V Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

8 dUTC abril dUTC 2008

122- Mi grito. Por Juan Sincuna

Son las diez y algo. La ginebra se deshace lentamente en mi boca. La saboreo, saboreo el veneno y la verdad. Enciendo otro cigarrillo y  pienso en ti sin poder dejar de mirarle el culito a la camarera. La pobre. Me sonríe. La sonrío, creo. Desde que te fuiste casi todas las noches vengo a este garito junto al mar entre la lluvia, el humo y el jazz. A veces leo y releo Rayuela en voz alta, cuando no hay demasiada gente. Pero la mayor parte del tiempo solo puedo leer “ojos de perro azul, ojos de perro azul, ojos de perro azul”, escrito y garabateado por las paredes, encima de las mesas, de las sillas, del suelo, de la gente; mire donde mire la jota y la erre azul me hacen temblar, me ponen los pelos de punta. Con tres palabras García Márquez me ha escrito y me ha comprendido mejor de lo que yo me comprendo y me escribo. Porque escribo a veces, cuando estoy demasiado borracho para hablar, cuando me doy tanto asco y vergüenza que profanar el silencio con mis palabras sucias ya no tiene ningún valor. Entonces escribo, sobre todo me escribo, pero eso tú ya lo sabes. Nada tiene que ver la inmensa borrachera que llevo con el hecho de que la unión de tres palabras en un determinado contexto pueda definir con tanta exactitud mis sentimientos. “Ojos de perro azul”. Este enunciado me da más miedo que un satélite que se encuentra a sabe dios cuántos kilómetros de la tierra y que a través del sistema GPS me sitúa con un margen de error de algunos metros. Algo que también da bastante miedo. Al fin y al cabo todo se define en relación a ejes cartesianos. También los sentimientos y la vida, te dije un día en que te acurrucabas en mi pecho en un hotel inmundo de Ginebra mientras oíamos caer la lluvia sin decir nada. Sin decir nada pasé las mejores siete horas de mi vida. Junto a ti, en ti, en los dos. Tú ya sabes que cuando estoy borracho tiendo a desvariar lógicamente. ¿Recuerdas? A los diecisiete años me desnudé frente a un espejo con los ojos llenos de lágrimas. Fuera soplaba el viento. Llovía, como siempre en estos lugares. Plano del edificio entre la lluvia, desde las alturas, tejado negro, húmedo. El viento arrastrando las hojas caídas… Zoom dentro de la casa, la cámara se arrastra sobre el parquet del pasillo en penumbra. Se graba el sonido del reloj de pared que rompe el silencio dando las nueve (la cámara no puede grabar un olor azul y amarillo que se extiende por todo el corredor). Desde la butaca los espectadores ven como se abre la puerta, siempre con la cámara a ras de suelo, las patas de una mesa de roble arañadas aquí y allá por un gato, las patas de cuatro sillas, una alfombra persa y una puerta blanca que cede y descubre un adolescente desnudo frente a un espejo. Con ojos llenos de lágrimas jura haber descubierto el arcano de las mariposas blancas. En ese momento las lágrimas caían sobre mi pecho y mi sexo. Abrí los ojos. Me acepté. Con la ingenuidad de la adolescencia acepté mi nombre y mi cuerpo. Acepté el lugar donde había nacido, acepté a mi familia; con la misma sencillez que acepto que dos más dos son cuatro. Ni me avergüenza ni me enorgullece, lo acepto porque es así, porque no lo he elegido y porque no puedo cambiarlo. Sigo pensando en ti, amor, los espectadores captan el murmullo de mis palabras: dame un país sin bandera, una buena causa y un fusil y te conquistaré el mundo, este mundo feo que se esconde en las risas que dan miedo, en los espejos de Drácula. En la primera fila una chica no para de reír. En la última Clara y Luis se soban sin pudor y en la tercera fila un señor gordo no para de engullir palomitas de maíz como un puerco. Está en su derecho. La luz del baño se apaga, y en la retina de todos queda un destello, reflejo de nuestro reflejo. Aunque ninguno de los dos lo sabía, tú ya estabas ahí. Aceptar es una palabra hermosa, en eso coincidíamos. Aceptar, en un cierto sentido, revelando el arcano de las mariposas blancas, es comprender… Pero no forzosamente estar de acuerdo, matizaste tú una tarde de principios de abril, a la salida de un cine de Ginebra. Me miraste a los ojos y me hablaste de todos los errores que había cometido a lo largo de mi vida, me mostraste los senderos ocultos y malsanos de mi espíritu, me arañaste la carne con mi esqueleto, me hiciste beber sediento la arena del desierto y probar el limón agrio de mis venas… me besaste. Luego te fuiste sin decir nada. Te deje partir entre las hojas que caían de los árboles. No querías que fuera contigo. Aunque acabábamos de conocernos nunca nos volveríamos a ver, eso pensamos. Todavía seguía aturdido. Mis ojos venían del más allá. Venían de ese sitio que me mostrabas… (Regreso un momento a la realidad para aguzar el lápiz y apurar la ginebra). Te acuerdas, yo estaba sentado en un banco del parque y tú te sentaste a mi lado. Nos palpamos a tientas, sin decir nada, largo rato, luego