V Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

1 abril - 2008

83- El último sueño. Por Ollantay

Alberto era un joven que comenzaba a realizar una prometedora carrera artística como ventrílocuo. En sus inicios hacía breves participaciones complementarias al show central de un café concert, maduró su estilo con el glamour del teatro de revistas, y el trampolín a la popularidad lo tuvo con algunas presentaciones exitosas en un famoso programa televisivo que solía emitirse antes de la medianoche. A partir de allí, las posibilidades que le surgieron fueron sumamente interesantes. Sin embargo, fama mediante, él no se daba cuenta de que su futuro estaba caminando por el filo de una montaña que separaba dos laderas, la del arte y la de la locura.

            Su forma de ser era extraña, tan ambivalente que se podría pensar en una doble personalidad. Autor de sus propios argumentos, perfeccionista en los detalles, cuando actuaba era sumamente simpático; se caracterizaba por un humor inteligente y tan mordaz que ganaba los aplausos con suma facilidad. Al límite de la crítica, entre la parodia política y el justo manejo del lenguaje callejero sin abusar de las palabrotas, sin recurrir al chiste grosero y fácil, sus observaciones de la vida cotidiana eran sagaces, su humor negro, equilibrado; las imitaciones, simplemente geniales. Cuando él estaba en el escenario con Chacho, el diálogo fluía tan natural, que muchos olvidaban que había una sola persona actuando. El broche final de sus representaciones, provenía de ese cuerpecito de madera que encantaba al público. Su voz potente, de tono áspero, atrevido, simpático, inocente a veces, hacía olvidar la falta de expresión que tenía su cara lisa, con cachetes saltones, enormes ojos que parecían huevos duros y boca rígida.

Pero una vez caído el telón, la noche llegaba al corazón de Alberto y pasaba a ser otra persona muy distinta: taciturno, introvertido, evasivo con los admiradores, tímido y sin ocurrencias ante las insinuaciones de ciertas damas conocidas de la farándula, que querían saber cómo sería tener un romance con alguien tan chispeante, bien parecido y atrevido. Poco a poco, esa actitud lo fue aislando en las relaciones personales; Alberto no tenía amigos y mucho menos, confidentes. Su representante se encargaba de los contratos, era el único que llegaba a su limitado entorno. Lamentablemente no era un observador perceptivo, que hubiera podido detectar en él a un espíritu turbado, de rostro compungido, pidiendo ayuda a vivas voces en un inaudible lenguaje. Sólo le hablaba de negocios, mujeres, autos y fútbol; de lo contrario le habría aconsejado buscar algún tipo de ayuda especializada.

Alberto solía tener pesadillas con un tema recurrente, y ya no había noche que no padeciera un mal sueño. ¿Qué se estaría desencadenando dentro de su alma? Supuso que habría llegado el momento de afrontar una situación límite que hacía tiempo la estaba posponiendo. Todo estaba previsto, no podía soportar más, hacía rato que había dejado de ser él mismo. El contenido de sus imágenes mentales lo obligaba a levantarse de la cama en forma intempestiva, con el corazón palpitando y la angustia arraigada profundamente en todo su ser. Sin saber por qué, una y otra vez repetía aquel rito incomprensible. Parecía seguir un llamado, solamente audible a los impulsos que, apoderados de su voluntad, lo conducían como autómata hacia aquella habitación.

Todavía mantenía esa antigua costumbre inculcada por su madre, de arrastrar los pies sobre los patines de lana para no rayar lo pisos de parquet marrón oscuro. El olor era rancio, a encierro, las ventanas permanecían con los postigones cerrados, manteniendo la perpetuidad de las sombras; largas y pesadas cortinas de brocato guardaban atrapados aún los ecos de un pasado lejano de vida social, que su familia mantuvo con amigos y familiares. ¿Eran las sombras las que le solían jugar algunas malas pasadas, o en realidad eran los fantasmas de su madre tocando el piano, su padre fumando la pipa, disfrutando ese tabaco aromático junto con un tibio cognac y el calor de la estufa en aquellas tardes de invierno? ¡Bah! Recuerdos, simples recuerdos, se decía. Alguna vez intentó tocar algunas notas, pero la desolación y el abandono le paralizaban los dedos, prácticamente desde la pubertad, después de aquel accidente automovilístico que lo dejó totalmente huérfano. Sólo Alberto entraba allí, antes y después de sus actuaciones, y nadie más, ni siquiera a la mucama le era permitido el ingreso.

Aquella noche, encendió la luz después de palpar nerviosamente la pared, para encontrar ese maldito interruptor que parecía jugar a las escondidas con su mano; cuando se desvanecieron las tinieblas, quedó más tranquilo al comprobar que allí estaba todo, pulcro, dispuesto, como siempre. La araña colgaba inmutable del lánguido cielo raso, cientos de cristales se encendieron como luciérnagas pendientes de un fino equilibrio, apenas perturbado por el aire generado con el repentino abrir de la enorme puerta de cedro. Un leve tintinear lo distrajo, hasta que el silencio se apoderó del lugar; aquel silencio que reina solemne en los mausoleos.

