V Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

12 abril - 2008

153-Cuando un cactus se hace flor.Por Abraima Leal

Fue en Las Querencias donde me reencontré con  Felipe.  En ese pueblo el sol abraza estrechamente la piel de los habitantes, el sudor se desliza impúdicamente por sus cuerpos. La brisa se ha ido de viaje y la lluvia duerme  una siesta interminable. Los gritos del silencio sólo son interrumpidos por las voces de los animales: el canto de los gallos, el bramar de las vacas, el ladrido de los perros. Fue en ese pueblo,  donde anochece muy  temprano y  la luna  pasea  su luz  tímidamente porque  teme  a la oscuridad.
Felipe Brito era un hombre  de agradable presencia, alto, moreno, de labios delgados  y nariz aguileña. Tiene las manos grandes, aptas para el cultivo de la tierra, pero a él  lo que siempre le gustó fue la política.  Simpático y conversador,  había  logrado convertirse en el  alcalde del municipio.  Cuando lo volví a ver, a sus 60 cumpleaños, estaba divorciado de su esposa.
No era el mismo de antes. El cansancio moldeó su cuerpo, el calendario pisoteó su piel, su andar ya no tenía la agilidad de otros tiempos.  Se había hecho  tan parecido al paisaje que no se podía distinguir  dónde empezaba y  dónde terminaba  cada uno, cuál era la figura y cuál el fondo.
A mis 45 años, yo seguía siendo un buen partido, como afirmaba  mi madre.  Mi nombre, Dulce María Bravo, decía mucho de mi carácter: apacible e impetuoso, sereno y vehemente a la vez. De mediana estatura y entrada en carnes, mi rostro no era muy hermoso pero tenía una boca  sensual  y una mirada profunda. Daba clases de  biología en un liceo de la capital y estaba en el pueblo  de vacaciones, arrastrando los coletazos de un desengaño amoroso. Mi corazón tampoco  era el mismo de antes: el amor estaba de  permiso… Más bien  se había jubilado.
Mi tristeza, la de Felipe  y la de Las Querencias se habían hecho una sola, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.  Por esa necesidad tan humana que nos impele a juntar afinidades, aunque sea para solazarnos en las desgracias, Felipe y  yo  comenzamos a  encontrar  placer en reunirnos.    Nuestras conversaciones  eran lacónicas porque  las palabras habían  huido despavoridas de la fuente agotable   en que nos habíamos convertido.  Éramos dos personas devenidas en cactus, por obra y gracia de la vida.
Una tarde la  brisa  regresó  de su largo viaje, despeinándonos, hiriendo nuestros ojos.  Como si hubiera estado esperando una señal del cielo, Felipe aprovechó para decirme, de buenas a primeras, con la frase más larga que había   pronunciado en  mucho rato:
-Tú no podías serle indiferente  a este pueblo…  y mucho menos serme indiferente a mí. 
Diciendo esto se ruborizó. Sí, a su edad  Felipe se ruborizó, dando  una prueba palpable de que la sangre aún  circulaba por sus venas. Mi corazón dio un golpe. Esa parte de mí  que  ya no se conmovía  por nada, que parecía un mar sin olas, un reloj sin tic-tac, se convirtió de pronto en un loco redoblar de tambores. Yo  había oído claramente lo que  había dicho Felipe pero me hice la tonta, por  miedo a volver a equivocarme, con el íntimo  anhelo de encontrar certidumbres. Entonces, como hacemos algunas mujeres cuando necesitamos  oír  que somos amadas le pregunté, con voz vacilante:
-¿Qué quieres decir?…  No te oí bien.
-Tú lo sabes  -contestó, elusivo, con voz apenas audible, tal cual hacen algunos hombres cuando requieren urgentemente  rehuir los compromisos.
-No, no lo sé. ¿Me lo quieres explicar?
Por toda respuesta Felipe y yo nos miramos. De esa particular manera en que parecen tejerse redes, construirse puentes, entre  dos personas que se quieren.  Nos miramos a los ojos, esos dos trocitos  de vida  que suelen llamar “espejos del alma”,  prestos  para  la   sinceridad,   ineptos  para el engaño.  Comprendí que nos   habíamos enamorado, sin darnos cuenta, sin pretenderlo, sin saber por qué. Como un dique largamente contenido, las palabras pugnaron por salir, pero esta vez no las queríamos, esta vez no hacían falta. Nos abrazamos por primera vez, danzando suavemente al compás de nuestra música interior. Nos besamos por  primera vez, disfrutando cálidamente de la dulce humedad de nuestros labios.
Fue en Las Querencias donde me reencontré con el amor.  En ese pueblo,  el sol abraza suavemente la piel de los habitantes y el sudor se desliza delicadamente por sus cuerpos. La brisa se prodiga, generosa,  y la lluvia bendice campos y ríos. Las voces de los humanos se unen en maravilloso concierto con los sonidos de la vegetación y con las voces de los animales. Fue en ese pueblo,  donde todo es luz… Nosotros florecimos.

152-Los cangrejos. Por Theodoro
154- Primer Beso. Por Literauta


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Participantes

Magaly Irady:

Maravilloso relato: sutil y profundo a la vez; capaz de conmover y emocionar la sensibilidad. Felicito a la autora.


Denis Rodríguez:

Este relato está muy bien escrito.

En esta prosa hay mucha poesía.


Irene de Colmenares:

Hermosa narrativa, llena de realismo y poesia.


Norma jean:

Coincido con los anteriores comentarios. Sólo el título es toda una declaración de intenciones. Mucha suerte en el Certamen.


Gabriel:

Confieso que el primer anzuelo que tiene un relato para mí es el título; como queda claro, «pique» en éste por dicha razón. Y debo decir que esperaba un poquito más. Si bien como dicen los comentarios hay una atmósfera poética bien lograda, se me hace que la historia es muy lineal, previsible… me deja el sabor que le falta algo.
Suerte.


bobdylan:

Me gusta el relato, aun cuando la historia en sí no tenga demasiados ingredientes, pero creo que no le sobra ni le falta nada.

Es una prosa llena de belleza y poesía, con unas imágenes ciertamente sugerentes.

Te deseo suerte en el certamen.


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