V Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

4 abril - 2008

102- Un día de perros. Por Barnadí

Apartó, impaciente, el visillo de la ventana. La lluvia no cesaba. Por la mañana, negros nubarrones predijeron la tormenta que, rápidamente, avanzó de sur a norte cruzando el territorio con inusitada violencia. En solo media hora, anegó los pastos vecinos e inundo parcialmente el patio de la casa. Desde entonces, una cortina de agua, fina y constante, seguía cayendo. Descartó definitivamente el viaje a la ciudad. En el estado actual del césped, sacar el coche del cobertizo y hacerlo rodar hasta la carretera era una quimera. Pensó en la cantidad ingente de baches del camino y los supuso llenos agua, cual trampas emboscadas en cada charco. Adiós a su reunión del viernes. Sacó una cerveza del frigorífico y vió el desastre. Uno de los desagües cercanos a la puerta trasera se había obturado. El agua se acumulaba en un recodo de la casa hasta penetrar por el alfeizar. Maldiciendo, situó la chaqueta encima de su cabeza, sin sacársela, y corrió por el jardín hasta el extremo opuesto. Hurgó en el supuesto agujero con un palo hasta que noto que algo cedía en la claraboya. Al momento, el nivel empezó a bajar. Regreso a grandes zancadas tratando de evitar mojarse los zapatos, sin demasiado éxito. De nuevo en la cocina, las huellas de las pisadas, mezcla de barro y hierba, habían dejado el suelo perdido. Se descalzó, tocaba fregar. Cuidadosamente, creó un reguero de hojas de periódico para llegar al comedor. Encendió el hogar, acercó una silla, desplegó la pieza de ropa húmeda y la puso a secar. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Hacía tiempo que reinaba la primavera pero la temperatura se mantenía aún baja y la tormenta había enfriado especialmente el ambiente. Volvió a la cocina pensando en obviar la bebida fría y pasar sin demora a un café bien cargado. Vaya, la puerta había quedado abierta y la brisa que se colaba al interior le pareció helada. Cerró cuidadosamente el pestillo metálico y, al girarse, noto la presencia del animal. Sin duda, en el trámite de la inundación, se había colado. El perro estaba sentado sobre sus patas traseras sobre una de las hojas de periódico alineado al camino que estas formaban hacia el comedor.

         No puedo descuidarme ¿eh, Chico? Te salva la lluvia, ¿entiendes?

La posición era de lo más cómica. Chico, tenía la cabeza sumida entre los hombros como husmeando el papel. De pronto, empezó a escarbar.

         Como te pongas tonto, te vas a la calle otra vez –bromeó el joven–.

Se inclinó y lo acarició con cariño. Era un pastor belga de pelo negro brillante. Un certero guardián si dispone de un buen rebaño. Un amigo entrañable y un compañero leal. Seguía con la mirada fija en la punta de su pata.

         ¿Qué tienes ahí? “Información meteorológica…previstas nevadas para este fin semana”. – Llegas tarde, el tiempo está hecho un desastre, ya lo sé.

El can gruñó lastimosamente avanzando hasta encontrar la siguiente hoja. Apoyó el hocico en una imagen y refunfuñó de nuevo.

         Te interesan los deportes, sin duda. Veamos…”un alpinista pierde la vida sepultado por un alud”. – No seas macabro, Chico. No comentan que lo acompañara un san Bernardo; o sea que, tranquilo, no has perdido a ningún familiar – rió.

El hombre se mostraba divertido con la actitud del animal. Era una manera diferente de pasar el tiempo.

         Veamos…”futbol, baloncesto, ahí están los más importantes”. “Primera división, partidos de la próxima jornada…Valencia – Sevilla…”

El perro se deshizo de su abrazo y siguió avanzando hacia el comedor por el camino señalado por los periódicos. Como en un juego, se paró a un metro de distancia y apuntó sus azulados iris hacia él. De nuevo se enzarzó con el papel hasta rasgarlo.

         ¡Eh amigo! Hasta aquí hemos llegado. Cuando aprendas a barrer podrás romper lo que quieras. Ponte al lado de la chimenea, sobre tu alfombra.

El perro obedeció, no sin antes mostrar su enfado mediante unos sonoros ladridos dirigidos a su amo. Este, recogió los pedazos de papel resultantes de la pequeña trifulca. De pasada, doblo la hoja para introducirla en la bolsa de basura: “teléfonos de interés”, rezaba a pie de página. Conectó el televisor y se acomodó en el sofá. Al poco tiempo, los dos dormían plácidamente.