            Esta vez se quitó los patines, algo distinto estaría por suceder; ingresó caminando con lentitud, con el respeto que profesaría un monje dentro de un santuario, hasta colocarse frente al escritorio, el mismo que usaba su padre cuando él correteaba a su alrededor, gracias a la breve autorización brindada por su madre antes de irse a dormir. Sin más rodeos abrió la tapa de la valija de trabajo. Lo hizo lentamente, algo atemorizado al principio; por su mente cruzó un escalofriante pensamiento, parecía que estuviera abriendo un ataúd. Sus entrañas se estremecieron, nunca antes había tenido esa sensación. Se tranquilizó cuando vio el forro de seda roja; contrastaba con el cuero negro azabache del exterior. Ante sus ojos yacía el cuerpecito inerte de Chacho (era la primera vez que su conciencia lo ponía en esos términos), su inseparable compañero de trabajo. Lucía muy bien con aquel smoking negro. Pero los vidriosos ojos se encontraban cerrados, como si durmiera muy plácidamente la magia de un sueño eterno. Entonces Alberto posó tímidamente la mano sobre su pecho de madera.

—¡Vamos! Despierta —insistió con voz trémula.

            Los ojos de Chacho se abrieron repentinamente.

—¡Hola! —atinó a decir Alberto sin mayor sorpresa, mas Chacho no le respondió. Lo retiró suavemente de la valija, le introdujo la mano por la espalda. Su compañero y amigo lo miró con aquellos grandes ojos levemente tristones, llenos de intensidad, desbordantes de vida.

—¿Qué te pasa que me llamas a estas horas? —le preguntó con su típica voz ronca, de atorrante desprendido, de loco lindo.

—Nada. Es que necesito hablar de mis pesadillas —dijo y se sentó a su lado.

—Soñar con que éramos unos pibes y que jugábamos en el barrio, aquellos días de lluvia, no pueden ser pesadillas.
—Sí, pero estoy angustiado —asintió con desgano.

—¿Qué tiene de angustiante soñar con eso? —insistió con la mirada— ¿Eh? Dime: ¿No te acuerdas cuando dejaba de llover y salíamos a la calle para hacer carreras con los barquitos de papel, en las acequias por donde venía la correntada de agua?

Alberto no le respondió, guardó silencio, un lejano dolor le partía el pecho y traicionaba el tono de la voz. Chacho observó a su amigo y después de pestañear agregó:

—Nuestras viejas nos vestían con las botas y los pilotines para que no nos mojásemos. Pero siempre volvíamos empapados y nos metían de las orejas en la bañadera con agua caliente para que no nos agarre un resfrío —. Alberto cada vez más se hundía en su desazón.

—¡Contéstame! —exclamó Chacho— ¿Qué tiene de angustiante eso?
—No sé —respondió negando con un movimiento de cabeza. Volvió a suspirar, ¿era él quien soñaba? ¿Por qué Chacho le relataba sus propios sueños e insistía en convencerlo de que no eran pesadillas?

Alberto inclinó la cabeza hacia un costado, sus ojos trataron de eludir con desesperanza lo que iría a escuchar.

—¿Y cuando jugábamos a la pelota? —lo buscó con mirada provocadora— ¡Ja! ¡Qué de goles que te hacía hermano! —rió echándose para atrás.

—¿Y cuando te viniste a vivir con nosotros hasta que tus padrinos aparecieron?

—Mejor no recordarlo —le dijo con el rostro desencajado del fastidio —¿Cómo supiste lo de mis padrinos? —, y lo miró seriamente.

—Todo aquello se sabía —lo observó con más detenimiento, quiso cambiar la conversación preguntándole—: ¿No recuerdas cuando salíamos con nuestras amigas? —sonrió con picardía— Éramos  imparables. Nos buscaban para las fiestas porque divertíamos a todo el mundo —amagó una mueca vanidosa, presumida, imposible porque la dureza de su boca no se lo permitió—. Como ahora —. Luego del silencio, le dijo con tono paternal —: ¡Olvídate hermano! Vete a dormir que mañana será otro día.

—¡No! No puedo olvidarme —hizo un silencio meditando lo que iba a decir—, y mucho menos del último sueño. El último antes de despertarme —le respondió Alberto algo depresivo. A pesar de ello, no podía detenerse, tenía que decirlo. “Ahora o nunca”, pensó, de lo contrario no se liberaría de aquel monstruo interno.

—Estamos de vacaciones en las montañas a orillas de ese río de aguas color verde turquesa. Muy profundo. ¿Te acuerdas?

—¡Uf! Cállate y vete a dormir.

