V Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

15 abril - 2008

190- Eclipse. Por Jomolka

La mujer que tengo frente a mí subió al tren un minuto antes de la partida. A paso inseguro le vi avanzar por el estrecho pasillo en busca del sitio que indicaba el pasaje que en una de sus manos estrujaba. Al hallarlo no pudo contener un suspiro reconfortante y, reconociéndome como su más cercano compañero de viaje, me sonrió con infantil disimulo como si temiera que pudiera reprenderla por su alarmante tardanza. Sin darme tiempo para ayudarle, se las arregló para acomodar sus maletas en el portaequipajes encima de nuestras cabezas. Luego, se dejó caer en el mullido asiento de cuero rojo y quedó dormida no más ponernos en marcha.

Dos horas después de iniciado el viaje despertó. — ¿Dónde estamos? – preguntó preocupada.

— No muy lejos de la estación de Matanzas.

— ¿Está seguro?

— Sin duda alguna –afirmo, pero mis palabras no le resultan fiables. Una sombra de duda nubla su frente.  Y acercando el rostro a la ventanilla, hasta casi rozar con la punta de la nariz el cristal polvoriento, husmea en la oscuridad.

— Pero, ¿por qué nos detuvimos en este lugar?

— No lo sé – repuse encogiéndome de hombros.

— Bueno, ahí se acerca un empleado –advierte en tono esperanzador.

El hombre, nos dice lacónico: «Una rotura en la máquina» «¿Algo serio?», indaga ella preocupada. «Bueno, si lo es o no nada puedo asegurarle. Por lo pronto ya trabajan en la avería, tal vez no demore más de diez o quince minutos, ¡vaya usted a saber!» Y a toda prisa se aleja dejando a sus espaldas una estela de comentarios alarmantes a lo largo del coche.

— Puede que no sea nada grave.

— Ojalá …

Es una mujer de cuarenta años, pero aún de apariencia suculenta como un manjar vistoso que no rechazaría la boca más exigente. Impregnados al rostro como dos botones negrísimos refulgen sus ojos bajo la sombra espesa de largas pestañas. Su cuerpo evoca esas raras estatuillas de dureza primitiva expuestas en museos, ante las cuales, a duras penas, se puede evitar la tentación de tomarlas para venturosas correr a casa, y en la intimidad de nuestra habitación entregarnos a ella en desenfrenada oleada de ternura, sólo posible en el éxtasis supremo del deseo.

— ¿Va usted lejos? –pregunta de repente cuando me atrevía  a curiosear entre sus muslos.

— ¿Yo…? Bueno, hasta la última estación.

— ¡Uuuuh! Todavía queda lejos. Yo bajo en la próxima parada.

—  Entonces, pronto estará en casa.

— Quisiera creerle –asiente y mira su reloj-. Llevamos cerca de veinte minutos en este desolado rincón y… nada de ponernos en marcha nuevamente.

— Bueno…, ¡con estos trenes nunca se sabe!

— Si, nunca se sabe –repite dubitativa al tiempo que se pone de pie, mira entorno nuestro y comenta-: Nos dejaron solos en el coche.

— Allí los tiene – digo, dando unos golpecitos en el cristal.

— Ah, sí… Pero, ¿qué hacen fuera?

— ¡Caramba! –exclamo y tomándole del brazo la llevo tras de mí por la estreches del pasillo que apenas una bombilla ilumina. A mis espaldas protesta. «Pero… ¿qué hace? ¡Se ha vuelto usted loco!…»

Al llegar al fondo del coche asomo la cabeza por una de las puertas abiertas. Afanoso deslizo los ojos por el cielo. «Por aquí no, ¡aquí no!», y voy al otro extremo.

Al cabo de unos minutos murmuro desalentado.

— ¡Qué lástima! Hay muchas nubes…

En su rostro se dibuja un gesto insípido, mezcla de falsa desilusión y ridícula complacencia.  

— Entonces, todo este correteo para nada, ¿eh? –dice irónica y agrega-: Ahora, por favor, suélteme el brazo y regreso a mi asiento.

Obedezco sin apartar mis ojos de los suyos, entre tanto mi mano deslizo lentamente por su antebrazo hasta la muñeca delicada. Acaricio con la llema de mis dedos temblorosos la suave piel de la palma de su mano en un intento fugaz para descifrar los misterios de las líneas que zanjan su piel, hasta dejar escapar, finalmente, su delgado meñique de entre mis dedos.