Despertó a oscuras y en silencio. No recordaba haber cerrado las persianas de los ventanales, ni haber apagado el fuego del hogar, ni la luz, ni el televisor. No estaba sentado, sino en posición yacente; no en el sofá, sino en la cama. Recordó el último episodio –supuso que de ayer noche– y se preguntó: como había llegado hasta allí. Tampoco recordaba haber tomado nada que pudiera producirle el malestar que sentía en ese momento. Sin duda, era su mal estado el que le había devuelto a la conciencia. Se sentía abatido, con dolores musculares en piernas y brazos y, sobre todo, una migraña impresionante que no le dejaba pensar. Se dispuso a incorporarse pero un dolor agudo, en el dorso de la mano, le retuvo. Palpó discretamente y notó el esparadrapo pegado a la piel. De él, sobresalía una cánula. El corazón le dio un vuelco. No entendía nada y esa jaqueca mayúscula le impedía razonar. Balbuceó algo sin sentido antes de organizarse mentalmente y probar de gritar pidiendo auxilio. Nada. Recobró el aliento y se esforzó en aumentar el volumen de su voz. Le pareció oír pasos apresurados y la luz le cegó por unos instantes al abrirse una puerta no muy lejana. Cuando sus pupilas se adaptaron, percibió una figura blanca, dominante y efectiva. Rápida, activaba diversos mecanismos, para él, desconocidos.

         Tranquilícese, está en buenas manos. No tiene usted nada grave. Ha permanecido mucho tiempo inconsciente y es normal que se encuentre desorientado – mientras, colocaba en su brazo un medidor de tensión arterial.

         ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? – musitó.

         Soy la enfermera que le atiende en el hospital comarcal.

Observó detenidamente la habitación y, en efecto, esta disponía de todo un arsenal médico.

         ¿Qué me ha pasado? – preguntó en un tono tan curioso como inquisidor.

         Ya se le informará mas detenidamente –continuaba la mujer. Parece ser que su casa quedo sepultada por la nieve. La policía recibió una llamada desde su móvil y gracias a ello localizaron su ubicación. Por sistema “GPS” o algo así, le llaman.

No recordaba haber efectuado ninguna llamada. Creía haber dejado el teléfono en el dormitorio del piso superior cuando llegó a la casa, pero en ningún caso haber subido las escaleras posteriormente.

         Cuando llegó el equipo de salvamento encontraron a un perro que había hurgado un agujero por el que escapó. Fue de gran ayuda para llegar hasta usted.

La enfermera se había sentado sobre la cama y hablaba pausadamente para tranquilizar al enfermo.

         Tiene que ser mi pastor belga, negro brillante – recitó nervioso. ¿Cómo está?

         Si, comentaron que era un gran animal. No se preocupe, está a salvo en la perrera municipal. Tenía el chip correspondiente y estaba correctamente registrado. Gracias al perro hemos podido identificarle a usted – la mujer le obsequió con una amplia sonrisa.

         ¿Cuándo podré marcharme? – le espetó ya más tranquilo.

         El médico pasará a visitarle en breve. Quizás mañana. De momento y hasta nueva orden, lo mejor es que duerma y descanse – cerró la luz y salió de la habitación.

Según lo previsto, a la mañana siguiente el joven salía del hospital. Llevaba la misma ropa con la que le encontraron. Él, se había duchado pero la camisa pedía a gritos una substitución. Pese a ello, cogió un taxi, obvió la mirada de soslayo del taxista y recitó la dirección de la perrera municipal. Un par de firmas y pasó a una hilera de jaulas. De entre la jauría, le pareció distinguir a Chico. Al llegar frente a su celda, el perro se mantenía sentado sobre sus patas traseras pero, eso sí, basculando la cola nerviosamente por reencontrarse con su amo. Aprisionado en su boca, un periódico atrasado. Recordó que, cada domingo, le paseaba obedientemente desde el quiosco a su casa con la colaboración del animal en el transporte del diario. El hombre se sintió orgulloso de haberle enseñado y correspondido por su lealtad. Abrieron la cancela y se saludaron efusivamente. El perro gimoteaba girando alrededor de su amo. Éste, agachándose, cogió las humedecidas hojas de entre los dientes, le ató la correa y se apresuraron a salir del recinto.

Observó el pliegue donde aún se notaban las marcas de los caninos del perro:

         ¡Caramba Chico! Esto sí que es aprovechar el tiempo: “Ofertas de trabajo” – Ya me contarás que estas buscando –  reía mientras depositaba las páginas en la papelera.

Las dos figuras corrían ya por la calle cuando, al caer, el periódico se desplego recuperando la posición original. En la primera página, se anunciaba que la empresa donde el hombre trabajaba había solicitado la suspensión de pagos.

101- Bajo Tierra. Por Juan Santos
103-Alvia y Flores. Por Casandra


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Participantes

libélula:

Muy buen relato, ya se sabe, el mejor amigo del hombre. Suerte en el concurso.


carolagato:

Me encanta, sin palabras ya no hay nada mas que decir. felicitaciones


bobdylan:

Relato entretenido y ameno. Todos los que tenemos perro sabemos que su lealtad y capacidad de sufrimiento no tiene comparación con la de los humanos.

Te deseo suerte en el concurso.


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