con las luminosidades de mi lejano caribe tropical. Capas de hielo tierno cubrían los árboles y los copos en el aire danzaban fugazmente antes de caer sobre la alfombra nívea. Entre tanto mi amiga daba saltos de juglar y hacía bolas de nieve que me las lanzaba con jubilosa malignidad.
Ahora, al cabo de los años, me doy cuenta que esa noche tomó sitio en mi maleta recién abierta un recuerdo inolvidable.


32-Cheshire — FINALISTA:

La Alemana

Mamá anunció que la niña llegaría el martes. ¿Habla español? Preguntó mi hermana. Pues, claro; su padre es el tío Miguel, contestó mi madre. ¡Ah! El tío Miguel, el de Alemania, recordó mi hermana. Y todos reímos ante la ocurrencia de Carmichi, que protestó enfadada: pues que no se le ocurra tocar mis muñecas.

Mamá y papá fueron a recibir a los tíos, les acompañaron al hotel y nos quedamos con la niña para irla acostumbrando. Una semana después, sus padres volvieron a Dusseldorf. Está muy escuchimizada, dije yo, y mamá me aclaró que era el clima y que por eso la trajeron a España.

Al principio la niña no hablaba; pero enseguida se adaptó. Recuerdo que mamá la llamaba desde la ventana y ella contestaba con su coleta tiesa: estoy aquí, jugando con la Amparito. Y le pedía un pfennig para chuche (que mi madre no sabía lo que era, pero le tiraba un duro y ella tan contenta). La niña fue tomando color y lustre y su madre nos enviaba cartas diciendo que, por favor, no dejásemos que nos llamara hermanas, ni papá y mamá a mi padre y a mi madre. El caso es que le tomamos tanto cariño que ninguno la corregíamos por ello. Y ocurrió que un día, a eso de las seis de la mañana, sentimos unos golpes en la puerta y voces en la escalera. Yo me tapé la cabeza con la sábana sin saber qué ocurría. Y ocurría que a una vecina se le había metido fuego y el humo salía por todas partes. Mi madre nos levantó a todos y tomó a la niña en brazos mientras mi padre nos empujaba hacia la escalera. El incendio se controló pronto y fue más el susto que los daños. De todas formas, mamá ni siquiera lo comentó con “los alemanes”, como llamábamos a los tíos; temía que el incidente asustase a los padres y se la llevaran. A los pocos meses, ellos volvieron a España para ver a su hija y mi madre aleccionó a la pitusa para que no dijera nada del incendio. Los padres llegaron hablando a la niña en alemán, por aquello de que retomara sus hábitos, y la niña miró a mi madre con ojillos traviesos diciendo: ¿ves, mamá? No les cuento que se quemó la casa porque ellos ya no me entienden.


33-Maribel:

Veinte años después cojo el álbum de fotos. Una gruesa capa de polvo cubre las tapas rojas de aquella colección de recuerdos. Paso un dedo por las partículas y dibujo un corazón, después soplo y la nube que se forma ante mi rostro me produce un estornudo. Decido prepararme un café, decido mejor tomarme un valium, voy a volver a verlo después de veinte años.
La primera foto que aparece es de Bacharach, la tierra del vino. Típicas casas con balcones llenos de flores parecen querer escapar de la hoja del álbum, pero él no está. Sigo adelante. Iniciamos un crucero por el Rhin en un viejo barco a vapor. El majestuoso y emblemático río europeo nos recibe con aguas tranquilas, teñidas de plata en la primera hora de una mañana sin sol. Pero él no está. Paso otra hoja. Llegamos a Coblenza, donde el Mosela desemboca en el Rhin. Solo hay fotos del barco.
La siguiente instantánea es de Bonn, concretamente de la catedral. Decenas de turistas invaden la ciudad y quedan inmortalizados en aquel rectángulo de papel. Los miro, intento reconocer a alguien pero es inútil, él no está. Paso la siguiente hoja. La belleza del Rheinpark de Colonia con sus exuberantes flores me arranca una sonrisa. Voy vestida de blanco, con zapatillas también blancas y un jersey de colores anudado al cuello. Soy tan joven…
De pronto el corazón se me acelera. Han pasado veinte años pero sé que el momento se acerca. Vuelvo la hoja. Comienzan a aparecer fotos y más fotos del monumento que lo hizo enloquecer, la grandiosa Catedral del Colonia. Vista desde la lejanía, con el Rhin a sus pies. Desde la plaza. Fotos del arco de la puerta de entrada. Instantáneas que tratan de capturar sus ciento cincuenta y siete metros de altura, sus vidrieras, algunas de sus pinturas, la arqueta gótica que, según la tradición, conserva las reliquias de los tres Reyes Magos, las impresionantes torres… Entonces aparece él. Lleva pantalón claro y camiseta negra. Está guapo. Su cara refleja la fascinación que siente. En todas las fotos mira a la catedral y no al objetivo. Me detengo en esas imágenes y las acaricio con mis dedos temblorosos durante varios minutos. Después cierro el álbum, lo deposito en el suelo y le acerco un encendedor. Él decidió quedarse para siempre y yo solo puedo recordarlo entre el calor de las llamas.


34-Fernando:

“Olga”

El señor Müller era un ingeniero alemán que había venido junto con su familia para participar en la construcción de la central nuclear de Atucha. Tenía una hija, Olga, de la misma edad que yo: nueve años. Como se habían mudado enfrente de nuestra casa y mi papá también era ingeniero de la obra, el contacto entre ambas familias se hizo frecuente. Recuerdo que la primera vez que la vi a Olga fue de espaldas, y lo que me sorprendió fue su trenza dorada cayéndole hasta la cintura. Cuando mi mamá quiso presentármela, yo me oculté tras ella; “es tímido con las chicas”, dijo, y entonces Olga se acercó a mí y me ofreció de su helado, “es de chocolate granizado”, me dijo; “mi sabor preferido”, le respondí. Desde entonces estuvimos siempre juntos, mirando películas, jugando o ayudándonos a mejorar, ella su castellano y yo mi alemán. En una ocasión, el ocioso del grado, se la tomó con ella y le tiró repetidas veces de la trenza. Anoticiado por un amigo, salí del baño corriendo y al encontrarla llorando, me arrojé sobre el infame. Me pusieron bajo la campana, pero no me importó porque Olga se quedó a mi lado y me susurró al oído que desde ese día yo sería su caballero. Cuando ella cumplió once años le regalé una peineta. Y en retribución, haciéndome cerrar los ojos, ella me dio el que fue mi primer beso.
Pocos meses después, le oí decir a papá que iban a regresar a Alemania; sentí como un golpe en el estómago y salí y crucé corriendo la calle. “¿Es cierto que te vas?”, le dije; y la tristeza pareció encapotar sus ojos de cielo. Prometimos escribirnos todas las semanas y así lo hicimos hasta la adolescencia. Después no sé qué me pasó que dejé de contestar sus cartas. Arribado a los veinte, su recuerdo me cruzó como un relámpago, y volví a escribirle; pero las cartas tornaban al no hallarse al destinatario.
Ahora, hace tres meses que me encuentro en Bonn, su ciudad natal, haciendo un postgrado; y velando una esperanza. Esta tarde, sin más, corrí tras una muchacha con trenza en el parque de la universidad. Decepcionado, al sentarme a leer, una sombra me ocultó el sol haciéndome sentir un poco Diógenes; y antes de alzar la vista para increpar a su dueño, le escuché “lo he estado aguardando caballero”.