—Tan turquesa que apostamos por saber qué era lo que le daba ese color. Yo decía que había un mundo fértil, lleno de vida y esperanza. Y tú…—dudó en decirlo. ¿Era necesario repetir lo que ya se sabía? Sí, lo era.

—No tuviste mejor idea que zambullirte en el río para nadar hasta el fondo y poder descubrir el secreto, mostrando valor ante nuestras amigas —le contestó como un autómata—. Siempre fuiste muy curioso, pero tan cabeza dura y fanfarrón que no me escuchabas.

—Pero al menos yo supe la respuesta —lo miró Chacho con gesto provocativo: el silencio de Alberto lo incitaba como lobo en pos de la sangre, hasta se podría decir que se percibía una misma actitud salvaje— ¿Sabes qué es lo que le daba ese color? ¿Eh? ¿Lo sabes?

—¡No! —negó enfatizando con la cabeza.
—Abajo del agua… —continuó Chacho—, no hay nada que le dé ese color. ¡No hay absolutamente nada! Debajo no hay nada hermano —repetía jactancioso acentuando la negación con giros de la cabeza—. Sólo aridez, la soledad del vacío. El color está en cada gota, pequeños alientos de vida de cada ser humano que exclama maravillándose por su belleza. Así es la vida, sin un antes ni un después, sólo existe el momento que respiras —se quedó observándolo con los ojos totalmente abiertos.

—¡Así es! Y cuando dejas de respirar viene lo peor —giró su cabeza extraviando la mirada en el infinito —, todo lo que estoy viendo se esfuma; me duele el pecho, el frío es tan intenso que me paraliza, me duele mucho, no puedo más Alberto, no puedo más. ¡Sácame de acá Alberto! —jadeó con persistencia, repentinamente el tono de su voz se distorsionó, pareció un gemido, cercano al llanto de los que ven acercárseles el propio final.

—Lo siento, siempre te rescataba, pero ahora no lo haré más. Fue un suplicio —dijo Alberto.

Repentinamente Chacho abrió la boca y dejó escapar una exhalación, quedando inmutable. Algo siniestro lo había sorprendido, como si el sueño de vivir se terminara. ¡Así como así!

—¿Chacho? ¡Chacho! —exclamó  tomándolo de los hombros, tratando de resucitarlo de su silencio.

            Alberto lo apretó contra su pecho, comenzó a sollozar en silencio, mientras Chacho quedaba sumido en un mutismo que parecía ser definitivo. Se levantó del asiento sin poder ocultar las lágrimas. Recostó a su amigo en el baúl. Sus ojos vidriosos quedaron completamente abiertos mirando sin mirar; los cerró con dedos temblorosos.

—Hasta siempre Chacho —dijo ya repuesto. Entornó la tapa y la cerró; caminó hacia la puerta con desazón, apagó la luz, se detuvo sin mirar para atrás, agachó la cabeza y dijo —: Ha llegado el momento de ver la vida con mis propios ojos—, y se retiró de aquella habitación, sin pena ni gloria, consciente de su finitud.

82-¿Quién acudirá a mi entierro?. Por La princesa malaya
84- Alberto y su metamorfósis. Por Kafkiana


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Participantes

libélula:

me ha gustado mucho el relato. Tiene una buena narración y un extenso bocabulario.


krol78:

Reflejar su doble personalidad a través del muñeco es una idea genial. Además, eso hace más facil el «matarla», pero ¿por qué ha preferido acabar con la que más éxito social le proporcionaba? ¿no es eso lo que buscaba? A lo mejor es que no le he dado una interpretación correcta a tu relato… pero siempre pensé que las personas introvertidas en realidad desearían ser todo lo contrario.


Rodrigo Suarez:

Muy lindo cuento, entretenido y muy bien redactado. Me gusto mucho.

Saludos.


bobdylan:

Da la sensación de que se le podría haber sacado mucho más jugo a esta historia, que presenta a mi juicio algunos altibajos. El comienzo, por ejemplo, me parece flojito, y el final tampoco es todo lo brillante que podría haber sido.

En cualquier caso, me ha parecido muy sugerente y te deseo que tengas suerte en el certamen.


rodariel:

Muy bueno el cuento. Deja mucho para pensar y reflexionar, ya que en la vida cotidiana la doble personalidad se presenta mas de lo que creemos. La historia presenta «brillo» en las partes menos comunes, la cual logra ser diferente. Excelente descripcion de escenarios y vocabulario.

Exitos en el certamen.


Patricia:

Me gustó mucho el cuento. La forma en que está relatado es muy buena. La único que criticaría es el nombre Chacho y también el vocabulario demasiado coloquial y con demasiados modismos argentinos.


Nick Nouan:

La idea me resultó realmente original y el remate fantástico. Mucha Suerte


Angelus:

Muy bueno. Me gusto mucho la historia y el desenlace. Buen contrapunto en el final. Suerte.


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