V Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

4 abril - 2008

95-La Telaraña de las flores. Por Cortázar

No imaginas cuán incomodo podría ser subir los cerros de La Molina con éste cuerpo; ¿sabes cómo soy?, pues no. Me describiré entonces. Hoy muy temprano, sopló el viento desde San Isidro, trayendo todas las flores y hojas que se desprenden en la madrugada de El Olivar y los parques de ésta cuidad, viajando por el cielo gris, para unirse a mi invisible esqueleto, formando así mi cuerpo pleno hecho de flora. Recuerdo aún la primera vez, cuando me erguí lentamente, abrí las palmas de mis manos dándome cuenta de la forma que tenía. Me llamo: Telaraña, y escogí hace una semana vivir aquí.

Estaba caminado por el techo de la casa, color verde, de la familia Pinto. Vi a Rojana, una niña de seis años que se divertía con sus muñecas y revistas de actrices; luego a Raydo, de trece años que jugaba con algún cubo de colores para intentar armarlo. Sus padres, Diana y Luis, preparan los alimentos en el zaguán de su exclusiva casa. Me nació la idea de poder acercarme y hablarles, lo intenté luego de descender por la pared, adopté la forma del primer arbusto que vi, tras el intento pensé que sería imperceptible, ¡pero no!, Raydo se había dado cuenta de mis movimientos; volteó a verme, me detuve, parece que no le gusté, pues, de pronto se alejó para ir a hablar con su madre e indicarle que había una forma singular dentro del jardín. Diana se acercó para corroborar lo indicado por su hijo. Luis pidió que me dejaran tranquilo, ya que al tener la figura algo extraña podría utilizarme como leña para la parrilla. Se alejaron un poco, aproveché el instante para poder estar a salvo, me alejé. Cuando volteé, Raydo jugaba con un par de canicas que había cambiado por el aburrido cubo de madera; por un instante pensé: “se parece tanto y es tan contemporáneo a mí”. Se le veía tranquilo, aunque, también, algo nublado, poco a poco me iba alejando; Rojana jugaba con sus muñecas y miraba sus revistas mientras estaba llorando reclamaba mayor atención de sus padres, ya que se sentía algo abandonada.

Los dejé por unos instantes, pues instintivamente entré a la casa, allí vi a un joven con lentes y corbata, me situé a su costado, exactamente, en la maseta de girasoles. Tomé la forma de aquélla planta, pero al sentir mi ligero movimiento, él voltea y sorprendido cambia de color, parcialmente blanco. Se levantó e intentó no caerse, me preguntó “qué o quién era”; le respondí, amablemente: “que primero se saluda a cualquier visitante”. Muy obediente Raydo se disculpó, brindándome los buenos días respectivos. Respondiéndole el saludo, me preguntó cómo estaba, le confesé que muy bien, aunque un poco triste por como me veía, muy atento él me pregunta el por qué -al parecer se iba acostumbrando a mi forma-, y le respondí “me gustaría poder ser como ustedes, no estar hecho de flora”, atento me dice “pero, las flores simbolizan muchas cosas buenas”. E inmediatamente me pregunta si tengo nombre, tras responderle y brindarle el mío: Telaraña. Se sorprendió pues nunca había oído a alguien llamarse así. Vi sus libros, un diccionario y un texto a medio terminar, entonces le pregunté a qué se dedicaba, deduciblemente me contestó “soy escritor”. Noté que poseía el mismo gusto que yo. Le confesé que me gustaría ser escritor; le sorprendió y me alentó a que en algún momento sin definir cuándo ni dónde nos pudiésemos reunir para escribir algo, se lo afirmé.

Al llegar el momento de retirarme le dije: “espero volver a verte pronto”, me despidió, afirmándome que así sería. A medio camino de partida me había olvidado preguntarle su nombre, apacible me respondió: “me llamo, Raydo”. ¡Raydo!, exclamé, pues no podía articular la coincidencia de los nombres. Y al darme cuenta, desapareció.