35-Gabriele — FINALISTA:

Lazos y raíces

Después de tanto tiempo en España —treinta y cinco años de mi vida están entroncados aquí por lazos indisolubles— y sin haber perdido la conexión umbilical con Alemania, me gustaría dar la callada por respuesta cuando me preguntan de dónde soy, porque ya no estoy segura. Si insisten, digo que he nacido en Múnich. La siguiente interrogativa, inocente en su simpleza, suele ser: Y ¿qué? ¿Te gusta esto?

La respuesta mejor aceptada es la más fácil: ¿A quién no le gusta este país? La bondad del clima (de Andalucía donde vivo), la simpatía de sus gentes, la hospitalidad hacia el forastero, bueno, la forastera en mi caso (sobre todo si viene del Norte).

Si el interlocutor promete, a lo mejor me desahogo contándole los pormenores de mi experiencia personal, y de paso le explico que siempre había imaginado mi vida como puente entre dos familias, lenguas, países y culturas. Un largo puente apuntalado por innumerables arcos con el peso repartido entre una y otra orilla: una infancia forjada con recuerdos del cariño incondicional que hubo en mi casa; el enamoramiento que me trajo al Sur y que todavía me está durando; una formación sólida basada en el dominio de mi lengua materna, el alemán, y el idioma de mi vida, el español; mi hijo, nacido y arraigado aquí, que mira con desenvoltura hacia la ribera alemana; parientes y amigos a un lado y otro de mi existencia; diversos componentes más, siempre bilaterales: costumbres, actitudes, mentalidades…; todo ello forma una carga preciosa y un pesado lastre, según como se mire.

Sin embargo, hace unas semanas, encontré en Córdoba otra visualización mucho más concreta que la del puente. Ante el gran mosaico geométrico del Salón del Trono del Alcázar, me quedé rezagada, absorta al interpretar la bellísima imagen vertical como reflejo del rompecabezas de mi vida. Gracias a un artista supremo, cada pieza, cada fragmento, cada pedacito por sí solo insignificante, cumple su parte y cometido en la composición total. Afortunada de mí que, equidistante pero siempre cerca de esos dos países entrañables, sé que en mi caso hay una reserva inagotable de argamasa para sujetar, unir y conectar mis vivencias: el apego a mi tierra, la de allá, y el cariño a mi tierra, la de aquí.


36-María X. Ordóñez:

Y tú, desterrado…

…estar de paso, siempre de paso,
tenerlo todo como prestado…
(Miguel Ángel Asturias)

-Adelante, la entrada es libre- me dice un rubio con acento del Este.
Entro al antiguo ayuntamiento. Me gustan las exposiciones fotográficas: verdadera pausa existencial en este mundo en movimiento.

Las coloridas figuras medievales de las paredes contrastan con las fotos contemporáneas en blanco y negro. Abordo cualquiera, un plano general de casas con fachadas entramadas, cubiertas de nieve. …El frío te gustó desde el primer día: te hacía sentirte viva, consciente de cada centímetro de tu ser…

Otra foto. Un primer plano bien logrado, unos ojos azules, la cara ligeramente descentrada agregando moción, la imagen cortada en la frente y en la barbilla, insinuando que tanto adentro como alrededor de una foto hay, siempre, más. …Lees las fotos como textos, como momentos de un horizonte cifrado que podría pertenecernos si tan sólo…

Veo detenidamente esos ojos que no me ven de vuelta, porque son de papel. Pienso en nuestras búsquedas. …A ellos los habías buscado desde los cinco años en la escuela alemana, y fueron primero excesiva exigencia de significantes y datos históricos que entonces te asustaba. Ahora eran realidad material: libros, amigos de carne y hueso, pan negro y cerveza, cultura que había entrado en ti, … ¿y tú en ella?…

Prosigo. Busco quizás una feliz coincidencia, alguna cara familiar que compruebe mi cercanía a este lugar que quiero habitar. …Repentinamente te sientes fuera del mundo. Miras las fotos, piensas en tus lejanas calles dejadas atrás, coloridas, desastrosas, violentas… Por ratos añoro hasta la contaminación visual y el humo de las camionetas, y ese relajo que entendí hasta que estuve fuera. Me invade otra vez esa sensación que, si fuera palabras, diría “la vida es aquella, la dura; ésta, aun y con todo, son ´vacaciones´”.