Por un tiempo impreciso, suspensos en una extraña sensación, quedamos silenciosos al borde de la escalerilla.

De pronto un fuerte silbido rompe este sublime instante y de entre las sombras comienzan a surgir figuras humanas que se apresuran en subir al tren. Diligente tendí la mano a una señora gorda y torpe que a duras penas conseguí trepar, a una anciana y a un chiquillo fastidioso que de un tirón subí al coche.

— Pero, ¿dónde va? –digo al verle dar unos pasos rumbo al pasillo-. Mire, ya la luna resplandece en lo alto del cielo.

Desconfiada se acerca al borde de la puerta.

— ¡Qué suerte la nuestra! –prosigo entusiasta-. Aún queda una franjita oscura. Sí, claro, poca cosa, pero no deja de ser una contemplación hermosa, ¿verdad?

Ella sonríe, va a decir algo, pero al instante la maquinaria del tren despierta de su letargo rugiendo con fuerte potencia. Un temblor sacude el vagón y, sin saber cómo, quedamos abrazados en un inverosímil equilibrio.

Reanudamos la marcha.

Al fondo del coche, sin respirar apenas, mirándonos fijamente a los ojos, presas del ambiguo temor que provoca la sorpresa, permanecemos ajenos al traqueteo infernal que estremece al tren.

Entre sus brazos siento los temblores que sacuden su cuerpo. Todo en ella irradia un calor dulzón, contagioso, expande un olor a sudor, a tierra húmeda, a perfume barato, mezclándose en un torbellino afrodisíaco que trastorna mis sentidos. Sin saber cómo, al fin, lejos de poder evitarlo, me pierdo en su boca en busca de la tibieza de sus labios. Pero este fue un beso torpe, tal vez tímido, un primer beso por el que no se espera nada a cambio; acaso una bofetada inolvidable. Sin embargo, basta para desatar en ella una violencia apasionada. Presas de un arrebato impredecible nos entregamos sedientos de gozo a la lujuria que consume el deseo abrasador de la carne.

A nuestras espaldas, los rieles chirriantes  se pierden en la distancia, reluciendo débilmente como delgados lingotes de un azul infinito.

Poco después, cuando la demencia de nuestros cuerpos satisfizo su voraz apetito, apartándose de mi pecho se fue al otro extremo de la plataforma.

— ¿Qué ocurre?

Retraída en la intimidad de sus pensamientos deja que el aire bata sobre su rostro y alborote sus cabellos en un retozar mortificante.

— El eclipse terminó, ¡mire que bella esta la luna!

Acercándose al borde dirige su mirada al cielo.

— Sí, es cierto.

El tren silba ensordecedoramente una y otra vez.

    Ya casi llegamos  -advierte-. Mejor voy por mis maletas.

    No, no… iré por ellas.

Deprisa desaparezco por el pasillo. Tomo su equipaje y regreso de inmediato.

— Siga conmigo –le pido-. Vamos, deje pasar de largo la estación y…

— No.

— Pero, entonces lo sucedido…

   — Por favor, no…, no continúe usted –su dedo índice roza mis labios-. Todo sobrevino de repente como una ráfaga de viento inesperado. Fue sublime…, mágico como el eclipse de luna, pero… ya pasó.

El tren aminora la marcha.

— Bueno…, al menos, dígame cuándo le volveré a ver.

— No lo sé…, tal vez dentro de cinco, diez o veinte años al interponerse nuevamente la tierra entre el sol y la luna, o es que acaso ¿sabe usted cuándo exactamente?

— Si ni siquiera sé su nombre.

— No importa, la próxima vez será.

El tren se detiene en la estación.

Desde el borde de la escalerilla la veo caminar despacio por el anden entre gente que se besa, abrazaba, o da prisa en abordar; y, en último momento, se detiene, vuelve el rostro; pero ya es tarde. Lentamente el tren inicia la marcha y la estación se esfuma en la oscuridad de la noche.

189- El anciano andrajoso y el todopoderoso Guluphatep se enredan en combate mortal. Por Dersu
191-La Llamada. Por Icaro


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Participantes

Norma Jean:

En algún otro relato comenté que un encuentro casual puede llegar a justificar toda una vida. Si además es en un tren con una eclipe ¿qué más se puede pedir? Gracias por compartir este relato con el resto de participantes. Mi enhorabuena y mi voto.


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