Subí las escaleras, ya empezaba a entrar en confianza en ésta casa, la verdad que comenzaban a agradarme y pensándolo bien, a mayor confianza, mayor atención. Sonreí, mientras terminaba de subir al segundo piso; hallé la puerta entreabierta, vi por la hendidura y una señorita que andaba de lo más concentrada repasaba sus guiones, parecía que era actriz. Le preguntó al aire “quién anda ahí”; me suspendí en el aire pues se acercaba a la puerta y cuando la abrió, decidí entrar por ella para detenerme en uno de los bonsáis que tanto le gustaban. Ella regresa para continuar con el repaso y en cima del televisor vio que estaba el bonsái con el mismo color, pero esta vez había multiplicado el tamaño, ¡pueden creerme que no se asustó!, pero rauda se acercó y de inmediato le expliqué que no tenía malas intenciones. Parece que lo notó, pues logró quedarse tranquila. Era una joven de aproximadamente unos veinticinco años, que no dejaba de estudiar sus guiones. Ya entrando en confianza, me preguntó cómo había llegado hasta su cuarto, le explique lo que había pasado, “tranquilo” dijo sonriendo; entramos en confianza y preguntó por mi nombre, le dije que me llamaba: Telaraña. Se quedó sorprendida por mi peculiar nombre, le hice la misma pregunta, y realmente me anonadé: “el mío es: Rojana”. ¡Rojana!, dije exclamando. “Sí” afirmó. Le conté que tenía una hermana con el mismo nombre, indefensa y noble como ella.

Me preguntó si era cierto, le respondí que era cierto como la belleza que poseía. Sin darme cuenta, le terminé cayendo en gracia, pero no podía quedarme, debía seguir explorando la casa que ya empezaba a fascinarme.

Instintivamente decidí bajar las escaleras y nuevamente –sin proponérmelo- me encontré en el jardín, la escena era exactamente igual como al inicio, aún seguían preparando los alimentos Luis y Diana, el niño Raydo seguía jugando con su cubo de madera; Rojana con sus muñecas y revistas. Pero, ésta vez había una figura muy idéntica a mis características, no me acerqué, pero la seguí con sigilo, el niño Raydo se acercó a ella, fue a su madre, ella se acercó a la figura, luego la madre intentó acariciarla -o acariciarme, ya no estoy seguro-. Luego la figura se retira sin que se den cuenta, entra a la casa y lo veo hablar con un joven de lentes y corbata -el mismo con el que hablé, Raydo-, cuando se disponía a subir las escaleras, muy sigiloso de igual forma lo seguí, retrocedió y vino raudo hacia mí; me quedé perplejo mientras sus pasos se acercaban mirándome fijamente. Le exclamé, muy sorprendido que era muy parecido a mí, y con una sonrisa fúnebre me dijo: “es que, soy tú”; atemorizado le pregunté: “cómo puedes ser yo”.

“Quiero que me acompañes”, dijo y decidí seguirlo, terminamos de subir la escalera, “pero vayamos al otro cuarto”, me guió; en él se encontraban Luis y Diana, ambos leían un cuento a su menor hijo, Raydo. “¡Mira!” me dijo. -Ya lo había empezado a notar-, en la habitación habían dos divisiones, claramente separadas por un espejo, a la espalda de la familia estaban ellos mismos, ya muy mayores todos, me hacían pensar que ésa división podría emular a la vida, vista desde dos generaciones distintas. Pero, luego de pestañar, noté que al otro lado del espejo estaban sólo los adultos leyéndole a la nada. Y en definitiva no sabía qué pasaba, hasta empezaba a sembrarme en algo el temor. “Vamos”, le dije a mi otro yo; mientras bajábamos las escaleras mi otro yo se desintegró de la nada, no sabía qué estaba pasando, al pisar el siguiente escalón empecé a caer por un abismo negro, intentando gritar tan fuerte como pude, pero el grito quedaba silenciado mientras la oscuridad del tramo me recibía contra el piso. La caída me dolió, mas no me desintegró; quien estaba ahí esperándome nuevamente era mi otro yo, siendo acompañado por Diana, que con su similar belleza, me hacía recordar a mi madre, pero ella me hablaba como si la conociera, cuando volteé, mi otro yo no estaba. “Ven” me dijo; “usted me conoce”, le pregunté; “claro, así que no te pongas de ésta forma, no me discutas y sígueme”, me cogió de la mano izquierda diciéndome: “vamos a darle el alcance a Luis”; al intentar preguntarle algo, de inmediato me pidió que únicamente la siguiera, nos encontrábamos en la sala y vi a Luis que se encontraba observando un álbum muy antiguo, lo acompañaba una música de fondo muy clásica que al parecer le hacía concentrarse muy de lleno en lo que hacía, a mí me gustó mucho pues notaba que eran un familia llena de amor, y las familias llenas de amor, están llenas de riqueza; Diana interrumpió a Luis, ella lo ponía al tanto que tenían visita, “qué bueno, hace cuánto no nos visita alguien”, le contestó a Diana y sin responder decidió salir para dejarnos a solas.