Sigo caminando, ahora entre escenas de vida cotidiana. Un hombre rostiza carne para döner de madrugada. Una conductora de autobús ayuda a entrar a un viejo en silla de ruedas. Entonces sucedió. Una figura en un grupo, era yo. Fui captada en una esquina junto a otros sonrientes en una tarde sin tiempo, entre las calles que ahora dibujaban mi existencia. Y vi una cara habitada por una mansa melancolía, y me ocupó una tranquilidad que añoraba desde el día en que me arrancaron de la vida para seguir viviendo.

Finalmente lo supe: había llegado para quedarme.


37-Mª José:

—Siéntate hijo, siéntate.
Bernardo García “Brenan”, a sus 97 años tenía la costumbre de repetir las palabras; quizás ese fuera el motivo de su impecable memoria.
Dos tardes a la semana, Jacinto se sentaba a la derecha del anciano para hacerle compañía. Sin nadie en el mundo, su vida giraba entre sus recuerdos y las batas blancas que pululaban a su alrededor.
—¿Por dónde nos quedamos? ¡Ah, ya recuerdo! Sí, me llamaban “Brenan”, y eso que las monjitas del hospicio me inculcaron bien mi nombre, se podría decir que a fuego; pero… no me importaba que los alemanes me llamaran así. Además, entre lo poco que entendía y lo que se gestaba en esos momentos en Berlín…, mejor asentir al oír el nuevo nombre y…, total…, tras haberme escapado del paseíllo, haberme exiliado, haber sido partisano…, y… aunque sienta vergüenza. ¡Qué caramba!, es de hombres reconocer las virtudes, así como los errores. ¡Sí!, para sobrevivir trabajé en un campo de concentración. Pero…, ¿qué quieres que te cuente de esa etapa de mi vida?
—¿Ha amado? —le preguntó el joven.
Por un momento, espacio y tiempo desaparecieron y Jacinto quiso hacer lo mismo, pero la mano huesuda de Bernardo recogió sus temores. En el porche la luz declinaba, como su voz.
—… Era hermosa, delicada y fuerte a la vez, hasta que… —Jacinto sacó un pañuelo con su inicial y se lo ofreció, de nuevo los segundos le dieron paso al silencio.
—Nadia era su nombre; era hija de inmigrantes rusos, levantaron un imperio en Varsovia y la habían enviado a Berlín a estudiar piano. Pero…, todo esto no importa: no pude hacer nada por ella… Me enseñó más que la vida misma; la música y la poesía eran su pasión, gracias a Nadia pude conocer el arte… Toda ella era puro talento, y aunque yo no entendía todo lo que decía, sus palabras siguen resonando en mí y eso me mantiene vivo, como quien anhela encontrarse de nuevo con la amada. Y gracias a esos recuerdos alargo la espera, para así disfrutar el doble el momento en que me reencuentre con ella.
A Jacinto se le hacía difícil entender su filosofía de vida, pero no podía negar el regalo que recibía cada vez que visitaba a Bernardo. “Brenan”.