sacaste un libro de García Márquez y empezaste a leer aquel relato. Pero sin leer. Te escuchaba, sin escuchar. Entendía; es todo lo que sé… Quién no entiende a Gabo cuando habla de los ojos de perro azul. Sin embargo era tu voz la que desgajaba el significado del significante, la que me alejaba de las palabras. Tu voz que al pasar sobre ellas las hacía invisibles. El buen Márquez qué lejos quedaba, qué insignificante. Qué nada. Su relato tan lleno de mí casi no existía. No puedo evitar volver a rebatir el vuelo lento de lo que ya te he dicho: todo significado, todo intento de comunicación, desaparecía exactamente en el momento en que tus labios, laboriosamente sensuales y dulces, pronunciaban con todo su significado cada una de las palabras y pausas que un día nacieron de su pluma. Leías para mí… Pero ahora sé que tú tampoco entendías nada; sé que entendías conmigo y como yo. Lo entendíamos en otro sitio. Imposible de saber dónde. Lo único que puedo decirte es que jamás he sido tan claramente espíritu, un fantasma tuberculoso y negro. Nunca el amor platónico y esquelético que otras veces me obligaba a vomitar ante las caricias, demasiado reales; que me aturdía en la carne femenina, que me asqueaba y dolía. Jamás siendo tan espíritu he sentido tan físicamente la necesidad de unos labios, el contorno de tus senos redondos y hermosos, desnudos, de tus ojos marrones; abrazarte sin descanso por los siglos de los siglos, como un guardián siniestro, como un encubridor mezquino y avaro de su secreto. Tú seguías leyendo en medio del parque, con el lago Leman a lo lejos. Cuando terminaste dejé de verte y comprendí que es que regresábamos de ese sitio. Que de nuevo entendía la lengua de Cervantes y que jamás el significado de las palabras había estado tan vacío. Sigo sentado en mi butaca. Tú callas, ajena a lo que nos ha pasado. Ni en la realidad ni en los sueños encuentro nada que pueda satisfacer la sed que has dejado en mí… pues no hay nada que pueda hacerme volver de ese sitio ni a ese sitio. Recuerda, sobre mi tumba quiero que escriban: “Ojos de perro azul”. Te levantaste, primer plano de tu espalda, la cámara te sigue, tambaleándose, saltando arriba y abajo mientras tú te despides sin decir adiós. Los espectadores no han comprendido nada de lo que ha sucedido, para ellos la escena no transciende más allá de la horizontalidad de la pantalla, ellos comprenden solo en relación al plano formado por el punto A (tú) y el punto B (yo) pero ni remotamente pueden imaginar las infinitas tangencias que lo atraviesan y nos hieren como las flechas que atravesaron al pobre San Sebastián. No tiene demasiada importancia. Plano de una muchacha que se aleja lentamente. Plano de unas nubes negras que se concentran y del viento que sopla. La tormenta que se avecina, eje asimétrico de lo que sentimos tú y yo, no impide que Pedro reciba un mensaje en la sala y suene la melodía de la cucaracha mientras algunos espectadores ríen y otros se tornan para chistar. La escena, sin embargo, se desarrolla y desenrolla sin más dramatismos, sin más verdades, la comedia de la cotidianeidad nos da otra patada en el estómago y la rana en la calavera. Tú eras ya solo un punto en el horizonte. La tormenta se desata. Llueve y llueve. Comprendo que ya no estás a mi lado. Intento erguirme pero el peso del vacío que has dejado me pega al banco. Aturdido, salgo corriendo en tu busca. Mi alma vaga por un bosque infinito. Niebla, profundos, profundos océanos de niebla. Árboles que no dejan ver el sol, musgo verde, barro, cieno y agua. Mi espíritu corre veloz, vuela raudo, sorteando los troncos milenarios. Se quiebra. Se rompe. Se desmenuza en este bosque de lluvia. Husmea, tiembla, tirita, tirita, pero sigue su desbocada búsqueda. Ha jurado no mirar las huellas que deja atrás, jamás volver a andar el mismo camino. Continuar hasta la asfixia, desasirse de las lianas que le atan, salir del barro que le cubre hasta las rodillas, con sus pasos torpes, en su búsqueda sin descanso. Mi alma te busca, te llama, te persigue. Lleno de temor y lágrimas, no muy lejos, voy yo, perdido en este parque de Ginebra e irrealidad. Ando sin descanso. Hace tiempo que las piernas me fallan, mi corazón cabalga desbocado, mis cabellos mojados esconden los dos pozos oscuros de mis ojos. De mi boca sale un grito, la cara contra el viento, el grito se come la lluvia, se come las copas de los árboles, las nubes grises, más allá sigue, más en lo profundo y lo negro, sigue, sin palabras, solo furia y odio, solo amor, sigue, hasta el infinito, mi grito: ¡¡¡Ojos de perro azuuuuul!!!



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Participantes

bobdylan:

Está bien escrito y es interesante, aunque en algunos momentos las divagaciones impiden concentrarse en el propio relato.

Por cierto, me gusta cómo describes el ambiente del cine; hasta se huelen las palomitas.

Te deseo suerte en el certamen.


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