Me preguntó cuál era mi nombre y de inmediato le respondí que me llamaba Telaraña, él también se sorprendió por mi nombre -esto, ya no me asombraba-, y me preguntó qué hacía por allí; le confesé que no lo sabía, que sólo recordaba que hoy muy temprano amanecí y mi esqueleto invisible tomó forma de flora, luego me preguntó por mi edad, le contesté que hasta ayer tenía sólo treinta y dos años, sentía que estaba al final de ésta edad, dije. Me contó que había estudiado ingeniería. Mientras observaba un cuadro, me pedía que fijara la mirada a lo que había dentro de él, me volvió a ver como pidiéndome que lo describiera: habían dos mitades y dos familias, todos situados exactamente en la misma posición como su homólogo. A la derecha, los padres -ambos de treinta años-, un niño de trece y una niña de seis años; y a la izquierda, la misma cantidad de personas, sólo que los cuatro miembros de éste lado eran todos pertenecientes a la tercera edad y todos estaban vestidos de blanco. “¡Qué extraño cuadro!” le hice saber y le pregunté qué significaba; “la vida en dos generaciones distintas”, me respondió; “cuál era el propósito de hacer ésa pintura” le inquirí; “pues únicamente que quien la viera sepa que la vida es un pasajero dentro de la muerte, estacionaria pero definitiva y a veces puntual. Pero sólo podrán darse cuenta aquellos que tengan el alma habida de percibir el verdadero objetivo de la vida: tener el dogma de hacer lo que uno desee”, reflexionó. Por última vez miro el cuadro y los ocho integrantes de distintas generaciones me ven atentamente, asienten sus cabezas y me sonríen. Trato de no mostrar mi miedo y me despido de Luis deseándole que sea realmente feliz en el tiempo de vida que deba tener, “¿qué te hace pensar que será mucho?” me pregunta; “era un formalismo”, le aclaré. “Debo decirte que los integrantes del cuadro, somos nosotros, cuando aún vivíamos en ésta casa y la división simula la vida de los vivos” lo dijo dejándome anonadado. “No lo creo”, le dije. “Nuestra familia falleció en un accidente en mi auto, cuando mis niños aún eran pequeños” -Luis continúa en llanto “deseaba que mi hijo Raydo fuera escritor y mi pequeña Rojana, actriz, pero no lo quiso así la vida”, enfatizó más su llanto el pobre Luis. “¡Cuánto lo siento!” dije. “Ni lo imaginas muchacho, creí que la vida era extensa pero ya ves que sólo es un segundo” dijo; me inspiró la ternura de poder abrazarlo, le pedí permiso y su necesidad ante el consuelo hizo que aceptará.

Me sentí indefenso ante su humanidad, luego apareció Diana, que se unió al abrazo y la sentí tan tierna, no le permití que se fuera, pero lo que terminó de convencerme fue el abrazo de Rojana.

Cuando desperté, me abrazaba mi padre, Luis; mi madre, Diana y mi hermana, Rojana por mi cumpleaños treinta y tres. Los abracé fuerte para disipar el mismo sueño prolongado desde hace una semana. La muerte no avisa, pensé. Una lágrima se reveló, tras cerrar los ojos, al abrirlos vi un afiche publicitario de una telaraña hecha de flores. Sonreí.

94-Dedos. Calles. Barrios. Gentes. Por Gregorio Palma
96- La belleza sesgada. Por Damnatio Memoriae


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Participantes

ROSA:

mE ha parecido una descripción muy bonita
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bobdylan:

Quizá son demasiadas cosas para un relato de estas dimensiones. Estilisticamente está bien escrito y su interés es indudable, aun cuando el final resulta algo flojo.

En cualquier caso, me ha parecido muy sugerente y no exento de belleza.

Te deseo suerte en el certamen.


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