38-Alejandro:

En un marco, la avenida Unter den Linden aparecía entristecida bajo un manto de nubes suspirando un viento fresco, que intentaba cobijar entre sus señoriales muros y altos árboles. En el cuadro vecino, las pétreas lágrimas del monumento a las víctimas del holocausto, descansaban con la intranquila pesadez de cemento y culpa, convertida en laberinto expiatorio de peregrinos en busca de una foto. Finalmente, otro tapiz descansaba inacabado, amenazado por mi pincel alzado en el aire y goteando sangre artística, a la expectativa de un futuro mejor, aunque yo no proyectaba en mi mente más que imágenes del pasado….
La escarcha se adhería al vaso de cerveza como si su vida dependiese de ello, a través del cual, en mi brindis con el sol, podía contemplar el bullicioso parque del barrio Prenzlauer Berg. Me encontraba en la terracita de una de las homogéneas y palpitantes cervecerías de la calle LetteStrabe, uno de los resquicios sociales del cálido verano en la ciudad Berlinesa. La trivialidad convertida en candente interés gobernaba la conversación entre mi amigo y yo. Todavía nos quedaban varios días para poder seguir disfrutando por aquellos lares antes de tener que marcharnos, cuando con la mirada perdida me percaté de un peculiar pintor, en medio del parque, que con pincel en mano adulaba el cuadro que tenía entre manos, a la vez que el resultado de piropos anteriores yacían esparcidos alrededor de este. Contemplando esos marcos pude notar un dulzor cálido, meloso regusto hogareño, pues evocaban mi preciada y levantina ciudad.
No con poca sorpresa decidimos acercarnos al viejo artista, para poder percatarnos de que pintaba con los ojos cerrados, y no pudiendo nosotros disimular nuestra curiosidad comenzamos conversación con él. Resultó hablar bien el castellano, aunque con el peculiar acento germano, denominación de origen.
-Solo sé pintar el amor que llevo dentro. Solo sé pintar los recuerdos de mi juventud por aquella apasionada tierra.
-¿Pero como puede pintar siendo ciego?
-¿Ciego yo? Soy pintor. Los artistas simplemente vemos la realidad de otra forma.
Sin mucho más ya que decir, nos despedimos de aquel pintoresco personaje, y a los pocos días nos marchamos de la ciudad.
Muchos años han pasado ya, y ahora soy yo el anciano que cierra los ojos para pintar los recuerdos de aquel viaje en su juventud, cuando mi pincel al fin decide continuar, evocando aquel verano en Berlín como solo sabe ver un artista.


39-alberto vega:

Bestiario

Llegó de Danzing.

Un invierno helado congela los restos de ánimas que recorren las colinas de Ettersberg.
Él va recorriendo Alemania, como quien apalea el hambre.
Una pieza de granito se introduce por su boca y el sombrero ralo que cubre las heridas, vuela por los campos espinos.
Decide dormir.
No puede creer lo que ve entre sueños.
En la profundidad del mar donde no existe luz, un rodaballo azul devora incesante a otro pez plano, sin salir de su asombro, se acerca al pez para observar su proceder.
El rodaballo como queriendo engullirlo, le dice:

-Sólo cumplo mi trabajo.

Con la sal de mar en el cuerpo va rumbo a la academia de arte de Dusseldorf.
Al llegar descubre que el lugar vive en desamparo.
Los artistas han desaparecido por falta de carbón, la escuela tuvo que ser clausurada.
Sólo encuentra en los pasillos diversas esculturas en celo.
Descubre además, un ligero rastro que bifurca por sus pies.
Coge al caracol por los suaves blandos y lo hace descansar en la comisura de sus labios.
El molusco se contrae, luce con orgullo la concha espiral, la natural belleza de sus formas y le dice:

-El mal es un susurro.

Cae la tarde, decide recorrer los campos de Buchenwald, de Sachsenhausen y de Bergen-Belsen.
Descubre en el camino un siniestro tumulto de cuerpos que yacen despavoridos de muerte y de dolor.
Observa, a lo lejos, un cangrejo que camina de lado sin norte fijo.
El crustáceo se da cuenta de que es observado, mantiene una posición de alerta.
Intenta defender su territorio con sus patas-pinzas.
En un ataque, logra cortar la piel del errante, la sangre fluye sin piedad.
El cangrejo lo ve débil y le dice:

-Todo esfuerzo será inútil.

Después de la dura batalla y de dar muerte al agresor, cae la noche.
En los bosques grises de Hanz, ve un número aterrador de rollizas ratas, se extraña por su contextura, teme ser devorado.
Las ratas poco a poco y sin tregua lo van rodeando.
Sabe que si cierra los ojos, el final será inevitable.
Una ratesa, la jefa de toda la comarca se le acerca con cuidado, con sigilo.
Intenta espantarla pero no puede, está vencido.
La ratesa lo huele, entiende que sólo es cuestión de esperar, un nuevo día vendrá con abundancia y zozobra; sonríe, antes de marcharse, la ratesa le dice:

-Yo siempre seguiré aquí.


40-ramón:

Rivadeneira en Berlín

Hace algunos años ya, Ramón Rivadeneira consiguió una beca para obtener una maestría en la universidad de Freie en Berlín, pero a él poco le interesaba estudiar, si había huido de Lima era porque en su mente sólo tenia una idea fija, una obsesión inamovible, quería ser escritor; un autor que exprese en sus relatos la idiosincrasia y el devenir de su gente y, Alemania, la tierra Thomas Mann, era el lugar idóneo para vivir entre ficciones.
Al llegar a Berlín, lo primero que no soportó fue el crudo invierno, una sensación de inutilidad invadía su ser, la helada era devastadora, apenas si podía moverse para ir a clase, el único alivio que consiguió allí, fue la amistad de un par de latinos amantes de la literatura, que le ayudaron a tolerar la soledad germánica.
Empezó a escribir un relato de dos pequeños recolectores de desperdicio que vivían en la ribera de un Río, el texto detallaba con precisión y cuidado la travesía de los jóvenes indigentes, pero Ramón sospechaba que faltaba elementos claves que aún no podía descifrar, su juventud y la poca experiencia jugaban en contra suya, decidió recorrer las calles en busca de una señal, un libro, una imagen que le sirviera de ayuda para continuar el relato.
Si algo aprendió Ramón en Berlín, fue a sufrir apuros económicos, con el escaso dinero de la beca apenas si podía pagar una habitación decente y alimento, sin embargo su relato sobre la miseria, se nutría de todos aquellos detalles que hicieron de su vida un calvario, dejó la universidad y se enfrentó a colmar la hoja en blanco, lo único verdadero y vivo en él.
En Berlín obtuvo diversos empleos, eran trabajos poco exigentes y mecánicos que le permitieron tener el tiempo y la energía necesaria para escribir.
Una vez concluida su primera novela, pidió dinero prestado de un amigo para regresar a su patria; al llegar allí pudo por fin publicar lo que con tanto esfuerzo y sacrificio había escrito, las críticas le fueron favorables y Ramón quedó satisfecho.
Una tarde decidió recorrer las calles de su ciudad, pudo ver a lo lejos a un niño de la mano de un ciego pidiendo limosna en medio de la pista, el infante era flaco y ajado; un aura de desaliento asediaba su ser, Ramón lo vio y por un instante dejó de sentirse completamente sólo, tal vez…


41-fernando nieto:

La realidad del Señor Bierhoff

Mientras la nieve blanca cae alrededor de los edificios de los alcanfores, el señor bierhoff luce el rostro contrariado, violento, como ocultando una rabia en medio del silencio. Él siempre tuvo fama de ser un tipo solitario, llegó hace mucho años a la residencia, incluso antes de que yo existiera o tuviera alguna noción de lo que significó Alemania para Europa, el era un tipo lleno de misterios, sin duda alguna es la persona más enigmática que yo he conocido, de niño me producía pánico ver su enorme figura, la excesiva blancura de su tez o el estrépito tamaño de sus largos cabellos; ya mayor, al enterarme de los terribles sucesos en los que estuvo involucrado, le tuve un profundo recelo.
Por aquellos años mis estudios de literatura me llevaron a conocer a un autor que más adelante sería un gran aliciente para mí, los libros del escultor Gunter Grass, poseían una composición única, lejos de los cánones estériles de la narrativa contemporánea, el deseo de leerlo en su idioma original, de entender todas las vertientes del idioma alemán, me animaron a buscar la amistad del amargo señor bierhoff.
Aprendí su itinerario, donde y cuando comía; un día me anime a ir al restaurante donde el iba todas las tardes antes de que el sol huyera, me senté cerca y noto mi pálida presencia, apenas empecé a pronunciar algunas palabras en mi torpe alemán.
Lo primero que hizo fue observar el libro entre mis dedos El tambor de Hojalata, hizo una mueca, como una burla y me dijo:
-Los escritores saben mucho de teorías, pero casi nada de la vida.
Me quede en silencio, necesitaba escucharlo.
-Si el señor Grass hubiera escuchado todo lo que yo tengo que decir al respecto, tendría un libro más contundente.
Después de la charla llena de eventos y tragedias lo que más me sorprendió fue el carácter hostil y parco del señor Bierhoff, era un hombre que había vívido en el reino del espanto y a pesar de todo, para bien o mal, había sobrevivido.
Dos días después fui a verlo, toque el timbre con temor y por más que insiste no contestó, sospeche que al verme, era inevitablemente recordar todos los hechos que amargaron su existencia, no insistí y respete su decisión; a veces los hombres necesitan la soledad para examinar sus culpas, aunque las culpas puedan terminar acabando con el hombre.


42-Antonio Giménez:

El saber de los tiempos

La abadía Cisterciense de Maulbronn es una de las cunas del saber Alemán, allí habían vivido personas como el escritor Hermann Hesse o el poeta Friedrich Hölderlin. Su arquitectura monástica medieval, cabalgando entre el románico y el gótico, y su cercanía a los Alpes, hacían que aquella mañana se respirara algo más que aire… éter hermano del que colmaba la Catedral de Santiago de Compostela cuando recibí el mensaje. Miré en silencio a mi acompañante, ella asintió con la cabeza. –Vengo a buscarte en 3 horas.- Ya sabía de mi petición y se retiró en su bicicleta a Kraichgau, el pueblo más cercano.

Me colé en uno de los solitarios jardines interiores, entre el claustro y una de las diáfanas galerías. Al cobijo de un árbol frutal hallé el lugar indicado, extraje de mi alforja el cuaderno de notas y la pluma y esperé recostado en el leñoso tronco. Mientras, los rayos del sol tostaban mi rostro desollando la piel… la atravesaban hasta llegar al alma. El sopor empezó a hacer acto de presencia, intenté relajarme profundamente y dejarme llevar por el rítmico estridular de un grillo oculto en el césped donde me encontraba tumbado.

En ese momento apareció por la portezuela oxidada que daba acceso al parterre donde yo estaba. Era exactamente como se me había descrito, me levanté mientras él caminaba por un disimulado camino de baldosas que cruzaba aquel pequeño oasis. Cuando llegó a mi vera, y después de unos instantes observándonos, extendió sus brazos; los ojos que hallé detrás de aquellas gafas esféricas sabían lo que había ido a buscar y en ese momento nos fundimos en un profundo abrazo. No recuerdo la duración, pero llegó el instante en el que me vi de nuevo recostado en aquel patio. Aún soñoliento anote aquella experiencia: “Ha sido realmente bello”.

Era la hora, guardé las cosas y me dirigí a la salida, en ella esperaba mi amiga; la sonrisa que reflejaba mi rostro le indicaba que había encontrado lo que andaba buscando. En el silencio que permitía el repicar de las campanas del mediodía, nos subimos cada uno a su bicicleta alejándonos al unísono por el mismo camino de tierra por el que habíamos llegado; los viñedos que lo rodeaban desprendían un intenso aroma a vino, seguramente el mismo que años atrás él bebió. Ahora ya podía irme en paz.


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